sábado, 30 de mayo de 2026

F255 - Jugando a las casitas (2a parte)

Lo prometido es deuda. Para recordar pinche aquí.

 

Relato 48 - 2026

 

        El Richi y Luna

Un día cualquiera, en un modesto barrio de una pequeña ciudad anónima.

Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

¿Ricardo, se puede saber de qué coño hablas? pregunta Luna.

Empieza a pensar que este chico no está bien de la cabeza, o que simplemente disfruta destrozando dichos populares, los adereza a su gusto, lo mismo te suelta un ‘De perdidos al pozo seco’ que un ‘Quien a buen árbol se arrima de mala leche se pone’. Lo que empezó como una broma en primero de la ESO, cuando estudiaron los refranes en clase de Lengua, se ha convertido en obsesión. Ya no tiene remedio.

Él la mira, divertido, sin añadir nada. Parece disfrutar de la incomodidad que provoca. Aunque, en el fondo, más le fastidia que se dirija a él mediante su nombre original (y ella lo sabe), pero no le dará el gusto de mostrar su propio malestar. Por fin, se apiada, y señala el número de la casilla del tablero de Parchís donde permanece su ficha colorada. Luna da una calada al porro, sentada sobre sus piernas al otro lado de la mesa de camping en la que juegan. Entretanto, el dado rueda por el suelo.

Déjate de refranes tuneados, bobochorra, y tira de nuevo anda, que lo que salga en el suelo no vale. ¡Menudo torpe! Además, en todo caso, sería “la 48”, y no me refiero a uno de tus putos micromachismos sino a tu querida gramática: “LA casilla 48”.

Sería ‘el’ porque se refiere a uno de los caminos.

¿Pero qué cojones hablas de casillas y caminos, tolai, te has fumao algo sin mí?

Richi se agacha despacio y recoge el dado. Paradojas de la vida, piensa: haría cualquier cosa por ella y cada día la soporta menos, siempre corrigiéndole y acusándole de machista y de niñato. Cualquier día de estos le manda a paseo. Se encuentran en una lonja propiedad de los padres de Luna, junto al portal de su casa. La cochera está vacía, salvo por un ciclomotor, cubierto con una lona de poliéster, en el rincón del fondo. Ella la acondicionó, a su gusto, para las últimas fiestas del barrio: paredes pintadas de amarillo pastel, con mensajes de buen rollo en violeta y cuatro posters torcidos —así queda más cool: Karol G, Maluma, Bad Bunny, Eminem… su preferencia musical, todavía un batiburrillo preadolescente. A Luna le relaja la mezcolanza de olores que flota en el ambiente cerrado de la lonja: a gasolina, marihuana, pintura, y al zurracapote que ellos mismos prepararon (el barreño, aún sin fregar, con brotes de moho, apartado junto a la moto).

Un suave golpeteo en la puerta.

Tras intercambiar una mirada, Luna se acerca al portón:

¿Sí?

Soy yo dice una voz masculina.

Luna abre la portezuela insertada en el portóny le franquea el paso. Se trata de Quini, unos años mayor, quien de vez en cuando les visita y trae consigo algún obsequio cual Papá Noel (un cogollo de maría, un par de emes, alguna pastilla de color desconocido).

¿Lo has traído? —pregunta la chica, sin poder evitar sonrojarse ante aquellos ojos verdes.

—¿Quizá lo dudas? —responde a lo gallego, luciendo su sonrisa de lobo manso. Le tiende el bulto embalado que guardaba en la cinturilla de los vaqueros, oculto por la camiseta, guiñando un ojo.

Luna, más nerviosa si cabe, rompe el vasto envoltorio con cierta torpeza. Richi, que permanece sentado, contempla la escena; celoso a la par que admirador del maldito Quini; quemaría todos sus libros porque ella lo mirara así.

—Entonces, ¿el pipiolo será bautizado? —dice Quini, alzando las cejas.

—Por supuesto, ¿verdad, Richi?

