sábado, 31 de octubre de 2026

F264 - Mami, no apagues la luz

¿No se preguntaron alguna vez qué es el miedo, por qué se produce, quién o qué lo causa? No me refiero al miedo ramplón de película yanqui palomitera, a la que llevas a tu chica —o ella a ti—, con la esperanza de que, entre susto y susto, ella apriete con fuerza tu muñeca, arrojándose sobre ti, te achuche en busca de protección mientras cubre su rostro con la otra mano, dejando ranuras entre los dedos para no perder detalle del culebrón sangriento, el cual la aterroriza a la par que la cautiva por algún motivo que escapa a su comprensión.

No me refiero a ese miedo de chichinabo (provocado por un tarado con motosierra, un lerdo con careta y machete, por un pánfilo con garfio y chubasquero negro —todos ellos miserables y acomplejados y zafios y predecibles— ni, por supuesto, el “miedo” patético que pretende suscitar el idiota con máscara plagio barato del grito de Munch). Tampoco al miedo serio, respetable, que lo siente el enfermo grave pensando en el dolor venidero, en el abismo desconocido al que se ve enfilado, en el sufrimiento de los seres cercanos que dejará atrás; ni siquiera a otros miedos mundanos, casi cotidianos (a un posible atraco, incluso agresión, a un azaroso accidente de tráfico, un cruce inoportuno con un criminal…).

Para mí el verdadero miedo nace en la infancia y nunca desaparece; se acurruca en algún rinconcito misterioso del cerebro o de las tripas o del alma, vayan ustedes a saber, y de vez en cuando, sale de su escondrijo y se manifiesta, provocando el erizamiento de la piel, el escalofrío en la nuca, el cubrimiento con la manta, el tanteo a ciegas de la mesilla en busca del botón de la lámpara… aunque quien lo padezca cuente con más años que el río Ebro.

Permítanme contarles una historia, un cuento inventado en el que cualquier parecido con la realidad (personajes, lugares, hechos) es fruto de la mera coincidencia, de un lanzamiento de dados, con su habitual indiferencia, por parte del azar, incluso de la atolondrada imaginación de quien escribe… donde, sin embargo, la semillita de la que brota dicha historia es una experiencia verdadera que sufrí en carne propia.

Mis abuelos vivían en un pueblecito de La Rioja, cuyo nombre no importa demasiado para el relato. Habitaban una casa “mágica”, decía la abuela —toda misteriosa, la buena mujer— porque, aquélla, permanecía cálida en lo duro del invierno y fresca durante los tórridos veranos y, además, contaba con protección divina, estaba bendecida. La abuela no mostraba ningún reparo en ser religiosa y creer en “otras cosas” también.

La edificación constaba de tres alturas. La planta baja albergaba cocina, salón, despensa y un pequeño lavabo. La siguiente contenía cuatro dormitorios —dos de ellos reservados para nosotros, los chiquillos: el de los dos varones, al fondo del pasillo; para nuestra hermana mayor, el suyo propio con cama mediana justo antes, a la izquierda— y un cuarto de baño de tamaño considerable. Papá, preocupado, solía susurrar a mi madre: “¿Qué pasará cuando los abuelos ya no estén para mucho trote, su dormitorio arriba, con esa escalera de madera que cruje tanto?”; “Dios proveerá, hijo”, decía la abuela —aunque pareciera que no escuchaba— con sonrisa de abuelita de cuento. Una de sus frases preferidas, aquélla. El desván ocupaba el último nivel, cuya estancia mostraba el techo inclinado característico de las buhardillas; accedías por una escalera de peldaños estrechos e inclinados, en su interior reposaban los objetos más comunes junto a los más extravagantes, todos ellos en misión conjunta de esperar ser rescatados por alguien de aquel descanso eterno.

La cocina era terreno de la abuela y si osabas adentrarte en él, caías prisionero —“Cielo mío, anda pélame estas zanahorias; limpia y trocea la alubia verde; ciérrame las empanadillas así, presionando el borde con las puntas del tenedor”—; el abuelo, conocedor de la Ley de Fronteras, jamás la pisaba. Siempre olía bien ahí dentro —aromas que escapaban de sartenes, horno y cazuelas— y los peques solíamos caer en la trampa atraídos por tales efluvios, víctimas de nuestra inocencia, como Hansel y Gretel ante la casita de chocolate. Además, la recompensa obtenida merecía la pena: un polvorón por Navidades (“A vuestra madre chitón”) o una rebanada de pan mojada con vino tinto (poquito) y espolvoreada de azúcar. En alguna ocasión —rara— la abuela, de humor nuboso —como decía el abuelo— nos expulsaba de su territorio soberano con cajas destempladas.

El salón presentaba un espacio diáfano con una chimenea enorme más propia de un castillo escocés que de una vivienda de pueblo. Aquélla se encontraba siempre encendida en los días invernales, ya fuera en viva llama o con brasas de un rojo incandescente. A su vez, la estancia disponía de una amplia mesa, de madera noble, alrededor ocho sillas de alto respaldo y asiento acolchado. Acompañaban un tresillo, dos piezas de sofá y una butaca orejera donde la abuela dormitaba, entre punto y puntada de su obra de calceta (no sabías qué surgiría de aquel pedacito de lana que crecía despacio: una bufanda para alguno de nosotros, un jersey de cuello de cisne para nuestra hermana…) con aquellas largas agujas de punta roma en su regazo. 

En cuanto a la despensa: pasadizo estrecho y vasto interior, aparecía catalogada como tierra prohibida para nosotros, los niños; pero estoy convencido de que la abuela hacía la vista gorda cuando mi hermano y yo realizábamos incursiones, cual exploradores de la África negra, machete —en forma de palo— en mano, en busca de tesoros con una dosis extra de azúcar. Allí dentro se conservaban tarros de arrope, de mermelada de tomate, botes de galletitas saladas con silueta de pececillos, paquetes de barquillos con nata Artiach, tarrinas de Tulicrem (la Nocilla para pobres) que profanábamos dedo mediante, pastas de chocolate el Príncipe de Beukelaer y otras tentaciones, hoy en día demonizadas, que requerirían multi exorcismo vegano, orgánico y gluten free.

Afuera, un frondoso patio jardín que la abuela conservaba impecable y vistoso, con los setos en permanente estado de revista y todas aquellas flores de colores; yo no me acercaba mucho a éstas porque a su alrededor siempre revoloteaban abejas —me provocaban pánico— atraídas por la vistosidad de los pétalos y por aquel tesoro viscoso llamado polen —lo estudiamos en Ciencias Naturales, con la Señorita Charo, y lo corroboramos en la tele con la Abeja Maya—. La abuela decía que si no se las molestaba no picarían. No me mostraba yo muy convencido con aquel pacto humanos-abejas no escrito. Un cobertizo adyacente hacía las veces de refugio para el abuelo, en cuyo interior pasaba horas y horas entre herramientas y cachivaches, donde olía a hierro, madera, barniz y pintura.

Tres almas vivían en aquella casona. La abuela, el abuelo y Miqui. Yo quería con locura a mis yayos, pero adoraba a Miqui.

Miqui era un gato gordo —sin embargo, ágil— de pelaje blanco y corto, un gato callejero que un día maulló y maulló tras la puerta —aún cachorro, según contaba la abuela— y se ganó un bol de leche, por la insistencia. El gatito regresó al día siguiente, y al otro y al otro, hasta convertir la visita en rutina. El menú fue variando: un cuenco de leche, un trocito de atún, algún resto de comida, y otros caprichos.

Un día Miqui se atrevió a cruzar el umbral y ya no abandonó a los abuelos. Los adoptó, por así decirlo.

Cuando el abuelo se sentaba en el sofá, frente a la chimenea —cansado de jugar con sus herramientas y cachivaches— mirando más allá del fuego, como si vislumbrara algo que los demás no veíamos, Miqui se acurrucaba entre sus grandes y ásperas manos, sobre su regazo, y ronroneaba para sosegarlo, para darle consuelo y traerle de vuelta de allá donde estuviera, al otro lado de las llamas. Entonces el abuelo sonreía —retornada, su vista— y le bisbiseaba cariños acompañados de recias caricias en su cabecita, y el michino se dejaba hacer sabiendo cumplida su misión.

Compartíamos cama —un amplio lecho de sábanas frías y mantas pesadas— mi hermano mayor y yo, cuando visitábamos a los abuelos y, supongo, dejábamos un ratito de libertad a mis padres para que disfrutaran de la vida (algún finde, vacaciones escolares o fiestas de guardar). Cada noche, la abuela venía a arroparnos y nos enseñaba aquella oración infantil:

“Jesusito de mi vida,

eres niño como yo,

por eso te quiero tanto

y te doy mi corazón.

Cuatro esquinitas, tiene mi cama,

cuatro angelitos guardan mi alma

…”

Con esto y sendos besos, caíamos rendidos. Agota el correr por el patio, jugar con Miqui, explorar el desván, hacer incursiones de comando a la despensa, atravesando su oscuro pasillo, a la caza de galletas.

A media noche, Miqui entraba sigiloso en nuestro cuarto, a través de la rendija de la puerta dejada, a propósito, por la abuela, para que la luz del pasillo nos velara al principio (después la apagaba).

Miqui saltaba como sólo saltan los gatos, silencioso, grácil, con mullido estilo. Entonces se acurrucaba entre mis pies o sobre mis piernas (ninguna vez elegía a mi hermano, como si supiera que yo, el pequeño, necesitaba más su protección, la serenidad). Yo notaba su peso orgánico, considerable, entreabría un ojo y veía su figura blanca, casi fosforescente en la oscuridad, como si hubiera absorbido toda la luz del día. Entonces sonreía y regresaba en busca de angelitos.

Un día, más bien una noche, ocurrió lo impensable.

Me encontraba acostado, un mal sueño atravesó mi descanso, sacándome de un tirón de la paz para introducirme en la desazón. Me moví inquieto, con los ojos cerrados, extendí el brazo, mas no sentí la presencia protectora de mi tato; al contrario, tuve la sensación de estar solo en la cama y que ésta fuera más estrecha de lo que recordaba. A punto de gritar para llamar a la abuela, preso del miedo a la oscuridad que sabía me esperaba si abría los ojos, percibí el sigiloso salto felino, y de seguido noté aquel peso vivo de Miqui sobre mis piernas. Un lastre sólido que bien conocía.

Sonreí aliviado.

Tras unos instantes de sosiego —él siempre me lo proporcionaba— un pensamiento cruzó mi mente, un fogonazo antes del trueno. Un pensamiento que al principio no comprendí: “Mañana he de recitar la Canción del Pirata delante de la Señorita Dolores y de todos los compañeros. Llevo toda la semana memorizando y practicando frente al espejo. ¿Y si tartamudeo? ¿Y si me suben los colores? ¿Y si queda en blanco mi mente?”. Me sentí nervioso y extraño. Entonces, como si tirase de un hilo, dicho pensamiento arrastró a otro, y éste trajo consigo la inquietud, el temblor, la piel erizada, los ojos más fuertemente cerrados…: mañana era día de escuela, me encontraba en casa… en el piso familiar, en nuestro pueblo, con mis padres en el dormitorio de al lado, con mi hermano a metro y medio, dormido sobre la cama gemela (abatibles las dos dentro de un armario), a decenas de kilómetros de la casona de los abuelos, de Miqui… y aquí nunca tuvimos gato.

Sin embargo, ahí continuaba la presencia física tan conocida.

Cité lo aprendido, una y otra vez, para mis adentros, porque en aquel momento ninguna oración acudía a mi mente:

“Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela,

un velero bergan… bergantín.

con diez cañones por banda

viento en popa a toda vela,

…”

Osé entreabrir un ojo en la oscuridad casi completa —tan sólo un poco de luz amarillenta, del exterior, se colaba a través de los agujeros de la persiana— para confirmar lo imposible, para ver la silueta blanca, casi fosforescente, del gato Miqui.

Allí no había NADA.

Mas el peso era tan REAL como el calor que arrojaba la almohada bajo mi nuca.

Cerré, con más fuerza aún, los párpados, y grité.

Mamá acudió rápido, encendió la luz del pasillo, abrió la puerta de par en par.

—¿Qué ocurre, mivida? ¿Otra pesadilla?

Su voz y sus caricias hicieron la usual magia.

En algún momento, sin yo apreciarlo, aquella carga palpitante desapareció.

—Mami, no apagues la luz.

