Ahora comprendo todo. Lo escuchado, lo leído. Comprendo las retiradas de los chicos malos de Irvine Welsh ─Renton y compañía─ a su querido “the Dam”.
No resultó complicado alcanzar el centro, donde se encuentra
el hotel. El tren, desde el aeropuerto de Schiphol, tardó poco más de un cuarto
de hora en llegar a la Estación Central de Ámsterdam (majestuosa fachada). Y
desde allí, un paseo arrastrando con una mano la Gordita Azul, mientras la otra
sostiene el móvil (gúguelmaps echando un cable) y el sándwich que me
dieron durante el vuelo. Bocadito, mirada, todo recto. Vamos bien. Día soleado
e incluso caluroso, no puedo quejarme (todavía desconozco que el sol respetará
toda mi estancia, incluso el día de mi cumpleaños, aunque por las mañanas y al
atardecer la temperatura caería, acariciando mi rostro con un frescor
característico que me hará revivir los días lejanos en Edimburgo: ‘chilly’, lo
denominan allá).
Ahora comprendo todo. Apenas piso la primera calle del
centro, una vaharada de hachís me envuelve. No es algo puntual, pronto
comprobaré, lo hueles allá donde vayas por la zona céntrica ─si
bien, no todo el rato─; te envuelve la peste del chocolate malo (Bruselas
central olía al bueno) o de mariguana. Flota en el ambiente, los devotos de Bob
Marley lo fuman por las aceras, dentro de los coches, sobre las bicis, y en los
archifamosos cafés llamados coffeeshops, donde puedes contemplar ─a
través de la puerta o el ventanal─ sujetos despatarrados, en la
penumbra, sobre sofás bajos o cojines de colores, preparándose canutos e
inhalando de las pipas que emiten un ruidito como de burbujeo. Sobra decir que
no osé cruzar el umbral de ninguno. El olor me produce más rechazo que
atracción, y para saciar la curiosidad existen los escaparates. Uno de mis
miedos ─yo,
ingenuo hasta el infinito y más allá─ antes de aterrizar en Ámsterdam,
consistía en la posibilidad de acceder, por error o desconocimiento, a uno de
estos antros o incluso pedir una porción de bizcocho (soy de espíritu dulzón) y
que me dieran uno trufado con hachís o salteado de hierba sin yo haberlo
solicitado, o por equivocación de un camarero fumado. Es algo imposible, como
luego comprobé, los garitos se reconocen en seguida (penumbra, clientela
digamos peculiar, humo y pestazo que escapan a través de la puerta o las
rendijas de las ventanas); y las tienditas que venden productos con cannabis
(galletitas, caramelos, bizcocho…) lo indican bien claro en el envoltorio, por
escrito (en inglés y neerlandés) y con el conocido dibujo de la hoja verde.
Yo, que jamás probé droga alguna ─por elección propia, no
mojigatería (salvo las solicitadas previo autógrafo médico y el agua de fuego,
que decían los indios, en sus diversas variedades) ─. Nada fuera de la legalidad,
vamos, y afortunadamente no existe la Ley Seca. ¿Por qué mi veneno es legal y
lo otro no? Dejemos la ética para las clases de filosofía del Padre Marías (así
se llamaba el profe que las impartía en COU) alias el Mafias. Sonrío al
recordarlo, al escribirlo. El rictus serio que lucía y su voz grave, junto a la
similitud de tal palabra con su nombre, en seguida le ganaron tal apodo (el
alumnado no se volvía loco inventando los motes). Luego resultó ser un buenazo
(nos permitía ver la serie “V” durante la Hora de Estudio, los sábados, con el
volumen bajito y la puerta cerrada “para que nadie nos pillara”; cierro los
ojos y lo vislumbro, vestido con su hábito marrón de monje capuchino, de pie
bajo el vetusto televisor ─elevado y anclado en la esquina─, las manos enlazadas a la
espalda, el cuello erguido mirando la pantalla… y su expresión, mezcolanza de sorpresa,
incredulidad y repugnancia al contemplar a la mala, malísima Diana mientras engullía
una rata blanca sujeta por el rabo… nosotros, con dieciocho tacos, nos
fijábamos en otros, así mismo sorprendentes, detalles de la anatomía
extraterrestre).