Richi se limita a sonreír, intentando no mostrar su estado de nerviosismo. Aprieta el dado hasta que los seis puntitos quedan grabados en la palma de su mano.

—Recordad, esto no existe —dice el recién llegado señalando el paquete, a medio deshacer, en manos de Luna— y lo más importante: aquí el Quini entró a pediros un piti —añade, la mirada fría como la de un tiburón; se acabaron las sonrisas.

Luna abre la caja que ocultaba el envoltorio. Sus ojos reflejan excitación, incredulidad y un puntito de miedo.

—¿Está…?

—Listo para usar, ni lo toquéis antes de la hora pactada —responde Quini, sin necesidad de escuchar la pregunta completa. Agarrada la manilla se gira—: lo dicho, gracias por el pitillo. A mí no me conocéis de nada…

La puerta se cierra con un ruido lapidario.

—Dime con quién vas y te diré qué número de pie calzas.

—¿En serio, Richi, en puto serio? —dice Luna, mostrándole el contenido, para cortarle la tontería.

—Perdona, son los nervios.

Luna cierra la tapa y busca un escondite. Richi la observa en silencio, todavía siente el dado hiriendo el interior de su mano.

—Dale, tira de nuevo a ver si escapas de la puta 48, que este juego tuyo es aburrido no, lo siguiente —dice la muchacha.

—Mi madre dice que servirá para centrarme y calmar la ansiedad.

—Tu vieja es una santa… o una bruja camuflada.

El chico iza la mirada, clava sus ojos en los de ella, ni rastro de docilidad.

—Venga, bro, no te rayes, iba de coña.

Richi decide eso mismo, no rayarse, pues Luna —a pesar del postureo de malota— ha sido la mejor compañía desde el accidente en que perdió a su padre y a su abuela Rosario, la cual lo adoraba (el verano pasado, volviendo del río, un conductor borracho, un Stop profanado; Richi resultó ileso y su madre se había quedado ayudando en la iglesia). Bueno, el sentirse hechizado por ella desde parvulitos es meramente circunstancial.

Mañana será el gran día, el día D lo tildan en las películas, piensa Richi. Pasarán la noche en la bajera. Su madre marchó de excursión a Lourdes, con el grupo de la parroquia; siempre la mano derecha del sacerdote. Los padres de Luna trabajan el horario nocturno, ella de camarera en la discoteca, él como operario en una fábrica de electrodomésticos.

Comparten un viejo colchón, estrecho y demasiado blando, con varias manchas desagradables que la chica cubre con una sábana vieja. Se abrigan con una manta que tomaron prestada del cuarto de Luna.

Descartan dormir en el piso parental, por el riesgo que entrañaría trasladar el regalo allí, y tampoco desean perderlo de vista.

—La vida nos va en ello, literal —dice ella, ante la propuesta de Richi para utilizar su dormitorio— cuanto más cerca de eso, mejor —añade, señalando el recoveco donde ocultó el paquete.

El chaval trata de convencerla para darse calor mutuamente. Así lo dice, utilizando el obsoleto eufemismo. Luna responde con su propio estilo, rompiendo la magia:

—Cuando superes la prueba y dejes de ser un pringao, harás conmigo cosas de no puto pringao.

—Eres un diccionario con pezuñas —sonríe él.

—¡Que te jodan!

—Buenas noches, Luni.

—Buenas noches, Richi, espero que no estés tan cagado como yo.

—…

Richi no logra conciliar el sueño, sabedor del morrocotudo lío en que se ha metido él solito. Luna ronca como un gorrino constipado desde que su preciosa cabecita tocó el colchón. Sin embargo, él no cesa de darle vueltas a la cabeza, ya es casualidad, se dice, ¿y si fuera una señal? ¿Y si la yaya intentara advertirme desde el cielo, que es una locura, que abandone, que salga corriendo? “Los de la 49”, repasa una y otra vez el nombre de la banda donde quiere ingresar, a la cual pertenece Luna, recordemos: su amor platónico desde la más tierna infancia. “Los de la 49”, dice de nuevo en voz alta, buscando respuestas en el techo blanquecino que traspasa la penumbra, gracias a la luz de la farola que se cuela por los ventanucos superiores. Ignora el porqué del nombrecito, alguna imitación de las bandas yanquis, o un homenaje, supone. “El dado cayó al suelo… dos veces consecutivas, tras rebotar en el tablero, con mi ficha roja en la casilla 48… pero no lo tiré con excesiva fuerza… no lo lancé tan fuerte… es como si algo, o alguien, quisiera impedir mi paso por la casilla 49”, reflexiona. “¿Y si es una señal?”

