jueves, 30 de mayo de 2024

F186 - ¿Cuánto dinero llevas encima? (XI) (Wembley I)

 

En ocasiones, la mente busca la excusa perfecta para perseguir el verdadero deseo. Ese deseo que escondemos, sin atrevernos a mencionarlo en voz alta, temerosos de gafarlo, antes de tiempo, o escandalizar a quién lo  escuche al ser citado.

El pasaporte había caducado hace más de tres años. “He de renovarlo, hoy mismo”, me dije. Tres largos años criando polvo, en un archivador junto a carnés, fotografías y otros documentos de la etapa escocesa, más de mil días aparcado, cual utilitario sin seguro, el salvoconducto de tapas borgoña. Y de repente, las prisas. Debía renovarlo ya, sin falta, a la carrera, ahora que visitar mi añorada Edimburgo requeriría su uso. Los british y su locura paranoide llamada Brexit. Y quién sabe si pasado mañana estallará dentro de mi cerebro, como un rayo golpeando un avión en plena noche,  la irrefrenable necesidad de acariciar el hocico de la estatua del pequeño Greyfriars Bobby, por aquello de la buena fortuna. ¡Necesito el pasaporte, ya! Por si acaso…

Tan sólo se trata de una mera excusa, su vulgaridad años luz de la perfección pretendida. Lo que bullía entre las paredes de mi cráneo era el titular recién nacido: el equipo de mis amores había alcanzado la final de la Champions. Así denominan, los modernos, a la Copa de Europa de toda la vida, para darse importancia. Con el pasaporte en regla cabía una posibilidad liliputiense de acudir al evento, si no dentro del estadio al menos alcanzar la ciudad donde tendría lugar: la vieja Londres, The Big Smoke, como la llaman los lugareños; poder respirar la atmósfera in situ; gritar cada gol a favor y llorar cada uno en contra, ante una pinta de cerveza en un pub con solera y pantalla grande; embutido en la camiseta merengue, emular el pasado posando entre dos guapas, y rivales, alemanas, a golpe de móvil; revivir todo aquello, como si el tiempo concediese segundas y cuartas oportunidades. Sin pasaporte, toda posibilidad se iba por el sumidero de los sueños inalcanzados.

"I´m going to London, baby!"Anhelé, por un instante, gritar a los cuatro vientos. Me vi merodeando los aledaños de Wembley, como hice en el Hampden Park de Glasgow, en busca de  mi Reventas favorito (pelón, musculado, acento de Newcastle); ahora, igual de calvo, tal vez más gordo y encorvado, quien, al verme, desempolvaría para la ocasión aquella frase que veintidós años atrás me abrió los portones de la Felicidad, por noventa libras en billetes arrugados: “¿Cuánto dinero llevas encima?

Pasaporte, con olor a impresora láser, en mano, y vozarrón de camarero nocturno me arrojé de cabeza a las frías y oscuras aguas de internet. La víspera, noche dura, gritos con cada gol victorioso, cantina de barrio, prórroga, amigos, nervios que llaman al insomnio, cerveza, efluvio antimadridista que surge, patético, junto a la barra en esa búsqueda de la derrota ajena, tan propia de la envidia (riesgos de habitar territorio comanche). Ligero temblor de los dedos que golpean el teclado, en busca de lo imposible, un El dorado futbolístico, más cerca de los dioses que de un pobre aficionado: un vuelo, una entrada.

Localidades cuyo precio explora lejanas órbitas, allá donde no alcanza la luz solar. Entradas reservadas para privilegiados que manejan petrodólares como quien juega con billetes del Monopoly: hoy te compro un hotel, mañana reservo un viaje a Marte, el sábado te invito a la final de la Champions en Londres. Billetes de avión que sufren una repentina pandemia, el contagio es feroz, no se libra ni la más recóndita compañía aérea, cuyo principal síntoma es una fiebre voraz que sube la temperatura en grados que son euros hasta niveles no compatibles con la vida real. En cristiano: el atraco a mano armada previo a grandes acontecimientos.

No por falta de fe descarté reservar vuelo (la voz susurraba, dentro de mi cabecita: roído el hueso del Manchester City, en cuartos, alcanzaremos la final). Tampoco carencia de ilusión; disfruté cada fase eliminatoria como antaño. Quizás pesó tanto cambio moderno (mil partidos de cien competiciones cada semana), tanta tecnología por real decreto (tiques sólo en móvil), tanta globalización (finales españolas jugadas en Abu Dhabi, Catar o Arabia Saudita), tanto elitismo. No lo sé.

 En el fútbol, con los años, me sucede como con las películas de miedo. Ya no me las creo; el terror alcanza sólo el rozar mi cuerpo la cama, incluso a oscuras; el cansancio, la rutina, el telediario que no veo, hacen desaparecer los monstruos que antaño acechaban tras las cortinas, y caes rendido sobre la almohada. Que me maten, me degüellen, que claven sus colmillos en mi cuello, lo que quieran. Reventado, cierras los ojos, acariciando el sueño. Ya no me creo lo del fútbol, a pesar de gritar Síííuuu en cada gol −en homenaje a Cristiano− de saltar con alegría tras cada eliminatoria. ¿Dónde está el fútbol de mi infancia? Aquel que hacía soñar. ¿Dónde quedó el gran Santillana, que surcaba los cielos? ¿Dónde Gordillo corriendo la banda con las medias por los tobillos, sin espinilleras, lleno de barro? ¿Cuándo desapareció mi uniforme blanco y recio, manga larga de algodón, el poliéster todavía una ensoñación, escudo añil coronando el corazón, y el idolatrado nueve −cosido por mi madre− a la espalda? ¿Dónde quedaron aquellos partidillos, auténticas finales de Mundial, sobre tierra dura, disparando el cuero entre las grandes piedras, o carteras escolares, que hacían de postes, bajo un larguero imaginario cuya altura decidíamos a ojo, en cada tiro? Todo son jequedólares, mercado chino, derechos televisivos, estadios prostituidos y marcados a fuego con apodo publicitario; canales de pago, presidentes con vocación presidiaria, y mercenarios vestidos de corto, depilados cual barbis, con moño, y tatuados hasta lo absurdo, que juran por su madre, ante el micrófono, que soñaron desde críos vestir aquella camiseta blanca, amarilla, azulgrana, celeste, albiazul… mientras, por lo bajini, sobre su hombro, cubriendo los labios con la mano, le canturrean al Presi, a ritmo de JLo: “¿Y el Ferrari pa cuándo?”

A pesar de todo, ese mocoso con el nueve a la espalda, dentro de mí, sigue añorando creer.