Al día siguiente, durante la comida, yo estaba radiante, había logrado recitar el poema de Espronceda sin trastabillarme una sola vez, incluso acerté a pronunciar correctamente, a la primera, ‘bergantín’ (la buscamos en el diccionario en clase, el día que lo leímos por primera vez: es un tipo de barco que utilizaban los corsarios).

Sonó el teléfono desde el pasillo.

Mi padre se levantó para descolgar, mientras mamá removía el guiso de la cazuela con una cuchara de palo —el aroma de lentejas, chorizo y pimentón envolvía toda la cocina—; apenas dijo un par de frases papá, que no alcancé a escuchar. Con un gesto, un ligero movimiento del rostro, llamó a mi madre, que acudió junto a él. Hablaron en voz baja, más bien papá habló y ella escuchó.

Mamá se acercó a la mesa —redonda, mantel de hule con estampado frutal— arrastró la silla vacía de mi hermana mayor —ausente, estudiaba en un colegio internado—, y tras tomar asiento a mi vera, me cogió de la mano con su delicadeza habitual, acarició mi pelo, sonrió del modo más triste que jamás la vi sonreír:

—Cariño, era la abuela, Miqui se fue anoche. Subió al cielo de los gatitos. Allá será feliz jugando con miles de gatos. Estaba viejito ya.

Por supuesto, yo era lo suficientemente mayor (¡Recité a Espronceda!) para no tragarme lo del cielo gatuno. Ella era consciente de esto, mas fue su forma de consuelo, rescatar al nene que fui para conseguir que me sintiese aún mayor.

En ese instante recordé la visita nocturna. El peso familiar a mis pies. La cara se me iluminó. Ya no tuve miedo, aunque la tristeza ocupó un trocito de su lugar.

Quedaría cual mera anécdota de eco infantil esta peculiar experiencia —quizá provocada por el calor febril de una noche de niñez o por el exceso de azúcar en sangre —si no fuera porque muchísimos años más tarde, ya de adulto y viviendo en soledad, en más de una ocasión, he vuelto a sentirlo, dentro de la cama, en mitad de la noche, en mi pequeño cuarto oscuro, esa carga sólida, viva, encima de mi estómago o de mi pecho, y de pronto regresa el miedo verdadero, el miedo irracional que surge de las entrañas, el miedo cerval, esa parálisis pueril que creías superada, caída en el olvido, que te impide abrir los ojos, que retiene tu grito en la garganta; y cuando al fin reúnes el valor suficiente y abres aquéllos y no ves nada sobre tu cuerpo, tras dar un manotazo al interruptor del flexo, siempre pienso: “Mamá, no apagues la luz”.

Entonces, ella, desde allí arriba, me sonríe y vela mi sueño nuevo.

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2026

F263 - Ser el malo de la peli

El autobús alcanza la salida del túnel que parece llevar al fin del mundo. La lluvia golpea el cristal de la ventanilla con furia, el gris del cielo se funde con el negro del asfalto. Fe ciega en el buen hacer del conductor, me pierdo entre las páginas de Objetos Perdidos, supurando envidia sana por Carlos Zanón, sus personajes palpables, su falta de corrección política y sus frases como disparos.

Diluvia en la ciudad exagerada. La ciudad del chucho arbusto tamaño Godzilla. La ciudad de la estrafalaria y gigantesca lata de berberechos llamada museo. Una lata que dinamitó el concepto de ciudad gris, obsoleta, estancada y herida de muerte por un cuchillo en forma de ría pestilente.

Llueve sobre la ciudad futbolera, catedralicia, la única en el mundo que se ofende cuando denominan a su equipo por el nombre de aquélla. Algo incomprensible para un forastero como el que escribe.

Mas hoy no se trata de fútbol, para mí cesó éste, se acabó mi querido Real Madrid, emulando al gran y extrañado Javier Marías, me quito, me apeo, me declaro “pseudo madridista” hasta que desaparezca el triste e infame mete-dedo-en-ojo Mourinho. Y de paso, le acompañe por la puerta de atrás el deshonroso y ridículo Vinicius. Dos por uno, como en el Mercadona. Añoro al Madrid de mi infancia y adolescencia, honor, principios, pundonor, respeto.

Hoy se trata de alguien especial.

Desayuno en la cantina de la estación de autobuses. Café y pulga de jamón, censurándome el cruasán tentador. Contemplo a una pareja de guiris. Ella, rubia, alta, ojos nórdicos. Un clásico. La muchacha pide en la barra mientras el chico espera a la mesa, quizá vigilando sus enseres arremolinados por el suelo. Ella ordena las bebidas en inglés, con ese desparpajo característico, sabiendo que será atendida sin reparos. Lo sé, me repito: conocedora de que nos comieron la tostada lingüística hace mucho tiempo.

Pongo oído. Para mi ingrata sorpresa no le entiendo. O, mejor dicho, entiendo poco. Ha sido una frase corta, tres o cuatro palabras. Tan sólo me quedo con dos: “two” y “please”. “Trece años y pico en Escocia, Jorge, no fastidies”, me abronco. La camarera hispanoamericana tampoco la entiende. Acude su compañero al rescate idiomático, también colombiano o de los alrededores. La chica dice de nuevo la frase. Tan sólo alcanzo a entenderla cuando es repetida, a su vez, por el barman: ‘Dos txakoli’. Por supuesto, la pronunciación de la palabra autóctona por parte de la viajera es como aquella advertencia previa en ciertas películas: cualquier parecido con la realidad es fruto de la casualidad. Dos vinos vascos, en copita mona cortesía del camarero. Sobra añadir que se los pimplan a pelo, sin nada sólido que haga un poco de masa. Son las diez de la mañana, cafetería de la estación de autobuses. ¡Cuánto daño han causado las guías turísticas y el tripadvaisor!

No para de llover sobre la ciudad multi-eventos. Las aceras, un charco continuo que refleja las luces de semáforos y escaparates. Gente por doquier, gente elegante con bolsas de tiendas caras, gente de fuera que mira hacia arriba los edificios que bordean la Gran Vía, gente discreta que encara una jornada más… un punky ochentero —chupa de cuero con clavos, correa de perro al cuello, botas militares, cresta roja chafada por la lluvia— camina con brío hacia el puente Arriaga, aportando su gota anacrónica, su granito de nostalgia.

Llevo los zapatos empapados, los calcetines, los pies fríos. No, me digo, no puedo ir a verla, a Ella, con los pies encharcados. Me parece una falta de respeto, una ordinariez rayana en vulgaridad… aunque ella no sepa de mi presencia.

Decidido, entro en el Decathlon, me hago con un par de calcetines y subo a la sección de montaña. Miro entre las baldas, en busca de unas botas o zapatillas recias, atento al simbolito del paraguas. Logrado el objetivo, arrojo los zapatos de suela agujereada y los apestosos calcetines a una papelera, con el desprecio que otorga el olor a calzado nuevo. Así sí, pienso. Seco, discreto y sosegado. Así puedo presentarme ante Ella.

Llego pronto. Falta una hora para la cita. (No puedo evitar el construir paralelismos con la primera vez que conocí al maestro escocés, pero eso es otra historia). Apenas cuatro o cinco personas delante de mí. Paraguas, chubasqueros, gabardinas que gritan ya está aquí el otoño visite el Corte Inglés.

Sin embargo, a pesar de los pies mullidos y calentitos, no me siento cómodo. Sudo, la temperatura corporal sale por las orejas. “Te pusiste demasiada ropa, Jorge, esto es Bilbao, la capital tropical del norte, no la ciudad Blanca”.

Abandono el puesto. Mi cuerpo, con la garganta de portavoz, odia la combinación sudor, brisa, lluvia como aquél que odia el gintonic. Me adentro en la cercana Ledesma —zona pija por excelencia— entro en un bar, refugio eterno. Un corto de cerveza, escoltado por el correspondiente pincho de tortilla, que uno es ibérico y no pimpla a palo seco. No me atrevo a mirar el recibo, ni las vueltas. Deposito aquél en un cubito de metal, con la indiferencia de un rico sin dinero. Hago tiempo, me calmo. Me desnudo, sólo un poquito.

Al cabo de dos zuritos y tres suspiros, regreso a la posición. Ésta se ha retrasado, milagros a Lourdes, pero no en exceso. Una veintena de personas me precede. Me coloco tras una pareja adolescente. Moderna, enérgica, no temerosa al resfriado. Ella, vientre plano cual tabla de surf, piercing en el ombligo —una bolita de plata con un colgante— que tapa de vez en cuando con los bajos de la mini cazadora vaquera entreabierta, para ocultarlo, para abrigarlo. Él, cara de buenazo, flequillo flotante, barbilla estrecha, pómulos altos, lampiño. El futuro, me digo. Tras de mí, una señora que podría ser de mi quinta, año abajo, año arriba. Me hace las preguntas de rigor: ¿Eres el último? ¿a qué hora abren? ¿es necesario apuntarse online? Respondo en modo autómata, tratando de forzar esa media sonrisa que tanto me cuesta: “Sí”, “A las doce”, “No, aforo limitado, sin registro”.

Es curioso, el lenguaje corporal. Delata al mentiroso, al aprovechado, al impostor, al jeta redomado. Reparo en él porque canta la traviata —como diría el Reverte—: no es joven ni viejo, un sujeto anodino, chubasquero fino y gris, sin paraguas, mocasines pasados de moda, cabello pobre y desmadejado. No parece necesitado ni con algún tipo de dificultad mental. Se coloca al lado del señor anterior a la parejita feliz, ésta anda entre arrumacos y confidencias. Saca el móvil del bolsillo trasero, se pone las gafas de viejo, con parsimonia, mientras charla con su nuevo compañero. El señor invadido exhala sorpresa por cada poro de su tez, incluso alarma. No se palpa los bolsillos, pero casi. El recién llegado habla y habla y habla, señalando, de vez en cuando, la pantallita del teléfono. Preguntará por alguna dirección, dice el niño que llevo dentro. Se habrá extraviado, el pobre.

Ahí sigue, durante un rato y un poquito más, y otro más. No es originario de Suecia, pero lo pretende.

Los chavales le miran, educados, en silencio (vienen formales las nuevas generaciones). Mi quinta querida murmulla: “¿Y ese?”, “¿Y la fila?”.

Jarrea —It´s raining cats and dogs, dicen en Escocia—, los paraguas se multiplican como champiñones. Miro por encima del hombro de la que susurra. La cadena humana alcanza la esquina del edificio, la dobla. Una imagen de la infancia me aborda, entre la neblina del recuerdo, sin aviso, la espada entre los dientes: estreno de La Guerra de las Galaxias, o quizá de Supermán, cine logroñés Sahor, finales de los setenta, voy con mi padre, de su mano, grande y áspera, alzo el rostro y contemplo el suyo, con esa mezcla de admiración y orgullo que siente un hijo pequeño. Miro hacia atrás, decenas de figuras altas y desconocidas y amenazantes en una cola que se pierde en la distancia. Agarro con firmeza la mano fuerte, protectora.

Si al menos el tipo hubiera pedido permiso, o esgrimido alguna excusa (salud, frío, soledad, desamparo), pero no, se tiró de cabeza, sin importarle nuestra larga espera bajo la lluvia, como si por lacayos nos tratara.

A veces toca hacer de malo, pienso.

—Disculpe, me temo que existe un orden de entrada —digo, señalando la hilera multicolor de paraguas. En estas ocasiones, el gesto serio de fábrica ayuda.

El tipo me observa como un oso despistado a un ciclista de montaña. Curioso, algo sorprendido.

—Estoy con él —dice, apuntando con el dedo pulgar al señor intranquilo, sin ápice de vergüenza.

Ni siquiera hubiera sido necesaria la negativa del mentado. No es cierto. Él lo sabe, el señor lo sabe, yo lo sé. El cuerpo habla por sí solo: nos dio en todo momento la espalda, previo a mi intervención; la cabeza inclinada, gesticula en exceso —sus manos revolotean cual golondrinas—; trata de aproximarse al buen señor, de alcanzar la distancia de coleguitas. Aquél recula ante cada uno de los avances.

Después de unos segundos de silencio, el señor que retrocede, ya contra la pared, lo rompe con un valiente:

—No, no lo está.

Al fin, pillado por el carrito del helado tutifruti, el fulano visitante guarda el móvil señuelo y camina hacia el final de la cola, más allá de la esquina. Lo hace tieso, diríase que ofendido, como si hubieran pisoteado sus derechos de rey sin corona.

