viernes, 19 de julio de 2019

F116 - En el auto de papá, nos iremos a pasear (y VI) (mayo 2005)


Ya entrada la noche, las cercanas luces de Edimburgo nos daban una silenciosa bienvenida. Los cuatro correspondimos con nuestro propio silencio, rostros cansados y espíritu abatido. Atrás quedaban días de aventura y evasión, de bronca y desengaño.

            Sin necesidad de compartirlo, todos supimos que algo especial se había quebrado. Aquel curioso lazo de unión ligado a base de cafés, risas y confidencias en el Elephant House se deshizo para siempre. En la penumbra del pequeño coche, tan sólo rota por la tenue luz del salpicadero y por las ráfagas que proyectaban los vehículos que nos cruzábamos, tuvimos la certeza de que aquellas luces próximas serían la meta. Nuestra meta. El final de una singular amistad, trabada desde la soledad compartida, la dureza de vivir lejos de los tuyos, el clima adverso, las costumbres añoradas. La parejita se despeñó por el barranco del engaño pasional, así Moisés volvería a su vida de eterno soltero, la jovencita atolondrada seguiría en sus mundos de Yupi; Úrsula retornaría a sus revoluciones proletarias respaldadas con la visa oro en el bolsillo trasero de los vaqueros de diseño y yo, yo regresaría a mis libros, a mis solitarios cafés, a mis ensoñaciones.

            La penúltima parada  ̶  nunca la última, pues no sabes qué te espera en la próxima curva  ̶  de aquella loca carrera tuvo tintes surrealistas. Luego de perdernos, por enésima vez, por las oscuras carreteras secundarias de aquella Escocia escondida, terminamos visitando a unos amigos del primo del cuñado de Úrsula, quien nos aseguró que se trataba de “unos tíos de puta madre”, y claro, ante tales referencias tuvimos que rendirnos sin oponer resistencia.

            Los individuos en cuestión, cuyas mamás las supongo santas, vivían en una gigantesca caravana, varada frente a la bahía, en la hermosa ciudad portuaria de Oban. Aquel desvencijado armatoste, con costras de óxido por doquier, se sostenía sobre ruedas pinchadas y pequeños bloques de hormigón armado. Compartían espacio con dos enormes perros dóberman, un gato blanco con ojeras negras cual mapache y tres conejos que corrían como locos ante cualquier amago de caricia. El interior del habitáculo olía a sudor, alubias dulces recalentadas y marihuana. Sobre todo olía a marihuana. La neblina flotante se aclaraba , abriendo la pequeña portezuela y un gran ventanal, cuando alguno de los habitantes tropezaba con uno de los conejos y se daba algún coscorrón. Nunca supe el número de personas que allí cohabitaban. Llegué a contar cuatro chicos y cinco chavalas, todos en plena ibérica adolescencia, ya saben, de la veintena a los treinta y cinco, o más. Allí nadie madrugaba, ninguno parecía tener prisa. Su vida transcurría entre la playa, un diminuto huerto y aquella casona móvil que ya jamás se movería. Todo ello convenientemente gaseado por aquella niebla de dulce aroma, que provocaba en ellos risas colectivas, enajenadas, monólogos frente al espejo del baño y diálogos de besugos hasta altas horas de la madrugada.

            Dormir no fue tarea sencilla.

Al fin se hizo el silencio. Dejaron entreabierta una pequeña escotilla, para que el humo saliera a tomar el fresco. Todos nos tumbamos donde pudimos. Mezclados, algunos revueltos. Yo recuerdo hallarme en un colchón, cuyo aspecto elegí no escrutar, con una moceta a un lado y un bigardo al otro. Sin edredón alguno, pues el calor encerrado era insoportable.  Dormité a ratos, de puro agotamiento, un ojo cerrado y el otro sobre los canes, que vigilaban la puerta con formalidad castrense, y de vez en cuando controlaba la distancia que me separaba del joven adolescente, rondaba los treinta y cuatro, pues como dicen en mi pueblo, amigos sí, pero mariconadas las justas.

            La presencia de aquellos guardianes caninos me hizo sentir un déja vù,  transportándome a otra ciudad, otro colchón, otra insólita noche, en la cual dormí asiendo un cuchillo bajo la almohada, por primera vez en mi vida. Aquí ya estaba escoltado, por uno y otro extremo. Hubiera preferido “un sándwich de enfermeras”, como decía el bueno de John, pero nunca se puede tener todo.