Dejada a un lado la opción de volar a Londres, aun sin entrada (como mi aventura lisboeta en 2014), toca buscar plan dentro de las fronteras de mi querida, y a veces odiada, España.

Tan sólo dos años atrás, cuando alcanzó la última final de Liga de Campeones que se jugaba en París, descarté la escapada sin tan siquiera planteármelo. Quizás por el mal recuerdo que todavía guardaba, el disgusto, cuando traté de acudir a la final anterior (Cardiff) y numerosos vuelos fueron cancelados, incluido el mío que debería haber salido de Bilbao. ¿Lo recuerdan? O, tal vez, asociaba la ciudad de la luz a mi primera gran final en directo, en aquel magnífico Estadio de Francia en Saint-Dennis, cuando mi hermano me hizo uno de esos regalos que tan sólo un hermano mayor puede hacer: la entrada para la gran final española en Copa de Europa, Real Madrid vs Valencia allá por el remoto 2000. Acontecimiento que inoculó el veneno en cada uno de los vasos sanguíneos de mi cuerpo (luego vendrían Glasgow 2002 y Lisboa 2014). Y no deseaba mezclar ese maravilloso recuerdo con otra visita a la capital francesa. O quizá, mi ángel de la guarda (ella, siempre Allí Arriba velando) lo impidió, librándome de los graves incidentes (robo, agresión, acoso), que sufrieron ambas hinchadas (inglesa y española) por parte de vecinos delincuentes (con nacionalidad o sin ella), en los aledaños del estadio y calles adyacentes, mientras los gendarmes gabachos contemplaban el cielo, por si venía lluvia.

Cualquiera fuese la razón, les contaba, dos años ha, y casi perdida la esperanza de ver la final en terreno amigable, saltó una notificación en el Caralibro:

Concierto de Estopa

                                               +

Final Champions 2022 en Pantalla Gigante

 

                             Feria de Muestras Valladolid.       

 

 

Comentaron los hermanos Muñoz que, al coincidir ambos eventos en la misma fecha y hora, recibieron miles y miles de peticiones para aplazar la actuación, y ellos, sabedores de lo que un público añora, ofrecieron no sólo el retraso de su concierto sino la posibilidad de ver el partidazo, mediante una pantalla enorme, por el mismo precio. Ni en mis más lujuriosos sueños habría imaginado mejor plan. Así que allá marché, a darlo todo. Una experiencia cuyo recuerdo todavía me hace sonreír. Aunque, lo confieso, la lagrimilla que no brotó tras la euforia del pitido final, me la arrancó después la muchedumbre coreando “Ni Pa Ti Ni Pa Mí”, teletransportándome a aquel portal, en otra vida, como si trepara de nuevo aquellos peldaños −SU piso, cima del Aconcagua−.

 

Ella le invito a subir

Diciendo, entra, no te quedes ahí parado

Y se dio cuenta que estaba mintiendo

Que le había engañado

 

Tecleo. Navego. Busco. Mi velero surcando las oscuras aguas de internet. Los buenos de Estopa se encuentran en plena gira otra vez, mas no existe coincidencia de fecha entre el acontecimiento deportivo y alguna de sus actuaciones. Así que, esta edición de Champions, por primera vez, los vientos empujan mi nave rumbo sur. Habrá que navegar y navegar, hasta el avistamiento de la tierra madridista por excelencia.

Este año, toca visitar la capital del Imperio. ¡Este año toca Madrid!

 



Truquitos                                                                              Quedada Foro Spaniards

domingo, 26 de mayo de 2024

F185 - Un sofá vintage, (Bruselas X)

 

Bruselas me tiene encandilado. El ambiente festivo, los visitantes alborozados, sus mil y un chocolates y gofres de ensueño; el aroma a levadura de cerveza que es como huele la nostalgia (cierro los ojos y me hallo subiendo Slateford Road, junto a Caledonian Brewery, la fábrica de cerveza, en mi añorada Edimburgo). No es novedad, esto de encandilarse. Me sucede a menudo, visitas que son tentaciones, sitios que susurran quédate para siempre, o al menos otros trece años. Lisboa, Praga, las islas Aran, Tenerife, isla de Skye, incluso Boloña, a pesar de mi corta estancia entre temblores febriles y camisetas nocturnas empapadas de sudor. Mi espíritu enamoradizo me arroja en brazos de ciudades, libros y camareras.

Ha oscurecido, poco a poco, como si el día me hubiera dado la oportunidad de retirarme temprano. No lo hice. Estoy a gusto paseando por las calles de la capital belga, luz de escaparates, la noria iluminada asoma en la distancia, la luna, celosa, luce llena. Observo la gente a mi alrededor, gente ociosa, divertida, diría que feliz. Supongo que todos tratamos de esconder el monstruo interno, sobre todo en vacaciones.

En ocasiones, es el lugar (incluso una novela) quien te encuentra a ti. Una ciudad, un museo escondido, un parque periférico, un bar al fondo de una callejuela.

La fuerza desconocida me atrae a su interior. Carezco de otra manera para explicarlo. Un hilo de música que escapa a través de la puerta entreabierta, las risas acarameladas, la media luz que refleja su ventana. No lo sé.

El ambiente es acogedor, cosy, que dirían mis amigos escoceses. Una estancia pequeña, luz de velas, la diminuta barra al fondo, en forma de herradura. Equipo de música clásico, con su tocadiscos, amplificadores, sintetizador, bafles y demás parafernalia musical. Montañas de vinilos (tesoro en peligro de extinción) se amontonan sobre baldas que escalan las paredes. Mesas de madera, tamaño y formas diversos, sillas con respaldo una de cada padre, sillones y sofás un tanto estrafalarios. Los servicios situados en el piso de arriba, al que se accede por una angosta escalera de caracol, sus altos escalones trampa mortífera para viejos y borrachos.