Amanece y tímidos rayos de sol atraviesan los cristales encima del portón. Luna bosteza, Richi mira fijamente la bombilla desnuda que cuelga del techo. No ha pegado ojo en toda la noche.

Luna mordisquea una galleta rellena de chocolate, aunque no lo confesara ni bajo tortura, su estómago está casi cerrado. Le ofrece el paquete a su amigo, pero éste lo rechaza:

—Leí en algún sitio que es mejor enfrentarlo con el estómago vacío —dice Richi.

—Tú y tus putos libros —replica ella, intentando controlar el temblor de su voz —mejor si hubieras practicado.

El muchacho se levanta de la silla:

—Es la hora, vamos —dice, su tono, veinte años mayor.

Cruzan la carretera, el chico va primero, ella un par de pasos detrás.

Richi se lleva la mano derecha al bolsillo interior de la cazadora. Sus dedos rodean el objeto que Quini trajo: un viejo revolver corto, con el tambor vacío de balas (el Quini dudó sobre esto hasta el último minuto, pero no está dispuesto a rifarse la libertad por un par de mocosos jugando a las banditas).

Entra en la tienda, minutos después de que el cartel rezase ‘Abierto’, Luna permanece fuera, de espaldas a la puerta, vigilando calzada y acera, ambas desiertas. No se trata de un asunto de dinero, saben que no lo obtendrán a semejante hora, es una cuestión de valor, un bautismo de fuego según los pandilleros.

El tendero, un señor paquistaní de unos cincuenta años, queda paralizado ante el cañón del arma con el que aquel niño apunta su rostro.

—¡No hay dinero, no dinero! ¡La caja vacía! —dice, el miedo comiéndole palabras.

Mientras habla —una mano en alto— abre con la otra el cajetín. Hay unas poquitas monedas que caza con dedos temblorosos. Ni un mísero billete de cinco euros. Deposita la calderilla sobre el mostrador, al alcance del chiquillo.

Richi, que siempre fue rápido con los números, por los que siente pasión, lanza un vistazo a las monedas que han dejado de bailotear y reposan sobre la superficie de madera; las cuenta prácticamente al vuelo: una de veinte céntimos, dos de diez, otra de cinco y tres diminutas de un céntimo: en total, cuarenta y ocho céntimos.

El chico queda perplejo, boquiabierto, la mirada extraviada en algún punto más allá del mostrador, sin percatarse de una sombra, en el límite de su campo visual, detrás de las estanterías de chuches.

—…el cuarenta y ocho no tenía salida —dice, de forma absurda, con voz queda; como si gozara de propia vida, el brazo que sujeta el arma baja junto al costado —. Sí que era una señ…  —no logra terminar la frase, siente un golpe en la nuca y todo a su alrededor se funde a negro.

Detrás de él, un mocetón, de tez morena y cabello negro, sostiene un garrote de madera y contempla su cuerpo inconsciente, tumbado en el suelo.

Luna escucha un ruido sordo en el interior y, tras asomarse con sigilo, sale corriendo calle abajo.

—¡Puto niñato! —farfulla, los ojos humedecidos.

Jadeante, al torcer la esquina, oye el ulular de las sirenas, cada vez más cercano, rompiendo la tranquilidad de otra mañana cualquiera, en un barrio sin nombre.




Relato 48 (2025): Pastel de zanahoria.

Relato 48 (2024): Frágil cual muñeca desnuda.

