martes, 16 de junio de 2026

F256 - Hay humor que mata

“Que no me vea, por favor, que no me vea. Que no pose sus ojos depredadores en mí”. Río con ganas, pero tratando de no caer en lo escandaloso (mi modo natural de carcajear). Siento goterones de sudor recorrer las axilas; menos mal que elegí la camisa roja, la cual me queda grande, lo suficiente para que los surcos de humor sobaquero no arruinen todo. “No hagas aspavientos”, sigo conversando conmigo mismo, que ya tengo experiencia. O con la vocecita, que a veces va por libre, siempre picajosa, siempre metiendo la puntilla, siempre reventando la escena: No gesticules, no muevas los brazos al reír. ¡Para ya de juguetear con el botellín de agua! Déjalo en el suelo, fuera de sus ojos cazadores. Que nada llame su atención. Fúndete con la butaca, camufla tu presencia con la columna gruesa que te toco de acompañante. A tu diestra. Que nada despierte su ojo vigilante. Que no pose la mirada en mí.

Aquí estoy solo, pegado al pilar protector en una diminuta sala de teatro, disfrutando a la par que sufriendo, como un novio indeciso, del espectáculo en forma de monólogo. Un monólogo por y para parejas, advierte el anuncio. Y yo solo, como vine al mundo. Solo que es mi forma de estar; la soledad, mi hábitat mundano. Lo extraño hubiera sido gozar de compañía, no digamos ya femenina. Eso habría supuesto la bola extra de la maldita lotería primitiva. Sí, ese boleto que cada jueves rasgas en cuatro pedazos, soñando, como un parvulito en víspera de Reyes, que la próxima semana será la tuya. Que darás el campanazo, que al fin podrás comprar ese piso soñado, en cuyo living instalarás una gigantesca librería, fea, funcional, con baldas de obra blancas, impolutas, que alcanzarán del suelo al techo, ocupando tres de las cuatro paredes (la cuarta reservada para el pecado en forma de televisión gigante, Netflix, ya saben) donde cabrán cientos de libros. Así, nunca jamás tendré que deshacerme de ellos—por falta de espacio—: regalarlos, donarlos a la biblioteca pública, abandonarlos a su suerte en charity shops escocesas en bolsas de plástico del Tesco, condenarlos al fondo del contenedor de tapa azul. ¡Maldigo todos los contenedores azules que engulleron, con voraz indiferencia, millones de palabras! La próxima semana, Jorge, será tu semana, tu boleto ganador, tus seis bolitas y complementario. Tu piso moderno, tu librería de solterón de película a lo Hugh Grant. Quién desea mujeres habiendo libros.

Pares versus Impares, reza el título del monólogo. El tipo exhibe cierta gracia, al menos la que lleva anclada en su adeéne. Es andaluz. Ponga un tópico en su vida porque suele funcionar. No me imagino a un bilbaíno con esa chispa, a pesar de que, de nuevo, me hallo en un local de la ciudad exagerada. De Almería, dice ser; recuerdo a una amiga de Mojácar, en mis tiempos escoceses, que cuando se excitaba su hablar ganaba velocidad y la jerga resultante se acercaba más al marciano que al castellano. ¿O quizás era de Murcia?

Luce look a lo Goyo Giménez, calvo rasurado, perilla; tal vez con la ingenua esperanza de que el aspecto le proporcionará el resto. No lo hace. Le quedan miles, millones de pasitos sobre las tablas para rozar el gracejo del loco admirador de los yanquis: “No os lo cuento, mejor lo muestro”.

Sin embargo, esa lejanía del crack le acerca al público, le permite bajar del escenario, tirando de un cable de micrófono larguísimo (¿acaso no existen los inalámbricos, o lo hace a posta para acojonar?). Le da por descender los escalones a cada rato, hacia las primeras filas, tantear, buscar, observar… preguntar. No le mires, Jorge, ni te muevas, deja ya de sobar la puta botella. Que no se aproxime, que no pregunte, que no haga de mí el monigote de la risa, el saco de carcajadas para toda la maldita sala. ¿Por qué carajo permitiste a la aplicación elegir tu sitio? Fila número dos. Butaca trece. Otra vez el trece, como en Madrid, no espabilas chaval. Di que en Madrid fui obsequiado con la contemplación de la Pareja Feliz. Mereció la pena. Fila dos, tiemblo sólo de pensarlo. Bendigo la columna, mi querido pilar, como si fuera un amante, mi compañía, algo entrada en carnes (más bien, piedra), que me da cobijo, cierto camuflaje. Mas, el rey de la chanza sureña ya ha paseado sus ojos por mi persona. Conoce mi existencia. Sabe que rezo para que no me tienda el micrófono. Debió de estudiar el curso de CCC: Telepatía y otros Usos Ocultos de la Mente Humana. Lo sabe con certeza, y eso es lo peor.

Interroga a las parejas de las primeras filas. Antonio, dice llamarse el marido: cabello blanco, escaso, buena planta, americana formal. Cuarenta y ocho tacos, dice tener (así lo dice, ‘tacos’). “Bien llevados”, dice el humorista. Nadie se ríe, todos parecen estar de acuerdo, yo creí que era un chiste improvisado, parte del repertorio, como el mago que extrae paloma o conejo de la chistera. Si me pregunta la edad el joven se desmaya. Le llevo unos cuantos años al amigo Tony, y parezco su primo menor.

Vislumbro la escena. Abrirá mucho los ojos: “¿Cuántos años dices que tienes?”. Sana mata de pelo (toco madera) cuidadosamente despeinada, ni una sola cana (vida sin hipotecas), rostro lampiño, algo aniñado. Resultado de un pacto con el diablo según mi querida hermana (de los millones de euros prometidos se olvidó, el muy…). Vestimenta juvenil (no me puse una americana desde el día de la Primera Comunión). Entonces, ordenará que me levante, incluso que me acerque a él, que suba al escenario, me pasará el micrófono (tropezaré con el infame cable extenso), me solicitará el deneí, incrédulo, cual agente de la Benemérita en un control de alcoholemia: “Buenas noches, caballero, me permite su documentación”. Me temblarán los dedos bajo el foco abrasador, las gotas de sudor echarán carreras por las mejillas. ¿Y si voy preparando el documento: lo extraigo de la carterita? ¿Quizás colocarlo entre los dientes? No, no puedo hacerlo, mis movimientos me delatarán. El goyo murciano detectará el hedor a presa asustada. Y entonces, mostrará los colmillos, goteantes, posará sus ojos de lobo hambriento en mí, me apuntará con el micrófono: “Tú, el de rojo”, dirá (otra vez… luego les cuento). Me preguntará la fecha de nacimiento, rápido, tratando de sorprenderme, como un camarero ante la adolescente nerviosa que jura y perjura tener dieciocho años (okey, salvando las distancias). Su mente ágil, como la de todo artista sobre un escenario, realizará el cálculo matemático en un segundo. Y comenzará la vacilada.

Me exhibirá como si fuera un potro en venta. Me pedirá que muestre los dientes, que gire sobre mí mismo, como si de una muestra de ganado se tratara. Qué vergüenza anticipada. Qué bochorno prematuro. Más sudor. El cerco empieza a saltarse la distancia que le permitía la talla superior. Transpiro como lo hice en pleno examen de Selectividad hace más de treinta años (“Que no caiga Kant, por favor, que no caiga Kant”). Mierda. La cantinela también similar: que no me mire. Que no me señale. Que no me pregunte.

Río a carcajadas, conteniendo ese puntito extra de alborozo. Resulta gracioso con tan sólo contarlo como lo cuenta. Ventajas de la cuna meridional, supongo. Uno de Lequeitio no tiene ni puta gracia, aunque beba cuatro calimochos antes de subir al escenario. Es un disfrute extraño, río, tiemblo, sudo. De acuerdo, no tiemblo, pero no soporto la idea de ser la diana de sus chanzas. ¿Viniste solo a un monólogo para parejas?, dirá, alzando mucho las cejas, abriendo los ojos cual caricatura japonesa, disparando con bala mientras mira al público, gustándose, como el mismísimo Cristiano Ronaldo al marcar un libre directo: ¡Siiiuuuuu!

—No, vine con Pilar —diría yo, pasando el brazo alrededor de la columna a mi vera.

La gente romperá en carcajadas, y él, herido en el orgullo humorístico, me acosará a preguntas, lanzará todo su arsenal de chascarrillos, burlas y prejuicios.

—¿Solo?, a Su edad, solamente Le quedará el residuo para elegir, rebuscar en el cestón de todo a dos euros del Primark —dirá impertinente, marrullero, buscando sangre, adoptando el tratamiento de usted como puntilla—… o el contemplar obras: mire, justo aquí enfrente están colocando los cimientos de una torre.

Hace meses, en otra ciudad, otro monólogo. El cómico se fijó en mí, a pesar de hallarme en filas posteriores. Ahora caigo que vestía la misma camisa roja. Mierda. El sujeto bromeaba sobre gimnasios, runners, la moda enfermiza del pádel. Nada nuevo bajo el universo monologuista (Leo Harlem lo bordó, y jamás nadie le dio alcance).

—¿Alguien sabe qué es el crossfit? —lanzó al vuelo.

Silencio. Sonrisas incómodas. Miradas al techo, al suelo, al acompañante.

—Tú, el de rojo.

Mierda.

—Sí, tú. ¿Sabes qué es el crossfit? —repite el joven delgado, fibroso, atlético hasta la náusea.

Ya vengo sudado, desde hace rato. ¿Ansiedad? ¿Timidez? ¿Miedo al ridículo? Qué sé yo. Nunca me gustó el foco individual del espectáculo.

—Tengo una ligera idea —digo porque no sé qué decir.

—Una ligera idea. No me extraña, con ese cuerpo… —una forma sutil de llamarme ‘puto gordo’.

