¿Quién fue crío y no soñó con ello? ¿quién no pateó un balón en una explanada de tierra —dos pedruscos como postes, larguero “a ojo”— emulando a sus ídolos? ¿quién no corrió, con la pelota bajo el brazo, a casa porque comenzaba el partido que emitían por televisión?
Yo, al menos, sí lo hice. Soñar, jugar, correr, contemplar
con devoción en la pantalla a aquellos jugadores con azulada pantaloneta y casaca
roja de manga entera, aquellos tipos duros, serios, limpios de tatuajes,
bigotudos y con el cabello largo. Aquellas figuras erguidas, con el rostro al
frente o hacia el cielo cuando sonaba el himno nacional.
La furia roja, denominaban a la Selección española por esos
tiempos. Furia que solía quedar en agua de borrajas, ronda de penaltis u
octavos de final del correspondiente mundial. Copa del mundo, lo llaman ahora
para darse importancia. Furia roja que tan sólo se reflejaba en la cara de mala
uva de Camacho, las pechadas de Juanito y las medias por los tobillos de un tal
Gordillo galopando por la banda (trozos de césped y tierra negra casi
salpicaban la cámara). Luego vino aquel entrenador, seleccionador infame, cuyo
nombre no quiero recordar, con su ‘patadón parriba’, tratando de emular
a los ingleses sin siquiera rozar su esencia, sin poner todo el corazón en su
trabajo, sin sentir el escudo (ni la bandera) que su chándal representaba.
“¿Para qué, si me pagarán igual?”, debió de pensar, el innoble.
“Nunca ganaremos los mundiales”, creímos apesadumbrados
durante la infancia, la adolescencia, la primera adultez.
Entonces, muchísimo tiempo después cuando el sueño lucía tan
deslavado que casi transparentaba, amaneció el once de julio del año dos mil
diez; surgieron las trompetas aquellas que inundaban los estadios
sudafricanos con alegre escándalo —vuvuzuelas, las bautizaron— nació el tiqui
taca, aparecieron cual estampas milagrosas San Andrés Iniesta y su gol eterno…
Iniesta empaquetó con mimo, puso un lacito colorado y nos regaló el sueño de
nuestra niñez. Dos hombres cabales, serios en lo suyo, profesionales, sentidos
de los colores que representaban lo hicieron posible: El Sabio de Hortaleza
(Luis Aragonés) plantó la semilla, Vicente Del Bosque la regó, la bendijo y
entre todos cosecharon el fruto en forma de copa mundial, la primera.
Edimburgo rebosaba entusiasmo. Incluso el clima (siempre
caprichoso en la capital escocesa) respetó la competición: cielo azul turquesa
sobre el castillo majestuoso —perenne custodio— ni una nube oscura que pudiera
traer mal agüero, luz que reclamaba gafas de sol. La ciudad se volcó en el
Campeonato Mundial de Fútbol desde el primer día: pantallas gigantescas en las
terrazas hosteleras (los beer garden), pubs con ofertas especiales de
comida (denominadas como países) y, sobre todo, de bebida, colorido futbolero
por las calles (no permitido en el interior de los bares, por seguridad),
ambiente jaranero propio del Festival Fringe de agosto (icono de la capital).
Los escoceses, pronto huérfanos de selección, se unieron con gusto a la afición
española. Cualquiera les hubiera bastado, excepto la archienemiga Inglaterra. Pero,
adoran España, a sus gentes, su comida, sus playas, su forma de disfrutar la
vida, nuestra naturaleza. Eso me decían, en cada encuentro, en cada
conversación.
Presencié la semifinal en la terraza exterior del pub Three
Sisters; colocaron una pantalla enorme, los rayos solares obligaban a buscar el
ángulo correcto de visionado. Corrieron las pintas de cerveza, los cánticos, el
entusiasmo: acudió a la cita, por aclamación, el gol victorioso contra la
siempre poderosa Alemania… se acercó el sueño.