Me disperso… ¿será por el humo?
Digo, yo que nunca di una calada a un cigarrillo de la risa
tonta, voy a salir colocado de esta ciudad de bicis y canales; el fumar pasivo,
lo llaman. Por fortuna, gracias a la brisita constante (muy de Edimburgo,
también) el aroma, y espero que el efecto, se pierden en la atmósfera.
Cierto también, como dijo una amiga: “En Ámsterdam se
respira Libertad”.
Bicicletas. ¡Madre del amor hermoso!, decían las abuelas. Yo
creía que en la ciudad Blanca había muchas bicicletas, pero esto pertenece a
otra galaxia. Les juro que desde el primer día traté de “memorizar”, o al menos
retener un poco, todo lo que vi sobre ruedas. Fíjate bien, Jorge, me decía,
para luego relatarlo con propiedad. Pero resulta imposible, ni siquiera tomando
fotos (que no lo hice, salvo de monumentos, iglesias, canales y barquitos, y
jarras de cerveza). Bicis de todo tipo, tamaño, color y forma. Eléctricas,
mecánicas. Con carrito, en tándem, con cesta, con cajón de todos los tamaños
(para niños, perros, mercancías). Viejas, nuevas, destartaladas. Silenciosas
como Kit, ruidosas con su clanc, clanc, clanc constante. De ruedas
finas, ruedas deshinchadas, ruedas gruesas como de motocicleta. Por no hablar
de los usuarios. Los que dan pedales o presionan el mando eléctrico. Jóvenes,
niños, maduros, abuelos; locales, forasteros, inmigrantes, turistas, alienígenas
camuflados; obreros, ejecutivos, chatarreros, estudiantes, jubilados,
delincuentes sin identificar, policías de paisano, tipos enmascarados;
ciclistas con pinganillos, hablando por el móvil, mirando el navegador sujeto
al manillar, fumando, hablando solos, cantando, gritando, escuchando música
atronadora del equipo musical montado, propio de una discoteca móvil para
fiestas patronales. Incluso vi a un tipo que iba liándose, con una mano, un
cigarrillo (la bolsa de tabaco sujeta junto al manillar con la otra), sólo me faltó
ver a un bebé, biberón en ristre, pedaleando sobre una bicicleta de carreras
(de paquete y en los cajones vi infinidad de ellos. Las holandesas los encargan
a pares, incluso a tríos). Y qué velocidades, te juegas el pellejo cada vez que
echas el pie a la calzada. Yo, despistado por naturaleza, miraba doscientas
veces a cada lado, antes de cruzar, y aun así algún susto me llevé. Los cruces,
las rotondas, los semáforos, una locura. Decenas de ciclistas (además del
tranvía, turismos, motocicletas y unos mini-coches eléctricos con forma de
huevo kínder, como el de Steve Urkel) que se cruzan, ceden o toman el paso, sin
apenas indicaciones, como guiados por un instinto que les late dentro, algún
gen particular o quién sabe, a velocidad endiablada y con un profundo desprecio
hacia las manetas de freno.
Recuerda a las imágenes asiáticas (Seul, Tokio, Hong Kong…
con los pasos de cebra gigantescos y repletos de gente, y docenas de
ciclomotores, bicis, triciclos y tuk tuks esquivándose unos a otros rozando el
milagro). Ámsterdam exhibe una circulación caóticamente ordenada. Tan sólo
presencié una caída, bastante aparatosa, a escaso metro y medio de mi rodilla
derecha mientras caminaba por la acera. Sorprendido, me acerqué al bordillo: se
trataba de una bicicleta de alquiler, con carenado naranja, y el correspondiente
turista, con cara de iluminado, tras el manillar (ahora sobre el asfalto): “Are
you okey?”, dije, pero el tipo se levantó como un resorte, sacudió con la
mano la pernera del pantalón, se ajustó la gorra yanqui, montó de nuevo su
cabalgadura metálica y salió a toda leche, Merche. “You´re welcome!”,
dije a sus espaldas.
