domingo, 17 de mayo de 2026

F254 - Lances aeroportuarios (Ámsterdam) (y IX)

Día de regreso. De vuelta. De retorno. Baño de realidad. No hallo expresión alguna que describa lo inevitable.

Homenajeando a los malotes de Irvine Welsh, tomé la última dosis de droga en “The Dam”, a la que denominé BBB: Bye bye beer. No hay otra manera de enfrentarse al mundo real, al hecho de que en pocas horas tu día a día mundano —en forma de bultos, paquetes, madrugones y carreteras desiertas— volverá a imponerse en esa carrera de fondo a la que llamamos vida. La rutina contiene miles y miles de zancadas cortas, la respiración acompasada, la mirada a media distancia, mientras tu mente espera ansiosa una parada bajo la sombra del puente lejano, un trago de agua fresca, una nueva escapada… ¿A Berlín, tal vez?

Fui al aeropuerto con tiempo de sobra, como acostumbro; esta vez asegurándome de no dejar cabos sueltos camuflados con letra diminuta en la tarjeta de embarque. Sin facturaciones de última hora, que surgen del otro lado de la cortina para darte un susto y asaltar tu mermado bolsillo. Nada de sorpresas.

Me encanta cómo se lo montan los tulipanes, ignoro si será lo común en otras capitales de la Europa “civilizada”. Pantallita al comprar el billete de tren: en inglés: “Deseo ir al aeropuerto”, dice una de las casillas del menú primero. Punto. Clarito, sin trampa ni cartón ni asaltadores de caminos. Lo mismo pasó en el viaje de llegada, con el mensaje: “Deseo ir a la Estación Central de Ámsterdam” (desde el aeropuerto). ¿Tan difícil es? A ver si cunde el ejemplo en otros lugares.

El aeropuerto Schiphol es de ciencia ficción, al menos a ojos de este pueblerino con ínfulas de viajero. Minutos antes recibo otra notificación, recuerden que bajé todas las aplicaciones posibles relacionadas con el vuelo, ésta decía que debido a que el avión iba petado de españolitos retornados con miles de bolsas de compras y holandesitos de vacatas al paraíso ibérico con las maletas desbordadas, me ofrecían introducir el equipaje en la bodega, de manera gratuita. “Para ello, diríjase a nuestras máquinas de facturación automática, gracias”. Reconozco que me temblaron ligeramente las rodillas: ‘máquinas’ y ‘automática’ en la misma frase no me hacían la menor gracia. No me llevo bien con los bichos robóticos, como algunos de ustedes sabrán. Pero, al menos, te lo advierten con antelación, de forma precisa y educada (y gratuita) a diferencia del tiburón irlandés y sus secuaces.

Me aproximo a las dichosas máquinas que me miran torcido, con una mezcla de burla y maldad. Me saben presa fácil, las muy… Pienso, no por primera vez, que si el maldito Skynet se pone tonto y le da por lanzar el consabido ataque contra la Humanidad en mí hallará a una de sus primeras víctimas. En fin. Ante mi palpable inseguridad, escucho a mi espalda: “No se preocupe, usted, señor pueblerino, es muy sencillo”, dice la muchacha con uniforme azul marino de azafata terrestre, con otras palabras, eso sí, llenas de respeto y profesionalidad. Rubia, cómo no, cabello sujeto en la nuca mediante un artilugio, repeinado y tirante hacia atrás tanto, tanto que a punto estoy de ofrecerle un analgésico. Eso debe de doler.

Instrucciones que constan de cinco pasos en la pantalla. Al tercero falla, fallo, fallamos (el robotijo y yo, que algo de responsabilidad tendrá la cosa esta hecha de chips y tornillos). “Ponga la cinta-pegatina de código en el asa”. Parece sencillo eh, pues no. Un servidor, que tiene las uñas de gato con calcetines y presbicia. Misión imposible: separar la dichosa cinta. ¿Dónde está el puto Tom Cruise cuando se le necesita!, pienso llevado por la frustración. ¿Por qué no para un instante y se coloca las gafas, Señor Jorge?”, dice la vocecita interior con recochineo. La mando a paseo, a la Isla de las Últimas Voces, con permiso del gran Mikel Santiago. Aquello es imposible de separar. Llamo a la moceta —“¡Chist, bonita!”—, perdón, a la Azafata de Tierra Llana. “No hay que despegarlo. Es autoadhesivo, señor”, dice la joven imitando bastante bien el tonillo de mi vocecita interior. Media vida observando cómo el personal de check in despega los bordes de las pegatinas para ponerlas alrededor del asa de la maleta, y ahora me dan, a traición, una autoadhesiva. ¡Menudo complot!

Cuarto paso. Miiic. Rojo. Otro fallo.

¿Y ahora qué hice?

Mi ya casi amiga de azul vuelve a acercarse (lo cierto es que no se alejó mucho, y controlaba, de reojo, mis avances). “Tiene usted que poner la maleta de pie”; protesto, con una sonrisa nerviosa, mostrándole el dibujito en pantalla, que muestra claramente una maleta en posición horizontal. “Eso es para las maletas grandes”, dice, y suspira cual Doña Inés. “Póngala de pie”, repite. Así lo hago y el robot cierra su enorme boca tragándose a mi Gordita Azul.

Tras el quinto paso, la máquina hace ruiditos y expende una minúscula tarjeta con el número de identificación (también autoadherente) para pegarla sobre el DNI y así garantizar que no se pierda y reclamar el bulto en destino.

Ya libre de carga, tan sólo con la mochilita de mano, me dirijo a los Servicios. No pretendo ser escatológico, pero uno con los años aprende ciertas cosas. Antes de subir a un autobús de larga distancia, a un tren, a un avión, visite al Señor Roca y pídale permiso para redactar un fax en su oficina, si es posible. Los nervios y la comida a bordo son muy traicioneros.

No se rían, fíjense en la última excursión que hicieron los yanquis a la Luna, invirtieron tropecientos mil dólares para un john (así llaman al WC) como Dios manda… y se estropeó a las primeras de cambio. Allí en medio de la nada, contemplando por el ventanuco a lo lejos la Tierra toda azul agua… que debe de provocar unas ganas… No quiero imaginar el momento.

Siempre hay que guardar una lista mental de buenos Servicios, allá donde vayas, por si surge una emergencia (esos platos exóticos, esa salsa de color sospechoso). Pienso todo esto y, divertido a la par que incómodo, caigo en la cuenta de que cada vez me parezco más a George Constanza, uno de los protagonistas de Seinfeld, y distraídamente meso mi cabello, y susurro una plegaria al tiempo que cruzo los dedos. El tipo luce menos pelo que una muñeca desechada.

Los lavabos de Schiphol son futuristas, como de nave cósmica. Los espacios, gigantescos, blancos e impolutos, tanto la zona de urinarios y lavamanos como los cubículos. Dentro de éstos podrías tumbarte y dormir una siesta. ¡Cinco percheros de madera, cinco! Están situados en una de las mamparas laterales. Ahí podrías colgar abrigo, chaqueta, mochilita, jersey y camiseta y quedarte medio en pelotas sobre el trono. Lo dicho, más George que nunca (él así lo hace, sin camisa).

Siguiente parada. Seguridad. A pesar de ir sobrado de tiempo prefiero quitarme el trámite de encima. Al arco de inspección sabes cuándo llegas, pero ignoras cuándo vas a salir. Y el avión no espera.

Atravieso dicho arco. Previamente dejé bolsa, chaqueta, cinturón y (casi) todo el contenido de mis bolsillos en la bandeja, que pronto asomó al otro lado del aparato de rayos. El arco no emite sonido alguno, pero…

—Un momento, por favor —dice, en inglés, uno de los agentes de seguridad.

Me giro, encarándole.

—Póngase aquí, separe las piernas, mire al frente, coloque los brazos extendidos —recita las instrucciones aprendidas como un niño egebero la tabla de multiplicar. Indica una cabina semi abierta, donde otra máquina escanea tu cuerpo entero.

“Mierda”, pienso, adoptando la postura de rendición, “tal vez no fue una brillante idea venir con barba de tres días y una camiseta verde con la leyenda: ‘I am not antisocial, I am antistupid’ junto a la caricatura de un gato naranja levantando la garra y haciendo una peineta con la uñita de en medio”.

Obedezco al igual que un cordero camino del matarile. Sólo me falta balar. ¿Dónde está la niña Clarice para liberarme?

—Lleva algo en el bolsillo, sáquelo, por favor.

Extraigo con la mano derecha un pañuelo de papel usado hecho un gurruño… y con la izquierda, que sujeta el DNI, un par de billetes de cincuenta euros.

—Puede guardar eso —señala el clínex, mientras con un gesto me pide que le entregue el documento y el dinero.

Tras unos segundos de duda, y la mirada clavada en sus ojos (que expresa algo así: “Yo, por mis cien pavos, maaato.”), se los ofrezco.

El guarda sonríe, bonachón. Supongo que intenta lucir una imagen de honradez uniformada. Está usted en los Países Bajos, y todo eso. Además, su compañera observa cada paso que da, como si fuera su sombra.

—¿Español? Buenos días. Grasias —dice, de carrerilla, en castellano. Gracias a Dios no añade: ‘helado’, ‘sangría’ o ‘servesa, por favor’.

—Sí.

Continúa en inglés, bastante esfuerzo hizo ya el buen hombre:

—Estos dos billetes —los levanta con la mano, y hace el gesto de repartir— uno para ella —señala a la compi— y el otro para mí —y riendo añade, en español—: propina.

La compañera ríe, él tipo sigue riendo, yo río también: “¡Qué carajo, hijos de la gran chingada holandesa!”, dice la vocecita interior que, de repente, tornó en revolucionaria zapatista. A punto de exclamarlo en voz alta y añadir que bastante me habéis clavado ya en vuestra semihundida ciudad de canales, vicio y bicicletas. Que dejé la tarjeta de crédito tiesa, que a partir del lunes estaré a dieta de pasta marca blanca y tomate frito Hacendado Mercadona.

No digo nada, claro. Me limito a carcajear, debo de estar colocado de tanto fumeteo pasivo e involuntario.

El segurata me devuelve el dinero, con un guiño.

—¡Buen viaje, caballero! —dice, en un español más que decente.

Camino hacia la zona de espera, junto a la puerta de embarque, algo llama mi atención. Me acerco al escaparate de uno de los comercios donde venden prácticamente de todo: prensa, libros, pasatiempos, bombones, pastas, queso, alcohol, souvenirs… Se trata de un libro, expuesto junto a otros de bolsillo, con un título en inglés que significa una segunda oportunidad, un premio de consolación, un regreso a la infancia: “Anne Frank. The diary of a young girl”, reza. También en la portada, una pequeña burbuja azul añade (traduzco): “Abreviado para jóvenes lectores”.

Todo lector lleva el yo niño en su interior.

Entro en la tienda y adquiero un ejemplar, dispuesto a revivir el pasado, a confirmar una certeza: que ataquen quienes ataquen, que maten quienes maten… siempre pierden ellos: los infantes.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

F253 - ¿Padre, por qué a mí? (Ámsterdam) (VIII)

Hay tanto para ver que no sé qué visitar. Me ocurre a menudo. De todas formas, siempre preferí el turisteo tranquilo, nada de ir corriendo de un sitio a otro con la lista de objetivos en la libretita y a la izquierda el correspondiente tiqueo en rojo.

Me decido por el Rijksmuseum. Ruego no tener que pronunciarlo. Es grandísimo e impresionante como la mayoría de los museos. Podrías invertir tres horas o cinco días recorriendo sus numerosas salas y pasillos. Incontables las paradas: pinturas, esculturas, armas, maquetas de barcos, muebles, columnas, bóvedas, galerías, exposiciones especiales... Podrías pasar dos años y medio entre sus muros, plantar la tienda de campaña en la sala de Vermeer y solicitar asilo político. Así, cada mañana estudiarías (papel y lápiz en mano) un par de cuadros, una escultura. Yo acostumbro a no exceder las dos horas porque de inmediato comienzo a sufrir los primeros síntomas del síndrome de Stendhal: mareo, vértigo, sudores fríos, hormigueo de extremidades, taquicardia, colores que se funden en mi cerebro, retratos que se carcajean de mí, grupos de japoneses que señalan en mi dirección con dedos enguantados (de blanco, por supuesto) y apuntan sus palos selfi hacia mí, guardas que me miran con cara de sospecha preguntándose si bajo la camiseta escondo un mini autorretrato de Van Gogh. De acuerdo, tal vez exagero un poco. Pero dos horas son dos horas. El cerebro dice ‘vale ya por hoy’ y el estómago (el corazón) exige una cerveza.

