domingo, 1 de octubre de 2017

F93 - Divinas carcajadas, (noviembre 2004)

La incertidumbre flota a mi alrededor, me envuelve como un perezoso banco de niebla densa. Su luminosa opacidad me ciega. Me contemplo a mí mismo encarando las siempre temidas Navidades –ya visibles, por doquier, los miles de coloridas luces, las innumerables decoraciones, las almas risueñas zapateando la ciudad, hipnotizadas, en busca de una perdida felicidad en forma regalo− tirado en la calle, arrojado a su suelo de grises y húmedos adoquines, como un personaje en una novela de Dickens. Sin trabajo, sin ingresos, con apenas unos pocos ahorros, con una renta y unas facturas imposibles de abonar.

Dios aprieta, pero no ahoga, afirman aquellos que dicen conocer Su palabra, o la sospechan, la imaginan,  o quizás directamente la inventan. Trato de consolarme con el dicho popular, con las viejas enseñanzas religiosas impartidas por esos buenos frailes encapuchados que guiaron mi primera adolescencia.

Pero, ¿cómo escapo ahora de esta nube en la que yo mismo me metí? ¿Por qué hice caso a terceras personas? ¿Por qué no permanecí al resguardo del Hospital Sin Sangre, con mis viejitos, sus tostadas con kilos de mantequilla, las bromas y charlotadas de Robbie, la tímida sonrisa de mi dulce Sally?

Dios aprieta, pero no ahoga. Ante la adversidad, el jefe del tinglado puso a mi lado a Cristina, mi fiel escudera, mi compañera de piso, de pie con unos papeles en la mano, su baja mirada dirigida en mi dirección, el amplio sofá de nuestro increíble living room en el que me hayo sentado. Todavía no puedo creer que estemos viviendo en un piso nuevecito, con su fina madera y sus blancas e impolutas paredes (cuya renta pronto ya no podré continuar pagando, a pesar de no ser en absoluto cara).

 Jorge, tienes que aplicar a todo lo que se mueva –me dice, con su cantarín tono montañés, usando el palabro tan común en nuestro cotidiano Spanglish.
  I know, Cris.
 Mira, te he preparado una pequeña lista de vacantes que encontré, para que vayas empezando. ¡Has de ponerte las pilas, que te veo muy vagoneta! –me reprende, utilizando otro de sus palabros favoritos.

Contemplo la interminable tabla de puestos laborales vacantes, voluntariados y cursos académicos que se suceden en aquellos folios, recién impresos. Sonrío sin poder evitar una admiración rayana con la idolatría. ¿Cómo lo hace esta chica? ¿de dónde saca tanta energía?

Cristina aterrizó en la bella Edimburgo con una abultada maleta de ruedas y una meta en su cabeza: medrar. Dispuesta a sacrificar lo que hiciera falta por mejorar, ascender, no conformarse con las migajas que nos repartíamos los españolitos de turno, en esta ciudad hermosa, mágica, romántica a más no poder, pero al mismo tiempo gris, dura e inhóspita para el forastero. Cristina, siempre friolera, quejándose de la basura de clima que nos tocaba soportar, pero con una sonrisa, una gracia o una de sus expresiones astures. Cristina, con su voluntad de hierro, su tenacidad y pundonor, sus genes inconformistas, su coraje y dedicación absoluta a su objetivo. “Ya descansaré cuando me muera”, dice entre divertida y resignada, como si en su más profundo interior supiera con certeza que su fecha de caducidad se encuentra grabada en la tapa de yogur del destino. Imborrable, inmodificable. Cristina, capaz de levantarse a las tres de la madrugada, café solo de kettle en mano, para dejarse las pestañas estudiando el curso de turno, o dominar el ruso –idioma de su noviete, al cual va a visitar cuando la economía y el trabajo se lo permiten− para después acudir al colegio, para perfeccionar su inglés, tan trufado de modismos e inventos caseros como el de todos nosotros, los inmigrantes latinos, para finalmente incorporarse a su puesto de trabajo, ya sea turno de tarde o nocturno. Y de nuevo, al día siguiente, vuelta a empezar. Con su misión por bandera: mejorar, subir un peldaño más, escapar de ese tercer escalón donde el resto de españolitos nos encontramos atascados, parados, conformes. Año tras año, nosotros, a la espera del milagro que no llega. Ese puesto laboral que nos libere, nos engrandezca, nos llene el alma de satisfacción, orgullo, y de dinero fresco la bolsa. Dios aprieta, pero no ahoga. Nos decimos, convencidos de que algún día llegará nuestro momento. Sentados en el sofá, mientras de pie, con el puño en alto, Cristina grita aquello de “¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!”.