Pero, ¿saben algo? Ni una, repito, ni una bicicleta vi
circulando por la acera. Por cierto, también llamó mi atención la ausencia de
patinetes (eléctricos o de empuje) ni siquiera por la calzada los había: siendo
éstos una auténtica plaga sobre las aceras (bicis también) en la ciudad del
Silencio, donde ruedan más bicicletas y patines por el borde peatonal que por
los caros, vacíos, largos y numerosos carriles bici: pague usted impuestos y
sea atropellado, por el bordillo, con resignación y buen rollito. Una ciudad
seria, educada, Ámsterdam, al menos en este aspecto. Una ciudad civilizada.
Incluso los policías pasan inadvertidos (la sirena sobre el coche patrulla,
apenas una barra semitransparente y apagada) y parece que estén para servir y
proteger al ciudadano. ¡Impresionante! ‘POLITIE’, se lee sobre el capó
de sus vehículos, y no puedo evitar asociar los vocablos: ‘Polite’ significa ‘educado’
en inglés.
Todo fluía perfecto, todo iba sobre ruedas…
Échate a temblar, pensé, cuando todo sale bien a la primera.
No me perdí, más allá de lo razonable. Llegué puntual con el tren. El hotel (es
un decir) se hallaba a tiro de honda (pedrada con la mano sería exagerado) o
quizás a tiro de flecha. Un saludable paseo, vaya. Cielo azul, día soleado, el
emparedado aeronáutico exquisito: el hambre acecha a estas horas y lo ataco sin
remilgos. Desconocedor de lo que me esperaba.
Mi amada señorita de gúguel dirige el paso. Me lleva
de la mano, como a un niño chico. Habla raro, la pobre, obligada a pronunciar aquellas
calles de nombre impronunciable. Camino sin prisas, mirando aquí y allá,
siempre atento al tráfico, a las señales, al móvil, a los inexistentes (esperemos)
carteristas o descuideros, a las torres y a los monumentos andantes (no todo
van a ser museos e iglesias, oigan; que uno no es de piedra). No indiqué una
hora concreta, en la casilla correspondiente, para realizar el check in
del hotel. Nunca lo hago. Qué presión, qué estrés, autoimpuestos. Llegaré
cuando los astros así lo indiquen. Además, siempre ocurren incidencias,
retrasos (tomamos tierra treinta y cinco minutos después de lo estimado), los
problemillas de ubicación y mi consabida desorientación. ¿Hora de registro? Para
misterios, llamen a J. J. Benítez.
Por fin, avisto el hotel (un decir, ya digo) en la distancia.
Me relajo un poco, llevaré a cabo mi ritual: deshacer el equipaje, ducha rápida
y localizar un bar donde catar la primera birra. El establecimiento se halla en
la acera opuesta, cruzo con precaución por el paso de cebra, tirando de la
maleta, ya acostumbrado al murmullo que emite a través de sus ruedas, como si
la gordita deseara confiarme sus más íntimos secretos, variando el tono de voz,
según pisemos cemento, losetas, gravilla o, como ahora mismo, adoquines y sus
juntas: rooo cloc cloc, rooo cloc cloc, rooo cloc, dice, confidente; quizás,
premonitoria, intenta advertirme de algo.
Número 57. Hotel Harleemkraaj, puerta verde. Aquí es.
Cartelito, manuscrito, pegado con celo, que reza:
“Back Soon: Phone: 0205…”
Hasta aquí llegó la buena suerte, compañera, le susurro a mi
gordita azul cielo, arrimándola junto a mis piernas, protegiéndola de la
marabunta que recorre la estrecha acera.
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