Día de regreso. De vuelta. De retorno. Baño de realidad. No hallo expresión alguna que describa lo inevitable.
Homenajeando a los malotes de Irvine Welsh, tomé la última
dosis de droga en “The Dam”, a la que denominé BBB: Bye bye beer. No hay
otra manera de enfrentarse al mundo real, al hecho de que en pocas horas tu día
a día mundano —en forma de bultos, paquetes, madrugones y carreteras desiertas—
volverá a imponerse en esa carrera de fondo a la que llamamos vida. La rutina
contiene miles y miles de zancadas cortas, la respiración acompasada, la mirada
a media distancia, mientras tu mente espera ansiosa una parada bajo la sombra
del puente lejano, un trago de agua fresca, una nueva escapada… ¿A Berlín, tal
vez?
Fui al aeropuerto con tiempo de sobra, como acostumbro; esta
vez asegurándome de no dejar cabos sueltos camuflados con letra diminuta en la
tarjeta de embarque. Sin facturaciones de última hora, que surgen del otro lado
de la cortina para darte un susto y asaltar tu mermado bolsillo. Nada de
sorpresas.
Me encanta cómo se lo montan los tulipanes, ignoro si será
lo común en otras capitales de la Europa “civilizada”. Pantallita al comprar el
billete de tren: en inglés: “Deseo ir al aeropuerto”, dice una de las casillas
del menú primero. Punto. Clarito, sin trampa ni cartón ni asaltadores de
caminos. Lo mismo pasó en el viaje de llegada, con el mensaje: “Deseo ir a la
Estación Central de Ámsterdam” (desde el aeropuerto). ¿Tan difícil es? A ver si
cunde el ejemplo en otros lugares.
El aeropuerto Schiphol es de ciencia ficción, al menos a ojos
de este pueblerino con ínfulas de viajero. Minutos antes recibo otra
notificación, recuerden que bajé todas las aplicaciones posibles relacionadas
con el vuelo, ésta decía que debido a que el avión iba petado de españolitos
retornados con miles de bolsas de compras y holandesitos de vacatas al paraíso ibérico
con las maletas desbordadas, me ofrecían introducir el equipaje en la bodega,
de manera gratuita. “Para ello, diríjase a nuestras máquinas de facturación
automática, gracias”. Reconozco que me temblaron ligeramente las rodillas:
‘máquinas’ y ‘automática’ en la misma frase no me hacían la menor gracia. No me
llevo bien con los bichos robóticos, como algunos de ustedes sabrán. Pero, al
menos, te lo advierten con antelación, de forma precisa y educada (y gratuita)
a diferencia del tiburón irlandés y sus secuaces.
Me aproximo a las dichosas máquinas que me miran torcido, con
una mezcla de burla y maldad. Me saben presa fácil, las muy… Pienso, no por
primera vez, que si el maldito Skynet se pone tonto y le da por lanzar el
consabido ataque contra la Humanidad en mí hallará a una de sus primeras
víctimas. En fin. Ante mi palpable inseguridad, escucho a mi espalda: “No se
preocupe, usted, señor pueblerino, es muy sencillo”, dice la muchacha con
uniforme azul marino de azafata terrestre, con otras palabras, eso sí, llenas
de respeto y profesionalidad. Rubia, cómo no, cabello sujeto en la nuca
mediante un artilugio, repeinado y tirante hacia atrás tanto, tanto que a punto
estoy de ofrecerle un analgésico. Eso debe de doler.
Instrucciones que constan de cinco pasos en la pantalla. Al
tercero falla, fallo, fallamos (el robotijo y yo, que algo de responsabilidad
tendrá la cosa esta hecha de chips y tornillos). “Ponga la cinta-pegatina de
código en el asa”. Parece sencillo eh, pues no. Un servidor, que tiene las uñas
de gato con calcetines y presbicia. Misión imposible: separar la dichosa cinta.