Risa generalizada. Ausencia de miradas hacia mí; audiencia temerosa; nadie anhela ser el próximo objetivo. Acompaño el vacile con risotada forzosa y, por lo bajini, me cisco en su par de muertos más fresco: quid pro quo, como decía el entrañable Hannibal Lecter: tú te burlas, yo te muerdo.

Suena un móvil entre el público y, de inmediato, veo cielo abierto. Salvado por la campana, por la característica melodía de Vodafone.

Mister Musculitos levanta el hocico cual hiena oliendo carroña. Ya lo advirtió antes del show: “Si un teléfono suena, YO responderé a la llamada, con altavoz para todos”. Muy en la línea del film “Perfectos Desconocidos” (que si mal no recuerdo ya recomendé).

Una mujer de mi edad, azorada, confiesa que es su móvil el causante del revuelo. Se lo ofrece a regañadientes: “Es mi hija”, dice: “Amagoia”.

—¿Eres Amagoia? —pregunta el cazador de almas.

—Sí… —oímos por el altavoz. Gran silencio, alguna risa suave incontenible.

—Ven a recoger a tu madre… que la está liando parda —dice el profesional del humor chabacano.

Tan sólo escuchamos (incluida Amagoia) la primera parte de la frase; de repente, se oye un gemido terrible qué, debido al ambiente festivo, y a las cañas consumidas, creemos una risa extraña, de esas escandalosas. No lo es, como supe luego (lo aclaró la madre en el piscolabis posterior).

Se trataba de un alarido penoso, un gemido de pánico, de ansiedad emitido por la hija al escuchar a un desconocido responder el teléfono de su madre y decir que viniera a buscarla. No se trataba de una cría, ni siquiera de una adolescente. Pero era su hija única, con la que convivía, que padece ansiedad. Sólo la dulce voz materna, protectora, consiguió apaciguarla después de unos minutos.

Todo eso lo aprendimos más tarde, claro. En el momento del acto, cuando más allá de la línea una persona sufría, a este lado todos nos partíamos de la risa.

Así que, un par de consejos, más bien tres, si acuden a un show de monólogos: silencien el móvil, huyan de las primeras filas… y no vistan de rojo.

¡Cuánto daño hizo el Club de la Comedia!


Relacionada: F233 - Sintiendo colores

 

sábado, 30 de mayo de 2026

F255 - Jugando a las casitas (2a parte)

Lo prometido es deuda. Para recordar pinche aquí.

 

Relato 48 - 2026

 

        El Richi y Luna

Un día cualquiera, en un modesto barrio de una pequeña ciudad anónima.

Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

¿Ricardo, se puede saber de qué coño hablas? pregunta Luna.

Empieza a pensar que este chico no está bien de la cabeza, o que simplemente disfruta destrozando dichos populares, los adereza a su gusto, lo mismo te suelta un ‘De perdidos al pozo seco’ que un ‘Quien a buen árbol se arrima de mala leche se pone’. Lo que empezó como una broma en primero de la ESO, cuando estudiaron los refranes en clase de Lengua, se ha convertido en obsesión. Ya no tiene remedio.

Él la mira, divertido, sin añadir nada. Parece disfrutar de la incomodidad que provoca. Aunque, en el fondo, más le fastidia que se dirija a él mediante su nombre original (y ella lo sabe), pero no le dará el gusto de mostrar su propio malestar. Por fin, se apiada, y señala el número de la casilla del tablero de Parchís donde permanece su ficha colorada. Luna da una calada al porro, sentada sobre sus piernas al otro lado de la mesa de camping en la que juegan. Entretanto, el dado rueda por el suelo.

Déjate de refranes tuneados, bobochorra, y tira de nuevo anda, que lo que salga en el suelo no vale. ¡Menudo torpe! Además, en todo caso, sería “la 48”, y no me refiero a uno de tus putos micromachismos sino a tu querida gramática: “LA casilla 48”.

Sería ‘el’ porque se refiere a uno de los caminos.

¿Pero qué cojones hablas de casillas y caminos, tolai, te has fumao algo sin mí?

Richi se agacha despacio y recoge el dado. Paradojas de la vida, piensa: haría cualquier cosa por ella y cada día la soporta menos, siempre corrigiéndole y acusándole de machista y de niñato. Cualquier día de estos le manda a paseo. Se encuentran en una lonja propiedad de los padres de Luna, junto al portal de su casa. La cochera está vacía, salvo por un ciclomotor, cubierto con una lona de poliéster, en el rincón del fondo. Ella la acondicionó, a su gusto, para las últimas fiestas del barrio: paredes pintadas de amarillo pastel, con mensajes de buen rollo en violeta y cuatro posters torcidos —así queda más cool: Karol G, Maluma, Bad Bunny, Eminem… su preferencia musical, todavía un batiburrillo preadolescente. A Luna le relaja la mezcolanza de olores que flota en el ambiente cerrado de la lonja: a gasolina, marihuana, pintura, y al zurracapote que ellos mismos prepararon (el barreño, aún sin fregar, con brotes de moho, apartado junto a la moto).

Un suave golpeteo en la puerta.

Tras intercambiar una mirada, Luna se acerca al portón:

¿Sí?

Soy yo dice una voz masculina.

Luna abre la portezuela insertada en el portóny le franquea el paso. Se trata de Quini, unos años mayor, quien de vez en cuando les visita y trae consigo algún obsequio cual Papá Noel (un cogollo de maría, un par de emes, alguna pastilla de color desconocido).

¿Lo has traído? —pregunta la chica, sin poder evitar sonrojarse ante aquellos ojos verdes.

—¿Quizá lo dudas? —responde a lo gallego, luciendo su sonrisa de lobo manso. Le tiende el bulto embalado que guardaba en la cinturilla de los vaqueros, oculto por la camiseta, guiñando un ojo.

Luna, más nerviosa si cabe, rompe el vasto envoltorio con cierta torpeza. Richi, que permanece sentado, contempla la escena; celoso a la par que admirador del maldito Quini; quemaría todos sus libros porque ella lo mirara así.

—Entonces, ¿el pipiolo será bautizado? —dice Quini, alzando las cejas.

—Por supuesto, ¿verdad, Richi?

Richi se limita a sonreír, intentando no mostrar su estado de nerviosismo. Aprieta el dado hasta que los seis puntitos quedan grabados en la palma de su mano.

—Recordad, esto no existe —dice el recién llegado señalando el paquete, a medio deshacer, en manos de Luna— y lo más importante: aquí el Quini entró a pediros un piti —añade, la mirada fría como la de un tiburón; se acabaron las sonrisas.

Luna abre la caja que ocultaba el envoltorio. Sus ojos reflejan excitación, incredulidad y un puntito de miedo.

—¿Está…?

—Listo para usar, ni lo toquéis antes de la hora pactada —responde Quini, sin necesidad de escuchar la pregunta completa. Agarrada la manilla se gira—: lo dicho, gracias por el pitillo. A mí no me conocéis de nada…

La puerta se cierra con un ruido lapidario.

—Dime con quién vas y te diré qué número de pie calzas.

—¿En serio, Richi, en puto serio? —dice Luna, mostrándole el contenido, para cortarle la tontería.

—Perdona, son los nervios.

Luna cierra la tapa y busca un escondite. Richi la observa en silencio, todavía siente el dado hiriendo el interior de su mano.

—Dale, tira de nuevo a ver si escapas de la puta 48, que este juego tuyo es aburrido no, lo siguiente —dice la muchacha.

—Mi madre dice que servirá para centrarme y calmar la ansiedad.

—Tu vieja es una santa… o una bruja camuflada.

El chico iza la mirada, clava sus ojos en los de ella, ni rastro de docilidad.

—Venga, bro, no te rayes, iba de coña.

Richi decide eso mismo, no rayarse, pues Luna —a pesar del postureo de malota— ha sido la mejor compañía desde el accidente en que perdió a su padre y a su abuela Rosario, la cual lo adoraba (el verano pasado, volviendo del río, un conductor borracho, un Stop profanado; Richi resultó ileso y su madre se había quedado ayudando en la iglesia). Bueno, el sentirse hechizado por ella desde parvulitos es meramente circunstancial.

Mañana será el gran día, el día D lo tildan en las películas, piensa Richi. Pasarán la noche en la bajera. Su madre marchó de excursión a Lourdes, con el grupo de la parroquia; siempre la mano derecha del sacerdote. Los padres de Luna trabajan el horario nocturno, ella de camarera en la discoteca, él como operario en una fábrica de electrodomésticos.

Comparten un viejo colchón, estrecho y demasiado blando, con varias manchas desagradables que la chica cubre con una sábana vieja. Se abrigan con una manta que tomaron prestada del cuarto de Luna.

Descartan dormir en el piso parental, por el riesgo que entrañaría trasladar el regalo allí, y tampoco desean perderlo de vista.

—La vida nos va en ello, literal —dice ella, ante la propuesta de Richi para utilizar su dormitorio— cuanto más cerca de eso, mejor —añade, señalando el recoveco donde ocultó el paquete.

El chaval trata de convencerla para darse calor mutuamente. Así lo dice, utilizando el obsoleto eufemismo. Luna responde con su propio estilo, rompiendo la magia:

—Cuando superes la prueba y dejes de ser un pringao, harás conmigo cosas de no puto pringao.

—Eres un diccionario con pezuñas —sonríe él.

—¡Que te jodan!

—Buenas noches, Luni.

—Buenas noches, Richi, espero que no estés tan cagado como yo.

