Hay tanto para ver que no sé qué visitar. Me ocurre a menudo. De todas formas, siempre preferí el turisteo tranquilo, nada de ir corriendo de un sitio a otro con la lista de objetivos en la libretita y a la izquierda el correspondiente tiqueo en rojo.
Me decido por el Rijksmuseum. Ruego no tener que
pronunciarlo. Es grandísimo e impresionante como la mayoría de los museos. Podrías
invertir tres horas o cinco días recorriendo sus numerosas salas y pasillos.
Incontables las paradas: pinturas, esculturas, armas, maquetas de barcos, muebles,
columnas, bóvedas, galerías, exposiciones especiales... Podrías pasar dos años
y medio entre sus muros, plantar la tienda de campaña en la sala de Vermeer y
solicitar asilo político. Así, cada mañana estudiarías (papel y lápiz en mano)
un par de cuadros, una escultura. Yo acostumbro a no exceder las dos horas
porque de inmediato comienzo a sufrir los primeros síntomas del síndrome de
Stendhal: mareo, vértigo, sudores fríos, hormigueo de extremidades, taquicardia,
colores que se funden en mi cerebro, retratos que se carcajean de mí, grupos de
japoneses que señalan en mi dirección con dedos enguantados (de blanco, por
supuesto) y apuntan sus palos selfi hacia mí, guardas que me miran con cara de
sospecha preguntándose si bajo la camiseta escondo un mini autorretrato de Van
Gogh. De acuerdo, tal vez exagero un poco. Pero dos horas son dos horas. El
cerebro dice ‘vale ya por hoy’ y el estómago (el corazón) exige una cerveza.
Si un día se sienten solos y requieren compañía acudan a un
museo. Elijan la sala correspondiente a algún pintor un poco conocido, de esos
cuyo nombre aparece en algún que otro libro de texto. ¿Un tal Rembrandt? Sí,
podría servir. Entonces la locura. La gente se da codazos, y algún que otro
rodillazo en la entrepierna —metafóricamente hablando— por tomar posición
frente a este u otro cuadro. Más cámaras fotográficas. ¿Pero no está prohibido?
Resulta estresante intentar acercarse. Un murmullo se escucha de fondo, como si
la sala tuviera vida propia.
Imposible, al menos para mí, describir un museo. Me quedo
con las sensaciones, con el estado entre dos universos, dos épocas, en el que
pareces embutido. Sientes un aislamiento que crece a tu alrededor, que se hará
patente cuando luego pises la calle y te preguntes en qué ciudad estás, en qué
país, en qué planeta. Dentro, soportas las miradas de los personajes anclados
en el tiempo, encerrados por un marco. Miradas que te persiguen, aunque trates
de pasar de largo. Tipos bigotudos que amenazan con salir del cuadro y
rebanarte el pescuezo con una daga curvada. Señoritas voluptuosas que con
cierto sonrojo posan sus ojos en ti, y te ofrecen una manzana, una jarra de
leche, un beso, un sueño, un pecado a domicilio. Diablos de mil y un aspectos
que examinan alrededor, leyendo el interior de las personas, calculando dónde
plantar la semillita del mal.
¿Lo ven? Dos horas y media entre cuadros y ya desvarío.
Es difícil resumir lo visto, lo sentido y este es un blog de
batallitas personales no un diario de bellas artes. Pero me quedaría con dos
pinturas, de estas que se meten debajo de la piel, que susurran cosas incómodas
a tu oído, que tratan de aferrarse a tu alma para producirte un largo
escalofrío.
Uno de ellos muestra al hijo de Rembrandt —Titus—vestido con
hábito de monje capuchino (similar al utilizado por algunos de mis profesores
en el Colegio de Lecároz); lo viste de esa manera y lo instruye en cómo posar
para mostrar la pobreza y humildad de Francisco de Asís, y claro, el chaval
cabizbajo macerando en su interior un trauma infantil irreversible y
elucubrando una futura venganza contra su padre. La expresión de su rostro lo
dice todo, sin abrir los labios. Lo lees en sus ojos, la humillación, el ‘¿por
qué me haces esto a mí, padre?’ Vale, es una interpretación personal. No vaya a
haber algún erudito de arte en la sala y me cante las cuarenta en bastos.