Si un día se sienten solos y requieren compañía acudan a un museo. Elijan la sala correspondiente a algún pintor un poco conocido, de esos cuyo nombre aparece en algún que otro libro de texto. ¿Un tal Rembrandt? Sí, podría servir. Entonces la locura. La gente se da codazos, y algún que otro rodillazo en la entrepierna —metafóricamente hablando— por tomar posición frente a este u otro cuadro. Más cámaras fotográficas. ¿Pero no está prohibido? Resulta estresante intentar acercarse. Un murmullo se escucha de fondo, como si la sala tuviera vida propia.

Imposible, al menos para mí, describir un museo. Me quedo con las sensaciones, con el estado entre dos universos, dos épocas, en el que pareces embutido. Sientes un aislamiento que crece a tu alrededor, que se hará patente cuando luego pises la calle y te preguntes en qué ciudad estás, en qué país, en qué planeta. Dentro, soportas las miradas de los personajes anclados en el tiempo, encerrados por un marco. Miradas que te persiguen, aunque trates de pasar de largo. Tipos bigotudos que amenazan con salir del cuadro y rebanarte el pescuezo con una daga curvada. Señoritas voluptuosas que con cierto sonrojo posan sus ojos en ti, y te ofrecen una manzana, una jarra de leche, un beso, un sueño, un pecado a domicilio. Diablos de mil y un aspectos que examinan alrededor, leyendo el interior de las personas, calculando dónde plantar la semillita del mal.

¿Lo ven? Dos horas y media entre cuadros y ya desvarío.

Es difícil resumir lo visto, lo sentido y este es un blog de batallitas personales no un diario de bellas artes. Pero me quedaría con dos pinturas, de estas que se meten debajo de la piel, que susurran cosas incómodas a tu oído, que tratan de aferrarse a tu alma para producirte un largo escalofrío.

Uno de ellos muestra al hijo de Rembrandt —Titus—vestido con hábito de monje capuchino (similar al utilizado por algunos de mis profesores en el Colegio de Lecároz); lo viste de esa manera y lo instruye en cómo posar para mostrar la pobreza y humildad de Francisco de Asís, y claro, el chaval cabizbajo macerando en su interior un trauma infantil irreversible y elucubrando una futura venganza contra su padre. La expresión de su rostro lo dice todo, sin abrir los labios. Lo lees en sus ojos, la humillación, el ‘¿por qué me haces esto a mí, padre?’ Vale, es una interpretación personal. No vaya a haber algún erudito de arte en la sala y me cante las cuarenta en bastos.

El otro: “The Syndics”. Cinco o seis tipos vestidos de negro. Alguna clase de inspectores de calidad textil en plena tarea. Todos mirando “a cámara”, como si en lugar de paleta y pinceles el pintor tuviera eso exactamente entre manos. Una anacrónica cámara fotográfica, incluso una de video. Su común mirada lejos de ser amigable. Más cercana a una posible agresión (verbal) que a una sonrisa. Expresiones individuales que comparten un rasgo de dureza. Pero, algo curioso, no observan al pintor, no miran realmente a la cámara. Sino algo más lejos, como por encima del hombro del artista. Entonces caigo en la cuenta y un escalofrío recorre mi espalda. Nos miran a nosotros, los espectadores, a mí también. A la gente que se aglomera frente a ellos a cotillear lo que se traen entre manos. Miran a quienes los señalan y murmuran, incluso tienen la osadía de apuntarles con aquellos objetos extraños que ciegan sus ojos con relámpagos del averno. Observan con un hartazgo que acaricia el resentimiento, incluso el asco. Un desprecio que roza el odio. Nos contemplan y sus cerrados labios, a través de los ojos, dicen: ¡Váyanse a su maldita casa y déjennos trabajar! ¿Acaso no tienen una Biblia que leer? (En su época no existía Netflix).

Si están hartos de aglomeraciones, de gentío susurrante, permanezcan en el museo. Limítense a esquivar las salas de artistas de renombre y elijan las de aquellos que tan sólo los conocía su madre a la hora de darles la merienda y cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Disculpen la ignorancia. Ahí tendrán toda la galería para ustedes. Podrán contemplar de cerca, de media distancia, de lejos sus autorretratos, sus reyes, emperadores, sus bodegones, lo que sea. Incluso, agárrense, podrán sentarse en el banquito que colocan frente a uno de los cuadros tocho. Sin empujones ni palos selfi ni japoneses eufóricos. Si desean tranquilidad, entren en la sala de segunda división. Saldrán relajados como tras un spa.

Debo confesar que desconocía, o no recordaba, el hecho de que la casa de una tal Ana Frank se hallara en Ámsterdam. Lo supe en cuanto abrí el consabido enlace de internet en el omnipresente teléfono móvil: Sitios tope chulos que visitar en la capital de Holanda. Y me dije, la casa de Ana Frank, ¿por qué no? ¿quién no leyó en la escuela algún capítulo de su archifamoso diario? Ingenuo de mí. Contemplo la fachada: desde el otro lado del canal resulta extraña, insertada entre otros edificios con aspecto de oficinas; me dispongo a comprar la entrada para la visita. Entonces descubro que hay que reservar… con un mes de antelación. Yo, inocente, pensé que era llegar, llamar a la puerta, besar el santo y decirle al tipo: ¿Aquí se escondió la buena de Ana?, quisiera echar un vistazo, si no le importa. Plan B, siempre hay que tener un plan B y dinero en la cartera, en este caso plan V: museo de Van Goh. Se repite la jugada, parece esto el día de la marmota. Localizo el lugar, siempre de la mano de mi querida gúguel maps. Y, sorpresa, sorpresa que decía la Gemio: todo vendido. “Vuelva usted mañana”, me dice el tipo de la plaquita en el pecho, sonriente, profesional. Mañana estaré a doce mil metros de altura, rumbo a las cajas, a los madrugones, al insomnio, a la vida real. Pero qué le importa esto al buen hombre.

Así que opté por el plan C, la mera improvisación. Entré en el primer museo que encontré en cien metros a la redonda: museo de arte moderno Stedelijk… échense a temblar. Ahí dentro “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, como decía el pobre replicante en Blade Runner; en serio, vi cosas que provocarán venideras pesadillas.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

F252 - Jugando a las casitas

Dejemos reposar un poco la ciudad del vicio, canales y bicicletas.

Llegó la fecha esperada desde hace tiempo, con ella vinieron los nervios. Sin embargo, por circunstancias de la vida, un imprevisto, quizás este año no pueda cumplir la promesa, y hay algo terrible en no cumplir lo que te prometes a ti mismo. Ya está aquí la semana mágica, el día extraordinario en el cual todos —incluso los infames políticos, disculpen la redundancia— dicen leer no sé cuántos libros al año. Y hoy (hace unos días) toca presumir de ello. Es el día de San Jorge (nunca caí en la cuenta hasta ahora, el santo de mi alter ego), el Día del Libro, cuando se regalan libros, flores, sonrisas, botellitas de vino (sustituto de la rosa en mi tierra) y se maltratan dragones (ATENCIÓN: BROMA, que al amigo Eduardo Mendoza casi lo clavan en la cruz de San Jordi y arrojan sus novelas a la hoguera inquisitoria —los siempre tolerantes— por el chistecito de marras. Y dicen leer…). La ironía morirá por incomprensión.

Pero no me refiero a tal conmemoración con lo de los nervios, la promesa y todo eso. Sino a que comienza el fin de semana del gran desafío. Llega el momento de encarar el Relato48. Escribir una corta historia en cuarenta y ocho horas, partiendo de cero, introduciendo en el texto una frase que te dan en el último minuto antes de empezar la cuenta atrás.

No es fácil, se lo aseguro, al menos no para mí, eterno juntaletras.

Pero, debido al indicado imprevisto, este año la cosa pintaba mal. Temí que tendría que renunciar al reto, incumplir mi promesa, porque mi cabecita fue secuestrada por un asunto de más envergadura que el de jugar a los escritores como las niñas juegan a las casitas. La vida puso ante mí uno de sus temas serios. “Habrá que renunciar”, me dije con pena.

Sin embargo, la misma vida no deja de sorprenderme, pasadas las tres primeras horas del desafío (seguía apuntado) una pequeña luz surgió en la penumbra, liberando un poquito mi cabeza. Y me dije: ¿por qué no; qué pierdo si lo intento? Para mí será el reto de las 45 horas.

En anteriores ediciones, a las 11 de la mañana del viernes estaba en posición de firmes, cual recluta temeroso ante sargento chusquero, frente al ordenador; embelesado escuchando al tipo que explica las reglas del concurso, sí, aquel que vendería arena en el desierto. Qué envidia me producía su forma de hablar, su aspecto, la tranquilidad ante la cámara, su sonrisa y la mirada afable: “Sean honestos, nada de IA ni relatos ya escritos, no hagan trampas, han venido a jugar”. Como digo, este año no pudo ser, así que voy directamente al correo donde fueron enviadas las tres frases:

1. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.

2. El problema no era el número 48, sino que aparecía escrito dentro de todos los espejos.

3. Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

He de elegir una, y ésta debe aparecer en el texto (respetando la coherencia), en cualquier parte excepto en el título. Leo las frases, una, dos, tres… doce veces. No hay por dónde cogerlas. Mi ánimo, que ya andaba bajo, cae en las profundidades del pozo virtual. No, no voy a ser capaz. Mi mente, totalmente en blanco, como la pantalla del ordenador. Los dedos petrificados sobre las ocho teclas de posición.

La primera opción me parece imposible, soy nulo para la ciencia ficción (tentado estoy de mandar un email de socorro a Rosa Montero y suplicarle alguna pista sobre Bruna Husky); la segunda suena a misterio de Agatha Christie, pero la veo muy complicada. Me sorprendo cavilando si ‘dentro del espejo’ significa ‘en el espejo’ como en ‘sobre el espejo’ o quiere decir ‘al otro lado del espejo’ lo que supondría un puñado de números 48 danzando en el reflejo… menudo yuyu, acabaría cepillándome los dientes con los ojos cerrados durante todo el fin de semana; o quizás se refiera a que una vez roto el maldito espejo dentro de él se encuentren los dichosos numeritos en unos naipes o cuartillas o qué sé yo. Me veo consultando Las Preposiciones en el manual de Lengua de Fernando Lázaro, ¡a mis años! La tercera frase es la más corta, por tanto, supongo que la más asequible, a pesar de que sigue siendo puñetera. Qué obsesión tienen estos señores con meter el número 48 en frases imposibles. La escojo por eliminación, nunca un buen método ni una buena señal (así elegí la carrera de Informática en Deusto y acabé fatal).

Comienzo el ritual. Preparo mi rinconcito de las letras. Todo dentro del campo visual ha de estar bien colocado, buscando el paralelismo o la simetría: libretas, estuche, agendas, bolígrafos y lápiz. Fingiendo un orden en mi caos habitual. Dispongo mi altar: ordenador portátil sobre la mesa del dormitorio, en la esquinita derecha un mini diccionario de sinónimos (en desuso por el dichoso internet) con la palabra ‘cariño’ en la cubierta para recordarme que lo esencial es narrar con sentimiento; junto a él, una goma de borrar en forma de dinosaurio rosa —obsequio de la pequeñaja— y un mazo de folios en blanco, bolígrafos (azul, negro y rojo) y un lapicero. A la izquierda, solitario, un pequeño reloj de pulsera que hace las veces de cronómetro. Sólo falta un detalle, para enfrentar la odisea…

Voy a la cocina, cojo con mimo la taza quijotesca que traje de Madrid, el tarro de café negro, y pongo la kettle a calentar.

