viernes, 24 de julio de 2026

F258 - Allende los mares

¿Quién fue crío y no soñó con ello? ¿quién no pateó un balón en una explanada de tierra —dos pedruscos como postes, larguero “a ojo”— emulando a sus ídolos? ¿quién no corrió, con la pelota bajo el brazo, a casa porque comenzaba el partido que emitían por televisión?

Yo, al menos, sí lo hice. Soñar, jugar, correr, contemplar con devoción en la pantalla a aquellos jugadores con azulada pantaloneta y casaca roja de manga entera, aquellos tipos duros, serios, limpios de tatuajes, bigotudos y con el cabello largo. Aquellas figuras erguidas, con el rostro al frente o hacia el cielo cuando sonaba el himno nacional.

La furia roja, denominaban a la Selección española por esos tiempos. Furia que solía quedar en agua de borrajas, ronda de penaltis u octavos de final del correspondiente mundial. Copa del mundo, lo llaman ahora para darse importancia. Furia roja que tan sólo se reflejaba en la cara de mala uva de Camacho, las pechadas de Juanito y las medias por los tobillos de un tal Gordillo galopando por la banda (trozos de césped y tierra negra casi salpicaban la cámara). Luego vino aquel entrenador, seleccionador infame, cuyo nombre no quiero recordar, con su ‘patadón parriba’, tratando de emular a los ingleses sin siquiera rozar su esencia, sin poner todo el corazón en su trabajo, sin sentir el escudo (ni la bandera) que su chándal representaba. “¿Para qué, si me pagarán igual?”, debió de pensar, el innoble.

“Nunca ganaremos los mundiales”, creímos apesadumbrados durante la infancia, la adolescencia, la primera adultez.

Entonces, muchísimo tiempo después cuando el sueño lucía tan deslavado que casi transparentaba, amaneció el once de julio del año dos mil diez; surgieron las trompetas aquellas que inundaban los estadios sudafricanos con alegre escándalo —vuvuzuelas, las bautizaron— nació el tiqui taca, aparecieron cual estampas milagrosas San Andrés Iniesta y su gol eterno… Iniesta empaquetó con mimo, puso un lacito colorado y nos regaló el sueño de nuestra niñez. Dos hombres cabales, serios en lo suyo, profesionales, sentidos de los colores que representaban lo hicieron posible: El Sabio de Hortaleza (Luis Aragonés) plantó la semilla, Vicente Del Bosque la regó, la bendijo y entre todos cosecharon el fruto en forma de copa mundial, la primera.

Edimburgo rebosaba entusiasmo. Incluso el clima (siempre caprichoso en la capital escocesa) respetó la competición: cielo azul turquesa sobre el castillo majestuoso —perenne custodio— ni una nube oscura que pudiera traer mal agüero, luz que reclamaba gafas de sol. La ciudad se volcó en el Campeonato Mundial de Fútbol desde el primer día: pantallas gigantescas en las terrazas hosteleras (los beer garden), pubs con ofertas especiales de comida (denominadas como países) y, sobre todo, de bebida, colorido futbolero por las calles (no permitido en el interior de los bares, por seguridad), ambiente jaranero propio del Festival Fringe de agosto (icono de la capital). Los escoceses, pronto huérfanos de selección, se unieron con gusto a la afición española. Cualquiera les hubiera bastado, excepto la archienemiga Inglaterra. Pero, adoran España, a sus gentes, su comida, sus playas, su forma de disfrutar la vida, nuestra naturaleza. Eso me decían, en cada encuentro, en cada conversación.

Presencié la semifinal en la terraza exterior del pub Three Sisters; colocaron una pantalla enorme, los rayos solares obligaban a buscar el ángulo correcto de visionado. Corrieron las pintas de cerveza, los cánticos, el entusiasmo: acudió a la cita, por aclamación, el gol victorioso contra la siempre poderosa Alemania… se acercó el sueño.