De repente, la línea comienza a moverse. Avanzamos despacio. Abrieron las puertas. Entramos en la sala. El ambiente es acogedor, las butacas invitan a reposar el trasero. Me acomodo en una de ellas, bastante cercana al escenario, los bártulos a mis pies. Silencio el maldito móvil, con la esperanza de que enmudezca para siempre.

Sobre el tablado, un montaje de sala de té. Tres sillones, una mesita, una lámpara de pie. Dos presentadoras, ya sentadas, con el pinganillo al oído y el micrófono acoplado. Una de ellas sonríe, se gira hacia el público:

—Os damos la bienvenida a todos y todas al Festival Ja! Humor y Literatura. ¡Ante vosotros, la reina del mystic noir, Dolores Redondo!

Y la sala estalla en aplausos.

Ella aparece, elegante a la par que discreta, por un extremo del telón, saluda, se sienta y toma la palabra. Su voz cautivadora llena los oídos. El silencio del público atruena. Entonces, mis ojos infantiles regresan al Colegio de Lecároz, a las calles de Elizondo, al Valle del Baztán.

 

P.D.: el podcast grabado “¿Te quedas a leer?”, al mando: Esti Gabilondo y Bárbara Goenaga, saldrá a la luz en las plataformas el día 9 de noviembre. Escuchen a esta mujer, es pura magia.

 

P.D. 2: relacionado: F-169 Susurros entre líneas.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

F262 - Fecha fatídica

No soy una persona supersticiosa, bueno tal vez sólo un poquito por cultura, por tradición, por aburrimiento. Sin embargo, se dan momentos que el calendario te grita desde la pared de la cocina y entonces te sorprendes divagando sobre el asunto. Mientras escribo estas líneas no puedo evitar, ante su llamada, fijar la vista en la casilla a estrenar bajo el nombre del día y su peculiar número.

¿Recuerdan mi escapada al terruño riojano para vivir la final del mundial en territorio amigable? Todo tiene un precio. Para poder disfrutar, como dios manda, de aquella velada debí solicitar en el trabajo un día libre, el lunes, pues el partido se disputaba en domingo, ya tarde, y mi horario laboral de noctámbulo así lo requería. Mas uno no puede pedir un día libre sin más: “Oiga, jefe, el lunes me lo apunta a la cuenta eh, que me voy de fiestuqui balompédica”, sin consecuencias. Ese día lo debes y has de pagarlo de vuelta y con una sonrisa.

Y esa fecha de pago ha llegado, el día de hoy.

¿Qué nos quieres contar, Jorge? Céntrate, haz el favor, dirá más de uno. Ni yo mismo sabría explicarlo. Lo intentaré.

Hoy, fecha fatídica. Martes y trece, la mayor de las supersticiones patrias, por llamarlas de alguna forma (aparte del magnífico dúo humorístico que alegró nuestras Nocheviejas juveniles) y mi mente raca raca comienza a dar vueltas, a lanzar una neurona contra otra, a mover piecitas, dientes, ruedecitas, muelles: ¿y si…? la jodida pregunta que dicen se hacen los escritores de verdad. No hace falta que les recuerde, aquella noche dominical concluyó de la mejor manera imaginada. España se proclamó campeona del mundo por segunda vez. La segunda estrella. Nos proclamamos campeones del mundo, que animar y gritar y cantar, sujetando la cerveza, también cansa. Risas, aplausos, cánticos: “¡Yo soy español, español, español!” y todo aquello. La fuente de Murrieta lucía abarrotá, cual plaza de toros del Dúo Sacapuntas. No cabía una bandera más. No soy hombre de insignias ni colores, los que me leen saben ya esto. Pero hace ilusión, qué quieren que les diga. La alegría compartida, la celebración sana. ¿Y si…? ¿Y si…? continúa dando el peñazo la quinta neurona viva. Vale, okey, le presto atención. Gol victorioso, jolgorio, cerveza, felicidad, buen rollo, sonrisas. Todo ello junto, aglomerado, todo bien colocado como el contenido de una maleta hecha por una madre. ¿Hubo factor suerte? Siempre lo hay, aunque yo creo que no fue determinante. Fue cuestión de calidad y de pelotas, la reglamentaria y las otras. Y de aguantar insultos, provocaciones y coces propinados por nuestros primo hermanos, que siempre duelen más.

Perdón, me espeso, y les voy a perder.

Aquel domingo salió cara en la moneda de la vida, del destino, del azar que todo lo rige. Aquel domingo trajo consigo una deuda. Un día a deber. Hoy llegó tal día, el debido, el día de trabajo que tengo que devolver al patrón con el sudor de mi frente y las legañas de mi sueño, más bien las ojeras del insomnio. Puto horario vampírico, acabará conmigo. Hoy, precisamente hoy. Cómo no caí en la cuenta cuando, sentado junto al supervisor, ambos estudiamos el calendario sobre la pantalla de su ordenador, con sus numeritos y sus cuadrículas de colores, y elegimos esta fecha para devolver lo debido, lo prestado. ¿Y si… hoy sale cruz? No puedo dejar de preguntarme. Hoy, martes y trece. Un día claramente para estar de vacaciones, para no trabajar y así permanecer lejos de toros, transpaletas y demás máquinas infernales y de objetos pesados que pueden caer en un pie o sobre la cabeza. No puedes trabajar con una mano a la espalda ocultando los dedos cruzados. No todo el rato. Es agotador.

Pero, ¡eso no es todo amigos! El azar, el caos que hace girar el mundo, tiene preparada otra sorpresa. Otro ingrediente para el coctel molotov que podría incendiarlo todo. Les explico: gozo del privilegio de escoger los días, y semanas, salteados para disfrutar de vacaciones a lo largo de todo el año. Trato de repartirlos todo lo posible. El año es muy largo, los doce meses también; la tendinitis no sabe de cuadrículas de almanaque, laborables o fiestas de guardar. Cuando presenté el calendario de vacaciones, allá por noviembre del año pasado, elegí disfrutar esta semana entera salvo el lunes día doce (octubre). Hispanidad o no, me toca currar. No es que me maraville trabajar los lunes, simplemente no disponía de más días de asueto para cuadrar las cuentas. Por tanto, tenía fiesta programada: martes, miércoles, jueves y viernes.

Entonces apareció el fútbol, con su final y su jolgorio y su cara de la moneda. Y tuve que sacrificar el martes (trece) para compensar aquel lunes celebratorio de julio.

Pero… ¡no puede ser!

Nada más caer en la cuenta, comienzo a sudar. Me tiemblan todos los huesos según apoyo el pie sobre el parqué templado, al levantarme de la cama a la hora intempestiva de costumbre. No sólo hoy es martes, sino que, para mí, también es viernes… mañana tengo fiesta, puente, acueducto de cinco días.

Por tanto, hoy es martes y viernes y trece…

Uno que ha vivido trece —otra vez el número maldito— años y pico en el Reino Unido, (donde el viernes 13 hace las veces de nuestro martes trece) conserva la impronta de sus celebraciones, de sus rarezas: que si Halloween y los críos disfrazados de brujas y fantasmas llamando a la puerta (Trick or treat?); que si la noche del poeta escocés Robert Burns (Haggis, neeps and tatties); que si las hogueras nocturnas en memoria del inglés Guy Fawkes (Remember, remember the fifth of november); que si las Navidades (Turkey, gravy and crackers); que si el supersticioso viernes trece…

No sólo tendré que ir esquivando gatos negros, rehuyendo escaleras, sujetando bien el salero y toda la parafernalia supersticiosa ibérica, sino que además deberé andar con los ojos bien abiertos (y a poder ser con un bate de béisbol a mano) por si a la vuelta de la esquina se aparece el tipo de la máscara —feo de cojones debía de ser— con la motosierra en marcha rooo rooo rooo y la risa de loco.

Algún listo, o lista, cinéfilo (y talludito) dirá: “Te estás liando con las películas de terror y sus respectivos asesinos”. La matanza de Texas, Viernes 13, Sé lo que hicisteis el último verano… motosierra, machete aserrado, garfio y chubasquero negro… lo sé, pero la paranoia y el miedo no entienden de títulos ni de utensilios mortíferos.

Así que salto de la cama con un sólo pie, el derecho, a riesgo de esguince tempranero. Preparo el desayuno en silencio, atento a las sombras, un viernes y martes y trece y tan cercano a Halloween (el tiempo vuela y Mercadona ya expone máscaras de terror rodeadas de polvorones). Vigilo la penumbra, atento a visitas fantasmales, a la presencia del bobochorra de la sierra eléctrica, aunque éste de tan lerdo provocaría mucho ruido de advertencia.

Bajo las escaleras despacio, emulando al niño que fui yendo a la escuela, todo legañas y sueño y pajaritos en la cabeza. Me agarro con ambas manos a la barandilla. Enciendo la luz del rellano, la luz del móvil, la luz interna. Toda luz (mi amiga Luz), tratando de evitar el escalón chungo que me haga tropezar e inaugurar el maldito martes y viernes y trece en la sala de urgencias.

Salgo del portal. El manido término ‘Noche cerrada’ se queda corto. No han puesto ni las aceras. Debería estar prohibido trabajar a la hora en la que los niñatos zombis de Weapons salen a pasear, brazos extendidos, con los ojos en blanco y mirando a la luna. Sí, soy consciente de que ya utilicé este símil, más de una vez. Pero la peli clava la hora de mi despertador. Y eso acojona eh.

Vistazo a la izquierda, a la derecha, otra vez a la izquierda, otra más a la derecha. No se ve un alma. Qué alma en su sano juicio pisaría la calle a estas horas. Los fantasmas bostezan, los delincuentes dormitan. Tampoco oigo el rooo rooo rooo del tarado yanqui lleno de complejos. Seguro que el acné le dejó el careto hecho una ruina y las rubias pechugonas del insti —esas iluminadas que animan a los muchachotes del equipo de fútbol (americano) o de béisbol o de criquet o de petanca, con sus pompones colorados, deletreando como párvulas el nombre del quarterback, del delantero centro guaperas o de su primo de Calahorra— no le hicieron maldito caso, y claro, el chaval generó un complejo de órdago: “Me compro una máscara, le cojo prestada al viejo la motosierra, y se van a enterar las rubias tetonas estas”, se dijo.

No oigo motores de sierra, no veo gatos negros, el coche parece estar entero (sí, también pensé que aparecería con las ruedas rajadas, fruto de la barbarie autóctona adolescente y trasnochada celebratoria de la fatídica fecha). Ni siquiera hay un grupito de chavales, perro peligroso incluido, junto a la pared, fumando canutos y hablando árabe. Una madrugada tranquila que te cagas.

Conduzco despacio, sorprendido de que cada semáforo, justo antes de alcanzarlo, cambia a verde. Me está vacilando, pienso, este martes y viernes y trece. Ni un triste coche patrulla con sus luces azules cegadoras. Ni un patín eléctrico con menos luces que un barco pirata y jinete de riguroso luto que salga de la nada e invada la calzada. Ni un borracho tras el volante. Nada de nada. Salgo a la autovía, más allá de ésta una carretera estrecha, alguna curva que otra. Modero, más si cabe, la velocidad. Miro con aprensión el arcén, incluso el retrovisor interior, en busca de una muchacha con cabello negro y largo, piel casi trasparente de tan pálida y vestida de largo y blanco, la chica de la curva. Nada, ni eso.

Llego a destino, hasta la barrera se abre sin necesidad de pasar mi tarjeta de identificación, como si me estuvieran esperando. Aparco a la primera, relativamente cerca del edificio principal. Me calzo las botas de puntera reforzada en el vestuario, atravieso el torno de seguridad, el siempre serio guardia jurado sonríe. Lo dicho, un timo esto del día fatal.

Entro en la nave. Palets por doquier, cajas, plásticos y cartones por el suelo, vigas de acero, máquinas ruidosas, trampas para conejos llamados flejes, escalones pendencieros, toros mecánicos a toda velocidad, transpaletas con vocación de Fórmula Uno… (Recuerdo un dato: el día de regreso de vacaciones y la víspera de tomarlas estadísticamente ocurren más accidentes laborales…) imposible seguir con tal paranoia en la cabeza. Me persigno mentalmente.

Martes y viernes y trece.

¡Que sea lo que Dios quiera! ¡Mañana fiesta!


Relacionada: F231 ¿Otra de miedo?