Para la gran final, ante Holanda, barajé varias
posibilidades (regresar al Three Sisters por aquello de la superstición, bajar
al barrio de Leith, probar en algún bar desconocido, verlo en casa estaba
descartado). Me decanté por el céntrico pub Tron con varias estancias, barras y
televisores modernos por doquier. Llegué algo tarde, recuerdo, pedí una pinta
de cerveza y, sin pensarlo demasiado, entré en una de las salas. Pronto topé
con una sorpresa, algo no cuadraba, me vi rodeado de camisetas anaranjadas (no
se permitían banderas ni bufandas identitarias). Divertido, y algo acongojado,
corroboré la sospecha: me hallaba en territorio Comanche, tierra enemiga, en
mitad de la afición holandesa. Me identifiqué (no suelo llevar colores) ante
algunos de ellos: estos reían, chocaban sus vasos contra el mío, me observaban con
la displicencia rayana en la superioridad propia de fanes de la Naranja
Mecánica, o quizá se trataba de ansia vengativa por todo el tinglado que les
montamos con los Tercios. El pitido final del primer tiempo resonó sobre un
marcador a cero. Sin perder un segundo, corrí a por otra pinta, a buscar otra
sala, antes de que cayera prisionero.
Acá sí, la marabunta Spaniard. Cánticos, risas,
silbidos, eufórico barullo —los ingredientes del jolgorio ibérico— alguna que
otra bandera semi escondida (supongo que aquel día no se mostraron estrictos
los porteros del bar; la separación por habitáculos ayudaba a la convivencia) un
puñado de camisetas rojas. Mucha cerveza, amagos de calimocho (siempre surge
algún camarero que conoce el combinado), chicas bonitas, fotos, camaradería y una
terrible nostalgia. Añoranza dolorosa (garganta, intestinos, corazón) por estar
allá, en nuestra tierra, por el centro de Madrid, a lo largo del paseo marítimo
de Málaga, en la Gran Vía logroñesa…
“¡Yoo sooy
Españool, españool, españool
Yoo sooy
Españool, españool,
españool!”
Rugían las gargantas regadas con cerveza y entusiasmo.
Retumbaba el suelo de madera bajo decenas de personas botando y botando y
botando.
Minuto 90, los nervios piden salir del cuerpo. Tiempo de
prórroga.
Y luego el minuto 116 hizo saltar por los aires, en miles de
pedazos, aquellos nervios; la ola expansiva, que olía a rabia histórica y
euforia, fue provocada por el gol que hizo inmortal a Iniesta. Los
abrazos, los saltos, el corazón desbocado, la piel de gallina. Éramos Campeones
del Mundo, sí, yo también, aquel niño que corría tras un balón de reglamento en
una explanada de tierra seca, soñando con ser Santillana.
Dieciséis años más tarde
Me escapo al terruño porque hay acontecimientos que así lo
requieren. Logroño, calor sólido de sandía, larga siesta, jarra de agua fría.
Es mediodía, quedan apenas ocho horas para la gran final: España
contra Argentina. Tomo un refrigerio sentado en una terraza bendecida con sombra
y una ligera brisa. Un coche rojo descapotable, antiguo, recorre Avenida de la
Paz. El sol brilla sobre la carrocería, dos livianos mástiles flanquean el
habitáculo, sujetos a sendos retrovisores, las banderolas rojigualdas ondean
emitiendo un suave aleteo. Para mí, un grato baño de irrealidad tan cerca, tan
lejos de la ciudad blanca. En el asiento de copiloto, un niño de unos diez años
acompaña al que supongo su padre que conduce despacio, el rostro de aquél iluminado
—todo sonrisas y ojos— mientras presiona una y otra vez la bola de goma de la
vieja bocina, un crío feliz contagiando su felicidad, ignorando que tal
instante lo recordará toda la vida. Todavía, grabado a fuego en la memoria, vislumbro
la figura de mi padre cuando me recogió del Colegio Internado de Lecároz
(Baztán) aquel día de final de curso; paramos en una venta de carretera a las
afueras de Estella (bocadillo de jamón, Coca-Cola) para ver el debut de España
en el Mundial del ochenta y dos, el Naranjito, la furia roja… todo aquello.