 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

F254 - Lances aeroportuarios (Ámsterdam) (y IX)

Día de regreso. De vuelta. De retorno. Baño de realidad. No hallo expresión alguna que describa lo inevitable.

Homenajeando a los malotes de Irvine Welsh, tomé la última dosis de droga en “The Dam”, a la que denominé BBB: Bye bye beer. No hay otra manera de enfrentarse al mundo real, al hecho de que en pocas horas tu día a día mundano —en forma de bultos, paquetes, madrugones y carreteras desiertas— volverá a imponerse en esa carrera de fondo a la que llamamos vida. La rutina contiene miles y miles de zancadas cortas, la respiración acompasada, la mirada a media distancia, mientras tu mente espera ansiosa una parada bajo la sombra del puente lejano, un trago de agua fresca, una nueva escapada… ¿A Berlín, tal vez?

Fui al aeropuerto con tiempo de sobra, como acostumbro; esta vez asegurándome de no dejar cabos sueltos camuflados con letra diminuta en la tarjeta de embarque. Sin facturaciones de última hora, que surgen del otro lado de la cortina para darte un susto y asaltar tu mermado bolsillo. Nada de sorpresas.

Me encanta cómo se lo montan los tulipanes, ignoro si será lo común en otras capitales de la Europa “civilizada”. Pantallita al comprar el billete de tren: en inglés: “Deseo ir al aeropuerto”, dice una de las casillas del menú primero. Punto. Clarito, sin trampa ni cartón ni asaltadores de caminos. Lo mismo pasó en el viaje de llegada, con el mensaje: “Deseo ir a la Estación Central de Ámsterdam” (desde el aeropuerto). ¿Tan difícil es? A ver si cunde el ejemplo en otros lugares.

El aeropuerto Schiphol es de ciencia ficción, al menos a ojos de este pueblerino con ínfulas de viajero. Minutos antes recibo otra notificación, recuerden que bajé todas las aplicaciones posibles relacionadas con el vuelo, ésta decía que debido a que el avión iba petado de españolitos retornados con miles de bolsas de compras y holandesitos de vacatas al paraíso ibérico con las maletas desbordadas, me ofrecían introducir el equipaje en la bodega, de manera gratuita. “Para ello, diríjase a nuestras máquinas de facturación automática, gracias”. Reconozco que me temblaron ligeramente las rodillas: ‘máquinas’ y ‘automática’ en la misma frase no me hacían la menor gracia. No me llevo bien con los bichos robóticos, como algunos de ustedes sabrán. Pero, al menos, te lo advierten con antelación, de forma precisa y educada (y gratuita) a diferencia del tiburón irlandés y sus secuaces.

Me aproximo a las dichosas máquinas que me miran torcido, con una mezcla de burla y maldad. Me saben presa fácil, las muy… Pienso, no por primera vez, que si el maldito Skynet se pone tonto y le da por lanzar el consabido ataque contra la Humanidad en mí hallará a una de sus primeras víctimas. En fin. Ante mi palpable inseguridad, escucho a mi espalda: “No se preocupe, usted, señor pueblerino, es muy sencillo”, dice la muchacha con uniforme azul marino de azafata terrestre, con otras palabras, eso sí, llenas de respeto y profesionalidad. Rubia, cómo no, cabello sujeto en la nuca mediante un artilugio, repeinado y tirante hacia atrás tanto, tanto que a punto estoy de ofrecerle un analgésico. Eso debe de doler.

Instrucciones que constan de cinco pasos en la pantalla. Al tercero falla, fallo, fallamos (el robotijo y yo, que algo de responsabilidad tendrá la cosa esta hecha de chips y tornillos). “Ponga la cinta-pegatina de código en el asa”. Parece sencillo eh, pues no. Un servidor, que tiene las uñas de gato con calcetines y presbicia. Misión imposible: separar la dichosa cinta. ¿Dónde está el puto Tom Cruise cuando se le necesita!, pienso llevado por la frustración. ¿Por qué no para un instante y se coloca las gafas, Señor Jorge?”, dice la vocecita interior con recochineo. La mando a paseo, a la Isla de las Últimas Voces, con permiso del gran Mikel Santiago. Aquello es imposible de separar. Llamo a la moceta —“¡Chist, bonita!”—, perdón, a la Azafata de Tierra Llana. “No hay que despegarlo. Es autoadhesivo, señor”, dice la joven imitando bastante bien el tonillo de mi vocecita interior. Media vida observando cómo el personal de check in despega los bordes de las pegatinas para ponerlas alrededor del asa de la maleta, y ahora me dan, a traición, una autoadhesiva. ¡Menudo complot!

