Si no puedes derrotar al enemigo, alíate con él, dicen los que saben de guerras y banderas. Y como la vida misma es una batalla continua: si no logras vencer a la tecnología únete a ella. Esta vez lo hice bien, no iba a consentir que cualquier incidencia me pillara desprevenido. Así que descargué todas las aplicaciones posibles en el móvil: la de la compañía aérea, la de las millas de oro asociada, la de autobuses, la del alojamiento, la de trenes y carretas, la de países exóticos para recientes millonarios solterones (nunca sabe uno) …
En seguida comenzaron las dichosas notificaciones, claro, y
con ellas el primer desasosiego: “Su vuelo se retrasa veinte minutos”, “Su
vuelo se retrasa treinta minutos”. Malos recuerdos traen con ellas. A veces,
envían este tipo de mensajes consecutivos ─y los muestran en las pantallas
aeroportuarias─ previa cancelación del vuelo (como sucedió en el vuelo
Bilbao – Cardiff). Hoy hubo suerte, no fue así.
Uno de los textos me comunica que he de facturar el equipaje
de mano ─mi
gordita azul celeste─ de forma gratuita, debido al exceso de pasaje. Aclaran
que he de pasar por el mostrador para tal gestión. Qué sencillez, cordialidad y
saber hacer: ¡Aprenda usted, señor irlandés arrogante!: esto es funcionalidad,
eficiencia y servicio al cliente, que es quién, al fin y al cabo, paga sus
malditas facturas, su yate y sus caprichos.
Queda tiempo de sobra cuando me acerco a la zona de
mostradores. Aún cerrada, exhibe una treintena de pasajeros esperando. La
mayoría formada por un grupo de adolescentes holandeses, con dos profesores
adultos. Muchos de los chavales descansan tumbados por el suelo, entre el
laberinto creado por la cinta que indica el camino para hacer fila. Ya saben,
las eses creadas para meter el mayor número de viajeros en tan poco espacio.
Por el aspecto, vestimenta y actitud, diría que son menores, o quizás rozan el
larguero de los dieciocho, aunque no lo creo. Es difícil calcular estas cosas,
y no me atrevo a preguntar por la fecha de nacimiento a la jovencita rubia que
me precede (me llevarían engrilletado, con razón). Rubia, sí, y con ojos azules
como el noventa y cinco por ciento de sus compañeras, y lucen peinados
similares (impera la melena suelta, de diferente longitud). Todas (salvo dos de
ellas, de tono castaño) muestran dichas pintas. Parecen creadas en una fábrica
genética (al igual que en las novelas de Rosa Montero, con su Bruna Husky).
Impresiona (y lo afirma uno que vivió en Escocia). Los mocetes, más diversos,
pero con el mismo patrón (incluso aquí en España): gorrita de beisbol,
flequillo suelto y rizado, sienes rapadas. Todo codos y piernas. El teléfono
móvil, y auriculares, como una extensión de sus cuerpos. Pero algo falla, algo
no me cuadra… no dan una pizca de guerra, no gritan, casi no carcajean, ríen
con discreción, mientras los profes (ambos varones) conversan con unas y otros,
y entre sí. Dialogan en neerlandés, idioma que ya escuché cuando viajé a
Bruselas y que no lograría aprender ni bajo amenaza de trabajos forzados.
Nos llevan años luz en educación y maneras, los rubiales.
No hay nada como un avión lleno de juventud, aunque sea
comedida. Es como si emanaran alguna sustancia (sus cuerpos, sus espíritus) a
la cerrada atmósfera, sustancia que impregnara la piel, y por ósmosis rejuveneciera,
sosegara, dibujara sonrisas alrededor. Observas sus rostros, las expresiones
todavía llenas de ingenuidad, quizás pudor ─una de las muchachas se
sonroja mucho cuando ha de pedir al chico que la acompaña si no le importaría cambiar
asientos, y así su amiga quedase junto a ella─ cómo cuchichean, por no
molestar al resto de nosotros, y ríen, por lo bajini, de esa manera tan propia
de su edad, y cuyo verbo en nuestra lengua desconozco, si es que existe, en
inglés: Giggling’. “Qué hermosa ─y dura─ vida os queda por delante,
chavales”, piensas, mitad entusiasta por su fortuna, mitad envidioso (de forma sana,
se sobreentiende). El ambiente es silencioso, como digo, salvo alguna risotada
por encima de lo habitual. Desde mi punto de vista ibérico cinco jotas, más que
grupo juvenil en viaje de estudios parece una excursión de Convivencias con las
Hermanas Adoratrices. La tecnología ─peste del siglo XXI─
aporta su granito de arena, claro: móviles, tabletas, ordenadores portátiles,
pinganillos… secuestran su atención. Pero también cuchichean, ríen, se lanzan
miraditas, y eso es lo que da vida.