            Miranda y Moisés chocaron con su muro en aquella casa rodante. Mimo saltó en mil pedazos. Esa última noche, tras compartir cigarrillos trucados, carcajadas, besos y caricias quedaron rendidos sobre un estrecho colchón. Mas él, ya de madrugada, sintió frío y al tratar de acurrucarse al calor de su amada halló un vacío que apenas desprendía tibieza. Preocupado se levantó frotándose las legañas y la entrepierna, deambuló buscando a la tenue luz del amanecer a su joven amante. La halló en uno de los pequeños cuartos, sobre una colchoneta a medio inflar, amarilla con pequeñas anclas azules, junto a un chicarrón australiano, cuyo nombre no logré memorizar, cuyos bronceados brazos rodeaban su pecho y su vientre y piernas abrigaban la pálida desnudez de ella.

            Una gran rotonda nos dio la bienvenida. Edimburgo se extendía tras ella más mágica y enigmática que nunca. Al fondo, el majestuoso castillo nos guiñaba el ojo de su inexistente torre.
            Por fin en casa, pensé agotado, soportando el peso de una nostalgia imposible de acumular en tan pocos días. Es extraño, ya desde mi primera escapada a España con tan sólo seis meses de estancia en la capital escocesa, cada retorno a Edimburgo poseía aquella sensación de paz interior, de relajación. Atravesaba los estrechos pasillos del aeropuerto, camino de la zona donde recogíamos el equipaje y leía distraído en sus paredes aquel viejo eslogan turístico, el cual bordaba una sonrisa en mi cara, sabiéndome ya en el hogar.

            “Welcome to Scotland, The Best Small Country in the World!”

El Ford Ka se detuvo frente al portal del edificio en Dalry Road. Las ventanas del segundo piso permanecían oscuras. Cristina ya acostada.

Por fin en casa.

domingo, 30 de junio de 2019

F115 - En el auto de papá, nos iremos a pasear (V) (mayo 2005)


Lo peor de todo fueron las noches. Soy un tipo solitario. Siempre lo fui. No temo la soledad, me acompañó en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida. Cierro los ojos y contemplo en la pantalla de mi memoria a aquel crío de doce años, enfermo de introversión, libro en mano, buscando un banco donde sentarse y poder escapar de aquel su pequeño mundo durante unas horas, mientras otros muchos corrían tras una pelota, gritando exasperados, sobre la alfombra de césped de aquellos enormes campos de fútbol, en el viejo colegio a los pies del bello y silencioso valle del Baztán. 

            No temo a la soledad. En mi interior atesoro numerosas armas para combatirla. Mas su mordida es dolorosa cuando compartes coche, albergue y aventura con otras tres almas. Tan lejanas, tan diferentes a ti. Lo peor fueron las noches. Me retiraba temprano a descansar, leer o soñar. Aburrido de sus risotadas burlonas, absurdas. Risas que brotaban de sus caras de payaso somnoliento. Risas nacidas de los pequeños cigarrillos, manufacturados, salpicados con trocitos de aquel barro oscuro, que se deshacía en la palma de sus manos, bajo el calor de la temblorosa llama. Trozos de aquella goma marrón, que prometían unas horas de evasión, de huída; unas horas en las que enterrar la cabeza bajo tierra, cual cobardes avestruces, incapaces de afrontar el día a día, la fría lluvia, la lejanía de los cálidos abrazos de los suyos, el sudor y dolor muscular que conlleva el esfuerzo para pagar la renta, las facturas, la vida. Trocitos de aquella masa que proporcionaban un aroma dulzón a sus cigarros, nublaba sus mentes y les permitía escapar de su propia soledad compartida, de sus miedos, de su falta de agallas para seguir peleando, haciéndoles soltar carcajadas obscenas, enajenadas, como si hubieran perdido toda esperanza, toda fe en sí mismos.

            A la mañana siguiente, amanecían sombríos, serios, hambrientos, y con la sensación de sentirse engañados. Esto no es lo que nos prometieron. Nos cuesta respirar, abrir los ojos, afrontar el nuevo día, sonreír, pelear.

