martes, 18 de agosto de 2026

F259 - ¿Trastos?

Papeles, libros, ropas, obsequios, suvenires… en su día objetos con carga sentimental algunos de ellos fueron. Ahora condenados al oscuro interior de una caja a modo de prisión. Poco a poco, transformados de forma silenciosa en cachivaches, porsiacas, chismes, cosillas… llámenlos como prefieran.

¿Cuánto tiempo separa un tesoro de un trasto? ¿Cuánto tiempo es necesario esperar para deshacernos de algo? ¿Cuántos inviernos debes guardar un jersey que nunca vistes? ¿Cuándo se deslava el sentimiento y dejas de ver aquellos dibujos infantiles — regalos de los peques que cuidaste— como algo que provocó lágrima, para etiquetarlos “objetos de culposa indiferencia”? ¿Cinco, diez veintipico años? Siempre lo afirmé, mi vida cabe en un puñado de cajas —antaño de cartón, hoy de plástico duro con tapa, incluso alguna luce ruedas— cajas que me acompañan de un sitio a otro, llenas de papeles, de libros, de agasajos, de recuerdos… de trastos.

¿Cuánto tiempo debo esperar para deshacerme de ellas y encarar el presente, el futuro, para enterrar el pasado? ¿Existe algún libro de autoayuda que pueda guiarme?, tal vez un “Manual de Conversión al Minimalismo”, un “¿Cómo convertirse en discípulo de Marie Kondo sin perecer en el intento?”, un “Atención: primeras señales del Síndrome de Diógenes” o quizás uno más radical cuyo título rece: “Diario de un Espartano: yo, mi espada y mis alpargatas”. ¿Algo por el estilo, que arroje un poco de luz sobre este pobre acumulador de trastos?

Tarjetas de cumpleaños, tarjetas navideñas, tarjetas de fue-un-placer-hasta-pronto-te- echaré-de-menos ; teléfonos móviles obsoletos (o eso afirman, aguantando la risa, los que nos controlan, siempre malditos sean); tacos de fotografías en papel sujetas con goma elástica (las fotos de verdad, las que observas, tocas, enseñas a tu nueva chica: “Mira qué guapo era de crío; observa qué bien lo pasé el primer año en Edimburgo; contempla esta estampa grupal, qué belleza, qué autenticidad, cuánta inocencia; Y aquí, con mis nenes, observa sus miradas, sus caritas ingenuas, el futuro inmenso ante ellos.”); cargadores varios, cables de función desconocida, cámaras fotográficas digitales del Pleistoceno, baterías, tarjetitas de memoria pertenecientes a vaya usted a saber qué aparato, disquetes de computadora inútiles, deuvedés con maravillosas películas que ya ni siquiera en el ordenador puedes admirar, unidades de disco duro externas que contienen miles de fotos olvidadas (nunca se miran las instantáneas incorpóreas, sin embargo, continuamos acumulándolas como si su mera destrucción trajera mal fario)…

Quizás todo se reduzca al tiempo restante para la próxima mudanza. Ahí es donde comienzas a ver las orejas al lobo. O tal vez no la haya, pero tu mente calcula, planifica por si acaso debes salir corriendo, una vez más, y no vendría mal reducir el número de kilos que te acompañan, minimizar el número de cachivaches, de recuerdos, de cajas.

Supongo que mi cerebro se ha hecho a ello, a estar preparado para la próxima. Uno tiene su historial y, como el malhechor reincidente, presume con orgullo de su lista de antecedentes. Calculo que realicé una quincena de mudanzas en mis tiempos escoceses, quizá más, durante los casi trece años y medio que permanecí en Edimburgo. Nunca residí en otra población. En alguno de esos destinos estuve semanas, meses, en otros, años. El máximo, mi última estancia, seis años con mis encantadores caseros (matrimonio arañando la jubilación), en una típica casita británica (planta de abajo: hall, living, cocina, baño; planta superior: toilet y tres dormitorios); jardín trasero de hermoso tamaño, limitado por altos setos bien cuidados, donde tendía la ropa de cama —el frescor de la brisa nórdica, el aroma, el aleteo y su flapflap— las estivales mañanas sabáticas como si viviera dentro de una película de sobremesa dominical; y otro pequeño jardín frontal, con su verjita. El que menos, un par de noches y luego a la calle, cosas que pasan.

Recuerdo una en especial. Una mudanza imprevista a un hostal o albergue para mochileros. Siete meses conviviendo con tres personas —dos literas—en una habitación. Incluso tuve que alquilar un trastero (pura necesidad logística), de esos por metro cúbico (el menor y más barato), similar al utilizado por los protagonistas de Breaking Bad (salvo qué en lugar de un colchón formado por millones de dólares en billetes, yo guardé mis libros, papeles, recuerdos en un puñado de cajas de cartón grueso (otrora continentes de bananas en el supermercado cuyo nombre imaginario fue Tesda).

Nunca me había ocurrido, hasta que un día sucedió. Después de varios años como residente en la capital escocesa, después de unas cuantas mudanzas, uno cree que ya lo vivió todo, que es un experto en aquello de cambiar de piso, de compañeros, de barrio. Uno se cree conocedor de todo el género humano, un catedrático en Antropología por la Universidad de Oxford, nada podrá sorprenderme, se dice, hasta que un día viene la sorpresa vestida de largo y, fiestera, llama a la puerta: toc, toc, toc. Te ves en la calle, con un montón de cajas y maletas y bultos y mochilas. ¿Y ahora qué?, te dices. ¿Qué carajo hago? Salió mal la vieja estrategia, la mil y una veces recomendada (para cualquier aspecto de la vida): “Tú, al igual que los monos, o el mismísimo Tarzán en sus buenos tiempos: no sueltes una liana hasta tener bien agarrada la otra” (se aplica en el cambio de casa, de coche, de trabajo, incluso los desaprensivos, o les debería llamar los listos de la vida, lo aplican a la muda de pareja). Pero, a veces la segunda liana se rompe chas, y te pegas una costalada contra el suelo que roba el aliento. Y eso sucedió aquella vez, la chica (australiana), que iba a concederme una de sus habitaciones, se echó para atrás en el último instante: “So sorry”, dijo por el telefonillo. “Más lo siento yo, bonita”, pensé sin llegar a decirlo.

El final del episodio tuvo forma de hostal, como he indicado, un albergue para trotamundos situado en la principal zona de copas de la ciudad antigua. Repleto de australianos (aussies) y neozelandeses (kiwis), primo-hermanos, que visitaban descalzos los pubs de alrededor. Imaginen el percal. En el cual permanecí siete meses (consagrado a unos cursos, y trabajando, no disponía de tiempo sobrante para buscar piso). Larga estancia que finalizó, de forma abrupta, una madrugada de viernes, siendo escoltado por la Policía, pero eso pertenece a otra batallita. De vez en cuando, cogía el bus 34 y me acercaba a la nave de trasteros, en el extrarradio. Accedía con un código secreto (incluso me hacía ilusión, como de señor importante). Y allí me tiraba un rato, cerrada la puerta, entre mis tesoros, abriendo y cerrando cajas de plátanos. Cogiendo novelas para releer, buscando fechas y anécdotas entre mis diarios, mirando, acariciando con nostalgia las fotos tomadas en las viejas noches de farra con John, con Jenny, con Kelly, Marcus, Michelle, Donna, Neil y el resto de la gente del gimnasio (mi primer trabajo, en su cocina). Luego cerraba, con mimo, todas las tapas de cartón, de plástico. Apagaba la luz, bloqueaba el código y tomaba un autobús de regreso a la ciudad.

¿Pretérito, presente? qué importa. A cada año transcurrido se complica el asunto, se acumulan los libros, los papeles, los dibujos infantiles, las tarjetas, los obsequios, las cajas. Los útiles con vocación de tesoros y destino como trastos. Apuntes, libros de texto, agendas, fotocopias encuadernadas. Carezco de arrojo, o de indiferencia, para enterrar en las profundidades azules del contenedor todo aquello que genera de la nada —cual milagro— cada Curso estudiado, cada trabajo experimentado, cada periodo vivido.

¿Cómo hace el resto de la gente? ¿Dónde guarda tanta cosa?

¿En esto consiste la vida, en acumular, despreciar, deshacerse de trastos hasta que llegue el día cuando el trasto sea uno mismo?

A veces, me sorprendo planeando, viniéndome arriba, una pura fantasía: llegará un día en el que me arme de valor, o desesperanza, y queme todo ello, cajas, maletas, libros, regalos, ropa, móviles, fotografías… todo. Levantaré una gran pira (digna del Primer Premio de Marchos de Fuenmayor) en el jardín trasero utópico, inexistente. Tan sólo salvaré una mochila pequeña, en su interior: una muda, las gafas de viejo y un libro. El único que sobrevivirá a la quema, cual ninot ganador. Éste último, de Arturo Pérez-Reverte, siempre lo llevaré conmigo. Lo conservaré hasta que sus páginas amarilleen, sus tapas se agrieten, el lomo se deshilache. Lo guardaré hasta que mis dedos temblorosos no soporten su peso. Una novela siempre ligada a mi escapada, a mi propia aventura. Más de una docena de veces releída desde aquel mágico año 2002, cuando entre sus páginas —estrenadas (despacio, disfrutándolo) tan sólo en mi día libre de cada semana— soñaba con ser valiente, duro y fiel como Potemkin Gálvez, pícaro, astuto, divertido y canalla como el Güero Dávila, previsor, listo y profesional, a la par que atractivo como el gallego Santiago Fisterra y, por supuesto, frío, calculador, inteligente, simétrico… y guerrero al igual que “La Reina del Sur” Teresa Mendoza, alias La Mejicana:

—Cierra la boca… o juro que te mueres.

