sábado, 30 de mayo de 2026

F255 - Jugando a las casitas (2a parte)

Lo prometido es deuda. Para recordar pinche aquí.

 

Relato 48 - 2026

 

        El Richi y Luna

Un día cualquiera, en un modesto barrio de una pequeña ciudad anónima.

Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

¿Ricardo, se puede saber de qué coño hablas? pregunta Luna.

Empieza a pensar que este chico no está bien de la cabeza, o que simplemente disfruta destrozando dichos populares, los adereza a su gusto, lo mismo te suelta un ‘De perdidos al pozo seco’ que un ‘Quien a buen árbol se arrima de mala leche se pone’. Lo que empezó como una broma en primero de la ESO, cuando estudiaron los refranes en clase de Lengua, se ha convertido en obsesión. Ya no tiene remedio.

Él la mira, divertido, sin añadir nada. Parece disfrutar de la incomodidad que provoca. Aunque, en el fondo, más le fastidia que se dirija a él mediante su nombre original (y ella lo sabe), pero no le dará el gusto de mostrar su propio malestar. Por fin, se apiada, y señala el número de la casilla del tablero de Parchís donde permanece su ficha colorada. Luna da una calada al porro, sentada sobre sus piernas al otro lado de la mesa de camping en la que juegan. Entretanto, el dado rueda por el suelo.

Déjate de refranes tuneados, bobochorra, y tira de nuevo anda, que lo que salga en el suelo no vale. ¡Menudo torpe! Además, en todo caso, sería “la 48”, y no me refiero a uno de tus putos micromachismos sino a tu querida gramática: “LA casilla 48”.

Sería ‘el’ porque se refiere a uno de los caminos.

¿Pero qué cojones hablas de casillas y caminos, tolai, te has fumao algo sin mí?

Richi se agacha despacio y recoge el dado. Paradojas de la vida, piensa: haría cualquier cosa por ella y cada día la soporta menos, siempre corrigiéndole y acusándole de machista y de niñato. Cualquier día de estos le manda a paseo. Se encuentran en una lonja propiedad de los padres de Luna, junto al portal de su casa. La cochera está vacía, salvo por un ciclomotor, cubierto con una lona de poliéster, en el rincón del fondo. Ella la acondicionó, a su gusto, para las últimas fiestas del barrio: paredes pintadas de amarillo pastel, con mensajes de buen rollo en violeta y cuatro posters torcidos —así queda más cool: Karol G, Maluma, Bad Bunny, Eminem… su preferencia musical, todavía un batiburrillo preadolescente. A Luna le relaja la mezcolanza de olores que flota en el ambiente cerrado de la lonja: a gasolina, marihuana, pintura, y al zurracapote que ellos mismos prepararon (el barreño, aún sin fregar, con brotes de moho, apartado junto a la moto).

Un suave golpeteo en la puerta.

Tras intercambiar una mirada, Luna se acerca al portón:

¿Sí?

Soy yo dice una voz masculina.

Luna abre la portezuela insertada en el portóny le franquea el paso. Se trata de Quini, unos años mayor, quien de vez en cuando les visita y trae consigo algún obsequio cual Papá Noel (un cogollo de maría, un par de emes, alguna pastilla de color desconocido).

¿Lo has traído? —pregunta la chica, sin poder evitar sonrojarse ante aquellos ojos verdes.

—¿Quizá lo dudas? —responde a lo gallego, luciendo su sonrisa de lobo manso. Le tiende el bulto embalado que guardaba en la cinturilla de los vaqueros, oculto por la camiseta, guiñando un ojo.

Luna, más nerviosa si cabe, rompe el vasto envoltorio con cierta torpeza. Richi, que permanece sentado, contempla la escena; celoso a la par que admirador del maldito Quini; quemaría todos sus libros porque ella lo mirara así.

—Entonces, ¿el pipiolo será bautizado? —dice Quini, alzando las cejas.

—Por supuesto, ¿verdad, Richi?