¿Dónde está el puto Tom Cruise cuando se le necesita!, pienso llevado por la
frustración. ¿Por qué no para un instante y se coloca las gafas, Señor Jorge?”,
dice la vocecita interior con recochineo. La mando a paseo, a la Isla de las
Últimas Voces, con permiso del gran Mikel Santiago. Aquello es imposible de
separar. Llamo a la moceta —“¡Chist, bonita!”—, perdón, a la Azafata de Tierra
Llana. “No hay que despegarlo. Es autoadhesivo, señor”, dice la joven imitando
bastante bien el tonillo de mi vocecita interior. Media vida observando cómo el
personal de check in despega los bordes de las pegatinas para ponerlas
alrededor del asa de la maleta, y ahora me dan, a traición, una autoadhesiva.
¡Menudo complot!
Cuarto paso. Miiic. Rojo. Otro fallo.
¿Y ahora qué hice?
Mi ya casi amiga de azul vuelve a acercarse (lo cierto es
que no se alejó mucho, y controlaba, de reojo, mis avances). “Tiene usted que
poner la maleta de pie”; protesto, con una sonrisa nerviosa, mostrándole el
dibujito en pantalla, que muestra claramente una maleta en posición horizontal.
“Eso es para las maletas grandes”, dice, y suspira cual Doña Inés. “Póngala de
pie”, repite. Así lo hago y el robot cierra su enorme boca tragándose a mi
Gordita Azul.
Tras el quinto paso, la máquina hace ruiditos y expende una
minúscula tarjeta con el número de identificación (también autoadherente) para
pegarla sobre el DNI y así garantizar que no se pierda y reclamar el bulto en
destino.
Ya libre de carga, tan sólo con la mochilita de mano, me
dirijo a los Servicios. No pretendo ser escatológico, pero uno con los años
aprende ciertas cosas. Antes de subir a un autobús de larga distancia, a un
tren, a un avión, visite al Señor Roca y pídale permiso para redactar un fax en
su oficina, si es posible. Los nervios y la comida a bordo son muy
traicioneros.
No se rían, fíjense en la última excursión que hicieron los
yanquis a la Luna, invirtieron tropecientos mil dólares para un john
(así llaman al WC) como Dios manda… y se estropeó a las primeras de cambio.
Allí en medio de la nada, contemplando por el ventanuco a lo lejos la Tierra
toda azul agua… que debe de provocar unas ganas… No quiero imaginar el momento.
Siempre hay que guardar una lista mental de buenos
Servicios, allá donde vayas, por si surge una emergencia (esos platos exóticos,
esa salsa de color sospechoso). Pienso todo esto y, divertido a la par que
incómodo, caigo en la cuenta de que cada vez me parezco más a George Constanza,
uno de los protagonistas de Seinfeld, y distraídamente meso mi cabello, y
susurro una plegaria al tiempo que cruzo los dedos. El tipo luce menos pelo que
una muñeca desechada.
Los lavabos de Schiphol son futuristas, como de nave cósmica.
Los espacios, gigantescos, blancos e impolutos, tanto la zona de urinarios y
lavamanos como los cubículos. Dentro de éstos podrías tumbarte y dormir una
siesta. ¡Cinco percheros de madera, cinco! Están situados en una de las
mamparas laterales. Ahí podrías colgar abrigo, chaqueta, mochilita, jersey y
camiseta y quedarte medio en pelotas sobre el trono. Lo dicho, más George que
nunca (él así lo hace, sin camisa).
Siguiente parada. Seguridad. A pesar de ir sobrado de tiempo
prefiero quitarme el trámite de encima. Al arco de inspección sabes cuándo
llegas, pero ignoras cuándo vas a salir. Y el avión no espera.
Atravieso dicho arco. Previamente dejé bolsa, chaqueta, cinturón
y (casi) todo el contenido de mis bolsillos en la bandeja, que pronto asomó al
otro lado del aparato de rayos. El arco no emite sonido alguno, pero…
—Un momento, por favor —dice, en inglés, uno de los agentes
de seguridad.
Me giro, encarándole.
—Póngase aquí, separe las piernas, mire al frente, coloque
los brazos extendidos —recita las instrucciones aprendidas como un niño egebero
la tabla de multiplicar. Indica una cabina semi abierta, donde otra máquina
escanea tu cuerpo entero.
“Mierda”, pienso, adoptando la postura de rendición, “tal
vez no fue una brillante idea venir con barba de tres días y una camiseta verde
con la leyenda: ‘I am not antisocial, I am antistupid’ junto a la
caricatura de un gato naranja levantando la garra y haciendo una peineta con la
uñita de en medio”.