            Solíamos desayunar en el área común de los albergues u hostales. Comprábamos víveres poniendo una especie de bote común. Leche, café soluble, Colacao, cruasanes de bolsa, pan de molde para tostar, Nocilla. Yo me preparaba un café largo, con una gota de leche. Lo acompañaba de algún cruasán revenido y, alguna vez, de una tostada con una fina película de aquella crema que sabía a verano, piscina e infancia, cuya publicidad proclamaba, antaño, ser el sumun de la merienda saludable para los chiquillos y entonaba sus consabidos ingredientes: ¡leche, cacao, avellanas y azúcar! Mis compañeros de viaje, a su vez, devoraban el resto de leche con toneladas de cacao en polvo y tostadas untadas con un dedo de aquella crema dulce y oscura. Se conoce que los cigarrillos de la risa producen un apetito voraz. Por estos lares, tras una noche de alucinaciones inducidas por humos aromáticos, pastillas de colores u otras sustancias mágicas como los llamados mushrooms (hongos silvestres cuya ingestión te hace contemplar a David el Gnomo vestido de Drag Queen, de copas por Chueca en el día del Orgullo Gay), expresan ese atroz apetito como to get the munchies. Vamos, el “tengo tanta gusa que me comería a Cristo por las patas” de toda la vida.

            La penúltima mañana estalló la tormenta perfecta. Era algo que se olía, se palpaba en la atmósfera, que tarde o temprano sucedería.

            A Miranda se le pegaron las sábanas. Bajó la última a la mesa del desayuno. Todo ojeras y pelos revueltos. Tenía veintipocos años y parecían cuarenta y tantos. Miranda era de las que se preparaba auténticos adoquines de pan de molde tostado con dos dedos de Nutella. Miranda jugaba todos los números para una futura implantología dental de a dos mil euros la pieza. Miranda era una niña pequeña embutida en un cuerpo de joven veinteañera, con mirada y arrugas junto a los ojos de señora divorciada en sus cuarenta y muchos.

            Tras recoger nuestros cachivaches y fregar, los otros tres nos salimos al frescor del porche, despatarrados sobre unas viejas hamacas de mimbre, con cojines descoloridos y salpicados de chorretones de diversas tonalidades y desconocida procedencia.

            El alarido fue atronador.

Un aullido que sobrevoló el cercano lago, rebotó en la ladera salteada de aquellas flores moradas y regresó hasta nuestros sorprendidos oídos, dejando un pitido de recuerdo. Nos levantamos de un salto, los tres al mismo tiempo. Asustados corrimos al interior de la cocina. Miranda se encontraba de pie, junto a la alacena de madera. Sostenía entre sus temblorosos dedos un bote de cristal, con manchas marrones en el interior de sus paredes. Un bote vacío.

            ̶  ¿Quién coño se ha acabado la Nocilla?  ̶  fue su grito de buenos días.

Todos guardamos silencio. Cohibidos. Tímidos de repente. Acojonados, vaya, ante la ira de aquella Afrodita-A en bata rosa, con botas Doc Martens y pelos de bruja. De nada sirvieron nuestras explicaciones: ya quedaba poco ayer; apenas pudimos untar una tostada cada uno; Jorge ni siquiera tomó. Todo constituía una ristra de excusas, todo un complot del universo contra su persona.

            ̶  ¡Sois unos cabrones de mierda!  ̶  sentenció, arrojando con saña el recipiente contra el fregadero, haciéndolo añicos.

El silencio se hizo espeso como la crema de avellanas ya desaparecida. Con sigilo, nos deslizamos afuera, sin apenas rozar las baldosas. Retomamos nuestra butaca de patio, cerramos los ojos y rogamos, por lo bajini, a los dioses celtas que aplacaran la furia de aquella jovenzuela con ojeras de insomne y mono de cacao.

            Hoy visité mi pequeña ciudad norteña. Ola de calor. Cuarenta y dos grados a la sombra fundían las aceras logroñesas. El enorme reloj de la fachada de la estación de autobuses se derretía, homenaje al mismísimo Dalí. Traté de combatir tal calorina. Un garito refrigerado y vacío. Una enorme jarra helada, rebosante de cerveza gallega. Manolo García, quejumbroso, envía una póstuma carta, háblale a las estrellas. Ojeo distraído una obsoleta revista de cotilleos. Apenas salto de foto en foto, de escándalo en escándalo, de titular en titular. Uno de éstos llama mi atención.

                              “El azúcar engancha más que la heroína.”

Y sonrío triste, melancólico, negando por lo bajo.