Noches de hostal con ínfulas. Noches holandesas. Noches con aroma a tulipán blanco, que, por cualquier razón, en las calles huele a mariguana. Noches que duermo cual bendito, al que hubieran extirpado la conciencia (que todo lo guarda, la puñetera, aunque pasen mil años). A pesar del váter compartido ─ducha aparte, de las que hay que explorar con chanclas y guantes de cirujano─ la habitación estrecha, la ventanita que da al tejado rojizo; sin embargo, la calefacción va como un tiro, recuerda a los domicilios de la gente mayor. La chavalería se comporta de una manera excepcional, casi ni un ruido. Alguna risa escuché cuando volvían de copas. Bendita juventud, ni mediante soborno la hubiera acompañado. Sólo me crucé con muchachos, por el pasillo, en cambio la risa femenina se coló bajo mi puerta. Pillines. Al menos, no resultaron sectarios ni satánicos ni ladrones de órganos. Duermo como si no me importara el mañana, como si hubiera borrado del recuerdo el pasado y me percatara de que el presente no existe, porque en cuanto te detienes a pensar en él… ya es pretérito. Duermo genial, digo, supongo que también ayuda que abandono el hotel a primera hora de la mañana, mochilita al hombro (ni café encuentro, las calles todavía sin poner) y no regreso hasta la noche. Más de doce horas pateando la ciudad, tirando fotos al tuntún (pacifista nato, prefiero mirar que disparar), tratando de grabar en mi disco duro todo lo observado (misión imposible que ni el mismísimo Tom Cruise en sus tiempos mozos, antes del primer lifting), viendo exposiciones, barcos, algún museo, iglesias, monumentos…
Me levanto con la sonrisa puesta, y legañas de a kilo. Me
auto felicito, sentado al borde de la cama (grande, como prometió el amigo
recepcionista) consciente de lo patético del acto, pero uno es así, sensiblero,
mariconetti decíamos en el pueblo ─adolescentes, macarras y fiesteros─ cuando
aún podían mentarse palabras así y Arévalo era el rey de las gasolineras (busco
el término, por curiosidad, en esta maravilla de internet y reparo en que lo
aprendimos de la película Sargento de Hierro, de boca del inmenso y eterno
Clint Eastwood que recogió el testigo de John Wayne; tipos duros que quisimos
emular, algunos de nosotros sin mucho éxito). Sin embargo, no alcanzo el
extremo de comprar una muffin de chocolate y clavar una solitaria vela encendida
sobre la cumbre. ¡Uno es sensible, pero conserva la dignidad! Un año más robado
al calendario. Aún no me hago a la idea de ser mayor que mamá. Yo ya me
entiendo. Aún quedan unos años para alcanzar la edad de mi padre.
Toca desayuno especial. Tras un largo paseo, contemplando cómo
despierta la ciudad. Todo se llena de furgonetas grandes y blancas, de
carritos, de señoras con manojos de verduras, de unas pocas bicicletas.
Repartidores trajinando con cajas, con barriles de cerveza, la carretilla ahora
llena, después vacía. El canal refleja los primeros rayos de sol ─mientras
los barcos multicolor descansan sobre las aguas calmadas─ que es la más hermosa
felicitación que uno pueda recibir.
Localizo una cafetería agradable. Italiana. Más que el
origen del café, fue el cartel sobre la puerta lo que me atrajo, como si de un
poderoso imán se tratara, y yo una indefensa virutilla de hierro: “Los
mejores pancakes de Ámsterdam”. Y quién es este humilde españolito, para
poner en duda la palabra de un barista italiano que ofrece tortitas británicas,
en un local donde una de las camareras tiene ascendencia keniata y la otra
tailandesa. Ni un euro me juego a que el cocinero sea holandés.
Pido un café americano (por seguir con la mezcla de
culturas), y estudio la carta de vicios reunidos (crepes, bizcocho, tortitas)
con los ojos grandes, de niño, como si estuviera en la mañana de Reyes
desenvolviendo la caja de Juegos Reunidos Geyper. Me decido por la opción sana,
hay que cuidar la línea y siempre dijeron que la fruta es imprescindible para
ello. Opto por el número siete: Banana Treat (que es la forma inglesa
para: ‘De premio: plátano’ por hacerse los interesantes). Banana pues, healthy
a tope. Qué importará que las rodajitas minúsculas de fruta estén esparcidas,
cual guindas, sobre una masa dulce ─del tamaño de la plaza de toros de Las
Ventas─
pringada con una crema de chocolate que ahora llaman nosequé y toda la vida fue
Nocilla.
Llena la panza con el saludable manjar, sigo con el paseíto,
ya bajo el alboroto matinal, las voces, los pitidos, ojo avizor ante los
cientos de bicicletas que dominan las carreteras con énfasis posesivo, egoísta,
que no disminuyen la velocidad, retando a cualquiera a tener bemoles para
cruzar ante ellas ignorando el semáforo. No gracias, espero. Por cierto, junto
al primer semáforo en rojo permanecí varios minutos buscando al pájaro
carpintero que hacía toc toc toc toc toc, hasta que descubrí que era el sonido
que advertía del peligro a los peatones ciegos.
Tras supervitaminarme y mineralizarme, toca super
culturizarse, no todo van a ser dulces y alcohol. Hay numerosas opciones y
pocos días. No me vuelvo loco, nunca lo hice. Me conformo con ver poco, pero a
gusto. Disfrutando. Perdiéndome por las callejuelas y sorteando canales a
través de sus puentes.