Los profesores me resultan peculiares. Parecen extraídos de
una novela de Arturo Pérez-Reverte. El más joven, de complexión quijotesca bajo
unos vaqueros y chupa de cuero que vivió tiempos mejores; con perilla y bigote
estilo mosquetero, gafas redondeadas de montura metálica, el cabello, algo
largo y alborotado, asoma rebelde bajo una gorra parecida a la de sus alumnos.
El veterano, rostro lampiño, redondeado, de expresión bonachona, ojos pequeños
de color gris acero, viste una camisa marrón abotonada, talla XL, que llena sin
esfuerzo, tocado con un sombrero a lo Cocodrilo Dundee (soy consciente de haber
usado esta comparación antes, si no mal recuerdo describiendo a un instructor
de surf en una playa cántabra, pero en ambos casos la similitud al de la
película me asombra, o así lo dicta mi memoria). Cocodrilo Dundee no deja de
sonreír, charlar con las mocetas y lucir cara de buena persona. Parece un
catequista, entrado en carnes y años, disfrazado de anacrónico boy scout.
Yo, entre vistazo y vistazo, envidia y envidia, sigo a lo
mío: un rato de ojos cerrados, otro de ensoñación, otro de lectura (Lorenzo
Silva y sus relatos; por cierto, me veo identificado ─una vez más, suele ocurrir
cuando lees, que piensas, egocéntrico: “Este libro trata de mí”─
siento una especie de pertenencia al grupo que empeña su tiempo en tareas como
las que dan título al libro: “Afanes sin provecho”, sobre todo cuando dice algo
así: invertir horas y horas en una tarea, grata para ti mismo, a sabiendas que
no te dará ningún beneficio material. Clavado, el tiempo que dedico a dar forma
a las batallitas que intento relatarles).
Vuelo sin incidencias, salvo una racha de turbulencias ─los
baches del cielo─ que no produjo ni un alzamiento de ceja entre los
jovenzuelos. Acostumbrados, supongo, a viajar en avión desde que sorbían leche
holandesa de la teta materna. Con orgullo lo digo, tampoco yo me inmuté.
Aterrizaje completado, el piloto enfrenta su espacio para
aparcar. Una vez parado el aparato, unos cuantos nos ponemos de pie (me sale
del alma el Paco Martínez Soria deseando salir del tubo metálico gigante). ¿Los
jóvenes y sus profes?, lo adivinaron ustedes: permanecen sentados, tranquilos,
al igual que si el avión continuara surcando los cielos, aunque más de uno se
desabrochara el cinturón de seguridad.
Ahí estoy yo, todo agonías (mediodía en Ámsterdam) como si
tuviera prisa alguna ─con unos cuantos vuelos en la mochila y no aprendo─: erguido
en el pasillo, con el abrigo y la chaqueta y la bolsa en brazos, cambiando el
pie de apoyo cada tanto, mientras la puerta aguarda, impaciente y coqueta, la
aproximación de la escalerilla y que ésta le diga: “Hola guapa, ojos negros
tienes” y se abra aquella para así nosotros poder bajar. Entonces, algo llama
mi atención. “No, no puede ser. Por favor, dime que no”, pienso. A mi
izquierda, dos chicas, de la expedición holandesa, todavía sentadas. La
arrimada a la ventanilla, causa de mi sorpresa: de corta estatura y expresión
aniñada quizá se trate de la menor del grupo, aunque éste pertenezca al mismo
curso; rubia, ojos de un azul cielo hipnotizador, cara ovalada, cejas y
pestañas delicadas, piel blanquecina cual frágil muñeca, aspecto angelical. Una
criatura, vamos. Ésta, con gesto distraído, y subrepticio, abre la tapa de una
latita dorada con dibujitos ─del tamaño de una caja de Juanolas─
coge algo y con sus dedos de niña lo desliza bajo el labio superior, junto a la
encía. Advierto que es una minúscula bolsa de color blanco. Y me temo que sé de
lo que se trata, porque leo novelas del noruego Jo Nesbo, y más de uno de sus
personajes lo consumen (tengo entendido que la moda está llegando a España;
toda la estupidez copiamos, de lo bueno, poco o nada): es nicotina pura. Un
concentrado que no se aspira, no huele, ni echa humo desagradable. Sustancia
que, a través de la mucosa, entra directamente a la sangre, y cuyo efecto ─por
cada bolsita─
equivale a media docena de cigarrillos, fumados uno tras otro. Hagan ustedes el
cálculo, una lata pequeña contiene unas quince unidades… más de cuatro paquetes
de Ducados. Un poder brutal de adicción en manos de una cría. Veneno para niños
legalmente envasado entre doradas caricaturas.
─ ¡Hija mía, por tu santa madre, escupe esa porquería! ─casi
digo en voz alta en español; casi lo suelto en inglés; en neerlandés, ni bajo
amenaza de trabajos forzosos lo hubiera conseguido.
Me limité a decirlo en mi lengua preferida y más íntima.
Para mí mismo.