Me rindo. No soporto más la culpa. Lo confieso: en Edimburgo probé una droga, la peor de todas, de la cual quedé enganchado de por vida. Adquirí un vicio para el que no he hallado cura: no trabajar el día de mi cumpleaños, escapar de la ciudad, del país, de la rutina.
Les explico.
Tengo listas en la cabeza. Algunas de ellas las vuelco en
papel. No me pregunten el porqué. Son cosillas que vienen de fábrica. Rarezas
personales, aunque en algún sitio leí que existen más personas como yo, que
todo lo apuntan y atesoran ─un baúl repleto de libretas, agendas,
cuadernillos─
quienes tal vez, al igual que yo, cronometren sus tiempos de lectura, de
estudio, de escritura, de jugar al billar (como el milloneti guaperas al que da
vida Hugh Grant en “About a Boy”, pero sin los millones de libras en el banco).
Incluso tiene un nombre, lo de los inventarios, esperen que lo busco por
internet (como tantas cosas): glazomanía.
Listados de tareas que he de hacer ─y no finalizo casi nunca─
con el encabezamiento inglés: ‘To do’, para darme importancia; cronologías de
libros leídos cada año; de pisos compartidos en tiempos escoceses (superior a
la quincena), de trabajos en aquellas añoradas tierras (unos cuantos); de
números telefónicos obsoletos (gente que salió del escenario); listados de
chicas de las cuales me enamoré (y nunca conseguí); listas, vulgares y
mundanas, de la compra en el Mercadona; también: ¿quién no cuenta con un puñado
de nombres cuyos propietarios exterminaría, Kalashnikov al hombro? ─listado
corto, mental y efímero, uno es imaginativo que no psicópata─ o,
a falta de balas, llenarles el jersey de polvos picapica; grupito de enemigos
al que dispararía pan de higo (como el bueno de Rosendo); enumeración de países
que he visitado (la de no visitados es tan inmensa que roza la infinitud, no
existe cuaderno que la contenga).
La de países visitados me causa especial ilusión. Pero más
que visitados o explorados diría pisados. No puedo presumir conocimiento de un país
por dormitar unas cuantas noches bajo su cielo, la mitad de días en los pubs, y
algún día suelto que me dejé caer por un castillo, un monumento, un museo
pequeñín, crucé un par de canales en barquito, me colé en un tour gratuito…
Recuento países pisados, no más, compadre (como dicen mis
compañeros hispanoamericanos. Qué lindo vocablo éste último, y no esa
aberración de ‘latino’. ¿Acaso hablan la lengua muerta?).
…En todo esto pensaba, mientras abro el portátil, conecto el
navegador y cliqueo la casilla: ‘Destino’, les comentaba hace unos días.
¿Destino? ¿Dónde huir por mi cercano cumpleaños? ¿Qué capital visito? ¿Qué país
piso? Mientras, de fondo, en mi cabeza suena la canción de Dani Martín:
Hoy
es el último día de nuestras vidas
Vamos a
dormir en París
Que
saquen Dom Pérignon
Faire l’amour en Hotel Costes
Quiero
recorrer Nueva York
Emborracharme
en Berlín
Que
no se acabe esta noche
Y me vengo arriba.
Alcanzo una de las numerosas libretas ─una
personita dejó mi existencia repleta de cuadernos y bolígrafos─ añado
uno de estos. Trazo, a mano alzada, una línea vertical que divide la página con
una perfección de regla y cartabón, que ni el mismísimo Teo Aljarafe de La
Reina del Sur (es de coña, la raya sale temblorosa como siempre).
Columna de la izquierda: ‘Países a visitar’. Escribo en
mayúsculas. No contento, lo subrayo, dos veces, para darme un empujón anímico.
