domingo, 27 de septiembre de 2020

F146 - Logroño-Madrid-Valencia (en el limbo)

 

Transcurrido un tiempo que fue eternidad, me acomodo al volante del ochentero DeLorean, siempre fiel cual veterano perro lazarillo. Noto el frío cuero del asiento a través de mi camiseta. Acaricio el pequeño volante de competición, tanteo los pedales con mis raídas deportivas. Presiono el embrague, posiciono la palanca de cambios en punto muerto. Mi mano derecha alcanza la llave, insertada en el contacto, la hace girar con suavidad.

Niiic niiic niiic

El motor de arranque emite un quejido de protesta, aun resentido por mi abandono.

Niiic niiic niiic

Mis intentos son en vano. Observo el condensador de fluzo, se encuentra a tope de carga. Contemplo la fecha de destino, elegida al azar: 1 abril 2006, caigo ahora que se trata del día de los tontos en Escocia, festividad similar a nuestro entrañable día de los Inocentes. ¿Quizás se trate de eso? ¿Una broma desde el pasado? Giro la llave con insistencia.

Niiic niiic niiic

Casi puedo escuchar una voz procedente del asiento contiguo, una voz aguda, la del Copiloto por excelencia, Luis Moya, gritando a un jovencísimo Carlos Sainz: ¡Trata de arrancarlo, Carlos, por Dios! ¡Arráncalo!

Me hallo en un limbo. No logro alcanzar el pasado, no distingo mi presente. Tan sólo siento una nebulosa sombría que me envuelve cual segunda piel. Vislumbro sombras, escucho murmullos ininteligibles.

Imágenes y sonidos llegan débiles a mi mente, como si se tratara de sus copias baratas nacidas de algún eco lejano.

Negro asfalto. Nuevo, reciente, áspero. Roce sordo de los neumáticos devorándolo a toda velocidad. Carteles enormes, azules, letras blancas. Regresamos de una visita relámpago a San Sebastián. El velocímetro marca 160 kms/h. Aquella maravilla germana marcha como un tanque. Un Golf GTI 16 válvulas, rojo sangre, prestado por mi gran amigo, hermano, David. Mi vista concentrada al frente concede rápidas ojeadas de soslayo hacia el asiento derecho. Me encanta contemplarla así, dormida como una bendita, su rostro, enmarcado por su negra melena, emana dulzura a pesar de su ceño fruncido. Tal vez esté dando mandobles con su hacha en sueños vikingos. Llegamos tarde a una comida familiar en el pueblo de mi padre. La Comida. ¡Dichosos carteles azules! Destinos desconocidos, nombres en euskera. Ni una sola pista sobre la salida correcta hacia Logroño. Me pregunto si querrán abducirnos, estos vascos. Piso un poquito más el acelerador. El motor ruge su agradecimiento.

Algo atraviesa el carril. Una especie de cable grueso tendido, o chapa, tal vez una tabla. No logro esquivarlo. Un volantazo a tal velocidad hubiera supuesto una invitación a la montaña rusa. Apenas lo noto bajo las ruedas. Erika murmulla un quejido tras sus parpados cerrados.

Sonrío mis ganas de llorar.

Una mesa de madera larguísima, repleta de viandas. Una mesa de película de caballeros medievales. Bancos corridos a ambos lados. Toda mi familia. La Familia. Mi padre presidiendo. Su rostro relajado, una sonrisa bonachona que no le abandonará en toda la jornada. Nos observa de hito en hito. Henchido de orgullo. Su hijo pequeño buscándose los caparrones allá lejos, por las Inglaterras, como más adelante presumiría ante sus compadres de partida, entre tanda y tanda al Julepe, o quizás al Tute en la vieja tasca del pueblo. Quién se lo iba a decir a él. Jorge, el menor de los tres vástagos, que fue un niño tan tímido, siempre a las faldas de su madre, o tras el parapeto de un libro. Observaba con curiosidad nada disimulada a aquella jovenzuela, risueña, hermosa, que regalaba simpatía intercalada entre frase y frase pronunciadas con aquel curioso acento guiri, y alguna que otra patada al diccionario. La contemplaba preguntándose cómo, cuándo, por qué. Sonriendo, ajeno a la realidad, a la triste verdad. Desconociendo que presenciaba un espejismo, cual oasis en el desierto. 

        ̶  Mmm la carne es muy rico, ¿qué es?  ̶  preguntó la forastera, con curiosidad infantil.