Para la gran final, ante Holanda, barajé varias posibilidades (regresar al Three Sisters por aquello de la superstición, bajar al barrio de Leith, probar en algún bar desconocido, verlo en casa estaba descartado). Me decanté por el céntrico pub Tron con varias estancias, barras y televisores modernos por doquier. Llegué algo tarde, recuerdo, pedí una pinta de cerveza y, sin pensarlo demasiado, entré en una de las salas. Pronto topé con una sorpresa, algo no cuadraba, me vi rodeado de camisetas anaranjadas (no se permitían banderas ni bufandas identitarias). Divertido, y algo acongojado, corroboré la sospecha: me hallaba en territorio Comanche, tierra enemiga, en mitad de la afición holandesa. Me identifiqué (no suelo llevar colores) ante algunos de ellos: estos reían, chocaban sus vasos contra el mío, me observaban con la displicencia rayana en la superioridad propia de fanes de la Naranja Mecánica, o quizá se trataba de ansia vengativa por todo el tinglado que les montamos con los Tercios. El pitido final del primer tiempo resonó sobre un marcador a cero. Sin perder un segundo, corrí a por otra pinta, a buscar otra sala, antes de que cayera prisionero.

Acá sí, la marabunta Spaniard. Cánticos, risas, silbidos, eufórico barullo —los ingredientes del jolgorio ibérico— alguna que otra bandera semi escondida (supongo que aquel día no se mostraron estrictos los porteros del bar; la separación por habitáculos ayudaba a la convivencia) un puñado de camisetas rojas. Mucha cerveza, amagos de calimocho (siempre surge algún camarero que conoce el combinado), chicas bonitas, fotos, camaradería y una terrible nostalgia. Añoranza dolorosa (garganta, intestinos, corazón) por estar allá, en nuestra tierra, por el centro de Madrid, a lo largo del paseo marítimo de Málaga, en la Gran Vía logroñesa…

“¡Yoo sooy

Españool, españool, españool

Yoo sooy

Españool, españool, españool!”

Rugían las gargantas regadas con cerveza y entusiasmo. Retumbaba el suelo de madera bajo decenas de personas botando y botando y botando.

Minuto 90, los nervios piden salir del cuerpo. Tiempo de prórroga.

Y luego el minuto 116 hizo saltar por los aires, en miles de pedazos, aquellos nervios; la ola expansiva, que olía a rabia histórica y euforia, fue provocada por el gol que hizo inmortal a Iniesta. Los abrazos, los saltos, el corazón desbocado, la piel de gallina. Éramos Campeones del Mundo, sí, yo también, aquel niño que corría tras un balón de reglamento en una explanada de tierra seca, soñando con ser Santillana.

Dieciséis años más tarde

Me escapo al terruño porque hay acontecimientos que así lo requieren. Logroño, calor sólido de sandía, larga siesta, jarra de agua fría.

Es mediodía, quedan apenas ocho horas para la gran final: España contra Argentina. Tomo un refrigerio sentado en una terraza bendecida con sombra y una ligera brisa. Un coche rojo descapotable, antiguo, recorre Avenida de la Paz. El sol brilla sobre la carrocería, dos livianos mástiles flanquean el habitáculo, sujetos a sendos retrovisores, las banderolas rojigualdas ondean emitiendo un suave aleteo. Para mí, un grato baño de irrealidad tan cerca, tan lejos de la ciudad blanca. En el asiento de copiloto, un niño de unos diez años acompaña al que supongo su padre que conduce despacio, el rostro de aquél iluminado —todo sonrisas y ojos— mientras presiona una y otra vez la bola de goma de la vieja bocina, un crío feliz contagiando su felicidad, ignorando que tal instante lo recordará toda la vida. Todavía, grabado a fuego en la memoria, vislumbro la figura de mi padre cuando me recogió del Colegio Internado de Lecároz (Baztán) aquel día de final de curso; paramos en una venta de carretera a las afueras de Estella (bocadillo de jamón, Coca-Cola) para ver el debut de España en el Mundial del ochenta y dos, el Naranjito, la furia roja… todo aquello. Y a mi padre ni siquiera le gustaba el fútbol, supongo le bastaba contemplar mi rostro iluminado, todo ojos y sonrisas.

Nunca pude comprender (bendita inocencia) que los amiguitos del pueblo prefirieran la victoria del Brasil a la de Argentina. Que “fueran con” aquellos sujetos vestidos de amarillo pollito que parlaban portugués caribeño, y no con los que lucían lindo conjunto albiceleste, nuestros primos hermanos (en mi caso, literalmente) y hablaban nuestro idioma. Lo veía como una afrenta a nuestra cultura, a nuestra historia, a nosotros mismos. Con los años, la vida, descubrí que existen politiqueo e ideología que todo cuanto tocan lo emponzoñan, incluso las infantiles pachangas balompédicas en una explanada de tierra. Recuerdo el consejo parental cuando yo les bombardeaba con preguntas tras uno de aquellos episodios, sobre cosas que había escuchado a otros muchachos comentar (tanques, banderas, canciones prohibidas…), mi padre sonreía triste y decía: “Hijo, tú simplemente disfruta jugando al fútbol”.