—…

Richi no logra conciliar el sueño, sabedor del morrocotudo lío en que se ha metido él solito. Luna ronca como un gorrino constipado desde que su preciosa cabecita tocó el colchón. Sin embargo, él no cesa de darle vueltas a la cabeza, ya es casualidad, se dice, ¿y si fuera una señal? ¿Y si la yaya intentara advertirme desde el cielo, que es una locura, que abandone, que salga corriendo? “Los de la 49”, repasa una y otra vez el nombre de la banda donde quiere ingresar, a la cual pertenece Luna, recordemos: su amor platónico desde la más tierna infancia. “Los de la 49”, dice de nuevo en voz alta, buscando respuestas en el techo blanquecino que traspasa la penumbra, gracias a la luz de la farola que se cuela por los ventanucos superiores. Ignora el porqué del nombrecito, alguna imitación de las bandas yanquis, o un homenaje, supone. “El dado cayó al suelo… dos veces consecutivas, tras rebotar en el tablero, con mi ficha roja en la casilla 48… pero no lo tiré con excesiva fuerza… no lo lancé tan fuerte… es como si algo, o alguien, quisiera impedir mi paso por la casilla 49”, reflexiona. “¿Y si es una señal?”

Amanece y tímidos rayos de sol atraviesan los cristales encima del portón. Luna bosteza, Richi mira fijamente la bombilla desnuda que cuelga del techo. No ha pegado ojo en toda la noche.

Luna mordisquea una galleta rellena de chocolate, aunque no lo confesara ni bajo tortura, su estómago está casi cerrado. Le ofrece el paquete a su amigo, pero éste lo rechaza:

—Leí en algún sitio que es mejor enfrentarlo con el estómago vacío —dice Richi.

—Tú y tus putos libros —replica ella, intentando controlar el temblor de su voz —mejor si hubieras practicado.

El muchacho se levanta de la silla:

—Es la hora, vamos —dice, su tono, veinte años mayor.

Cruzan la carretera, el chico va primero, ella un par de pasos detrás.

Richi se lleva la mano derecha al bolsillo interior de la cazadora. Sus dedos rodean el objeto que Quini trajo: un viejo revolver corto, con el tambor vacío de balas (el Quini dudó sobre esto hasta el último minuto, pero no está dispuesto a rifarse la libertad por un par de mocosos jugando a las banditas).

Entra en la tienda, minutos después de que el cartel rezase ‘Abierto’, Luna permanece fuera, de espaldas a la puerta, vigilando calzada y acera, ambas desiertas. No se trata de un asunto de dinero, saben que no lo obtendrán a semejante hora, es una cuestión de valor, un bautismo de fuego según los pandilleros.

El tendero, un señor paquistaní de unos cincuenta años, queda paralizado ante el cañón del arma con el que aquel niño apunta su rostro.

—¡No hay dinero, no dinero! ¡La caja vacía! —dice, el miedo comiéndole palabras.

Mientras habla —una mano en alto— abre con la otra el cajetín. Hay unas poquitas monedas que caza con dedos temblorosos. Ni un mísero billete de cinco euros. Deposita la calderilla sobre el mostrador, al alcance del chiquillo.

Richi, que siempre fue rápido con los números, por los que siente pasión, lanza un vistazo a las monedas que han dejado de bailotear y reposan sobre la superficie de madera; las cuenta prácticamente al vuelo: una de veinte céntimos, dos de diez, otra de cinco y tres diminutas de un céntimo: en total, cuarenta y ocho céntimos.

El chico queda perplejo, boquiabierto, la mirada extraviada en algún punto más allá del mostrador, sin percatarse de una sombra, en el límite de su campo visual, detrás de las estanterías de chuches.

—…el cuarenta y ocho no tenía salida —dice, de forma absurda, con voz queda; como si gozara de propia vida, el brazo que sujeta el arma baja junto al costado —. Sí que era una señ…  —no logra terminar la frase, siente un golpe en la nuca y todo a su alrededor se funde a negro.

Detrás de él, un mocetón, de tez morena y cabello negro, sostiene un garrote de madera y contempla su cuerpo inconsciente, tumbado en el suelo.

Luna escucha un ruido sordo en el interior y, tras asomarse con sigilo, sale corriendo calle abajo.

—¡Puto niñato! —farfulla, los ojos humedecidos.

Jadeante, al torcer la esquina, oye el ulular de las sirenas, cada vez más cercano, rompiendo la tranquilidad de otra mañana cualquiera, en un barrio sin nombre.




Relato 48 (2025): Pastel de zanahoria.

Relato 48 (2024): Frágil cual muñeca desnuda.

 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

F254 - Lances aeroportuarios (Ámsterdam) (y IX)

Día de regreso. De vuelta. De retorno. Baño de realidad. No hallo expresión alguna que describa lo inevitable.

Homenajeando a los malotes de Irvine Welsh, tomé la última dosis de droga en “The Dam”, a la que denominé BBB: Bye bye beer. No hay otra manera de enfrentarse al mundo real, al hecho de que en pocas horas tu día a día mundano —en forma de bultos, paquetes, madrugones y carreteras desiertas— volverá a imponerse en esa carrera de fondo a la que llamamos vida. La rutina contiene miles y miles de zancadas cortas, la respiración acompasada, la mirada a media distancia, mientras tu mente espera ansiosa una parada bajo la sombra del puente lejano, un trago de agua fresca, una nueva escapada… ¿A Berlín, tal vez?

Fui al aeropuerto con tiempo de sobra, como acostumbro; esta vez asegurándome de no dejar cabos sueltos camuflados con letra diminuta en la tarjeta de embarque. Sin facturaciones de última hora, que surgen del otro lado de la cortina para darte un susto y asaltar tu mermado bolsillo. Nada de sorpresas.

Me encanta cómo se lo montan los tulipanes, ignoro si será lo común en otras capitales de la Europa “civilizada”. Pantallita al comprar el billete de tren: en inglés: “Deseo ir al aeropuerto”, dice una de las casillas del menú primero. Punto. Clarito, sin trampa ni cartón ni asaltadores de caminos. Lo mismo pasó en el viaje de llegada, con el mensaje: “Deseo ir a la Estación Central de Ámsterdam” (desde el aeropuerto). ¿Tan difícil es? A ver si cunde el ejemplo en otros lugares.

El aeropuerto Schiphol es de ciencia ficción, al menos a ojos de este pueblerino con ínfulas de viajero. Minutos antes recibo otra notificación, recuerden que bajé todas las aplicaciones posibles relacionadas con el vuelo, ésta decía que debido a que el avión iba petado de españolitos retornados con miles de bolsas de compras y holandesitos de vacatas al paraíso ibérico con las maletas desbordadas, me ofrecían introducir el equipaje en la bodega, de manera gratuita. “Para ello, diríjase a nuestras máquinas de facturación automática, gracias”. Reconozco que me temblaron ligeramente las rodillas: ‘máquinas’ y ‘automática’ en la misma frase no me hacían la menor gracia. No me llevo bien con los bichos robóticos, como algunos de ustedes sabrán. Pero, al menos, te lo advierten con antelación, de forma precisa y educada (y gratuita) a diferencia del tiburón irlandés y sus secuaces.

Me aproximo a las dichosas máquinas que me miran torcido, con una mezcla de burla y maldad. Me saben presa fácil, las muy… Pienso, no por primera vez, que si el maldito Skynet se pone tonto y le da por lanzar el consabido ataque contra la Humanidad en mí hallará a una de sus primeras víctimas. En fin. Ante mi palpable inseguridad, escucho a mi espalda: “No se preocupe, usted, señor pueblerino, es muy sencillo”, dice la muchacha con uniforme azul marino de azafata terrestre, con otras palabras, eso sí, llenas de respeto y profesionalidad. Rubia, cómo no, cabello sujeto en la nuca mediante un artilugio, repeinado y tirante hacia atrás tanto, tanto que a punto estoy de ofrecerle un analgésico. Eso debe de doler.

Instrucciones que constan de cinco pasos en la pantalla. Al tercero falla, fallo, fallamos (el robotijo y yo, que algo de responsabilidad tendrá la cosa esta hecha de chips y tornillos). “Ponga la cinta-pegatina de código en el asa”. Parece sencillo eh, pues no. Un servidor, que tiene las uñas de gato con calcetines y presbicia. Misión imposible: separar la dichosa cinta. ¿Dónde está el puto Tom Cruise cuando se le necesita!, pienso llevado por la frustración. ¿Por qué no para un instante y se coloca las gafas, Señor Jorge?”, dice la vocecita interior con recochineo. La mando a paseo, a la Isla de las Últimas Voces, con permiso del gran Mikel Santiago. Aquello es imposible de separar. Llamo a la moceta —“¡Chist, bonita!”—, perdón, a la Azafata de Tierra Llana. “No hay que despegarlo. Es autoadhesivo, señor”, dice la joven imitando bastante bien el tonillo de mi vocecita interior. Media vida observando cómo el personal de check in despega los bordes de las pegatinas para ponerlas alrededor del asa de la maleta, y ahora me dan, a traición, una autoadhesiva. ¡Menudo complot!

Cuarto paso. Miiic. Rojo. Otro fallo.

¿Y ahora qué hice?

Mi ya casi amiga de azul vuelve a acercarse (lo cierto es que no se alejó mucho, y controlaba, de reojo, mis avances). “Tiene usted que poner la maleta de pie”; protesto, con una sonrisa nerviosa, mostrándole el dibujito en pantalla, que muestra claramente una maleta en posición horizontal. “Eso es para las maletas grandes”, dice, y suspira cual Doña Inés. “Póngala de pie”, repite. Así lo hago y el robot cierra su enorme boca tragándose a mi Gordita Azul.

Tras el quinto paso, la máquina hace ruiditos y expende una minúscula tarjeta con el número de identificación (también autoadherente) para pegarla sobre el DNI y así garantizar que no se pierda y reclamar el bulto en destino.

