¿Saben cuál es el lado oscuro de reservar una habitación ahorrándote unos euros al tiquear la casilla: “No reembolsable”? Exacto, lo adivinaron, que si el evento al que planeabas asistir, en tal ciudad, es cancelado te quedan dos opciones: no viajar y perder todo el dinero, o comerte la room con patatas. Y sí, esto me sucedió. Les resumo: excursión a Bilbao, evento tal, sábado cual. El acto no se canceló, pero quedó aplazado. Por tanto, tomé la decisión de buscar un evento alternativo.
‘Evento’: una palabra que salió de la nada. Antaño nunca la
utilizábamos. Ahora aparece hasta en la sopa. En mis tiempos, acudías a una
fiesta, a un concierto, ibas al cine, a la ópera, participabas en un cinefórum,
tenías una cena con los amigos, asistías a la charla: “Cómo hacerse
millonario mediante estructura piramidal vendiendo botellas de humo a los
allegados” (yo asistí a una similar en el Bilbao de los noventa, no me
captaron en la secta, por ser demasiado pobre y calzar deportivas). Ahora dices
‘evento’, dejando un velo de misterio: ¿Dónde irá Jorge? ¿Será algo ilegal?
¿Tal vez una rave llena de ácido, sexo y mierda-música? ‘Evento’ suena a
señor importante que tiene que decidir ─grande Leño─,
a agenda de trabajo con tapas de cuero, suena formal a la par que enigmático:
“Lo siento, pero he de acudir a un evento”. Un secretismo que uno se encarga de
torpedear ─durante
y después─
a base de colgar trescientas cincuenta mil fotos distribuidas en el
caralibro, el insta y guasap. A paletadas, las instantáneas. ¿Ah, se trataba de
eso? ¡No era para tanto el misterio!, dirán los amigos.
Busco, vuelvo a buscar. Me decido por un evento cultural,
para variar un poco. Cliqueo aquí y allá. Reservo. Bizum. Ya. La era moderna.
El ambiente en el autobús es de sosiego. El volumen de las
charlas no es elevado. No se escuchan vídeos desde los móviles. Es como si
realmente estuviera en modo cultural. La pareja que tengo detrás lo corrobora,
para mi sorpresa. Deduzco, por el trato, que son padre e hija. Ésta en edad
universitaria. Educados (léxico, voz queda, maneras). Hablan de ‘negras’, ‘corcheas’
y ‘blancas’. De auditorios, de instrumentos de cuerda. Mencionan aquella pieza
que comenzaba en ‘do’, cómo fulano bordó aquel ‘re’ seguido de ‘fa’ (es un
decir, claro). Hablan en chino mandarín. El padre menciona el alivio que sintió
en un momento de silencio ─quizás por la poca maña del músico─ durante “redonda y media”.
Eso dijo. ¿Cuánto diantres dura una “redonda y media”? La joven música (luego
supe que lo era) menciona a Schumann, Bach, Wagner: los pronuncia en perfecto
alemán. Al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.
Me trae recuerdos de las clases de Música, en el colegio,
cuando el Padre Arrondo nos ponía piezas musicales (escucha ambiental, sin
cascos) en el aula-auditorio y debíamos deducir quién era el compositor, título
de la obra o qué estación de Vivaldi estaba siendo interpretada en ese preciso
instante. Qué difícil era aquello. Aquellas clases, en general ─la
clave de sol, el pentagrama con esas cagarrutas colgantes, el tono, el ritmo,
los tiempos indicados por el metrónomo─ al menos para mí, que siempre estuve
cojo de un oído ─al igual que Fito está sordo de un pie─.
Hablan en japonés.
Siguen conversando sobre acordes, clutch, teclas, pedales, de
eminencias de orquesta, de contrabajo y solo de violín; el padre anota: “… el
director debería haber bajado los brazos”. Hablan un idioma cifrado, reconozco
las palabras, pero ignoro la clave. Siento una admiración que escapa lo
racional. Solfeo, ese enigma hecho de puntitos negros, rayitas y circulitos
danzando (para mí sin ton ni son) a lo largo de cinco líneas horizontales y
paralelas. Hablan en marciano.