Llego al Palacio Real que es una opción como otra
cualquiera. La fachada ya anuncia la grandeza, la excelencia, la… vamos, que es
un Palacio Real. Donde vivieron, jugaron, hicieron cositas de Pecadores de la
Pradera, y se echaron unas risas los poderosos de antaño; donde firman papeles
importantes los poderosos de hogaño, y se retratan e intercambian cotilleos con
otras figuras reales visitadoras. Ahí está el famoso balcón que da a la plaza
Dam, al que se asoman los reyes para saludar al pueblo, para celebrar enlaces
reales, eventos, claudicaciones. A mí me parece un balcón de lo más normal. De
silla plegable, mesita y una cervecita con aceitunas y pepinillos al atardecer.
Los imagino ahí fuera, con sus ropajes carísimos y monísimos, durante la
pandemia y el confinamiento, los imagino emocionados, al rey, a la reina, al
mayordomo real o como se llame al que pringa tras ellos, aplaudiendo a rabiar ─ocho
en punto de la tarde─ al paso de las ambulancias y de los coches patrulla de la
Politie, con las sirenas encendidas, nino nino nino, mientras de
fondo, en los ventanales aledaños a la plaza, un piso de estudiantes de Erasmus
(dos chicos de Toledo y una chica de Graná) con balconcito donde unos
bafles enormes atruenan el Resistiré del Duo Dinámico. Pa tocar un poco la
moral a los herederos de Guillermo Orange. Así los imagino yo, aplaudiendo
regios a la par que confusos, intercambiando incómodas miradas, al tiempo que el
jefe de seguridad, serio, profesional echa dos dedos al pinganillo y con voz
grave ordena, por el micrófono invisible, a su equipo de élite: “¡Código
Naranja, Código Naranja, nivel 1: máximo riesgo de magnicidio sonoro, localicen
y neutralicen a esos colonialistas hijos del gran Tercio!”.
Antiguo ayuntamiento (impresiona la salita de Justicia,
donde condenaban a muerte a diestro y siniestro, por pasar el rato, y dejaban
entreabiertas las cortinas para que la plebe, desde la plaza Dam, observara con
gusto, y miedo, las ejecuciones. El morbo es antiguo como el mundo); residencia
del hermano de Napoleón, palacio de la realeza, lugar de ceremonias oficiales,
visitas de estado, recepciones reales. Enormes cuadros, esculturas, salas de
reuniones, los mapas más grandes del mundo pintados en el suelo del hall,
dormitorios reales con lecho y dosel, muebles estilo imperio francés… una
lámpara de más de setecientos kilos. Menuda subasta montaba yo en el gualapop
con cuatro cosillas de estas, o quizás un buen mercadillo de barrio. Cada vez
que visito uno de estos lugares recuerdo lo injusta que es la vida. Pero no nos
pongamos melodramáticos.
Es una visita tranquila, con cascos conectados a una especie
de móvil que hace las veces de audio guía. ¿Idioma? Español, dije (por darme un
descanso con el inglés). La señora, gris uniformada, me miró un tanto torcida,
tal vez recordando al invasor, al Imperio que les tuvo sometidos, agarrados por
la entrepierna; hasta que apareció el Orange ese, y se acabó el negocio, y
muchos años después nos devolvieran las picas de Breda, envueltas en papel de
regalo. Enciendo el aparato (que llevo colgado del cuello, los cascos te los
dan aparte), estos últimos colocados sobre la nuca, como fui instruido. Qué
basura de tecnología, pienso, podían haber invertido un poco más de dinero en
unos aparatos mejores. El volumen precario, se oye como de lejos. Me detengo,
chequeo la pantallita que, mediante números (muy clarito), te indica cada sala,
pasillo, ventanal donde has de parar, observar, escuchar y, si te da la gana,
aprender algo. Entonces reparo en un pequeño detalle en forma de cable colgando
al vacío, paralelo a mi cadera izquierda. No lo había enchufado al aparatito de
los… Así que no escuchaba bien. Y lo peor, durante las tres primeras paradas
(1, 2, 3) he amenizado la visita de catorce japoneses, doce gabachos y un
yanqui extraviado luciendo colorada gorra trumpista… con la charla del guía en
español. Cada uno intenta reconquistar como le da la gana, oigan. Y mejor esto
que las canciones, de sonrojante letra, berreadas por el Conejito Malo en un
estadio petado de gente.
“Al salir de la sala, mire hacia arriba, observará las
estatuas de dos planetas-dioses a ambos lados del umbral, a su derecha: la
diosa del amor: Venus, coronada de flores; a su izquierda: Marte, dios de la
guerra, con hacha y espada. Como pueden ver, son las únicas deidades que se
miran entre sí, fruto del enamoramiento, de la atracción, del deseo…”, dice la
voz a través de los auriculares (ya conectados). Obedezco, al igual que el
alumno aplicado que siempre fui, irguiendo el cuello al borde del esguince
cervical; en efecto, ambas figuras se miran a los ojos, desde la distancia que
los separa, en forma de puerta. Ya enmudecida la voz, tras indicar el siguiente
número a visitar, permanezco quieto, bajo aquella pareja divina. Me concentro y
trato de imaginar su conversación telepática mientras clavan sus miradas. Pudiera
haber sido lo siguiente:
─Marte, machote, ¿cuándo me enseñarás tu espada? ─dijo
Venus, saltándose a la torera el protocolo de la época.
─Venus, hermosa, ¿viste los mapas enormes de allí abajo?
─¿Los del suelo? Sí, reparé en ellos ─suspira
ella─:
¡Hay tanto que ver!
─Quedemos y te mostraré un bello paraje (dentro de un lindo
territorio que los humanos denominarán Hispania) que bautizaremos, por ejemplo…
Cuenca.
─¡Genial, la curiosidad me embriaga!
─¿El martes o el viernes?
─Ay, querido, guardad los Martes para vuestras guerritas estúpidas,
el Viernes es el día del amor ─dijo ella, con un entusiasmo
disfrazado de indiferencia.