Obedezco al igual que un cordero camino del matarile. Sólo
me falta balar. ¿Dónde está la niña Clarice para liberarme?
—Lleva algo en el bolsillo, sáquelo, por favor.
Extraigo con la mano derecha un pañuelo de papel usado hecho
un gurruño… y con la izquierda, que sujeta el DNI, un par de billetes de
cincuenta euros.
—Puede guardar eso —señala el clínex, mientras con un gesto
me pide que le entregue el documento y el dinero.
Tras unos segundos de duda, y la mirada clavada en sus ojos
(que expresa algo así: “Yo, por mis cien pavos, maaato.”), se los ofrezco.
El guarda sonríe, bonachón. Supongo que intenta lucir una
imagen de honradez uniformada. Está usted en los Países Bajos, y todo eso. Además,
su compañera observa cada paso que da, como si fuera su sombra.
—¿Español? Buenos días. Grasias —dice, de carrerilla,
en castellano. Gracias a Dios no añade: ‘helado’, ‘sangría’ o ‘servesa,
por favor’.
—Sí.
Continúa en inglés, bastante esfuerzo hizo ya el buen
hombre:
—Estos dos billetes —los levanta con la mano, y hace el
gesto de repartir— uno para ella —señala a la compi— y el otro para mí —y
riendo añade, en español—: propina.
La compañera ríe, él tipo sigue riendo, yo río también: “¡Qué
carajo, hijos de la gran chingada holandesa!”, dice la vocecita interior que,
de repente, tornó en revolucionaria zapatista. A punto de exclamarlo en voz
alta y añadir que bastante me habéis clavado ya en vuestra semihundida ciudad
de canales, vicio y bicicletas. Que dejé la tarjeta de crédito tiesa, que a
partir del lunes estaré a dieta de pasta marca blanca y tomate frito Hacendado
Mercadona.
No digo nada, claro. Me limito a carcajear, debo de estar
colocado de tanto fumeteo pasivo e involuntario.
El segurata me devuelve el dinero, con un guiño.
—¡Buen viaje, caballero! —dice, en un español más que
decente.
Camino hacia la zona de espera, junto a la puerta de
embarque, algo llama mi atención. Me acerco al escaparate de uno de los
comercios donde venden prácticamente de todo: prensa, libros, pasatiempos,
bombones, pastas, queso, alcohol, souvenirs… Se trata de un libro, expuesto
junto a otros de bolsillo, con un título en inglés que significa una segunda
oportunidad, un premio de consolación, un regreso a la infancia: “Anne
Frank. The diary of a young girl”, reza. También en la portada, una
pequeña burbuja azul añade (traduzco): “Abreviado para jóvenes lectores”.
Todo lector lleva el yo niño en su interior.
Entro en la tienda y adquiero un ejemplar, dispuesto a
revivir el pasado, a confirmar una certeza: que ataquen quienes ataquen, que
maten quienes maten… siempre pierden ellos: los infantes.
Lo de los baños en Schiphol y Heathrow es de gente que entiende lo que es viajar y qué sucede en un aeropuerto con gente que lleva maletas o lo que sea.
ResponderEliminarLo de Madrid-Barajas, en general, y lo de la T4, en particular es sangrante: baños que parecen de un bar de carretera en tamaño y limpieza.
En la T4 además, que es GIGANTESCA, es todavía más flagrante: naves enormes vacías con baños cómicamente pequeños.
Esta parte no la entiendo: el resto de países van cambiándolo porque, efectivamente, con el tráfico de personas actual de los aeropuertos, baños grandes ayudan precisamente en las horas punta de llegada de vuelos, además de que los tamaños facilitan su limpieza.
Señor AENA: tome Vd. nota, porque Jorge no es ni el primero ni el último que se da cuenta de esto.
Así es. Los baños tienen una importancia que algunos se niegan a ver. Yo no soy muy tiquismiquis ni tampoco demasiado escrupuloso pero me quito el sombrero ante las cosas bien hechas.
ResponderEliminarLo de Barajas y ciertas Estacion de bus es vergonzoso. Nunca lo entendí.
En el aeropuerto de Edimburgo también recuerdo buenos servicios :-)