¿Añoran las adivinanzas infantiles? Hoy les traigo un acertijo. Tranquilos, es muy fácil. Yo les menciono un puñado de ciudades visitadas, pisadas (¿recuerdan?) y ustedes intentan averiguar qué guardan en común todas ellas. ¿Preparados? Ahí va: Edimburgo, Belfast, Ipswich, Londres, Praga, Bruselas, Gante, Brujas… Ámsterdam.
De acuerdo, les saco de dudas. El agua. Eso comparten. En
forma de río, mar o canales, todas ellas gozan de su presencia, de la cercanía
que asegura provisiones e incluso una posible vía de escape. Algo dentro de mí
llama al agua, más bien a los barcos. No lo sé, quizás sea por mis orígenes a
orillas del Ebro. Y estos provocaron sueños de vivir en un lugar pegado al mar,
donde asomarme cada mañana al puerto, contemplar los barcos pesqueros de colores
básicos: verde, blanco, colorado, negro. Aspirar esa peculiar mezcla de olores:
salitre, pesca, gasoil, aventura… libertad.
A falta de mar, bien está un canal. Y parece que aterricé en
la ciudad campeona del mundo mundial en número de canales. O al menos, la que
yo haya conocido, más bien pisado (el fiel lector comprenderá la diferencia).
La segunda parte de la adivinanza, aunque no la planteé,
carece de dificultad: ¿Plan para hoy?: ruta en barco. Constituiría un pecado
venial, o grave, incluso mortal (poniéndonos melodramáticos) pasar unos días en
la capital holandesa, cruzar sus cientos de puentecillos, observar los miles de
barquitos y no subirse a uno. Pecado de arrodillarte ante el confesionario.
Okey, tal vez exagere un poquitín.
La adivinanza resultó facilona, de primero de EGB; lo
realmente jodido, en una ciudad como Ámsterdam, es elegir qué crucero. Los hay
a miles. Imaginen la de compañías y planes en oferta para dicha actividad
turística: Bote y Copas; Barco y Romance; Lancha y Queso; Barco y Misterio; Chalupa
y Noche; Barcaza y Sexo… incontables.
Como todo en la vida, el factor suerte resulta fundamental.
No me refiero al posible hundimiento de la nave (triple persignación) o colisión
marítima (que la sufrimos, algo leve, no hicieron papeles ni nada, un par de
voces por la radio que sonaron a insulto ─y qué no, en holandés─
culpa del otro, un impresentable sin carnet y con gorrita naranja, según
nuestro patrón; ni siquiera nos pusimos el chaleco salvavidas), sino a qué tipo
de barco te toca, y lo más importante, qué guía, qué acompañantes, a qué
precio. Sobre lo último hay variedad como en botica. A pie de amarradero, los
precios parecen altos tirando a atraco. Ignoro si es una trampa para guiris o
realmente el crucero merece la pena. Pero, “Desde 50 euros”,
vamos a ver, señores, ¿qué sucede en el interior de ese barco! O acaso salen al
mar, atracan en otro país, te invitan a comer y regresan. ¿Estamos locos o qué?
Una de las opciones resalta como subrayada con rotulador
fluorescente. Tres barcos fluviales preciosos y horteras a partes iguales.
Largos, planos, cubiertos. Uno amarillo, otro naranja y un tercero color rosa. Todos
con la palabra LOVE (en rojo pasión y tamaño XXXL) sobre la cubierta
superior y el espejo de popa. El Crucero del Amor, lo bautizaron, no se
volvieron locos pensando. Hubiera elegido el amarillo pollito, color de locos; el
naranja queda para los herejes, nostálgicos de Gillermo Orange y el rosado se
lo dejamos a otros, que en esta ciudad seguro lo petan. Pero, subir a bordo de un
crucero del amor, por muy fluvial que sea, por muy miniatura, en solitario, sin
tu chica cogiéndote de la mano y del corazón, es tomar un gintonic sin
alcohol; al igual que visitar París con un libro por toda compañía. Jamás
conoceré París en solitario. Me niego. Menuda aberración. Un atentado contra el
romanticismo. Una estocada por la espalda a Cyrano de Bergerac. Una puñalada
trapera a Don Gustavo Adolfo Bécker. Prefiero encerrarme en una buhardilla de
Soria y escribir sonetos al no amor, entre lágrimas y golpes de pecho ─para
Ella, para todas Ellas que abandonaron el barco─ con la botella de ginebra a
mano.