Con semejante frase como única habitante de mi cerebro. Vaya escritor de pacotilla estás hecho, Jorge, que careces de ideas, de una mísera historieta en la que poder meter con cuña la frasecita del demonio, me digo. Pues toca hacerlo a la vieja usanza, por las bravas. Desde cero, sin saber qué diantres saldrá de las yemas de los dedos. ¿Y cuál sería la mejor manera de insertar una frase alienígena en un texto del cual desconoces estructura, comienzo, desarrollo, final? Pues a lo bruto, que uno es de pueblo (aunque ellos digan que no).

Es día viernes, 24 de abril; son las 15:00 horas.

Folio virtual en blanco. Tecleo la frasecita lo primero porque no sé qué escribir. Y para más huevos, le antepongo un guión de diálogo. De la nada, desde ese vacío donde duermen las historias, alguien (ignoro en este instante si es mujer, hombre, niño… un dinosaurio rosa) dice:

—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

Y para mi sorpresa, otro personaje le contesta y le pone nombre.

La pelota comienza a rodar, muy despacio (que uno no es Stephen King).

Método Brújula, lo llaman, escribir sin un esquema previo, tan sólo una premisa desde la que partir. Bueno, yo ni siquiera disponía de tal semillita.

Lo sé, ustedes se preguntarán: ¿Y para qué nos cuenta todo esto? Lo hago para que cuando lean el relato (en sus pantallas próximamente) muestren piedad, recuerden por lo que pasé y no digan: ¡Pero qué mierda de historia es esta?

Diálogo Jorge, mete diálogo que a estos fanáticos del 48 les encanta. Y por Dios, no seas egocéntrico y no utilices al maldito Jorge Ariz de protagonista otra vez, que van a pensar que realmente crees ser ese tipo.

De forma increíble, surgieron los diálogos, bajaron desde el éter literario (perdón por la presunción) los nombres de los protagonistas, incluso pude visualizar el sitio donde se hallaban haciendo y diciendo sus cositas de personajes (no quiero dar detalles, por lo del espóiler y tal).

Capto de reojo el minúsculo diccionario (regalo de una amiga hace siglo y medio), releo por enésima vez la palabra especial, el secreto de cualquier escrito: ‘cariño’, y me dejo llevar: mete amor, rabia, verdad a tus personajes. Hazles reír, llorar, ciscarse en los muertos del malo, o de la buena. Permíteles respirar, que asomen desde la blancura de la pantalla y te digan: ‘Hola, pringao’… Eso es, eso es apunta: ‘pringao’ porque este personaje que nace de tus dedos jamás, aunque viviera cien años en las páginas de mil novelas, diría ‘pringado’. Haz caso al rey Stephen, los personajes deben ‘hablar’, no echar discursitos enrevesados como si fueran catedráticos.

Domingo, 11:27 de la mañana. Mis ojos cansados repasan por enésima vez el texto, ahora imprimido sobre papel, bolígrafo rojo en mano. Paseo arriba y abajo mientras releo: “Mierda, este verbo aparece repetido en el mismo párrafo; y ahí abajo has olvidado cerrar un paréntesis”, tachón, búsqueda de sinónimo. Hoja rasgada.

11: 33, presiono con firme delicadeza la tecla Enter (a las 12:00 concluía el plazo).

Ya está, lo he enviado. No hay marcha atrás. Por tercer año consecutivo he superado el desafío de contar un relato en cuarenta y ocho horas, partiendo de una frase extraña de último minuto. Por tercer año seguido, pasé un fin de semana en la piel de un escritor.

Bajo al bar de la esquina, todavía en la nube (cuando te encierras a escribir todo deja de existir alrededor, tan sólo ves a esos tipos que surgieron de la nada). Me he ganado una birra, me digo, incluso una croqueta.

Mientras ataco el entremés y doy sorbitos al botellín, me dispongo a leer —como vengo haciendo religiosamente desde hace treinta y tres años— el artículo semanal del maestro, el texto de Don Arturo Pérez-Reverte. Abro la revista, paso las primeras páginas, ahí está, el primero de los artículos… y, les juro a ustedes por Snoopy (como él diría), casi me atraganto con la maldita croqueta.

Leo el título y me echo a temblar:

“El Kevin y la Yoli”.

Para más inri, la página está llena de barritas de diálogo.

Mi relato quedó titulado: “El Richi y Luna” (referirme a la muchacha protagonista como ‘la Luna’ hubiese implicado confusión con nuestro romántico satélite).

Una de dos, o la coincidencia del tema poligonero es fruto de una conexión telepática entre Don Arturo y un servidor, o debo buscar abogado para defenderme de la acusación de plagio… o quizás fuera él quien me robara la idea de usar temática chonil (seguro que, en su mundillo, conoce hackers capaces de tal artimaña). ATENCIÓN: BROMA (recuerden al pobre Eduardo Mendoza y su moribunda ironía). También cabría la posibilidad de que el Reverte, cual honorable caballero que es, recogiera mi guante lanzado y nos batiéramos con espada al amanecer en alguna callejuela oscura del madrileño Barrio de las Letras.

La anécdota es cierta como la vida misma.

(Decir sobra que el artículo del Reverte está a mil años luz por encima de mi cuento).

Supongo que un autor experimentado como él escribirá varios artículos que irá almacenando, y cada semana dará a publicar el que más convenga. Sin embargo, me entusiasma la idea de que el pasado viernes, 24 de abril, comenzara a teclear “El Kevin y la Yoli”, en su rinconcito de las palabras, a las 15:00 horas.

 

viernes, 24 de abril de 2026

F251 - La chica del Northbridge (Ámsterdam) (VII)

No soy un santo, a pesar de mi educación en “colegio de curas”. Quizás ni siquiera sea una buena persona. O tal vez sí. O podría ser un asunto de porcentajes, el ochenta por ciento del tiempo lo soy, el veinte restante no. Quizá los números sean a la inversa. ¿Acaso alguien no se plantea esto de vez en cuando? Supongo que el mero hecho de cuestionármelo indica que no pertenezco al grupo de los psicópatas, o de los malos malísimos que jamás se lo preguntarían. Una lástima, por otra parte, porque estos siempre ligaron más. “Te has enamorado del malo, imbécil.”, le dice el personaje de Fele Martínez al de Ana Torrent en la inolvidable opera prima de Amenábar: Tesis.

Lo he comentado más de una vez en estas páginas virtuales. No suelo dar limosna a los que la piden por la calle. Incluso, en alguna ocasión, una llamarada de dragón amargado escapa de mi interior, un rechazo directo, hosco, rayano en lo cruel. Al recordar esos momentos iracundos es cuando uno se hace la dichosa preguntita: ¿Soy bueno? ¿Es buena persona quien gira la cara para esquivar la mirada del mendigo por temor a ser arrastrado a su oscuridad, quien cruza de acera para evitar el encuentro con un tipo que toca el violín, la funda de éste, boca abierta a la espera de migajas de pan en forma de monedas? ¿Lo es un conductor que sube la ventanilla y mira al frente cuando la chavala hippie se acerca a la puerta, después de amenizar la espera de aquél tras el semáforo en rojo, con sus hula hopos, mazas y demás cachivaches?

Más adelante cobrarán sentido estas preguntas sin aparente respuesta. Cuando ustedes digan, mientras leen, con entonación de visitadores de bebés recién nacidos: “Oooh, Jorge, qué lindo, qué buena persona eres”. Pues no, tal vez no lo sea.

Sin ir más lejos, les pongo en escena la última de mis llamaradas. Día uno, recién levantado, maleta en mano, la aventura de Ámsterdam comienza con ojeras, legañas y una pizca de nervios. Lo habitual. Estación de autobuses de la Ciudad del Silencio (camino de convertirse en la Ciudad del Cuchillo). Seis de la madrugada. Puertas abiertas, cafetería cerrada, escasos viajeros potenciales, nulo personal de seguridad, gente sin recursos fuera y dentro de la estación. Tras extraer un café de la máquina vending y unas galletas (bien empezamos) tomo asiento en un banco apartado, cerca de la puerta automática, la maleta entre las piernas. No hace frío afuera, pero dentro se está mejor.

No tengo dinero lo digo en un tono de voz que bordea el grito. Rostro serio, rostro escudo que utilizo para repeler al posible enemigo. Ventajas de traer de fábrica un rictus de mala ostia.

El tipo que se dirigía hacia mí aún a metro y medio de distancia. No tuvo siquiera tiempo para decir ‘buenos días’, ni para pedir nada. Quizás tan sólo deseaba preguntar la hora, o interrogarme sobre algún destino, alguna máquina de tiques. Qué se yo. No le concedí opción alguna. Lo prejuzgué (por su aspecto), lo senté en el banquillo y lo condené. Él se limitó a esquivar la mirada severa, caracoleó (sin balón) como el mismísimo Butragueño y salió por la puerta corrediza. ‘No tengo dinero’, dije tras haber sacado la cartera, seleccionado unas monedas y extraído la dosis de vicio, en forma de café y galletas, de sendas maquinitas.

Otro ejemplo. Bilbao, meses ha. Otro sujeto (éste no parece muy necesitado: mochila de cuero, cámara fotográfica al cuello, zapatillas de marca) me pide ‘un euro’ para un bocadillo. Idéntica persona que solicitó mi financiación semanas atrás, durante mi última visita al Botxo, en la misma zona. A veces retengo las caras. Tras mirarle a los ojos con mi cara de dragón frustrado lo echo con cajas destempladas siempre quise escribir esta expresión: “¡Búscate un trabajo, mira las ojeras que luzco, de currar!”. Él responde digno, ofendido, casi altivo que es fotógrafo freelance. Se conoce que subvencionado por el turista de pinchos por el casco viejo. Podría haberme limitado a decirle ‘no’. Pero brotó la semillita maligna, la cual porto semienterrada y a veces florece al extremo de un tallo con espinas. Te tocó la rifa, compañero. Le pegué un par de gritos, como quien señala a un carterista entre la muchedumbre en el metro de Barcelona. Sólo me quedó rociarle con un espray de pintura roja. Las miradas nos persiguieron, me persiguen. ‘¡Busca trabajo!’ no debe responderse a un pobre joven ─aun de sana apariencia y buen apetito que solicita, con educación, un euro para comer, protestan sus caras. “¡A la mierda todos!”, dice, por lo bajini, mi lado oscuro al más puro estilo Fernando Fernán Gómez.

Y otro más, hace unas pocas semanas. En mi ciudad natal, cerca del domicilio familiar: señor mayor sentado en un banco, cabello blanco, despeinado, jersey azul oscuro con algún que otro agujero. Entona la muletilla en busca de oídos piadosos, su mirada hace lo propio con los ojos cercanos:

Buenos días ¿me puedes ayudar pa comer? lo dice de seguido sin coma alguna que adultere su cantinela mil y una veces repetida.

Cambio de acera.

No soy una buena persona.

Sin embargo, hay veces que algo en mi interior hace clic. Un rostro, una voz, un plumífero roto, un cartelito que grita ‘Ayuda’ mediante letras moldeadas con tiza de colores, una mirada que atraviesa los ojos, que entra dentro de mi cerebro, que busca el escondrijo de la conciencia, o el recoveco donde reposan los misteriosos veintisiete gramos que algunos denominan ‘alma’.

Tal vez dependa del estado anímico, o de la fecha que marque el calendario. Lo ignoro. Quizás la vocecita me susurre que podría llegar a ser yo, tirado en la acera, si en un momento dado la vida pusiera en mi carretera una curva cerrada con su manchita de aceite. Aquí, en Ámsterdam, volvió a ocurrir, dos veces.

Como indiqué, a veces me toca por dentro. Sobre todo, si los desafortunados no reclaman, se limitan a permanecer sentados, resignados, casi vencidos observando transcurrir la vida desde el pozo donde cayeron, desde la tristeza que se hizo perenne sin darse cuenta. Con su cartelito manuscrito gritando por ellos: ‘Tengo hambre; no veo luz; tengo una niña; siento miedo’. Incluso aquellos otros que sólo muestran un vaso de cartón, sabedores de que la honesta ayuda no necesita de anuncios publicitarios.