 

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

F261 - Mudando la piel (mar Cantábrico) (y II)

Son ocho. Cuento de una en una a medida que van tomando asiento. Tarea fácil pues lo hacen cerca de mí, en el banco corrido que recorre el lado de babor, a mi derecha. Yo me encuentro sentado en la zona central mirando hacia proa, así lo decidí tras un amago fallido de viajar en la parte exterior trasera, junto al banderín. Aquello se movía como un demonio y los vistazos a la espuma generada por los motores me causaban un poquito de ansiedad, sólo un poquito. ¿Y si viene un golpe de viento, de mar, del destino y caigo de espaldas? Para mí cruzar la bahía de Santander en ferry equivale a surcar el océano Atlántico a bordo de la nao Santa María.

Quita, quita, mejor en el interior, formal como un alumno aplicado, mirando hacia adelante, contemplando las vistas a través del cristal y el resto del pasaje, contándolas una por una, ocho son.

Frente a mí, sobre el panel blanco que separa la cabina de pilotaje del resto, un cartel llama mi atención; mensaje de letras mayúsculas en rojo sobre un fondo blanco que se confunde con la pared: PROHIBIDO ARROJAR BASURA A LA MAR, reza. Junto a éste, el consabido NO FUMAR, en negro, y adherido el dibujo de un cigarrillo humeante tachado.

Estamos perdidos, me digo. No existe solución ni marcha atrás, cuando se ha de advertir en rojo el sentido común, cuando hay necesidad de recordar a los pasajeros que no deben tirar el envoltorio de las galletas por la borda.

Son ocho, como indiqué.

Las reconté una tras otra, según se acomodaban, como solía hacer en tiempos escoceses metido en mi papel de cuidador de criaturas (‘Educador’ se me antoja grande, pretencioso, utópico). Counting heads, lo llamaban por aquellas tierras.

Una, dos, tres… ocho niñas mudando la piel a jovencitas. A continuación, cuento el número de aparatos diabólicos en sus regazos (apuesto a que ustedes ya adivinaron su naturaleza): uno, dos, tres… siete teléfonos móviles, siete pantallas que rompen la magia del momento con su brillo impertinente. Observo la postura grupal mayoritaria: manos sobre los muslos, dedos voladores, barbillas clavadas en el pecho. Las mochilas estudiantiles a sus pies (de llamativos colores: rosa, verde, amarillo, azul celeste, fucsia…; incluso una muestra a Hello Kitty). Tan sólo la última chica, la más distante, carece del artilugio, siendo ésta claramente la benjamina del grupo (rostro aniñado, camiseta infantil, pantalón largo) mientras que la primera, sentada cerca de mí, mantiene el aparato entre las manos, pero lo ignora, prefiere contemplar al resto de pasajeros, el barco, el mar. Tratando de absorberlo todo, de disfrutar el instante, el protagonismo que le concede este día: su cumpleaños.

No, no soy familiar de la bruja Lola, ni acostumbro a estudiar los posos del café, me limito a beberlo. La muchacha luce vestido verde, con ribetes blancos, de corte un tanto clásico, como si fuera una egebera perdida en el tiempo; un atuendo largo, discreto, recatado, diría que formal, de cuello recto (¿barco?), tal vez un tanto anacrónico, y una banda de un rojo festivo cruza su torso, anunciando a los cuatro vientos el grato acontecimiento.

Reparo en la presencia de al menos un adulto acompañante, se trata de una mujer de mediana edad, signifique esto lo que signifique hoy en día. Se limita a preguntar si todo va bien, prestando especial atención a la festejada, la cual, apostaría todos mis libros, es su hija. Ésta responde que sí, con una sonrisa un tanto dubitativa, quizás fruto del cansancio, de la presión que conlleva el protagonismo, de la proximidad materna. Al mismo tiempo, gira el móvil sobre su rodilla, ocultando la pantalla, tal vez en un acto reflejo (¿obedeciendo alguna clase de restricción parental?) o quizá, creo yo, motu proprio pues poco caso le hacía al cacharro.

Resulta curiosa la formación, parecida a la de un comando militar: en la parte central, las seis mocetas enganchadas a la pantallita —con aspecto más acorde a estos tiempos, para su edad: pantalones muy cortos, camisetas de tirantes, melenas larguísimas, pestañas imposibles (thank God naturales)— están acotadas por las dos que no utilizan el móvil. La más cría, a un extremo, y la cumpleañera en el otro. Como si de alguna forma las escoltaran, vigilaran alrededor, protectoras, mientras aquéllas se pierden dentro del ciberespacio.

Niñas que anhelan escapar de la niñez, cada una a su ritmo. Sufriendo, disfrutando esa edad previa a la metamorfosis hormonal, al boom de los caprichos, de la indiferencia, de los morritos, de los ‘¡nadie me comprende!’ y ‘¡mamá te odio!’

Crías que se zambullen en el interior de una pantalla que les promete felicidad instantánea, mientras son arrastradas, poco a poco, a la oscura profundidad, siendo alejadas de la brisa marina, de las risas, del olor a salitre, del graznido de las gaviotas que acompañan al barco.

Tentado me siento de levantarme y con gesto rápido en dos o tres (okey quizás cinco) zancadas y mediante seis rápidos manotazos arrebatarles los cacharritos infernales disfrazados de inocencia (fundas de vivos colores: rosa, verde, amarillo, azul celeste, fucsia…; incluso una exhibe a Hello Kitty) y tirar todos ellos por la borda al grito de “¡Basura al agua!”, a pesar del riesgo de ser detenido, juzgado y condenado por: hurto, contaminación medioambiental y acoso psicológico a menores.

Mas a quién pretendo engañar si yo mismo, con tanta mili en las botas, no logro deshacerme del aparato maligno y sus tentaciones: guasap, caralibro, telegramo, amistades-desconocidas-punto-com… incluso este querido blog pertenece al vasto concepto: redes sociales. ¿A quién voy a engañar cuando acabo de enviar al éter virtual una imagen de las seis zamburiñas que me zampé a la hora del vermú? Lucían como seis soles —con sus conchitas y ese brillo pintado a brochazo de chef— y murmuraban: cómeme y exhíbeme, o viceversa. ¿Y a quién demonios le interesa lo que este pobre veraneante almuerce?... pues a todos los que acaban de contemplar la foto y pinchado un laik, un pulgar hacia arriba, un corazoncito, un par de manos aplaudiendo, una carita amarilla que babea… ¿A quién pretendemos engañar los adultos? ¿Qué mierda de ejemplo les estamos dando a los críos? No, la mayoría de nosotros (me incluyo) no posee la autoridad moral para censurar a la chavalería. Ésta hace lo que ve. Nos imitan desde canijos. Tal vez si nos observaran con un libro entre las manos…

No es una cuestión de edad sino de educación: control de horario, selección de contenido, oferta alternativa (libros, juegos de mesa, actividades en el exterior: más balón y bici, y menos teclas). Insisto, ¿a quién queremos engañar los adultos? Ayer mismo, noche cerrada, subo la pendiente que conduce al hostal caminando por la estrecha acera, deslumbrado por los faros de los coches de frente, rezando para que ninguno invada el pavimento; al otro lado de la carretera, a las puertas de otro albergue cinco jóvenes ya no tan jóvenes (todos hombres) separados entre sí varios metros —en soledad, pues—; cada uno de ellos ensimismado con su pantallita, hipnotizado bajo la luz azulada que rompe la penumbra; uno fuma mientras teclea, otro pasea monótono con el torso desnudo (claramente guiri, cinco pasitos a la derecha, cinco a la izquierda) mientras habla al aparato sostenido en horizontal junto a la boca cual tostada a punto de ser devorada. Más lejos otro, de cuclillas, absorto desliza una y otra vez el dedo índice hacia arriba, para que el contenido de la pantalla baje y baje y baje… hasta el infinito y más allá.

No tenemos remedio los adultos.

—Vero, dice tu madre que la llames.

La nombrada mira a la cumpleañera con desagrado, un ‘qué dices, qué rollo’ no pronunciado.

—Lo ha puesto en el grupo —dice aquélla encogiéndose de hombros.

Vero, con un par de tecleos a la velocidad de la luz, cambia de pantalla y se lleva el móvil al oído:

—¿Qué quieeeres, mamá?

Detrás de mí, una cuadrilla de pasajeras no quita ojo al grupo juvenil. Ropa de monte, bastones, mochilas. Son caminantes francesas, risueñas, jubiladas y guerreras.

—Felisidades, guappa —dice, sonriente, la de cabello níveo —¿cuál cumpleaños? —añade de manera un tanto descuadrada.

—Gracias. Trece —dice la niña sin reparar en acento ni formas gramaticales.

Nos disponemos a desembarcar, cedo el paso a las veteranas de guerra y al comando festivo. No puedo evitar felicitar a la muchacha que agradece el detalle con un ‘muchas gracias’ y tímida sonrisa. Quizá sintiéndose un poquito mayor, no tan niña, tal vez orgullosa, hace ya rato que guardó el teléfono dentro de la mochila verde… y cerró la cremallera.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

F260 - Me quedaría a vivir (mar Cantábrico) (I)

No puedo resistir la tentación. Ahí permanece, agazapada, retándome desde el día que crucé el umbral de la habitación del hostal costero. Susurra mi nombre cada noche, la puedo oír desde la cama. Es una mesa escritorio amplia, en frente una silla acolchada de alto respaldo, sorprendentemente cómoda. Un pupitre de madera en tono claro, sólido, estable (ni un poquito cojea). Vamos, que parece un cuarto diseñado para un opositor más que para un veraneante ocioso. Me tienta, no puedo perder la oportunidad, pienso, ¿habrá sido colocado a propósito para mí? Si a la mesa le añado uno de los flexos que hay situados sobre sendas mesillas y despejo todo lo que sobre ella descansa ordenadamente desorganizado: tiques de compra (que jamás revisaré), folletos turísticos (que sólo hojearé, sí con hache), novela, llaves, cartera, gafas, mapa, periódicos, botellines de agua, cargador, librillos de crucigramas y esas cositas, quedará un escritorio magnífico, un rinconcito de las letras ambulante. Para algo traje libreta, me digo, más bien cuaderno como los de antaño, con sus grapitas discretas, sin anillas enrolladas que tanto molestan a la hora de escribir.

Son las cinco de la madrugada, el insomnio llama a la puerta, los murmullos desde el rincón se hacen insoportables. Me rindo, saltó de la cama, el frescor del suelo alivia mis pies maltrechos. Con sigilo, despejo la mesa como ya hice mil veces mentalmente, sobre la superficie tan sólo quedan el cuadernito egebero, el flexo secuestrado y un bolígrafo Bic azul como el mar.

La playa, digna de postal turística. La mañana brillaba como si fuera escena de una serie Netflix —pero sin filtros ni Photoshop ni demás trucos— de un cuento moderno. Sólo a falta de banda sonora. Guiris, locales, surferos por doquier, paseantes con vocación maratoniana o quizás caminantes de Santiago frustrados. Olas majestuosas que se construyen sin avisar a nadie del tamaño que alcanzarán, que rompen con estrépito, escandalosas, con una cadencia irregular sólo conocida por el relojero de la mar.  Sorpresa, sorpresa. Jamás des la espalda al mar, salvo si eres un surfista sobre la tabla a la espera del empujón que te hará feliz por unos instantes o que frustrará tu intento por enésima vez descabalgándote. Cielo o infierno en unos segundos. Pero el surfero nunca se rendirá, porque lleva sal en la sangre. No es mi caso, no se asusten.

Enamorados de una tabla como aquellos que se enamoran de una botella. Más saludable, eso sí. La mayoría: jovenzuelos, alumnos de las diferentes escuelas de surf que hay en el pequeño pueblo costero. Mas la edad no parece ser obstáculo, hay intrépidos aprendices de toda aquélla. Ataviados con sus trajes especiales cabalgan una y otra vez las tablas rebeldes. Se tumban sobre ellas, boca abajo, les susurran palabras secretas, puro camelo de enamorados. Reman con los brazos, furtivas miradas hacia atrás buscan los ojos de la próxima ola. Calculan tamaño, velocidad, ritmo, altura, distancia… la química entre dos amantes. Tan sencillo como sincronizarse con ella, tan complicado. A punto de alcanzar la cresta, los más habilidosos se levantan con un salto de rana, otros utilizan la técnica de dos tiempos, primero se acuclillan y después se incorporan. Todo ello tan rápido que escapa al ojo no entrenado. Por último, los aprendices y novatos toman la ola tumbados sobre la tabla, intentando cada vez la difícil tarea —para mí roza la imposibilidad— de ponerse en pie sobre ella para surcar la cima, en vano intento de domarla —a la tabla, imposible domar la ola— como si de una potra salvaje se tratara.