Cuarto paso. Miiic. Rojo. Otro fallo.

¿Y ahora qué hice?

Mi ya casi amiga de azul vuelve a acercarse (lo cierto es que no se alejó mucho, y controlaba, de reojo, mis avances). “Tiene usted que poner la maleta de pie”; protesto, con una sonrisa nerviosa, mostrándole el dibujito en pantalla, que muestra claramente una maleta en posición horizontal. “Eso es para las maletas grandes”, dice, y suspira cual Doña Inés. “Póngala de pie”, repite. Así lo hago y el robot cierra su enorme boca tragándose a mi Gordita Azul.

Tras el quinto paso, la máquina hace ruiditos y expende una minúscula tarjeta con el número de identificación (también autoadherente) para pegarla sobre el DNI y así garantizar que no se pierda y reclamar el bulto en destino.

Ya libre de carga, tan sólo con la mochilita de mano, me dirijo a los Servicios. No pretendo ser escatológico, pero uno con los años aprende ciertas cosas. Antes de subir a un autobús de larga distancia, a un tren, a un avión, visite al Señor Roca y pídale permiso para redactar un fax en su oficina, si es posible. Los nervios y la comida a bordo son muy traicioneros.

No se rían, fíjense en la última excursión que hicieron los yanquis a la Luna, invirtieron tropecientos mil dólares para un john (así llaman al WC) como Dios manda… y se estropeó a las primeras de cambio. Allí en medio de la nada, contemplando por el ventanuco a lo lejos la Tierra toda azul agua… que debe de provocar unas ganas… No quiero imaginar el momento.

Siempre hay que guardar una lista mental de buenos Servicios, allá donde vayas, por si surge una emergencia (esos platos exóticos, esa salsa de color sospechoso). Pienso todo esto y, divertido a la par que incómodo, caigo en la cuenta de que cada vez me parezco más a George Constanza, uno de los protagonistas de Seinfeld, y distraídamente meso mi cabello, y susurro una plegaria al tiempo que cruzo los dedos. El tipo luce menos pelo que una muñeca desechada.

Los lavabos de Schiphol son futuristas, como de nave cósmica. Los espacios, gigantescos, blancos e impolutos, tanto la zona de urinarios y lavamanos como los cubículos. Dentro de éstos podrías tumbarte y dormir una siesta. ¡Cinco percheros de madera, cinco! Están situados en una de las mamparas laterales. Ahí podrías colgar abrigo, chaqueta, mochilita, jersey y camiseta y quedarte medio en pelotas sobre el trono. Lo dicho, más George que nunca (él así lo hace, sin camisa).

Siguiente parada. Seguridad. A pesar de ir sobrado de tiempo prefiero quitarme el trámite de encima. Al arco de inspección sabes cuándo llegas, pero ignoras cuándo vas a salir. Y el avión no espera.

Atravieso dicho arco. Previamente dejé bolsa, chaqueta, cinturón y (casi) todo el contenido de mis bolsillos en la bandeja, que pronto asomó al otro lado del aparato de rayos. El arco no emite sonido alguno, pero…

—Un momento, por favor —dice, en inglés, uno de los agentes de seguridad.

Me giro, encarándole.

—Póngase aquí, separe las piernas, mire al frente, coloque los brazos extendidos —recita las instrucciones aprendidas como un niño egebero la tabla de multiplicar. Indica una cabina semi abierta, donde otra máquina escanea tu cuerpo entero.