Elijo una mesa individual de forma ovalada, una silla coja, y una cerveza fría, de nombre impronunciable, sugerencia del camarero; cabello largo recogido en coleta, un par de pendientes en la oreja izquierda, una estrella de siete puntas tatuada en el antebrazo; simpático, hablador, profesional. Frente a mí, sentado a una mesa de aspecto desvencijado, un trío de muchachas estadounidenses todavía con las maletas a su vera −camisetas y tops escotados, vaqueros rotos, rostros sonrojados, juventud a borbotones− ataca cerveza tras cerveza, siguiendo el orden de la lista plastificada, entre risas, exclamaciones y coqueteo. Sin embargo, mi atención toma otros derroteros, una pareja, justo a mi izquierda. Un chico, una chica, charlan en inglés de estudiante, así lo llamo yo. Él podría ser francés, por el acento, pero lo supongo belga. Alto, cuerpo atlético, rostro atractivo con ligero toque malote. Ella, española. Su acento y aspecto la delatan ante mis sentidos refinados para estas lides. No es bella, tampoco fea. No parece alta, sin llegar a ser bajita. Ojos castaños, algo almendrados (efecto aumentado por la rayita de rimel). A pesar de ello, atesora ese algo que eclipsaría la hermosura de mil y una modelos belgas. Su desparpajo, su risa, su gozo, ese parloteo en Spanglish (él, cómo no, muestra interés por su idioma materno) me traen recuerdos de Erika y nuestras citas lingüísticas en el viejo Elephant House.  Al cabo de unos minutos confirmo lo intuido, dice ser de una ciudad catalana, Tarrasa; una catarata de carcajadas brota de su boca, tras el vano intento de pronunciación del joven. La sola mención del lugar evoca recuerdos agridulces (mi primer trabajo de regreso a España, canguro inglés para una familia acomodada, cual vulgar Mary Poppins pero sin vestido, paraguas mágico, ni sombrero; tres niñas y un niño, juegos analógicos y obsoletos que les producían sopor y apatía. Noches de insoportable calor húmedo incompatible con la ducha; trayectos en vagón de cercanías desde Barcelona, devorando “The girl on the train”; un sueño romántico truncado, otra huida hacia adelante; sudores salinos a juego con su nombre… Marina).

La muchacha está en su salsa, disfruta el momento. Consciente de que, en dos semanas, tres meses… trece años, acabará regresando a España, y jamás volverá a vivir aquello.

Embelesado, el muchacho belga la mira como si fuera la mismísima Penélope Cruz. Su inglés, casi perfecto (es lo que tiene disponer de televisión sin doblaje) intercala frases breves, aquí y allá, con el característico acento afrancesado. Ella se sabe protagonista y relata escaramuzas del Erasmus, líos de casa, viajes, aventuras y amantes exóticos, toda una mezcolanza de fantasía y vivencias.  Él, la contempla, escucha, ríe, tienta.

Vibra la maltrecha mesa. Iluminada la pantalla de un móvil que se acerca con peligro al borde. Ambos se hallan sentados en uno de esos sofás psicodélicos, feos, como sacados del “Cuéntame”; vintage, dicen los modernos para darse importancia; aquellos que lucen camiseta dos tallas menor, brazos de mangas tatuadas y barba pseudo-yihadista. Sí, los mismos que saludan “Holi” sin atisbo de vergüenza, toman té chai con leche de burra tibetana, y cubatas con pajita auto biodegradable servidos en absurdos tarros de melocotón en almíbar reciclados (siempre me pregunto qué diablos harán los camareros con tanta tapa suelta). Jipsters, se hacen llamar, los disparatados jipis de este siglo ridículo.

Pide disculpas, chico educado, lee y contesta el mensaje, pulgar en ristre, a velocidad adolescente. Ignoro la explicación que da a la chica, no alcanzo a entender el diálogo, más allá de un par de palabras sueltas. Tampoco es mi intención. Mas la escena siguiente es curiosa.

La puerta se abre y un pedazo de noche entra en el bar.

Una joven alta y rubia, de ojos cristalinos, se dirige hacia ellos. Su figura grácil se desliza con pasos decididos. Saluda al chaval, esquivando su beso, en el último instante, que no alcanza a rozar la comisura de los labios. No llega a cobra, pero sí a culebrilla. Seria, cordial, estrecha la mano de la española (aquí sí, marcándose una cobra, de manual, ante el amago de la morena para darle dos besos). Sin nada que añadir, se excusa y busca la escalerilla, camino del baño. El chico titubea, al final toma asiento. La catalana, todavía en shock, trata de comprender qué error cometió con el saludo (convencida de que el manido par de besos era apuesta ganadora).

Aquí no acaba la cosa

La novia (me jugaría el Lamborghini que no poseo a que lo es) retorna del tocador, y enfila el camino hacia la puerta, ante el asombro de la pareja parlanchina. Abandona el local. Sin decir una palabra, diciéndolo todo. Él, calla por un momento, mira a su interlocutora que respeta el silencio, desvía los ojos hacia la puerta, luego a través de la ventana, duda, sonríe confuso. No se levanta. Supongo que aquellos ojos castaños vencen la batalla.

Contemplo la escena, divertido, con disimulo. “Chaval, hoy duermes en el sofá”, me digo. Sí, esta noche tus jóvenes huesos descansarán en uno de esos sofás viejunos que tenéis en vuestro piso compartido (quizás, con otro chico polaco y una checa). Un sofá descolorido, cascado, con el muelle peleando por emerger a la superficie, que se clavará en tu  espalda de nadador (mientras la luz ambarina del farol atraviesa la ventana sin cortinas para incordiarte entre pesadilla y pesadilla). Dormirás en un sofá con solera, justo como el que da confort a tu trasero en este momento, en el que disfrutas y sonríes, rozando el éxtasis, oliendo su perfume como un niño lector percibe el aroma que desprenden las páginas de un libro nuevo. Esta noche dormirás en vuestro sofá vintage.

 

Truquitos                                                                                                     Quedada Foro Spaniards



sábado, 18 de mayo de 2024

F184 - El puente del amor eterno, (Bruselas IX)

 

Las anécdotas son enloquecidas golondrinas que revolotean a mi alrededor. Se persiguen unas a otras, como si de un juego se tratara; regresan al nido bajo el alero, donde recobran el aliento durante un segundo, y saltan otra vez al vacío, sin temor, disfrutando de su capacidad planeadora. Incansables. No seré yo quien las encierre en la jaula de la cronología. Poniéndolo en cristiano: relato aquello que me llega a la mente, restando importancia a si ocurrió el primer día, el segundo o el cuarto.

Siempre soñé conocer Brujas.

Desde hace décadas, desde mi estancia en Edimburgo, algo poderoso encerraba su nombre, Brujas. Veía fotografías, reportajes en la televisión, publicidad por internet. “¡Algún día llevaré a mi chica allí!”. Me decía, una y otra vez, ensimismado con aquella ciudad de postal navideña, de cuento de hadas, con sus calles adoquinadas, sus casas y puentecitos de piedra, sus coquetas iglesias de estética medieval. Me veía yo, nos veía, cabalgando sobre una yegua blanca, briosa y noble. Espada en ristre, mi chica sentada sobre la grupa, a la antigua usanza, sus piernas juntas sobre el lomo izquierdo de la bestia, agarrada a mi poderosa cintura…

¡Jorge, despierta!

En fin, que tocaba excursión a Brujas.