Paseo por la arena húmeda, observo, respiro, vivo.

Otra escena llama mi atención. Parece sacada de la serie televisiva Vigilantes de la Playa, pero actualizada. Cuatro voluntarios de la Cruz Roja, enfundados en sus bañadores rojos, jovencísimos todos ellos, en plena tarea de botar la enorme moto acuática de rescate —verde esmeralda, verde esperanza—. La portan en un remolque de voluminosas ruedas con tacos gruesos (parece un vehículo lunar o aquel famoso robot marciano que nos tuvo en vilo durante no sé cuántos telediarios). Faenan a mano, el pequeño jeep aparcado fuera de la vista. La cuadrilla lucha contra el oleaje, ardua tarea. Uno de los chavales, sentado a horcajadas sobre la moto, el compañero sujeta la camilla adherida a aquélla en posición vertical para facilitar la maniobra de arranque; ambas chicas, menudas, saltan una y otra vez, en la retaguardia, haciendo palanca, presionando fuerte con sus brazos, hacia abajo, el borde trasero del remolque para soltar la moto atascada (cuyo morro ya chapotea en el agua); una pequeña odisea, liberar la moto del abrazo del remolque con semejantes olas que parecen disfrutar saboteando los amagos socorristas.

Cruzo los dedos —la mirada escudriñando la lejanía— ruego que todo sea mera práctica, una rutina, un ensayo, que no se trate de una emergencia real.

Primera tentativa (empujón), segunda (empujón), a la tercera va la vencida, dice el dicho, y así acontece. La moto queda liberada del abrazo maternal del remolque, siempre protector que, temeroso del mar, ansiaba tenerla a su vera para siempre. Las muchachas suspiran aliviadas mientras ven la moto alejarse, primero despacio, con cuidado de no embestir a algún bañista o colisionar con una tabla. El chico de la camilla, el ‘paquete’ dirían los moteros, extiende aquélla sobre el agua colocándose sobre ella en una posición extraña, entre arrodillado y tumbado, y agarra la sujeción como si le fuera la vida en ello. El piloto no se corta, poseído de repente por el espíritu de Marc Márquez, mete gas, encara cada ola de frente, quién dijo miedo, quién mencionó prudencia, sin importarle tamaño ni fiereza. La moto se encabrita, vertical, buscando el cielo azul con vocación de cohete, y cae sobre la panza salpicando litros de espuma. A cada ola, vuelvo a cruzar los dedos para que ésta no desmonte a los bravos moteros. La moto se aleja a toda velocidad, las rescatadoras sacan del agua el vehículo lunar, no miran como hago yo y decenas de bañistas —haciendo visera con la mano— tratando de localizar al nadador en apuros. Deseando verlo, rezando por no hacerlo. No lo hubo, gracias a Dios o a Neptuno o al mismísimo Ra. En lontananza la moto vira hacia la derecha y surca veloz el mar sin olas con trayectoria paralela a la playa. Tanto los curiosos como yo mismo perdemos interés: no hay urgencia, no veremos a ninguna Pamela Anderson, a ningún David Hasselhoff corriendo a grandes zancadas, con aquel absurdo flotador en la mano, al encuentro de la camilla flotante para salvar la enésima vida sin despeinarse, mirando de reojo a cámara.

Continúo el paseo, doy media vuelta, ahora contemplo el mar a la izquierda para así equilibrar una potencial tortícolis y la descuadrada cadera. Los pies doloridos agradecen la arena mojada y rozan el orgasmo podal con los besos de agua salada. ¿Y si me quedo a vivir…?

Sin embargo, no puedo evitar la nostalgia, el sueño incumplido; no logro llenar el vacío, no ceso de pensar cómo serían el paseo, las vistas, la brisa, las olas lujuriosas que lamen los pies… con los dedos de mi mano entrelazados a los de Ella.

El éxtasis erótico-festivo-romántico se evaporará poco después, entre juramentos en arameo: ascender el Tourmalet que lleva al hotel, en chanclas; el sol abrasando la nuca desnuda; la omnipresente y estúpida arena: entre los dedos de los pies, en el bañador, en la ducha, entre las sábanas (¿cómo es posible?). El Paraiso tiene una fecha de caducidad casi inmediata.

Sigo caminando, observando, viviendo.

Cruza delante de mí con paso decidido, parece no afectarle la inestabilidad del suelo húmedo, el empuje de las olas al morir. Sale del agua arrastrando bajo el brazo una tabla grande de un color naranja butano. Cabello negro —a juego con el traje surfero que la envuelve— y largo, cuyas puntas chorrean sobre su rostro. Sonrisa tímida que nace en los labios y alcanza sus iris marinos. Cuerpo atlético que dice adiós a la treintena.

—Bueno, bueno, te he visto muy bien ahí dentro —dice el instructor, veinteañero, fibroso, rostro con un aquél de actor secundario– de aquí ya a Nazaré —añade divertido, de buen rollo, con sonrisa de lobo viejo.

La mujer devuelve la sonrisa multiplicada por cien. Ignoro si debido al piropo hiperbólico o al parecido del tipo con el personaje moreno de ‘Le llaman Bodhi’.

Sus sonrisas contagian la mía.

Tres buques mercantes, tres, surcan el horizonte, su color —rojo, verde, negro— difuminado por la neblina de la distancia. Uno tras otro como si compartieran rumbo. Algo más cerca, un velero cuyas velas buscan el beso del mar, inclinadas en pronunciado ángulo. El faro vigila incansable, majestuoso en su islote. A lo lejos, la prisión de El Dueso nos ancla a la realidad, recordándonos la parte gris del cuento al que llamamos vida.

Cada día, después de un rato en el mar, el espejo del baño del hostal realiza su número de magia (desconozco la razón): los michelines que gobiernan mi cuerpo se retraen, se ocultan, los hombros se ensanchan; incluso me contemplo algo más guapo. “¡El agua salada es la hostia!”, le digo al sujeto detrás del cristal. Siempre lo tuve claro, si me hubiese criado en un pueblecito costero cántabro, habría practicado el noble arte del surf, y ahora luciría tipazo y una tableta de chocolate digna de Nestlé. Hubiera dejado crecer mi pelo y mostraría un parecido razonable con Patrick Swayze como Bodhi. Lástima que, tras el almuerzo, la cena, las raciones de catorce zamburiñas, doce croquetas, dieciséis sardinas, veintitrés navajas, una tarrina nocturna donde el peñón de helado alcanza tal altura que la cucharita clavada en la cima siente vértigo, y ni siquiera los monos osan treparlo… —“Estos cántabros no entienden el concepto de media ración”, me digo— todo vuelve a su lugar: las lorzas al otro lado del espejo y los sueños surferos al limbo de los sueños.

 

P. D.: Fargadita dedicada, con cariño, a Galaxy, ex forera Spaniards, super mami, y cántabra. ¡Aúpa el Racing!

 

martes, 18 de agosto de 2026

F259 - ¿Trastos?

Papeles, libros, ropas, obsequios, suvenires… en su día objetos con carga sentimental algunos de ellos fueron. Ahora condenados al oscuro interior de una caja a modo de prisión. Poco a poco, transformados de forma silenciosa en cachivaches, porsiacas, chismes, cosillas… llámenlos como prefieran.

¿Cuánto tiempo separa un tesoro de un trasto? ¿Cuánto tiempo es necesario esperar para deshacernos de algo? ¿Cuántos inviernos debes guardar un jersey que nunca vistes? ¿Cuándo se deslava el sentimiento y dejas de ver aquellos dibujos infantiles — regalos de los peques que cuidaste— como algo que provocó lágrima, para etiquetarlos “objetos de culposa indiferencia”? ¿Cinco, diez veintipico años? Siempre lo afirmé, mi vida cabe en un puñado de cajas —antaño de cartón, hoy de plástico duro con tapa, incluso alguna luce ruedas— cajas que me acompañan de un sitio a otro, llenas de papeles, de libros, de agasajos, de recuerdos… de trastos.

¿Cuánto tiempo debo esperar para deshacerme de ellas y encarar el presente, el futuro, para enterrar el pasado? ¿Existe algún libro de autoayuda que pueda guiarme?, tal vez un “Manual de Conversión al Minimalismo”, un “Cómo convertirse en discípulo de Marie Kondo sin perecer en el intento”, un “Atención: primeras señales del Síndrome de Diógenes” o quizás uno más radical cuyo título rece: “Diario de un Espartano: yo, mi espada y mis alpargatas”. ¿Algo por el estilo, que arroje un poco de luz sobre este pobre acumulador de trastos?

Tarjetas de cumpleaños, tarjetas navideñas, tarjetas de fue-un-placer-hasta-pronto-te- echaré-de-menos ; teléfonos móviles obsoletos (o eso afirman, aguantando la risa, los que nos controlan, siempre malditos sean); tacos de fotografías en papel sujetas con goma elástica (las fotos de verdad, las que observas, tocas, enseñas a tu nueva chica: “Mira qué guapo era de crío; observa qué bien lo pasé el primer año en Edimburgo; contempla esta estampa grupal, qué belleza, qué autenticidad, cuánta inocencia; Y aquí, con mis nenes, observa sus miradas, sus caritas ingenuas, el futuro inmenso ante ellos.”); cargadores varios, cables de función desconocida, cámaras fotográficas digitales del Pleistoceno, baterías, tarjetitas de memoria pertenecientes a vaya usted a saber qué aparato, disquetes de computadora inútiles, deuvedés con maravillosas películas que ya ni siquiera en el ordenador puedes admirar, unidades de disco duro externas que contienen miles de fotos olvidadas (nunca se miran las instantáneas incorpóreas, sin embargo, continuamos acumulándolas como si su mera destrucción trajera mal fario)…

Quizás todo se reduzca al tiempo restante para la próxima mudanza. Ahí es donde comienzas a ver las orejas al lobo. O tal vez no la haya, pero tu mente calcula, planifica por si acaso debes salir corriendo, una vez más, y no vendría mal reducir el número de kilos que te acompañan, minimizar el número de cachivaches, de recuerdos, de cajas.

Supongo que mi cerebro se ha hecho a ello, a estar preparado para la próxima. Uno tiene su historial y, como el malhechor reincidente, presume con orgullo de su lista de antecedentes. Calculo que realicé una quincena de mudanzas en mis tiempos escoceses, quizá más, durante los casi trece años y medio que permanecí en Edimburgo. Nunca residí en otra población. En alguno de esos destinos estuve semanas, meses, en otros, años. El máximo, mi última estancia, seis años con mis encantadores caseros (matrimonio arañando la jubilación), en una típica casita británica (planta de abajo: hall, living, cocina, baño; planta superior: toilet y tres dormitorios); jardín trasero de hermoso tamaño, limitado por altos setos bien cuidados, donde tendía la ropa de cama —el frescor de la brisa nórdica, el aroma, el aleteo y su flapflap— las estivales mañanas sabáticas como si viviera dentro de una película de sobremesa dominical; y otro pequeño jardín frontal, con su verjita. El que menos, un par de noches y luego a la calle, cosas que pasan.

Recuerdo una en especial. Una mudanza imprevista a un hostal o albergue para mochileros. Siete meses conviviendo con tres personas —dos literas—en una habitación. Incluso tuve que alquilar un trastero (pura necesidad logística), de esos por metro cúbico (el menor y más barato), similar al utilizado por los protagonistas de Breaking Bad (salvo qué en lugar de un colchón formado por millones de dólares en billetes, yo guardé mis libros, papeles, recuerdos en un puñado de cajas de cartón grueso (otrora continentes de bananas en el supermercado cuyo nombre imaginario fue Tesda).

Nunca me había ocurrido, hasta que un día sucedió. Después de varios años como residente en la capital escocesa, después de unas cuantas mudanzas, uno cree que ya lo vivió todo, que es un experto en aquello de cambiar de piso, de compañeros, de barrio. Uno se cree conocedor de todo el género humano, un catedrático en Antropología por la Universidad de Oxford, nada podrá sorprenderme, se dice, hasta que un día viene la sorpresa vestida de largo y, fiestera, llama a la puerta: toc, toc, toc. Te ves en la calle, con un montón de cajas y maletas y bultos y mochilas. ¿Y ahora qué?, te dices. ¿Qué carajo hago? Salió mal la vieja estrategia, la mil y una veces recomendada (para cualquier aspecto de la vida): “Tú, al igual que los monos, o el mismísimo Tarzán en sus buenos tiempos: no sueltes una liana hasta tener bien agarrada la otra” (se aplica en el cambio de casa, de coche, de trabajo, incluso los desaprensivos, o les debería llamar los listos de la vida, lo aplican a la muda de pareja). Pero, a veces la segunda liana se rompe chas, y te pegas una costalada contra el suelo que roba el aliento. Y eso sucedió aquella vez, la chica (australiana), que iba a concederme una de sus habitaciones, se echó para atrás en el último instante: “So sorry”, dijo por el telefonillo. “Más lo siento yo, bonita”, pensé sin llegar a decirlo.

