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Relato 48
- 2026
El Richi y Luna
Un día cualquiera, en un modesto barrio de una pequeña ciudad
anónima.
—Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía
salida.
—¿Ricardo, se puede saber de qué coño hablas? —pregunta
Luna.
Empieza a pensar que este chico no está bien de la cabeza, o
que simplemente disfruta destrozando dichos populares, los adereza a su gusto,
lo mismo te suelta un ‘De perdidos al pozo seco’ que un ‘Quien a buen árbol se
arrima de mala leche se pone’. Lo que empezó como una broma en primero de la
ESO, cuando estudiaron los refranes en clase de Lengua, se ha convertido en
obsesión. Ya no tiene remedio.
Él la mira, divertido, sin añadir nada. Parece disfrutar de
la incomodidad que provoca. Aunque, en el fondo, más le fastidia que se dirija
a él mediante su nombre original (y ella lo sabe), pero no le dará el gusto de
mostrar su propio malestar. Por fin, se apiada, y señala el número de la
casilla del tablero de Parchís donde permanece su ficha colorada. Luna da una
calada al porro, sentada sobre sus piernas al otro lado de la mesa de camping
en la que juegan. Entretanto, el dado rueda por el suelo.
—Déjate de refranes tuneados, bobochorra, y tira de
nuevo anda, que lo que salga en el suelo no vale. ¡Menudo torpe! Además, en
todo caso, sería “la 48”, y no me refiero a uno de tus putos micromachismos
sino a tu querida gramática: “LA casilla 48”.
—Sería ‘el’ porque se refiere a uno de los caminos.
—¿Pero qué cojones hablas de casillas y caminos, tolai,
te has fumao algo sin mí?
Richi se agacha despacio y recoge el dado. Paradojas de la
vida, piensa: haría cualquier cosa por ella y cada día la soporta menos,
siempre corrigiéndole y acusándole de machista y de niñato. Cualquier día de
estos le manda a paseo. Se encuentran en una lonja propiedad de los padres de
Luna, junto al portal de su casa. La cochera está vacía, salvo por un
ciclomotor, cubierto con una lona de poliéster, en el rincón del fondo. Ella la
acondicionó, a su gusto, para las últimas fiestas del barrio: paredes pintadas
de amarillo pastel, con mensajes de buen rollo en violeta y cuatro posters
torcidos —así
queda más cool—: Karol G, Maluma, Bad Bunny, Eminem…
su preferencia musical, todavía un batiburrillo preadolescente. A Luna le
relaja la mezcolanza de olores que flota en el ambiente cerrado de la lonja: a gasolina,
marihuana, pintura, y al zurracapote que ellos mismos prepararon (el barreño,
aún sin fregar, con brotes de moho, apartado junto a la moto).
Un suave golpeteo en la puerta.
Tras intercambiar una mirada, Luna se acerca al portón:
—¿Sí?
—Soy yo —dice una voz masculina.
Luna abre la portezuela —insertada en el portón—y
le franquea el paso. Se trata de Quini, unos años mayor, quien de vez en cuando
les visita y trae consigo algún obsequio cual Papá Noel (un cogollo de maría,
un par de emes, alguna pastilla de color desconocido).
—¿Lo has traído? —pregunta la chica, sin poder evitar
sonrojarse ante aquellos ojos verdes.
—¿Quizá lo dudas? —responde a lo gallego, luciendo su sonrisa de
lobo manso. Le tiende el bulto embalado que guardaba en la cinturilla de los
vaqueros, oculto por la camiseta, guiñando un ojo.
Luna, más nerviosa si cabe, rompe el vasto envoltorio con cierta
torpeza. Richi, que permanece sentado, contempla la escena; celoso a la par que
admirador del maldito Quini; quemaría todos sus libros porque ella lo mirara
así.
—Entonces, ¿el pipiolo será bautizado? —dice Quini, alzando las
cejas.
—Por supuesto, ¿verdad, Richi?
