sábado, 31 de octubre de 2026

F264 - Mami, no apagues la luz

¿No se preguntaron alguna vez qué es el miedo, por qué se produce, quién o qué lo causa? No me refiero al miedo ramplón de película yanqui palomitera, a la que llevas a tu chica —o ella a ti—, con la esperanza de que, entre susto y susto, ella apriete con fuerza tu muñeca, arrojándose sobre ti, te achuche en busca de protección mientras cubre su rostro con la otra mano, dejando ranuras entre los dedos para no perder detalle del culebrón sangriento, el cual la aterroriza a la par que la cautiva por algún motivo que escapa a su comprensión.

No me refiero a ese miedo de chichinabo (provocado por un tarado con motosierra, un lerdo con careta y machete, por un pánfilo con garfio y chubasquero negro —todos ellos miserables y acomplejados y zafios y predecibles— ni, por supuesto, el “miedo” patético que pretende suscitar el idiota con máscara plagio barato del grito de Munch). Tampoco al miedo serio, respetable, que lo siente el enfermo grave pensando en el dolor venidero, en el abismo desconocido al que se ve enfilado, en el sufrimiento de los seres cercanos que dejará atrás; ni siquiera a otros miedos mundanos, casi cotidianos (a un posible atraco, incluso agresión, a un azaroso accidente de tráfico, un cruce inoportuno con un criminal…).

Para mí el verdadero miedo nace en la infancia y nunca desaparece; se acurruca en algún rinconcito misterioso del cerebro o de las tripas o del alma, vayan ustedes a saber, y de vez en cuando, sale de su escondrijo y se manifiesta, provocando el erizamiento de la piel, el escalofrío en la nuca, el cubrimiento con la manta, el tanteo a ciegas de la mesilla en busca del botón de la lámpara… aunque quien lo padezca cuente con más años que el río Ebro.

Permítanme contarles una historia, un cuento inventado en el que cualquier parecido con la realidad (personajes, lugares, hechos) es fruto de la mera coincidencia, de un lanzamiento de dados, con su habitual indiferencia, por parte del azar, incluso de la atolondrada imaginación de quien escribe… donde, sin embargo, la semillita de la que brota dicha historia es una experiencia verdadera que sufrí en carne propia.

Mis abuelos vivían en un pueblecito de La Rioja, cuyo nombre no importa demasiado para el relato. Habitaban una casa “mágica”, decía la abuela —toda misteriosa, la buena mujer— porque, aquélla, permanecía cálida en lo duro del invierno y fresca durante los tórridos veranos y, además, contaba con protección divina, estaba bendecida. La abuela no mostraba ningún reparo en ser religiosa y creer en “otras cosas” también.

La edificación constaba de tres alturas. La planta baja albergaba cocina, salón, despensa y un pequeño lavabo. La siguiente contenía cuatro dormitorios —dos de ellos reservados para nosotros, los chiquillos: el de los dos varones, al fondo del pasillo; para nuestra hermana mayor, el suyo propio con cama mediana justo antes, a la izquierda— y un cuarto de baño de tamaño considerable. Papá, preocupado, solía susurrar a mi madre: “¿Qué pasará cuando los abuelos ya no estén para mucho trote, su dormitorio arriba, con esa escalera de madera que cruje tanto?”; “Dios proveerá, hijo”, decía la abuela —aunque pareciera que no escuchaba— con sonrisa de abuelita de cuento. Una de sus frases preferidas, aquélla. El desván ocupaba el último nivel, cuya estancia mostraba el techo inclinado característico de las buhardillas; accedías por una escalera de peldaños estrechos e inclinados, en su interior reposaban los objetos más comunes junto a los más extravagantes, todos ellos en misión conjunta de esperar ser rescatados por alguien de aquel descanso eterno.

La cocina era terreno de la abuela y si osabas adentrarte en él, caías prisionero —“Cielo mío, anda pélame estas zanahorias; limpia y trocea la alubia verde; ciérrame las empanadillas así, presionando el borde con las puntas del tenedor”—; el abuelo, conocedor de la Ley de Fronteras, jamás la pisaba. Siempre olía bien ahí dentro —aromas que escapaban de sartenes, horno y cazuelas— y los peques solíamos caer en la trampa atraídos por tales efluvios, víctimas de nuestra inocencia, como Hansel y Gretel ante la casita de chocolate. Además, la recompensa obtenida merecía la pena: un polvorón por Navidades (“A vuestra madre chitón”) o una rebanada de pan mojada con vino tinto (poquito) y espolvoreada de azúcar. En alguna ocasión —rara— la abuela, de humor nuboso —como decía el abuelo— nos expulsaba de su territorio soberano con cajas destempladas.

El salón presentaba un espacio diáfano con una chimenea enorme más propia de un castillo escocés que de una vivienda de pueblo. Aquélla se encontraba siempre encendida en los días invernales, ya fuera en viva llama o con brasas de un rojo incandescente. A su vez, la estancia disponía de una amplia mesa, de madera noble, alrededor ocho sillas de alto respaldo y asiento acolchado. Acompañaban un tresillo, dos piezas de sofá y una butaca orejera donde la abuela dormitaba, entre punto y puntada de su obra de calceta (no sabías qué surgiría de aquel pedacito de lana que crecía despacio: una bufanda para alguno de nosotros, un jersey de cuello de cisne para nuestra hermana…) con aquellas largas agujas de punta roma en su regazo. 