Paseos, un café expreso a precio de barril de petróleo árabe en tiempos de crisis (sudores fríos sólo pensar en un capuchino), iglesias, fotos tiradas al tuntún, callejuelas abarrotadas, un bocata aquí, una jarra de cerveza helada allá, otro gofre del demonio acullá, más fotos. Lo que viene a ser tiempo de asueto en población extranjera. Camino contemplando sus canales, Ámsterdam acude raudo al pensamiento, otra casilla en mi lista que no logré tiquear durante la etapa escocesa. Algún día, me digo. Lucen apacibles los canales, con esas barcazas abarrotadas de gente, que surcan sus tranquilas aguas. Mi imaginación abre su puerta −ñiiiiiiiic, suena− en busca de cocodrilos al acecho, ojos amarillentos que asoman sobre la superficie del agua; cierro de un portazo. No es el momento. Ahora no. Observa, entrecierra los ojos, disfruta bajo el sol, escucha el murmullo del agua, las voces lejanas, las risas infantiles, sueña, vive… me digo en silencio.

Decido embarcar en uno de esos botes, evocando Praga, allá en otra vida (soy consciente de repetir esta expresión, así lo siento). Aunque en aquella ocasión se trató de un ferry pequeño. Elijo al azar, guiado por el instinto −de nuevo, la voz interior−, sin pensarlo demasiado, entre tres o cuatro barcos que ofrecen tour turístico. Rechazo el primero, no me atrae la zona donde se haya amarrado, tampoco me gusta la gente de la fila. Cosas mías, o de la voz. Camino unos minutos más y veo el que será mi bote, mi barco, mi velero, mi navío, mi galeón pirata... Bueno, tampoco nos vengamos arriba. Es una especie de patera raquítica, donde caben una treintena de personas, sentadas entre el centro y ambos bordes.

La operación de embarque tiene su aquel. Nunca imaginé la dificultad implicada. El sujeto al mando, a quién luego presentaré, nos va distribuyendo a babor, estribor y centro. Calcula a ojo, pesos, actitud, y dimensiones. Es un joven viejo lobo de mar dulce. Se las sabe todas. Nos divide después de una rápida ojeada, profesional, discreta a la par que profunda. Vamos, que nos hace una radiografía sin peligro radiactivo. Un crack, el piloto. Al mismo tiempo, recuerda a todos las normas básicas, tan básicas que de no comprenderlas deberías esperar sentado en el muelle, cual Penélope, las piernas colgando, mientras echas miguitas de pan a los peces. “Subid despacio, sin miedo, sentaros de inmediato donde yo indique. Bajo ningún concepto os pongáis de pie durante la travesía, sobre todo, muy importante, cuando atravesemos el Puente Bajo”.

Se llama Paolo, dice ser autóctono, pero con tal nombre yo lo imagino italiano. Un gondolero caído en desgracia, quizás por tener un tórrido encuentro con una cliente, esposa de un acaudalado hombre de negocios turbios, cuñado del primo hermano de un capo de la Camorra napolitana venido a menos. Un timonel huido  de su añorada isla natal, Burano, hermosa a la par que diminuta para esconderse. “La góndola o la vida. Tú eliges”, le dijeron aquellos tipos con cara de decirlo en serio. Enamorado hasta las amígdalas de su Góndola verde y dorada, eligió la vida. ¡Soy romántico, no gilipollas!, dice enfadado cuando le sacan el tema.

Paolo luce cabello azabache que caracolea, sus grandes ojos un mero reflejo; viste una camisola blanca lavada con Ariel, calza un sombrero ancho incapaz de poner bajo orden aquellos rizos indómitos, un fular fucsia protege su cuello de la brisa traicionera y de miradas indiscretas que buscan edades y currículum. Paolo es un tipo dicharachero. Está claro, me digo, este de belga tiene lo que yo de noruego. Vacila a unas y  otros, según vamos subiendo al bote. No hace ascos a nada. Domina tres idiomas, dice. Inglés, alemán, y por supuesto neerlandés. El italiano se lo calla, para no dar pistas (nunca se sabe dónde puede aparecer un Corleone aburrido). Cuando muestras tu tique, él hace la radiografía consabida y te pregunta: ¿inglés? ¿alemán? Para, mentalmente, trazar el croquis de su barca. Cuántos minutos ha de parlotear en cada idioma y dirigiéndose a qué zona.

Distraído con tanto detalle, no capto el significado de su pregunta cuando llega mi turno:

−¿Inglés?

−No, español −respondo.

−Amigo, me temo que hasta ahí no llego – dice entre risas.

Como toda la conversación fluye en el idioma del viejo Shakespeare me coloca en el sector correspondiente de su chalupa romántica.

El trayecto es placentero. Paolo se gana por goleada a todos y cada uno de los pasajeros. En el trío de lenguas. Salta de una a otra como si presionara la tecla correspondiente, como si hubiera nacido de tres madres distintas, al mismo tiempo. Un intérprete haciendo malabares. Un genio del parloteo. Ríe, dispara chascarrillos, comenta curiosidades (“miren a babor, a ese lado no, al otro, allí arriba se encuentra la ventana más estrecha de toda Bélgica, probablemente de toda Europa; allá, en la esquina, la casa amarilla, donde vivía una familia más rica, en aquella época, que Ángela Channing; a este otro lado, tres ventanas tapiadas, como simbólica protesta al añejo impuesto por ventana”).

Delante de mí, una pareja española. Al borde de una adolescencia tardía. Ella, radiante de puro joven −te haces mayor, Jorge− encandilada busca un arrumaco. Él, que parece no darse cuenta, contempla embobado las malditas ventanas. La muchacha lo mira como a un hombre le gustaría ser mirado. El mozo, serio, de ojos cansados anclados en el vacío, ignora su fortuna. Ninguno de los dos habla inglés. Van a lo suyo, satélites distraídos. Esas cosas se notan. Al menos yo las noto (fueron más de trece años en la  Bonnie Scotland). Él, torpe, a punto de levantarse bajo uno de los puentes, desiste tras la sonrisa severa del patrón. Confirmado, ni papa de lengua inglesa.

La barcaza, ya próxima al final del recorrido, dará la vuelta y navegará el canal en sentido contrario hasta alcanzar otro de los muelles, explica Paolo idioma tras idioma.

−¡Atentos! −dice. Su cara refleja una mezcla de emoción, sorna y hastío− Vamos a pasar por debajo del Puente del Amor Eterno. Cuenta la leyenda que, si una pareja se besa bajo su arco mágico, el amor que los une jamás perecerá.