Richi se limita a sonreír, intentando no mostrar su estado de
nerviosismo. Aprieta el dado hasta que los seis puntitos quedan grabados en la
palma de su mano.
—Recordad, esto no existe —dice el recién llegado señalando el
paquete, a medio deshacer, en manos de Luna— y lo más importante: aquí el Quini
entró a pediros un piti —añade, la mirada fría como la de un tiburón; se
acabaron las sonrisas.
Luna abre la caja que ocultaba el envoltorio. Sus ojos reflejan
excitación, incredulidad y un puntito de miedo.
—¿Está…?
—Listo para usar, ni lo toquéis antes de la hora pactada —responde
Quini, sin necesidad de escuchar la pregunta completa. Agarrada la manilla se
gira—: lo dicho, gracias por el pitillo. A mí no me conocéis de nada…
La puerta se cierra con un ruido lapidario.
—Dime con quién vas y te diré qué número de pie calzas.
—¿En serio, Richi, en puto serio? —dice Luna, mostrándole
el contenido, para cortarle la tontería.
—Perdona, son los nervios.
Luna cierra la tapa y busca un escondite. Richi la observa en
silencio, todavía siente el dado hiriendo el interior de su mano.
—Dale, tira de nuevo a ver si escapas de la puta 48, que este
juego tuyo es aburrido no, lo siguiente —dice la muchacha.
—Mi madre dice que servirá para centrarme y calmar la ansiedad.
—Tu vieja es una santa… o una bruja camuflada.
El chico iza la mirada, clava sus ojos en los de ella, ni rastro
de docilidad.
—Venga, bro, no te rayes, iba de coña.
Richi decide eso mismo, no rayarse, pues Luna —a pesar del
postureo de malota— ha sido la mejor compañía desde el accidente en que perdió
a su padre y a su abuela Rosario, la cual lo adoraba (el verano pasado,
volviendo del río, un conductor borracho, un Stop profanado; Richi resultó
ileso y su madre se había quedado ayudando en la iglesia). Bueno, el sentirse
hechizado por ella desde parvulitos es meramente circunstancial.
Mañana será el gran día, el día D lo tildan en las películas,
piensa Richi. Pasarán la noche en la bajera. Su madre marchó de excursión a Lourdes,
con el grupo de la parroquia; siempre la mano derecha del sacerdote. Los padres
de Luna trabajan el horario nocturno, ella de camarera en la discoteca, él como
operario en una fábrica de electrodomésticos.
Comparten un viejo colchón, estrecho y demasiado blando, con
varias manchas desagradables que la chica cubre con una sábana vieja. Se
abrigan con una manta que tomaron prestada del cuarto de Luna.
Descartan dormir en el piso parental, por el riesgo que entrañaría
trasladar el regalo allí, y tampoco desean perderlo de vista.
—La vida nos va en ello, literal —dice ella, ante la
propuesta de Richi para utilizar su dormitorio— cuanto más cerca de eso,
mejor —añade, señalando el recoveco donde ocultó el paquete.
El chaval trata de convencerla para darse calor mutuamente. Así lo
dice, utilizando el obsoleto eufemismo. Luna responde con su propio estilo,
rompiendo la magia:
—Cuando superes la prueba y dejes de ser un pringao, harás
conmigo cosas de no puto pringao.
—Eres un diccionario con pezuñas —sonríe él.
—¡Que te jodan!
—Buenas noches, Luni.
—Buenas noches, Richi, espero que no estés tan cagado como yo.
—…
Richi no logra conciliar el sueño, sabedor del morrocotudo lío en
que se ha metido él solito. Luna ronca como un gorrino constipado desde que su
preciosa cabecita tocó el colchón. Sin embargo, él no cesa de darle vueltas a
la cabeza, ya es casualidad, se dice, ¿y si fuera una señal? ¿Y si la yaya
intentara advertirme desde el cielo, que es una locura, que abandone, que salga
corriendo? “Los de la 49”, repasa una y otra vez el nombre de la banda
donde quiere ingresar, a la cual pertenece Luna, recordemos: su amor platónico
desde la más tierna infancia. “Los de la 49”, dice de nuevo en voz alta,
buscando respuestas en el techo blanquecino que traspasa la penumbra, gracias a
la luz de la farola que se cuela por los ventanucos superiores. Ignora el
porqué del nombrecito, alguna imitación de las bandas yanquis, o un homenaje, supone.
