Miles de pensamientos cruzan mi mente. Ninguno de ellos positivo. Releo, por enésima vez, el cartel de marras: “Vuelvo pronto”, seguido de un número de teléfono con toda la pinta de corresponder a una línea fija, materializada en un aparato estático, de tipo góndola con cable enrollado, un artilugio antediluviano al que pilló ya anciano la aparición del primer Motorola. ¿Habré sido timado? ¿Cuánto tiempo significa ‘pronto’? ¿Estará el buen hombre de excursión relax, tal vez despatarrado en un sofá bajo, en uno de los numerosos coffee shops, dando chupetadas a la cachimba?
Trato de calmarme. Piensa positivo, chaval. Siempre
positivo, me digo. Miro la acera arriba y abajo, docenas de personas, pero claro,
un pequeño detalle, no tengo ni idea del aspecto del recepcionista, si es que
existe tal figura. Tampoco me dieron ningún código de acceso ni consta panel
numerado alguno. Allí estoy, contemplando el dichoso cartelito pegado con celo
en la puerta estrecha, de madera, de color verde. ¿Llamo o no llamo? ¿Me doy
una vuelta y regreso al cabo de un rato? Qué rollo, con la maleta. Lo cierto es
que estoy cansado del vuelo, del tren, de esa tensión que nunca logro sacudirme
del todo cuando viajo, da igual que sea por vacaciones. Siempre ese puntito de
estrés viaja gratis en la maleta, no se quiere extraviar, no me quiere perder.
Y hasta que no dejo los bártulos en la habitación correspondiente, me cambio de
ropa y salgo a la calle de la ciudad desconocida, ahí permanece agazapada, la
tensión, entre camisetas, calcetines y calzoncillos. Necesito deshacerme del
equipaje, asearme y volver a pisar la acera para poder gritar al cielo: ¡estoy
de vacaciones en Ámsterdam!
Acerca de esto cavilaba cuando…
─Excuse me.
Me giro, al tiempo que me disculpo, dejando pasar a la
persona que habló a mis espaldas y a quien, distraído, bloqueaba el paso. Es un
muchacho joven, bien vestido, de cabello rubio y peinado un tanto anacrónico,
con el flequillo forzosamente apartado del rostro, por algún potingue pegajoso.
Tiene pinta de estudiante de Oxford, por lo menos. Le cedo la posición y abre
la puerta. Tras mis preguntas se limita a responder que él tan sólo es un
inquilino, no tiene ni idea de cuando abren la recepción y desconoce a la
persona que la atiende. Me invita a pasar, a no quedarme en la calle. Me parece
una buena idea, aunque el día es claro y brillante.
─Aquí tiene la recepción ─continúa en inglés. Lo dice ya
de espaldas, empezando a subir las escaleras, con agilidad envidiable.
Ante mí: no hay siquiera espacio para permanecer tras la
puerta, de inmediato la escalera, angosta entre pared y pared, claustrofóbica, más
arriba intuyo otra más, en curva. Unos doscientas setenta y cinco peldaños, así
a ojo, de profundidad para pie de niño en párvulos, cubiertos por una alfombra
roja remachada por una barrita dorada entre cada uno de ellos, y con una
inclinación rozando la verticalidad. No visualizo nada más. Comienzo el ascenso
al Himalaya, lamentando no haber traído los crampones y el bastón de colorines,
ese con punta asesina; la maleta sujetada a pulso delante del cuerpo, con la
mano derecha me aferro a la línea de vida en forma de barandilla. En el
repecho, en efecto, hay un hueco a la izquierda, una cristalera, una puerta
cerrada; en el interior todo el cristal cubierto con una cortina gruesa, parda,
viejuna y deshilachada. No se ve nada tras ella, sólo oscuridad.
─Bienvenido al Palace ─dice la vocecita de mi interior,
con algo parecido al recochineo.
El chaval ha desaparecido escaleras arriba, no sin antes
girarse y desearme buena suerte. Leo todo tipo de mensajes, entre líneas, junto
al buen deseo. Intento que mi lado positivo, enclenque de por sí, le de un buen
empujón al negativo que, además de estar cachas de gimnasio, se está viniendo
arriba.
Sobre la ventanilla otro cartelito. ¿Lo adivinan? Eso es, el
número telefónico idéntico. Sigue aparentando corresponder a una línea fija. ¿Y
ahora qué hago? Comienzo a ojear todo tipo de tarjetas y panfletos ─expuestos
en un casillero en la pared opuesta─ sobre lo que puedes hacer ─legalmente─
en la capital holandesa. Cinco minutos, veinte minutos, treinta… crecen los
minutos casi de forma exponencial. Conozco mentalmente todos y cada uno de los
eventos, museos, basílicas y catedrales a visitar. Dejo la maleta en una
esquina, casi inexistente. Es una estrechez disfrazada de corredor.
Calibro la situación en la que me encuentro. Río por no
llorar. Estoy dentro de un hotel, por decir algo. Más bien un hostal con
ínfulas de grandeza. Sin embargo, no tengo habitación asignada, ni llaves para
salir y entrar a voluntad. Tampoco dispongo de un sitio dónde, o una persona
responsable a quién confiar mi querida Gordita Azul. ¿Qué demonios hago ahora?
Cuarenta minutos.
Me hallo en tierra de nadie, sufriendo una espera sin fecha
de caducidad, en un limbo materializado en rellano (entre escaleras que
conducen verticalmente al cielo en forma de cama y aseo, y hacia abajo al
infierno, por caída accidental). Llevo tanto tiempo aquí que si solicitara el
empadronamiento me lo concederían.
Decido llamar. De perdidos al río. Intuyendo lo que va a
suceder.