Hablando de gintonic, hay barcos de color naranja: la
cubierta con decenas de botellas y copas que relucen bajo el sol, música y pasajeros
animados y el patrón con su gorrita a juego con el casco: veinticinco
euros, barra libre, según la publicidad… espero que nunca tropiecen con
cuatro amigos de Glasgow. Bancarrota asegurada, my friends.
Solución, acorde con la época. Jugártela en internet. No soy
muy dado a ello (ya saben, no aprovecho esos tours gratuitos que cada ciudad
ofrece en diversos idiomas, a golpe de tecla o QR) pero esta vez me lanzo a
ello. Contemplo un par de opciones y elijo la más asequible. Quince pavos, una
hora. No está mal. Crucemos los dedos para que el bote no presente vías de agua
y no vayamos al fondo del canal en búsqueda de las llaves perdidas matarile,
rile, rile.
Les ahorraré el papeleo. Todo digital, pagado mediante
Bizum. Ya saben, la tecnología moderna que acabará con el cash y con la
Humanidad (temo no sobreviva ni Sarah Connor). Sólo indicar que lo organiza una
empresa estadounidense y cuando te envían la información comienzas a pensar
cosas raras: ¿de tan lejos? ¿cruceros fluviales en Europa? ¿Será un timo? Ya
saben, un servidor en su pura esencia.
El punto de partida del crucero incrementa la duda, suena
malamente, diría la Rosalía: Lookout. Mi lado oscuro apunta la similitud con
Overlook (el hotel de El Resplandor…). Rezo para que no se aparezcan las niñas
gemelas junto al banderín de popa. Decido no buscarlo en la Wikipedia, me la
juego a bastos, hemos venido a jugar y todo eso. Saco el móvil y le dedico unos
apasionados tecleos a mi amante bandida (la de gúguel maps, no se emocionen)
y su voz sensual comienza a guiarme, por esa voz saltaría al canal con
mochilita incluida, si ella me lo indicara.
Todo va bien hasta que llegamos al último tramo: sobre el
mapa una sección de considerable tamaño y tonalidad azul clarito: agua, sí,
agua. Un pedazo de canal gigantesco, no de los que cruzas a través de un
puentecito. Y el famoso Overlook al otro extremo del golfo pérsico con
nombre neerlandés. El mosqueo regresa. Ya está, me timaron los hijos de la gran
yanquilandia. Eres un pueblerino, Jorge, te las das de moderno, de cosmopolita,
de aventurero con tu mochilita de colegiala a la espalda, y claro, pasa lo que
pasa. Quince leuros donados a la mafia de Nueva Jersey (más retorcida
que la de Chicago de toda la vida); el líder de los Soprano se fumará un puro a
tu salud. Paleto.
Alcanzo el punto final, el Finisterre de mi búsqueda. Llego
al canal tamaño golfo de México. Ah, equilicuá, aquí está el truco del
almendruco. La razón del bajo precio. “Compra barato y pagarás dos veces, cariño”,
decía mi madre. He de coger un maldito ferry para cruzar el charco y llegar al
punto donde subir al barquito. Y digo yo, ¿no sería más fácil para todos ─lo
menciono desde mi ignorancia de secarral─ que el puto barquito se acercara a
esta orilla y ya partiésemos desde acá? Aunque supongo que sus razones tendrán:
tráfico fluvial y semáforos, sentidos de navegación, diversos canales, etc. y,
por eso, el crucerito leré arranca desde donde Cristo perdió un par de espinas
de la corona.
Me acerco al tipo que parece al mando del cotarro. Viste
uniforme de la compañía naviera y se dirige a la marabunta que espera a que el
barco acabe la maniobra de aproximación con la popa tocando el muelle. Es un
tipo enorme, de raza negra, barba poblada, gorro de lana y cara de pocos
amigos. Me armo de valor y abro la boca:
─Disculpe, buen hombre ─me mira calibrando si le
vacilo, nada más lejos de mi intención─ me podría decir dónde he de sacar el
billete para el ferry ese tan guapo que tienen ustedes ahí reculando y echando
humo.