Sonrío triste vislumbrando a Erika junto a mí, imaginando el abrazo de Marina (mientras besa mi mano), quizás añorando la mirada de Ella. Doy gracias por las gafas negras, anchas, de patilla extendida, cobijo de unos ojos húmedos víctimas de absurdas ensoñaciones. “¿Por qué no veré putos molinos, como Don Quijote?”, maldigo para mí mismo.

La pareja española no se besa. Ni de verdad, ni de mentirijillas. Conversa en voz baja, que si el coche alquilado, que si la tarjeta de trasporte, que si la excursión a Gante. Que si los bocatas de atún. La pareja no se besa y mi alma muere de pena.

−Dios da pan a quien no tiene idiomas −digo, casi en voz alta.


(Brujas, 2024)


                                         

(Praga, 2006)

Truquitos                                                                                           Quedada Foro Spaniards


domingo, 12 de mayo de 2024

F183 - Guerrilla psicológica, (Bruselas VIII)

 

Nunca fui de llevarme cosas de los hoteles. Me parece una cutrez. Echar al saco algún jaboncillo o botecito de gel tamaño vuelo Rallaner , o sobrecito de champú, o cepillito de dientes que jamás de los jamases utilizarás, o el peinecito absurdo, … es aceptable. Pero levantarte toallas, ceniceros (cuando existían), albornoces, vajilla, cojines, cuadros, televisores planos en el fondillo de la maleta… ya es demasiado. Nunca lo entendí. Siempre lo achaqué al morbo, o al exhibicionismo para fardar entre expoliadores como si comparasen cicatrices de guerra: mira, esta taza la mangué en el Palace en el 95; ¿has visto la Samsung 55 pulgadas que birlé de la habitación Paradise en el Caledonia allá por el 2006? Un sin sentido.

Lo que nunca había encontrado es lo inverso. Me explico. Que el hotel “te robe” a ti. Una exageración, lo sé. Sin embargo, mi última experiencia me lleva a pensar en complots contra mi persona o quizás pura y simple venganza. La chica de la recepción me la tiene jurada desde el pequeño incidente con la caja fuerte de mentirijillas. No se lo tomó bien. Lo noto. Cada vez que bajo a desayunar me echa miradas de soslayo cargadas de radiactividad. “Ojalá se corte la leche de los cereales y vayas directo al baño”. Parece pensar, con aquellos lindos y peligrosos ojos azules. ¡Yo tan sólo quería ser amable, darle conversación! Pero cuando me pongo nervioso (esa voz dulce por teléfono) no logro filtrar el contenido que brota desde las profundidades del cerebro hacia mi boca.

Primero fue una toalla desaparecida. Todo un misterio. Nada más producirse el episodio de la cutre caja, a mi regreso. ¡Zas! Desapareció la toalla de manos. Busqué y busqué y busqué, sin éxito. No lo podía creer. Tentado estuve de llamar a Iker Jiménez. Bajé a la recepción.

−Disculpa, no hay toalla pequeña en mi habitación.

−Buenos días −dice, tirando con bala.

−Buenos días −me tiembla la voz −no tengo toalla pequeña.

−…

−Mmm −miro el cuadro que tiene detrás, amapolas en jarrón chino. Su mirada me hace una radiografía y una resonancia magnética por el mismo precio.

−De acuerdo, se lo comentaré al personal de habitaciones.

−Gracias, muy amable.

Vi cómo, desganada, garabateaba algo sobre una tarjeta. No en un bloc con el membrete del hotel, no en una libreta de tapa brillante, ni siquiera en el ordenador. Una mísera tarjeta arrugada que (estoy seguro) irá directa a la papelera, hecha un gurruño, en cuanto le de la espalda. ¡Me la tiene jurada!

En los hoteles de alto copetín son muy suyos. Aborrecen que les llamen la atención, que reclames algo, por muy educado que te muestres, por mucha sonrisa profidén que exhiban.

Por la noche, la toalla sigue desaparecida en combate. Carezco de fuerzas para reclamación alguna, estoy reventado cual recluta de infantería. Esto del turisteo dominguero debería remunerarse. Decido concederme una larga ducha y al amanecer volveremos a las trincheras.

Voy a acostarme, pongo un rato la televisión. Debo hacer oído con el neerlandés, el alemán o flamenco. Ni idea de cual usan los personajes de la serie en el único canal disponible. Hablan raro, pero les voy  cogiendo el puntito. Algo falla en la cama. No estoy cómodo. ¿No me habrá hecho “la petaca” como en el internado? Pienso asustado, recordando aquella forma de tortura estudiantil, que consistía en doblar una de las sábanas por la mitad, de modo que imposibilitaba el estirar las piernas. Compruebo la ropa de cama. No se trata de eso.

Falta la sábana encimera.

¿Qué será lo próximo: ¿la almohada, el edredón, la alcachofa de la ducha?

Es una guerra psicológica. Estoy seguro. Lo hace a propósito. Da instrucciones al personal de habitaciones, la muy. O quizás entra ella a hurtadillas para boicotear la faena de las trabajadoras. Cualquier cosa para darme una lección. No debí enfadarla con lo de la caja acorazada de juguete y después rematar con la maldita toalla (debería haberme secado la cara con la esquinita de la toalla grande, o con el secador corriendo el riesgo de quemarme las pestañas). ¡Te has aburguesado, Jorge! Me abronco.

Al día siguiente bajo a desayunar. Espero agazapado tras una esquina y cuando la moceta maligna se gira para coger unas llaves, me lanzo a la carrera agachado, cual Hombre de Harrelson (ni el mismísimo TeJota, oigan). Uf, no me vio. Por los pelos.

Lleno el plato de aquellos manjares de hotel de alto copetín (salchichón, chorizo, jamón york, panecillos, queso, alubias dulces para guiris, beicon, huevos revueltos, un par de pares de salchichas ahumadas, tostadas…), me lanzo a por la bollería, que le den al autocontrol (cruasán, muffin de chocolate, brazo de gitano, tarta de yaya belga…), bol de cereales, leche (cruzo los dedos al recordar la probable maldición) café, zumo de naranja, yogur… El plan es comer y comer y comer hasta que mi archienemiga finalice su turno. Así lograré esquivarla, tengo una treta en mente.

Me saltaré las reglas.