“Mierda”, pienso, adoptando la postura de rendición, “tal vez no fue una brillante idea venir con barba de tres días y una camiseta verde con la leyenda: ‘I am not antisocial, I am antistupid’ junto a la caricatura de un gato naranja levantando la garra y haciendo una peineta con la uñita de en medio”.

Obedezco al igual que un cordero camino del matarile. Sólo me falta balar. ¿Dónde está la niña Clarice para liberarme?

—Lleva algo en el bolsillo, sáquelo, por favor.

Extraigo con la mano derecha un pañuelo de papel usado hecho un gurruño… y con la izquierda, que sujeta el DNI, un par de billetes de cincuenta euros.

—Puede guardar eso —señala el clínex, mientras con un gesto me pide que le entregue el documento y el dinero.

Tras unos segundos de duda, y la mirada clavada en sus ojos (que expresa algo así: “Yo, por mis cien pavos, maaato.”), se los ofrezco.

El guarda sonríe, bonachón. Supongo que intenta lucir una imagen de honradez uniformada. Está usted en los Países Bajos, y todo eso. Además, su compañera observa cada paso que da, como si fuera su sombra.

—¿Español? Buenos días. Grasias —dice, de carrerilla, en castellano. Gracias a Dios no añade: ‘helado’, ‘sangría’ o ‘servesa, por favor’.

—Sí.

Continúa en inglés, bastante esfuerzo hizo ya el buen hombre:

—Estos dos billetes —los levanta con la mano, y hace el gesto de repartir— uno para ella —señala a la compi— y el otro para mí —y riendo añade, en español—: propina.

La compañera ríe, él tipo sigue riendo, yo río también: “¡Qué carajo, hijos de la gran chingada holandesa!”, dice la vocecita interior que, de repente, tornó en revolucionaria zapatista. A punto de exclamarlo en voz alta y añadir que bastante me habéis clavado ya en vuestra semihundida ciudad de canales, vicio y bicicletas. Que dejé la tarjeta de crédito tiesa, que a partir del lunes estaré a dieta de pasta marca blanca y tomate frito Hacendado Mercadona.

No digo nada, claro. Me limito a carcajear, debo de estar colocado de tanto fumeteo pasivo e involuntario.

El segurata me devuelve el dinero, con un guiño.

—¡Buen viaje, caballero! —dice, en un español más que decente.

Camino hacia la zona de espera, junto a la puerta de embarque, algo llama mi atención. Me acerco al escaparate de uno de los comercios donde venden prácticamente de todo: prensa, libros, pasatiempos, bombones, pastas, queso, alcohol, souvenirs… Se trata de un libro, expuesto junto a otros de bolsillo, con un título en inglés que significa una segunda oportunidad, un premio de consolación, un regreso a la infancia: “Anne Frank. The diary of a young girl”, reza. También en la portada, una pequeña burbuja azul añade (traduzco): “Abreviado para jóvenes lectores”.

Todo lector lleva el yo niño en su interior.

Entro en la tienda y adquiero un ejemplar, dispuesto a revivir el pasado, a confirmar una certeza: que ataquen quienes ataquen, que maten quienes maten… siempre pierden ellos: los infantes.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

F253 - ¿Padre, por qué a mí? (Ámsterdam) (VIII)

Hay tanto para ver que no sé qué visitar. Me ocurre a menudo. De todas formas, siempre preferí el turisteo tranquilo, nada de ir corriendo de un sitio a otro con la lista de objetivos en la libretita y a la izquierda el correspondiente tiqueo en rojo.