Ya libre de carga, tan sólo con la mochilita de mano, me dirijo a los Servicios. No pretendo ser escatológico, pero uno con los años aprende ciertas cosas. Antes de subir a un autobús de larga distancia, a un tren, a un avión, visite al Señor Roca y pídale permiso para redactar un fax en su oficina, si es posible. Los nervios y la comida a bordo son muy traicioneros.

No se rían, fíjense en la última excursión que hicieron los yanquis a la Luna, invirtieron tropecientos mil dólares para un john (así llaman al WC) como Dios manda… y se estropeó a las primeras de cambio. Allí en medio de la nada, contemplando por el ventanuco a lo lejos la Tierra toda azul agua… que debe de provocar unas ganas… No quiero imaginar el momento.

Siempre hay que guardar una lista mental de buenos Servicios, allá donde vayas, por si surge una emergencia (esos platos exóticos, esa salsa de color sospechoso). Pienso todo esto y, divertido a la par que incómodo, caigo en la cuenta de que cada vez me parezco más a George Constanza, uno de los protagonistas de Seinfeld, y distraídamente meso mi cabello, y susurro una plegaria al tiempo que cruzo los dedos. El tipo luce menos pelo que una muñeca desechada.

Los lavabos de Schiphol son futuristas, como de nave cósmica. Los espacios, gigantescos, blancos e impolutos, tanto la zona de urinarios y lavamanos como los cubículos. Dentro de éstos podrías tumbarte y dormir una siesta. ¡Cinco percheros de madera, cinco! Están situados en una de las mamparas laterales. Ahí podrías colgar abrigo, chaqueta, mochilita, jersey y camiseta y quedarte medio en pelotas sobre el trono. Lo dicho, más George que nunca (él así lo hace, sin camisa).

Siguiente parada. Seguridad. A pesar de ir sobrado de tiempo prefiero quitarme el trámite de encima. Al arco de inspección sabes cuándo llegas, pero ignoras cuándo vas a salir. Y el avión no espera.

Atravieso dicho arco. Previamente dejé bolsa, chaqueta, cinturón y (casi) todo el contenido de mis bolsillos en la bandeja, que pronto asomó al otro lado del aparato de rayos. El arco no emite sonido alguno, pero…

—Un momento, por favor —dice, en inglés, uno de los agentes de seguridad.

Me giro, encarándole.

—Póngase aquí, separe las piernas, mire al frente, coloque los brazos extendidos —recita las instrucciones aprendidas como un niño egebero la tabla de multiplicar. Indica una cabina semi abierta, donde otra máquina escanea tu cuerpo entero.

“Mierda”, pienso, adoptando la postura de rendición, “tal vez no fue una brillante idea venir con barba de tres días y una camiseta verde con la leyenda: ‘I am not antisocial, I am antistupid’ junto a la caricatura de un gato naranja levantando la garra y haciendo una peineta con la uñita de en medio”.

Obedezco al igual que un cordero camino del matarile. Sólo me falta balar. ¿Dónde está la niña Clarice para liberarme?

—Lleva algo en el bolsillo, sáquelo, por favor.

Extraigo con la mano derecha un pañuelo de papel usado hecho un gurruño… y con la izquierda, que sujeta el DNI, un par de billetes de cincuenta euros.

—Puede guardar eso —señala el clínex, mientras con un gesto me pide que le entregue el documento y el dinero.

Tras unos segundos de duda, y la mirada clavada en sus ojos (que expresa algo así: “Yo, por mis cien pavos, maaato.”), se los ofrezco.

El guarda sonríe, bonachón. Supongo que intenta lucir una imagen de honradez uniformada. Está usted en los Países Bajos, y todo eso. Además, su compañera observa cada paso que da, como si fuera su sombra.

—¿Español? Buenos días. Grasias —dice, de carrerilla, en castellano. Gracias a Dios no añade: ‘helado’, ‘sangría’ o ‘servesa, por favor’.

—Sí.

Continúa en inglés, bastante esfuerzo hizo ya el buen hombre:

—Estos dos billetes —los levanta con la mano, y hace el gesto de repartir— uno para ella —señala a la compi— y el otro para mí —y riendo añade, en español—: propina.

La compañera ríe, él tipo sigue riendo, yo río también: “¡Qué carajo, hijos de la gran chingada holandesa!”, dice la vocecita interior que, de repente, tornó en revolucionaria zapatista. A punto de exclamarlo en voz alta y añadir que bastante me habéis clavado ya en vuestra semihundida ciudad de canales, vicio y bicicletas. Que dejé la tarjeta de crédito tiesa, que a partir del lunes estaré a dieta de pasta marca blanca y tomate frito Hacendado Mercadona.

No digo nada, claro. Me limito a carcajear, debo de estar colocado de tanto fumeteo pasivo e involuntario.

El segurata me devuelve el dinero, con un guiño.

—¡Buen viaje, caballero! —dice, en un español más que decente.

Camino hacia la zona de espera, junto a la puerta de embarque, algo llama mi atención. Me acerco al escaparate de uno de los comercios donde venden prácticamente de todo: prensa, libros, pasatiempos, bombones, pastas, queso, alcohol, souvenirs… Se trata de un libro, expuesto junto a otros de bolsillo, con un título en inglés que significa una segunda oportunidad, un premio de consolación, un regreso a la infancia: “Anne Frank. The diary of a young girl”, reza. También en la portada, una pequeña burbuja azul añade (traduzco): “Abreviado para jóvenes lectores”.

Todo lector lleva el yo niño en su interior.

Entro en la tienda y adquiero un ejemplar, dispuesto a revivir el pasado, a confirmar una certeza: que ataquen quienes ataquen, que maten quienes maten… siempre pierden ellos: los infantes.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

F253 - ¿Padre, por qué a mí? (Ámsterdam) (VIII)

Hay tanto para ver que no sé qué visitar. Me ocurre a menudo. De todas formas, siempre preferí el turisteo tranquilo, nada de ir corriendo de un sitio a otro con la lista de objetivos en la libretita y a la izquierda el correspondiente tiqueo en rojo.

Me decido por el Rijksmuseum. Ruego no tener que pronunciarlo. Es grandísimo e impresionante como la mayoría de los museos. Podrías invertir tres horas o cinco días recorriendo sus numerosas salas y pasillos. Incontables las paradas: pinturas, esculturas, armas, maquetas de barcos, muebles, columnas, bóvedas, galerías, exposiciones especiales... Podrías pasar dos años y medio entre sus muros, plantar la tienda de campaña en la sala de Vermeer y solicitar asilo político. Así, cada mañana estudiarías (papel y lápiz en mano) un par de cuadros, una escultura. Yo acostumbro a no exceder las dos horas porque de inmediato comienzo a sufrir los primeros síntomas del síndrome de Stendhal: mareo, vértigo, sudores fríos, hormigueo de extremidades, taquicardia, colores que se funden en mi cerebro, retratos que se carcajean de mí, grupos de japoneses que señalan en mi dirección con dedos enguantados (de blanco, por supuesto) y apuntan sus palos selfi hacia mí, guardas que me miran con cara de sospecha preguntándose si bajo la camiseta escondo un mini autorretrato de Van Gogh. De acuerdo, tal vez exagero un poco. Pero dos horas son dos horas. El cerebro dice ‘vale ya por hoy’ y el estómago (el corazón) exige una cerveza.

Si un día se sienten solos y requieren compañía acudan a un museo. Elijan la sala correspondiente a algún pintor un poco conocido, de esos cuyo nombre aparece en algún que otro libro de texto. ¿Un tal Rembrandt? Sí, podría servir. Entonces la locura. La gente se da codazos, y algún que otro rodillazo en la entrepierna —metafóricamente hablando— por tomar posición frente a este u otro cuadro. Más cámaras fotográficas. ¿Pero no está prohibido? Resulta estresante intentar acercarse. Un murmullo se escucha de fondo, como si la sala tuviera vida propia.

Imposible, al menos para mí, describir un museo. Me quedo con las sensaciones, con el estado entre dos universos, dos épocas, en el que pareces embutido. Sientes un aislamiento que crece a tu alrededor, que se hará patente cuando luego pises la calle y te preguntes en qué ciudad estás, en qué país, en qué planeta. Dentro, soportas las miradas de los personajes anclados en el tiempo, encerrados por un marco. Miradas que te persiguen, aunque trates de pasar de largo. Tipos bigotudos que amenazan con salir del cuadro y rebanarte el pescuezo con una daga curvada. Señoritas voluptuosas que con cierto sonrojo posan sus ojos en ti, y te ofrecen una manzana, una jarra de leche, un beso, un sueño, un pecado a domicilio. Diablos de mil y un aspectos que examinan alrededor, leyendo el interior de las personas, calculando dónde plantar la semillita del mal.

¿Lo ven? Dos horas y media entre cuadros y ya desvarío.

Es difícil resumir lo visto, lo sentido y este es un blog de batallitas personales no un diario de bellas artes. Pero me quedaría con dos pinturas, de estas que se meten debajo de la piel, que susurran cosas incómodas a tu oído, que tratan de aferrarse a tu alma para producirte un largo escalofrío.

Uno de ellos muestra al hijo de Rembrandt —Titus—vestido con hábito de monje capuchino (similar al utilizado por algunos de mis profesores en el Colegio de Lecároz); lo viste de esa manera y lo instruye en cómo posar para mostrar la pobreza y humildad de Francisco de Asís, y claro, el chaval cabizbajo macerando en su interior un trauma infantil irreversible y elucubrando una futura venganza contra su padre. La expresión de su rostro lo dice todo, sin abrir los labios. Lo lees en sus ojos, la humillación, el ‘¿por qué me haces esto a mí, padre?’ Vale, es una interpretación personal. No vaya a haber algún erudito de arte en la sala y me cante las cuarenta en bastos.

