No puedo resistir la tentación. Ahí permanece, agazapada, retándome desde el día que crucé el umbral de la habitación del hostal costero. Susurra mi nombre cada noche, la puedo oír desde la cama. Es una mesa escritorio amplia, en frente una silla acolchada de alto respaldo, sorprendentemente cómoda. Un pupitre de madera en tono claro, sólido, estable (ni un poquito cojea). Vamos, que parece un cuarto diseñado para un opositor más que para un veraneante ocioso. Me tienta, no puedo perder la oportunidad, pienso, ¿habrá sido colocado a propósito para mí? Si a la mesa le añado uno de los flexos que hay situados sobre sendas mesillas y despejo todo lo que sobre ella descansa ordenadamente desorganizado: tiques de compra (que jamás revisaré), folletos turísticos (que sólo hojearé, sí con hache), novela, llaves, cartera, gafas, mapa, periódicos, botellines de agua, cargador, librillos de crucigramas y esas cositas, quedará un escritorio magnífico, un rinconcito de las letras ambulante. Para algo traje libreta, me digo, más bien cuaderno como los de antaño, con sus grapitas discretas, sin anillas enrolladas que tanto molestan a la hora de escribir.
Son las cinco de la madrugada, el insomnio llama a la
puerta, los murmullos desde el rincón se hacen insoportables. Me rindo, saltó
de la cama, el frescor del suelo alivia mis pies maltrechos. Con sigilo, despejo
la mesa como ya hice mil veces mentalmente, sobre la superficie tan sólo quedan
el cuadernito egebero, el flexo secuestrado y un bolígrafo Bic azul como el
mar.
La playa, digna de postal turística. La mañana brillaba como
si fuera escena de una serie Netflix —pero sin filtros ni Photoshop ni demás
trucos— de un cuento moderno. Sólo a falta de banda sonora. Guiris, locales,
surferos por doquier, paseantes con vocación maratoniana o quizás caminantes de
Santiago frustrados. Olas majestuosas que se construyen sin avisar a nadie del
tamaño que alcanzarán, que rompen con estrépito, escandalosas, con una cadencia
irregular sólo conocida por el relojero de la mar. Sorpresa, sorpresa. Jamás des la espalda al
mar, salvo si eres un surfista sobre la
tabla a la espera del empujón que te hará feliz por unos instantes o que
frustrará tu intento por enésima vez descabalgándote. Cielo o infierno en unos
segundos. Pero el surfero nunca se rendirá, porque lleva sal en la sangre. No
es mi caso, no se asusten.
Enamorados de una tabla como aquellos que se enamoran de una
botella. Más saludable, eso sí. La mayoría: jovenzuelos, alumnos de las
diferentes escuelas de surf que hay en el pequeño pueblo costero. Mas la edad
no parece ser obstáculo, hay intrépidos aprendices de toda aquélla. Ataviados
con sus trajes especiales cabalgan una y otra vez las tablas rebeldes. Se
tumban sobre ellas, boca abajo, les susurran palabras secretas, puro camelo de
enamorados. Reman con los brazos, furtivas miradas hacia atrás buscan los ojos
de la próxima ola. Calculan tamaño, velocidad, ritmo, altura, distancia… la
química entre dos amantes. Tan sencillo como sincronizarse con ella, tan
complicado. A punto de alcanzar la cresta, los más habilidosos se levantan con
un salto de rana, otros utilizan la técnica de dos tiempos, primero se
acuclillan y después se incorporan. Todo ello tan rápido que escapa al ojo no
entrenado. Por último, los aprendices y novatos toman la ola tumbados sobre la
tabla, intentando cada vez la difícil tarea —para mí roza la imposibilidad— de
ponerse en pie sobre ella para surcar la cima, en vano intento de domarla —a la
tabla, imposible domar la ola— como si de una potra salvaje se tratara.
Paseo por la arena húmeda, observo, respiro, vivo.
Otra escena llama mi atención. Parece sacada de la serie
televisiva Vigilantes de la Playa, pero actualizada. Cuatro voluntarios de la
Cruz Roja, enfundados en sus bañadores rojos, jovencísimos todos ellos, en
plena tarea de botar la enorme moto acuática de rescate —verde esmeralda, verde
esperanza—. La portan en un remolque de voluminosas ruedas con tacos gruesos (parece
un vehículo lunar o aquel famoso robot marciano que nos tuvo en vilo durante no
sé cuántos telediarios). Faenan a mano, el pequeño jeep aparcado fuera de la
vista. La cuadrilla lucha contra el oleaje, ardua tarea. Uno de los chavales,
sentado a horcajadas sobre la moto, el compañero sujeta la camilla adherida a
aquélla en posición vertical para facilitar la maniobra de arranque; ambas
chicas, menudas, saltan una y otra vez, en la retaguardia, haciendo palanca,
presionando fuerte con sus brazos, hacia abajo, el borde trasero del remolque
para soltar la moto atascada (cuyo morro ya chapotea en el agua); una pequeña
odisea, liberar la moto del abrazo del remolque con semejantes olas que parecen
disfrutar saboteando los amagos socorristas.
Cruzo los dedos —la mirada escudriñando la lejanía— ruego
que todo sea mera práctica, una rutina, un ensayo, que no se trate de una
emergencia real.
