miércoles, 1 de abril de 2026

F247 - Perfectos desconocidos (Ámsterdam) (III)

Miles de pensamientos cruzan mi mente. Ninguno de ellos positivo. Releo, por enésima vez, el cartel de marras: “Vuelvo pronto”, seguido de un número de teléfono con toda la pinta de corresponder a una línea fija, materializada en un aparato estático, de tipo góndola con cable enrollado, un artilugio antediluviano al que pilló ya anciano la aparición del primer Motorola. ¿Habré sido timado? ¿Cuánto tiempo significa ‘pronto’? ¿Estará el buen hombre de excursión relax, tal vez despatarrado en un sofá bajo, en uno de los numerosos coffee shops, dando chupetadas a la cachimba?

Trato de calmarme. Piensa positivo, chaval. Siempre positivo, me digo. Miro la acera arriba y abajo, docenas de personas, pero claro, un pequeño detalle, no tengo ni idea del aspecto del recepcionista, si es que existe tal figura. Tampoco me dieron ningún código de acceso ni consta panel numerado alguno. Allí estoy, contemplando el dichoso cartelito pegado con celo en la puerta estrecha, de madera, de color verde. ¿Llamo o no llamo? ¿Me doy una vuelta y regreso al cabo de un rato? Qué rollo, con la maleta. Lo cierto es que estoy cansado del vuelo, del tren, de esa tensión que nunca logro sacudirme del todo cuando viajo, da igual que sea por vacaciones. Siempre ese puntito de estrés viaja gratis en la maleta, no se quiere extraviar, no me quiere perder. Y hasta que no dejo los bártulos en la habitación correspondiente, me cambio de ropa y salgo a la calle de la ciudad desconocida, ahí permanece agazapada, la tensión, entre camisetas, calcetines y calzoncillos. Necesito deshacerme del equipaje, asearme y volver a pisar la acera para poder gritar al cielo: ¡estoy de vacaciones en Ámsterdam!

Acerca de esto cavilaba cuando…

Excuse me.

Me giro, al tiempo que me disculpo, dejando pasar a la persona que habló a mis espaldas y a quien, distraído, bloqueaba el paso. Es un muchacho joven, bien vestido, de cabello rubio y peinado un tanto anacrónico, con el flequillo forzosamente apartado del rostro, por algún potingue pegajoso. Tiene pinta de estudiante de Oxford, por lo menos. Le cedo la posición y abre la puerta. Tras mis preguntas se limita a responder que él tan sólo es un inquilino, no tiene ni idea de cuando abren la recepción y desconoce a la persona que la atiende. Me invita a pasar, a no quedarme en la calle. Me parece una buena idea, aunque el día es claro y brillante.

Aquí tiene la recepción continúa en inglés. Lo dice ya de espaldas, empezando a subir las escaleras, con agilidad envidiable.

Ante mí: no hay siquiera espacio para permanecer tras la puerta, de inmediato la escalera, angosta entre pared y pared, claustrofóbica, más arriba intuyo otra más, en curva. Unos doscientas setenta y cinco peldaños, así a ojo, de profundidad para pie de niño en párvulos, cubiertos por una alfombra roja remachada por una barrita dorada entre cada uno de ellos, y con una inclinación rozando la verticalidad. No visualizo nada más. Comienzo el ascenso al Himalaya, lamentando no haber traído los crampones y el bastón de colorines, ese con punta asesina; la maleta sujetada a pulso delante del cuerpo, con la mano derecha me aferro a la línea de vida en forma de barandilla. En el repecho, en efecto, hay un hueco a la izquierda, una cristalera, una puerta cerrada; en el interior todo el cristal cubierto con una cortina gruesa, parda, viejuna y deshilachada. No se ve nada tras ella, sólo oscuridad.

Bienvenido al Palace dice la vocecita de mi interior, con algo parecido al recochineo.

El chaval ha desaparecido escaleras arriba, no sin antes girarse y desearme buena suerte. Leo todo tipo de mensajes, entre líneas, junto al buen deseo. Intento que mi lado positivo, enclenque de por sí, le de un buen empujón al negativo que, además de estar cachas de gimnasio, se está viniendo arriba.

Sobre la ventanilla otro cartelito. ¿Lo adivinan? Eso es, el número telefónico idéntico. Sigue aparentando corresponder a una línea fija. ¿Y ahora qué hago? Comienzo a ojear todo tipo de tarjetas y panfletos expuestos en un casillero en la pared opuesta sobre lo que puedes hacer legalmente en la capital holandesa. Cinco minutos, veinte minutos, treinta… crecen los minutos casi de forma exponencial. Conozco mentalmente todos y cada uno de los eventos, museos, basílicas y catedrales a visitar. Dejo la maleta en una esquina, casi inexistente. Es una estrechez disfrazada de corredor.

Calibro la situación en la que me encuentro. Río por no llorar. Estoy dentro de un hotel, por decir algo. Más bien un hostal con ínfulas de grandeza. Sin embargo, no tengo habitación asignada, ni llaves para salir y entrar a voluntad. Tampoco dispongo de un sitio dónde, o una persona responsable a quién confiar mi querida Gordita Azul. ¿Qué demonios hago ahora?

Cuarenta minutos.

Me hallo en tierra de nadie, sufriendo una espera sin fecha de caducidad, en un limbo materializado en rellano (entre escaleras que conducen verticalmente al cielo en forma de cama y aseo, y hacia abajo al infierno, por caída accidental). Llevo tanto tiempo aquí que si solicitara el empadronamiento me lo concederían.