El otro: “The Syndics”. Cinco o seis tipos vestidos de negro. Alguna clase de inspectores de calidad textil en plena tarea. Todos mirando “a cámara”, como si en lugar de paleta y pinceles el pintor tuviera eso exactamente entre manos. Una anacrónica cámara fotográfica, incluso una de video. Su común mirada lejos de ser amigable. Más cercana a una posible agresión (verbal) que a una sonrisa. Expresiones individuales que comparten un rasgo de dureza. Pero, algo curioso, no observan al pintor, no miran realmente a la cámara. Sino algo más lejos, como por encima del hombro del artista. Entonces caigo en la cuenta y un escalofrío recorre mi espalda. Nos miran a nosotros, los espectadores, a mí también. A la gente que se aglomera frente a ellos a cotillear lo que se traen entre manos. Miran a quienes los señalan y murmuran, incluso tienen la osadía de apuntarles con aquellos objetos extraños que ciegan sus ojos con relámpagos del averno. Observan con un hartazgo que acaricia el resentimiento, incluso el asco. Un desprecio que roza el odio. Nos contemplan y sus cerrados labios, a través de los ojos, dicen: ¡Váyanse a su maldita casa y déjennos trabajar! ¿Acaso no tienen una Biblia que leer? (En su época no existía Netflix).

Si están hartos de aglomeraciones, de gentío susurrante, permanezcan en el museo. Limítense a esquivar las salas de artistas de renombre y elijan las de aquellos que tan sólo los conocía su madre a la hora de darles la merienda y cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Disculpen la ignorancia. Ahí tendrán toda la galería para ustedes. Podrán contemplar de cerca, de media distancia, de lejos sus autorretratos, sus reyes, emperadores, sus bodegones, lo que sea. Incluso, agárrense, podrán sentarse en el banquito que colocan frente a uno de los cuadros tocho. Sin empujones ni palos selfi ni japoneses eufóricos. Si desean tranquilidad, entren en la sala de segunda división. Saldrán relajados como tras un spa.

Debo confesar que desconocía, o no recordaba, el hecho de que la casa de una tal Ana Frank se hallara en Ámsterdam. Lo supe en cuanto abrí el consabido enlace de internet en el omnipresente teléfono móvil: Sitios tope chulos que visitar en la capital de Holanda. Y me dije, la casa de Ana Frank, ¿por qué no? ¿quién no leyó en la escuela algún capítulo de su archifamoso diario? Ingenuo de mí. Contemplo la fachada: desde el otro lado del canal resulta extraña, insertada entre otros edificios con aspecto de oficinas; me dispongo a comprar la entrada para la visita. Entonces descubro que hay que reservar… con un mes de antelación. Yo, inocente, pensé que era llegar, llamar a la puerta, besar el santo y decirle al tipo: ¿Aquí se escondió la buena de Ana?, quisiera echar un vistazo, si no le importa. Plan B, siempre hay que tener un plan B y dinero en la cartera, en este caso plan V: museo de Van Goh. Se repite la jugada, parece esto el día de la marmota. Localizo el lugar, siempre de la mano de mi querida gúguel maps. Y, sorpresa, sorpresa que decía la Gemio: todo vendido. “Vuelva usted mañana”, me dice el tipo de la plaquita en el pecho, sonriente, profesional. Mañana estaré a doce mil metros de altura, rumbo a las cajas, a los madrugones, al insomnio, a la vida real. Pero qué le importa esto al buen hombre.

Así que opté por el plan C, la mera improvisación. Entré en el primer museo que encontré en cien metros a la redonda: museo de arte moderno Stedelijk… échense a temblar. Ahí dentro “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, como decía el pobre replicante en Blade Runner; en serio, vi cosas que provocarán venideras pesadillas.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

F252 - Jugando a las casitas

Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.

Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello. Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas, botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones (ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por incomprensión.

Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.

No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno juntaletras.

Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.

Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.

En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero, frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:

1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

2. El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos.

3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una, dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo, cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente, totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados sobre las ocho teclas de posición.

La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir ‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal (así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).

Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras. Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…

Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.

Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo. Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura, comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque ellos digan que no).

Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.

Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo. De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:

—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone nombre.

La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es Stephen King).

Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo, tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal semillita.

Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es esta?

Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.

De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas, incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).

Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena. Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola, pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’, no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.

Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de sinónimo. Hoja rasgada.

11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las 12:00 concluía el plazo).

Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido, pasé un fin de semana en la piel de un escritor.

Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una croqueta.

Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y, les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita croqueta.

Leo el título y me echo a temblar:

“El Kevin y la Yoli”.

Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.

Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con nuestro romántico satélite).

Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las Letras.

La anécdota es cierta como la vida misma.

(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz por encima de mi cuento).

Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las palabras, a las 15:00 horas.

 

viernes, 24 de abril de 2026

F251 - La chica del Northbridge (Ámsterdam) (VII)

No soy un santo, a pesar de mi educación en “colegio de curas”. Quizás ni siquiera sea una buena persona. O tal vez sí. O podría ser un asunto de porcentajes, el ochenta por ciento del tiempo lo soy, el veinte restante no. Quizá los números sean a la inversa. ¿Acaso alguien no se plantea esto de vez en cuando? Supongo que el mero hecho de cuestionármelo indica que no pertenezco al grupo de los psicópatas, o de los malos malísimos que jamás se lo preguntarían. Una lástima, por otra parte, porque estos siempre ligaron más. “Te has enamorado del malo, imbécil.”, le dice el personaje de Fele Martínez al de Ana Torrent en la inolvidable opera prima de Amenábar: Tesis.

Lo he comentado más de una vez en estas páginas virtuales. No suelo dar limosna a los que la piden por la calle. Incluso, en alguna ocasión, una llamarada de dragón amargado escapa de mi interior, un rechazo directo, hosco, rayano en lo cruel. Al recordar esos momentos iracundos es cuando uno se hace la dichosa preguntita: ¿Soy bueno? ¿Es buena persona quien gira la cara para esquivar la mirada del mendigo por temor a ser arrastrado a su oscuridad, quien cruza de acera para evitar el encuentro con un tipo que toca el violín, la funda de éste, boca abierta a la espera de migajas de pan en forma de monedas? ¿Lo es un conductor que sube la ventanilla y mira al frente cuando la chavala hippie se acerca a la puerta, después de amenizar la espera de aquél tras el semáforo en rojo, con sus hula hopos, mazas y demás cachivaches?

Más adelante cobrarán sentido estas preguntas sin aparente respuesta. Cuando ustedes digan, mientras leen, con entonación de visitadores de bebés recién nacidos: “Oooh, Jorge, qué lindo, qué buena persona eres”. Pues no, tal vez no lo sea.

Sin ir más lejos, les pongo en escena la última de mis llamaradas. Día uno, recién levantado, maleta en mano, la aventura de Ámsterdam comienza con ojeras, legañas y una pizca de nervios. Lo habitual. Estación de autobuses de la Ciudad del Silencio (camino de convertirse en la Ciudad del Cuchillo). Seis de la madrugada. Puertas abiertas, cafetería cerrada, escasos viajeros potenciales, nulo personal de seguridad, gente sin recursos fuera y dentro de la estación. Tras extraer un café de la máquina vending y unas galletas (bien empezamos) tomo asiento en un banco apartado, cerca de la puerta automática, la maleta entre las piernas. No hace frío afuera, pero dentro se está mejor.

No tengo dinero lo digo en un tono de voz que bordea el grito. Rostro serio, rostro escudo que utilizo para repeler al posible enemigo. Ventajas de traer de fábrica un rictus de mala ostia.

El tipo que se dirigía hacia mí aún a metro y medio de distancia. No tuvo siquiera tiempo para decir ‘buenos días’, ni para pedir nada. Quizás tan sólo deseaba preguntar la hora, o interrogarme sobre algún destino, alguna máquina de tiques. Qué se yo. No le concedí opción alguna. Lo prejuzgué (por su aspecto), lo senté en el banquillo y lo condené. Él se limitó a esquivar la mirada severa, caracoleó (sin balón) como el mismísimo Butragueño y salió por la puerta corrediza. ‘No tengo dinero’, dije tras haber sacado la cartera, seleccionado unas monedas y extraído la dosis de vicio, en forma de café y galletas, de sendas maquinitas.

Otro ejemplo. Bilbao, meses ha. Otro sujeto (éste no parece muy necesitado: mochila de cuero, cámara fotográfica al cuello, zapatillas de marca) me pide ‘un euro’ para un bocadillo. Idéntica persona que solicitó mi financiación semanas atrás, durante mi última visita al Botxo, en la misma zona. A veces retengo las caras. Tras mirarle a los ojos con mi cara de dragón frustrado lo echo con cajas destempladas siempre quise escribir esta expresión: “¡Búscate un trabajo, mira las ojeras que luzco, de currar!”. Él responde digno, ofendido, casi altivo que es fotógrafo freelance. Se conoce que subvencionado por el turista de pinchos por el casco viejo. Podría haberme limitado a decirle ‘no’. Pero brotó la semillita maligna, la cual porto semienterrada y a veces florece al extremo de un tallo con espinas. Te tocó la rifa, compañero. Le pegué un par de gritos, como quien señala a un carterista entre la muchedumbre en el metro de Barcelona. Sólo me quedó rociarle con un espray de pintura roja. Las miradas nos persiguieron, me persiguen. ‘¡Busca trabajo!’ no debe responderse a un pobre joven ─aun de sana apariencia y buen apetito que solicita, con educación, un euro para comer, protestan sus caras. “¡A la mierda todos!”, dice, por lo bajini, mi lado oscuro al más puro estilo Fernando Fernán Gómez.