Marco con cuidado el número, colocadas las gafas (previa
comprobación en la página de Reservas y Alojamientos.com si existe
un número de móvil. No lo hay). Da el primer tono… y, tras un par de segundos,
suena un teléfono tras la cristalera, como había intuido (no hace falta ser
Rappel) dentro de la supuesta recepción (ausencia de cartel alguno que así lo
corrobore). Segundo tono, de nuevo suena, tercero, lo mismo, cuarto… Bueno,
Jorge, ha quedado claro. Cuelgo.
Y ahí continúo. Sopesando seriamente llamar al Ayuntamiento
para comenzar el trámite de solicitud de padrón: Descansillo X, aledaño a la Escalera
Y, dentro del Hotel Z, Ámsterdam, código postal 007, Países Bajos. Un rato más
y solicito la nacionalidad.
En el transcurso de la espera cruzaron otros dos o tres
inquilinos. Me dirigí a ellos en un inglés vallecano, como el de los viejos
tiempos recién aterrizado en Edimburgo. Con la falta de uso (ya muchos años),
el idioma de Shakespeare que conservo haría revolverse en la tumba al creador
de Hamlet. Oxidado, acartonado, paupérrimo de léxico, parezco Cañita Brava en
la peli de Torrente (“You owe me 6000 pesetas worth of whisky”). Todos,
chavales, bien vestidos y repeinados, y extremadamente educados. Empiezo a
acojonarme de verdad. ¿Y si pertenecen a una secta como las que aparecen en las
pelis de los domingos a la tarde? ¿Tal vez la variante flamenca del Opus Tei o
de los Testigos de Tejota? ¿O sean miembros de alguna secta realmente chunga
con nombre: “Siervos de los Seres de Luz que Pronto Vendrán a Liberarnos”?
que aguardan pacientes a que la modorra y el cansancio del viaje me venzan,
caiga dormido, me metan en los servicios, la bañera llena de hielo… y me rajen
de arriba abajo para vender mis veteranos, pero bien conservados, órganos en el
mercado negro, junto al barrio rojo, en el distrito amarillo.
─Jorge, te dije que no respiraras tan fuerte cruzando los
doscientos veintitrés puentes en el trayecto, bajo ellos se acumula el humo
viciado de todas las shops de la ciudad ─dice la vocecita, rozando la
carcajada. La muy…
Se abre la puerta, allí abajo, lejísimos. Casi no puedo
distinguir al hombre que entra. Va subiendo, me mira, le observo yo también: ─traje
azulado, barato y sin corbata, cabello grisáceo y abundante, mostacho negro─,
comienza a hablar en inglés, con ese acento tan particular. Me recuerda al señor
que regía una tiendecita de ultramarinos en la esquina de mi calle en
Broomhouse. Paquistaní, quizás indio, pero no lo creo.
Se disculpa de una manera peculiar, echándome la bronca.
Pero de buen rollo. Sonríe de manera seria. Intuyo que estoy frente a un sujeto
que lograría vender arena en el desierto del Sáhara. Me cae bien, de inmediato,
incluso tras haberme ciscado en la mitad de sus ancestros. ¿Por qué no le he
llamado? Lo hice. No, no lo hizo. Diálogo de besugos a la brasa. Le digo que
sonó la llamada tras la cristalera. Incluso le enseño la pantalla del móvil, el
registro de llamadas. Aun observando el número, adjunto al nombre del hotel (lo
fiché), no me cree. Dice que el número fijo está desviado a su móvil. Pero que
le cuesta “un poco” conectar las llamadas. Equilicuá, me digo. Yo tampoco le
creo. Somos dos incrédulos tratando de razonar entre sí.
─Llama de nuevo ─dice, mientras relleno los papeles de
registro (hoy en día te piden hasta el número que calzas, hay hoteles que
solicitan saber el color de tus gayumbos).
Llamo por zanjar la discusión. El tipo pone su móvil sobre
el mostrador, me sorprende la funda de color amarillo pollito, con orejitas, le
da un toque surrealista a la escena (más si cabe). “Regalo de mi hijita
pequeña”, aclara el recepcionista, con ojos derretidos (imposible caerme mal),
leyendo mi pensamiento. Me pide que haga lo mismo, gestos con la mano acompañan
sus palabras. Ambos móviles, juntitos, planos, negro y amarillo, como si
estuvieran confiándose mensajes secretos. La situación roza la broma de cámara
oculta. Parecemos dos de los comensales de la gran película (y genial obra de
teatro): “Perfectos Desconocidos”: regla número uno, si un teléfono suena,
respondes con el altavoz encendido. Esperamos, expectantes.
Primer tono, suena el ring del fijo, en otra mesa detrás de
él. Su móvil calla como un canario deprimido. Segundo tono, segundo ring del
fijo. El móvil del recepcionista chitón. Tercero. Cuarto…
Al quinto tono, el maldito móvil orejudo suena. Tócate los
pies y di treinta y tres, pienso.
─¿Ves, ves? ─en inglés intuyo que me tutea, aunque no
hay manera de saberlo. Y añade, repetitivo, para que me quede claro─: Colgaste
muy pronto, muy pronto colgaste.
Tengo mis llaves, tengo mi room. Todo me da igual.
Dejo la maleta, me aseo, bajo los centenares de peldaños jugándome futuro y
salud. Salto a la acera, los rayos del sol ciegan mis ojos. Pongo los dedos a
modo de visera: peatones, jolgorio, bicicletas, pitidos, risas… libertad.
─Estamos de vacaciones en Ámsterdam, relájate de una
maldita vez ─digo
a la puñetera vocecita que nunca calla.
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