Acabo de atravesar uno de los cientos de puentes. Elijo la acera izquierda, apartada del canal. Lo advierto desde lejos, pudiera haberlo esquivado, podría dar la vuelta, cambiar de lado, o tan sólo mirar al frente, como si estuviera pensando algo importante, como si llevara un pinganillo de esos que te hablan todo el rato, o te cantan (hoy en día puedes hablar solo por la calle sin parecer enajenado). Mas no hago nada de eso.

Clic.

Me acerco; su mirada perdida a media distancia, quizás en la superficie del agua que refleja los últimos rayos de sol. Edad indefinida, más de treinta, menos de cincuenta. Ojos grandes, negros, pestañas espesas (esto lo aprendo cuando eleva el semblante para agradecer). Gorro negro, barba abundante. Una cara del Oriente Medio, diría yo.

Admito que sopesé rebasarlo. Luego surgió de la nada el ‘clic’. Acababa de cumplir equis años ya al otro lado de la colina, dicen los anglosajones: ‘Over the hill, y ahí estaba yo solo, perdido en una ciudad llena de vicio, canales y bicicletas, sensible como una damisela de otro siglo.

Sin aspavientos, extraje un billete (el más pequeño) pues lo que sentí no se paga con unas monedas. El más pequeño de los billetes para mí y enorme para él. Un billete que en esta ciudad no alcanza para una misera caña de cerveza de esas que bebes una tras otra sin pestañear a él le proporciona una miaja de calor, de humanidad, de esperanza. Lo deposité con cuidado en la cajita de cartón, que contenía monedas tristes, que se ganaron el mote de calderilla. El billete flota incongruente sobre ellas, cual barquito, al atardecer, sobre aguas cobrizas.

Have a nice day, man! digo, sin saber qué decir.

Es ahora cuando iza el rostro mostrando sus ojos, las frondosas pestañas, y su mirada bucea dentro de mí. No habla y lo dice todo. Se limita a hacer un gesto internacional, junta las palmas de sus manos e inclina la cara sobre ellas dos, tres veces, sin soltar mis ojos, como si, a través de estos, quisiera agradecer a mi supuesto Dios, que sería el suyo mismo con distinto nombre. Continúa mirándome hasta que me giro y sigo andando, me sigue observando mientras me alejo, aunque no pueda verlo.

Ya anochece y estoy agotado. La caminata duró horas; mil y una escenas quedaron grabadas en mi cerebro, y algunas pocas dentro de la tarjeta sim del teléfono móvil en forma de instantáneas virtuales, sin cuerpo ni alma, que perecerán en unas semanas, quizás meses, enterradas bajo otro centenar. Sólo merecen la pena aquellas que se graban en el recuerdo.

De camino al hotel, atravieso la calle de tiendas pijas: escaparates, luces de neón, últimas compras, gente por doquier con bolsas de papel cuché y sonrisa a juego.

Clic

Una joven sentada en el suelo, apenas una muchacha. Me recuerda tanto a la moceta de Zaragoza, o quizás fuera Valladolid (aquel cartelito escrito a mano, con tizas de colores sobre un cartón: Tengo una hija pequeña. Sólo comida. Gracias). La de ahora sólo escribió: “Any help, thanx!”. Me aproximo, tras elegir un puñado de monedas que ofrecerle. Agradece el gesto, primero sin palabras; ligero temblor de boca, parece tener frío, mucho frío. Poco arropada con una cazadora corta, una mantita sobre su regazo. ‘Dank’, dice, o algo similar, en voz baja. Inclina varias veces la cara, subrayando el susurro. Mirada triste, gorro de lana rosa, cabello enmarañado, plumífero blanco que vivió mejores días (tampoco puedo evitar el recuerdo de la chica del puente Northbridge, en Edimburgo).

¿Estás bien? ¿Quieres algo de comida?

Un café, por favor ─responde, supongo que aterida tras horas de sentada.

Adivina mi duda y señala el supermercado detrás de mí, que cuenta con una esquina donde preparan café para llevar. Le pregunto cómo lo prefiere y responde que machiatto (un cortado largo que ofrecen los italianos). Me sorprende ligeramente la elección.

Al cabo de unos minutos, le entrego el café con cuidado; añadí varios tipos de azúcar en sobre y una pequeña magdalena.

God bless you! ─dice la chica del Northbridge a través de sus labios.


Enlaces relacionados: F33 - Coraza de titanio (Edimburgo)   

                                  F82 - Trenecito de juguete

 

martes, 14 de abril de 2026

F250 - Licencia de mercadillo (Ámsterdam) (VI)

¿Añoran las adivinanzas infantiles? Hoy les traigo un acertijo. Tranquilos, es muy fácil. Yo les menciono un puñado de ciudades visitadas, pisadas (¿recuerdan?) y ustedes intentan averiguar qué guardan en común todas ellas. ¿Preparados? Ahí va: Edimburgo, Belfast, Ipswich, Londres, Praga, Bruselas, Gante, Brujas… Ámsterdam.

De acuerdo, les saco de dudas. El agua. Eso comparten. En forma de río, mar o canales, todas ellas gozan de su presencia, de la cercanía que asegura provisiones e incluso una posible vía de escape. Algo dentro de mí llama al agua, más bien a los barcos. No lo sé, quizás sea por mis orígenes a orillas del Ebro. Y estos provocaron sueños de vivir en un lugar pegado al mar, donde asomarme cada mañana al puerto, contemplar los barcos pesqueros de colores básicos: verde, blanco, colorado, negro. Aspirar esa peculiar mezcla de olores: salitre, pesca, gasoil, aventura… libertad.

A falta de mar, bien está un canal. Y parece que aterricé en la ciudad campeona del mundo mundial en número de canales. O al menos, la que yo haya conocido, más bien pisado (el fiel lector comprenderá la diferencia).

La segunda parte de la adivinanza, aunque no la planteé, carece de dificultad: ¿Plan para hoy?: ruta en barco. Constituiría un pecado venial, o grave, incluso mortal (poniéndonos melodramáticos) pasar unos días en la capital holandesa, cruzar sus cientos de puentecillos, observar los miles de barquitos y no subirse a uno. Pecado de arrodillarte ante el confesionario. Okey, tal vez exagere un poquitín.

La adivinanza resultó facilona, de primero de EGB; lo realmente jodido, en una ciudad como Ámsterdam, es elegir qué crucero. Los hay a miles. Imaginen la de compañías y planes en oferta para dicha actividad turística: Bote y Copas; Barco y Romance; Lancha y Queso; Barco y Misterio; Chalupa y Noche; Barcaza y Sexo… incontables.

Como todo en la vida, el factor suerte resulta fundamental. No me refiero al posible hundimiento de la nave (triple persignación) o colisión marítima (que la sufrimos, algo leve, no hicieron papeles ni nada, un par de voces por la radio que sonaron a insulto y qué no, en holandés culpa del otro, un impresentable sin carnet y con gorrita naranja, según nuestro patrón; ni siquiera nos pusimos el chaleco salvavidas), sino a qué tipo de barco te toca, y lo más importante, qué guía, qué acompañantes, a qué precio. Sobre lo último hay variedad como en botica. A pie de amarradero, los precios parecen altos tirando a atraco. Ignoro si es una trampa para guiris o realmente el crucero merece la pena. Pero, “Desde 50 euros”, vamos a ver, señores, ¿qué sucede en el interior de ese barco! O acaso salen al mar, atracan en otro país, te invitan a comer y regresan. ¿Estamos locos o qué?

Una de las opciones resalta como subrayada con rotulador fluorescente. Tres barcos fluviales preciosos y horteras a partes iguales. Largos, planos, cubiertos. Uno amarillo, otro naranja y un tercero color rosa. Todos con la palabra LOVE (en rojo pasión y tamaño XXXL) sobre la cubierta superior y el espejo de popa. El Crucero del Amor, lo bautizaron, no se volvieron locos pensando. Hubiera elegido el amarillo pollito, color de locos; el naranja queda para los herejes, nostálgicos de Gillermo Orange y el rosado se lo dejamos a otros, que en esta ciudad seguro lo petan. Pero, subir a bordo de un crucero del amor, por muy fluvial que sea, por muy miniatura, en solitario, sin tu chica cogiéndote de la mano y del corazón, es tomar un gintonic sin alcohol; al igual que visitar París con un libro por toda compañía. Jamás conoceré París en solitario. Me niego. Menuda aberración. Un atentado contra el romanticismo. Una estocada por la espalda a Cyrano de Bergerac. Una puñalada trapera a Don Gustavo Adolfo Bécker. Prefiero encerrarme en una buhardilla de Soria y escribir sonetos al no amor, entre lágrimas y golpes de pecho para Ella, para todas Ellas que abandonaron el barco con la botella de ginebra a mano.

Hablando de gintonic, hay barcos de color naranja: la cubierta con decenas de botellas y copas que relucen bajo el sol, música y pasajeros animados y el patrón con su gorrita a juego con el casco: veinticinco euros, barra libre, según la publicidad… espero que nunca tropiecen con cuatro amigos de Glasgow. Bancarrota asegurada, my friends.

Solución, acorde con la época. Jugártela en internet. No soy muy dado a ello (ya saben, no aprovecho esos tours gratuitos que cada ciudad ofrece en diversos idiomas, a golpe de tecla o QR) pero esta vez me lanzo a ello. Contemplo un par de opciones y elijo la más asequible. Quince pavos, una hora. No está mal. Crucemos los dedos para que el bote no presente vías de agua y no vayamos al fondo del canal en búsqueda de las llaves perdidas matarile, rile, rile.

Les ahorraré el papeleo. Todo digital, pagado mediante Bizum. Ya saben, la tecnología moderna que acabará con el cash y con la Humanidad (temo no sobreviva ni Sarah Connor). Sólo indicar que lo organiza una empresa estadounidense y cuando te envían la información comienzas a pensar cosas raras: ¿de tan lejos? ¿cruceros fluviales en Europa? ¿Será un timo? Ya saben, un servidor en su pura esencia.

El punto de partida del crucero incrementa la duda, suena malamente, diría la Rosalía: Lookout. Mi lado oscuro apunta la similitud con Overlook (el hotel de El Resplandor…). Rezo para que no se aparezcan las niñas gemelas junto al banderín de popa. Decido no buscarlo en la Wikipedia, me la juego a bastos, hemos venido a jugar y todo eso. Saco el móvil y le dedico unos apasionados tecleos a mi amante bandida (la de gúguel maps, no se emocionen) y su voz sensual comienza a guiarme, por esa voz saltaría al canal con mochilita incluida, si ella me lo indicara.

Todo va bien hasta que llegamos al último tramo: sobre el mapa una sección de considerable tamaño y tonalidad azul clarito: agua, sí, agua. Un pedazo de canal gigantesco, no de los que cruzas a través de un puentecito. Y el famoso Overlook al otro extremo del golfo pérsico con nombre neerlandés. El mosqueo regresa. Ya está, me timaron los hijos de la gran yanquilandia. Eres un pueblerino, Jorge, te las das de moderno, de cosmopolita, de aventurero con tu mochilita de colegiala a la espalda, y claro, pasa lo que pasa. Quince leuros donados a la mafia de Nueva Jersey (más retorcida que la de Chicago de toda la vida); el líder de los Soprano se fumará un puro a tu salud. Paleto.

Alcanzo el punto final, el Finisterre de mi búsqueda. Llego al canal tamaño golfo de México. Ah, equilicuá, aquí está el truco del almendruco. La razón del bajo precio. “Compra barato y pagarás dos veces, cariño”, decía mi madre. He de coger un maldito ferry para cruzar el charco y llegar al punto donde subir al barquito. Y digo yo, ¿no sería más fácil para todos lo menciono desde mi ignorancia de secarral que el puto barquito se acercara a esta orilla y ya partiésemos desde acá? Aunque supongo que sus razones tendrán: tráfico fluvial y semáforos, sentidos de navegación, diversos canales, etc. y, por eso, el crucerito leré arranca desde donde Cristo perdió un par de espinas de la corona.

