viernes, 1 de mayo de 2026

F252 - Jugando a las casitas

Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.

Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello. Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas, botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones (ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por incomprensión.

Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.

No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno juntaletras.

Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.

Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.

En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero, frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:

1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

2. El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos.

3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una, dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo, cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente, totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados sobre las ocho teclas de posición.

La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir ‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal (así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).

Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras. Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…

Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.

Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo. Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura, comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque ellos digan que no).

Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.

Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo. De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:

—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone nombre.

La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es Stephen King).

Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo, tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal semillita.

Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es esta?

Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.

De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas, incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).

Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena. Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola, pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’, no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.

Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de sinónimo. Hoja rasgada.

11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las 12:00 concluía el plazo).

Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido, pasé un fin de semana en la piel de un escritor.

Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una croqueta.

Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y, les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita croqueta.

Leo el título y me echo a temblar:

“El Kevin y la Yoli”.

Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.

Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con nuestro romántico satélite).

Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las Letras.

La anécdota es cierta como la vida misma.

(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz por encima de mi cuento).

Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las palabras, a las 15:00 horas.