 

viernes, 24 de julio de 2026

F258 - Allende los mares

¿Quién fue crío y no soñó con ello? ¿quién no pateó un balón en una explanada de tierra —dos pedruscos como postes, larguero “a ojo”— emulando a sus ídolos? ¿quién no corrió, con la pelota bajo el brazo, a casa porque comenzaba el partido que emitían por televisión?

Yo, al menos, sí lo hice. Soñar, jugar, correr, contemplar con devoción en la pantalla a aquellos jugadores con azulada pantaloneta y casaca roja de manga entera, aquellos tipos duros, serios, limpios de tatuajes, bigotudos y con el cabello largo. Aquellas figuras erguidas, con el rostro al frente o hacia el cielo cuando sonaba el himno nacional.

La furia roja, denominaban a la Selección española por esos tiempos. Furia que solía quedar en agua de borrajas, ronda de penaltis u octavos de final del correspondiente mundial. Copa del mundo, lo llaman ahora para darse importancia. Furia roja que tan sólo se reflejaba en la cara de mala uva de Camacho, las pechadas de Juanito y las medias por los tobillos de un tal Gordillo galopando por la banda (trozos de césped y tierra negra casi salpicaban la cámara). Luego vino aquel entrenador, seleccionador infame, cuyo nombre no quiero recordar, con su ‘patadón parriba’, tratando de emular a los ingleses sin siquiera rozar su esencia, sin poner todo el corazón en su trabajo, sin sentir el escudo (ni la bandera) que su chándal representaba. “¿Para qué, si me pagarán igual?”, debió de pensar, el innoble.

“Nunca ganaremos los mundiales”, creímos apesadumbrados durante la infancia, la adolescencia, la primera adultez.

Entonces, muchísimo tiempo después cuando el sueño lucía tan deslavado que casi transparentaba, amaneció el once de julio del año dos mil diez; surgieron las trompetas aquellas que inundaban los estadios sudafricanos con alegre escándalo —vuvuzuelas, las bautizaron— nació el tiqui taca, aparecieron cual estampas milagrosas San Andrés Iniesta y su gol eterno… Iniesta empaquetó con mimo, puso un lacito colorado y nos regaló el sueño de nuestra niñez. Dos hombres cabales, serios en lo suyo, profesionales, sentidos de los colores que representaban lo hicieron posible: El Sabio de Hortaleza (Luis Aragonés) plantó la semilla, Vicente Del Bosque la regó, la bendijo y entre todos cosecharon el fruto en forma de copa mundial, la primera.

Edimburgo rebosaba entusiasmo. Incluso el clima (siempre caprichoso en la capital escocesa) respetó la competición: cielo azul turquesa sobre el castillo majestuoso —perenne custodio— ni una nube oscura que pudiera traer mal agüero, luz que reclamaba gafas de sol. La ciudad se volcó en el Campeonato Mundial de Fútbol desde el primer día: pantallas gigantescas en las terrazas hosteleras (los beer garden), pubs con ofertas especiales de comida (denominadas como países) y, sobre todo, de bebida, colorido futbolero por las calles (no permitido en el interior de los bares, por seguridad), ambiente jaranero propio del Festival Fringe de agosto (icono de la capital). Los escoceses, pronto huérfanos de selección, se unieron con gusto a la afición española. Cualquiera les hubiera bastado, excepto la archienemiga Inglaterra. Pero, adoran España, a sus gentes, su comida, sus playas, su forma de disfrutar la vida, nuestra naturaleza. Eso me decían, en cada encuentro, en cada conversación.

Presencié la semifinal en la terraza exterior del pub Three Sisters; colocaron una pantalla enorme, los rayos solares obligaban a buscar el ángulo correcto de visionado. Corrieron las pintas de cerveza, los cánticos, el entusiasmo: acudió a la cita, por aclamación, el gol victorioso contra la siempre poderosa Alemania… se acercó el sueño.

Para la gran final, ante Holanda, barajé varias posibilidades (regresar al Three Sisters por aquello de la superstición, bajar al barrio de Leith, probar en algún bar desconocido, verlo en casa estaba descartado). Me decanté por el céntrico pub Tron con varias estancias, barras y televisores modernos por doquier. Llegué algo tarde, recuerdo, pedí una pinta de cerveza y, sin pensarlo demasiado, entré en una de las salas. Pronto topé con una sorpresa, algo no cuadraba, me vi rodeado de camisetas anaranjadas (no se permitían banderas ni bufandas identitarias). Divertido, y algo acongojado, corroboré la sospecha: me hallaba en territorio Comanche, tierra enemiga, en mitad de la afición holandesa. Me identifiqué (no suelo llevar colores) ante algunos de ellos: estos reían, chocaban sus vasos contra el mío, me observaban con la displicencia rayana en la superioridad propia de fanes de la Naranja Mecánica, o quizá se trataba de ansia vengativa por todo el tinglado que les montamos con los Tercios. El pitido final del primer tiempo resonó sobre un marcador a cero. Sin perder un segundo, corrí a por otra pinta, a buscar otra sala, antes de que cayera prisionero.

Acá sí, la marabunta Spaniard. Cánticos, risas, silbidos, eufórico barullo —los ingredientes del jolgorio ibérico— alguna que otra bandera semi escondida (supongo que aquel día no se mostraron estrictos los porteros del bar; la separación por habitáculos ayudaba a la convivencia) un puñado de camisetas rojas. Mucha cerveza, amagos de calimocho (siempre surge algún camarero que conoce el combinado), chicas bonitas, fotos, camaradería y una terrible nostalgia. Añoranza dolorosa (garganta, intestinos, corazón) por estar allá, en nuestra tierra, por el centro de Madrid, a lo largo del paseo marítimo de Málaga, en la Gran Vía logroñesa…

“¡Yoo sooy

Españool, españool, españool

Yoo sooy

Españool, españool, españool!”

Rugían las gargantas regadas con cerveza y entusiasmo. Retumbaba el suelo de madera bajo decenas de personas botando y botando y botando.

Minuto 90, los nervios piden salir del cuerpo. Tiempo de prórroga.

Y luego el minuto 116 hizo saltar por los aires, en miles de pedazos, aquellos nervios; la ola expansiva, que olía a rabia histórica y euforia, fue provocada por el gol que hizo inmortal a Iniesta. Los abrazos, los saltos, el corazón desbocado, la piel de gallina. Éramos Campeones del Mundo, sí, yo también, aquel niño que corría tras un balón de reglamento en una explanada de tierra seca, soñando con ser Santillana.

Dieciséis años más tarde

Me escapo al terruño porque hay acontecimientos que así lo requieren. Logroño, calor sólido de sandía, larga siesta, jarra de agua fría.

Es mediodía, quedan apenas ocho horas para la gran final: España contra Argentina. Tomo un refrigerio sentado en una terraza bendecida con sombra y una ligera brisa. Un coche rojo descapotable, antiguo, recorre Avenida de la Paz. El sol brilla sobre la carrocería, dos livianos mástiles flanquean el habitáculo, sujetos a sendos retrovisores, las banderolas rojigualdas ondean emitiendo un suave aleteo. Para mí, un grato baño de irrealidad tan cerca, tan lejos de la ciudad blanca. En el asiento de copiloto, un niño de unos diez años acompaña al que supongo su padre que conduce despacio, el rostro de aquél iluminado —todo sonrisas y ojos— mientras presiona una y otra vez la bola de goma de la vieja bocina, un crío feliz contagiando su felicidad, ignorando que tal instante lo recordará toda la vida. Todavía, grabado a fuego en la memoria, vislumbro la figura de mi padre cuando me recogió del Colegio Internado de Lecároz (Baztán) aquel día de final de curso; paramos en una venta de carretera a las afueras de Estella (bocadillo de jamón, Coca-Cola) para ver el debut de España en el Mundial del ochenta y dos, el Naranjito, la furia roja… todo aquello. Y a mi padre ni siquiera le gustaba el fútbol, supongo le bastaba contemplar mi rostro iluminado, todo ojos y sonrisas.

Nunca pude comprender (bendita inocencia) que los amiguitos del pueblo prefirieran la victoria del Brasil a la de Argentina. Que “fueran con” aquellos sujetos vestidos de amarillo pollito que parlaban portugués caribeño, y no con los que lucían lindo conjunto albiceleste, nuestros primos hermanos (en mi caso, literalmente) y hablaban nuestro idioma. Lo veía como una afrenta a nuestra cultura, a nuestra historia, a nosotros mismos. Con los años, la vida, descubrí que existen politiqueo e ideología que todo cuanto tocan lo emponzoñan, incluso las infantiles pachangas balompédicas en una explanada de tierra. Recuerdo el consejo parental cuando yo les bombardeaba con preguntas tras uno de aquellos episodios, sobre cosas que había escuchado a otros muchachos comentar (tanques, banderas, canciones prohibidas…), mi padre sonreía triste y decía: “Hijo, tú simplemente disfruta jugando al fútbol”.