El final del episodio tuvo forma de hostal, como he indicado, un albergue para trotamundos situado en la principal zona de copas de la ciudad antigua. Repleto de australianos (aussies) y neozelandeses (kiwis), primo-hermanos, que visitaban descalzos los pubs de alrededor. Imaginen el percal. En el cual permanecí siete meses (consagrado a unos cursos, y trabajando, no disponía de tiempo sobrante para buscar piso). Larga estancia que finalizó, de forma abrupta, una madrugada de viernes, siendo escoltado por la Policía, pero eso pertenece a otra batallita. De vez en cuando, cogía el bus 34 y me acercaba a la nave de trasteros, en el extrarradio. Accedía con un código secreto (incluso me hacía ilusión, como de señor importante). Y allí me tiraba un rato, cerrada la puerta, entre mis tesoros, abriendo y cerrando cajas de plátanos. Cogiendo novelas para releer, buscando fechas y anécdotas entre mis diarios, mirando, acariciando con nostalgia las fotos tomadas en las viejas noches de farra con John, con Jenny, con Kelly, Marcus, Michelle, Donna, Neil y el resto de la gente del gimnasio (mi primer trabajo, en su cocina). Luego cerraba, con mimo, todas las tapas de cartón, de plástico. Apagaba la luz, bloqueaba el código y tomaba un autobús de regreso a la ciudad.

¿Pretérito, presente? qué importa. A cada año transcurrido se complica el asunto, se acumulan los libros, los papeles, los dibujos infantiles, las tarjetas, los obsequios, las cajas. Los útiles con vocación de tesoros y destino como trastos. Apuntes, libros de texto, agendas, fotocopias encuadernadas. Carezco de arrojo, o de indiferencia, para enterrar en las profundidades azules del contenedor todo aquello que genera de la nada —cual milagro— cada Curso estudiado, cada trabajo experimentado, cada periodo vivido.

¿Cómo hace el resto de la gente? ¿Dónde guarda tanta cosa?

¿En esto consiste la vida, en acumular, despreciar, deshacerse de trastos hasta que llegue el día cuando el trasto sea uno mismo?

A veces, me sorprendo planeando, viniéndome arriba, una pura fantasía: llegará un día en el que me arme de valor, o desesperanza, y queme todo ello, cajas, maletas, libros, regalos, ropa, móviles, fotografías… todo. Levantaré una gran pira (digna del Primer Premio de Marchos de Fuenmayor) en el jardín trasero utópico, inexistente. Tan sólo salvaré una mochila pequeña, en su interior: una muda, las gafas de viejo y un libro. El único que sobrevivirá a la quema, cual ninot ganador. Éste último, de Arturo Pérez-Reverte, siempre lo llevaré conmigo. Lo conservaré hasta que sus páginas amarilleen, sus tapas se agrieten, el lomo se deshilache. Lo guardaré hasta que mis dedos temblorosos no soporten su peso. Una novela siempre ligada a mi escapada, a mi propia aventura. Más de una docena de veces releída desde aquel mágico año 2002, cuando entre sus páginas —estrenadas (despacio, disfrutándolo) tan sólo en mi día libre de cada semana— soñaba con ser valiente, duro y fiel como Potemkin Gálvez, pícaro, astuto, divertido y canalla como el Güero Dávila, previsor, listo y profesional, a la par que atractivo como el gallego Santiago Fisterra y, por supuesto, frío, calculador, inteligente, simétrico… y guerrero al igual que “La Reina del Sur” Teresa Mendoza, alias La Mejicana:

—Cierra la boca… o juro que te mueres.

 

viernes, 24 de julio de 2026

F258 - Allende los mares

¿Quién fue crío y no soñó con ello? ¿quién no pateó un balón en una explanada de tierra —dos pedruscos como postes, larguero “a ojo”— emulando a sus ídolos? ¿quién no corrió, con la pelota bajo el brazo, a casa porque comenzaba el partido que emitían por televisión?

Yo, al menos, sí lo hice. Soñar, jugar, correr, contemplar con devoción en la pantalla a aquellos jugadores con azulada pantaloneta y casaca roja de manga entera, aquellos tipos duros, serios, limpios de tatuajes, bigotudos y con el cabello largo. Aquellas figuras erguidas, con el rostro al frente o hacia el cielo cuando sonaba el himno nacional.

La furia roja, denominaban a la Selección española por esos tiempos. Furia que solía quedar en agua de borrajas, ronda de penaltis u octavos de final del correspondiente mundial. Copa del mundo, lo llaman ahora para darse importancia. Furia roja que tan sólo se reflejaba en la cara de mala uva de Camacho, las pechadas de Juanito y las medias por los tobillos de un tal Gordillo galopando por la banda (trozos de césped y tierra negra casi salpicaban la cámara). Luego vino aquel entrenador, seleccionador infame, cuyo nombre no quiero recordar, con su ‘patadón parriba’, tratando de emular a los ingleses sin siquiera rozar su esencia, sin poner todo el corazón en su trabajo, sin sentir el escudo (ni la bandera) que su chándal representaba. “¿Para qué, si me pagarán igual?”, debió de pensar, el innoble.

“Nunca ganaremos los mundiales”, creímos apesadumbrados durante la infancia, la adolescencia, la primera adultez.

Entonces, muchísimo tiempo después cuando el sueño lucía tan deslavado que casi transparentaba, amaneció el once de julio del año dos mil diez; surgieron las trompetas aquellas que inundaban los estadios sudafricanos con alegre escándalo —vuvuzuelas, las bautizaron— nació el tiqui taca, aparecieron cual estampas milagrosas San Andrés Iniesta y su gol eterno… Iniesta empaquetó con mimo, puso un lacito colorado y nos regaló el sueño de nuestra niñez. Dos hombres cabales, serios en lo suyo, profesionales, sentidos de los colores que representaban lo hicieron posible: El Sabio de Hortaleza (Luis Aragonés) plantó la semilla, Vicente Del Bosque la regó, la bendijo y entre todos cosecharon el fruto en forma de copa mundial, la primera.

Edimburgo rebosaba entusiasmo. Incluso el clima (siempre caprichoso en la capital escocesa) respetó la competición: cielo azul turquesa sobre el castillo majestuoso —perenne custodio— ni una nube oscura que pudiera traer mal agüero, luz que reclamaba gafas de sol. La ciudad se volcó en el Campeonato Mundial de Fútbol desde el primer día: pantallas gigantescas en las terrazas hosteleras (los beer garden), pubs con ofertas especiales de comida (denominadas como países) y, sobre todo, de bebida, colorido futbolero por las calles (no permitido en el interior de los bares, por seguridad), ambiente jaranero propio del Festival Fringe de agosto (icono de la capital). Los escoceses, pronto huérfanos de selección, se unieron con gusto a la afición española. Cualquiera les hubiera bastado, excepto la archienemiga Inglaterra. Pero, adoran España, a sus gentes, su comida, sus playas, su forma de disfrutar la vida, nuestra naturaleza. Eso me decían, en cada encuentro, en cada conversación.

Presencié la semifinal en la terraza exterior del pub Three Sisters; colocaron una pantalla enorme, los rayos solares obligaban a buscar el ángulo correcto de visionado. Corrieron las pintas de cerveza, los cánticos, el entusiasmo: acudió a la cita, por aclamación, el gol victorioso contra la siempre poderosa Alemania… se acercó el sueño.

Para la gran final, ante Holanda, barajé varias posibilidades (regresar al Three Sisters por aquello de la superstición, bajar al barrio de Leith, probar en algún bar desconocido, verlo en casa estaba descartado). Me decanté por el céntrico pub Tron con varias estancias, barras y televisores modernos por doquier. Llegué algo tarde, recuerdo, pedí una pinta de cerveza y, sin pensarlo demasiado, entré en una de las salas. Pronto topé con una sorpresa, algo no cuadraba, me vi rodeado de camisetas anaranjadas (no se permitían banderas ni bufandas identitarias). Divertido, y algo acongojado, corroboré la sospecha: me hallaba en territorio Comanche, tierra enemiga, en mitad de la afición holandesa. Me identifiqué (no suelo llevar colores) ante algunos de ellos: estos reían, chocaban sus vasos contra el mío, me observaban con la displicencia rayana en la superioridad propia de fanes de la Naranja Mecánica, o quizá se trataba de ansia vengativa por todo el tinglado que les montamos con los Tercios. El pitido final del primer tiempo resonó sobre un marcador a cero. Sin perder un segundo, corrí a por otra pinta, a buscar otra sala, antes de que cayera prisionero.

Acá sí, la marabunta Spaniard. Cánticos, risas, silbidos, eufórico barullo —los ingredientes del jolgorio ibérico— alguna que otra bandera semi escondida (supongo que aquel día no se mostraron estrictos los porteros del bar; la separación por habitáculos ayudaba a la convivencia) un puñado de camisetas rojas. Mucha cerveza, amagos de calimocho (siempre surge algún camarero que conoce el combinado), chicas bonitas, fotos, camaradería y una terrible nostalgia. Añoranza dolorosa (garganta, intestinos, corazón) por estar allá, en nuestra tierra, por el centro de Madrid, a lo largo del paseo marítimo de Málaga, en la Gran Vía logroñesa…

“¡Yoo sooy

Españool, españool, españool

Yoo sooy

Españool, españool, españool!”

Rugían las gargantas regadas con cerveza y entusiasmo. Retumbaba el suelo de madera bajo decenas de personas botando y botando y botando.

Minuto 90, los nervios piden salir del cuerpo. Tiempo de prórroga.

Y luego el minuto 116 hizo saltar por los aires, en miles de pedazos, aquellos nervios; la ola expansiva, que olía a rabia histórica y euforia, fue provocada por el gol que hizo inmortal a Iniesta. Los abrazos, los saltos, el corazón desbocado, la piel de gallina. Éramos Campeones del Mundo, sí, yo también, aquel niño que corría tras un balón de reglamento en una explanada de tierra seca, soñando con ser Santillana.

Dieciséis años más tarde

Me escapo al terruño porque hay acontecimientos que así lo requieren. Logroño, calor sólido de sandía, larga siesta, jarra de agua fría.

Es mediodía, quedan apenas ocho horas para la gran final: España contra Argentina. Tomo un refrigerio sentado en una terraza bendecida con sombra y una ligera brisa. Un coche rojo descapotable, antiguo, recorre Avenida de la Paz. El sol brilla sobre la carrocería, dos livianos mástiles flanquean el habitáculo, sujetos a sendos retrovisores, las banderolas rojigualdas ondean emitiendo un suave aleteo. Para mí, un grato baño de irrealidad tan cerca, tan lejos de la ciudad blanca. En el asiento de copiloto, un niño de unos diez años acompaña al que supongo su padre que conduce despacio, el rostro de aquél iluminado —todo sonrisas y ojos— mientras presiona una y otra vez la bola de goma de la vieja bocina, un crío feliz contagiando su felicidad, ignorando que tal instante lo recordará toda la vida. Todavía, grabado a fuego en la memoria, vislumbro la figura de mi padre cuando me recogió del Colegio Internado de Lecároz (Baztán) aquel día de final de curso; paramos en una venta de carretera a las afueras de Estella (bocadillo de jamón, Coca-Cola) para ver el debut de España en el Mundial del ochenta y dos, el Naranjito, la furia roja… todo aquello. Y a mi padre ni siquiera le gustaba el fútbol, supongo le bastaba contemplar mi rostro iluminado, todo ojos y sonrisas.

Nunca pude comprender (bendita inocencia) que los amiguitos del pueblo prefirieran la victoria del Brasil a la de Argentina. Que “fueran con” aquellos sujetos vestidos de amarillo pollito que parlaban portugués caribeño, y no con los que lucían lindo conjunto albiceleste, nuestros primos hermanos (en mi caso, literalmente) y hablaban nuestro idioma. Lo veía como una afrenta a nuestra cultura, a nuestra historia, a nosotros mismos. Con los años, la vida, descubrí que existen politiqueo e ideología que todo cuanto tocan lo emponzoñan, incluso las infantiles pachangas balompédicas en una explanada de tierra. Recuerdo el consejo parental cuando yo les bombardeaba con preguntas tras uno de aquellos episodios, sobre cosas que había escuchado a otros muchachos comentar (tanques, banderas, canciones prohibidas…), mi padre sonreía triste y decía: “Hijo, tú simplemente disfruta jugando al fútbol”.