“El dado cayó al suelo… dos veces consecutivas, tras rebotar en el tablero, con
mi ficha roja en la casilla 48… pero no lo tiré con excesiva fuerza… no lo
lancé tan fuerte… es como si algo, o alguien, quisiera impedir mi paso por la
casilla 49”, reflexiona. “¿Y si es una señal?”
Amanece y tímidos rayos de sol atraviesan los cristales encima del
portón. Luna bosteza, Richi mira fijamente la bombilla desnuda que cuelga del
techo. No ha pegado ojo en toda la noche.
Luna mordisquea una galleta rellena de chocolate, aunque no lo
confesara ni bajo tortura, su estómago está casi cerrado. Le ofrece el paquete
a su amigo, pero éste lo rechaza:
—Leí en algún sitio que es mejor enfrentarlo con el estómago vacío
—dice Richi.
—Tú y tus putos libros —replica ella, intentando controlar el
temblor de su voz —mejor si hubieras practicado.
El muchacho se levanta de la silla:
—Es la hora, vamos —dice, su tono, veinte años mayor.
Cruzan la carretera, el chico va primero, ella un par de pasos detrás.
Richi se lleva la mano derecha al bolsillo interior de la
cazadora. Sus dedos rodean el objeto que Quini trajo: un viejo revolver corto,
con el tambor vacío de balas (el Quini dudó sobre esto hasta el último minuto,
pero no está dispuesto a rifarse la libertad por un par de mocosos jugando a
las banditas).
Entra en la tienda, minutos después de que el cartel rezase
‘Abierto’, Luna permanece fuera, de espaldas a la puerta, vigilando calzada y
acera, ambas desiertas. No se trata de un asunto de dinero, saben que no lo
obtendrán a semejante hora, es una cuestión de valor, un bautismo de fuego
según los pandilleros.
El tendero, un señor paquistaní de unos cincuenta años, queda
paralizado ante el cañón del arma con el que aquel niño apunta su rostro.
—¡No hay dinero, no dinero! ¡La caja vacía! —dice, el miedo
comiéndole palabras.
Mientras habla —una mano en alto— abre con la otra el cajetín. Hay
unas poquitas monedas que caza con dedos temblorosos. Ni un mísero billete de
cinco euros. Deposita la calderilla sobre el mostrador, al alcance del
chiquillo.
Richi, que siempre fue rápido con los números, por los que siente
pasión, lanza un vistazo a las monedas que han dejado de bailotear y reposan
sobre la superficie de madera; las cuenta prácticamente al vuelo: una de veinte
céntimos, dos de diez, otra de cinco y tres diminutas de un céntimo: en total, cuarenta
y ocho céntimos.
El chico queda perplejo, boquiabierto, la mirada extraviada en
algún punto más allá del mostrador, sin percatarse de una sombra, en el límite
de su campo visual, detrás de las estanterías de chuches.
—…el cuarenta y ocho no tenía salida —dice, de forma absurda, con
voz queda; como si gozara de propia vida, el brazo que sujeta el arma baja
junto al costado —. Sí que era una señ… —no
logra terminar la frase, siente un golpe en la nuca y todo a su alrededor se
funde a negro.
Detrás de él, un mocetón, de tez morena y cabello negro, sostiene
un garrote de madera y contempla su cuerpo inconsciente, tumbado en el suelo.
Luna escucha un ruido sordo en el interior y, tras asomarse con
sigilo, sale corriendo calle abajo.
—¡Puto niñato! —farfulla, los ojos humedecidos.
Jadeante, al torcer la esquina, oye el ulular de las sirenas, cada
vez más cercano, rompiendo la tranquilidad de otra mañana cualquiera, en un
barrio sin nombre.
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