No soy un santo, a pesar de mi educación en “colegio de curas”. Quizás ni siquiera sea una buena persona. O tal vez sí. O podría ser un asunto de porcentajes, el ochenta por ciento del tiempo lo soy, el veinte restante no. Quizá los números sean a la inversa. ¿Acaso alguien no se plantea esto de vez en cuando? Supongo que el mero hecho de cuestionármelo indica que no pertenezco al grupo de los psicópatas, o de los malos malísimos que jamás se lo preguntarían. Una lástima, por otra parte, porque estos siempre ligaron más. “Te has enamorado del malo, imbécil.”, le dice el personaje de Fele Martínez al de Ana Torrent en la inolvidable opera prima de Amenábar: Tesis.
Lo he comentado más de una vez en estas páginas virtuales.
No suelo dar limosna a los que la piden por la calle. Incluso, en alguna
ocasión, una llamarada de dragón amargado escapa de mi interior, un rechazo
directo, hosco, rayano en lo cruel. Al recordar esos momentos iracundos es
cuando uno se hace la dichosa preguntita: ¿Soy bueno? ¿Es buena persona quien
gira la cara para esquivar la mirada del mendigo por temor a ser arrastrado a
su oscuridad, quien cruza de acera para evitar el encuentro con un tipo que
toca el violín, la funda de éste, boca abierta a la espera de migajas de pan en
forma de monedas? ¿Lo es un conductor que sube la ventanilla y mira al frente
cuando la chavala hippie se acerca a la puerta, después de amenizar la espera
de aquél tras el semáforo en rojo, con sus hula hopos, mazas y demás
cachivaches?
Más adelante cobrarán sentido estas preguntas sin aparente
respuesta. Cuando ustedes digan, mientras leen, con entonación de visitadores
de bebés recién nacidos: “Oooh, Jorge, qué lindo, qué buena persona eres”. Pues
no, tal vez no lo sea.
Sin ir más lejos, les pongo en escena la última de mis
llamaradas. Día uno, recién levantado, maleta en mano, la aventura de Ámsterdam
comienza con ojeras, legañas y una pizca de nervios. Lo habitual. Estación de
autobuses de la Ciudad del Silencio (camino de convertirse en la Ciudad del Cuchillo).
Seis de la madrugada. Puertas abiertas, cafetería cerrada, escasos viajeros
potenciales, nulo personal de seguridad, gente sin recursos fuera y dentro de
la estación. Tras extraer un café de la máquina vending y unas galletas (bien
empezamos) tomo asiento en un banco apartado, cerca de la puerta automática, la
maleta entre las piernas. No hace frío afuera, pero dentro se está mejor.
─No tengo dinero ─lo digo en un tono de voz que bordea el
grito. Rostro serio, rostro escudo que utilizo para repeler al posible enemigo.
Ventajas de traer de fábrica un rictus de mala ostia.
El tipo que se dirigía hacia mí aún a metro y medio de
distancia. No tuvo siquiera tiempo para decir ‘buenos días’, ni para pedir
nada. Quizás tan sólo deseaba preguntar la hora, o interrogarme sobre algún
destino, alguna máquina de tiques. Qué se yo. No le concedí opción alguna. Lo
prejuzgué (por su aspecto), lo senté en el banquillo y lo condené. Él se limitó
a esquivar la mirada severa, caracoleó (sin balón) como el mismísimo Butragueño
y salió por la puerta corrediza. ‘No tengo dinero’, dije tras haber sacado la
cartera, seleccionado unas monedas y extraído la dosis de vicio, en forma de
café y galletas, de sendas maquinitas.
Otro ejemplo. Bilbao, meses ha. Otro sujeto (éste no parece
muy necesitado: mochila de cuero, cámara fotográfica al cuello, zapatillas de
marca) me pide ‘un euro’ para un bocadillo. Idéntica persona que solicitó mi
financiación semanas atrás, durante mi última visita al Botxo, en la misma
zona. A veces retengo las caras. Tras mirarle a los ojos con mi cara de dragón
frustrado lo echo con cajas destempladas ─siempre quise escribir esta
expresión─:
“¡Búscate un trabajo, mira las ojeras que luzco, de currar!”. Él responde
digno, ofendido, casi altivo que es fotógrafo freelance. Se conoce que
subvencionado por el turista de pinchos por el casco viejo. Podría haberme
limitado a decirle ‘no’. Pero brotó la semillita maligna, la cual porto semienterrada
y a veces florece al extremo de un tallo con espinas. Te tocó la rifa,
compañero. Le pegué un par de gritos, como quien señala a un carterista entre la
muchedumbre en el metro de Barcelona. Sólo me quedó rociarle con un espray de
pintura roja. Las miradas nos persiguieron, me persiguen. ‘¡Busca trabajo!’ no
debe responderse a un pobre joven ─aun de sana apariencia y buen apetito─
que solicita, con educación, un euro para comer, protestan sus caras. “¡A la
mierda todos!”, dice, por lo bajini, mi lado oscuro al más puro estilo Fernando
Fernán Gómez.
Y otro más, hace unas pocas semanas. En mi ciudad natal,
cerca del domicilio familiar: señor mayor sentado en un banco, cabello blanco,
despeinado, jersey azul oscuro con algún que otro agujero. Entona la muletilla
en busca de oídos piadosos, su mirada hace lo propio con los ojos cercanos:
─Buenos días ¿me puedes ayudar pa comer? ─lo
dice de seguido sin coma alguna que adultere su cantinela mil y una veces
repetida.
Cambio de acera.
No soy una buena persona.
Sin embargo, hay veces que algo en mi interior hace clic.