Y así lo hice, así trato de seguir haciéndolo, el disfrutarlo, sin importarme quién dirige un país u otro, quién descansa el trasero en la poltrona, quién decide asuntos que nada tendrían que ver con un partido de fútbol, y mucho menos con el sueño de uno críos.

En esta ocasión, al amparo de un bar logroñés, también acudieron los cánticos, los gritos, los nervios. También llegó el gol histórico y otro jugador de casaca roja subió al santoral futbolero: el valenciano Ferrán Torres y su inmenso zurdazo. Segunda estrella para la camiseta, estrella con Denominación de Origen Rioja, gracias al seleccionador jarrero: Luis de la Fuente.

“¡¡La geente canta con ardoor

Quee viiva Españaa

La viida tiene otro saboor

Y España es la mejor!!”

Coreamos, en plena celebración, el himno oficioso del gran Manolo Escobar que atronaba por los altavoces. Botando, abrazando, gozando.

Siempre tuve un pedacito del corazón con la Argentina. Deseé la final que resultó, sabiendo que los argentinos serían un rival mucho más complicado que Inglaterra. “Descendientes” de aquel duro Mario Kempes “el Matador” de zurda potente, velocidad y rizada melena. Así y todo, los preferí de antemano. “Si España cae, voy con Argentina”, siempre fue mi consigna.

Patadas, feas entradas, careos, tarjetas amarillas y rojas durante el encuentro, durante los noventa minutos de rigor, o los ciento veinte añadida la prórroga. Lo acepto, lo entiendo, se trata de fútbol, un deporte de contacto no apto para almas frágiles. Sin embargo, me entristeció sobremanera lo que ocurrió tras el pitido final. Algunos de los jugadores argentinos —nuestros hermanos— buscando gresca contra unos infelices que no saben de tales maneras (¿se hubieran atrevido con aquellos Camacho, Juanito, Gordillo… incluso con Puyol y Sergio Ramos?). Aún, intento excusarlos: la frustración, la derrota, la cesión del cetro mundialista, una pataleta, una chiquillada venida a más. Pero lo peor de todo, para el que no hallo excusa alguna, fue el desplante, ese dar la espalda a la Selección española en la entrega del trofeo. Significa un desprecio al país hermano, a su historia (de ellos, nuestra), a su cultura, a su idioma, a su patria madre. Es dar la espalda a tu imagen en el espejo. No fue agradable. ¿Darnos la espalda? ¡Ni que fuéramos la pérfida Albión!

Sonrío con tristeza (como mi padre) mientras despliego el folio de papel cebolla. Bien conservado en el interior del sobre rasgado, éste sí muestra el paso del tiempo, ajado con bordes rayados en rojo, blanco y azul propios del correo aéreo. La misiva data de los años ochenta, de cuando yo era un crío ilusionado, de cuando todavía conservaba la inocencia y no entendía de mandatarios ni banderas. Está escrita a máquina, texto pulcro dividido en partes de diferente temática —cada asunto titulado en tinta roja (me alucinaba que existiera tal opción) subrayado: Escuela, Familia, AmistadesFútbol—. La firma el bueno de mi tío Ricardo, desde la Argentina. En este último apartado dice: “Por acá hay un pibe muy jovencito que juega divino la pelota; estén atentos, será un gran jugador. Su nombre es Diego Armando Maradona”.

Acaricio estas líneas, su rúbrica, miro al cielo y le pido perdón por la victoria.


Dedicado a: mi prima Ali, Joaquina, y el resto de mi familia allá por la Argentina. Con cariño, desde el respeto.

Recuerden que España siempre amará Argentina.

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

F257 - Sin control

“Nos quejamos de vicio”, qué gran expresión popular. Se utiliza cuando contemplas a personas que viven en peor condición que la tuya —que son muchas— ya sea física, intelectual, familiar, económica… Sobre todo, la física, la que atañe a la salud (ese trofeo del azar que sólo recordamos al perderlo, o cuando empeora su brillo). ¿De qué sirven el dinero, la amistad, el amor incluso la libertad, si no gozas de buena salud para disfrutarlos o, al menos, de una normalita, del montón, sin grandes descosidos, sin mácula en forma de enfermedad con letra inicial en mayúscula?

“¿A quién das tú pena eh?”, acostumbraba a decir mi compañera de piso asturiana en los tiempos por Edimburgo, “¿A quién das tú pena?”, siempre lo soltaba por duplicado, para dar énfasis, supongo, para que me quedara claro, con su peculiar acento cantarín y cariñosamente enojado, astur aderezado con miajas de gallego y leonés, toda una mezcolanza lingüística con olor a cecina y buen potaje.

Me lo preguntaba, retóricamente, cuando yo le iba con alguno de mis cuentos lastimeros: “Tengo un compañero de clase que el pobre padece tal, a una compañera de trabajo le ha pasado cual”; “Uf, no te lo vas a creer, he visto a una pobretona —no tendría dieciocho años— tirada en la acera, ahí en medio del puente Northbridge, con un plumífero roto, pidiendo limosna”; “Escucha la desgracia que leí por la mañana en el periódico del bus” y así un largo etcétera. Yo me ponía en la piel de aquellos infelices, ya fuera por causa intelectual, económica o física. Sentía por ellos una pena inmediata, duradera por unas cuantas horas, o días. Si el afectado era un niño ya era el acabose, casi quedaba paralizado por efecto de la lástima. ¿Seré débil?, me preguntaba, ¿ultrasensible, quizá? ¿acaso no me hice Hombre durante la etapa que trabajé en el Taller de Hombres, no aprendí a entrechocar cornamentas con los otros machos cabríos? Con el transcurso del tiempo, y de la vida, y tras sufrir mis propios rasponazos (esos que requieren algo más que Mercromina) he ido endureciéndome un poco, he fabricado algo de coraza, quizás no de titanio, pero sí de hojalata dura.

Pero, a veces…

La mañana amaneció estupenda, fresca pero bañada en una luz impropia de estos lares, el cielo despejado, azul como de postal, con aderezo en forma de nubecillas blancas fabricadas con algodón de azúcar. En mi agenda, una escapada al terruño, a visitar a la familia, a callejear por la calle Laurel —las obligadas patatas bravas, y simpáticas camareras, en el bar Jubera— quedar con alguna amiga (siempre fueron más ‘ellas’ que ‘ellos’), recordar viejos lugares, añorar otras vidas (quizá Unedienses), saludar al Espartero que en su día me inculcó el valor suficiente para huir hacia delante, ignorante yo de la imposibilidad del acto, al desconocer, por entonces, que las dificultades, los problemas, las complicaciones —todos eternos polizones— se cuelan en la maleta, entre gayumbos y camisetas, e incluso dentro de tu cuerpo —enrollados con los intestinos—viajan contigo aunque creas dejarlos en la casilla de origen.

Paso la tarjeta que hace biiip y a los dos minutos subo al tranvía que me llevará a la estación de bus. Tomo asiento, aún cansado por las últimas madrugadas laborales (gimnasio pagado, agujetas gratuitas). Llevo puestas las gafas de sol negras porque el sol pega fuerte y siempre me molestó el exceso de luz (más ahora con vida vampírica), entran rayos del mismo a través de las láminas de publicidad que cubren los ventanales del vagón, logrando encontrar los recovecos necesarios, y así recordarnos que ahí fuera continúa la mundana existencia.

En seguida, alguien llama mi atención, sacándome de mi filosófico ensimismamiento (leer a Javier Marías hace virguerías en tu cerebro).

Se trata de un hombre de unos cuarenta años, tal vez alguno menos, sentado en un lateral del vagón a unos pocos metros de donde me encuentro. Luce cabello rizado, peinado hacia atrás con agua, tal vez con fijador, ojos claros; viste cazadora gris de tergal o algo similar, vaqueros clásicos, sin rotos ni florituras, zapatillas negras cuyos cordones están medio sueltos, o mal atados. Dicha chaqueta se muestra torcida, dejando un hombro en permanente descubierto, mostrando la camisa granate a cuadros blancos por debajo.

Sin embargo, no es su ropa lo que llama mi atención, sino sus movimientos constantes, erráticos, incontrolables. Son los conocidos como tics motores o musculares. Gira el cuello a izquierda y derecha, y en diagonal; inclina la cabeza de lado a lado como el boxeador al sonar la campana de comienzo. Dobla el tronco casi hasta la cintura, vuelve a estirarlo, se abraza a sí mismo (metiendo las manos, a través del frontal abierto de la chaqueta, atrapándolas bajo los sobacos) como si temiera no poder controlar el espasmo y golpear a otro pasajero. Duele verlo. No puedo dejar de mirarlo. Me escudo tras los cristales negros y la distancia considerable que me separa de él.

Hace unas semanas me hubiera mostrado más sorprendido, incluso apenado, pero el pasado fin de semana vi una película donde el protagonista sufría movimientos y espasmos similares. “Incontrolable”, reza el título perfectamente elegido. Basada en hechos reales, relata la vida de un tipo con síndrome de Tourette. El personaje, además de los consabidos tics motores sufría tics de habla: escupía palabrotas, gritaba, empleaba expresiones soeces e inapropiadas con la situación (sobre todo bajo estrés o nerviosismo) de forma involuntaria. Sin filtro, su cerebro producía una frase que él sabía inadecuada, pero a la vez saltaba la barrera que le decía ‘NO’, que aquello lo podía pensar, pero no decir en voz alta.