Y así lo hice, así trato de seguir haciéndolo, el disfrutarlo, sin importarme quién dirige un país u otro, quién descansa el trasero en la poltrona, quién decide asuntos que nada tendrían que ver con un partido de fútbol, y mucho menos con el sueño de uno críos.

En esta ocasión, al amparo de un bar logroñés, también acudieron los cánticos, los gritos, los nervios. También llegó el gol histórico y otro jugador de casaca roja subió al santoral futbolero: el valenciano Ferrán Torres y su inmenso zurdazo. Segunda estrella para la camiseta, estrella con Denominación de Origen Rioja, gracias al seleccionador jarrero: Luis de la Fuente.

“¡¡La geente canta con ardoor

Quee viiva Españaa

La viida tiene otro saboor

Y España es la mejor!!”

Coreamos, en plena celebración, el himno oficioso del gran Manolo Escobar que atronaba por los altavoces. Botando, abrazando, gozando.

Siempre tuve un pedacito del corazón con la Argentina. Deseé la final que resultó, sabiendo que los argentinos serían un rival mucho más complicado que Inglaterra. “Descendientes” de aquel duro Mario Kempes “el Matador” de zurda potente, velocidad y rizada melena. Así y todo, los preferí de antemano. “Si España cae, voy con Argentina”, siempre fue mi consigna.

Patadas, feas entradas, careos, tarjetas amarillas y rojas durante el encuentro, durante los noventa minutos de rigor, o los ciento veinte añadida la prórroga. Lo acepto, lo entiendo, se trata de fútbol, un deporte de contacto no apto para almas frágiles. Sin embargo, me entristeció sobremanera lo que ocurrió tras el pitido final. Algunos de los jugadores argentinos —nuestros hermanos— buscando gresca contra unos infelices que no saben de tales maneras (¿se hubieran atrevido con aquellos Camacho, Juanito, Gordillo… incluso con Puyol y Sergio Ramos?). Aún, intento excusarlos: la frustración, la derrota, la cesión del cetro mundialista, una pataleta, una chiquillada venida a más. Pero lo peor de todo, para el que no hallo excusa alguna, fue el desplante, ese dar la espalda a la Selección española en la entrega del trofeo. Significa un desprecio al país hermano, a su historia (de ellos, nuestra), a su cultura, a su idioma, a su patria madre. Es dar la espalda a tu imagen en el espejo. No fue agradable. ¿Darnos la espalda? ¡Ni que fuéramos la pérfida Albión!

Sonrío con tristeza (como mi padre) mientras despliego el folio de papel cebolla. Bien conservado en el interior del sobre rasgado, éste sí muestra el paso del tiempo, ajado con bordes rayados en rojo, blanco y azul propios del correo aéreo. La misiva data de los años ochenta, de cuando yo era un crío ilusionado, de cuando todavía conservaba la inocencia y no entendía de mandatarios ni banderas. Está escrita a máquina, texto pulcro dividido en partes de diferente temática —cada asunto titulado en tinta roja (me alucinaba que existiera tal opción) subrayado: Escuela, Familia, Amistades… Fútbol—. La firma el bueno de mi tío Ricardo, desde la Argentina. En este último apartado dice: “Por acá hay un pibe muy jovencito que juega divino la pelota; estén atentos, será un gran jugador. Su nombre es Diego Armando Maradona”.

Acaricio estas líneas, su rúbrica, miro al cielo y le pido perdón por la victoria.


Dedicado a: mi prima Ali, Joaquina, y el resto de mi familia allá por la Argentina. Con cariño, desde el respeto.

Recuerden que España siempre amará Argentina.

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

F257 - Sin control

“Nos quejamos de vicio”, qué gran expresión popular. Se utiliza cuando contemplas a personas que viven en peor condición que la tuya —que son muchas— ya sea física, intelectual, familiar, económica… Sobre todo, la física, la que atañe a la salud (ese trofeo del azar que sólo recordamos al perderlo, o cuando empeora su brillo). ¿De qué sirven el dinero, la amistad, el amor incluso la libertad, si no gozas de buena salud para disfrutarlos o, al menos, de una normalita, del montón, sin grandes descosidos, sin mácula en forma de enfermedad con letra inicial en mayúscula?

“¿A quién das tú pena eh?”, acostumbraba a decir mi compañera de piso asturiana en los tiempos por Edimburgo, “¿A quién das tú pena?”, siempre lo soltaba por duplicado, para dar énfasis, supongo, para que me quedara claro, con su peculiar acento cantarín y cariñosamente enojado, astur aderezado con miajas de gallego y leonés, toda una mezcolanza lingüística con olor a cecina y buen potaje.

Me lo preguntaba, retóricamente, cuando yo le iba con alguno de mis cuentos lastimeros: “Tengo un compañero de clase que el pobre padece tal, a una compañera de trabajo le ha pasado cual”; “Uf, no te lo vas a creer, he visto a una pobretona —no tendría dieciocho años— tirada en la acera, ahí en medio del puente Northbridge, con un plumífero roto, pidiendo limosna”; “Escucha la desgracia que leí por la mañana en el periódico del bus” y así un largo etcétera. Yo me ponía en la piel de aquellos infelices, ya fuera por causa intelectual, económica o física. Sentía por ellos una pena inmediata, duradera por unas cuantas horas, o días. Si el afectado era un niño ya era el acabose, casi quedaba paralizado por efecto de la lástima. ¿Seré débil?, me preguntaba, ¿ultrasensible, quizá? ¿acaso no me hice Hombre durante la etapa que trabajé en el Taller de Hombres, no aprendí a entrechocar cornamentas con los otros machos cabríos? Con el transcurso del tiempo, y de la vida, y tras sufrir mis propios rasponazos (esos que requieren algo más que Mercromina) he ido endureciéndome un poco, he fabricado algo de coraza, quizás no de titanio, pero sí de hojalata dura.

Pero, a veces…

La mañana amaneció estupenda, fresca pero bañada en una luz impropia de estos lares, el cielo despejado, azul como de postal, con aderezo en forma de nubecillas blancas fabricadas con algodón de azúcar. En mi agenda, una escapada al terruño, a visitar a la familia, a callejear por la calle Laurel —las obligadas patatas bravas, y simpáticas camareras, en el bar Jubera— quedar con alguna amiga (siempre fueron más ‘ellas’ que ‘ellos’), recordar viejos lugares, añorar otras vidas (quizá Unedienses), saludar al Espartero que en su día me inculcó el valor suficiente para huir hacia delante, ignorante yo de la imposibilidad del acto, al desconocer, por entonces, que las dificultades, los problemas, las complicaciones —todos eternos polizones— se cuelan en la maleta, entre gayumbos y camisetas, e incluso dentro de tu cuerpo —enrollados con los intestinos—viajan contigo aunque creas dejarlos en la casilla de origen.

Paso la tarjeta que hace biiip y a los dos minutos subo al tranvía que me llevará a la estación de bus. Tomo asiento, aún cansado por las últimas madrugadas laborales (gimnasio pagado, agujetas gratuitas). Llevo puestas las gafas de sol negras porque el sol pega fuerte y siempre me molestó el exceso de luz (más ahora con vida vampírica), entran rayos del mismo a través de las láminas de publicidad que cubren los ventanales del vagón, logrando encontrar los recovecos necesarios, y así recordarnos que ahí fuera continúa la mundana existencia.

En seguida, alguien llama mi atención, sacándome de mi filosófico ensimismamiento (leer a Javier Marías hace virguerías en tu cerebro).

Se trata de un hombre de unos cuarenta años, tal vez alguno menos, sentado en un lateral del vagón a unos pocos metros de donde me encuentro. Luce cabello rizado, peinado hacia atrás con agua, tal vez con fijador, ojos claros; viste cazadora gris de tergal o algo similar, vaqueros clásicos, sin rotos ni florituras, zapatillas negras cuyos cordones están medio sueltos, o mal atados. Dicha chaqueta se muestra torcida, dejando un hombro en permanente descubierto, mostrando la camisa granate a cuadros blancos por debajo.

Sin embargo, no es su ropa lo que llama mi atención, sino sus movimientos constantes, erráticos, incontrolables. Son los conocidos como tics motores o musculares. Gira el cuello a izquierda y derecha, y en diagonal; inclina la cabeza de lado a lado como el boxeador al sonar la campana de comienzo. Dobla el tronco casi hasta la cintura, vuelve a estirarlo, se abraza a sí mismo (metiendo las manos, a través del frontal abierto de la chaqueta, atrapándolas bajo los sobacos) como si temiera no poder controlar el espasmo y golpear a otro pasajero. Duele verlo. No puedo dejar de mirarlo. Me escudo tras los cristales negros y la distancia considerable que me separa de él.

Hace unas semanas me hubiera mostrado más sorprendido, incluso apenado, pero el pasado fin de semana vi una película donde el protagonista sufría movimientos y espasmos similares. “Incontrolable”, reza el título perfectamente elegido. Basada en hechos reales, relata la vida de un tipo con síndrome de Tourette. El personaje, además de los consabidos tics motores sufría tics de habla: escupía palabrotas, gritaba, empleaba expresiones soeces e inapropiadas con la situación (sobre todo bajo estrés o nerviosismo) de forma involuntaria. Sin filtro, su cerebro producía una frase que él sabía inadecuada, pero a la vez saltaba la barrera que le decía ‘NO’, que aquello lo podía pensar, pero no decir en voz alta.

Una película (escocesa, por cierto) magnífica, impresionante, donde las primeras carcajadas, en el minuto uno, se convierten pronto en lágrimas, éstas tornan de nuevo en risotadas para luego regresar al llanto. Una montaña rusa emocional que te deja fundido, sudada la camiseta, rendido. Una película de botellín de agua y paquete de clínex. Una peli que no termina con el consabido —hoy en día inexistente— ‘The End’, sino que permanece contigo en la cabeza, que regresa junto a la almohada, que te acompaña durante días.

Nuestro pasajero supongo que padece una condición similar, cercana a dicho síndrome, quizás éste mismo en diferente grado, o cualquier otro mal neuro físico o quizás neurológico, ignoro los tecnicismos. No grita, no dice tacos, no porta un mordedor colgado del cuello (como los protas de la película). Pero no cesa en sus espasmos continuos, rutinarios, más amplios e intensos que los sufridos por los personajes del film.

Una señora, de mediana edad, hace lo que a mí se me pasó por la cabeza en un principio, lo que a muchos de los pasajeros se les pasa por la cabeza (aunque todos disimulemos, siguiendo enfrascados en nuestros móviles, libros, conversaciones sobre el tiempo, contemplación del paisaje). Deja su asiento y se acerca a él despacio. Le posa, con cariño, una mano sobre el antebrazo (que el hombre trata de contener pegado al tórax). Le pregunta algo breve, demasiada distancia para escucharlo. A su vez, él responde una, quizás dos palabras, o una frase muy corta. Casi instantáneo. La mujer sonríe tranquila y retorna a su asiento. El joven continúa su involuntario ritual.

El diálogo imaginario es corto, sencillo:

—¿Estás bien? —quizás creyendo, ella, que sufre algún tipo de ataque epiléptico.

—Sí, gracias, tengo una condición equis.

Supongo que el hombre contará con la respuesta preparada, o que incluso llevará en la cartera una tarjeta indicando su condición en caso de que no pudiera hablar.

Yo mismo habría sido ese pasajero preocupado, el que hubiera hecho gemela aproximación, idéntica pregunta: “¿Te encuentras bien?” hace tan sólo unas pocas semanas. Pero resulta, como indiqué, que anteayer vi aquella inolvidable película y algo aprendí: que ese ya no tan muchacho lo que más desea en el mundo es pasar desapercibido dentro del tren, por la acera, en el supermercado, que nadie lo mire o le cuestione, que sus tics no perjudiquen a nadie más que a él, que pueda hacer su trayecto, su jornada sin que ocurra incidente alguno.

Hace años hubiera sentido lástima por él, hoy al apearme tras él, y su dificultoso caminar, tan sólo sentí admiración por su coraje, por su valentía, por su forma de pelear a puñetazos con esta vida a veces tan perra.