Me acerco al tipo que parece al mando del cotarro. Viste uniforme de la compañía naviera y se dirige a la marabunta que espera a que el barco acabe la maniobra de aproximación con la popa tocando el muelle. Es un tipo enorme, de raza negra, barba poblada, gorro de lana y cara de pocos amigos. Me armo de valor y abro la boca:

Disculpe, buen hombre me mira calibrando si le vacilo, nada más lejos de mi intención me podría decir dónde he de sacar el billete para el ferry ese tan guapo que tienen ustedes ahí reculando y echando humo.

El hombre me observa como las focas al rompehielos. Luego repara en la pregunta, sin apartar la vista, la indiferencia se torna curiosidad en sus ojos; y ésta en hartazgo. Responde a la cuestión que miles de españolitos, como yo, le hemos hecho a lo largo de la jornada.

Es gratuito, limítese a subir a bordo.

Lo dice aburrido, harto de pueblerinos y turistas coreanos. Pero yo me quedo patidifuso. ¿Free? (Así dicen los anglos ‘gratis’ que tiene su puntito porque significa ‘libre’, y qué mayor libertad que subir, por la cara, a un barquito para cruzar el golfo holandés que se han montado aquí los amigos tulipanes).

Miro al tipo con admiración, con un respeto ganado. Mis ojos rozan las lágrimas. A punto estoy de soltar: “Gracias, muchas gracias, señor; traslade mi agradecimiento al Primer Ministro, o al Presidente, o a quién sea el líder supremo de esta nación amiga”.

Ya en serio, ¿imaginan un servicio gratuito (en nuestra querida España) donde miles de personas, miles, cruzarían a diario un canal grandote en un puñado de ferris? Caza la idea algún listo (teniendo en cuenta que ostentamos, con orgullo, el Récord Ginés al Mayor Número de Sinvergüenzas por Metro Cuadrado) y hace el negocio del milenio. ¡Pero si incluso en Portugalete pagas por cruzar en chalupa a la otra puta orilla de la ría, cada viaje: ida y vuelta!

En fin, Spain is different, y no quedaban más países en la rifa.

No me enrollaré más. El crucero fue agradable, el tipo que manejaba el timón entretenido, dicharachero, puesto en idiomas. El mínimo exigido en currículum, supongo. La novedad en forma de grumete. Adolescente, con ese peinado estilo brócoli en flequillo y rapadas las sienes. Pero profesional, el muchacho. Sirviendo refrescos al pasaje por un módico precio. El barquito, largo, plano y cubierto, bastante lleno. Lo peor, un grupo de chavalitas (¿coreanas?, con las orientales ya no me atrevo a suponerles nacionalidad, que luego se enfadan si me equivoco). Las mocetas, tuneadas a lo K-pop: tablero de ajedrez personificado: maquillaje, flequillito, blusas blancas, minifaldas negras, medias blancas, zapatazos negros. Parecían escapadas de un comic manga. Móviles, palos selfi y deditos en ‘V’ por doquier, sobra decir. No callaron en todo el trayecto, que ya es complicado prestar atención a las explicaciones del guía, en inglés, como para tener el continuo murmullo tras la oreja, en japonés, o quizás cantonés. Y pidiendo sus refrescos en latitas de colorines, para que queden chupi en la foto. Jamás vi tanta lata de diferentes colores como en Ámsterdam. La chavalería debe de flipar para elegir sabor. En mis tiempos había: Kas naranja (lata color naranja), Kas limón (lata color amarillo) y Coca cola (lata roja), punto. Recuerdo cuando apareció el Kas manzana (lata de color verde) y nos petó la cabeza. “¿Has probado el Kas manzana, tío? ¡Un puntazo!”. ‘¡Toma ya, Kas manzana!’, el eslogan. Imaginen qué subidón, como para marearse a bordo de un trasatlántico.

En un momento dado, tras el sofoco del pequeño accidente con el otro bote, nuestro patrón, con voz grave, como si estuviera dando una charla de seguridad fluvial en la Escuela Primaria de Ámsterdam, dijo:

A su derecha, junto a las casitas de colores, se celebra cada domingo el flea market ─el rastro de toda la vida─, si de regreso a su hogar les aguarda alguna amistad o familiar que les caiga realmente mal, ese es el sitio donde adquirir un horrendo suvenir de Ámsterdam ─y remató la faena añadiendo─: ahí mismo compró la Licencia de Navegación el niñato de la gorra naranja.


Enlace relacionado: F65 - De Chinas, Libros y Cervezas (Edimburgo)

 

miércoles, 8 de abril de 2026

F249 - De bananas, reyes e imperios (Ámsterdam) (V)

Noches de hostal con ínfulas. Noches holandesas. Noches con aroma a tulipán blanco, que, por cualquier razón, en las calles huele a mariguana. Noches que duermo cual bendito, al que hubieran extirpado la conciencia (que todo lo guarda, la puñetera, aunque pasen mil años). A pesar del váter compartido ─ducha aparte, de las que hay que explorar con chanclas y guantes de cirujano─ la habitación estrecha, la ventanita que da al tejado rojizo; sin embargo, la calefacción va como un tiro, recuerda a los domicilios de la gente mayor. La chavalería se comporta de una manera excepcional, casi ni un ruido. Alguna risa escuché cuando volvían de copas. Bendita juventud, ni mediante soborno la hubiera acompañado. Sólo me crucé con muchachos, por el pasillo, en cambio la risa femenina se coló bajo mi puerta. Pillines. Al menos, no resultaron sectarios ni satánicos ni ladrones de órganos. Duermo como si no me importara el mañana, como si hubiera borrado del recuerdo el pasado y me percatara de que el presente no existe, porque en cuanto te detienes a pensar en él… ya es pretérito. Duermo genial, digo, supongo que también ayuda que abandono el hotel a primera hora de la mañana, mochilita al hombro (ni café encuentro, las calles todavía sin poner) y no regreso hasta la noche. Más de doce horas pateando la ciudad, tirando fotos al tuntún (pacifista nato, prefiero mirar que disparar), tratando de grabar en mi disco duro todo lo observado (misión imposible que ni el mismísimo Tom Cruise en sus tiempos mozos, antes del primer lifting), viendo exposiciones, barcos, algún museo, iglesias, monumentos…

Me levanto con la sonrisa puesta, y legañas de a kilo. Me auto felicito, sentado al borde de la cama (grande, como prometió el amigo recepcionista) consciente de lo patético del acto, pero uno es así, sensiblero, mariconetti decíamos en el pueblo adolescentes, macarras y fiesteros cuando aún podían mentarse palabras así y Arévalo era el rey de las gasolineras (busco el término, por curiosidad, en esta maravilla de internet y reparo en que lo aprendimos de la película Sargento de Hierro, de boca del inmenso y eterno Clint Eastwood que recogió el testigo de John Wayne; tipos duros que quisimos emular, algunos de nosotros sin mucho éxito). Sin embargo, no alcanzo el extremo de comprar una muffin de chocolate y clavar una solitaria vela encendida sobre la cumbre. ¡Uno es sensible, pero conserva la dignidad! Un año más robado al calendario. Aún no me hago a la idea de ser mayor que mamá. Yo ya me entiendo. Aún quedan unos años para alcanzar la edad de mi padre.

Toca desayuno especial. Tras un largo paseo, contemplando cómo despierta la ciudad. Todo se llena de furgonetas grandes y blancas, de carritos, de señoras con manojos de verduras, de unas pocas bicicletas. Repartidores trajinando con cajas, con barriles de cerveza, la carretilla ahora llena, después vacía. El canal refleja los primeros rayos de sol mientras los barcos multicolor descansan sobre las aguas calmadas que es la más hermosa felicitación que uno pueda recibir.

Localizo una cafetería agradable. Italiana. Más que el origen del café, fue el cartel sobre la puerta lo que me atrajo, como si de un poderoso imán se tratara, y yo una indefensa virutilla de hierro: “Los mejores pancakes de Ámsterdam”. Y quién es este humilde españolito, para poner en duda la palabra de un barista italiano que ofrece tortitas británicas, en un local donde una de las camareras tiene ascendencia keniata y la otra tailandesa. Ni un euro me juego a que el cocinero sea holandés.

Pido un café americano (por seguir con la mezcla de culturas), y estudio la carta de vicios reunidos (crepes, bizcocho, tortitas) con los ojos grandes, de niño, como si estuviera en la mañana de Reyes desenvolviendo la caja de Juegos Reunidos Geyper. Me decido por la opción sana, hay que cuidar la línea y siempre dijeron que la fruta es imprescindible para ello. Opto por el número siete: Banana Treat (que es la forma inglesa para: ‘De premio: plátano’ por hacerse los interesantes). Banana pues, healthy a tope. Qué importará que las rodajitas minúsculas de fruta estén esparcidas, cual guindas, sobre una masa dulce del tamaño de la plaza de toros de Las Ventas pringada con una crema de chocolate que ahora llaman nosequé y toda la vida fue Nocilla.

Llena la panza con el saludable manjar, sigo con el paseíto, ya bajo el alboroto matinal, las voces, los pitidos, ojo avizor ante los cientos de bicicletas que dominan las carreteras con énfasis posesivo, egoísta, que no disminuyen la velocidad, retando a cualquiera a tener bemoles para cruzar ante ellas ignorando el semáforo. No gracias, espero. Por cierto, junto al primer semáforo en rojo permanecí varios minutos buscando al pájaro carpintero que hacía toc toc toc toc toc, hasta que descubrí que era el sonido que advertía del peligro a los peatones ciegos.

Tras supervitaminarme y mineralizarme, toca super culturizarse, no todo van a ser dulces y alcohol. Hay numerosas opciones y pocos días. No me vuelvo loco, nunca lo hice. Me conformo con ver poco, pero a gusto. Disfrutando. Perdiéndome por las callejuelas y sorteando canales a través de sus puentes.

Llego al Palacio Real que es una opción como otra cualquiera. La fachada ya anuncia la grandeza, la excelencia, la… vamos, que es un Palacio Real. Donde vivieron, jugaron, hicieron cositas de Pecadores de la Pradera, y se echaron unas risas los poderosos de antaño; donde firman papeles importantes los poderosos de hogaño, y se retratan e intercambian cotilleos con otras figuras reales visitadoras. Ahí está el famoso balcón que da a la plaza Dam, al que se asoman los reyes para saludar al pueblo, para celebrar enlaces reales, eventos, claudicaciones. A mí me parece un balcón de lo más normal. De silla plegable, mesita y una cervecita con aceitunas y pepinillos al atardecer. Los imagino ahí fuera, con sus ropajes carísimos y monísimos, durante la pandemia y el confinamiento, los imagino emocionados, al rey, a la reina, al mayordomo real o como se llame al que pringa tras ellos, aplaudiendo a rabiar ocho en punto de la tarde al paso de las ambulancias y de los coches patrulla de la Politie, con las sirenas encendidas, nino nino nino, mientras de fondo, en los ventanales aledaños a la plaza, un piso de estudiantes de Erasmus (dos chicos de Toledo y una chica de Graná) con balconcito donde unos bafles enormes atruenan el Resistiré del Duo Dinámico. Pa tocar un poco la moral a los herederos de Guillermo Orange. Así los imagino yo, aplaudiendo regios a la par que confusos, intercambiando incómodas miradas, al tiempo que el jefe de seguridad, serio, profesional echa dos dedos al pinganillo y con voz grave ordena, por el micrófono invisible, a su equipo de élite: “¡Código Naranja, Código Naranja, nivel 1: máximo riesgo de magnicidio sonoro, localicen y neutralicen a esos colonialistas hijos del gran Tercio!”.