Una película (escocesa, por cierto) magnífica, impresionante, donde las primeras carcajadas, en el minuto uno, se convierten pronto en lágrimas, éstas tornan de nuevo en risotadas para luego regresar al llanto. Una montaña rusa emocional que te deja fundido, sudada la camiseta, rendido. Una película de botellín de agua y paquete de clínex. Una peli que no termina con el consabido —hoy en día inexistente— ‘The End’, sino que permanece contigo en la cabeza, que regresa junto a la almohada, que te acompaña durante días.

Nuestro pasajero supongo que padece una condición similar, cercana a dicho síndrome, quizás éste mismo en diferente grado, o cualquier otro mal neuro físico o quizás neurológico, ignoro los tecnicismos. No grita, no dice tacos, no porta un mordedor colgado del cuello (como los protas de la película). Pero no cesa en sus espasmos continuos, rutinarios, más amplios e intensos que los sufridos por los personajes del film.

Una señora, de mediana edad, hace lo que a mí se me pasó por la cabeza en un principio, lo que a muchos de los pasajeros se les pasa por la cabeza (aunque todos disimulemos, siguiendo enfrascados en nuestros móviles, libros, conversaciones sobre el tiempo, contemplación del paisaje). Deja su asiento y se acerca a él despacio. Le posa, con cariño, una mano sobre el antebrazo (que el hombre trata de contener pegado al tórax). Le pregunta algo breve, demasiada distancia para escucharlo. A su vez, él responde una, quizás dos palabras, o una frase muy corta. Casi instantáneo. La mujer sonríe tranquila y retorna a su asiento. El joven continúa su involuntario ritual.

El diálogo imaginario es corto, sencillo:

—¿Estás bien? —quizás creyendo, ella, que sufre algún tipo de ataque epiléptico.

—Sí, gracias, tengo una condición equis.

Supongo que el hombre contará con la respuesta preparada, o que incluso llevará en la cartera una tarjeta indicando su condición en caso de que no pudiera hablar.

Yo mismo habría sido ese pasajero preocupado, el que hubiera hecho gemela aproximación, idéntica pregunta: “¿Te encuentras bien?” hace tan sólo unas pocas semanas. Pero resulta, como indiqué, que anteayer vi aquella inolvidable película y algo aprendí: que ese ya no tan muchacho lo que más desea en el mundo es pasar desapercibido dentro del tren, por la acera, en el supermercado, que nadie lo mire o le cuestione, que sus tics no perjudiquen a nadie más que a él, que pueda hacer su trayecto, su jornada sin que ocurra incidente alguno.

Hace años hubiera sentido lástima por él, hoy al apearme tras él, y su dificultoso caminar, tan sólo sentí admiración por su coraje, por su valentía, por su forma de pelear a puñetazos con esta vida a veces tan perra.

De acuerdo, también agradecí a Dios por mis pies casi siempre doloridos (como si fueran de otro y no encajaran en mí), por las molestias de espalda, por las caprichosas cefaleas, por esos achaques que de vez en cuando me llevan a pasar la ITV, por el insomnio intermitente. Gracias por mis problemas de chichinabo.

Nos quejamos de puro vicio.

 

Relacionada: F4 - Taller de Hombres

 


martes, 16 de junio de 2026

F256 - Hay humor que mata

“Que no me vea, por favor, que no me vea. Que no pose sus ojos depredadores en mí”. Río con ganas, pero tratando de no caer en lo escandaloso (mi modo natural de carcajear). Siento goterones de sudor recorrer las axilas; menos mal que elegí la camisa roja, la cual me queda grande, lo suficiente para que los surcos de humor sobaquero no arruinen todo. “No hagas aspavientos”, sigo conversando conmigo mismo, que ya tengo experiencia. O con la vocecita, que a veces va por libre, siempre picajosa, siempre metiendo la puntilla, siempre reventando la escena: No gesticules, no muevas los brazos al reír. ¡Para ya de juguetear con el botellín de agua! Déjalo en el suelo, fuera de sus ojos cazadores. Que nada llame su atención. Fúndete con la butaca, camufla tu presencia con la columna gruesa que te toco de acompañante. A tu diestra. Que nada despierte su ojo vigilante. Que no pose la mirada en mí.

Aquí estoy solo, pegado al pilar protector en una diminuta sala de teatro, disfrutando a la par que sufriendo, como un novio indeciso, del espectáculo en forma de monólogo. Un monólogo por y para parejas, advierte el anuncio. Y yo solo, como vine al mundo. Solo que es mi forma de estar; la soledad, mi hábitat mundano. Lo extraño hubiera sido gozar de compañía, no digamos ya femenina. Eso habría supuesto la bola extra de la maldita lotería primitiva. Sí, ese boleto que cada jueves rasgas en cuatro pedazos, soñando, como un parvulito en víspera de Reyes, que la próxima semana será la tuya. Que darás el campanazo, que al fin podrás comprar ese piso soñado, en cuyo living instalarás una gigantesca librería, fea, funcional, con baldas de obra blancas, impolutas, que alcanzarán del suelo al techo, ocupando tres de las cuatro paredes (la cuarta reservada para el pecado en forma de televisión gigante, Netflix, ya saben) donde cabrán cientos de libros. Así, nunca jamás tendré que deshacerme de ellos—por falta de espacio—: regalarlos, donarlos a la biblioteca pública, abandonarlos a su suerte en charity shops escocesas en bolsas de plástico del Tesco, condenarlos al fondo del contenedor de tapa azul. ¡Maldigo todos los contenedores azules que engulleron, con voraz indiferencia, millones de palabras! La próxima semana, Jorge, será tu semana, tu boleto ganador, tus seis bolitas y complementario. Tu piso moderno, tu librería de solterón de película a lo Hugh Grant. Quién desea mujeres habiendo libros.

Pares versus Impares, reza el título del monólogo. El tipo exhibe cierta gracia, al menos la que lleva anclada en su adeéne. Es andaluz. Ponga un tópico en su vida porque suele funcionar. No me imagino a un bilbaíno con esa chispa, a pesar de que, de nuevo, me hallo en un local de la ciudad exagerada. De Almería, dice ser; recuerdo a una amiga de Mojácar, en mis tiempos escoceses, que cuando se excitaba su hablar ganaba velocidad y la jerga resultante se acercaba más al marciano que al castellano. ¿O quizás era de Murcia?

Luce look a lo Goyo Giménez, calvo rasurado, perilla; tal vez con la ingenua esperanza de que el aspecto le proporcionará el resto. No lo hace. Le quedan miles, millones de pasitos sobre las tablas para rozar el gracejo del loco admirador de los yanquis: “No os lo cuento, mejor lo muestro”.

Sin embargo, esa lejanía del crack le acerca al público, le permite bajar del escenario, tirando de un cable de micrófono larguísimo (¿acaso no existen los inalámbricos, o lo hace a posta para acojonar?). Le da por descender los escalones a cada rato, hacia las primeras filas, tantear, buscar, observar… preguntar. No le mires, Jorge, ni te muevas, deja ya de sobar la puta botella. Que no se aproxime, que no pregunte, que no haga de mí el monigote de la risa, el saco de carcajadas para toda la maldita sala. ¿Por qué carajo permitiste a la aplicación elegir tu sitio? Fila número dos. Butaca trece. Otra vez el trece, como en Madrid, no espabilas chaval. Di que en Madrid fui obsequiado con la contemplación de la Pareja Feliz. Mereció la pena. Fila dos, tiemblo sólo de pensarlo. Bendigo la columna, mi querido pilar, como si fuera un amante, mi compañía, algo entrada en carnes (más bien, piedra), que me da cobijo, cierto camuflaje. Mas, el rey de la chanza sureña ya ha paseado sus ojos por mi persona. Conoce mi existencia. Sabe que rezo para que no me tienda el micrófono. Debió de estudiar el curso de CCC: Telepatía y otros Usos Ocultos de la Mente Humana. Lo sabe con certeza, y eso es lo peor.

Interroga a las parejas de las primeras filas. Antonio, dice llamarse el marido: cabello blanco, escaso, buena planta, americana formal. Cuarenta y ocho tacos, dice tener (así lo dice, ‘tacos’). “Bien llevados”, dice el humorista. Nadie se ríe, todos parecen estar de acuerdo, yo creí que era un chiste improvisado, parte del repertorio, como el mago que extrae paloma o conejo de la chistera. Si me pregunta la edad el joven se desmaya. Le llevo unos cuantos años al amigo Tony, y parezco su primo menor.

Vislumbro la escena. Abrirá mucho los ojos: “¿Cuántos años dices que tienes?”. Sana mata de pelo (toco madera) cuidadosamente despeinada, ni una sola cana (vida sin hipotecas), rostro lampiño, algo aniñado. Resultado de un pacto con el diablo según mi querida hermana (de los millones de euros prometidos se olvidó, el muy…). Vestimenta juvenil (no me puse una americana desde el día de la Primera Comunión). Entonces, ordenará que me levante, incluso que me acerque a él, que suba al escenario, me pasará el micrófono (tropezaré con el infame cable extenso), me solicitará el deneí, incrédulo, cual agente de la Benemérita en un control de alcoholemia: “Buenas noches, caballero, me permite su documentación”. Me temblarán los dedos bajo el foco abrasador, las gotas de sudor echarán carreras por las mejillas. ¿Y si voy preparando el documento: lo extraigo de la carterita? ¿Quizás colocarlo entre los dientes? No, no puedo hacerlo, mis movimientos me delatarán. El goyo murciano detectará el hedor a presa asustada. Y entonces, mostrará los colmillos, goteantes, posará sus ojos de lobo hambriento en mí, me apuntará con el micrófono: “Tú, el de rojo”, dirá (otra vez… luego les cuento). Me preguntará la fecha de nacimiento, rápido, tratando de sorprenderme, como un camarero ante la adolescente nerviosa que jura y perjura tener dieciocho años (okey, salvando las distancias). Su mente ágil, como la de todo artista sobre un escenario, realizará el cálculo matemático en un segundo. Y comenzará la vacilada.