Otro recuerdo: lecciones extraescolares de guitarra española
─dos
o tres alumnos─ con el Padre Casajús. Mis dedos infantiles carecían de
fuerza (triste meñique) y de maña para presionar aquellas malditas cuerdas,
para formar acordes o como diablos se denominen. Ilusión pronto frustrada. No
había nacido para emular al Tomatito. A lo justo conseguí recrear (en privado)
el archifamoso riff de guitarra “Smoke on the water” de Deep Purple utilizando
una sola cuerda: la gordota. Hasta ilusión me hizo, oigan. Devolví la
guitarra dentro de su funda (de cuero marrón) y ésta a mi hermana mayor, ella
sí lograba sacar magia de aquel cacharro de madera barnizada y cuerdas (canciones
tristes contra la guerra, canciones de campamento y catequesis: “Creo en vos,
arquitecto, ingeniero…” y todo aquello). No heredé el gen musical de mi madre.
Quedé cojo de un oído, más bien zambo de los dos.
Bilbao es diferente, otra historia. Gente por doquier,
músicos callejeros, los manteros decorando las aceras con colores balompédicos,
incluso los perros tienen pedigrí ─todos atados, ninguno dentro de los
bares─
tampoco abundan los niños en los bares de copas y los patinetes no te esquivan
por las aceras a toda velocidad ¿Cómo lo harán estos bilbaínos? Risas,
juventud, colorido, atardecer primaveral. Un par de chavales ─idéntico
peinado rapado por las sienes y aspecto extranjero─ me adelanta a paso ligero.
Visten todo de negro, incluso las playeras; bajo el top se escapa el faldón de
una camiseta azulgrana. Sorteo como puedo la marabunta. Sirenas de policía.
Algún grito aislado. Camino por la acera que conduce al centro, por Gran Vía
López de Haro. Una treintañera, chaqueta ─con gorro─ de
borreguillo color rosa, sale del Pull and Bear cabizbaja, encapuchada,
escoltada por dos policías; los grilletes ─relucientes─
sujetan sus manos a la espalda. La mujer policía le conduce del brazo. Ignoro
si la detuvieron por hurto o por chonismo.
El primer evento cancelado, les decía. Más bien aplazado y
quizás algún día aterrice en estas páginas virtuales. Aplazado por coincidencia
con un partido de fútbol. ¿En España, nooo?, pensarán ustedes. Pues sí. Se
esperaba mucho jaleo en la zona donde se llevaría a cabo. Todo por dos equipuchos
persiguiendo un balón durante noventa minutos (uno de ellos acostumbra a vestir
franjas azules y granas, el otro tiene fama de gran felino, pero últimamente de
peluche). No se me enojen los amigos aficionados de ambos clubs (que los
tengo). ¡Si al menos hubiera venido el Real Madrid!
Me decidí por el teatro, como evento de sustitución. No voy
a menudo (esos precios), pero el Teatro Arriaga es de quitar el hipo, al César
lo que es del César. Decir debo que elijo la obra por la simple razón de ser la
única en programa para dicho sábado. A modo de orientación, busco el título en
la red. Basada en una novela, dice sanguguel. ¡Zas!, no lo puedo creer. Una
novela que pertenece a Libros del Asteroide, editorial catalana de la cual leí
hace poco dos libros que me robaron el aliento: “Hamnet” (magistral, sobre la
infancia del mismísimo Shakespeare; deseas que nunca termine) y “El sueño del
jaguar” (te transporta a un país exótico y salvaje del que no quieres ser
evacuado, un país que ha sido secuestrado por Unos, y por los Otros, durante
toda su existencia: Venezuela). La autora del libro que todavía no leí, para mí
desconocida, la mexicana Mayte López.
Esto debe de ser una señal: evento cancelado por el fútbol, tal
sábado, obra de teatro elegida a ciegas, basada en una tercera novela de Libros
del Asteroide… Y ya saben ustedes lo que me gustan las señales.
Y allá me lancé al interior de aquel teatro de cuento de
hadas: “Sensación térmica”, se titula.