Antiguo ayuntamiento (impresiona la salita de Justicia, donde condenaban a muerte a diestro y siniestro, por pasar el rato, y dejaban entreabiertas las cortinas para que la plebe, desde la plaza Dam, observara con gusto, y miedo, las ejecuciones. El morbo es antiguo como el mundo); residencia del hermano de Napoleón, palacio de la realeza, lugar de ceremonias oficiales, visitas de estado, recepciones reales. Enormes cuadros, esculturas, salas de reuniones, los mapas más grandes del mundo pintados en el suelo del hall, dormitorios reales con lecho y dosel, muebles estilo imperio francés… una lámpara de más de setecientos kilos. Menuda subasta montaba yo en el gualapop con cuatro cosillas de estas, o quizás un buen mercadillo de barrio. Cada vez que visito uno de estos lugares recuerdo lo injusta que es la vida. Pero no nos pongamos melodramáticos.

Es una visita tranquila, con cascos conectados a una especie de móvil que hace las veces de audio guía. ¿Idioma? Español, dije (por darme un descanso con el inglés). La señora, gris uniformada, me miró un tanto torcida, tal vez recordando al invasor, al Imperio que les tuvo sometidos, agarrados por la entrepierna; hasta que apareció el Orange ese, y se acabó el negocio, y muchos años después nos devolvieran las picas de Breda, envueltas en papel de regalo. Enciendo el aparato (que llevo colgado del cuello, los cascos te los dan aparte), estos últimos colocados sobre la nuca, como fui instruido. Qué basura de tecnología, pienso, podían haber invertido un poco más de dinero en unos aparatos mejores. El volumen precario, se oye como de lejos. Me detengo, chequeo la pantallita que, mediante números (muy clarito), te indica cada sala, pasillo, ventanal donde has de parar, observar, escuchar y, si te da la gana, aprender algo. Entonces reparo en un pequeño detalle en forma de cable colgando al vacío, paralelo a mi cadera izquierda. No lo había enchufado al aparatito de los… Así que no escuchaba bien. Y lo peor, durante las tres primeras paradas (1, 2, 3) he amenizado la visita de catorce japoneses, doce gabachos y un yanqui extraviado luciendo colorada gorra trumpista… con la charla del guía en español. Cada uno intenta reconquistar como le da la gana, oigan. Y mejor esto que las canciones, de sonrojante letra, berreadas por el Conejito Malo en un estadio petado de gente.

“Al salir de la sala, mire hacia arriba, observará las estatuas de dos planetas-dioses a ambos lados del umbral, a su derecha: la diosa del amor: Venus, coronada de flores; a su izquierda: Marte, dios de la guerra, con hacha y espada. Como pueden ver, son las únicas deidades que se miran entre sí, fruto del enamoramiento, de la atracción, del deseo…”, dice la voz a través de los auriculares (ya conectados). Obedezco, al igual que el alumno aplicado que siempre fui, irguiendo el cuello al borde del esguince cervical; en efecto, ambas figuras se miran a los ojos, desde la distancia que los separa, en forma de puerta. Ya enmudecida la voz, tras indicar el siguiente número a visitar, permanezco quieto, bajo aquella pareja divina. Me concentro y trato de imaginar su conversación telepática mientras clavan sus miradas. Pudiera haber sido lo siguiente:

Marte, machote, ¿cuándo me enseñarás tu espada? dijo Venus, saltándose a la torera el protocolo de la época.

Venus, hermosa, ¿viste los mapas enormes de allí abajo?

¿Los del suelo? Sí, reparé en ellos suspira ella: ¡Hay tanto que ver!

Quedemos y te mostraré un bello paraje (dentro de un lindo territorio que los humanos denominarán Hispania) que bautizaremos, por ejemplo… Cuenca.

¡Genial, la curiosidad me embriaga!

¿El martes o el viernes?

Ay, querido, guardad los Martes para vuestras guerritas estúpidas, el Viernes es el día del amor dijo ella, con un entusiasmo disfrazado de indiferencia.

 

 

domingo, 5 de abril de 2026

F248 - Como latas de cacahuetes (Ámsterdam) (IV)

Jamás la primera cerveza se hizo tanto de rogar. La primera birra de bienvenida, de ritual, de recompensa (por haber llegado de una pieza, por no haberme perdido demasiado, por haber localizado el hotel, e incluso en esta ocasión, por haber logrado escapar de él). La boca seca, las neuronas rebotando unas contra otras, o haciendo manitas en forma de sinapsis, tratando de localizar el bar adecuado. Mi reino por una maldita rubia espumosa.

Me encuentro en el centro, no lejos del hostal con ínfulas. Otra de mis ridículas manías, o hábitos, o como quieran llamarlo. La primera birra la suelo tomar en un terreno cercano, como si el miedo a extraviarme me devolviera a la más tierna infancia. Como si fuera un bebito, un barquito chiquitito que apenas echó a navegar en forma de pasitos cada vez más firmes un ‘toddler’ según los anglos que se aleja unos cuantos pasos, o metros de mami, pero lanza constantes vistazos atrás, buscando su sonrisa, su mirada de ánimo, buscando seguridad. Y a cada ratito, regresa a ella, roza su rodilla portuaria, se agarra a la pierna protectora y, tras comprobar que sigue ahí, se arma de valor para zarpar de nuevo, en busca de nuevas aventuras, aunque sólo sea a unos escasos metros de su mamá, de su puerto, de su seguridad. Eso me sucede a mí con los malditos hoteles en ciudades desconocidas. Voy alejándome de su solidez visual poco a poco, día a día, pero la primera cerveza siempre la tomo en su cercanía, casi sin perderlo de vista, a pesar de contar, actualmente, con la guía de mi amante, querida, caprichosa y cachonda (dícese, ‘muy graciosa’) e impersonal señorita del gúguelmaps.

Ojeo unos cuantos pubs, atestados de gente; es sábado, atardecer primaveral, y ello invita al regocijo, al relax, a la reunión con amigos bajo los efluvios del alcohol. Por fin, me decido, elijo uno que parece accesible (el camino hacia la barra). Llego y, justo antes de llamar la atención del camarero, veo la escena que me tira para atrás. Éste, entre risas, deslava un vaso usado en el fregadero de la barra, lleno de espuma y, ruego a Dios, agua semi hirviendo. Tras el chapuzón en jabón, hace una última ablución a modo de aclarado, y lo deja (brillante) boca abajo, junto a sus iguales, en la superficie bajo los grifos de caña, ahí dispuesto para un segundo asalto y tercero y cuarto. Para transmitir, quizás, algún bichito que haya sobrevivido al jakuzzi, y tal vez, conservar ese saborcillo a jabón camuflado con el de cebada fermentada.

Espero que mi cara de asco no haya sido advertida, doy media vuelta y salgo a la calle a respirar aire fresco. Nunca fui demasiado escrupuloso (si ustedes hubieran visto la primera ducha escocesa), pero… ¿acaso no conocen esa gran invención del hombre blanco llamada lavavajillas?

Voy a ahorrarles el Calvario (que bastantes procesiones hay alrededor estos días). La operación la repetí unas cuatro veces, con idéntico resultado. Me falta información, acabo de aterrizar casi literalmente, ignoro si este método lavatorio sólo sucede en los pubs del centro, en la zona de bienvenida a los guiris, o si se extiende por toda la ciudad, por todo el condado, por toda la maldita Holanda.

La sed, el ansia de ritual, de hacerme con la primera rubia me animan, me dan el empellón definitivo, de algo hay que morir ¿no? Además, hemos venido a jugar. Otra ráfaga de nostalgia me alcanza, al recordar las primeras veces que viví idéntica situación en Edimburgo, en los primeros pisos compartidos (Rachel y su lavado de platos en jabón, casi sin escurrir ni aclarar). Recuerdo usar mi propio plato, vaso y cubiertos, y siempre lavarlos yo mismo, a la española, con aclarado premium (porque está visto que el modo europeo es lo de sumergirlo en espuma, escurrirlo boca abajo, y sefiní).

Tomé la primera, sin acercarme demasiado a la pileta, pidiéndola desde una esquina del mostrador, sin siquiera observar la operación de tirada ni elección del vaso ni nada. Ojos que no ven y todo eso. Una vez servida, me persigné mentalmente (aquí son todos herejes del Orange aquel, y no deseo ser arrojado al canal), alcé la jarra, cual cáliz sagrado tras el altar y me encomendé a todos los Santos. Después di un largo trago que supo a gloria celestial.

No sabía nada a jabón, algo es algo, y espero que las posibles bacterias quedaran lo suficientemente embriagadas por la dosis alcohólica (pedí una fuertecilla) para que, aleladas, no pudieran contaminar mi cuerpo y se murieran de aburrimiento.

Nunca creí que Ámsterdam fuera una ciudad tan peligrosa. Y no me refiero a que algún acólito de Bob Marley, confundido entre humos inhalados, te exija dinero bajo amenaza de echarte el fétido aliento, o que un yonqui en estado de primate histérico te lo pida con la aguja sucia entre los dedos. Me refiero a serios riesgos para tu vida, a formas de palmarla, a mil maneras de morir como el título de aquella película. Éstas se van acumulando: caer rodando por las infames escaleras del hotel; acabar en un canal por despiste, embriaguez o cabezonería del gepese; sucumbir en el asfalto, atropellado y pisoteado por cientos de pares de ruedas de diverso grosor; una sobredosis de Fairy aroma tulipán blanco tras vaso y vaso de cerveza…

Lo dicho, hemos venido a jugar. Los virus no podrán conmigo, bajaré las escaleras con ambas manos en la barandilla, miraré trescientas cincuenta y dos veces a cada lado antes de osar echar un pie en la calzada.

Me doy cuenta de que también puedo morir de inanición antes de hallar un restaurante es un decir que me atraiga lo suficiente para sentarme a una de sus mesas. Pero esa es otra historia. Forma parte de otra de mis absurdas costumbres, sacio el hambre primera de cualquier forma porque no me atrevo a elegir un lugar de comida a la carta, menú o maldito QR, todavía no, como si mi nivel de inglés recién aterrizado o mi timidez aún me ataran a la maleta, al hotel, a la pierna de mamá.

En esas estoy, la cerveza agudizó el apetito. Los bares llenos de gente, los restaurantes poco atractivos (de momento), numerosos locales ofrecen comida rápida, al puro estilo take away tan propio de las zonas turísticas. Me decido por uno de los últimos, un sitio que llama mi atención, contemplo las fotografías expuestas de hamburguesas, patatas fritas y demás complementos. El colmillo me gotea. Atravieso el umbral en forma de cristalera abierta de forma permanente (tipo corredera), como si la hubieran bloqueado a propósito. Observo el mostrador, diminuto, tan sólo una mujer detrás. Qué extraño, con toda la gente que hay dentro. Tampoco aprecio fila alguna. Nada. Entonces me acerco al tumulto, me hago un hueco o más bien se va haciendo porque los que me preceden se dan la vuelta rápido, con su pedido entre las manos. Todo un misterio. La curiosidad no sólo mata al gato, sino que lo entierra, le coloca una corona de flores y le reza un responso. No puedo con la incertidumbre. Me aproximo más, y al contemplar aquella cosa (no se me ocurre pseudónimo alguno) la mandíbula inferior se me cae hasta rozar el pecho, como la del Coyote cuando descubre la trampa mortal que le espera, en forma de cartuchos de TNT, demasiado tarde para reaccionar.

Una máquina dispensadora de hamburguesas; decenas de ellas, de todo tipo, en su interior, recluidas en pequeñas celdas calientes, tras una ventanita de cristal o metacrilato transparente, a modo de mini escaparate, recién hechas y a pulsación de tecla.

Observo la clientela a mi alrededor, la cual elige, presiona un par de botones, pone la tarjeta de débito, o el móvil, junto a la pantallita, y el compartimento se abre, mostrando el pedido: burger humeante y olorosa, patatas fritas incluidas. Mi cara es un soneto de Quevedo. Me acerco al artilugio, despacito, con respeto; intento leer las instrucciones, pero están escritas en ese idioma que parece diseñado para gente con muy mal carácter, repleto de haches, ges, kas… Una sobredosis de consonantes recias. También reparo en que no existe ranura para introducir dinero en efectivo, ni siquiera para introducir la tarjeta de crédito (la mía, que es muy suya, no me permite utilizar la opción ‘sin contacto’).