Me exhibirá como si fuera un potro en venta. Me pedirá que muestre los dientes, que gire sobre mí mismo, como si de una muestra de ganado se tratara. Qué vergüenza anticipada. Qué bochorno prematuro. Más sudor. El cerco empieza a saltarse la distancia que le permitía la talla superior. Transpiro como lo hice en pleno examen de Selectividad hace más de treinta años (“Que no caiga Kant, por favor, que no caiga Kant”). Mierda. La cantinela también similar: que no me mire. Que no me señale. Que no me pregunte.

Río a carcajadas, conteniendo ese puntito extra de alborozo. Resulta gracioso con tan sólo contarlo como lo cuenta. Ventajas de la cuna meridional, supongo. Uno de Lequeitio no tiene ni puta gracia, aunque beba cuatro calimochos antes de subir al escenario. Es un disfrute extraño, río, tiemblo, sudo. De acuerdo, no tiemblo, pero no soporto la idea de ser la diana de sus chanzas. ¿Viniste solo a un monólogo para parejas?, dirá, alzando mucho las cejas, abriendo los ojos cual caricatura japonesa, disparando con bala mientras mira al público, gustándose, como el mismísimo Cristiano Ronaldo al marcar un libre directo: ¡Siiiuuuuu!

—No, vine con Pilar —diría yo, pasando el brazo alrededor de la columna a mi vera.

La gente romperá en carcajadas, y él, herido en el orgullo humorístico, me acosará a preguntas, lanzará todo su arsenal de chascarrillos, burlas y prejuicios.

—¿Solo?, a Su edad, solamente Le quedará el residuo para elegir, rebuscar en el cestón de todo a dos euros del Primark —dirá impertinente, marrullero, buscando sangre, adoptando el tratamiento de usted como puntilla—… o el contemplar obras: mire, justo aquí enfrente están colocando los cimientos de una torre.

Hace meses, en otra ciudad, otro monólogo. El cómico se fijó en mí, a pesar de hallarme en filas posteriores. Ahora caigo que vestía la misma camisa roja. Mierda. El sujeto bromeaba sobre gimnasios, runners, la moda enfermiza del pádel. Nada nuevo bajo el universo monologuista (Leo Harlem lo bordó, y jamás nadie le dio alcance).

—¿Alguien sabe qué es el crossfit? —lanzó al vuelo.

Silencio. Sonrisas incómodas. Miradas al techo, al suelo, al acompañante.

—Tú, el de rojo.

Mierda.

—Sí, tú. ¿Sabes qué es el crossfit? —repite el joven delgado, fibroso, atlético hasta la náusea.

Ya vengo sudado, desde hace rato. ¿Ansiedad? ¿Timidez? ¿Miedo al ridículo? Qué sé yo. Nunca me gustó el foco individual del espectáculo.

—Tengo una ligera idea —digo porque no sé qué decir.

—Una ligera idea. No me extraña, con ese cuerpo… —una forma sutil de llamarme ‘puto gordo’.

Risa generalizada. Ausencia de miradas hacia mí; audiencia temerosa; nadie anhela ser el próximo objetivo. Acompaño el vacile con risotada forzosa y, por lo bajini, me cisco en su par de muertos más fresco: quid pro quo, como decía el entrañable Hannibal Lecter: tú te burlas, yo te muerdo.

Suena un móvil entre el público y, de inmediato, veo cielo abierto. Salvado por la campana, por la característica melodía de Vodafone.

Mister Musculitos levanta el hocico cual hiena oliendo carroña. Ya lo advirtió antes del show: “Si un teléfono suena, YO responderé a la llamada, con altavoz para todos”. Muy en la línea del film “Perfectos Desconocidos” (que si mal no recuerdo ya recomendé).

Una mujer de mi edad, azorada, confiesa que es su móvil el causante del revuelo. Se lo ofrece a regañadientes: “Es mi hija”, dice: “Amagoia”.

—¿Eres Amagoia? —pregunta el cazador de almas.

—Sí… —oímos por el altavoz. Gran silencio, alguna risa suave incontenible.

—Ven a recoger a tu madre… que la está liando parda —dice el profesional del humor chabacano.

Tan sólo escuchamos (incluida Amagoia) la primera parte de la frase; de repente, se oye un gemido terrible qué, debido al ambiente festivo, y a las cañas consumidas, creemos una risa extraña, de esas escandalosas. No lo es, como supe luego (lo aclaró la madre en el piscolabis posterior).

Se trataba de un alarido penoso, un gemido de pánico, de ansiedad emitido por la hija al escuchar a un desconocido responder el teléfono de su madre y decir que viniera a buscarla. No se trataba de una cría, ni siquiera de una adolescente. Pero era su hija única, con la que convivía, que padece ansiedad. Sólo la dulce voz materna, protectora, consiguió apaciguarla después de unos minutos.

Todo eso lo aprendimos más tarde, claro. En el momento del acto, cuando más allá de la línea una persona sufría, a este lado todos nos partíamos de la risa.

Así que, un par de consejos, más bien tres, si acuden a un show de monólogos: silencien el móvil, huyan de las primeras filas… y no vistan de rojo.

¡Cuánto daño hizo el Club de la Comedia!


Relacionada: F233 - Sintiendo colores

 

sábado, 30 de mayo de 2026

F255 - Jugando a las casitas (2a parte)

Lo prometido es deuda. Para recordar pinche aquí.

 

Relato 48 - 2026

 

        El Richi y Luna

Un día cualquiera, en un modesto barrio de una pequeña ciudad anónima.

Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

¿Ricardo, se puede saber de qué coño hablas? pregunta Luna.

Empieza a pensar que este chico no está bien de la cabeza, o que simplemente disfruta destrozando dichos populares, los adereza a su gusto, lo mismo te suelta un ‘De perdidos al pozo seco’ que un ‘Quien a buen árbol se arrima de mala leche se pone’. Lo que empezó como una broma en primero de la ESO, cuando estudiaron los refranes en clase de Lengua, se ha convertido en obsesión. Ya no tiene remedio.

Él la mira, divertido, sin añadir nada. Parece disfrutar de la incomodidad que provoca. Aunque, en el fondo, más le fastidia que se dirija a él mediante su nombre original (y ella lo sabe), pero no le dará el gusto de mostrar su propio malestar. Por fin, se apiada, y señala el número de la casilla del tablero de Parchís donde permanece su ficha colorada. Luna da una calada al porro, sentada sobre sus piernas al otro lado de la mesa de camping en la que juegan. Entretanto, el dado rueda por el suelo.

Déjate de refranes tuneados, bobochorra, y tira de nuevo anda, que lo que salga en el suelo no vale. ¡Menudo torpe! Además, en todo caso, sería “la 48”, y no me refiero a uno de tus putos micromachismos sino a tu querida gramática: “LA casilla 48”.

Sería ‘el’ porque se refiere a uno de los caminos.

¿Pero qué cojones hablas de casillas y caminos, tolai, te has fumao algo sin mí?

Richi se agacha despacio y recoge el dado. Paradojas de la vida, piensa: haría cualquier cosa por ella y cada día la soporta menos, siempre corrigiéndole y acusándole de machista y de niñato. Cualquier día de estos le manda a paseo. Se encuentran en una lonja propiedad de los padres de Luna, junto al portal de su casa. La cochera está vacía, salvo por un ciclomotor, cubierto con una lona de poliéster, en el rincón del fondo. Ella la acondicionó, a su gusto, para las últimas fiestas del barrio: paredes pintadas de amarillo pastel, con mensajes de buen rollo en violeta y cuatro posters torcidos —así queda más cool: Karol G, Maluma, Bad Bunny, Eminem… su preferencia musical, todavía un batiburrillo preadolescente. A Luna le relaja la mezcolanza de olores que flota en el ambiente cerrado de la lonja: a gasolina, marihuana, pintura, y al zurracapote que ellos mismos prepararon (el barreño, aún sin fregar, con brotes de moho, apartado junto a la moto).

Un suave golpeteo en la puerta.

Tras intercambiar una mirada, Luna se acerca al portón:

¿Sí?

Soy yo dice una voz masculina.

Luna abre la portezuela insertada en el portóny le franquea el paso. Se trata de Quini, unos años mayor, quien de vez en cuando les visita y trae consigo algún obsequio cual Papá Noel (un cogollo de maría, un par de emes, alguna pastilla de color desconocido).

¿Lo has traído? —pregunta la chica, sin poder evitar sonrojarse ante aquellos ojos verdes.

—¿Quizá lo dudas? —responde a lo gallego, luciendo su sonrisa de lobo manso. Le tiende el bulto embalado que guardaba en la cinturilla de los vaqueros, oculto por la camiseta, guiñando un ojo.

