No soy una persona supersticiosa, bueno tal vez sólo un poquito por cultura, por tradición, por aburrimiento. Sin embargo, se dan momentos que el calendario te grita desde la pared de la cocina y entonces te sorprendes divagando sobre el asunto. Mientras escribo estas líneas no puedo evitar, ante su llamada, fijar la vista en la casilla a estrenar bajo el nombre del día y su peculiar número.
¿Recuerdan mi escapada al terruño riojano para vivir la
final del mundial en territorio amigable? Todo tiene un precio. Para poder
disfrutar, como dios manda, de aquella velada debí solicitar en el trabajo un
día libre, el lunes, pues el partido se disputaba en domingo, ya tarde, y mi
horario laboral de noctámbulo así lo requería. Mas uno no puede pedir un día
libre sin más: “Oiga, jefe, el lunes me lo apunta a la cuenta eh, que me voy de
fiestuqui balompédica”, sin consecuencias. Ese día lo debes y has de pagarlo de
vuelta y con una sonrisa.
Y esa fecha de pago ha llegado, el día de hoy.
¿Qué nos quieres contar, Jorge? Céntrate, haz el favor, dirá
más de uno. Ni yo mismo sabría explicarlo. Lo intentaré.
Hoy, fecha fatídica. Martes y trece, la mayor de las
supersticiones patrias, por llamarlas de alguna forma (aparte del magnífico dúo
humorístico que alegró nuestras Nocheviejas juveniles) y mi mente raca raca
comienza a dar vueltas, a lanzar una neurona contra otra, a mover piecitas,
dientes, ruedecitas, muelles: ¿y si…? la jodida pregunta que dicen se hacen los
escritores de verdad. No hace falta que les recuerde, aquella noche dominical
concluyó de la mejor manera imaginada. España se proclamó campeona del mundo
por segunda vez. La segunda estrella. Nos proclamamos campeones del mundo, que
animar y gritar y cantar, sujetando la cerveza, también cansa. Risas, aplausos,
cánticos: “¡Yo soy español, español, español!” y todo aquello. La fuente de
Murrieta lucía abarrotá, cual plaza de toros del Dúo Sacapuntas. No
cabía una bandera más. No soy hombre de insignias ni colores, los que me leen
saben ya esto. Pero hace ilusión, qué quieren que les diga. La alegría
compartida, la celebración sana. ¿Y si…? ¿Y si…? continúa dando el peñazo la
quinta neurona viva. Vale, okey, le presto atención. Gol victorioso, jolgorio,
cerveza, felicidad, buen rollo, sonrisas. Todo ello junto, aglomerado, todo
bien colocado como el contenido de una maleta hecha por una madre. ¿Hubo factor
suerte? Siempre lo hay, aunque yo creo que no fue determinante. Fue cuestión de
calidad y de pelotas, la reglamentaria y las otras. Y de aguantar insultos,
provocaciones y coces propinados por nuestros primo hermanos, que siempre
duelen más.
Perdón, me espeso, y les voy a perder.
Aquel domingo salió cara en la moneda de la vida, del
destino, del azar que todo lo rige. Aquel domingo trajo consigo una deuda. Un
día a deber. Hoy llegó tal día, el debido, el día de trabajo que tengo que
devolver al patrón con el sudor de mi frente y las legañas de mi sueño, más
bien las ojeras del insomnio. Puto horario vampírico, acabará conmigo. Hoy,
precisamente hoy. Cómo no caí en la cuenta cuando, sentado junto al supervisor,
ambos estudiamos el calendario sobre la pantalla de su ordenador, con sus
numeritos y sus cuadrículas de colores, y elegimos esta fecha para devolver lo
debido, lo prestado. ¿Y si… hoy sale cruz? No puedo dejar de preguntarme. Hoy,
martes y trece. Un día claramente para estar de vacaciones, para no trabajar y
así permanecer lejos de toros, transpaletas y demás máquinas infernales y de
objetos pesados que pueden caer en un pie o sobre la cabeza. No puedes trabajar
con una mano a la espalda ocultando los dedos cruzados. No todo el rato. Es
agotador.
Pero, ¡eso no es todo amigos! El azar, el caos que hace
girar el mundo, tiene preparada otra sorpresa. Otro ingrediente para el coctel
molotov que podría incendiarlo todo. Les explico: gozo del privilegio de
escoger los días, y semanas, salteados para disfrutar de vacaciones a lo largo
de todo el año. Trato de repartirlos todo lo posible. El año es muy largo, los
doce meses también; la tendinitis no sabe de cuadrículas de almanaque, laborables
o fiestas de guardar. Cuando presenté el calendario de vacaciones, allá por
noviembre del año pasado, elegí disfrutar esta semana entera salvo el lunes día doce (octubre). Hispanidad o no, me toca currar. No es que me maraville trabajar los lunes, simplemente no
disponía de más días de asueto para cuadrar las cuentas. Por tanto, tenía
fiesta programada: martes, miércoles, jueves y viernes.
Entonces apareció el fútbol, con su final y su jolgorio y su
cara de la moneda. Y tuve que sacrificar el martes (trece) para compensar aquel
lunes celebratorio de julio.
Pero… ¡no puede ser!
Nada más caer en la cuenta, comienzo a sudar. Me tiemblan
todos los huesos según apoyo el pie sobre el parqué templado, al levantarme de
la cama a la hora intempestiva de costumbre. No sólo hoy es martes, sino que, para
mí, también es viernes… mañana tengo fiesta, puente, acueducto de cinco días.