Mostrador despejado. Subo con brío las escaleras. Es un decir porque voy tan lleno que el estómago roza los peldaños. Me arrastro. ¿Quién fue el genio con la idea de que el ascensor era una ordinariez en estos hoteles de alto copetín? Al fin alcanzo el piso correspondiente. Escucho voces, incluso cánticos. Provienen del extremo del pasillo contrario a mi cuarto. ¿Serán las personas que arreglan las habitaciones? Nunca las logré ver. Creo que salen de un universo paralelo, hacen su trabajo  y vuelven a desaparecer. Como mucho ves un carrito, olvidado, lleno de rollos de papel higiénico, toallas, sábanas y potingues de higiene. Sigo el sonido de la canción. No me lo puedo creer, están cantando la Macarena. En realidad, cantan los Del Río desde un aparato de radio antiguo. Un transistor que decían nuestros padres. Las dos mujeres se limitan a seguir la coreografía rematada por un gritito iiiiaaappp y salto sincronizado. La puerta abierta e indiscreta.

Entro sin llamar y las pillo con todo el fregado.

Sorprendidas, ligero sonrojo en sus mejillas, disimulan estirándose el uniforme y continúan, pasando la mopa una, y dando palmaditas a un edredón la otra. Dos belgas haciéndose las suecas. Esto debe de ser la famosa globalización.

Me dirijo a ellas en inglés. Una, de mediana edad, la otra apenas una cría. Muestran cierto parecido físico (rostro redondeado, ojos grandes y claros, cejas pobladas). Me juego el desayuno de mañana (gratis) a que se trata de madre e hija. No entienden nada. Nothing de nothing. Cero. Niechts. El inglés no es lo suyo. Toca expresarse en el idioma internacional. Comienzo a hacer mímica como si tuviera ascendencia italiana. Uso inglés, español, francés inventado. Palabras sueltas para que las pillen al vuelo. Importante, el número de habitación. Hago alarde idiomático.

Oui. Yo, room deu tres four. ¿Tú comprender? Sá-ba-na. −digo, pizcando entre pulgar e índice la puntita de la susodicha. En inglés no me atrevo. Ya saben, todo depende de aquellas malditas vocales largas o cortas… sheetshit… No deseo más equívocos, y menos los escatológicos, que son muy desagradables a la hora del desayuno.

−Ja, ja −dice la jovencita (afirmativo, en su idioma, suena ya, ya). La presunta señora madre me observa como si yo necesitara ayuda psicológica.

−Abajo. Lady. Recepción. Shhhh. Niet. Top secret. ¿Ok?- les digo, bajando la voz. La sola idea me provoca temblor de rodillas. La joven guerrillera no debe conocer mi queja furtiva.

Ahora ambas me observan cogiéndome las medidas, a ojo de buen cubero, para la camisa de fuerza.

Me despido, con la mano, agotado del dispendio idiomático. Las dejo con su labor multidisciplinar (logística, limpieza, arte). Podría haber salido peor, me digo.

Salgo del hotel, mochilita a la espalda (mapa, libro, paraguas plegable, frutos secos, gafas de viejo), y me encamino al apeadero del tren. Aquel en medio de la nada. Dispuesto, un día más, a turistear como si no hubiera un mañana.

De regreso a la noche, alcanzo a rastras la puerta de mi habitación. La mochilita pesa como mochilón de maniobras en los Monegros. Paso la tarjeta magnética, una, dos, tres veces. Luz roja, roja… verde. Hotel de alto copetín. Si hubiera fallado una cuarta vez me veía gritando aquello de ¡Ábrete sésamo!

Me descalzo, dando un puntapié a las viejas zapatillas, asomo la cabeza tras la puerta del baño, allí está la toallita, doblada, junto al lavabo. Arrastro los pies hasta la cama. La abro cual sobre sorpresa… me recibe, blanca como vestido nupcial, impoluta, tirante cual colchoneta elástica, limpia y pura… la sábana.

¡Qué grande dominar idiomas!

 

             

Truquitos                                                                                                Quedada Foro Spaniards

domingo, 5 de mayo de 2024

F182 - Con las botas puestas, (¿Bruselas VII?)

 

Los recuerdos se entremezclan. Son ranas que saltan de charco en charco bajo una tormenta tropical. Un recuerdo lleva a otro, y éste a su vez a un tercero. Pido disculpas anticipadas si alguna batallita relatada se repitió en escritos pasados. Mi memoria juega conmigo al pilla, pilla, y cuando se cansa prueba al escondite anglosajón: un, dos, tres, al escondite inglés.

Decidí dar un paseo por el centro de Bruselas. Las callejuelas abarrotadas de turistas, estudiantes, jubilados, e incluso gente con prisas (supongo que aquí también se trabaja). Huele a chocolate, cerveza y alegría.

Lo he vuelto a ver. Parado en su esquina habitual, en la boca de cierta calle donde el aroma a cacao impregna cada baldosa, cada señal, cada escaparate. Es el chico del palo. Un jovenzuelo  que apenas supera la mayoría de edad. Pelirrojo, cabello ensortijado, con un salpicón de pecas bajo los ojos, mirada risueña, sueños intactos.

El chico del palo, así lo he apodado, sujeta, estoico, aquella larga barra con la mano izquierda, mientras maneja diestramente el móvil con la otra. En lo alto de la vara un enorme cartel anuncia un restaurante para mí desconocido. “¡Venga a probar los mejores mejillones de todo Bruselas!”, dice la leyenda, en inglés, bajo el nombre, en rojo chillón, del escondido local; una flecha adjunta indica la dirección, al girar la esquina. Nunca acudas a bar con menú en inglés, regla número uno del viajero, pensé.

De inmediato recordé al otro chico del palo. Aquel que hacía la misma labor en mitad de Princes Street, en la lejana y añorada Edimburgo. Aquel chico del palo a quién  en su día deseé sustituir. Anunciaba una famosa hamburguesería, fiel rival de aquella otra que me concedió el honor de limpiar sus letrinasAl igual que dicen los personajes  en “Dreamcatcher” : SSDD (Same Shit, Different Day), aquí sería SSDN (Same Shit, Different Name).

Ocho libras la hora por sujetar un palo en mitad de la calle. Un chollo en aquellos tiempos remotos. Los trabajadores variaban en aspecto, edad y sexo. Algún espabilado se llevaba una silla diminuta, de camping, plegable. Otro, pelo largo, aspecto hippy, acompañaba la espera haciendo malabares, dos pelotas rojas en la mano libre, mientras ofrecía una gorra del mismo color a los pies. Desconozco si las monedas extra eran declaradas a la empresa patrocinadora o ésta hacía la vista gorda. Yo, lo tenía claro, hubiera llevado la novela que leía por entonces (el mencionado tocho de Stephen King, rondando las mil páginas). Ocho libras la hora por leer al maestro. ¿Qué más podía pedir? Sin embargo, para agarrar el archiconocido “palo” (comidilla en los corrillos del Jewel Esk Valley College, entre italianos, españoles, polacos y algún chino con ganas de aventura), debías rellenar una solicitud, aportar referencias, ser íntimo (en plan ducha juntos) o familiar de segundo grado de alguno de los portadores del susodicho palo, y rezar. Aquello era como sacar la carrera de Notarías con un cinco raspado en Derecho Económico, pero sin estudiar. Imposible. Así que tuve que conformarme con leer, abonando consumición, en mis habituales cafeterías.