Me decido por el Rijksmuseum. Ruego no tener que pronunciarlo. Es grandísimo e impresionante como la mayoría de los museos. Podrías invertir tres horas o cinco días recorriendo sus numerosas salas y pasillos. Incontables las paradas: pinturas, esculturas, armas, maquetas de barcos, muebles, columnas, bóvedas, galerías, exposiciones especiales... Podrías pasar dos años y medio entre sus muros, plantar la tienda de campaña en la sala de Vermeer y solicitar asilo político. Así, cada mañana estudiarías (papel y lápiz en mano) un par de cuadros, una escultura. Yo acostumbro a no exceder las dos horas porque de inmediato comienzo a sufrir los primeros síntomas del síndrome de Stendhal: mareo, vértigo, sudores fríos, hormigueo de extremidades, taquicardia, colores que se funden en mi cerebro, retratos que se carcajean de mí, grupos de japoneses que señalan en mi dirección con dedos enguantados (de blanco, por supuesto) y apuntan sus palos selfi hacia mí, guardas que me miran con cara de sospecha preguntándose si bajo la camiseta escondo un mini autorretrato de Van Gogh. De acuerdo, tal vez exagero un poco. Pero dos horas son dos horas. El cerebro dice ‘vale ya por hoy’ y el estómago (el corazón) exige una cerveza.

Si un día se sienten solos y requieren compañía acudan a un museo. Elijan la sala correspondiente a algún pintor un poco conocido, de esos cuyo nombre aparece en algún que otro libro de texto. ¿Un tal Rembrandt? Sí, podría servir. Entonces la locura. La gente se da codazos, y algún que otro rodillazo en la entrepierna —metafóricamente hablando— por tomar posición frente a este u otro cuadro. Más cámaras fotográficas. ¿Pero no está prohibido? Resulta estresante intentar acercarse. Un murmullo se escucha de fondo, como si la sala tuviera vida propia.

Imposible, al menos para mí, describir un museo. Me quedo con las sensaciones, con el estado entre dos universos, dos épocas, en el que pareces embutido. Sientes un aislamiento que crece a tu alrededor, que se hará patente cuando luego pises la calle y te preguntes en qué ciudad estás, en qué país, en qué planeta. Dentro, soportas las miradas de los personajes anclados en el tiempo, encerrados por un marco. Miradas que te persiguen, aunque trates de pasar de largo. Tipos bigotudos que amenazan con salir del cuadro y rebanarte el pescuezo con una daga curvada. Señoritas voluptuosas que con cierto sonrojo posan sus ojos en ti, y te ofrecen una manzana, una jarra de leche, un beso, un sueño, un pecado a domicilio. Diablos de mil y un aspectos que examinan alrededor, leyendo el interior de las personas, calculando dónde plantar la semillita del mal.

¿Lo ven? Dos horas y media entre cuadros y ya desvarío.

Es difícil resumir lo visto, lo sentido y este es un blog de batallitas personales no un diario de bellas artes. Pero me quedaría con dos pinturas, de estas que se meten debajo de la piel, que susurran cosas incómodas a tu oído, que tratan de aferrarse a tu alma para producirte un largo escalofrío.

Uno de ellos muestra al hijo de Rembrandt —Titus—vestido con hábito de monje capuchino (similar al utilizado por algunos de mis profesores en el Colegio de Lecároz); lo viste de esa manera y lo instruye en cómo posar para mostrar la pobreza y humildad de Francisco de Asís, y claro, el chaval cabizbajo macerando en su interior un trauma infantil irreversible y elucubrando una futura venganza contra su padre. La expresión de su rostro lo dice todo, sin abrir los labios. Lo lees en sus ojos, la humillación, el ‘¿por qué me haces esto a mí, padre?’ Vale, es una interpretación personal. No vaya a haber algún erudito de arte en la sala y me cante las cuarenta en bastos.

El otro: “The Syndics”. Cinco o seis tipos vestidos de negro. Alguna clase de inspectores de calidad textil en plena tarea. Todos mirando “a cámara”, como si en lugar de paleta y pinceles el pintor tuviera eso exactamente entre manos. Una anacrónica cámara fotográfica, incluso una de video. Su común mirada lejos de ser amigable. Más cercana a una posible agresión (verbal) que a una sonrisa. Expresiones individuales que comparten un rasgo de dureza. Pero, algo curioso, no observan al pintor, no miran realmente a la cámara. Sino algo más lejos, como por encima del hombro del artista. Entonces caigo en la cuenta y un escalofrío recorre mi espalda. Nos miran a nosotros, los espectadores, a mí también. A la gente que se aglomera frente a ellos a cotillear lo que se traen entre manos. Miran a quienes los señalan y murmuran, incluso tienen la osadía de apuntarles con aquellos objetos extraños que ciegan sus ojos con relámpagos del averno. Observan con un hartazgo que acaricia el resentimiento, incluso el asco. Un desprecio que roza el odio. Nos contemplan y sus cerrados labios, a través de los ojos, dicen: ¡Váyanse a su maldita casa y déjennos trabajar! ¿Acaso no tienen una Biblia que leer? (En su época no existía Netflix).

