Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.
Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron
los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás
este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que
te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en
el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen
leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello.
Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi
alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas,
botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones
(ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de
San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre
tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por
incomprensión.
Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los
nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran
desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia
en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una
frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.
No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno
juntaletras.
Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba
mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi
cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los
escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus
temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.
Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas
las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en
la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo
si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.
En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes
estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero,
frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del
concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su
forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la
mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan
trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy
directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:
1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas
insistían en que yo era la copia.
2. El problema no era el número 48, sino que aparecía
escrito dentro de todos los espejos.
3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no
tenía salida.
He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando
la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una,
dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo,
cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente,
totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados
sobre las ocho teclas de posición.
La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia
ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y
suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de
Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro
del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir
‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en
el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos
cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto
el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos
naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el
manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más
corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo
puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases
imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal
(así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).
Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras.
Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo
o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un
orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa
del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en
desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para
recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de
borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de
folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la
izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de
cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…
Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje
de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.
Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya
escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera
historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo.
Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué
diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de
insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura,
comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque
ellos digan que no).
Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.
Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero
porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo.
De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en
este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:
—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía
salida.
…
Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone
nombre.
La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es
Stephen King).
Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo,
tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal
semillita.
Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo
esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren
piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es
esta?
Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les
encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de
protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.
De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el
éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas,
incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus
cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).
Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga
hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de
cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus
personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena.
Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola,
pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje
que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil
novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’,
no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.
Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por
enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo
arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo
párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de
sinónimo. Hoja rasgada.
11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las
12:00 concluía el plazo).
Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año
consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho
horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido,
pasé un fin de semana en la piel de un escritor.
Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te
encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos
que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una
croqueta.
Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me
dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres
años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro
la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y,
les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita
croqueta.
Leo el título y me echo a temblar:
“El Kevin y la Yoli”.
Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.
Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme
a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con
nuestro romántico satélite).
Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto
de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar
abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me
robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce
hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza
y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual
honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con
espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las
Letras.
La anécdota es cierta como la vida misma.
(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz
por encima de mi cuento).
Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios
artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más
convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de
abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las
palabras, a las 15:00 horas.