Leer en la calle, sujetando un poste, a la intemperie…

La rana salta un charco más.

Es mi mendigo favorito. Lo era. No acostumbro a dar dinero a los que piden, salvo cuando me pillan con el alma rozando el suelo. Lo contemplo allí sentado a lo indio, la espalda erguida, como si estuviera en formación; camiseta caqui, braga al cuello a juego, guerrera de camuflaje. Sus escasos bártulos a su vera, ordenados y recogidos como para pasar revista (saco, esterilla enrollada, mochila pequeña, un par de libros de tapa blanda y avejentada). Ronda la cuarentena. Cabello corto, patillas largas, aspecto pulcro, sonrisa sempiterna. Sonrisa natural, sin mostrar los dientes, algo tímida, honesta, de esas que junto a los ojos enseñan, sin pudor, limpia la conciencia. Una sonrisa digna.

No mendiga, no incomoda a los viandantes. No blasfema ni insulta. No escupe, ni siquiera fuma. Callado, se limita a saludar, cuando cruzas la mirada con él, con una leve inclinación de su rostro. A sus pies, un gorro de lana verde, boca arriba (unas tristes monedas a su abrigo), y un cartel que reza: “Ex – militar. Nº 62157…  Regimiento X de su Majestad. Una ayuda, por favor. Dios les bendiga”; junto a él, su cartilla militar expuesta. Se llama Darren. Dan.

Un día, torpe de mí, le llevé un saco de dormir. Azul oscuro, a estrenar (nunca fui de monte ni acampadas), criaba polvo en mi cuarto. Se lo ofrecí con respeto.

−Ya tengo el mío, pero gracias – dijo, señalando su viejo saco caqui. No perdió aquella sonrisa sincera. Sus ojos no liberaban los míos.

−¿Qué lees? – no pude evitar preguntarle, mi dedo apuntando hacia sus libros.

Me mostró las portadas, los títulos. Novelas policiacas, escocesas.

−Tengo unos cuantos del género. Puedo traerte alguno, si quieres.

−Claro, gracias – su mirada ya olvidó mi anterior torpeza.

Dejé unas monedas, incapaz de apartar la vista.

God Bless you, pal. – dijo; mentón ligeramente inclinado.

Ya de regreso en España, años más tarde, leí sobre su fallecimiento en el Evening News digital. Muy enfermo, en la antesala de la Navidad, lo habían ingresado en el hospital. No superó las primeras horas.

Tenía mi edad.

Murió con su viejo uniforme y la dignidad por sombrero. Le hicieron un sentido homenaje. La Ciudad, los Mandamases (aquellos que defienden sus banderas con la sangre de otros), pero sobre todo el Pueblo (indignado), los transeúntes, aquellos que lo veían cada día, sentado erguido, sonriendo, en un extremo de Princes Street, junto a las escaleras de Waverley Station. Aquellos que compartían con él un café caliente, unas porciones de pizza, unas monedas, una sonrisa. Aquellos que mil y una veces le ofrecieron consuelo.

Quizás rechazó la ayuda oficial como lo hizo con mi saco de dormir. Lo ignoro. Tal vez, su forma de sobrevivir, de afrontar lo experimentado en la guerra, consistía en permanecer en la calle, recibiendo el calor y cariño de los suyos (qué envidia de paisanos) con el rostro alzado, la mirada limpia, y las botas puestas.

Va por ti, Dan.

 







Truquitos                       Quedada Foro Spaniards




miércoles, 1 de mayo de 2024

F181 - Un castillo con fantasma, (Bruselas VI)


Retornemos a Bruselas.

Como sabrán ustedes, todo castillo que se precie tiene un fantasma. Un alma en pena que vaga entre sus paredes de piedra buscando algún ser querido o una explicación de por qué diantres le expulsaron, de este mundo, de forma tan repentina, y maleducada, casi brutal (sablazo en la cabeza, por ejemplo).

Otros fantasmas no son ectoplasmas sino físicos, más de almorzar patatas con chorizo, para que me entiendan; entes corpóreos con el ego subidito de tono y modales a juego.

Pero, vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador y canta Estopa.

Tras la contemplación exhaustiva de la catedral, a nivel de tesis doctoral, con sus cientos de cuadros, vidrieras, arcos, estatuas y otros elementos sacrosantos. Me digo, ¿y ahora qué? La respuesta es evidente: ahora el castillo.

Siempre que visito una ciudad, con un poco de renombre, echo un vistazo rápido a la guía turística en busca de las dos atracciones top, digamos. Adivinaron: catedral y castillo, y si está cerca el uno de la otra, mejor. Si se hallan lejos, ya buscaremos algún pub entre medio para labores de avituallamiento, no es cuestión de llegar deshidratados y exhaustos. Sin embargo, no hubo suerte. El castillo más cercano se hallaba en Gante.

¿Para qué están los trenes?, me dije. Y hacia Gante me dirigí.

Castillo y catedral. O viceversa. ¿Por qué? Sencillo: de vuelta a casa, a menudo te encuentras con el típico listo de turno, ya sea en alguna fiesta (pegado a los canapés, poniéndose ciego de salmón noruego y verdejo), o quizás en una cena de empresa, o en el vermú de los domingos, entre pincho y corto de cerveza, quien te suelta: “Ah, Bélgica, sí, magníficos castillos, viste alguno por dentro, supongo”. Si respondes de modo afirmativo, de inmediato, el pitagorín contraataca: “¿Y la majestuosa catedral en Bruselas?”; “ Por supuesto”, contestas (“¡toma, capullo!”) inflado de orgullo cual pavo yanqui la víspera de Acción de Gracias. “¡Turistillas domingueros a mí!” te dices, ufano. Pero entonces, por la espalda, a traición, champiñón a punto de ser engullido, el espabilado de la clase remata: “¿Y la ermita de los Dominicos Austeros de San Benedicto el Pobre? Sí, hombre, esa situada a unos 248 kilómetros al este de la ciudad, pasada la montaña tal, junto al valle cual”. Y tú llenas la boca con seis tostaditas untadas de paté de oca silvestre, ciscándote, por lo bajini, en todos sus muertos más frescos (como diría el Reverte), y con el Rioja en mano le haces gestos, espera que trague, espera. Con disimulo de actor de compañía teatral pueblerina, miras al fondo de la barra, y sales con premura para saludar a una señora a la cual no conoces de nada. ¡Malditos listillos trotamundos! Balbuceas mientras masticas y masticas y masticas, en un intento de no morir atragantado.