Si están hartos de aglomeraciones, de gentío susurrante, permanezcan en el museo. Limítense a esquivar las salas de artistas de renombre y elijan las de aquellos que tan sólo los conocía su madre a la hora de darles la merienda y cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Disculpen la ignorancia. Ahí tendrán toda la galería para ustedes. Podrán contemplar de cerca, de media distancia, de lejos sus autorretratos, sus reyes, emperadores, sus bodegones, lo que sea. Incluso, agárrense, podrán sentarse en el banquito que colocan frente a uno de los cuadros tocho. Sin empujones ni palos selfi ni japoneses eufóricos. Si desean tranquilidad, entren en la sala de segunda división. Saldrán relajados como tras un spa.

Debo confesar que desconocía, o no recordaba, el hecho de que la casa de una tal Ana Frank se hallara en Ámsterdam. Lo supe en cuanto abrí el consabido enlace de internet en el omnipresente teléfono móvil: Sitios tope chulos que visitar en la capital de Holanda. Y me dije, la casa de Ana Frank, ¿por qué no? ¿quién no leyó en la escuela algún capítulo de su archifamoso diario? Ingenuo de mí. Contemplo la fachada: desde el otro lado del canal resulta extraña, insertada entre otros edificios con aspecto de oficinas; me dispongo a comprar la entrada para la visita. Entonces descubro que hay que reservar… con un mes de antelación. Yo, inocente, pensé que era llegar, llamar a la puerta, besar el santo y decirle al tipo: ¿Aquí se escondió la buena de Ana?, quisiera echar un vistazo, si no le importa. Plan B, siempre hay que tener un plan B y dinero en la cartera, en este caso plan V: museo de Van Goh. Se repite la jugada, parece esto el día de la marmota. Localizo el lugar, siempre de la mano de mi querida gúguel maps. Y, sorpresa, sorpresa que decía la Gemio: todo vendido. “Vuelva usted mañana”, me dice el tipo de la plaquita en el pecho, sonriente, profesional. Mañana estaré a doce mil metros de altura, rumbo a las cajas, a los madrugones, al insomnio, a la vida real. Pero qué le importa esto al buen hombre.

Así que opté por el plan C, la mera improvisación. Entré en el primer museo que encontré en cien metros a la redonda: museo de arte moderno Stedelijk… échense a temblar. Ahí dentro “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, como decía el pobre replicante en Blade Runner; en serio, vi cosas que provocarán venideras pesadillas.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

F252 - Jugando a las casitas

Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.

Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello. Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas, botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones (ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por incomprensión.

Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.

No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno juntaletras.

Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.

Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.

En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero, frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:

1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

2. El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos.

3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una, dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo, cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente, totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados sobre las ocho teclas de posición.

La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir ‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal (así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).

Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras. Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…

Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.

Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo. Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura, comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque ellos digan que no).

Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.

Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo. De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:

—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone nombre.

La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es Stephen King).

Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo, tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal semillita.

Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es esta?

Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.

De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas, incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).

Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena. Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola, pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’, no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.

Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de sinónimo. Hoja rasgada.

11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las 12:00 concluía el plazo).

Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido, pasé un fin de semana en la piel de un escritor.

Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una croqueta.

Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y, les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita croqueta.

Leo el título y me echo a temblar:

“El Kevin y la Yoli”.

Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.

Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con nuestro romántico satélite).

Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las Letras.

La anécdota es cierta como la vida misma.

(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz por encima de mi cuento).

Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las palabras, a las 15:00 horas.