Mi querido hermano no pudo evitar la gracia.

        ̶  Es Bambi…

Ante la mirada atónita de Erika, simulada con una sonrisa trémula, salí en su ayuda.

        ̶  Hombre, no le digas eso a la moceta, que me la vas a traumatizar.

Le expliqué que era un plato de caza, venado concretamente. En mi yo interno temí cualquier reacción ante tal descubrimiento, más ella se limitó a dar otro bocado y disfrutar de aquel manjar desconocido.

Desde el limbo me contemplo delgado. Muy delgado. Soy obsequio de cumplidos. Alabanzas familiares. Guiños y chascarrillos: eso es el Amor, apunta mi hermana, y otras lindezas. Recompensa sin mérito. Hacía meses que no corría, ni siquiera pisaba el gimnasio. Mas tampoco comía, ni dormía.

¿Dietas? ¿Deporte? Olvídense de milongas. Si desean adelgazar búsquense un amor imposible, que le parcele en trocitos el corazón. No más sudores ni permanentes cuentas de kilocalorías, tan sólo hay que enamorarse de la persona equivocada.

        ̶  Por cierto, hijo, mira a ver. Llevas una rueda pinchada.

Más imágenes, sonidos, sensaciones que invaden mi pequeña burbuja.

De nuevo una carretera desconocida. Un mar de coches me engulle. Valencia es ahora el letrero a buscar. Acabo de dejar a Erika, en Madrid, desde donde partirá a recorrer otros mundos antes de regresar a su lejano país.

No encuentro fuerzas para regresar al calor de los míos. Debo devolver el vehículo, pero sé que David lo entenderá. Un arrebato instantáneo ha colocado Valencia como punto de escapatoria. Pernoctaré allá y  al día siguiente bajaré a Alicante,  a visitar a mi viejo camarada de aventuras edimburguesas, Álvaro.

Pitidos. Frenazos. Gritos. Ruido de motor. La ventanilla medio abierta, por si he de preguntar direcciones. Olor a gasolina, humo, neumático quemado.

Valencia, Valencia tierra de las flores. Trato de vislumbrar el gigantesco cartel que indique dicho destino. Más de repente el parabrisas parece inundado. Una cortina de agua lo anega, cual catarata tropical. No logro ver nada. Los coches, los carteles, todo aparece difuminado, como si pertenecieran a otra dimensión. Entre hipidos, caigo en la cuenta de mi error. No llueve, el atardecer es fastuoso. Son mis ojos los que se desbordan. Busco un espacio más adelante donde poder detenerme. No quisiera matarme, jamás me perdonaría destrozar el coche de mi amigo.

Alguien objetará, entre susurros condescendientes, continúas enamorado de Erika. Sonreiré en silencio, a modo de respuesta. Confesando a nivel mental: estoy enamorado de haber caído en garras del amor.

Alguna Ex futura presentará queja oficial tras leer este modesto diario, quizás incluso una moción de censura, protestará ofendida, víctima de celos pretéritos clamará: ¡Nunca me invitaste a la mesa familiar, a disfrutar delicatessen como el venado!;… ¡Tampoco escribiste para mí un soneto de amor, en mitad de la noche!...

Sin embargo, cómo expresar la necesidad de cumplir un sueño, cómo contarle que aquel viaje relámpago (Santander-Donosti-Logroño- el pueblito-Madrid)  formaba parte de un plan marcado por las estrellas; que incluía La Visita que yo les debía, a mi padre, a Erika, tras la cual meses más tarde él, mi padre, se fue en Paz, con una Sonrisa…;

 Cómo explicarle que Marina veía a través de mí, que adivinaba aquellas tardes de fútbol infantil, que podía ver mis rodillas peladas y rojas, pinceladas de Mercromina, que poseía el poder de vislumbrar, más allá de unos ojos castaños, a aquel niño de ocho años, ataviado con el uniforme merengue, correteando tras un balón de reglamento en una explanada de tierra y piedras, con el coronado escudo, cosido a mano con el cariño de una madre, sobre el pecho y el número nueve, de Santillana, a la espalda. Marina, capaz de acariciar el terso rostro de aquel muchacho, cogerle de la mano y saltar en el tiempo, a la penumbra de mi cálido cuarto, en el piso superior de una casa en mitad de la noche, en el barrio de Broomhouse.

Intento por enésima vez la llave de contacto, y para mi propia sorpresa, el viejo DeLorean arranca…