martes, 10 de marzo de 2026

F243 - Sobre libros, corcheas, eventos y cabrones

¿Saben cuál es el lado oscuro de reservar una habitación ahorrándote unos euros al tiquear la casilla: “No reembolsable”? Exacto, lo adivinaron, que si el evento al que planeabas asistir, en tal ciudad, es cancelado te quedan dos opciones: no viajar y perder todo el dinero, o comerte la room con patatas. Y sí, esto me sucedió. Les resumo: excursión a Bilbao, evento tal, sábado cual. El acto no se canceló, pero quedó aplazado. Por tanto, tomé la decisión de buscar un evento alternativo.

‘Evento’: una palabra que salió de la nada. Antaño nunca la utilizábamos. Ahora aparece hasta en la sopa. En mis tiempos, acudías a una fiesta, a un concierto, ibas al cine, a la ópera, participabas en un cinefórum, tenías una cena con los amigos, asistías a la charla: “Cómo hacerse millonario mediante estructura piramidal vendiendo botellas de humo a los allegados” (yo asistí a una similar en el Bilbao de los noventa, no me captaron en la secta, por ser demasiado pobre y calzar deportivas). Ahora dices ‘evento’, dejando un velo de misterio: ¿Dónde irá Jorge? ¿Será algo ilegal? ¿Tal vez una rave llena de ácido, sexo y mierda-música? ‘Evento’ suena a señor importante que tiene que decidir grande Leño, a agenda de trabajo con tapas de cuero, suena formal a la par que enigmático: “Lo siento, pero he de acudir a un evento”. Un secretismo que uno se encarga de torpedear durante y después─ a base de colgar trescientas cincuenta mil fotos distribuidas en el caralibro, el insta y guasap. A paletadas, las instantáneas. ¿Ah, se trataba de eso? ¡No era para tanto el misterio!, dirán los amigos.

Busco, vuelvo a buscar. Me decido por un evento cultural, para variar un poco. Cliqueo aquí y allá. Reservo. Bizum. Ya. La era moderna.

El ambiente en el autobús es de sosiego. El volumen de las charlas no es elevado. No se escuchan vídeos desde los móviles. Es como si realmente estuviera en modo cultural. La pareja que tengo detrás lo corrobora, para mi sorpresa. Deduzco, por el trato, que son padre e hija. Ésta en edad universitaria. Educados (léxico, voz queda, maneras). Hablan de ‘negras’, ‘corcheas’ y ‘blancas’. De auditorios, de instrumentos de cuerda. Mencionan aquella pieza que comenzaba en ‘do’, cómo fulano bordó aquel ‘re’ seguido de ‘fa’ (es un decir, claro). Hablan en chino mandarín. El padre menciona el alivio que sintió en un momento de silencio quizás por la poca maña del músico durante “redonda y media”. Eso dijo. ¿Cuánto diantres dura una “redonda y media”? La joven música (luego supe que lo era) menciona a Schumann, Bach, Wagner: los pronuncia en perfecto alemán. Al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.

Me trae recuerdos de las clases de Música, en el colegio, cuando el Padre Arrondo nos ponía piezas musicales (escucha ambiental, sin cascos) en el aula-auditorio y debíamos deducir quién era el compositor, título de la obra o qué estación de Vivaldi estaba siendo interpretada en ese preciso instante. Qué difícil era aquello. Aquellas clases, en general la clave de sol, el pentagrama con esas cagarrutas colgantes, el tono, el ritmo, los tiempos indicados por el metrónomo al menos para mí, que siempre estuve cojo de un oído al igual que Fito está sordo de un pie.

Hablan en japonés.

Siguen conversando sobre acordes, clutch, teclas, pedales, de eminencias de orquesta, de contrabajo y solo de violín; el padre anota: “… el director debería haber bajado los brazos”. Hablan un idioma cifrado, reconozco las palabras, pero ignoro la clave. Siento una admiración que escapa lo racional. Solfeo, ese enigma hecho de puntitos negros, rayitas y circulitos danzando (para mí sin ton ni son) a lo largo de cinco líneas horizontales y paralelas. Hablan en marciano.

