lunes, 6 de julio de 2026

F257 - Sin control

“Nos quejamos de vicio”, qué gran expresión popular. Se utiliza cuando contemplas a personas que viven en peor condición que la tuya —que son muchas— ya sea física, intelectual, familiar, económica… Sobre todo, la física, la que atañe a la salud (ese trofeo del azar que sólo recordamos al perderlo, o cuando empeora su brillo). ¿De qué sirven el dinero, la amistad, el amor incluso la libertad, si no gozas de buena salud para disfrutarlos o, al menos, de una normalita, del montón, sin grandes descosidos, sin mácula en forma de enfermedad con letra inicial en mayúscula?

“¿A quién das tú pena eh?”, acostumbraba a decir mi compañera de piso asturiana en los tiempos por Edimburgo, “¿A quién das tú pena?”, siempre lo soltaba por duplicado, para dar énfasis, supongo, para que me quedara claro, con su peculiar acento cantarín y cariñosamente enojado, astur aderezado con miajas de gallego y leonés, toda una mezcolanza lingüística con olor a cecina y buen potaje.

Me lo preguntaba, retóricamente, cuando yo le iba con alguno de mis cuentos lastimeros: “Tengo un compañero de clase que el pobre padece tal, a una compañera de trabajo le ha pasado cual”; “Uf, no te lo vas a creer, he visto a una pobretona —no tendría dieciocho años— tirada en la acera, ahí en medio del puente Northbridge, con un plumífero roto, pidiendo limosna”; “Escucha la desgracia que leí por la mañana en el periódico del bus” y así un largo etcétera. Yo me ponía en la piel de aquellos infelices, ya fuera por causa intelectual, económica o física. Sentía por ellos una pena inmediata, duradera por unas cuantas horas, o días. Si el afectado era un niño ya era el acabose, casi quedaba paralizado por efecto de la lástima. ¿Seré débil?, me preguntaba, ¿ultrasensible, quizá? ¿acaso no me hice Hombre durante la etapa que trabajé en el Taller de Hombres, no aprendí a entrechocar cornamentas con los otros machos cabríos? Con el transcurso del tiempo, y de la vida, y tras sufrir mis propios rasponazos (esos que requieren algo más que Mercromina) he ido endureciéndome un poco, he fabricado algo de coraza, quizás no de titanio, pero sí de hojalata dura.

Pero, a veces…

La mañana amaneció estupenda, fresca pero bañada en una luz impropia de estos lares, el cielo despejado, azul como de postal, con aderezo en forma de nubecillas blancas fabricadas con algodón de azúcar. En mi agenda, una escapada al terruño, a visitar a la familia, a callejear por la calle Laurel —las obligadas patatas bravas, y simpáticas camareras, en el bar Jubera— quedar con alguna amiga (siempre fueron más ‘ellas’ que ‘ellos’), recordar viejos lugares, añorar otras vidas (quizá Unedienses), saludar al Espartero que en su día me inculcó el valor suficiente para huir hacia delante, ignorante yo de la imposibilidad del acto, al desconocer, por entonces, que las dificultades, los problemas, las complicaciones —todos eternos polizones— se cuelan en la maleta, entre gayumbos y camisetas, e incluso dentro de tu cuerpo —enrollados con los intestinos—viajan contigo aunque creas dejarlos en la casilla de origen.

Paso la tarjeta que hace biiip y a los dos minutos subo al tranvía que me llevará a la estación de bus. Tomo asiento, aún cansado por las últimas madrugadas laborales (gimnasio pagado, agujetas gratuitas). Llevo puestas las gafas de sol negras porque el sol pega fuerte y siempre me molestó el exceso de luz (más ahora con vida vampírica), entran rayos del mismo a través de las láminas de publicidad que cubren los ventanales del vagón, logrando encontrar los recovecos necesarios, y así recordarnos que ahí fuera continúa la mundana existencia.

En seguida, alguien llama mi atención, sacándome de mi filosófico ensimismamiento (leer a Javier Marías hace virguerías en tu cerebro).

Se trata de un hombre de unos cuarenta años, tal vez alguno menos, sentado en un lateral del vagón a unos pocos metros de donde me encuentro. Luce cabello rizado, peinado hacia atrás con agua, tal vez con fijador, ojos claros; viste cazadora gris de tergal o algo similar, vaqueros clásicos, sin rotos ni florituras, zapatillas negras cuyos cordones están medio sueltos, o mal atados. Dicha chaqueta se muestra torcida, dejando un hombro en permanente descubierto, mostrando la camisa granate a cuadros blancos por debajo.