Luna, más nerviosa si cabe, rompe el vasto envoltorio con cierta torpeza. Richi, que permanece sentado, contempla la escena; celoso a la par que admirador del maldito Quini; quemaría todos sus libros porque ella lo mirara así.

—Entonces, ¿el pipiolo será bautizado? —dice Quini, alzando las cejas.

—Por supuesto, ¿verdad, Richi?

Richi se limita a sonreír, intentando no mostrar su estado de nerviosismo. Aprieta el dado hasta que los seis puntitos quedan grabados en la palma de su mano.

—Recordad, esto no existe —dice el recién llegado señalando el paquete, a medio deshacer, en manos de Luna— y lo más importante: aquí el Quini entró a pediros un piti —añade, la mirada fría como la de un tiburón; se acabaron las sonrisas.

Luna abre la caja que ocultaba el envoltorio. Sus ojos reflejan excitación, incredulidad y un puntito de miedo.

—¿Está…?

—Listo para usar, ni lo toquéis antes de la hora pactada —responde Quini, sin necesidad de escuchar la pregunta completa. Agarrada la manilla se gira—: lo dicho, gracias por el pitillo. A mí no me conocéis de nada…

La puerta se cierra con un ruido lapidario.

—Dime con quién vas y te diré qué número de pie calzas.

—¿En serio, Richi, en puto serio? —dice Luna, mostrándole el contenido, para cortarle la tontería.

—Perdona, son los nervios.

Luna cierra la tapa y busca un escondite. Richi la observa en silencio, todavía siente el dado hiriendo el interior de su mano.

—Dale, tira de nuevo a ver si escapas de la puta 48, que este juego tuyo es aburrido no, lo siguiente —dice la muchacha.

—Mi madre dice que servirá para centrarme y calmar la ansiedad.

—Tu vieja es una santa… o una bruja camuflada.

El chico iza la mirada, clava sus ojos en los de ella, ni rastro de docilidad.

—Venga, bro, no te rayes, iba de coña.

Richi decide eso mismo, no rayarse, pues Luna —a pesar del postureo de malota— ha sido la mejor compañía desde el accidente en que perdió a su padre y a su abuela Rosario, la cual lo adoraba (el verano pasado, volviendo del río, un conductor borracho, un Stop profanado; Richi resultó ileso y su madre se había quedado ayudando en la iglesia). Bueno, el sentirse hechizado por ella desde parvulitos es meramente circunstancial.

Mañana será el gran día, el día D lo tildan en las películas, piensa Richi. Pasarán la noche en la bajera. Su madre marchó de excursión a Lourdes, con el grupo de la parroquia; siempre la mano derecha del sacerdote. Los padres de Luna trabajan el horario nocturno, ella de camarera en la discoteca, él como operario en una fábrica de electrodomésticos.

Comparten un viejo colchón, estrecho y demasiado blando, con varias manchas desagradables que la chica cubre con una sábana vieja. Se abrigan con una manta que tomaron prestada del cuarto de Luna.

Descartan dormir en el piso parental, por el riesgo que entrañaría trasladar el regalo allí, y tampoco desean perderlo de vista.

—La vida nos va en ello, literal —dice ella, ante la propuesta de Richi para utilizar su dormitorio— cuanto más cerca de eso, mejor —añade, señalando el recoveco donde ocultó el paquete.

El chaval trata de convencerla para darse calor mutuamente. Así lo dice, utilizando el obsoleto eufemismo. Luna responde con su propio estilo, rompiendo la magia:

—Cuando superes la prueba y dejes de ser un pringao, harás conmigo cosas de no puto pringao.

—Eres un diccionario con pezuñas —sonríe él.

—¡Que te jodan!

—Buenas noches, Luni.

—Buenas noches, Richi, espero que no estés tan cagado como yo.

—…

Richi no logra conciliar el sueño, sabedor del morrocotudo lío en que se ha metido él solito. Luna ronca como un gorrino constipado desde que su preciosa cabecita tocó el colchón. Sin embargo, él no cesa de darle vueltas a la cabeza, ya es casualidad, se dice, ¿y si fuera una señal? ¿Y si la yaya intentara advertirme desde el cielo, que es una locura, que abandone, que salga corriendo? “Los de la 49”, repasa una y otra vez el nombre de la banda donde quiere ingresar, a la cual pertenece Luna, recordemos: su amor platónico desde la más tierna infancia. “Los de la 49”, dice de nuevo en voz alta, buscando respuestas en el techo blanquecino que traspasa la penumbra, gracias a la luz de la farola que se cuela por los ventanucos superiores. Ignora el porqué del nombrecito, alguna imitación de las bandas yanquis, o un homenaje, supone. “El dado cayó al suelo… dos veces consecutivas, tras rebotar en el tablero, con mi ficha roja en la casilla 48… pero no lo tiré con excesiva fuerza… no lo lancé tan fuerte… es como si algo, o alguien, quisiera impedir mi paso por la casilla 49”, reflexiona. “¿Y si es una señal?”

Amanece y tímidos rayos de sol atraviesan los cristales encima del portón. Luna bosteza, Richi mira fijamente la bombilla desnuda que cuelga del techo. No ha pegado ojo en toda la noche.

Luna mordisquea una galleta rellena de chocolate, aunque no lo confesara ni bajo tortura, su estómago está casi cerrado. Le ofrece el paquete a su amigo, pero éste lo rechaza:

—Leí en algún sitio que es mejor enfrentarlo con el estómago vacío —dice Richi.

—Tú y tus putos libros —replica ella, intentando controlar el temblor de su voz —mejor si hubieras practicado.

El muchacho se levanta de la silla:

—Es la hora, vamos —dice, su tono, veinte años mayor.

Cruzan la carretera, el chico va primero, ella un par de pasos detrás.

Richi se lleva la mano derecha al bolsillo interior de la cazadora. Sus dedos rodean el objeto que Quini trajo: un viejo revolver corto, con el tambor vacío de balas (el Quini dudó sobre esto hasta el último minuto, pero no está dispuesto a rifarse la libertad por un par de mocosos jugando a las banditas).

Entra en la tienda, minutos después de que el cartel rezase ‘Abierto’, Luna permanece fuera, de espaldas a la puerta, vigilando calzada y acera, ambas desiertas. No se trata de un asunto de dinero, saben que no lo obtendrán a semejante hora, es una cuestión de valor, un bautismo de fuego según los pandilleros.

El tendero, un señor paquistaní de unos cincuenta años, queda paralizado ante el cañón del arma con el que aquel niño apunta su rostro.

—¡No hay dinero, no dinero! ¡La caja vacía! —dice, el miedo comiéndole palabras.

Mientras habla —una mano en alto— abre con la otra el cajetín. Hay unas poquitas monedas que caza con dedos temblorosos. Ni un mísero billete de cinco euros. Deposita la calderilla sobre el mostrador, al alcance del chiquillo.

Richi, que siempre fue rápido con los números, por los que siente pasión, lanza un vistazo a las monedas que han dejado de bailotear y reposan sobre la superficie de madera; las cuenta prácticamente al vuelo: una de veinte céntimos, dos de diez, otra de cinco y tres diminutas de un céntimo: en total, cuarenta y ocho céntimos.

El chico queda perplejo, boquiabierto, la mirada extraviada en algún punto más allá del mostrador, sin percatarse de una sombra, en el límite de su campo visual, detrás de las estanterías de chuches.

—…el cuarenta y ocho no tenía salida —dice, de forma absurda, con voz queda; como si gozara de propia vida, el brazo que sujeta el arma baja junto al costado —. Sí que era una señ…  —no logra terminar la frase, siente un golpe en la nuca y todo a su alrededor se funde a negro.

Detrás de él, un mocetón, de tez morena y cabello negro, sostiene un garrote de madera y contempla su cuerpo inconsciente, tumbado en el suelo.

Luna escucha un ruido sordo en el interior y, tras asomarse con sigilo, sale corriendo calle abajo.

—¡Puto niñato! —farfulla, los ojos humedecidos.

Jadeante, al torcer la esquina, oye el ulular de las sirenas, cada vez más cercano, rompiendo la tranquilidad de otra mañana cualquiera, en un barrio sin nombre.




Relato 48 (2025): Pastel de zanahoria.

Relato 48 (2024): Frágil cual muñeca desnuda.

 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

F254 - Lances aeroportuarios (Ámsterdam) (y IX)

Día de regreso. De vuelta. De retorno. Baño de realidad. No hallo expresión alguna que describa lo inevitable.

Homenajeando a los malotes de Irvine Welsh, tomé la última dosis de droga en “The Dam”, a la que denominé BBB: Bye bye beer. No hay otra manera de enfrentarse al mundo real, al hecho de que en pocas horas tu día a día mundano —en forma de bultos, paquetes, madrugones y carreteras desiertas— volverá a imponerse en esa carrera de fondo a la que llamamos vida. La rutina contiene miles y miles de zancadas cortas, la respiración acompasada, la mirada a media distancia, mientras tu mente espera ansiosa una parada bajo la sombra del puente lejano, un trago de agua fresca, una nueva escapada… ¿A Berlín, tal vez?

Fui al aeropuerto con tiempo de sobra, como acostumbro; esta vez asegurándome de no dejar cabos sueltos camuflados con letra diminuta en la tarjeta de embarque. Sin facturaciones de última hora, que surgen del otro lado de la cortina para darte un susto y asaltar tu mermado bolsillo. Nada de sorpresas.