El hombre me observa como las focas al rompehielos. Luego
repara en la pregunta, sin apartar la vista, la indiferencia se torna curiosidad
en sus ojos; y ésta en hartazgo. Responde a la cuestión que miles de
españolitos, como yo, le hemos hecho a lo largo de la jornada.
─Es gratuito, limítese a subir a bordo.
Lo dice aburrido, harto de pueblerinos y turistas coreanos.
Pero yo me quedo patidifuso. ¿Free? (Así dicen los anglos ‘gratis’ que
tiene su puntito porque significa ‘libre’, y qué mayor libertad que subir, por
la cara, a un barquito para cruzar el golfo holandés que se han montado aquí
los amigos tulipanes).
Miro al tipo con admiración, con un respeto ganado. Mis ojos
rozan las lágrimas. A punto estoy de soltar: “Gracias, muchas gracias, señor;
traslade mi agradecimiento al Primer Ministro, o al Presidente, o a quién sea el
líder supremo de esta nación amiga”.
Ya en serio, ¿imaginan un servicio gratuito (en nuestra
querida España) donde miles de personas, miles, cruzarían a diario un canal
grandote en un puñado de ferris? Caza la idea algún listo (teniendo en cuenta
que ostentamos, con orgullo, el Récord Ginés al Mayor Número de
Sinvergüenzas por Metro Cuadrado) y hace el negocio del milenio. ¡Pero
si incluso en Portugalete pagas por cruzar en chalupa a la otra puta orilla de
la ría, cada viaje: ida y vuelta!
En fin, Spain is different, y no quedaban más países
en la rifa.
No me enrollaré más. El crucero fue agradable, el tipo que
manejaba el timón entretenido, dicharachero, puesto en idiomas. El mínimo
exigido en currículum, supongo. La novedad en forma de grumete. Adolescente,
con ese peinado estilo brócoli en flequillo y rapadas las sienes. Pero
profesional, el muchacho. Sirviendo refrescos al pasaje por un módico precio. El
barquito, largo, plano y cubierto, bastante lleno. Lo peor, un grupo de
chavalitas (¿coreanas?, con las orientales ya no me atrevo a suponerles
nacionalidad, que luego se enfadan si me equivoco). Las mocetas, tuneadas a lo K-pop:
tablero de ajedrez personificado: maquillaje, flequillito, blusas blancas, minifaldas
negras, medias blancas, zapatazos negros. Parecían escapadas de un comic manga.
Móviles, palos selfi y deditos en ‘V’ por doquier, sobra decir. No callaron en
todo el trayecto, que ya es complicado prestar atención a las explicaciones del
guía, en inglés, como para tener el continuo murmullo tras la oreja, en
japonés, o quizás cantonés. Y pidiendo sus refrescos en latitas de colorines,
para que queden chupi en la foto. Jamás vi tanta lata de diferentes colores
como en Ámsterdam. La chavalería debe de flipar para elegir sabor. En mis
tiempos había: Kas naranja (lata color naranja), Kas limón (lata color
amarillo) y Coca cola (lata roja), punto. Recuerdo cuando apareció el Kas
manzana (lata de color verde) y nos petó la cabeza. “¿Has probado el Kas
manzana, tío? ¡Un puntazo!”. ‘¡Toma ya, Kas manzana!’, el
eslogan. Imaginen qué subidón, como para marearse a bordo de un trasatlántico.
En un momento dado, tras el sofoco del pequeño accidente con
el otro bote, nuestro patrón, con voz grave, como si estuviera dando una charla
de seguridad fluvial en la Escuela Primaria de Ámsterdam, dijo:
─A su derecha, junto a las casitas de colores, se celebra
cada domingo el flea market ─el rastro de toda la vida─, si de regreso a
su hogar les aguarda alguna amistad o familiar que les caiga realmente mal, ese
es el sitio donde adquirir un horrendo suvenir de Ámsterdam ─y remató la faena
añadiendo─: ahí mismo compró la Licencia de Navegación el niñato de la gorra
naranja.
Enlace relacionado: F65 - De Chinas, Libros y Cervezas (Edimburgo)