Sin embargo, no es su ropa lo que llama mi atención, sino sus movimientos constantes, erráticos, incontrolables. Son los conocidos como tics motores o musculares. Gira el cuello a izquierda y derecha, y en diagonal; inclina la cabeza de lado a lado como el boxeador al sonar la campana de comienzo. Dobla el tronco casi hasta la cintura, vuelve a estirarlo, se abraza a sí mismo (metiendo las manos, a través del frontal abierto de la chaqueta, atrapándolas bajo los sobacos) como si temiera no poder controlar el espasmo y golpear a otro pasajero. Duele verlo. No puedo dejar de mirarlo. Me escudo tras los cristales negros y la distancia considerable que me separa de él.

Hace unas semanas me hubiera mostrado más sorprendido, incluso apenado, pero el pasado fin de semana vi una película donde el protagonista sufría movimientos y espasmos similares. “Incontrolable”, reza el título perfectamente elegido. Basada en hechos reales, relata la vida de un tipo con síndrome de Tourette. El personaje, además de los consabidos tics motores sufría tics de habla: escupía palabrotas, gritaba, empleaba expresiones soeces e inapropiadas con la situación (sobre todo bajo estrés o nerviosismo) de forma involuntaria. Sin filtro, su cerebro producía una frase que él sabía inadecuada, pero a la vez saltaba la barrera que le decía ‘NO’, que aquello lo podía pensar, pero no decir en voz alta.

Una película (escocesa, por cierto) magnífica, impresionante, donde las primeras carcajadas, en el minuto uno, se convierten pronto en lágrimas, éstas tornan de nuevo en risotadas para luego regresar al llanto. Una montaña rusa emocional que te deja fundido, sudada la camiseta, rendido. Una película de botellín de agua y paquete de clínex. Una peli que no termina con el consabido —hoy en día inexistente— ‘The End’, sino que permanece contigo en la cabeza, que regresa junto a la almohada, que te acompaña durante días.

Nuestro pasajero supongo que padece una condición similar, cercana a dicho síndrome, quizás éste mismo en diferente grado, o cualquier otro mal neuro físico o quizás neurológico, ignoro los tecnicismos. No grita, no dice tacos, no porta un mordedor colgado del cuello (como los protas de la película). Pero no cesa en sus espasmos continuos, rutinarios, más amplios e intensos que los sufridos por los personajes del film.

Una señora, de mediana edad, hace lo que a mí se me pasó por la cabeza en un principio, lo que a muchos de los pasajeros se les pasa por la cabeza (aunque todos disimulemos, siguiendo enfrascados en nuestros móviles, libros, conversaciones sobre el tiempo, contemplación del paisaje). Deja su asiento y se acerca a él despacio. Le posa, con cariño, una mano sobre el antebrazo (que el hombre trata de contener pegado al tórax). Le pregunta algo breve, demasiada distancia para escucharlo. A su vez, él responde una, quizás dos palabras, o una frase muy corta. Casi instantáneo. La mujer sonríe tranquila y retorna a su asiento. El joven continúa su involuntario ritual.

El diálogo imaginario es corto, sencillo:

—¿Estás bien? —quizás creyendo, ella, que sufre algún tipo de ataque epiléptico.

—Sí, gracias, tengo una condición equis.

Supongo que el hombre contará con la respuesta preparada, o que incluso llevará en la cartera una tarjeta indicando su condición en caso de que no pudiera hablar.

Yo mismo habría sido ese pasajero preocupado, el que hubiera hecho gemela aproximación, idéntica pregunta: “¿Te encuentras bien?” hace tan sólo unas pocas semanas. Pero resulta, como indiqué, que anteayer vi aquella inolvidable película y algo aprendí: que ese ya no tan muchacho lo que más desea en el mundo es pasar desapercibido dentro del tren, por la acera, en el supermercado, que nadie lo mire o le cuestione, que sus tics no perjudiquen a nadie más que a él, que pueda hacer su trayecto, su jornada sin que ocurra incidente alguno.

Hace años hubiera sentido lástima por él, hoy al apearme tras él, y su dificultoso caminar, tan sólo sentí admiración por su coraje, por su valentía, por su forma de pelear a puñetazos con esta vida a veces tan perra.

De acuerdo, también agradecí a Dios por mis pies casi siempre doloridos (como si fueran de otro y no encajaran en mí), por las molestias de espalda, por las caprichosas cefaleas, por esos achaques que de vez en cuando me llevan a pasar la ITV, por el insomnio intermitente. Gracias por mis problemas de chichinabo.

Nos quejamos de puro vicio.

 

Relacionada: F4 - Taller de Hombres