 Dios aprieta, pero no ahoga, afirman aquellos que dicen conocer Su palabra, o la sospechan, la imaginan,  o quizás directamente la inventan.

Cristina me contagia su energía, su entusiasmo, su poder. Bolígrafo Bic-cristal-escribe-normal en mano, me lanzo a rellenar application forms como si no hubiera un mañana. Entusiasmado, febril, con una extraña sonrisa en mi rostro, rozando la enajenación mental transitoria a medida que crece la pila de documentos a mi lado. En cada nueva solicitud, otra vez a repetir lo mismo. Toda tu vida. Es algo tedioso, cansino, insoportable: datos personales, datos académicos, datos sobre raza y religión (¿para qué carajo necesitan conocer mi raza?), más datos académicos, historial laboral, historial penal, hobbies y aficiones, intereses, preguntas retorcidas y bobaliconas: ¿por qué ha elegido usted nuestra empresa? (por la misma razón por la que elegí las otras ochenta y ocho compañías, pienso divertido y cansado, mientras relleno el espacio con elogios y admiración hipócritas y absurdos). ¿Por qué habríamos de elegirle a usted, entre los cientos de aspirantes? (porque soy el más chulo y el más guapo, vuelvo a fantasear). Cientos, dice el tipo que ha redactado esta solicitud de empleo. Cientos la de papelitos que he rellenado yo en las últimas semanas, influido por la energía desprendida por Cristina. Cientos de solicitudes, rellenadas, entregadas. Con sus consiguientes respuestas negativas, o sus no respuestas.

Dios aprieta, pero no ahoga. Dicen aquellos. Trato de creerlo, de tener fe. Tras días pateándome la ciudad, entregando esas absurdas solicitudes, llenas de palabras, números  y sueños. Me hallo agotado, sentado a la mesa grande del living, el Bic con su tinta marcando ya la señal de la reserva, decenas de papeles, certificados y agendas abiertas a mi alrededor (siempre fui un desastre para el orden y la organización), la mug con un par de dedos de café ya frío, el enésimo tomado, un plato lleno de pringosos envoltorios de magdalenas (¡mi dieta al carajo!), sudoroso, febril, el bolígrafo resbala en mi temblorosa mano, más datos académicos, más detalles personales, más preguntas estúpidas. Contemplo la cuestión, la leo, la releo, una y otra vez, mi mirada velada, lejana, la sonrisa extraña vuelve a mi rostro, rozando ya la enajenación mental permanente, tras dos mil quinientas cincuenta y siete solicitudes –o más− rellenadas, con tinta, sudor, sangre y lágrimas. Lágrimas de risa de profesor chiflado. Una risotada violenta que hace temblar todo mi cuerpo jajajajá mientras relleno la última cuestión, de la application form para un puesto de camarero (¿camarero otra vez, Jorge? ¡tú estás fatal!) en un pub/cafetería/restaurante/sala de baile/salón de juegos del centro, el Bibliotech´s.

P: ¿Qué motivo le ha llevado a usted a elegir nuestro local como posible lugar de trabajo?
R: El de poder contemplar, de cerca, a sus camareras, las cuales poseen una belleza indescriptible, inalcanzable, etérea, rozando la divinidad.

A día de hoy todavía espero una respuesta por su parte, un ¿Puede usted acudir a una entrevista?, un Lo sentimos mucho, no se adapta al perfil que buscamos, un ¡Váyase usted a la mierda!

Por un breve momento, un instante, Dios deja de apretar, incapaz de contener la risa, contemplando a esta pobre y alocada criatura.