Decido llamar. De perdidos al río. Intuyendo lo que va a suceder.

Marco con cuidado el número, colocadas las gafas (previa comprobación en la página de Reservas y Alojamientos.com si existe un número de móvil. No lo hay). Da el primer tono… y, tras un par de segundos, suena un teléfono tras la cristalera, como había intuido (no hace falta ser Rappel) dentro de la supuesta recepción (ausencia de cartel alguno que así lo corrobore). Segundo tono, de nuevo suena, tercero, lo mismo, cuarto… Bueno, Jorge, ha quedado claro. Cuelgo.

Y ahí continúo. Sopesando seriamente llamar al Ayuntamiento para comenzar el trámite de solicitud de padrón: Descansillo X, aledaño a la Escalera Y, dentro del Hotel Z, Ámsterdam, código postal 007, Países Bajos. Un rato más y solicito la nacionalidad.

En el transcurso de la espera cruzaron otros dos o tres inquilinos. Me dirigí a ellos en un inglés vallecano, como el de los viejos tiempos recién aterrizado en Edimburgo. Con la falta de uso (ya muchos años), el idioma de Shakespeare que conservo haría revolverse en la tumba al creador de Hamlet. Oxidado, acartonado, paupérrimo de léxico, parezco Cañita Brava en la peli de Torrente (“You owe me 6000 pesetas worth of whisky”). Todos, chavales, bien vestidos y repeinados, y extremadamente educados. Empiezo a acojonarme de verdad. ¿Y si pertenecen a una secta como las que aparecen en las pelis de los domingos a la tarde? ¿Tal vez la variante flamenca del Opus Tei o de los Testigos de Tejota? ¿O sean miembros de alguna secta realmente chunga con nombre: “Siervos de los Seres de Luz que Pronto Vendrán a Liberarnos”? que aguardan pacientes a que la modorra y el cansancio del viaje me venzan, caiga dormido, me metan en los servicios, la bañera llena de hielo… y me rajen de arriba abajo para vender mis veteranos, pero bien conservados, órganos en el mercado negro, junto al barrio rojo, en el distrito amarillo.

Jorge, te dije que no respiraras tan fuerte cruzando los doscientos veintitrés puentes en el trayecto, bajo ellos se acumula el humo viciado de todas las shops de la ciudad dice la vocecita, rozando la carcajada. La muy…

Se abre la puerta, allí abajo, lejísimos. Casi no puedo distinguir al hombre que entra. Va subiendo, me mira, le observo yo también: traje azulado, barato y sin corbata, cabello grisáceo y abundante, mostacho negro, comienza a hablar en inglés, con ese acento tan particular. Me recuerda al señor que regía una tiendecita de ultramarinos en la esquina de mi calle en Broomhouse. Paquistaní, quizás indio, pero no lo creo.

Se disculpa de una manera peculiar, echándome la bronca. Pero de buen rollo. Sonríe de manera seria. Intuyo que estoy frente a un sujeto que lograría vender arena en el desierto del Sáhara. Me cae bien, de inmediato, incluso tras haberme ciscado en la mitad de sus ancestros. ¿Por qué no le he llamado? Lo hice. No, no lo hizo. Diálogo de besugos a la brasa. Le digo que sonó la llamada tras la cristalera. Incluso le enseño la pantalla del móvil, el registro de llamadas. Aun observando el número, adjunto al nombre del hotel (lo fiché), no me cree. Dice que el número fijo está desviado a su móvil. Pero que le cuesta “un poco” conectar las llamadas. Equilicuá, me digo. Yo tampoco le creo. Somos dos incrédulos tratando de razonar entre sí.

Llama de nuevo dice, mientras relleno los papeles de registro (hoy en día te piden hasta el número que calzas, hay hoteles que solicitan saber el color de tus gayumbos).

Llamo por zanjar la discusión. El tipo pone su móvil sobre el mostrador, me sorprende la funda de color amarillo pollito, con orejitas, le da un toque surrealista a la escena (más si cabe). “Regalo de mi hijita pequeña”, aclara el recepcionista, con ojos derretidos (imposible caerme mal), leyendo mi pensamiento. Me pide que haga lo mismo, gestos con la mano acompañan sus palabras. Ambos móviles, juntitos, planos, negro y amarillo, como si estuvieran confiándose mensajes secretos. La situación roza la broma de cámara oculta. Parecemos dos de los comensales de la gran película (y genial obra de teatro): “Perfectos Desconocidos”: regla número uno, si un teléfono suena, respondes con el altavoz encendido. Esperamos, expectantes.

Primer tono, suena el ring del fijo, en otra mesa detrás de él. Su móvil calla como un canario deprimido. Segundo tono, segundo ring del fijo. El móvil del recepcionista chitón. Tercero. Cuarto…

Al quinto tono, el maldito móvil orejudo suena. Tócate los pies y di treinta y tres, pienso.

¿Ves, ves? en inglés intuyo que me tutea, aunque no hay manera de saberlo. Y añade, repetitivo, para que me quede claro─: Colgaste muy pronto, muy pronto colgaste.

Tengo mis llaves, tengo mi room. Todo me da igual. Dejo la maleta, me aseo, bajo los centenares de peldaños jugándome futuro y salud. Salto a la acera, los rayos del sol ciegan mis ojos. Pongo los dedos a modo de visera: peatones, jolgorio, bicicletas, pitidos, risas… libertad.

Estamos de vacaciones en Ámsterdam, relájate de una maldita vez digo a la puñetera vocecita que nunca calla.

 

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