Por tanto, hoy es martes y viernes y trece…
Uno que ha vivido trece —otra vez el número maldito— años
y pico en el Reino Unido, (donde el viernes 13 hace las veces de nuestro martes
trece) conserva la impronta de sus celebraciones, de sus rarezas: que si
Halloween y los críos disfrazados de brujas y fantasmas llamando a la puerta (Trick
or treat?); que si la noche del poeta escocés Robert Burns (Haggis,
neeps and tatties); que si las hogueras nocturnas en memoria del inglés Guy
Fawkes (Remember, remember the fifth of november); que si las Navidades
(Turkey, gravy and crackers); que si el supersticioso viernes trece…
No sólo tendré que ir esquivando gatos negros, rehuyendo
escaleras, sujetando bien el salero y toda la parafernalia supersticiosa
ibérica, sino que además deberé andar con los ojos bien abiertos (y a poder ser
con un bate de béisbol a mano) por si a la vuelta de la esquina se aparece el
tipo de la máscara —feo de cojones debía de ser— con la motosierra en marcha
rooo rooo rooo y la risa de loco.
Algún listo, o lista, cinéfilo (y talludito) dirá: “Te estás
liando con las películas de terror y sus respectivos asesinos”. La matanza de
Texas, Viernes 13, Sé lo que hicisteis el último verano… motosierra, machete
aserrado, garfio y chubasquero negro… lo sé, pero la paranoia y el miedo no
entienden de títulos ni de utensilios mortíferos.
Así que salto de la cama con un sólo pie, el derecho, a riesgo
de esguince tempranero. Preparo el desayuno en silencio, atento a las sombras,
un viernes y martes y trece y tan cercano a Halloween (el tiempo vuela y Mercadona
ya expone máscaras de terror rodeadas de polvorones). Vigilo la penumbra,
atento a visitas fantasmales, a la presencia del bobochorra de la sierra
eléctrica, aunque éste de tan lerdo provocaría mucho ruido de advertencia.
Bajo las escaleras despacio, emulando al niño que fui yendo
a la escuela, todo legañas y sueño y pajaritos en la cabeza. Me agarro con
ambas manos a la barandilla. Enciendo la luz del rellano, la luz del móvil, la
luz interna. Toda luz (mi amiga Luz), tratando de evitar el escalón chungo que
me haga tropezar e inaugurar el maldito martes y viernes y trece en la sala de
urgencias.
Salgo del portal. El manido término ‘Noche cerrada’ se queda
corto. No han puesto ni las aceras. Debería estar prohibido trabajar a la hora
en la que los niñatos zombis de Weapons salen a pasear, brazos extendidos, con
los ojos en blanco y mirando a la luna. Sí, soy consciente de que ya utilicé
este símil, más de una vez. Pero la peli clava la hora de mi despertador. Y eso
acojona eh.
Vistazo a la izquierda, a la derecha, otra vez a la
izquierda, otra más a la derecha. No se ve un alma. Qué alma en su sano juicio
pisaría la calle a estas horas. Los fantasmas bostezan, los delincuentes
dormitan. Tampoco oigo el rooo rooo rooo del tarado yanqui lleno de complejos.
Seguro que el acné le dejó el careto hecho una ruina y las rubias pechugonas del
insti —esas
iluminadas que animan a los muchachotes del equipo de fútbol (americano) o de
béisbol o de criquet o de petanca, con sus pompones colorados, deletreando como
párvulas el nombre del quarterback, del delantero centro guaperas o de
su primo de Calahorra— no le hicieron maldito caso, y claro, el chaval generó un
complejo de órdago: “Me compro una máscara, le cojo prestada al viejo la
motosierra, y se van a enterar las rubias tetonas estas”, se dijo.
No oigo motores de sierra, no veo gatos negros, el coche
parece estar entero (sí, también pensé que aparecería con las ruedas rajadas,
fruto de la barbarie autóctona adolescente y trasnochada celebratoria de la
fatídica fecha). Ni siquiera hay un grupito de chavales, perro peligroso
incluido, junto a la pared, fumando canutos y hablando árabe. Una madrugada tranquila
que te cagas.
Conduzco despacio, sorprendido de que cada semáforo, justo
antes de alcanzarlo, cambia a verde. Me está vacilando, pienso, este martes y
viernes y trece. Ni un triste coche patrulla con sus luces azules cegadoras. Ni
un patín eléctrico con menos luces que un barco pirata y jinete de riguroso
luto que salga de la nada e invada la calzada. Ni un borracho tras el volante.
Nada de nada. Salgo a la autovía, más allá de ésta una carretera estrecha,
alguna curva que otra. Modero, más si cabe, la velocidad. Miro con aprensión el
arcén, incluso el retrovisor interior, en busca de una muchacha con cabello
negro y largo, piel casi trasparente de tan pálida y vestida de largo y blanco,
la chica de la curva. Nada, ni eso.
Llego a destino, hasta la barrera se abre sin necesidad de
pasar mi tarjeta de identificación, como si me estuvieran esperando. Aparco a
la primera, relativamente cerca del edificio principal. Me calzo las botas de
puntera reforzada en el vestuario, atravieso el torno de seguridad, el siempre
serio guardia jurado sonríe. Lo dicho, un timo esto del día fatal.
Entro en la nave. Palets por doquier, cajas, plásticos y
cartones por el suelo, vigas de acero, máquinas ruidosas, trampas para conejos
llamados flejes, escalones pendencieros, toros mecánicos a toda velocidad, transpaletas
con vocación de Fórmula Uno… (Recuerdo un dato: el día de regreso de vacaciones
y la víspera de tomarlas estadísticamente ocurren más accidentes laborales…)
imposible seguir con tal paranoia en la cabeza. Me persigno mentalmente.
Martes y viernes y trece.
¡Que sea lo que Dios quiera! ¡Mañana fiesta!
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