Y otro más, hace unas pocas semanas. En mi ciudad natal, cerca del domicilio familiar: señor mayor sentado en un banco, cabello blanco, despeinado, jersey azul oscuro con algún que otro agujero. Entona la muletilla en busca de oídos piadosos, su mirada hace lo propio con los ojos cercanos:

Buenos días ¿me puedes ayudar pa comer? lo dice de seguido sin coma alguna que adultere su cantinela mil y una veces repetida.

Cambio de acera.

No soy una buena persona.

Sin embargo, hay veces que algo en mi interior hace clic. Un rostro, una voz, un plumífero roto, un cartelito que grita ‘Ayuda’ mediante letras moldeadas con tiza de colores, una mirada que atraviesa los ojos, que entra dentro de mi cerebro, que busca el escondrijo de la conciencia, o el recoveco donde reposan los misteriosos veintisiete gramos que algunos denominan ‘alma’.

Tal vez dependa del estado anímico, o de la fecha que marque el calendario. Lo ignoro. Quizás la vocecita me susurre que podría llegar a ser yo, tirado en la acera, si en un momento dado la vida pusiera en mi carretera una curva cerrada con su manchita de aceite. Aquí, en Ámsterdam, volvió a ocurrir, dos veces.

Como indiqué, a veces me toca por dentro. Sobre todo, si los desafortunados no reclaman, se limitan a permanecer sentados, resignados, casi vencidos observando transcurrir la vida desde el pozo donde cayeron, desde la tristeza que se hizo perenne sin darse cuenta. Con su cartelito manuscrito gritando por ellos: ‘Tengo hambre; no veo luz; tengo una niña; siento miedo’. Incluso aquellos otros que sólo muestran un vaso de cartón, sabedores de que la honesta ayuda no necesita de anuncios publicitarios.

Acabo de atravesar uno de los cientos de puentes. Elijo la acera izquierda, apartada del canal. Lo advierto desde lejos, pudiera haberlo esquivado, podría dar la vuelta, cambiar de lado, o tan sólo mirar al frente, como si estuviera pensando algo importante, como si llevara un pinganillo de esos que te hablan todo el rato, o te cantan (hoy en día puedes hablar solo por la calle sin parecer enajenado). Mas no hago nada de eso.

Clic.

Me acerco; su mirada perdida a media distancia, quizás en la superficie del agua que refleja los últimos rayos de sol. Edad indefinida, más de treinta, menos de cincuenta. Ojos grandes, negros, pestañas espesas (esto lo aprendo cuando eleva el semblante para agradecer). Gorro negro, barba abundante. Una cara del Oriente Medio, diría yo.

Admito que sopesé rebasarlo. Luego surgió de la nada el ‘clic’. Acababa de cumplir equis años ya al otro lado de la colina, dicen los anglosajones: ‘Over the hill, y ahí estaba yo solo, perdido en una ciudad llena de vicio, canales y bicicletas, sensible como una damisela de otro siglo.

Sin aspavientos, extraje un billete (el más pequeño) pues lo que sentí no se paga con unas monedas. El más pequeño de los billetes para mí y enorme para él. Un billete que en esta ciudad no alcanza para una misera caña de cerveza de esas que bebes una tras otra sin pestañear a él le proporciona una miaja de calor, de humanidad, de esperanza. Lo deposité con cuidado en la cajita de cartón, que contenía monedas tristes, que se ganaron el mote de calderilla. El billete flota incongruente sobre ellas, cual barquito, al atardecer, sobre aguas cobrizas.

Have a nice day, man! digo, sin saber qué decir.

Es ahora cuando iza el rostro mostrando sus ojos, las frondosas pestañas, y su mirada bucea dentro de mí. No habla y lo dice todo. Se limita a hacer un gesto internacional, junta las palmas de sus manos e inclina la cara sobre ellas dos, tres veces, sin soltar mis ojos, como si, a través de estos, quisiera agradecer a mi supuesto Dios, que sería el suyo mismo con distinto nombre. Continúa mirándome hasta que me giro y sigo andando, me sigue observando mientras me alejo, aunque no pueda verlo.

Ya anochece y estoy agotado. La caminata duró horas; mil y una escenas quedaron grabadas en mi cerebro, y algunas pocas dentro de la tarjeta sim del teléfono móvil en forma de instantáneas virtuales, sin cuerpo ni alma, que perecerán en unas semanas, quizás meses, enterradas bajo otro centenar. Sólo merecen la pena aquellas que se graban en el recuerdo.

De camino al hotel, atravieso la calle de tiendas pijas: escaparates, luces de neón, últimas compras, gente por doquier con bolsas de papel cuché y sonrisa a juego.

Clic

Una joven sentada en el suelo, apenas una muchacha. Me recuerda tanto a la moceta de Zaragoza, o quizás fuera Valladolid (aquel cartelito escrito a mano, con tizas de colores sobre un cartón: Tengo una hija pequeña. Sólo comida. Gracias). La de ahora sólo escribió: “Any help, thanx!”. Me aproximo, tras elegir un puñado de monedas que ofrecerle. Agradece el gesto, primero sin palabras; ligero temblor de boca, parece tener frío, mucho frío. Poco arropada con una cazadora corta, una mantita sobre su regazo. ‘Dank’, dice, o algo similar, en voz baja. Inclina varias veces la cara, subrayando el susurro. Mirada triste, gorro de lana rosa, cabello enmarañado, plumífero blanco que vivió mejores días (tampoco puedo evitar el recuerdo de la chica del puente Northbridge, en Edimburgo).

¿Estás bien? ¿Quieres algo de comida?

Un café, por favor ─responde, supongo que aterida tras horas de sentada.

Adivina mi duda y señala el supermercado detrás de mí, que cuenta con una esquina donde preparan café para llevar. Le pregunto cómo lo prefiere y responde que machiatto (un cortado largo que ofrecen los italianos). Me sorprende ligeramente la elección.

Al cabo de unos minutos, le entrego el café con cuidado; añadí varios tipos de azúcar en sobre y una pequeña magdalena.

God bless you! ─dice la chica del Northbridge a través de sus labios.


Enlaces relacionados: F33 - Coraza de titanio (Edimburgo)   

                                  F82 - Trenecito de juguete

 

martes, 14 de abril de 2026

F250 - Licencia de mercadillo (Ámsterdam) (VI)

¿Añoran las adivinanzas infantiles? Hoy les traigo un acertijo. Tranquilos, es muy fácil. Yo les menciono un puñado de ciudades visitadas, pisadas (¿recuerdan?) y ustedes intentan averiguar qué guardan en común todas ellas. ¿Preparados? Ahí va: Edimburgo, Belfast, Ipswich, Londres, Praga, Bruselas, Gante, Brujas… Ámsterdam.

De acuerdo, les saco de dudas. El agua. Eso comparten. En forma de río, mar o canales, todas ellas gozan de su presencia, de la cercanía que asegura provisiones e incluso una posible vía de escape. Algo dentro de mí llama al agua, más bien a los barcos. No lo sé, quizás sea por mis orígenes a orillas del Ebro. Y estos provocaron sueños de vivir en un lugar pegado al mar, donde asomarme cada mañana al puerto, contemplar los barcos pesqueros de colores básicos: verde, blanco, colorado, negro. Aspirar esa peculiar mezcla de olores: salitre, pesca, gasoil, aventura… libertad.

A falta de mar, bien está un canal. Y parece que aterricé en la ciudad campeona del mundo mundial en número de canales. O al menos, la que yo haya conocido, más bien pisado (el fiel lector comprenderá la diferencia).

La segunda parte de la adivinanza, aunque no la planteé, carece de dificultad: ¿Plan para hoy?: ruta en barco. Constituiría un pecado venial, o grave, incluso mortal (poniéndonos melodramáticos) pasar unos días en la capital holandesa, cruzar sus cientos de puentecillos, observar los miles de barquitos y no subirse a uno. Pecado de arrodillarte ante el confesionario. Okey, tal vez exagere un poquitín.

La adivinanza resultó facilona, de primero de EGB; lo realmente jodido, en una ciudad como Ámsterdam, es elegir qué crucero. Los hay a miles. Imaginen la de compañías y planes en oferta para dicha actividad turística: Bote y Copas; Barco y Romance; Lancha y Queso; Barco y Misterio; Chalupa y Noche; Barcaza y Sexo… incontables.

Como todo en la vida, el factor suerte resulta fundamental. No me refiero al posible hundimiento de la nave (triple persignación) o colisión marítima (que la sufrimos, algo leve, no hicieron papeles ni nada, un par de voces por la radio que sonaron a insulto y qué no, en holandés culpa del otro, un impresentable sin carnet y con gorrita naranja, según nuestro patrón; ni siquiera nos pusimos el chaleco salvavidas), sino a qué tipo de barco te toca, y lo más importante, qué guía, qué acompañantes, a qué precio. Sobre lo último hay variedad como en botica. A pie de amarradero, los precios parecen altos tirando a atraco. Ignoro si es una trampa para guiris o realmente el crucero merece la pena. Pero, “Desde 50 euros”, vamos a ver, señores, ¿qué sucede en el interior de ese barco! O acaso salen al mar, atracan en otro país, te invitan a comer y regresan. ¿Estamos locos o qué?

Una de las opciones resalta como subrayada con rotulador fluorescente. Tres barcos fluviales preciosos y horteras a partes iguales. Largos, planos, cubiertos. Uno amarillo, otro naranja y un tercero color rosa. Todos con la palabra LOVE (en rojo pasión y tamaño XXXL) sobre la cubierta superior y el espejo de popa. El Crucero del Amor, lo bautizaron, no se volvieron locos pensando. Hubiera elegido el amarillo pollito, color de locos; el naranja queda para los herejes, nostálgicos de Gillermo Orange y el rosado se lo dejamos a otros, que en esta ciudad seguro lo petan. Pero, subir a bordo de un crucero del amor, por muy fluvial que sea, por muy miniatura, en solitario, sin tu chica cogiéndote de la mano y del corazón, es tomar un gintonic sin alcohol; al igual que visitar París con un libro por toda compañía. Jamás conoceré París en solitario. Me niego. Menuda aberración. Un atentado contra el romanticismo. Una estocada por la espalda a Cyrano de Bergerac. Una puñalada trapera a Don Gustavo Adolfo Bécker. Prefiero encerrarme en una buhardilla de Soria y escribir sonetos al no amor, entre lágrimas y golpes de pecho para Ella, para todas Ellas que abandonaron el barco con la botella de ginebra a mano.