Me encanta cómo se lo montan los tulipanes, ignoro si será lo común en otras capitales de la Europa “civilizada”. Pantallita al comprar el billete de tren: en inglés: “Deseo ir al aeropuerto”, dice una de las casillas del menú primero. Punto. Clarito, sin trampa ni cartón ni asaltadores de caminos. Lo mismo pasó en el viaje de llegada, con el mensaje: “Deseo ir a la Estación Central de Ámsterdam” (desde el aeropuerto). ¿Tan difícil es? A ver si cunde el ejemplo en otros lugares.

El aeropuerto Schiphol es de ciencia ficción, al menos a ojos de este pueblerino con ínfulas de viajero. Minutos antes recibo otra notificación, recuerden que bajé todas las aplicaciones posibles relacionadas con el vuelo, ésta decía que debido a que el avión iba petado de españolitos retornados con miles de bolsas de compras y holandesitos de vacatas al paraíso ibérico con las maletas desbordadas, me ofrecían introducir el equipaje en la bodega, de manera gratuita. “Para ello, diríjase a nuestras máquinas de facturación automática, gracias”. Reconozco que me temblaron ligeramente las rodillas: ‘máquinas’ y ‘automática’ en la misma frase no me hacían la menor gracia. No me llevo bien con los bichos robóticos, como algunos de ustedes sabrán. Pero, al menos, te lo advierten con antelación, de forma precisa y educada (y gratuita) a diferencia del tiburón irlandés y sus secuaces.

Me aproximo a las dichosas máquinas que me miran torcido, con una mezcla de burla y maldad. Me saben presa fácil, las muy… Pienso, no por primera vez, que si el maldito Skynet se pone tonto y le da por lanzar el consabido ataque contra la Humanidad en mí hallará a una de sus primeras víctimas. En fin. Ante mi palpable inseguridad, escucho a mi espalda: “No se preocupe, usted, señor pueblerino, es muy sencillo”, dice la muchacha con uniforme azul marino de azafata terrestre, con otras palabras, eso sí, llenas de respeto y profesionalidad. Rubia, cómo no, cabello sujeto en la nuca mediante un artilugio, repeinado y tirante hacia atrás tanto, tanto que a punto estoy de ofrecerle un analgésico. Eso debe de doler.

Instrucciones que constan de cinco pasos en la pantalla. Al tercero falla, fallo, fallamos (el robotijo y yo, que algo de responsabilidad tendrá la cosa esta hecha de chips y tornillos). “Ponga la cinta-pegatina de código en el asa”. Parece sencillo eh, pues no. Un servidor, que tiene las uñas de gato con calcetines y presbicia. Misión imposible: separar la dichosa cinta. ¿Dónde está el puto Tom Cruise cuando se le necesita!, pienso llevado por la frustración. ¿Por qué no para un instante y se coloca las gafas, Señor Jorge?”, dice la vocecita interior con recochineo. La mando a paseo, a la Isla de las Últimas Voces, con permiso del gran Mikel Santiago. Aquello es imposible de separar. Llamo a la moceta —“¡Chist, bonita!”—, perdón, a la Azafata de Tierra Llana. “No hay que despegarlo. Es autoadhesivo, señor”, dice la joven imitando bastante bien el tonillo de mi vocecita interior. Media vida observando cómo el personal de check in despega los bordes de las pegatinas para ponerlas alrededor del asa de la maleta, y ahora me dan, a traición, una autoadhesiva. ¡Menudo complot!

Cuarto paso. Miiic. Rojo. Otro fallo.

¿Y ahora qué hice?

Mi ya casi amiga de azul vuelve a acercarse (lo cierto es que no se alejó mucho, y controlaba, de reojo, mis avances). “Tiene usted que poner la maleta de pie”; protesto, con una sonrisa nerviosa, mostrándole el dibujito en pantalla, que muestra claramente una maleta en posición horizontal. “Eso es para las maletas grandes”, dice, y suspira cual Doña Inés. “Póngala de pie”, repite. Así lo hago y el robot cierra su enorme boca tragándose a mi Gordita Azul.

Tras el quinto paso, la máquina hace ruiditos y expende una minúscula tarjeta con el número de identificación (también autoadherente) para pegarla sobre el DNI y así garantizar que no se pierda y reclamar el bulto en destino.

Ya libre de carga, tan sólo con la mochilita de mano, me dirijo a los Servicios. No pretendo ser escatológico, pero uno con los años aprende ciertas cosas. Antes de subir a un autobús de larga distancia, a un tren, a un avión, visite al Señor Roca y pídale permiso para redactar un fax en su oficina, si es posible. Los nervios y la comida a bordo son muy traicioneros.

No se rían, fíjense en la última excursión que hicieron los yanquis a la Luna, invirtieron tropecientos mil dólares para un john (así llaman al WC) como Dios manda… y se estropeó a las primeras de cambio. Allí en medio de la nada, contemplando por el ventanuco a lo lejos la Tierra toda azul agua… que debe de provocar unas ganas… No quiero imaginar el momento.

Siempre hay que guardar una lista mental de buenos Servicios, allá donde vayas, por si surge una emergencia (esos platos exóticos, esa salsa de color sospechoso). Pienso todo esto y, divertido a la par que incómodo, caigo en la cuenta de que cada vez me parezco más a George Constanza, uno de los protagonistas de Seinfeld, y distraídamente meso mi cabello, y susurro una plegaria al tiempo que cruzo los dedos. El tipo luce menos pelo que una muñeca desechada.

Los lavabos de Schiphol son futuristas, como de nave cósmica. Los espacios, gigantescos, blancos e impolutos, tanto la zona de urinarios y lavamanos como los cubículos. Dentro de éstos podrías tumbarte y dormir una siesta. ¡Cinco percheros de madera, cinco! Están situados en una de las mamparas laterales. Ahí podrías colgar abrigo, chaqueta, mochilita, jersey y camiseta y quedarte medio en pelotas sobre el trono. Lo dicho, más George que nunca (él así lo hace, sin camisa).

Siguiente parada. Seguridad. A pesar de ir sobrado de tiempo prefiero quitarme el trámite de encima. Al arco de inspección sabes cuándo llegas, pero ignoras cuándo vas a salir. Y el avión no espera.

Atravieso dicho arco. Previamente dejé bolsa, chaqueta, cinturón y (casi) todo el contenido de mis bolsillos en la bandeja, que pronto asomó al otro lado del aparato de rayos. El arco no emite sonido alguno, pero…

—Un momento, por favor —dice, en inglés, uno de los agentes de seguridad.

Me giro, encarándole.

—Póngase aquí, separe las piernas, mire al frente, coloque los brazos extendidos —recita las instrucciones aprendidas como un niño egebero la tabla de multiplicar. Indica una cabina semi abierta, donde otra máquina escanea tu cuerpo entero.

“Mierda”, pienso, adoptando la postura de rendición, “tal vez no fue una brillante idea venir con barba de tres días y una camiseta verde con la leyenda: ‘I am not antisocial, I am antistupid’ junto a la caricatura de un gato naranja levantando la garra y haciendo una peineta con la uñita de en medio”.

Obedezco al igual que un cordero camino del matarile. Sólo me falta balar. ¿Dónde está la niña Clarice para liberarme?

—Lleva algo en el bolsillo, sáquelo, por favor.

Extraigo con la mano derecha un pañuelo de papel usado hecho un gurruño… y con la izquierda, que sujeta el DNI, un par de billetes de cincuenta euros.

—Puede guardar eso —señala el clínex, mientras con un gesto me pide que le entregue el documento y el dinero.

Tras unos segundos de duda, y la mirada clavada en sus ojos (que expresa algo así: “Yo, por mis cien pavos, maaato.”), se los ofrezco.

El guarda sonríe, bonachón. Supongo que intenta lucir una imagen de honradez uniformada. Está usted en los Países Bajos, y todo eso. Además, su compañera observa cada paso que da, como si fuera su sombra.

—¿Español? Buenos días. Grasias —dice, de carrerilla, en castellano. Gracias a Dios no añade: ‘helado’, ‘sangría’ o ‘servesa, por favor’.

—Sí.

Continúa en inglés, bastante esfuerzo hizo ya el buen hombre:

—Estos dos billetes —los levanta con la mano, y hace el gesto de repartir— uno para ella —señala a la compi— y el otro para mí —y riendo añade, en español—: propina.

La compañera ríe, él tipo sigue riendo, yo río también: “¡Qué carajo, hijos de la gran chingada holandesa!”, dice la vocecita interior que, de repente, tornó en revolucionaria zapatista. A punto de exclamarlo en voz alta y añadir que bastante me habéis clavado ya en vuestra semihundida ciudad de canales, vicio y bicicletas. Que dejé la tarjeta de crédito tiesa, que a partir del lunes estaré a dieta de pasta marca blanca y tomate frito Hacendado Mercadona.

No digo nada, claro. Me limito a carcajear, debo de estar colocado de tanto fumeteo pasivo e involuntario.

El segurata me devuelve el dinero, con un guiño.

—¡Buen viaje, caballero! —dice, en un español más que decente.