Otro recuerdo: lecciones extraescolares de guitarra española dos o tres alumnos con el Padre Casajús. Mis dedos infantiles carecían de fuerza (triste meñique) y de maña para presionar aquellas malditas cuerdas, para formar acordes o como diablos se denominen. Ilusión pronto frustrada. No había nacido para emular al Tomatito. A lo justo conseguí recrear (en privado) el archifamoso riff de guitarra “Smoke on the water” de Deep Purple utilizando una sola cuerda: la gordota. Hasta ilusión me hizo, oigan. Devolví la guitarra dentro de su funda (de cuero marrón) y ésta a mi hermana mayor, ella sí lograba sacar magia de aquel cacharro de madera barnizada y cuerdas (canciones tristes contra la guerra, canciones de campamento y catequesis: “Creo en vos, arquitecto, ingeniero…” y todo aquello). No heredé el gen musical de mi madre. Quedé cojo de un oído, más bien zambo de los dos.

Bilbao es diferente, otra historia. Gente por doquier, músicos callejeros, los manteros decorando las aceras con colores balompédicos, incluso los perros tienen pedigrí todos atados, ninguno dentro de los bares tampoco abundan los niños en los bares de copas y los patinetes no te esquivan por las aceras a toda velocidad ¿Cómo lo harán estos bilbaínos? Risas, juventud, colorido, atardecer primaveral. Un par de chavales idéntico peinado rapado por las sienes y aspecto extranjero me adelanta a paso ligero. Visten todo de negro, incluso las playeras; bajo el top se escapa el faldón de una camiseta azulgrana. Sorteo como puedo la marabunta. Sirenas de policía. Algún grito aislado. Camino por la acera que conduce al centro, por Gran Vía López de Haro. Una treintañera, chaqueta con gorro de borreguillo color rosa, sale del Pull and Bear cabizbaja, encapuchada, escoltada por dos policías; los grilletes relucientes sujetan sus manos a la espalda. La mujer policía le conduce del brazo. Ignoro si la detuvieron por hurto o por chonismo.

El primer evento cancelado, les decía. Más bien aplazado y quizás algún día aterrice en estas páginas virtuales. Aplazado por coincidencia con un partido de fútbol. ¿En España, nooo?, pensarán ustedes. Pues sí. Se esperaba mucho jaleo en la zona donde se llevaría a cabo. Todo por dos equipuchos persiguiendo un balón durante noventa minutos (uno de ellos acostumbra a vestir franjas azules y granas, el otro tiene fama de gran felino, pero últimamente de peluche). No se me enojen los amigos aficionados de ambos clubs (que los tengo). ¡Si al menos hubiera venido el Real Madrid!

Me decidí por el teatro, como evento de sustitución. No voy a menudo (esos precios), pero el Teatro Arriaga es de quitar el hipo, al César lo que es del César. Decir debo que elijo la obra por la simple razón de ser la única en programa para dicho sábado. A modo de orientación, busco el título en la red. Basada en una novela, dice sanguguel. ¡Zas!, no lo puedo creer. Una novela que pertenece a Libros del Asteroide, editorial catalana de la cual leí hace poco dos libros que me robaron el aliento: “Hamnet” (magistral, sobre la infancia del mismísimo Shakespeare; deseas que nunca termine) y “El sueño del jaguar” (te transporta a un país exótico y salvaje del que no quieres ser evacuado, un país que ha sido secuestrado por Unos, y por los Otros, durante toda su existencia: Venezuela). La autora del libro que todavía no leí, para mí desconocida, la mexicana Mayte López.

Esto debe de ser una señal: evento cancelado por el fútbol, tal sábado, obra de teatro elegida a ciegas, basada en una tercera novela de Libros del Asteroide… Y ya saben ustedes lo que me gustan las señales.