Y así lo hice, así trato de seguir haciéndolo, el disfrutarlo, sin importarme quién dirige un país u otro, quién descansa el trasero en la poltrona, quién decide asuntos que nada tendrían que ver con un partido de fútbol, y mucho menos con el sueño de uno críos.

En esta ocasión, al amparo de un bar logroñés, también acudieron los cánticos, los gritos, los nervios. También llegó el gol histórico y otro jugador de casaca roja subió al santoral futbolero: el valenciano Ferrán Torres y su inmenso zurdazo. Segunda estrella para la camiseta, estrella con Denominación de Origen Rioja, gracias al seleccionador jarrero: Luis de la Fuente.

“¡¡La geente canta con ardoor

Quee viiva Españaa

La viida tiene otro saboor

Y España es la mejor!!”

Coreamos, en plena celebración, el himno oficioso del gran Manolo Escobar que atronaba por los altavoces. Botando, abrazando, gozando.

Siempre tuve un pedacito del corazón con la Argentina. Deseé la final que resultó, sabiendo que los argentinos serían un rival mucho más complicado que Inglaterra. “Descendientes” de aquel duro Mario Kempes “el Matador” de zurda potente, velocidad y rizada melena. Así y todo, los preferí de antemano. “Si España cae, voy con Argentina”, siempre fue mi consigna.

Patadas, feas entradas, careos, tarjetas amarillas y rojas durante el encuentro, durante los noventa minutos de rigor, o los ciento veinte añadida la prórroga. Lo acepto, lo entiendo, se trata de fútbol, un deporte de contacto no apto para almas frágiles. Sin embargo, me entristeció sobremanera lo que ocurrió tras el pitido final. Algunos de los jugadores argentinos —nuestros hermanos— buscando gresca contra unos infelices que no saben de tales maneras (¿se hubieran atrevido con aquellos Camacho, Juanito, Gordillo… incluso con Puyol y Sergio Ramos?). Aún, intento excusarlos: la frustración, la derrota, la cesión del cetro mundialista, una pataleta, una chiquillada venida a más. Pero lo peor de todo, para el que no hallo excusa alguna, fue el desplante, ese dar la espalda a la Selección española en la entrega del trofeo. Significa un desprecio al país hermano, a su historia (de ellos, nuestra), a su cultura, a su idioma, a su patria madre. Es dar la espalda a tu imagen en el espejo. No fue agradable. ¿Darnos la espalda? ¡Ni que fuéramos la pérfida Albión!

Sonrío con tristeza (como mi padre) mientras despliego el folio de papel cebolla. Bien conservado en el interior del sobre rasgado, éste sí muestra el paso del tiempo, ajado con bordes rayados en rojo, blanco y azul propios del correo aéreo. La misiva data de los años ochenta, de cuando yo era un crío ilusionado, de cuando todavía conservaba la inocencia y no entendía de mandatarios ni banderas. Está escrita a máquina, texto pulcro dividido en partes de diferente temática —cada asunto titulado en tinta roja (me alucinaba que existiera tal opción) subrayado: Escuela, Familia, AmistadesFútbol—. La firma el bueno de mi tío Ricardo, desde la Argentina. En este último apartado dice: “Por acá hay un pibe muy jovencito que juega divino la pelota; estén atentos, será un gran jugador. Su nombre es Diego Armando Maradona”.

Acaricio estas líneas, su rúbrica, miro al cielo y le pido perdón por la victoria.


Dedicado a: mi prima Ali, Joaquina, y el resto de mi familia allá por la Argentina. Con cariño, desde el respeto.

Recuerden que España siempre amará Argentina.

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

F257 - Sin control

“Nos quejamos de vicio”, qué gran expresión popular. Se utiliza cuando contemplas a personas que viven en peor condición que la tuya —que son muchas— ya sea física, intelectual, familiar, económica… Sobre todo, la física, la que atañe a la salud (ese trofeo del azar que sólo recordamos al perderlo, o cuando empeora su brillo). ¿De qué sirven el dinero, la amistad, el amor incluso la libertad, si no gozas de buena salud para disfrutarlos o, al menos, de una normalita, del montón, sin grandes descosidos, sin mácula en forma de enfermedad con letra inicial en mayúscula?