Primera tentativa (empujón), segunda (empujón), a la tercera
va la vencida, dice el dicho, y así acontece. La moto queda liberada del abrazo
maternal del remolque, siempre protector que, temeroso del mar, ansiaba tenerla
a su vera para siempre. Las muchachas suspiran aliviadas mientras ven la moto
alejarse, primero despacio, con cuidado de no embestir a algún bañista o
colisionar con una tabla. El chico de la camilla, el ‘paquete’ dirían los
moteros, extiende aquélla sobre el agua colocándose sobre ella en una posición
extraña, entre arrodillado y tumbado, y agarra la sujeción como si le fuera la
vida en ello. El piloto no se corta, poseído de repente por el espíritu de Marc
Márquez, mete gas, encara cada ola de frente, quién dijo miedo, quién mencionó
prudencia, sin importarle tamaño ni fiereza. La moto se encabrita, vertical,
buscando el cielo azul con vocación de cohete, y cae sobre la panza salpicando
litros de espuma. A cada ola, vuelvo a cruzar los dedos para que ésta no
desmonte a los bravos moteros. La moto se aleja a toda velocidad, las
rescatadoras sacan del agua el vehículo lunar, no miran como hago yo y decenas
de bañistas —haciendo visera con la mano— tratando de localizar al nadador en
apuros. Deseando verlo, rezando por no hacerlo. No lo hubo, gracias a Dios o a
Neptuno o al mismísimo Ra. En lontananza la moto vira hacia la derecha y surca veloz
el mar sin olas con trayectoria paralela a la playa. Tanto los curiosos como yo
mismo perdemos interés: no hay urgencia, no veremos a ninguna Pamela Anderson,
a ningún David Hasselhoff corriendo a grandes zancadas, con aquel absurdo
flotador en la mano, al encuentro de la camilla flotante para salvar la
enésima vida sin despeinarse, mirando de reojo a cámara.
Continúo el paseo, doy media vuelta, ahora contemplo el mar
a la izquierda para así equilibrar una potencial tortícolis y la descuadrada
cadera. Los pies doloridos agradecen la arena mojada y rozan el orgasmo podal
con los besos de agua salada. ¿Y si me quedo a vivir…?
Sin embargo, no puedo evitar la nostalgia, el sueño
incumplido; no logro llenar el vacío, no ceso de pensar cómo serían el paseo,
las vistas, la brisa, las olas lujuriosas que lamen los pies… con los dedos de
mi mano entrelazados a los de Ella.
El éxtasis erótico-festivo-romántico se evaporará poco
después, entre juramentos en arameo: ascender el Tourmalet que lleva al hotel,
en chanclas; el sol abrasando la nuca desnuda; la omnipresente y estúpida
arena: entre los dedos de los pies, en el bañador, en la ducha, entre las
sábanas (¿cómo es posible?). El Paraiso tiene una fecha de caducidad casi
inmediata.
Sigo caminando, observando, viviendo.
Cruza delante de mí con paso decidido, parece no afectarle
la inestabilidad del suelo húmedo, el empuje de las olas al morir. Sale del
agua arrastrando bajo el brazo una tabla grande de un color naranja butano.
Cabello negro —a juego con el traje surfero que la envuelve— y largo, cuyas
puntas chorrean sobre su rostro. Sonrisa tímida que nace en los labios y
alcanza sus iris marinos. Cuerpo atlético que dice adiós a la treintena.
—Bueno, bueno, te he visto muy bien ahí dentro —dice el
instructor, veinteañero, fibroso, rostro con un aquél de actor secundario– de
aquí ya a Nazaré —añade divertido, de buen rollo, con sonrisa de lobo viejo.
La mujer devuelve la sonrisa multiplicada por cien. Ignoro
si debido al piropo hiperbólico o al parecido del tipo con el personaje moreno
de ‘Le llaman Bodhi’.
Sus sonrisas contagian la mía.
Tres buques mercantes, tres, surcan el horizonte, su color —rojo,
verde, negro— difuminado por la neblina de la distancia. Uno tras otro como si
compartieran rumbo. Algo más cerca, un velero cuyas velas buscan el beso del
mar, inclinadas en pronunciado ángulo. El faro vigila incansable, majestuoso en
su islote. A lo lejos, la prisión de El Dueso nos ancla a la realidad,
recordándonos la parte gris del cuento al que llamamos vida.
Cada día, después de un rato en el mar, el espejo del baño
del hostal realiza su número de magia (desconozco la razón): los michelines que
gobiernan mi cuerpo se retraen, se ocultan, los hombros se ensanchan; incluso
me contemplo algo más guapo. “¡El agua salada es la hostia!”, le digo al sujeto detrás
del cristal. Siempre lo tuve claro, si me hubiese criado en un pueblecito
costero cántabro, habría practicado el noble arte del surf, y ahora luciría tipazo
y una tableta de chocolate digna de Nestlé. Hubiera dejado crecer mi pelo y
mostraría un parecido razonable con Patrick Swayze como Bodhi. Lástima que,
tras el almuerzo, la cena, las raciones de catorce zamburiñas, doce croquetas,
dieciséis sardinas, veintitrés navajas, una tarrina nocturna donde el peñón de
helado alcanza tal altura que la cucharita clavada en la cima siente vértigo, y
ni siquiera los monos osan treparlo… —“Estos cántabros no entienden el concepto
de media ración”, me digo— todo vuelve a su lugar: las lorzas al otro lado del
espejo y los sueños surferos al limbo de los sueños.
P. D.: Fargadita dedicada, con cariño, a Galaxy, ex forera
Spaniards, super mami, y cántabra. ¡Aúpa el Racing!