A la derecha abro otra columna: ‘Países visitados’. Tres líneas de subrayado
(para infundirme orgullo, ya que me temo es muy corta la numeración). Y
comienzo a repasar la lista mental. Me concentro, trato de recordar. Son pocos,
pero aún así. Empiezo por los colindantes: Portugal (Oh, Lisboa y la décima
Copa de Europa), Francia (Toulouse, Carcasona; París de lejos, durante mi
primera visita internacional, gracias a mi hermano mayor; recuerdo adivinar a
lo lejos la Torre Eiffel… desde el estadio de Saint-Denis donde ganamos la
octava Champions). Italia (ingrato recuerdo, unos días en Bolonia visitando a
una pareja de foreros Spaniards, durante los cuales creí espicharla: fiebres
nocturnas, dolor muscular, tiritonas. Roma, ni de lejos la vi). Mis adoradas
Islas Canarias (incluidas en el listado por la distancia) ─tuve
compañeros escoceses que juraban y perjuraban que aquello no era España─: una sonrisa
de Iraya, la visita que debo a Sheila (¡Una sevillana en Lanzarote!). Por
supuesto, aquellas otras islas donde viví tantos años. Permítanme que separe
los países (lo de Reino Unido queda frío, soso, artificial). Mi querida
Escocia, también Inglaterra (inmenso Londres, Manchester, Ipswich con su
puertecito y grata compañía); la visita a Gales resultó frustrada, ¿recuerdan? (viaje
a Cardiff que quedó en agua de borrajas, final de la duodécima Orejona vista en
un bar de Bilbao. Vuelo cancelado. No pudieron copar con tanto madridista, con
tanto avión). Seguimos con las islas. Irlanda del norte: Belfast, con la mejor
compañía (aunque, tal vez, Ella mantenga diferente opinión). La isla de Aran
(idem). Menudo lío geopolítico, el de los isleños anglosajones. En EGB te caía,
en examen, distribuir los países y echabas a temblar, ni con chuleta, oigan.
Les confieso que aún consulto sanguguel para diferenciar: Reino Unido,
Gran Bretaña, Irlanda, la Commonwealth. ¿Y las banderas? Toda la infancia,
adolescencia y parte de la juventud creyendo que la bandera inglesa era tal, y
al final descubres que no, que esa es la “Union Jack”. Siglos transcurridos y todos
ellos ofendidos entre sí, enemistades a tiro de piedra, odio enquistado. No
soporto la gente con banderas (qué grande, Robe Iniesta). Perdón, que desvarío.
Países visitados, países visitados… mmm. República checa
(Praga: Kafka y su obsesión; los puentes varios; aquel curioso reloj, el
castillo, paseo cumpleañero a bordo de un barquito, yo extraviado fuera del
mapa ─no
existía guguelmaps─ la chica amable…); Bélgica, mil y un canales y cervezas (Bruselas,
Gante, Brujas, ciudad de cuento de hadas).
Qué triste lista, la mía.
Regreso a la primera columna (blanca y vacía y misteriosa):
Países por visitar. ¿Por cuál empiezo?: Alemania, Grecia, Austria, Holanda (eso
de Países Bajos suena a insulto, pobres holandeses). Dinamarca, Noruega,
Finlandia, Suecia, Suiza, Islandia, Polonia…
Paro que me deprimo.
Sueño con países lejanos, pero no me atrevo: la Argentina ─familia─,
Nueva Zelanda ─Erika─, Estados Unidos (Nueva York: “Friends”, “Seinfeld” y tantas
otras) ─actualmente deprimente─; Egipto ─qué calor─; la India ─esos puestos
callejeros de comida, mmm, no gracias─; Jordania ─ahora de moda─; todos los que
África contiene (de crío, con mis padres, crucé el Estrecho en Ferry, sólo me
mareé un poquito. ¿Cuenta como visita al continente negro? ¿Osti, se puede
decir todavía ‘Continente Negro’?).
Crece la depresión. Llego a conservar el Atlas egebero y lo
quemo.
No me atrevo con los distantes. Ignoro la razón. Recuerden que
Edimburgo, en su día, en mi mente aparecía tan lejano, desconocido y exótico
cual Sidney. Como si mi valentía tuviera límite de kilometraje. El presupuesto
de currito tampoco ayuda.