Y allá me lancé al interior de aquel teatro de cuento de hadas: “Sensación térmica”, se titula.

La obra te agarra de las pelotas, nunca mejor dicho. Llama a la congoja, anticipa duelo. Alguna risa (por no llorar). El elenco formado por un trío femenino, no cabía otra, que lo borda. Tres jovencísimas actrices que se comen el tablado. Que con cuatro cachivaches sobre el escenario interpretan mil y una escenas y personajes. No sé de teatro, pero la obra me resulta moderna, ingeniosa, entretenida. Una obra rebelde, que grita, que casi golpea. Que lanza el eterno mensaje contra la violencia sexual (lo ‘de género’ es una mala traducción de la mojigata lengua inglesa y su ‘genre como diría “el Reverte” o mi añorado Javier Marías. En español las personas se distinguen por ‘sexo’, ‘género’ se utiliza para las cosas).

Entiendo y comparto la rabia, la eterna reivindicación, el deseo de contar una dura historia en particular que relata miles de otras. Sufro con el mensaje, con las sensaciones a flor de piel que esas jóvenes transmiten, como por arte de magia. Entiendo sus exabruptos, los insultos, sus lágrimas, la impotencia.

Sin embargo, echo en falta algo. Echo en falta un personaje, aunque sólo sea uno, que represente el rol masculino heterosexual POSITIVO. Frente al abuelo pervertido, al padre monstruoso, al novio pureta maltratador, a los ligues Tinder babosos (en inglés y español). Todo lo que sale de los hombres en torno a ellas son amenazas, gritos, vejaciones, palizas, humillaciones (que tratan de compensar con bailes, perdones, flores, llantos y bombones). Hombres violentos, egoístas, posesivos, caprichosos, infantiles. Echo en falta un amigo que la abrace o la escuche más allá del típico compañero gay un tío paterno que la proteja, un vecino amable y valiente que le pregunte por esos moratones, un compañero de la Uni que le diga en tono tranquilo, sin aspavientos: “Dime quién ha sido que lo reviento”, un exnovio que, de tapadillo, la siga queriendo… echo en falta un hombre bueno… al menos uno, en la vida de esas chicas protagonistas. Pues queda claro que “el amor no era eso”. Echo de menos un hombre que las ame.

Buscaré y leeré la novela, con la esperanza de encontrar entre sus ciento setenta y seis páginas a ese hombre bueno que, por la razón que sea, no aparece representado sobre las tablas del escenario, ni siquiera mencionado.

Porque los hay, creo yo. Al menos fuera de la novela. Y es justo así mentarlo. El hombre no es, no somos, el enemigo. El lobo feroz del cuento (sería estigmatizar al 50% de la población). El enemigo a combatir es la conducta abusiva contra el más débil (físicamente). El maltrato, el daño físico, emocional, psicológico a la indefensa, al apocado, a la diferente, al pacífico, a la ingenua todavía enamorada, al solitario, la violencia contra quien ha dejado de quererte. Un enemigo que hay que confrontar con fuerza sin complejos ni paños calientes: que una sentencia de treinta años de prisión signifique treinta años entre rejas.

Educación, sí. Mano dura, también.

De noche ya, tras la sobredosis cultural de la jornada busco un bar en la Plaza Nueva donde ver un rato el partido de fútbol (prrpopó, palmoteo la barra: “¡Caña aquí!”). Hay que embrutecerse un poco tras tanta ilustración. Observo la pantalla grande desde la calle, a través del mostrador exterior, cerveza en mano. Una pareja a mi vera, aspecto nórdico, conversan en perfecto alemán, al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.

Bilbao is different.

Después de la tercera caña, y el segundo pincho, me encamino hacia la pensión, esquivando chavalería de alcohol barato y hormonas encabritadas (atravesar Pozas un sábado noche es un bofetón de realidad: “Eres un carroza”, susurra la vocecita); continúo mi paseo hacia el cuarto solitario, hacia la cama blanca y fría, sabiendo que me costará conciliar el sueño.

 

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