En cuanto a la despensa: pasadizo estrecho y vasto interior, aparecía catalogada como tierra prohibida para nosotros, los niños; pero estoy convencido de que la abuela hacía la vista gorda cuando mi hermano y yo realizábamos incursiones, cual exploradores de la África negra, machete —en forma de palo— en mano, en busca de tesoros con una dosis extra de azúcar. Allí dentro se conservaban tarros de arrope, de mermelada de tomate, botes de galletitas saladas con silueta de pececillos, paquetes de barquillos con nata Artiach, tarrinas de Tulicrem (la Nocilla para pobres) que profanábamos dedo mediante, pastas de chocolate el Príncipe de Beukelaer y otras tentaciones, hoy en día demonizadas, que requerirían multi exorcismo vegano, orgánico y gluten free.

Afuera, un frondoso patio jardín que la abuela conservaba impecable y vistoso, con los setos en permanente estado de revista y todas aquellas flores de colores; yo no me acercaba mucho a éstas porque a su alrededor siempre revoloteaban abejas —me provocaban pánico— atraídas por la vistosidad de los pétalos y por aquel tesoro viscoso llamado polen —lo estudiamos en Ciencias Naturales, con la Señorita Charo, y lo corroboramos en la tele con la Abeja Maya—. La abuela decía que si no se las molestaba no picarían. No me mostraba yo muy convencido con aquel pacto humanos-abejas no escrito. Un cobertizo adyacente hacía las veces de refugio para el abuelo, en cuyo interior pasaba horas y horas entre herramientas y cachivaches, donde olía a hierro, madera, barniz y pintura.

Tres almas vivían en aquella casona. La abuela, el abuelo y Miqui. Yo quería con locura a mis yayos, pero adoraba a Miqui.

Miqui era un gato gordo —sin embargo, ágil— de pelaje blanco y corto, un gato callejero que un día maulló y maulló tras la puerta —aún cachorro, según contaba la abuela— y se ganó un bol de leche, por la insistencia. El gatito regresó al día siguiente, y al otro y al otro, hasta convertir la visita en rutina. El menú fue variando: un cuenco de leche, un trocito de atún, algún resto de comida, y otros caprichos.

Un día Miqui se atrevió a cruzar el umbral y ya no abandonó a los abuelos. Los adoptó, por así decirlo.

Cuando el abuelo se sentaba en el sofá, frente a la chimenea —cansado de jugar con sus herramientas y cachivaches— mirando más allá del fuego, como si vislumbrara algo que los demás no veíamos, Miqui se acurrucaba entre sus grandes y ásperas manos, sobre su regazo, y ronroneaba para sosegarlo, para darle consuelo y traerle de vuelta de allá donde estuviera, al otro lado de las llamas. Entonces el abuelo sonreía —retornada, su vista— y le bisbiseaba cariños acompañados de recias caricias en su cabecita, y el michino se dejaba hacer sabiendo cumplida su misión.

Compartíamos cama —un amplio lecho de sábanas frías y mantas pesadas— mi hermano mayor y yo, cuando visitábamos a los abuelos y, supongo, dejábamos un ratito de libertad a mis padres para que disfrutaran de la vida (algún finde, vacaciones escolares o fiestas de guardar). Cada noche, la abuela venía a arroparnos y nos enseñaba aquella oración infantil:

“Jesusito de mi vida,

eres niño como yo,

por eso te quiero tanto

y te doy mi corazón.

Cuatro esquinitas, tiene mi cama,

cuatro angelitos guardan mi alma

…”

Con esto y sendos besos, caíamos rendidos. Agota el correr por el patio, jugar con Miqui, explorar el desván, hacer incursiones de comando a la despensa, atravesando su oscuro pasillo, a la caza de galletas.

A media noche, Miqui entraba sigiloso en nuestro cuarto, a través de la rendija de la puerta dejada, a propósito, por la abuela, para que la luz del pasillo nos velara al principio (después la apagaba).

Miqui saltaba como sólo saltan los gatos, silencioso, grácil, con mullido estilo. Entonces se acurrucaba entre mis pies o sobre mis piernas (ninguna vez elegía a mi hermano, como si supiera que yo, el pequeño, necesitaba más su protección, la serenidad). Yo notaba su peso orgánico, considerable, entreabría un ojo y veía su figura blanca, casi fosforescente en la oscuridad, como si hubiera absorbido toda la luz del día. Entonces sonreía y regresaba en busca de angelitos.

Un día, más bien una noche, ocurrió lo impensable.

Me encontraba acostado, un mal sueño atravesó mi descanso, sacándome de un tirón de la paz para introducirme en la desazón. Me moví inquieto, con los ojos cerrados, extendí el brazo, mas no sentí la presencia protectora de mi tato; al contrario, tuve la sensación de estar solo en la cama y que ésta fuera más estrecha de lo que recordaba. A punto de gritar para llamar a la abuela, preso del miedo a la oscuridad que sabía me esperaba si abría los ojos, percibí el sigiloso salto felino, y de seguido noté aquel peso vivo de Miqui sobre mis piernas. Un lastre sólido que bien conocía.