Hablando de gintonic, hay barcos de color naranja: la cubierta con decenas de botellas y copas que relucen bajo el sol, música y pasajeros animados y el patrón con su gorrita a juego con el casco: veinticinco euros, barra libre, según la publicidad… espero que nunca tropiecen con cuatro amigos de Glasgow. Bancarrota asegurada, my friends.

Solución, acorde con la época. Jugártela en internet. No soy muy dado a ello (ya saben, no aprovecho esos tours gratuitos que cada ciudad ofrece en diversos idiomas, a golpe de tecla o QR) pero esta vez me lanzo a ello. Contemplo un par de opciones y elijo la más asequible. Quince pavos, una hora. No está mal. Crucemos los dedos para que el bote no presente vías de agua y no vayamos al fondo del canal en búsqueda de las llaves perdidas matarile, rile, rile.

Les ahorraré el papeleo. Todo digital, pagado mediante Bizum. Ya saben, la tecnología moderna que acabará con el cash y con la Humanidad (temo no sobreviva ni Sarah Connor). Sólo indicar que lo organiza una empresa estadounidense y cuando te envían la información comienzas a pensar cosas raras: ¿de tan lejos? ¿cruceros fluviales en Europa? ¿Será un timo? Ya saben, un servidor en su pura esencia.

El punto de partida del crucero incrementa la duda, suena malamente, diría la Rosalía: Lookout. Mi lado oscuro apunta la similitud con Overlook (el hotel de El Resplandor…). Rezo para que no se aparezcan las niñas gemelas junto al banderín de popa. Decido no buscarlo en la Wikipedia, me la juego a bastos, hemos venido a jugar y todo eso. Saco el móvil y le dedico unos apasionados tecleos a mi amante bandida (la de gúguel maps, no se emocionen) y su voz sensual comienza a guiarme, por esa voz saltaría al canal con mochilita incluida, si ella me lo indicara.

Todo va bien hasta que llegamos al último tramo: sobre el mapa una sección de considerable tamaño y tonalidad azul clarito: agua, sí, agua. Un pedazo de canal gigantesco, no de los que cruzas a través de un puentecito. Y el famoso Overlook al otro extremo del golfo pérsico con nombre neerlandés. El mosqueo regresa. Ya está, me timaron los hijos de la gran yanquilandia. Eres un pueblerino, Jorge, te las das de moderno, de cosmopolita, de aventurero con tu mochilita de colegiala a la espalda, y claro, pasa lo que pasa. Quince leuros donados a la mafia de Nueva Jersey (más retorcida que la de Chicago de toda la vida); el líder de los Soprano se fumará un puro a tu salud. Paleto.

Alcanzo el punto final, el Finisterre de mi búsqueda. Llego al canal tamaño golfo de México. Ah, equilicuá, aquí está el truco del almendruco. La razón del bajo precio. “Compra barato y pagarás dos veces, cariño”, decía mi madre. He de coger un maldito ferry para cruzar el charco y llegar al punto donde subir al barquito. Y digo yo, ¿no sería más fácil para todos lo menciono desde mi ignorancia de secarral que el puto barquito se acercara a esta orilla y ya partiésemos desde acá? Aunque supongo que sus razones tendrán: tráfico fluvial y semáforos, sentidos de navegación, diversos canales, etc. y, por eso, el crucerito leré arranca desde donde Cristo perdió un par de espinas de la corona.

Me acerco al tipo que parece al mando del cotarro. Viste uniforme de la compañía naviera y se dirige a la marabunta que espera a que el barco acabe la maniobra de aproximación con la popa tocando el muelle. Es un tipo enorme, de raza negra, barba poblada, gorro de lana y cara de pocos amigos. Me armo de valor y abro la boca:

Disculpe, buen hombre me mira calibrando si le vacilo, nada más lejos de mi intención me podría decir dónde he de sacar el billete para el ferry ese tan guapo que tienen ustedes ahí reculando y echando humo.

El hombre me observa como las focas al rompehielos. Luego repara en la pregunta, sin apartar la vista, la indiferencia se torna curiosidad en sus ojos; y ésta en hartazgo. Responde a la cuestión que miles de españolitos, como yo, le hemos hecho a lo largo de la jornada.

Es gratuito, limítese a subir a bordo.

Lo dice aburrido, harto de pueblerinos y turistas coreanos. Pero yo me quedo patidifuso. ¿Free? (Así dicen los anglos ‘gratis’ que tiene su puntito porque significa ‘libre’, y qué mayor libertad que subir, por la cara, a un barquito para cruzar el golfo holandés que se han montado aquí los amigos tulipanes).

Miro al tipo con admiración, con un respeto ganado. Mis ojos rozan las lágrimas. A punto estoy de soltar: “Gracias, muchas gracias, señor; traslade mi agradecimiento al Primer Ministro, o al Presidente, o a quién sea el líder supremo de esta nación amiga”.

Ya en serio, ¿imaginan un servicio gratuito (en nuestra querida España) donde miles de personas, miles, cruzarían a diario un canal grandote en un puñado de ferris? Caza la idea algún listo (teniendo en cuenta que ostentamos, con orgullo, el Récord Ginés al Mayor Número de Sinvergüenzas por Metro Cuadrado) y hace el negocio del milenio. ¡Pero si incluso en Portugalete pagas por cruzar en chalupa a la otra puta orilla de la ría, cada viaje: ida y vuelta!

En fin, Spain is different, y no quedaban más países en la rifa.

No me enrollaré más. El crucero fue agradable, el tipo que manejaba el timón entretenido, dicharachero, puesto en idiomas. El mínimo exigido en currículum, supongo. La novedad en forma de grumete. Adolescente, con ese peinado estilo brócoli en flequillo y rapadas las sienes. Pero profesional, el muchacho. Sirviendo refrescos al pasaje por un módico precio. El barquito, largo, plano y cubierto, bastante lleno. Lo peor, un grupo de chavalitas (¿coreanas?, con las orientales ya no me atrevo a suponerles nacionalidad, que luego se enfadan si me equivoco). Las mocetas, tuneadas a lo K-pop: tablero de ajedrez personificado: maquillaje, flequillito, blusas blancas, minifaldas negras, medias blancas, zapatazos negros. Parecían escapadas de un comic manga. Móviles, palos selfi y deditos en ‘V’ por doquier, sobra decir. No callaron en todo el trayecto, que ya es complicado prestar atención a las explicaciones del guía, en inglés, como para tener el continuo murmullo tras la oreja, en japonés, o quizás cantonés. Y pidiendo sus refrescos en latitas de colorines, para que queden chupi en la foto. Jamás vi tanta lata de diferentes colores como en Ámsterdam. La chavalería debe de flipar para elegir sabor. En mis tiempos había: Kas naranja (lata color naranja), Kas limón (lata color amarillo) y Coca cola (lata roja), punto. Recuerdo cuando apareció el Kas manzana (lata de color verde) y nos petó la cabeza. “¿Has probado el Kas manzana, tío? ¡Un puntazo!”. ‘¡Toma ya, Kas manzana!’, el eslogan. Imaginen qué subidón, como para marearse a bordo de un trasatlántico.

En un momento dado, tras el sofoco del pequeño accidente con el otro bote, nuestro patrón, con voz grave, como si estuviera dando una charla de seguridad fluvial en la Escuela Primaria de Ámsterdam, dijo:

A su derecha, junto a las casitas de colores, se celebra cada domingo el flea market ─el rastro de toda la vida─, si de regreso a su hogar les aguarda alguna amistad o familiar que les caiga realmente mal, ese es el sitio donde adquirir un horrendo suvenir de Ámsterdam ─y remató la faena añadiendo─: ahí mismo compró la Licencia de Navegación el niñato de la gorra naranja.


Enlace relacionado: F65 - De Chinas, Libros y Cervezas (Edimburgo)

 

miércoles, 8 de abril de 2026

F249 - De bananas, reyes e imperios (Ámsterdam) (V)

Noches de hostal con ínfulas. Noches holandesas. Noches con aroma a tulipán blanco, que, por cualquier razón, en las calles huele a mariguana. Noches que duermo cual bendito, al que hubieran extirpado la conciencia (que todo lo guarda, la puñetera, aunque pasen mil años). A pesar del váter compartido ─ducha aparte, de las que hay que explorar con chanclas y guantes de cirujano─ la habitación estrecha, la ventanita que da al tejado rojizo; sin embargo, la calefacción va como un tiro, recuerda a los domicilios de la gente mayor. La chavalería se comporta de una manera excepcional, casi ni un ruido. Alguna risa escuché cuando volvían de copas. Bendita juventud, ni mediante soborno la hubiera acompañado. Sólo me crucé con muchachos, por el pasillo, en cambio la risa femenina se coló bajo mi puerta. Pillines. Al menos, no resultaron sectarios ni satánicos ni ladrones de órganos. Duermo como si no me importara el mañana, como si hubiera borrado del recuerdo el pasado y me percatara de que el presente no existe, porque en cuanto te detienes a pensar en él… ya es pretérito. Duermo genial, digo, supongo que también ayuda que abandono el hotel a primera hora de la mañana, mochilita al hombro (ni café encuentro, las calles todavía sin poner) y no regreso hasta la noche. Más de doce horas pateando la ciudad, tirando fotos al tuntún (pacifista nato, prefiero mirar que disparar), tratando de grabar en mi disco duro todo lo observado (misión imposible que ni el mismísimo Tom Cruise en sus tiempos mozos, antes del primer lifting), viendo exposiciones, barcos, algún museo, iglesias, monumentos…

Me levanto con la sonrisa puesta, y legañas de a kilo. Me auto felicito, sentado al borde de la cama (grande, como prometió el amigo recepcionista) consciente de lo patético del acto, pero uno es así, sensiblero, mariconetti decíamos en el pueblo adolescentes, macarras y fiesteros cuando aún podían mentarse palabras así y Arévalo era el rey de las gasolineras (busco el término, por curiosidad, en esta maravilla de internet y reparo en que lo aprendimos de la película Sargento de Hierro, de boca del inmenso y eterno Clint Eastwood que recogió el testigo de John Wayne; tipos duros que quisimos emular, algunos de nosotros sin mucho éxito). Sin embargo, no alcanzo el extremo de comprar una muffin de chocolate y clavar una solitaria vela encendida sobre la cumbre. ¡Uno es sensible, pero conserva la dignidad! Un año más robado al calendario. Aún no me hago a la idea de ser mayor que mamá. Yo ya me entiendo. Aún quedan unos años para alcanzar la edad de mi padre.