“¿A quién das tú pena eh?”, acostumbraba a decir mi compañera de piso asturiana en los tiempos por Edimburgo, “¿A quién das tú pena?”, siempre lo soltaba por duplicado, para dar énfasis, supongo, para que me quedara claro, con su peculiar acento cantarín y cariñosamente enojado, astur aderezado con miajas de gallego y leonés, toda una mezcolanza lingüística con olor a cecina y buen potaje.

Me lo preguntaba, retóricamente, cuando yo le iba con alguno de mis cuentos lastimeros: “Tengo un compañero de clase que el pobre padece tal, a una compañera de trabajo le ha pasado cual”; “Uf, no te lo vas a creer, he visto a una pobretona —no tendría dieciocho años— tirada en la acera, ahí en medio del puente Northbridge, con un plumífero roto, pidiendo limosna”; “Escucha la desgracia que leí por la mañana en el periódico del bus” y así un largo etcétera. Yo me ponía en la piel de aquellos infelices, ya fuera por causa intelectual, económica o física. Sentía por ellos una pena inmediata, duradera por unas cuantas horas, o días. Si el afectado era un niño ya era el acabose, casi quedaba paralizado por efecto de la lástima. ¿Seré débil?, me preguntaba, ¿ultrasensible, quizá? ¿acaso no me hice Hombre durante la etapa que trabajé en el Taller de Hombres, no aprendí a entrechocar cornamentas con los otros machos cabríos? Con el transcurso del tiempo, y de la vida, y tras sufrir mis propios rasponazos (esos que requieren algo más que Mercromina) he ido endureciéndome un poco, he fabricado algo de coraza, quizás no de titanio, pero sí de hojalata dura.

Pero, a veces…

La mañana amaneció estupenda, fresca pero bañada en una luz impropia de estos lares, el cielo despejado, azul como de postal, con aderezo en forma de nubecillas blancas fabricadas con algodón de azúcar. En mi agenda, una escapada al terruño, a visitar a la familia, a callejear por la calle Laurel —las obligadas patatas bravas, y simpáticas camareras, en el bar Jubera— quedar con alguna amiga (siempre fueron más ‘ellas’ que ‘ellos’), recordar viejos lugares, añorar otras vidas (quizá Unedienses), saludar al Espartero que en su día me inculcó el valor suficiente para huir hacia delante, ignorante yo de la imposibilidad del acto, al desconocer, por entonces, que las dificultades, los problemas, las complicaciones —todos eternos polizones— se cuelan en la maleta, entre gayumbos y camisetas, e incluso dentro de tu cuerpo —enrollados con los intestinos—viajan contigo aunque creas dejarlos en la casilla de origen.

Paso la tarjeta que hace biiip y a los dos minutos subo al tranvía que me llevará a la estación de bus. Tomo asiento, aún cansado por las últimas madrugadas laborales (gimnasio pagado, agujetas gratuitas). Llevo puestas las gafas de sol negras porque el sol pega fuerte y siempre me molestó el exceso de luz (más ahora con vida vampírica), entran rayos del mismo a través de las láminas de publicidad que cubren los ventanales del vagón, logrando encontrar los recovecos necesarios, y así recordarnos que ahí fuera continúa la mundana existencia.

En seguida, alguien llama mi atención, sacándome de mi filosófico ensimismamiento (leer a Javier Marías hace virguerías en tu cerebro).

Se trata de un hombre de unos cuarenta años, tal vez alguno menos, sentado en un lateral del vagón a unos pocos metros de donde me encuentro. Luce cabello rizado, peinado hacia atrás con agua, tal vez con fijador, ojos claros; viste cazadora gris de tergal o algo similar, vaqueros clásicos, sin rotos ni florituras, zapatillas negras cuyos cordones están medio sueltos, o mal atados. Dicha chaqueta se muestra torcida, dejando un hombro en permanente descubierto, mostrando la camisa granate a cuadros blancos por debajo.