Nunca pude comprender (bendita inocencia) que los amiguitos
del pueblo prefirieran la victoria del Brasil a la de Argentina. Que “fueran
con” aquellos sujetos vestidos de amarillo pollito que parlaban portugués
caribeño, y no con los que lucían lindo conjunto albiceleste, nuestros primos
hermanos (en mi caso, literalmente) y hablaban nuestro idioma. Lo veía como una
afrenta a nuestra cultura, a nuestra historia, a nosotros mismos. Con los años,
la vida, descubrí que existen politiqueo e ideología que todo cuanto tocan lo
emponzoñan, incluso las infantiles pachangas balompédicas en una explanada de
tierra. Recuerdo el consejo parental cuando yo les bombardeaba con preguntas
tras uno de aquellos episodios, sobre cosas que había escuchado a otros
muchachos comentar (tanques, banderas, canciones prohibidas…), mi padre sonreía
triste y decía: “Hijo, tú simplemente disfruta jugando al fútbol”.
Y así lo hice, así trato de seguir haciéndolo, el
disfrutarlo, sin importarme quién dirige un país u otro, quién descansa el
trasero en la poltrona, quién decide asuntos que nada tendrían que ver con un
partido de fútbol, y mucho menos con el sueño de uno críos.
En esta ocasión, al amparo de un bar logroñés, también
acudieron los cánticos, los gritos, los nervios. También llegó el gol histórico
y otro jugador de casaca roja subió al santoral futbolero: el valenciano Ferrán
Torres y su inmenso zurdazo. Segunda estrella para la camiseta, estrella con
Denominación de Origen Rioja, gracias al seleccionador jarrero: Luis de la
Fuente.
“¡¡La geente canta con
ardoor
Quee viiva Españaa
La viida tiene otro saboor
Y España es la mejor!!”
Coreamos, en plena celebración, el himno oficioso del gran
Manolo Escobar que atronaba por los altavoces. Botando, abrazando, gozando.
Siempre tuve un pedacito del corazón con la Argentina. Deseé
la final que resultó, sabiendo que los argentinos serían un rival mucho más
complicado que Inglaterra. “Descendientes” de aquel duro Mario Kempes “el Matador”
de zurda potente, velocidad y rizada melena. Así y todo, los preferí de
antemano. “Si España cae, voy con Argentina”, siempre fue mi consigna.
Patadas, feas entradas, careos, tarjetas amarillas y rojas
durante el encuentro, durante los noventa minutos de rigor, o los ciento veinte
añadida la prórroga. Lo acepto, lo entiendo, se trata de fútbol, un deporte de
contacto no apto para almas frágiles. Sin embargo, me entristeció sobremanera
lo que ocurrió tras el pitido final. Algunos de los jugadores argentinos —nuestros
hermanos— buscando gresca contra unos infelices que no saben de tales maneras (¿se
hubieran atrevido con aquellos Camacho, Juanito, Gordillo… incluso con Puyol y
Sergio Ramos?). Aún, intento excusarlos: la frustración, la derrota, la cesión
del cetro mundialista, una pataleta, una chiquillada venida a más. Pero lo peor
de todo, para el que no hallo excusa alguna, fue el desplante, ese dar la
espalda a la Selección española en la entrega del trofeo. Significa un
desprecio al país hermano, a su historia (de ellos, nuestra), a su cultura, a
su idioma, a su patria madre. Es dar la espalda a tu imagen en el espejo. No
fue agradable. ¿Darnos la espalda? ¡Ni que fuéramos la pérfida Albión!
Sonrío con tristeza (como mi padre) mientras despliego el
folio de papel cebolla. Bien conservado en el interior del sobre rasgado, éste
sí muestra el paso del tiempo, ajado con bordes rayados en rojo, blanco y azul
propios del correo aéreo. La misiva data de los años ochenta, de cuando yo era
un crío ilusionado, de cuando todavía conservaba la inocencia y no entendía de
mandatarios ni banderas. Está escrita a máquina, texto pulcro dividido en
partes de diferente temática —cada asunto titulado en tinta roja (me alucinaba
que existiera tal opción) subrayado: Escuela, Familia,
Amistades… Fútbol—. La firma el bueno de mi tío
Ricardo, desde la Argentina. En este último apartado dice: “Por acá hay un pibe
muy jovencito que juega divino la pelota; estén atentos, será un gran jugador.
Su nombre es Diego Armando Maradona”.
Acaricio estas líneas, su rúbrica, miro al cielo y le pido
perdón por la victoria.
Dedicado a: mi prima Ali, Joaquina, y el resto de mi
familia allá por la Argentina. Con cariño, desde el respeto.
Recuerden que España siempre amará Argentina.