Me gusta escapar por mi cumple. En tiempos escoceses resultaba
sencillo, solicitabas unos días off (libres) en el trabajo, reservabas
vuelos baratos, y te descubrías celebrando el día especial en suelo extraño. Y
si por lo que fuera no era posible la salida del país, uno subía a un tren (allí
funcionan) y se plantaba en la otra costa: Glasgow, o al norte, Highlands, con
la esperanza de ver a Nessie y tomar la fotografía que le saque de pobre. Aquí,
en España, lo de pedir un par de días ─por la cara─ al jefe resulta delicadillo.
Unas veces cuela, otras non, como los pimientos de Padrón.
Llega la fecha y quiero abandonar la ciudad, la provincia, el
país.
No pertenezco al conjunto de tipos tristes, o demasiado serios, a
quienes no gusta su cumpleaños. Al revés, me ilusiona haber cruzado la meta
volante anual, en esta carrera de fondo a la que llamamos vida. Ignoro la raíz
de esta obsesión por salir de mi entorno, quizás es un miedo infantil y
absurdo, miedo a que mis allegados les de por montar una fiesta sorpresa en mi
honor, me obliguen a soplar las velas de la tarta (números, claro), mientras
ríen a carcajadas, tiran de mis orejas, echan fotos, me entierran con regalos
de colores chillones, me ofrecen copas de vino gritando: “¿Y la novia pa
cuándo, y la novia pa cuándo?”, mientras los altavoces atruenan el
Cumpleaños Feliz de Parchís ─tan actual, incluso entre adultos─. ¡A mis años!
Tiemblo sólo de pensarlo.
Tal vez por eso me alejo, o quizás tan sólo aprovecho la ocasión
para tiquear la casilla de otra capital, para pisar el suelo de otro país (sin
depositar el ósculo papal ─para los que no hagan crucigramas: beso del Papa─
que me resulta poco higiénico).
La idea primera fue Alemania, emborracharnos en Berlín,
quizás Munich. Lo ideal hubiera sigo Colonia (por facilidad logística) pero no
es fecha adecuada. Consulto precios, compañías aéreas. Ya no existen los
chollos, o al menos no los encuentro. Querer una fecha específica, y pocos
días, no facilita la gestión. La compañía germana no ofrece combinación para
tan pocos días.
Entonces aterriza en mi mente.
Sempiterno deseo ─en tiempos escoceses─ de visitar Amsterdam. No
por las drogas, ni siquiera por el barrio rojo, no sean mal pensados. Sino por
motivos literarios, podría clasificarse. Viajar a ‘the Dam’, tal como lo
apodan los chicos malos de Irvine Welsh en Trainspotting, Skag Boys y Porno.
Para ellos, algo similar a bajarse al moro que se decía en la España ochentera,
pero a lo bestia y a la inversa. Lugar de escape (con el primer “vuelco” de
droga). Su pequeño paraíso de trapicheo, consumo y adquisición de
estupefacientes varios. También, sus cuarteles de invierno. Yo me limitaré a
catar los distintos tipos de cerveza y soñar otras vidas.
Todo lector esconde un lado oscuro, el mío es Irvine Welsh: me
horroriza… me fascina. A cada vuelta de página le escucho murmurar, riendo
entre dientes: “Esto también es tu querida Edimburgo, capullo”.
Los Renton, “Sick Boy”, “Spud”, Begbie…, tipos malotes, yonquis,
ladrones, abusadores, protagonistas de una saga ─violenta, soez, brutal,
obscena─ no apta para ojos y espíritus delicados. Magistralmente narrada por Welsh,
que utiliza un inglés fonéticamente escocés, el cual leído en voz alta traslada
al lector a los barrios chungos de Edimburgo (aunque mi oído no logra
distinguir cada uno de ellos): Leith, Sighthill, Wester Hails, Niddrie,
Muirhouse… Lo mejorcito de la capital. Una saga divertida a la par que
escandalosa, que por el mismo precio entretiene y otorga un Master in Scottish
Slang (jerga callejera escocesa).
Cliqueo la ventana ‘Destino’, y comienzo a escribir: “Amst…”.
Sonrío, mientras tecleo, y la vocecita ronca susurra: “We´re
tae go tae the Dam, pal”.