Richi se limita a sonreír, intentando no mostrar su estado de nerviosismo. Aprieta el dado hasta que los seis puntitos quedan grabados en la palma de su mano.

—Recordad, esto no existe —dice el recién llegado señalando el paquete, a medio deshacer, en manos de Luna— y lo más importante: aquí el Quini entró a pediros un piti —añade, la mirada fría como la de un tiburón; se acabaron las sonrisas.

Luna abre la caja que ocultaba el envoltorio. Sus ojos reflejan excitación, incredulidad y un puntito de miedo.

—¿Está…?

—Listo para usar, ni lo toquéis antes de la hora pactada —responde Quini, sin necesidad de escuchar la pregunta completa. Agarrada la manilla se gira—: lo dicho, gracias por el pitillo. A mí no me conocéis de nada…

La puerta se cierra con un ruido lapidario.

—Dime con quién vas y te diré qué número de pie calzas.

—¿En serio, Richi, en puto serio? —dice Luna, mostrándole el contenido, para cortarle la tontería.

—Perdona, son los nervios.

Luna cierra la tapa y busca un escondite. Richi la observa en silencio, todavía siente el dado hiriendo el interior de su mano.

—Dale, tira de nuevo a ver si escapas de la puta 48, que este juego tuyo es aburrido no, lo siguiente —dice la muchacha.

—Mi madre dice que servirá para centrarme y calmar la ansiedad.

—Tu vieja es una santa… o una bruja camuflada.

El chico iza la mirada, clava sus ojos en los de ella, ni rastro de docilidad.

—Venga, bro, no te rayes, iba de coña.

Richi decide eso mismo, no rayarse, pues Luna —a pesar del postureo de malota— ha sido la mejor compañía desde el accidente en que perdió a su padre y a su abuela Rosario, la cual lo adoraba (el verano pasado, volviendo del río, un conductor borracho, un Stop profanado; Richi resultó ileso y su madre se había quedado ayudando en la iglesia). Bueno, el sentirse hechizado por ella desde parvulitos es meramente circunstancial.

Mañana será el gran día, el día D lo tildan en las películas, piensa Richi. Pasarán la noche en la bajera. Su madre marchó de excursión a Lourdes, con el grupo de la parroquia; siempre la mano derecha del sacerdote. Los padres de Luna trabajan el horario nocturno, ella de camarera en la discoteca, él como operario en una fábrica de electrodomésticos.

Comparten un viejo colchón, estrecho y demasiado blando, con varias manchas desagradables que la chica cubre con una sábana vieja. Se abrigan con una manta que tomaron prestada del cuarto de Luna.

Descartan dormir en el piso parental, por el riesgo que entrañaría trasladar el regalo allí, y tampoco desean perderlo de vista.

—La vida nos va en ello, literal —dice ella, ante la propuesta de Richi para utilizar su dormitorio— cuanto más cerca de eso, mejor —añade, señalando el recoveco donde ocultó el paquete.

El chaval trata de convencerla para darse calor mutuamente. Así lo dice, utilizando el obsoleto eufemismo. Luna responde con su propio estilo, rompiendo la magia:

—Cuando superes la prueba y dejes de ser un pringao, harás conmigo cosas de no puto pringao.

—Eres un diccionario con pezuñas —sonríe él.

—¡Que te jodan!

—Buenas noches, Luni.

—Buenas noches, Richi, espero que no estés tan cagado como yo.

—…

Richi no logra conciliar el sueño, sabedor del morrocotudo lío en que se ha metido él solito. Luna ronca como un gorrino constipado desde que su preciosa cabecita tocó el colchón. Sin embargo, él no cesa de darle vueltas a la cabeza, ya es casualidad, se dice, ¿y si fuera una señal? ¿Y si la yaya intentara advertirme desde el cielo, que es una locura, que abandone, que salga corriendo? “Los de la 49”, repasa una y otra vez el nombre de la banda donde quiere ingresar, a la cual pertenece Luna, recordemos: su amor platónico desde la más tierna infancia. “Los de la 49”, dice de nuevo en voz alta, buscando respuestas en el techo blanquecino que traspasa la penumbra, gracias a la luz de la farola que se cuela por los ventanucos superiores. Ignora el porqué del nombrecito, alguna imitación de las bandas yanquis, o un homenaje, supone. “El dado cayó al suelo… dos veces consecutivas, tras rebotar en el tablero, con mi ficha roja en la casilla 48… pero no lo tiré con excesiva fuerza… no lo lancé tan fuerte… es como si algo, o alguien, quisiera impedir mi paso por la casilla 49”, reflexiona. “¿Y si es una señal?”