Sin embargo, no es su ropa lo que llama mi atención, sino sus movimientos constantes, erráticos, incontrolables. Son los conocidos como tics motores o musculares. Gira el cuello a izquierda y derecha, y en diagonal; inclina la cabeza de lado a lado como el boxeador al sonar la campana de comienzo. Dobla el tronco casi hasta la cintura, vuelve a estirarlo, se abraza a sí mismo (metiendo las manos, a través del frontal abierto de la chaqueta, atrapándolas bajo los sobacos) como si temiera no poder controlar el espasmo y golpear a otro pasajero. Duele verlo. No puedo dejar de mirarlo. Me escudo tras los cristales negros y la distancia considerable que me separa de él.

Hace unas semanas me hubiera mostrado más sorprendido, incluso apenado, pero el pasado fin de semana vi una película donde el protagonista sufría movimientos y espasmos similares. “Incontrolable”, reza el título perfectamente elegido. Basada en hechos reales, relata la vida de un tipo con síndrome de Tourette. El personaje, además de los consabidos tics motores sufría tics de habla: escupía palabrotas, gritaba, empleaba expresiones soeces e inapropiadas con la situación (sobre todo bajo estrés o nerviosismo) de forma involuntaria. Sin filtro, su cerebro producía una frase que él sabía inadecuada, pero a la vez saltaba la barrera que le decía ‘NO’, que aquello lo podía pensar, pero no decir en voz alta.

Una película (escocesa, por cierto) magnífica, impresionante, donde las primeras carcajadas, en el minuto uno, se convierten pronto en lágrimas, éstas tornan de nuevo en risotadas para luego regresar al llanto. Una montaña rusa emocional que te deja fundido, sudada la camiseta, rendido. Una película de botellín de agua y paquete de clínex. Una peli que no termina con el consabido —hoy en día inexistente— ‘The End’, sino que permanece contigo en la cabeza, que regresa junto a la almohada, que te acompaña durante días.

Nuestro pasajero supongo que padece una condición similar, cercana a dicho síndrome, quizás éste mismo en diferente grado, o cualquier otro mal neuro físico o quizás neurológico, ignoro los tecnicismos. No grita, no dice tacos, no porta un mordedor colgado del cuello (como los protas de la película). Pero no cesa en sus espasmos continuos, rutinarios, más amplios e intensos que los sufridos por los personajes del film.

Una señora, de mediana edad, hace lo que a mí se me pasó por la cabeza en un principio, lo que a muchos de los pasajeros se les pasa por la cabeza (aunque todos disimulemos, siguiendo enfrascados en nuestros móviles, libros, conversaciones sobre el tiempo, contemplación del paisaje). Deja su asiento y se acerca a él despacio. Le posa, con cariño, una mano sobre el antebrazo (que el hombre trata de contener pegado al tórax). Le pregunta algo breve, demasiada distancia para escucharlo. A su vez, él responde una, quizás dos palabras, o una frase muy corta. Casi instantáneo. La mujer sonríe tranquila y retorna a su asiento. El joven continúa su involuntario ritual.

El diálogo imaginario es corto, sencillo:

—¿Estás bien? —quizás creyendo, ella, que sufre algún tipo de ataque epiléptico.

—Sí, gracias, tengo una condición equis.

Supongo que el hombre contará con la respuesta preparada, o que incluso llevará en la cartera una tarjeta indicando su condición en caso de que no pudiera hablar.

Yo mismo habría sido ese pasajero preocupado, el que hubiera hecho gemela aproximación, idéntica pregunta: “¿Te encuentras bien?” hace tan sólo unas pocas semanas. Pero resulta, como indiqué, que anteayer vi aquella inolvidable película y algo aprendí: que ese ya no tan muchacho lo que más desea en el mundo es pasar desapercibido dentro del tren, por la acera, en el supermercado, que nadie lo mire o le cuestione, que sus tics no perjudiquen a nadie más que a él, que pueda hacer su trayecto, su jornada sin que ocurra incidente alguno.

Hace años hubiera sentido lástima por él, hoy al apearme tras él, y su dificultoso caminar, tan sólo sentí admiración por su coraje, por su valentía, por su forma de pelear a puñetazos con esta vida a veces tan perra.

De acuerdo, también agradecí a Dios por mis pies casi siempre doloridos (como si fueran de otro y no encajaran en mí), por las molestias de espalda, por las caprichosas cefaleas, por esos achaques que de vez en cuando me llevan a pasar la ITV, por el insomnio intermitente. Gracias por mis problemas de chichinabo.

Nos quejamos de puro vicio.

 

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