El otro: “The Syndics”. Cinco o seis tipos vestidos de
negro. Alguna clase de inspectores de calidad textil en plena tarea. Todos mirando
“a cámara”, como si en lugar de paleta y pinceles el pintor tuviera eso
exactamente entre manos. Una anacrónica cámara fotográfica, incluso una de
video. Su común mirada lejos de ser amigable. Más cercana a una posible
agresión (verbal) que a una sonrisa. Expresiones individuales que comparten un
rasgo de dureza. Pero, algo curioso, no observan al pintor, no miran realmente
a la cámara. Sino algo más lejos, como por encima del hombro del artista.
Entonces caigo en la cuenta y un escalofrío recorre mi espalda. Nos miran a
nosotros, los espectadores, a mí también. A la gente que se aglomera frente a
ellos a cotillear lo que se traen entre manos. Miran a quienes los señalan y
murmuran, incluso tienen la osadía de apuntarles con aquellos objetos extraños
que ciegan sus ojos con relámpagos del averno. Observan con un hartazgo que
acaricia el resentimiento, incluso el asco. Un desprecio que roza el odio. Nos
contemplan y sus cerrados labios, a través de los ojos, dicen: ¡Váyanse a su maldita
casa y déjennos trabajar! ¿Acaso no tienen una Biblia que leer? (En su época no
existía Netflix).
Si están hartos de aglomeraciones, de gentío susurrante,
permanezcan en el museo. Limítense a esquivar las salas de artistas de renombre
y elijan las de aquellos que tan sólo los conocía su madre a la hora de darles
la merienda y cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Disculpen la ignorancia. Ahí
tendrán toda la galería para ustedes. Podrán contemplar de cerca, de media
distancia, de lejos sus autorretratos, sus reyes, emperadores, sus bodegones,
lo que sea. Incluso, agárrense, podrán sentarse en el banquito que colocan
frente a uno de los cuadros tocho. Sin empujones ni palos selfi ni japoneses
eufóricos. Si desean tranquilidad, entren en la sala de segunda división.
Saldrán relajados como tras un spa.
Debo confesar que desconocía, o no recordaba, el hecho de
que la casa de una tal Ana Frank se hallara en Ámsterdam. Lo supe en cuanto
abrí el consabido enlace de internet en el omnipresente teléfono móvil: Sitios
tope chulos que visitar en la capital de Holanda. Y me dije, la casa de
Ana Frank, ¿por qué no? ¿quién no leyó en la escuela algún capítulo de su
archifamoso diario? Ingenuo de mí. Contemplo la fachada: desde el otro lado del
canal resulta extraña, insertada entre otros edificios con aspecto de oficinas;
me dispongo a comprar la entrada para la visita. Entonces descubro que hay que
reservar… con un mes de antelación. Yo, inocente, pensé que era llegar, llamar
a la puerta, besar el santo y decirle al tipo: ¿Aquí se escondió la buena de Ana?,
quisiera echar un vistazo, si no le importa. Plan B, siempre hay que tener un
plan B y dinero en la cartera, en este caso plan V: museo de Van Goh. Se repite
la jugada, parece esto el día de la marmota. Localizo el lugar, siempre de la
mano de mi querida gúguel maps. Y, sorpresa, sorpresa que decía la
Gemio: todo vendido. “Vuelva usted mañana”, me dice el tipo de la plaquita en
el pecho, sonriente, profesional. Mañana estaré a doce mil metros de altura,
rumbo a las cajas, a los madrugones, al insomnio, a la vida real. Pero qué le
importa esto al buen hombre.
Así que opté por el plan C, la mera improvisación. Entré en
el primer museo que encontré en cien metros a la redonda: museo de arte moderno
Stedelijk… échense a temblar. Ahí dentro “he visto cosas que vosotros no
creeríais…”, como decía el pobre replicante en Blade Runner; en serio, vi cosas
que provocarán venideras pesadillas.
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