Amanece y tímidos rayos de sol atraviesan los cristales encima del portón. Luna bosteza, Richi mira fijamente la bombilla desnuda que cuelga del techo. No ha pegado ojo en toda la noche.

Luna mordisquea una galleta rellena de chocolate, aunque no lo confesara ni bajo tortura, su estómago está casi cerrado. Le ofrece el paquete a su amigo, pero éste lo rechaza:

—Leí en algún sitio que es mejor enfrentarlo con el estómago vacío —dice Richi.

—Tú y tus putos libros —replica ella, intentando controlar el temblor de su voz —mejor si hubieras practicado.

El muchacho se levanta de la silla:

—Es la hora, vamos —dice, su tono, veinte años mayor.

Cruzan la carretera, el chico va primero, ella un par de pasos detrás.

Richi se lleva la mano derecha al bolsillo interior de la cazadora. Sus dedos rodean el objeto que Quini trajo: un viejo revolver corto, con el tambor vacío de balas (el Quini dudó sobre esto hasta el último minuto, pero no está dispuesto a rifarse la libertad por un par de mocosos jugando a las banditas).

Entra en la tienda, minutos después de que el cartel rezase ‘Abierto’, Luna permanece fuera, de espaldas a la puerta, vigilando calzada y acera, ambas desiertas. No se trata de un asunto de dinero, saben que no lo obtendrán a semejante hora, es una cuestión de valor, un bautismo de fuego según los pandilleros.

El tendero, un señor paquistaní de unos cincuenta años, queda paralizado ante el cañón del arma con el que aquel niño apunta su rostro.

—¡No hay dinero, no dinero! ¡La caja vacía! —dice, el miedo comiéndole palabras.

Mientras habla —una mano en alto— abre con la otra el cajetín. Hay unas poquitas monedas que caza con dedos temblorosos. Ni un mísero billete de cinco euros. Deposita la calderilla sobre el mostrador, al alcance del chiquillo.

Richi, que siempre fue rápido con los números, por los que siente pasión, lanza un vistazo a las monedas que han dejado de bailotear y reposan sobre la superficie de madera; las cuenta prácticamente al vuelo: una de veinte céntimos, dos de diez, otra de cinco y tres diminutas de un céntimo: en total, cuarenta y ocho céntimos.

El chico queda perplejo, boquiabierto, la mirada extraviada en algún punto más allá del mostrador, sin percatarse de una sombra, en el límite de su campo visual, detrás de las estanterías de chuches.

—…el cuarenta y ocho no tenía salida —dice, de forma absurda, con voz queda; como si gozara de propia vida, el brazo que sujeta el arma baja junto al costado —. Sí que era una señ…  —no logra terminar la frase, siente un golpe en la nuca y todo a su alrededor se funde a negro.

Detrás de él, un mocetón, de tez morena y cabello negro, sostiene un garrote de madera y contempla su cuerpo inconsciente, tumbado en el suelo.

Luna escucha un ruido sordo en el interior y, tras asomarse con sigilo, sale corriendo calle abajo.

—¡Puto niñato! —farfulla, los ojos humedecidos.

Jadeante, al torcer la esquina, oye el ulular de las sirenas, cada vez más cercano, rompiendo la tranquilidad de otra mañana cualquiera, en un barrio sin nombre.




Relato 48 (2025): Pastel de zanahoria.

Relato 48 (2024): Frágil cual muñeca desnuda.

 

 

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