Un rostro, una voz, un plumífero roto, un cartelito que grita ‘Ayuda’ mediante
letras moldeadas con tiza de colores, una mirada que atraviesa los ojos, que
entra dentro de mi cerebro, que busca el escondrijo de la conciencia, o el
recoveco donde reposan los misteriosos veintisiete gramos que algunos denominan
‘alma’.
Tal vez dependa del estado anímico, o de la fecha que marque
el calendario. Lo ignoro. Quizás la vocecita me susurre que podría llegar a ser
yo, tirado en la acera, si en un momento dado la vida pusiera en mi carretera
una curva cerrada con su manchita de aceite. Aquí, en Ámsterdam, volvió a
ocurrir, dos veces.
Como indiqué, a veces me toca por dentro. Sobre todo, si los
desafortunados no reclaman, se limitan a permanecer sentados, resignados, casi
vencidos observando transcurrir la vida desde el pozo donde cayeron, desde la
tristeza que se hizo perenne sin darse cuenta. Con su cartelito manuscrito
gritando por ellos: ‘Tengo hambre; no veo luz; tengo una niña; siento miedo’.
Incluso aquellos otros que sólo muestran un vaso de cartón, sabedores de que la
honesta ayuda no necesita de anuncios publicitarios.
Acabo de atravesar uno de los cientos de puentes. Elijo la
acera izquierda, apartada del canal. Lo advierto desde lejos, pudiera haberlo
esquivado, podría dar la vuelta, cambiar de lado, o tan sólo mirar al frente,
como si estuviera pensando algo importante, como si llevara un pinganillo de
esos que te hablan todo el rato, o te cantan (hoy en día puedes hablar solo por
la calle sin parecer enajenado). Mas no hago nada de eso.
Clic.
Me acerco; su mirada perdida a media distancia, quizás en la
superficie del agua que refleja los últimos rayos de sol. Edad indefinida, más
de treinta, menos de cincuenta. Ojos grandes, negros, pestañas espesas (esto lo
aprendo cuando eleva el semblante para agradecer). Gorro negro, barba
abundante. Una cara del Oriente Medio, diría yo.
Admito que sopesé rebasarlo. Luego surgió de la nada el
‘clic’. Acababa de cumplir equis años ─ya al otro lado de la colina, dicen
los anglosajones: ‘Over the hill’─, y ahí estaba yo solo, perdido en una
ciudad llena de vicio, canales y bicicletas, sensible como una damisela de otro
siglo.
Sin aspavientos, extraje un billete (el más pequeño) pues lo
que sentí no se paga con unas monedas. El más pequeño de los billetes para mí y
enorme para él. Un billete que en esta ciudad no alcanza para una misera caña
de cerveza ─de
esas que bebes una tras otra sin pestañear─ a él le proporciona una miaja
de calor, de humanidad, de esperanza. Lo deposité con cuidado en la cajita de
cartón, que contenía monedas tristes, que se ganaron el mote de calderilla. El
billete flota incongruente sobre ellas, cual barquito, al atardecer, sobre
aguas cobrizas.
─Have a nice day, man! ─digo, sin saber qué decir.
Es ahora cuando iza el rostro mostrando sus ojos, las
frondosas pestañas, y su mirada bucea dentro de mí. No habla y lo dice todo. Se
limita a hacer un gesto internacional, junta las palmas de sus manos e inclina
la cara sobre ellas dos, tres veces, sin soltar mis ojos, como si, a través de
estos, quisiera agradecer a mi supuesto Dios, que sería el suyo mismo con
distinto nombre. Continúa mirándome hasta que me giro y sigo andando, me sigue
observando mientras me alejo, aunque no pueda verlo.
Ya anochece y estoy agotado. La caminata duró horas; mil y
una escenas quedaron grabadas en mi cerebro, y algunas pocas dentro de la
tarjeta sim del teléfono móvil en forma de instantáneas virtuales, sin cuerpo
ni alma, que perecerán en unas semanas, quizás meses, enterradas bajo otro
centenar. Sólo merecen la pena aquellas que se graban en el recuerdo.
De camino al hotel, atravieso la calle de tiendas pijas:
escaparates, luces de neón, últimas compras, gente por doquier con bolsas de
papel cuché y sonrisa a juego.
Clic
Una joven sentada en el suelo, apenas una muchacha. Me
recuerda tanto a la moceta de Zaragoza, o quizás fuera Valladolid (aquel cartelito
escrito a mano, con tizas de colores sobre un cartón: Tengo una hija pequeña.
Sólo comida. Gracias). La de ahora sólo escribió: “Any help, thanx!”. Me
aproximo, tras elegir un puñado de monedas que ofrecerle. Agradece el gesto,
primero sin palabras; ligero temblor de boca, parece tener frío, mucho frío. Poco
arropada con una cazadora corta, una mantita sobre su regazo. ‘Dank’, dice, o
algo similar, en voz baja. Inclina varias veces la cara, subrayando el susurro.
Mirada triste, gorro de lana rosa, cabello enmarañado, plumífero blanco que
vivió mejores días (tampoco puedo evitar el recuerdo de la chica del puente Northbridge, en Edimburgo).
─¿Estás bien? ¿Quieres algo de comida?
─Un café, por favor ─responde, supongo que aterida tras horas de
sentada.
Adivina mi duda y señala el supermercado detrás de mí, que cuenta
con una esquina donde preparan café para llevar. Le pregunto cómo lo prefiere y
responde que machiatto (un cortado largo que ofrecen los italianos). Me
sorprende ligeramente la elección.
Al cabo de unos minutos, le entrego el café con cuidado; añadí
varios tipos de azúcar en sobre y una pequeña magdalena.
─God bless you! ─dice la chica del Northbridge a través de
sus labios.
Enlaces relacionados: F33 - Coraza de titanio (Edimburgo)