Camino hacia la zona de espera, junto a la puerta de embarque, algo llama mi atención. Me acerco al escaparate de uno de los comercios donde venden prácticamente de todo: prensa, libros, pasatiempos, bombones, pastas, queso, alcohol, souvenirs… Se trata de un libro, expuesto junto a otros de bolsillo, con un título en inglés que significa una segunda oportunidad, un premio de consolación, un regreso a la infancia: “Anne Frank. The diary of a young girl”, reza. También en la portada, una pequeña burbuja azul añade (traduzco): “Abreviado para jóvenes lectores”.

Todo lector lleva el yo niño en su interior.

Entro en la tienda y adquiero un ejemplar, dispuesto a revivir el pasado, a confirmar una certeza: que ataquen quienes ataquen, que maten quienes maten… siempre pierden ellos: los infantes.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

F253 - ¿Padre, por qué a mí? (Ámsterdam) (VIII)

Hay tanto para ver que no sé qué visitar. Me ocurre a menudo. De todas formas, siempre preferí el turisteo tranquilo, nada de ir corriendo de un sitio a otro con la lista de objetivos en la libretita y a la izquierda el correspondiente tiqueo en rojo.

Me decido por el Rijksmuseum. Ruego no tener que pronunciarlo. Es grandísimo e impresionante como la mayoría de los museos. Podrías invertir tres horas o cinco días recorriendo sus numerosas salas y pasillos. Incontables las paradas: pinturas, esculturas, armas, maquetas de barcos, muebles, columnas, bóvedas, galerías, exposiciones especiales... Podrías pasar dos años y medio entre sus muros, plantar la tienda de campaña en la sala de Vermeer y solicitar asilo político. Así, cada mañana estudiarías (papel y lápiz en mano) un par de cuadros, una escultura. Yo acostumbro a no exceder las dos horas porque de inmediato comienzo a sufrir los primeros síntomas del síndrome de Stendhal: mareo, vértigo, sudores fríos, hormigueo de extremidades, taquicardia, colores que se funden en mi cerebro, retratos que se carcajean de mí, grupos de japoneses que señalan en mi dirección con dedos enguantados (de blanco, por supuesto) y apuntan sus palos selfi hacia mí, guardas que me miran con cara de sospecha preguntándose si bajo la camiseta escondo un mini autorretrato de Van Gogh. De acuerdo, tal vez exagero un poco. Pero dos horas son dos horas. El cerebro dice ‘vale ya por hoy’ y el estómago (el corazón) exige una cerveza.

Si un día se sienten solos y requieren compañía acudan a un museo. Elijan la sala correspondiente a algún pintor un poco conocido, de esos cuyo nombre aparece en algún que otro libro de texto. ¿Un tal Rembrandt? Sí, podría servir. Entonces la locura. La gente se da codazos, y algún que otro rodillazo en la entrepierna —metafóricamente hablando— por tomar posición frente a este u otro cuadro. Más cámaras fotográficas. ¿Pero no está prohibido? Resulta estresante intentar acercarse. Un murmullo se escucha de fondo, como si la sala tuviera vida propia.

Imposible, al menos para mí, describir un museo. Me quedo con las sensaciones, con el estado entre dos universos, dos épocas, en el que pareces embutido. Sientes un aislamiento que crece a tu alrededor, que se hará patente cuando luego pises la calle y te preguntes en qué ciudad estás, en qué país, en qué planeta. Dentro, soportas las miradas de los personajes anclados en el tiempo, encerrados por un marco. Miradas que te persiguen, aunque trates de pasar de largo. Tipos bigotudos que amenazan con salir del cuadro y rebanarte el pescuezo con una daga curvada. Señoritas voluptuosas que con cierto sonrojo posan sus ojos en ti, y te ofrecen una manzana, una jarra de leche, un beso, un sueño, un pecado a domicilio. Diablos de mil y un aspectos que examinan alrededor, leyendo el interior de las personas, calculando dónde plantar la semillita del mal.

¿Lo ven? Dos horas y media entre cuadros y ya desvarío.

Es difícil resumir lo visto, lo sentido y este es un blog de batallitas personales no un diario de bellas artes. Pero me quedaría con dos pinturas, de estas que se meten debajo de la piel, que susurran cosas incómodas a tu oído, que tratan de aferrarse a tu alma para producirte un largo escalofrío.

Uno de ellos muestra al hijo de Rembrandt —Titus—vestido con hábito de monje capuchino (similar al utilizado por algunos de mis profesores en el Colegio de Lecároz); lo viste de esa manera y lo instruye en cómo posar para mostrar la pobreza y humildad de Francisco de Asís, y claro, el chaval cabizbajo macerando en su interior un trauma infantil irreversible y elucubrando una futura venganza contra su padre. La expresión de su rostro lo dice todo, sin abrir los labios. Lo lees en sus ojos, la humillación, el ‘¿por qué me haces esto a mí, padre?’ Vale, es una interpretación personal. No vaya a haber algún erudito de arte en la sala y me cante las cuarenta en bastos.

El otro: “The Syndics”. Cinco o seis tipos vestidos de negro. Alguna clase de inspectores de calidad textil en plena tarea. Todos mirando “a cámara”, como si en lugar de paleta y pinceles el pintor tuviera eso exactamente entre manos. Una anacrónica cámara fotográfica, incluso una de video. Su común mirada lejos de ser amigable. Más cercana a una posible agresión (verbal) que a una sonrisa. Expresiones individuales que comparten un rasgo de dureza. Pero, algo curioso, no observan al pintor, no miran realmente a la cámara. Sino algo más lejos, como por encima del hombro del artista. Entonces caigo en la cuenta y un escalofrío recorre mi espalda. Nos miran a nosotros, los espectadores, a mí también. A la gente que se aglomera frente a ellos a cotillear lo que se traen entre manos. Miran a quienes los señalan y murmuran, incluso tienen la osadía de apuntarles con aquellos objetos extraños que ciegan sus ojos con relámpagos del averno. Observan con un hartazgo que acaricia el resentimiento, incluso el asco. Un desprecio que roza el odio. Nos contemplan y sus cerrados labios, a través de los ojos, dicen: ¡Váyanse a su maldita casa y déjennos trabajar! ¿Acaso no tienen una Biblia que leer? (En su época no existía Netflix).

Si están hartos de aglomeraciones, de gentío susurrante, permanezcan en el museo. Limítense a esquivar las salas de artistas de renombre y elijan las de aquellos que tan sólo los conocía su madre a la hora de darles la merienda y cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Disculpen la ignorancia. Ahí tendrán toda la galería para ustedes. Podrán contemplar de cerca, de media distancia, de lejos sus autorretratos, sus reyes, emperadores, sus bodegones, lo que sea. Incluso, agárrense, podrán sentarse en el banquito que colocan frente a uno de los cuadros tocho. Sin empujones ni palos selfi ni japoneses eufóricos. Si desean tranquilidad, entren en la sala de segunda división. Saldrán relajados como tras un spa.

Debo confesar que desconocía, o no recordaba, el hecho de que la casa de una tal Ana Frank se hallara en Ámsterdam. Lo supe en cuanto abrí el consabido enlace de internet en el omnipresente teléfono móvil: Sitios tope chulos que visitar en la capital de Holanda. Y me dije, la casa de Ana Frank, ¿por qué no? ¿quién no leyó en la escuela algún capítulo de su archifamoso diario? Ingenuo de mí. Contemplo la fachada: desde el otro lado del canal resulta extraña, insertada entre otros edificios con aspecto de oficinas; me dispongo a comprar la entrada para la visita. Entonces descubro que hay que reservar… con un mes de antelación. Yo, inocente, pensé que era llegar, llamar a la puerta, besar el santo y decirle al tipo: ¿Aquí se escondió la buena de Ana?, quisiera echar un vistazo, si no le importa. Plan B, siempre hay que tener un plan B y dinero en la cartera, en este caso plan V: museo de Van Goh. Se repite la jugada, parece esto el día de la marmota. Localizo el lugar, siempre de la mano de mi querida gúguel maps. Y, sorpresa, sorpresa que decía la Gemio: todo vendido. “Vuelva usted mañana”, me dice el tipo de la plaquita en el pecho, sonriente, profesional. Mañana estaré a doce mil metros de altura, rumbo a las cajas, a los madrugones, al insomnio, a la vida real. Pero qué le importa esto al buen hombre.

Así que opté por el plan C, la mera improvisación. Entré en el primer museo que encontré en cien metros a la redonda: museo de arte moderno Stedelijk… échense a temblar. Ahí dentro “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, como decía el pobre replicante en Blade Runner; en serio, vi cosas que provocarán venideras pesadillas.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

F252 - Jugando a las casitas

Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.

Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello. Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas, botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones (ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por incomprensión.

Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.

No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno juntaletras.

Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.

Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.

En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero, frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:

1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

2. El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos.

3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una, dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo, cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente, totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados sobre las ocho teclas de posición.

La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir ‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal (así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).

Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras. Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…

Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.

Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo. Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura, comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque ellos digan que no).

Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.

Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo. De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:

—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone nombre.

La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es Stephen King).

Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo, tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal semillita.

Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es esta?

Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.

De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas, incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).

Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena. Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola, pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’, no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.

Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de sinónimo. Hoja rasgada.

11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las 12:00 concluía el plazo).

Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido, pasé un fin de semana en la piel de un escritor.

Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una croqueta.

Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y, les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita croqueta.

Leo el título y me echo a temblar:

“El Kevin y la Yoli”.

Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.

Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con nuestro romántico satélite).

Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las Letras.

La anécdota es cierta como la vida misma.

(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz por encima de mi cuento).

Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las palabras, a las 15:00 horas.