A pesar de la dudosa calidad del producto, el hambre y la adrenalina me obligan a querer una de aquellas hamburguesas. Sí, dije adrenalina, qué pasa, unos se tiran de un puente sujetos a una estúpida goma y otros pedimos una hamburguesa de dudosa reputación encarcelada entre cristales.

De todas maneras, observo que el invento no es tan peligroso como parece. Detrás de las máquinas, fuera de la vista, a un extremo del mostrador, se esconde un espacio con planchas, freidoras y otros artilugios de cocina donde el personal prepara, in situ, las comandas. Después, supongo, algún compañero rellenará las máquinas expendedoras, como si metieran latitas de cacahuetes, olivas y almendras, pero en su lugar, calientes y humeantes porciones de carne entre trozos de pan.

La saliva llena mi boca. Parezco Carpanta frente a una pollería. Me acerco al mostrador. La mujer me sonríe con ojos de: a ver qué quiere el guiri este. Armo mis labios con la mejor de las sonrisas (sale de lujo porque no la utilizo con asiduidad). Desempolvo el manual de usuario de la lengua de Shakespeare y le cuento mi vida y milagros, y los problemillas logísticos debidos a la caprichosa tarjeta bancaria. Le pregunto si existe modo humano de encargar una hamburguesa sin pasar por el Vía crucis de las instrucciones en neerlandés, la maquinita de marras y el pago electrónico (que sólo falta el puto QR).

Si es una sencillita yo misma te la encargo dice, agrandando la sonrisa.

Ignoro si me está vacilando, o quiere ahorrarse trabajo. Me da lo mismo, ya tenía preparada la respuesta.

Muy simple: a cheese burger digo deprisa, y añado: and chips, please!

La mujer gira el cuello y lanza un par de voces en su idioma autóctono que parecen insultos, en dirección hacia la cocina. Vuelve a mirarme y con una amabilidad e inglés intachables dice cuánto le debo.

Mi estómago ruge impaciente a la par que agradecido, mientras extraigo el monedero.

 

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

F247 - Perfectos desconocidos (Ámsterdam) (III)

Miles de pensamientos cruzan mi mente. Ninguno de ellos positivo. Releo, por enésima vez, el cartel de marras: “Vuelvo pronto”, seguido de un número de teléfono con toda la pinta de corresponder a una línea fija, materializada en un aparato estático, de tipo góndola con cable enrollado, un artilugio antediluviano al que pilló ya anciano la aparición del primer Motorola. ¿Habré sido timado? ¿Cuánto tiempo significa ‘pronto’? ¿Estará el buen hombre de excursión relax, tal vez despatarrado en un sofá bajo, en uno de los numerosos coffee shops, dando chupetadas a la cachimba?

Trato de calmarme. Piensa positivo, chaval. Siempre positivo, me digo. Miro la acera arriba y abajo, docenas de personas, pero claro, un pequeño detalle, no tengo ni idea del aspecto del recepcionista, si es que existe tal figura. Tampoco me dieron ningún código de acceso ni consta panel numerado alguno. Allí estoy, contemplando el dichoso cartelito pegado con celo en la puerta estrecha, de madera, de color verde. ¿Llamo o no llamo? ¿Me doy una vuelta y regreso al cabo de un rato? Qué rollo, con la maleta. Lo cierto es que estoy cansado del vuelo, del tren, de esa tensión que nunca logro sacudirme del todo cuando viajo, da igual que sea por vacaciones. Siempre ese puntito de estrés viaja gratis en la maleta, no se quiere extraviar, no me quiere perder. Y hasta que no dejo los bártulos en la habitación correspondiente, me cambio de ropa y salgo a la calle de la ciudad desconocida, ahí permanece agazapada, la tensión, entre camisetas, calcetines y calzoncillos. Necesito deshacerme del equipaje, asearme y volver a pisar la acera para poder gritar al cielo: ¡estoy de vacaciones en Ámsterdam!

Acerca de esto cavilaba cuando…

Excuse me.

Me giro, al tiempo que me disculpo, dejando pasar a la persona que habló a mis espaldas y a quien, distraído, bloqueaba el paso. Es un muchacho joven, bien vestido, de cabello rubio y peinado un tanto anacrónico, con el flequillo forzosamente apartado del rostro, por algún potingue pegajoso. Tiene pinta de estudiante de Oxford, por lo menos. Le cedo la posición y abre la puerta. Tras mis preguntas se limita a responder que él tan sólo es un inquilino, no tiene ni idea de cuando abren la recepción y desconoce a la persona que la atiende. Me invita a pasar, a no quedarme en la calle. Me parece una buena idea, aunque el día es claro y brillante.

Aquí tiene la recepción continúa en inglés. Lo dice ya de espaldas, empezando a subir las escaleras, con agilidad envidiable.

Ante mí: no hay siquiera espacio para permanecer tras la puerta, de inmediato la escalera, angosta entre pared y pared, claustrofóbica, más arriba intuyo otra más, en curva. Unos doscientas setenta y cinco peldaños, así a ojo, de profundidad para pie de niño en párvulos, cubiertos por una alfombra roja remachada por una barrita dorada entre cada uno de ellos, y con una inclinación rozando la verticalidad. No visualizo nada más. Comienzo el ascenso al Himalaya, lamentando no haber traído los crampones y el bastón de colorines, ese con punta asesina; la maleta sujetada a pulso delante del cuerpo, con la mano derecha me aferro a la línea de vida en forma de barandilla. En el repecho, en efecto, hay un hueco a la izquierda, una cristalera, una puerta cerrada; en el interior todo el cristal cubierto con una cortina gruesa, parda, viejuna y deshilachada. No se ve nada tras ella, sólo oscuridad.

Bienvenido al Palace dice la vocecita de mi interior, con algo parecido al recochineo.

El chaval ha desaparecido escaleras arriba, no sin antes girarse y desearme buena suerte. Leo todo tipo de mensajes, entre líneas, junto al buen deseo. Intento que mi lado positivo, enclenque de por sí, le de un buen empujón al negativo que, además de estar cachas de gimnasio, se está viniendo arriba.

Sobre la ventanilla otro cartelito. ¿Lo adivinan? Eso es, el número telefónico idéntico. Sigue aparentando corresponder a una línea fija. ¿Y ahora qué hago? Comienzo a ojear todo tipo de tarjetas y panfletos expuestos en un casillero en la pared opuesta sobre lo que puedes hacer legalmente en la capital holandesa. Cinco minutos, veinte minutos, treinta… crecen los minutos casi de forma exponencial. Conozco mentalmente todos y cada uno de los eventos, museos, basílicas y catedrales a visitar. Dejo la maleta en una esquina, casi inexistente. Es una estrechez disfrazada de corredor.

Calibro la situación en la que me encuentro. Río por no llorar. Estoy dentro de un hotel, por decir algo. Más bien un hostal con ínfulas de grandeza. Sin embargo, no tengo habitación asignada, ni llaves para salir y entrar a voluntad. Tampoco dispongo de un sitio dónde, o una persona responsable a quién confiar mi querida Gordita Azul. ¿Qué demonios hago ahora?

Cuarenta minutos.

Me hallo en tierra de nadie, sufriendo una espera sin fecha de caducidad, en un limbo materializado en rellano (entre escaleras que conducen verticalmente al cielo en forma de cama y aseo, y hacia abajo al infierno, por caída accidental). Llevo tanto tiempo aquí que si solicitara el empadronamiento me lo concederían.

Decido llamar. De perdidos al río. Intuyendo lo que va a suceder.

Marco con cuidado el número, colocadas las gafas (previa comprobación en la página de Reservas y Alojamientos.com si existe un número de móvil. No lo hay). Da el primer tono… y, tras un par de segundos, suena un teléfono tras la cristalera, como había intuido (no hace falta ser Rappel) dentro de la supuesta recepción (ausencia de cartel alguno que así lo corrobore). Segundo tono, de nuevo suena, tercero, lo mismo, cuarto… Bueno, Jorge, ha quedado claro. Cuelgo.

Y ahí continúo. Sopesando seriamente llamar al Ayuntamiento para comenzar el trámite de solicitud de padrón: Descansillo X, aledaño a la Escalera Y, dentro del Hotel Z, Ámsterdam, código postal 007, Países Bajos. Un rato más y solicito la nacionalidad.

En el transcurso de la espera cruzaron otros dos o tres inquilinos. Me dirigí a ellos en un inglés vallecano, como el de los viejos tiempos recién aterrizado en Edimburgo. Con la falta de uso (ya muchos años), el idioma de Shakespeare que conservo haría revolverse en la tumba al creador de Hamlet. Oxidado, acartonado, paupérrimo de léxico, parezco Cañita Brava en la peli de Torrente (“You owe me 6000 pesetas worth of whisky”). Todos, chavales, bien vestidos y repeinados, y extremadamente educados. Empiezo a acojonarme de verdad. ¿Y si pertenecen a una secta como las que aparecen en las pelis de los domingos a la tarde? ¿Tal vez la variante flamenca del Opus Tei o de los Testigos de Tejota? ¿O sean miembros de alguna secta realmente chunga con nombre: “Siervos de los Seres de Luz que Pronto Vendrán a Liberarnos”? que aguardan pacientes a que la modorra y el cansancio del viaje me venzan, caiga dormido, me metan en los servicios, la bañera llena de hielo… y me rajen de arriba abajo para vender mis veteranos, pero bien conservados, órganos en el mercado negro, junto al barrio rojo, en el distrito amarillo.

Jorge, te dije que no respiraras tan fuerte cruzando los doscientos veintitrés puentes en el trayecto, bajo ellos se acumula el humo viciado de todas las shops de la ciudad dice la vocecita, rozando la carcajada. La muy…

Se abre la puerta, allí abajo, lejísimos. Casi no puedo distinguir al hombre que entra. Va subiendo, me mira, le observo yo también: traje azulado, barato y sin corbata, cabello grisáceo y abundante, mostacho negro, comienza a hablar en inglés, con ese acento tan particular. Me recuerda al señor que regía una tiendecita de ultramarinos en la esquina de mi calle en Broomhouse. Paquistaní, quizás indio, pero no lo creo.

Se disculpa de una manera peculiar, echándome la bronca. Pero de buen rollo. Sonríe de manera seria. Intuyo que estoy frente a un sujeto que lograría vender arena en el desierto del Sáhara. Me cae bien, de inmediato, incluso tras haberme ciscado en la mitad de sus ancestros. ¿Por qué no le he llamado? Lo hice. No, no lo hizo. Diálogo de besugos a la brasa. Le digo que sonó la llamada tras la cristalera. Incluso le enseño la pantalla del móvil, el registro de llamadas. Aun observando el número, adjunto al nombre del hotel (lo fiché), no me cree. Dice que el número fijo está desviado a su móvil. Pero que le cuesta “un poco” conectar las llamadas. Equilicuá, me digo. Yo tampoco le creo. Somos dos incrédulos tratando de razonar entre sí.

Llama de nuevo dice, mientras relleno los papeles de registro (hoy en día te piden hasta el número que calzas, hay hoteles que solicitan saber el color de tus gayumbos).

Llamo por zanjar la discusión. El tipo pone su móvil sobre el mostrador, me sorprende la funda de color amarillo pollito, con orejitas, le da un toque surrealista a la escena (más si cabe). “Regalo de mi hijita pequeña”, aclara el recepcionista, con ojos derretidos (imposible caerme mal), leyendo mi pensamiento. Me pide que haga lo mismo, gestos con la mano acompañan sus palabras. Ambos móviles, juntitos, planos, negro y amarillo, como si estuvieran confiándose mensajes secretos. La situación roza la broma de cámara oculta. Parecemos dos de los comensales de la gran película (y genial obra de teatro): “Perfectos Desconocidos”: regla número uno, si un teléfono suena, respondes con el altavoz encendido. Esperamos, expectantes.

Primer tono, suena el ring del fijo, en otra mesa detrás de él. Su móvil calla como un canario deprimido. Segundo tono, segundo ring del fijo. El móvil del recepcionista chitón. Tercero. Cuarto…

Al quinto tono, el maldito móvil orejudo suena. Tócate los pies y di treinta y tres, pienso.