De acuerdo, también agradecí a Dios por mis pies casi siempre doloridos (como si fueran de otro y no encajaran en mí), por las molestias de espalda, por las caprichosas cefaleas, por esos achaques que de vez en cuando me llevan a pasar la ITV, por el insomnio intermitente. Gracias por mis problemas de chichinabo.

Nos quejamos de puro vicio.

 

Relacionada: F4 - Taller de Hombres

 


martes, 16 de junio de 2026

F256 - Hay humor que mata

“Que no me vea, por favor, que no me vea. Que no pose sus ojos depredadores en mí”. Río con ganas, pero tratando de no caer en lo escandaloso (mi modo natural de carcajear). Siento goterones de sudor recorrer las axilas; menos mal que elegí la camisa roja, la cual me queda grande, lo suficiente para que los surcos de humor sobaquero no arruinen todo. “No hagas aspavientos”, sigo conversando conmigo mismo, que ya tengo experiencia. O con la vocecita, que a veces va por libre, siempre picajosa, siempre metiendo la puntilla, siempre reventando la escena: No gesticules, no muevas los brazos al reír. ¡Para ya de juguetear con el botellín de agua! Déjalo en el suelo, fuera de sus ojos cazadores. Que nada llame su atención. Fúndete con la butaca, camufla tu presencia con la columna gruesa que te toco de acompañante. A tu diestra. Que nada despierte su ojo vigilante. Que no pose la mirada en mí.

Aquí estoy solo, pegado al pilar protector en una diminuta sala de teatro, disfrutando a la par que sufriendo, como un novio indeciso, del espectáculo en forma de monólogo. Un monólogo por y para parejas, advierte el anuncio. Y yo solo, como vine al mundo. Solo que es mi forma de estar; la soledad, mi hábitat mundano. Lo extraño hubiera sido gozar de compañía, no digamos ya femenina. Eso habría supuesto la bola extra de la maldita lotería primitiva. Sí, ese boleto que cada jueves rasgas en cuatro pedazos, soñando, como un parvulito en víspera de Reyes, que la próxima semana será la tuya. Que darás el campanazo, que al fin podrás comprar ese piso soñado, en cuyo living instalarás una gigantesca librería, fea, funcional, con baldas de obra blancas, impolutas, que alcanzarán del suelo al techo, ocupando tres de las cuatro paredes (la cuarta reservada para el pecado en forma de televisión gigante, Netflix, ya saben) donde cabrán cientos de libros. Así, nunca jamás tendré que deshacerme de ellos—por falta de espacio—: regalarlos, donarlos a la biblioteca pública, abandonarlos a su suerte en charity shops escocesas en bolsas de plástico del Tesco, condenarlos al fondo del contenedor de tapa azul. ¡Maldigo todos los contenedores azules que engulleron, con voraz indiferencia, millones de palabras! La próxima semana, Jorge, será tu semana, tu boleto ganador, tus seis bolitas y complementario. Tu piso moderno, tu librería de solterón de película a lo Hugh Grant. Quién desea mujeres habiendo libros.

Pares versus Impares, reza el título del monólogo. El tipo exhibe cierta gracia, al menos la que lleva anclada en su adeéne. Es andaluz. Ponga un tópico en su vida porque suele funcionar. No me imagino a un bilbaíno con esa chispa, a pesar de que, de nuevo, me hallo en un local de la ciudad exagerada. De Almería, dice ser; recuerdo a una amiga de Mojácar, en mis tiempos escoceses, que cuando se excitaba su hablar ganaba velocidad y la jerga resultante se acercaba más al marciano que al castellano. ¿O quizás era de Murcia?

Luce look a lo Goyo Giménez, calvo rasurado, perilla; tal vez con la ingenua esperanza de que el aspecto le proporcionará el resto. No lo hace. Le quedan miles, millones de pasitos sobre las tablas para rozar el gracejo del loco admirador de los yanquis: “No os lo cuento, mejor lo muestro”.

Sin embargo, esa lejanía del crack le acerca al público, le permite bajar del escenario, tirando de un cable de micrófono larguísimo (¿acaso no existen los inalámbricos, o lo hace a posta para acojonar?). Le da por descender los escalones a cada rato, hacia las primeras filas, tantear, buscar, observar… preguntar. No le mires, Jorge, ni te muevas, deja ya de sobar la puta botella. Que no se aproxime, que no pregunte, que no haga de mí el monigote de la risa, el saco de carcajadas para toda la maldita sala. ¿Por qué carajo permitiste a la aplicación elegir tu sitio? Fila número dos. Butaca trece. Otra vez el trece, como en Madrid, no espabilas chaval. Di que en Madrid fui obsequiado con la contemplación de la Pareja Feliz. Mereció la pena. Fila dos, tiemblo sólo de pensarlo. Bendigo la columna, mi querido pilar, como si fuera un amante, mi compañía, algo entrada en carnes (más bien, piedra), que me da cobijo, cierto camuflaje. Mas, el rey de la chanza sureña ya ha paseado sus ojos por mi persona. Conoce mi existencia. Sabe que rezo para que no me tienda el micrófono. Debió de estudiar el curso de CCC: Telepatía y otros Usos Ocultos de la Mente Humana. Lo sabe con certeza, y eso es lo peor.

Interroga a las parejas de las primeras filas. Antonio, dice llamarse el marido: cabello blanco, escaso, buena planta, americana formal. Cuarenta y ocho tacos, dice tener (así lo dice, ‘tacos’). “Bien llevados”, dice el humorista. Nadie se ríe, todos parecen estar de acuerdo, yo creí que era un chiste improvisado, parte del repertorio, como el mago que extrae paloma o conejo de la chistera. Si me pregunta la edad el joven se desmaya. Le llevo unos cuantos años al amigo Tony, y parezco su primo menor.

Vislumbro la escena. Abrirá mucho los ojos: “¿Cuántos años dices que tienes?”. Sana mata de pelo (toco madera) cuidadosamente despeinada, ni una sola cana (vida sin hipotecas), rostro lampiño, algo aniñado. Resultado de un pacto con el diablo según mi querida hermana (de los millones de euros prometidos se olvidó, el muy…). Vestimenta juvenil (no me puse una americana desde el día de la Primera Comunión). Entonces, ordenará que me levante, incluso que me acerque a él, que suba al escenario, me pasará el micrófono (tropezaré con el infame cable extenso), me solicitará el deneí, incrédulo, cual agente de la Benemérita en un control de alcoholemia: “Buenas noches, caballero, me permite su documentación”. Me temblarán los dedos bajo el foco abrasador, las gotas de sudor echarán carreras por las mejillas. ¿Y si voy preparando el documento: lo extraigo de la carterita? ¿Quizás colocarlo entre los dientes? No, no puedo hacerlo, mis movimientos me delatarán. El goyo murciano detectará el hedor a presa asustada. Y entonces, mostrará los colmillos, goteantes, posará sus ojos de lobo hambriento en mí, me apuntará con el micrófono: “Tú, el de rojo”, dirá (otra vez… luego les cuento). Me preguntará la fecha de nacimiento, rápido, tratando de sorprenderme, como un camarero ante la adolescente nerviosa que jura y perjura tener dieciocho años (okey, salvando las distancias). Su mente ágil, como la de todo artista sobre un escenario, realizará el cálculo matemático en un segundo. Y comenzará la vacilada.

Me exhibirá como si fuera un potro en venta. Me pedirá que muestre los dientes, que gire sobre mí mismo, como si de una muestra de ganado se tratara. Qué vergüenza anticipada. Qué bochorno prematuro. Más sudor. El cerco empieza a saltarse la distancia que le permitía la talla superior. Transpiro como lo hice en pleno examen de Selectividad hace más de treinta años (“Que no caiga Kant, por favor, que no caiga Kant”). Mierda. La cantinela también similar: que no me mire. Que no me señale. Que no me pregunte.

Río a carcajadas, conteniendo ese puntito extra de alborozo. Resulta gracioso con tan sólo contarlo como lo cuenta. Ventajas de la cuna meridional, supongo. Uno de Lequeitio no tiene ni puta gracia, aunque beba cuatro calimochos antes de subir al escenario. Es un disfrute extraño, río, tiemblo, sudo. De acuerdo, no tiemblo, pero no soporto la idea de ser la diana de sus chanzas. ¿Viniste solo a un monólogo para parejas?, dirá, alzando mucho las cejas, abriendo los ojos cual caricatura japonesa, disparando con bala mientras mira al público, gustándose, como el mismísimo Cristiano Ronaldo al marcar un libre directo: ¡Siiiuuuuu!

—No, vine con Pilar —diría yo, pasando el brazo alrededor de la columna a mi vera.

La gente romperá en carcajadas, y él, herido en el orgullo humorístico, me acosará a preguntas, lanzará todo su arsenal de chascarrillos, burlas y prejuicios.

—¿Solo?, a Su edad, solamente Le quedará el residuo para elegir, rebuscar en el cestón de todo a dos euros del Primark —dirá impertinente, marrullero, buscando sangre, adoptando el tratamiento de usted como puntilla—… o el contemplar obras: mire, justo aquí enfrente están colocando los cimientos de una torre.

Hace meses, en otra ciudad, otro monólogo. El cómico se fijó en mí, a pesar de hallarme en filas posteriores. Ahora caigo que vestía la misma camisa roja. Mierda. El sujeto bromeaba sobre gimnasios, runners, la moda enfermiza del pádel. Nada nuevo bajo el universo monologuista (Leo Harlem lo bordó, y jamás nadie le dio alcance).

—¿Alguien sabe qué es el crossfit? —lanzó al vuelo.

Silencio. Sonrisas incómodas. Miradas al techo, al suelo, al acompañante.

—Tú, el de rojo.

Mierda.

—Sí, tú. ¿Sabes qué es el crossfit? —repite el joven delgado, fibroso, atlético hasta la náusea.

Ya vengo sudado, desde hace rato. ¿Ansiedad? ¿Timidez? ¿Miedo al ridículo? Qué sé yo. Nunca me gustó el foco individual del espectáculo.

—Tengo una ligera idea —digo porque no sé qué decir.

—Una ligera idea. No me extraña, con ese cuerpo… —una forma sutil de llamarme ‘puto gordo’.

Risa generalizada. Ausencia de miradas hacia mí; audiencia temerosa; nadie anhela ser el próximo objetivo. Acompaño el vacile con risotada forzosa y, por lo bajini, me cisco en su par de muertos más fresco: quid pro quo, como decía el entrañable Hannibal Lecter: tú te burlas, yo te muerdo.

Suena un móvil entre el público y, de inmediato, veo cielo abierto. Salvado por la campana, por la característica melodía de Vodafone.

Mister Musculitos levanta el hocico cual hiena oliendo carroña. Ya lo advirtió antes del show: “Si un teléfono suena, YO responderé a la llamada, con altavoz para todos”. Muy en la línea del film “Perfectos Desconocidos” (que si mal no recuerdo ya recomendé).

Una mujer de mi edad, azorada, confiesa que es su móvil el causante del revuelo. Se lo ofrece a regañadientes: “Es mi hija”, dice: “Amagoia”.

—¿Eres Amagoia? —pregunta el cazador de almas.

—Sí… —oímos por el altavoz. Gran silencio, alguna risa suave incontenible.

—Ven a recoger a tu madre… que la está liando parda —dice el profesional del humor chabacano.

Tan sólo escuchamos (incluida Amagoia) la primera parte de la frase; de repente, se oye un gemido terrible qué, debido al ambiente festivo, y a las cañas consumidas, creemos una risa extraña, de esas escandalosas. No lo es, como supe luego (lo aclaró la madre en el piscolabis posterior).

Se trataba de un alarido penoso, un gemido de pánico, de ansiedad emitido por la hija al escuchar a un desconocido responder el teléfono de su madre y decir que viniera a buscarla. No se trataba de una cría, ni siquiera de una adolescente. Pero era su hija única, con la que convivía, que padece ansiedad. Sólo la dulce voz materna, protectora, consiguió apaciguarla después de unos minutos.

Todo eso lo aprendimos más tarde, claro. En el momento del acto, cuando más allá de la línea una persona sufría, a este lado todos nos partíamos de la risa.

Así que, un par de consejos, más bien tres, si acuden a un show de monólogos: silencien el móvil, huyan de las primeras filas… y no vistan de rojo.

¡Cuánto daño hizo el Club de la Comedia!


Relacionada: F233 - Sintiendo colores