Queda fatal no visitar el castillo.

En esta ocasión lo hice a lo pro, como dicen los chavales hoy en día (les da pereza incluso hablar, pronuncian una de cada tres sílabas: “Bro, ¿te hace un selfi a lo pro?”). A lo profesional, de toda la vida. Alquilé un aparato de esos como de agente secreto, de tebeo, Anacleto. Una guía de voz, o algo así, lo llaman. Un ladrillo negro, con teclas numeradas enormes (por si olvidaste las gafas de viejo), al igual que aquellos Motorola de los 90,  pero a lo bestia.

Allá estaba yo, con el móvil prehistórico pegado a la oreja, que menuda pinta para una foto, oigan. Serían las cinco y media de la tarde. Cielo azulado, nubes como algodones. Brisa embriagadora. Una delicia.

El cacharro propagaba voz con acento hispanoamericano, ignoro la procedencia exacta (latino me suena a Imperio de Roma). Era como escuchar una película de Disney de la infancia, mal doblada. El emisor se iba por las ramas, saltando de una a otra cual chimpancé adolescente. Mostraba una ligera obsesión por las aventuras de faldas de la aristocracia, realeza y populacho, no hacía ascos a ningún estrato social. Un profesional del papel cuché edición Edad Media, todo aderezado con lenguaje actual y hortera (el señor del castillo, Fulano, tuvo un rollete con la tejedora Mengana; con ese estilo). Mi interés, insatisfecho, más cercano a batallas, torturas, justas y decapitaciones (quizás debería aparcar la novela negra nórdica por una temporada).

Hubo momentos en que apagué aquella voz de guía plasta. Ya me pondré al día, cuando regrese, viendo un maratón de Sálvame Vintage, pensaba. Me limité a contemplar aquellos pasadizos, celdas, rejas, torretas con boquetes en los muros por donde arrojaban brea ardiente como bienvenida al enemigo. Todas esas cosas de castillo medieval.

En aquellos cometidos andaba cuando advertí un grupo que me precedía. Constaba de una docena de personas, guía incluido. Uno de carne y hueso, de esos que hablan con voz engolada y potente, para darse importancia y amortizar el curso CCC estudiado: “Guía Profesional de Castillos del Medievo y Otras Fortalezas”.

El tipo se dirigía a ellos en inglés.

Esta es la mía, me dije. Lección de listening, by the face (“escuchar un rato inglés, por la cara”, para los no bilingües). Me arrejunté con disimulo, justo en el límite del grupito. Miraba, de soslayo, el habitáculo enrejado, lleno de jaulas, armas e instrumentos de tortura, activando la antena en modo idioma de Shakespeare.

Una maravilla el cicerone. Por fin, me enteré de cómo colgaban, torturaban y acuchillaban en aquellas lúgubres mazmorras. Cómo castigaban y humillaban a los inocentes (toda la puta vida igual) mientras el malo se iba de rositas, con la rubia de turno, a la grupa de su negro corcel.

Me separé del corro. No era cuestión de abusar, además el guía por fascículos me saeteaba miradas que ni el mismísimo Mazinger Z y sus rayos láser. Continué a mi libre albedrío, en otra dirección, alejándome de los británicos.

Yo solo.

Un salón enorme. Frío como caserón de pueblo. En la pared del fondo una inmensa chimenea. Les costó lo suyo, relataba mi amigo locutor, encontrarle el truquillo al asunto. Sacar el humo del habitáculo. Hartos de medio asfixiarse mientras asaban los jabalíes, en mitad del salón. Hasta que un día, el  vivo del burgo (los ha habido en toda época), pagado por los ricachones propietarios, abrió un hueco en el muro por donde pululaba el calor, calentando la sala, a la par que extraía el humo hacia el tejado.  ¡Con lo sencillo que parecía!

De repente veo una sombra.

Una silueta oscura, bajo el umbral de la puerta más lejana. El grupo se había dirigido hacia otro cuarto, detrás de mí. Nadie me precedía. Nadie podría haberme adelantado sin verle. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, de norte a sur, atravesando el ecuador donde nunca se pone el sol (no entremos en detalles).

Acelero el paso, camino de otra salida. Creo que me saltaré aquella habitación, me digo. Miro por encima del hombro, la silueta avanza hacia mí. Una figura negra como sotana de cura aldeano. Shite! maldigo en escocés. Amplío las zancadas, al borde del trote, con cuidado de no tropezar con algún objeto expuesto y que la factura/fractura no compense el viaje.

Recorro la estancia lateral a toda prisa. No contemplo nada (cuadros, ventanas enrejadas, espadas, escudos, nada, una pérdida monetaria). La forma tenebrosa me persigue, emitiendo un sonido gutural, tétrico, cual voz escapada del averno.

-          —Ehhrghhh, jij; ehhrghhh jij.

Acojonadito subo los escalones de tres en tres a la azotea. La altura es de vértigo. Mi reino por una escalera de incendios. Banderas, estandartes, torretas, mirillas para asomar lanzas y flechas, pero ni rastro de la parabólica (cómo se apañarían estos señores sin Netflix), pienso de forma absurda y obsoleta, de puro terror.

El ente me alcanza. Quedo petrificado.

-          —Oiga, usted – dice, al fin en inglés, jadeando.

Respiro con alivio.

Se trata de una vigilante del castillo. Uniforme negro, con una especie de capa a juego. Morena, cabello corto, aspecto de portera de discoteca como segundo trabajo. Me tranquilizo un poco, no lleva porra, ni pistola, ni una triste hacha, o maza, o un garrote de esos con clavos incrustados.

-          —No puede separarse del grupo. Rápido, vamos. Estamos a punto de cerrar. No se demore – dice con acento alemán; tono serio, brusco rayano en lo borde.

No es un fantasma, es la loca del castillo.

Obedezco como un niño chico regañado. Nunca lleven la contraria a una persona uniformada y con cara de dieta vegana. Podría resultar perjudicial para su salud y bienestar.

Concluyo la visita de manera precipitada y la aguja motivacional apuntando a la reserva. La poli germana me ha chafado el momento. Incapaz de reunir fuerzas para explicarle su error, que no formo parte de ningún grupo, que voy por libre, como el ave que escapó de su prisión, que cantaba el bueno de Nino Bravo.

Lejos de mi agrado el quedar solo, encerrado en un castillo, con o sin fantasmas.

 





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