¿Ves, ves? en inglés intuyo que me tutea, aunque no hay manera de saberlo. Y añade, repetitivo, para que me quede claro─: Colgaste muy pronto, muy pronto colgaste.

Tengo mis llaves, tengo mi room. Todo me da igual. Dejo la maleta, me aseo, bajo los centenares de peldaños jugándome futuro y salud. Salto a la acera, los rayos del sol ciegan mis ojos. Pongo los dedos a modo de visera: peatones, jolgorio, bicicletas, pitidos, risas… libertad.

Estamos de vacaciones en Ámsterdam, relájate de una maldita vez digo a la puñetera vocecita que nunca calla.

 

domingo, 29 de marzo de 2026

F246 - Cuando todo va sobre ruedas (Ámsterdam) (II)

Ahora comprendo todo. Lo escuchado, lo leído. Comprendo las retiradas de los chicos malos de Irvine Welsh ─Renton y compañía─ a su querido “the Dam”.

No resultó complicado alcanzar el centro, donde se encuentra el hotel. El tren, desde el aeropuerto de Schiphol, tardó poco más de un cuarto de hora en llegar a la Estación Central de Ámsterdam (majestuosa fachada). Y desde allí, un paseo arrastrando con una mano la Gordita Azul, mientras la otra sostiene el móvil (gúguelmaps echando un cable) y el sándwich que me dieron durante el vuelo. Bocadito, mirada, todo recto. Vamos bien. Día soleado e incluso caluroso, no puedo quejarme (todavía desconozco que el sol respetará toda mi estancia, incluso el día de mi cumpleaños, aunque por las mañanas y al atardecer la temperatura caería, acariciando mi rostro con un frescor característico que me hará revivir los días lejanos en Edimburgo: ‘chilly’, lo denominan allá).

Ahora comprendo todo. Apenas piso la primera calle del centro, una vaharada de hachís me envuelve. No es algo puntual, pronto comprobaré, lo hueles allá donde vayas por la zona céntrica si bien, no todo el rato─; te envuelve la peste del chocolate malo (Bruselas central olía al bueno) o de mariguana. Flota en el ambiente, los devotos de Bob Marley lo fuman por las aceras, dentro de los coches, sobre las bicis, y en los archifamosos cafés llamados coffeeshops, donde puedes contemplar a través de la puerta o el ventanal sujetos despatarrados, en la penumbra, sobre sofás bajos o cojines de colores, preparándose canutos e inhalando de las pipas que emiten un ruidito como de burbujeo. Sobra decir que no osé cruzar el umbral de ninguno. El olor me produce más rechazo que atracción, y para saciar la curiosidad existen los escaparates. Uno de mis miedos yo, ingenuo hasta el infinito y más allá antes de aterrizar en Ámsterdam, consistía en la posibilidad de acceder, por error o desconocimiento, a uno de estos antros o incluso pedir una porción de bizcocho (soy de espíritu dulzón) y que me dieran uno trufado con hachís o salteado de hierba sin yo haberlo solicitado, o por equivocación de un camarero fumado. Es algo imposible, como luego comprobé, los garitos se reconocen en seguida (penumbra, clientela digamos peculiar, humo y pestazo que escapan a través de la puerta o las rendijas de las ventanas); y las tienditas que venden productos con cannabis (galletitas, caramelos, bizcocho…) lo indican bien claro en el envoltorio, por escrito (en inglés y neerlandés) y con el conocido dibujo de la hoja verde.

Yo, que jamás probé droga alguna por elección propia, no mojigatería (salvo las solicitadas previo autógrafo médico y el agua de fuego, que decían los indios, en sus diversas variedades) . Nada fuera de la legalidad, vamos, y afortunadamente no existe la Ley Seca. ¿Por qué mi veneno es legal y lo otro no? Dejemos la ética para las clases de filosofía del Padre Marías (así se llamaba el profe que las impartía en COU) alias el Mafias. Sonrío al recordarlo, al escribirlo. El rictus serio que lucía y su voz grave, junto a la similitud de tal palabra con su nombre, en seguida le ganaron tal apodo (el alumnado no se volvía loco inventando los motes). Luego resultó ser un buenazo (nos permitía ver la serie “V” durante la Hora de Estudio, los sábados, con el volumen bajito y la puerta cerrada “para que nadie nos pillara”; cierro los ojos y lo vislumbro, vestido con su hábito marrón de monje capuchino, de pie bajo el vetusto televisor elevado y anclado en la esquina, las manos enlazadas a la espalda, el cuello erguido mirando la pantalla… y su expresión, mezcolanza de sorpresa, incredulidad y repugnancia al contemplar a la mala, malísima Diana mientras engullía una rata blanca sujeta por el rabo… nosotros, con dieciocho tacos, nos fijábamos en otros, así mismo sorprendentes, detalles de la anatomía extraterrestre).

Me disperso… ¿será por el humo?

Digo, yo que nunca di una calada a un cigarrillo de la risa tonta, voy a salir colocado de esta ciudad de bicis y canales; el fumar pasivo, lo llaman. Por fortuna, gracias a la brisita constante (muy de Edimburgo, también) el aroma, y espero que el efecto, se pierden en la atmósfera.

Cierto también, como dijo una amiga: “En Ámsterdam se respira Libertad”.

Bicicletas. ¡Madre del amor hermoso!, decían las abuelas. Yo creía que en la ciudad Blanca había muchas bicicletas, pero esto pertenece a otra galaxia. Les juro que desde el primer día traté de “memorizar”, o al menos retener un poco, todo lo que vi sobre ruedas. Fíjate bien, Jorge, me decía, para luego relatarlo con propiedad. Pero resulta imposible, ni siquiera tomando fotos (que no lo hice, salvo de monumentos, iglesias, canales y barquitos, y jarras de cerveza). Bicis de todo tipo, tamaño, color y forma. Eléctricas, mecánicas. Con carrito, en tándem, con cesta, con cajón de todos los tamaños (para niños, perros, mercancías). Viejas, nuevas, destartaladas. Silenciosas como Kit, ruidosas con su clanc, clanc, clanc constante. De ruedas finas, ruedas deshinchadas, ruedas gruesas como de motocicleta. Por no hablar de los usuarios. Los que dan pedales o presionan el mando eléctrico. Jóvenes, niños, maduros, abuelos; locales, forasteros, inmigrantes, turistas, alienígenas camuflados; obreros, ejecutivos, chatarreros, estudiantes, jubilados, delincuentes sin identificar, policías de paisano, tipos enmascarados; ciclistas con pinganillos, hablando por el móvil, mirando el navegador sujeto al manillar, fumando, hablando solos, cantando, gritando, escuchando música atronadora del equipo musical montado, propio de una discoteca móvil para fiestas patronales. Incluso vi a un tipo que iba liándose, con una mano, un cigarrillo (la bolsa de tabaco sujeta junto al manillar con la otra), sólo me faltó ver a un bebé, biberón en ristre, pedaleando sobre una bicicleta de carreras (de paquete y en los cajones vi infinidad de ellos. Las holandesas los encargan a pares, incluso a tríos). Y qué velocidades, te juegas el pellejo cada vez que echas el pie a la calzada. Yo, despistado por naturaleza, miraba doscientas veces a cada lado, antes de cruzar, y aun así algún susto me llevé. Los cruces, las rotondas, los semáforos, una locura. Decenas de ciclistas (además del tranvía, turismos, motocicletas y unos mini-coches eléctricos con forma de huevo kínder, como el de Steve Urkel) que se cruzan, ceden o toman el paso, sin apenas indicaciones, como guiados por un instinto que les late dentro, algún gen particular o quién sabe, a velocidad endiablada y con un profundo desprecio hacia las manetas de freno.

Recuerda a las imágenes asiáticas (Seul, Tokio, Hong Kong… con los pasos de cebra gigantescos y repletos de gente, y docenas de ciclomotores, bicis, triciclos y tuk tuks esquivándose unos a otros rozando el milagro). Ámsterdam exhibe una circulación caóticamente ordenada. Tan sólo presencié una caída, bastante aparatosa, a escaso metro y medio de mi rodilla derecha mientras caminaba por la acera. Sorprendido, me acerqué al bordillo: se trataba de una bicicleta de alquiler, con carenado naranja, y el correspondiente turista, con cara de iluminado, tras el manillar (ahora sobre el asfalto): “Are you okey?”, dije, pero el tipo se levantó como un resorte, sacudió con la mano la pernera del pantalón, se ajustó la gorra yanqui, montó de nuevo su cabalgadura metálica y salió a toda leche, Merche. “You´re welcome!”, dije a sus espaldas.

Pero, ¿saben algo? Ni una, repito, ni una bicicleta vi circulando por la acera. Por cierto, también llamó mi atención la ausencia de patinetes (eléctricos o de empuje) ni siquiera por la calzada los había: siendo éstos una auténtica plaga sobre las aceras (bicis también) en la ciudad del Silencio, donde ruedan más bicicletas y patines por el borde peatonal que por los caros, vacíos, largos y numerosos carriles bici: pague usted impuestos y sea atropellado, por el bordillo, con resignación y buen rollito. Una ciudad seria, educada, Ámsterdam, al menos en este aspecto. Una ciudad civilizada. Incluso los policías pasan inadvertidos (la sirena sobre el coche patrulla, apenas una barra semitransparente y apagada) y parece que estén para servir y proteger al ciudadano. ¡Impresionante! ‘POLITIE’, se lee sobre el capó de sus vehículos, y no puedo evitar asociar los vocablos: ‘Polite’ significa ‘educado’ en inglés.

Todo fluía perfecto, todo iba sobre ruedas…

Échate a temblar, pensé, cuando todo sale bien a la primera. No me perdí, más allá de lo razonable. Llegué puntual con el tren. El hotel (es un decir) se hallaba a tiro de honda (pedrada con la mano sería exagerado) o quizás a tiro de flecha. Un saludable paseo, vaya. Cielo azul, día soleado, el emparedado aeronáutico exquisito: el hambre acecha a estas horas y lo ataco sin remilgos. Desconocedor de lo que me esperaba.

Mi amada señorita de gúguel dirige el paso. Me lleva de la mano, como a un niño chico. Habla raro, la pobre, obligada a pronunciar aquellas calles de nombre impronunciable. Camino sin prisas, mirando aquí y allá, siempre atento al tráfico, a las señales, al móvil, a los inexistentes (esperemos) carteristas o descuideros, a las torres y a los monumentos andantes (no todo van a ser museos e iglesias, oigan; que uno no es de piedra). No indiqué una hora concreta, en la casilla correspondiente, para realizar el check in del hotel. Nunca lo hago. Qué presión, qué estrés, autoimpuestos. Llegaré cuando los astros así lo indiquen. Además, siempre ocurren incidencias, retrasos (tomamos tierra treinta y cinco minutos después de lo estimado), los problemillas de ubicación y mi consabida desorientación. ¿Hora de registro? Para misterios, llamen a J. J. Benítez.

Por fin, avisto el hotel (un decir, ya digo) en la distancia. Me relajo un poco, llevaré a cabo mi ritual: deshacer el equipaje, ducha rápida y localizar un bar donde catar la primera birra. El establecimiento se halla en la acera opuesta, cruzo con precaución por el paso de cebra, tirando de la maleta, ya acostumbrado al murmullo que emite a través de sus ruedas, como si la gordita deseara confiarme sus más íntimos secretos, variando el tono de voz, según pisemos cemento, losetas, gravilla o, como ahora mismo, adoquines y sus juntas: rooo cloc cloc, rooo cloc cloc, rooo cloc, dice, confidente; quizás, premonitoria, intenta advertirme de algo. 

Número 57. Hotel Harleemkraaj, puerta verde. Aquí es.

Cartelito, manuscrito, pegado con celo, que reza:

“Back Soon: Phone: 0205…”

Hasta aquí llegó la buena suerte, compañera, le susurro a mi gordita azul cielo, arrimándola junto a mis piernas, protegiéndola de la marabunta que recorre la estrecha acera.