Sonreí aliviado.

Tras unos instantes de sosiego —él siempre me lo proporcionaba— un pensamiento cruzó mi mente, un fogonazo antes del trueno. Un pensamiento que al principio no comprendí: “Mañana he de recitar la Canción del Pirata delante de la Señorita Dolores y de todos los compañeros. Llevo toda la semana memorizando y practicando frente al espejo. ¿Y si tartamudeo? ¿Y si me suben los colores? ¿Y si queda en blanco mi mente?”. Me sentí nervioso y extraño. Entonces, como si tirase de un hilo, dicho pensamiento arrastró a otro, y éste trajo consigo la inquietud, el temblor, la piel erizada, los ojos más fuertemente cerrados…: mañana era día de escuela, me encontraba en casa… en el piso familiar, en nuestro pueblo, con mis padres en el dormitorio de al lado, con mi hermano a metro y medio, dormido sobre la cama gemela (abatibles las dos dentro de un armario), a decenas de kilómetros de la casona de los abuelos, de Miqui… y aquí nunca tuvimos gato.

Sin embargo, ahí continuaba la presencia física tan conocida.

Cité lo aprendido, una y otra vez, para mis adentros, porque en aquel momento ninguna oración acudía a mi mente:

“Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela,

un velero bergan… bergantín.

con diez cañones por banda

viento en popa a toda vela,

…”

Osé entreabrir un ojo en la oscuridad casi completa —tan sólo un poco de luz amarillenta, del exterior, se colaba a través de los agujeros de la persiana— para confirmar lo imposible, para ver la silueta blanca, casi fosforescente, del gato Miqui.

Allí no había NADA.

Mas el peso era tan REAL como el calor que arrojaba la almohada bajo mi nuca.

Cerré, con más fuerza aún, los párpados, y grité.

Mamá acudió rápido, encendió la luz del pasillo, abrió la puerta de par en par.

—¿Qué ocurre, mivida? ¿Otra pesadilla?

Su voz y sus caricias hicieron la usual magia.

En algún momento, sin yo apreciarlo, aquella carga palpitante desapareció.

—Mami, no apagues la luz.

Al día siguiente, durante la comida, yo estaba radiante, había logrado recitar el poema de Espronceda sin trastabillarme una sola vez, incluso acerté a pronunciar correctamente, a la primera, ‘bergantín’ (la buscamos en el diccionario en clase, el día que lo leímos por primera vez: es un tipo de barco que utilizaban los corsarios).

Sonó el teléfono desde el pasillo.

Mi padre se levantó para descolgar, mientras mamá removía el guiso de la cazuela con una cuchara de palo —el aroma de lentejas, chorizo y pimentón envolvía toda la cocina—; apenas dijo un par de frases papá, que no alcancé a escuchar. Con un gesto, un ligero movimiento del rostro, llamó a mi madre, que acudió junto a él. Hablaron en voz baja, más bien papá habló y ella escuchó.

Mamá se acercó a la mesa —redonda, mantel de hule con estampado frutal— arrastró la silla vacía de mi hermana mayor —ausente, estudiaba en un colegio internado—, y tras tomar asiento a mi vera, me cogió de la mano con su delicadeza habitual, acarició mi pelo, sonrió del modo más triste que jamás la vi sonreír:

—Cariño, era la abuela, Miqui se fue anoche. Subió al cielo de los gatitos. Allá será feliz jugando con miles de gatos. Estaba viejito ya.

Por supuesto, yo era lo suficientemente mayor (¡Recité a Espronceda!) para no tragarme lo del cielo gatuno. Ella era consciente de esto, mas fue su forma de consuelo, rescatar al nene que fui para conseguir que me sintiese aún mayor.

En ese instante recordé la visita nocturna. El peso familiar a mis pies. La cara se me iluminó. Ya no tuve miedo, aunque la tristeza ocupó un trocito de su lugar.

Quedaría cual mera anécdota de eco infantil esta peculiar experiencia —quizá provocada por el calor febril de una noche de niñez o por el exceso de azúcar en sangre —si no fuera porque muchísimos años más tarde, ya de adulto y viviendo en soledad, en más de una ocasión, he vuelto a sentirlo, dentro de la cama, en mitad de la noche, en mi pequeño cuarto oscuro, esa carga sólida, viva, encima de mi estómago o de mi pecho, y de pronto regresa el miedo verdadero, el miedo irracional que surge de las entrañas, el miedo cerval, esa parálisis pueril que creías superada, caída en el olvido, que te impide abrir los ojos, que retiene tu grito en la garganta; y cuando al fin reúnes el valor suficiente y abres aquéllos y no ves nada sobre tu cuerpo, tras dar un manotazo al interruptor del flexo, siempre pienso: “Mamá, no apagues la luz”.

Entonces, ella, desde allí arriba, me sonríe y vela mi sueño nuevo.

 

 

 

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