La obra te agarra de las pelotas, nunca mejor dicho. Llama a
la congoja, anticipa duelo. Alguna risa (por no llorar). El elenco formado por
un trío femenino, no cabía otra, que lo borda. Tres jovencísimas actrices que
se comen el tablado. Que con cuatro cachivaches sobre el escenario interpretan
mil y una escenas y personajes. No sé de teatro, pero la obra me resulta
moderna, ingeniosa, entretenida. Una obra rebelde, que grita, que casi golpea.
Que lanza el eterno mensaje contra la violencia sexual (lo ‘de género’ es una
mala traducción de la mojigata lengua inglesa ─y su ‘genre’─ como
diría “el Reverte” o mi añorado Javier Marías. En español las personas se
distinguen por ‘sexo’, ‘género’ se utiliza para las cosas).
Entiendo y comparto la rabia, la eterna reivindicación, el
deseo de contar una dura historia en particular que relata miles de otras.
Sufro con el mensaje, con las sensaciones a flor de piel que esas jóvenes
transmiten, como por arte de magia. Entiendo sus exabruptos, los insultos, sus
lágrimas, la impotencia.
Sin embargo, echo en falta algo. Echo en falta un personaje,
aunque sólo sea uno, que represente el rol masculino heterosexual POSITIVO. Frente
al abuelo pervertido, al padre monstruoso, al novio pureta maltratador, a los
ligues Tinder babosos (en inglés y español). Todo lo que sale de los hombres en
torno a ellas son amenazas, gritos, vejaciones, palizas, humillaciones (que
tratan de compensar con bailes, perdones, flores, llantos y bombones). Hombres
violentos, egoístas, posesivos, caprichosos, infantiles. Echo en falta un amigo
que la abrace o la escuche ─más allá del típico compañero gay─
un tío paterno que la proteja, un vecino amable y valiente que le pregunte por
esos moratones, un compañero de la Uni que le diga en tono tranquilo, sin
aspavientos: “Dime quién ha sido que lo reviento”, un exnovio que, de tapadillo,
la siga queriendo… echo en falta un hombre bueno… al menos uno, en la vida de
esas chicas protagonistas. Pues queda claro que “el amor no era eso”. Echo de
menos un hombre que las ame.
Buscaré y leeré la novela, con la esperanza de encontrar
entre sus ciento setenta y seis páginas a ese hombre bueno que, por la razón que
sea, no aparece representado sobre las tablas del escenario, ni siquiera
mencionado.
Porque los hay, creo yo. Al menos fuera de la novela. Y es
justo así mentarlo. El hombre no es, no somos, el enemigo. El lobo feroz del
cuento (sería estigmatizar al 50% de la población). El enemigo a combatir es la
conducta abusiva contra el más débil (físicamente). El maltrato, el daño ─físico,
emocional, psicológico─ a la indefensa, al apocado, a la diferente, al pacífico,
a la ingenua todavía enamorada, al solitario, la violencia contra quien ha
dejado de quererte. Un enemigo que hay que confrontar con fuerza ─sin
complejos ni paños calientes─: que una sentencia de treinta años de
prisión signifique treinta años entre rejas.
Educación, sí. Mano dura, también.
De noche ya, tras la sobredosis cultural de la jornada busco
un bar en la Plaza Nueva donde ver un rato el partido de fútbol (prrpopó,
palmoteo la barra: “¡Caña aquí!”). Hay que embrutecerse un poco tras tanta
ilustración. Observo la pantalla grande desde la calle, a través del mostrador
exterior, cerveza en mano. Una pareja a mi vera, aspecto nórdico, conversan en
perfecto alemán, al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.
Bilbao is different.
Después de la tercera caña, y el segundo pincho, me encamino
hacia la pensión, esquivando chavalería de alcohol barato y hormonas
encabritadas (atravesar Pozas un sábado noche es un bofetón de realidad: “Eres
un carroza”, susurra la vocecita); continúo mi paseo hacia el cuarto solitario,
hacia la cama blanca y fría, sabiendo que me costará conciliar el sueño.
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