Toca desayuno especial. Tras un largo paseo, contemplando cómo despierta la ciudad. Todo se llena de furgonetas grandes y blancas, de carritos, de señoras con manojos de verduras, de unas pocas bicicletas. Repartidores trajinando con cajas, con barriles de cerveza, la carretilla ahora llena, después vacía. El canal refleja los primeros rayos de sol mientras los barcos multicolor descansan sobre las aguas calmadas que es la más hermosa felicitación que uno pueda recibir.

Localizo una cafetería agradable. Italiana. Más que el origen del café, fue el cartel sobre la puerta lo que me atrajo, como si de un poderoso imán se tratara, y yo una indefensa virutilla de hierro: “Los mejores pancakes de Ámsterdam”. Y quién es este humilde españolito, para poner en duda la palabra de un barista italiano que ofrece tortitas británicas, en un local donde una de las camareras tiene ascendencia keniata y la otra tailandesa. Ni un euro me juego a que el cocinero sea holandés.

Pido un café americano (por seguir con la mezcla de culturas), y estudio la carta de vicios reunidos (crepes, bizcocho, tortitas) con los ojos grandes, de niño, como si estuviera en la mañana de Reyes desenvolviendo la caja de Juegos Reunidos Geyper. Me decido por la opción sana, hay que cuidar la línea y siempre dijeron que la fruta es imprescindible para ello. Opto por el número siete: Banana Treat (que es la forma inglesa para: ‘De premio: plátano’ por hacerse los interesantes). Banana pues, healthy a tope. Qué importará que las rodajitas minúsculas de fruta estén esparcidas, cual guindas, sobre una masa dulce del tamaño de la plaza de toros de Las Ventas pringada con una crema de chocolate que ahora llaman nosequé y toda la vida fue Nocilla.

Llena la panza con el saludable manjar, sigo con el paseíto, ya bajo el alboroto matinal, las voces, los pitidos, ojo avizor ante los cientos de bicicletas que dominan las carreteras con énfasis posesivo, egoísta, que no disminuyen la velocidad, retando a cualquiera a tener bemoles para cruzar ante ellas ignorando el semáforo. No gracias, espero. Por cierto, junto al primer semáforo en rojo permanecí varios minutos buscando al pájaro carpintero que hacía toc toc toc toc toc, hasta que descubrí que era el sonido que advertía del peligro a los peatones ciegos.

Tras supervitaminarme y mineralizarme, toca super culturizarse, no todo van a ser dulces y alcohol. Hay numerosas opciones y pocos días. No me vuelvo loco, nunca lo hice. Me conformo con ver poco, pero a gusto. Disfrutando. Perdiéndome por las callejuelas y sorteando canales a través de sus puentes.

Llego al Palacio Real que es una opción como otra cualquiera. La fachada ya anuncia la grandeza, la excelencia, la… vamos, que es un Palacio Real. Donde vivieron, jugaron, hicieron cositas de Pecadores de la Pradera, y se echaron unas risas los poderosos de antaño; donde firman papeles importantes los poderosos de hogaño, y se retratan e intercambian cotilleos con otras figuras reales visitadoras. Ahí está el famoso balcón que da a la plaza Dam, al que se asoman los reyes para saludar al pueblo, para celebrar enlaces reales, eventos, claudicaciones. A mí me parece un balcón de lo más normal. De silla plegable, mesita y una cervecita con aceitunas y pepinillos al atardecer. Los imagino ahí fuera, con sus ropajes carísimos y monísimos, durante la pandemia y el confinamiento, los imagino emocionados, al rey, a la reina, al mayordomo real o como se llame al que pringa tras ellos, aplaudiendo a rabiar ocho en punto de la tarde al paso de las ambulancias y de los coches patrulla de la Politie, con las sirenas encendidas, nino nino nino, mientras de fondo, en los ventanales aledaños a la plaza, un piso de estudiantes de Erasmus (dos chicos de Toledo y una chica de Graná) con balconcito donde unos bafles enormes atruenan el Resistiré del Duo Dinámico. Pa tocar un poco la moral a los herederos de Guillermo Orange. Así los imagino yo, aplaudiendo regios a la par que confusos, intercambiando incómodas miradas, al tiempo que el jefe de seguridad, serio, profesional echa dos dedos al pinganillo y con voz grave ordena, por el micrófono invisible, a su equipo de élite: “¡Código Naranja, Código Naranja, nivel 1: máximo riesgo de magnicidio sonoro, localicen y neutralicen a esos colonialistas hijos del gran Tercio!”.

Antiguo ayuntamiento (impresiona la salita de Justicia, donde condenaban a muerte a diestro y siniestro, por pasar el rato, y dejaban entreabiertas las cortinas para que la plebe, desde la plaza Dam, observara con gusto, y miedo, las ejecuciones. El morbo es antiguo como el mundo); residencia del hermano de Napoleón, palacio de la realeza, lugar de ceremonias oficiales, visitas de estado, recepciones reales. Enormes cuadros, esculturas, salas de reuniones, los mapas más grandes del mundo pintados en el suelo del hall, dormitorios reales con lecho y dosel, muebles estilo imperio francés… una lámpara de más de setecientos kilos. Menuda subasta montaba yo en el gualapop con cuatro cosillas de estas, o quizás un buen mercadillo de barrio. Cada vez que visito uno de estos lugares recuerdo lo injusta que es la vida. Pero no nos pongamos melodramáticos.

Es una visita tranquila, con cascos conectados a una especie de móvil que hace las veces de audio guía. ¿Idioma? Español, dije (por darme un descanso con el inglés). La señora, gris uniformada, me miró un tanto torcida, tal vez recordando al invasor, al Imperio que les tuvo sometidos, agarrados por la entrepierna; hasta que apareció el Orange ese, y se acabó el negocio, y muchos años después nos devolvieran las picas de Breda, envueltas en papel de regalo. Enciendo el aparato (que llevo colgado del cuello, los cascos te los dan aparte), estos últimos colocados sobre la nuca, como fui instruido. Qué basura de tecnología, pienso, podían haber invertido un poco más de dinero en unos aparatos mejores. El volumen precario, se oye como de lejos. Me detengo, chequeo la pantallita que, mediante números (muy clarito), te indica cada sala, pasillo, ventanal donde has de parar, observar, escuchar y, si te da la gana, aprender algo. Entonces reparo en un pequeño detalle en forma de cable colgando al vacío, paralelo a mi cadera izquierda. No lo había enchufado al aparatito de los… Así que no escuchaba bien. Y lo peor, durante las tres primeras paradas (1, 2, 3) he amenizado la visita de catorce japoneses, doce gabachos y un yanqui extraviado luciendo colorada gorra trumpista… con la charla del guía en español. Cada uno intenta reconquistar como le da la gana, oigan. Y mejor esto que las canciones, de sonrojante letra, berreadas por el Conejito Malo en un estadio petado de gente.

“Al salir de la sala, mire hacia arriba, observará las estatuas de dos planetas-dioses a ambos lados del umbral, a su derecha: la diosa del amor: Venus, coronada de flores; a su izquierda: Marte, dios de la guerra, con hacha y espada. Como pueden ver, son las únicas deidades que se miran entre sí, fruto del enamoramiento, de la atracción, del deseo…”, dice la voz a través de los auriculares (ya conectados). Obedezco, al igual que el alumno aplicado que siempre fui, irguiendo el cuello al borde del esguince cervical; en efecto, ambas figuras se miran a los ojos, desde la distancia que los separa, en forma de puerta. Ya enmudecida la voz, tras indicar el siguiente número a visitar, permanezco quieto, bajo aquella pareja divina. Me concentro y trato de imaginar su conversación telepática mientras clavan sus miradas. Pudiera haber sido lo siguiente:

Marte, machote, ¿cuándo me enseñarás tu espada? dijo Venus, saltándose a la torera el protocolo de la época.

Venus, hermosa, ¿viste los mapas enormes de allí abajo?

¿Los del suelo? Sí, reparé en ellos suspira ella: ¡Hay tanto que ver!

Quedemos y te mostraré un bello paraje (dentro de un lindo territorio que los humanos denominarán Hispania) que bautizaremos, por ejemplo… Cuenca.

¡Genial, la curiosidad me embriaga!

¿El martes o el viernes?

Ay, querido, guardad los Martes para vuestras guerritas estúpidas, el Viernes es el día del amor dijo ella, con un entusiasmo disfrazado de indiferencia.