miércoles, 30 de septiembre de 2026

F261 - Mudando la piel (mar Cantábrico) (y II)

Son ocho. Cuento de una en una a medida que van tomando asiento. Tarea fácil pues lo hacen cerca de mí, en el banco corrido que recorre el lado de babor, a mi derecha. Yo me encuentro sentado en la zona central mirando hacia proa, así lo decidí tras un amago fallido de viajar en la parte exterior trasera, junto al banderín. Aquello se movía como un demonio y los vistazos a la espuma generada por los motores me causaban un poquito de ansiedad, sólo un poquito. ¿Y si viene un golpe de viento, de mar, del destino y caigo de espaldas? Para mí cruzar la bahía de Santander en ferry equivale a surcar el océano Atlántico a bordo de la nao Santa María.

Quita, quita, mejor en el interior, formal como un alumno aplicado, mirando hacia adelante, contemplando las vistas a través del cristal y el resto del pasaje, contándolas una por una, ocho son.

Frente a mí, sobre el panel blanco que separa la cabina de pilotaje del resto, un cartel llama mi atención; mensaje de letras mayúsculas en rojo sobre un fondo blanco que se confunde con la pared: PROHIBIDO ARROJAR BASURA A LA MAR, reza. Junto a éste, el consabido NO FUMAR, en negro, y adherido el dibujo de un cigarrillo humeante tachado.

Estamos perdidos, me digo. No existe solución ni marcha atrás, cuando se ha de advertir en rojo el sentido común, cuando hay necesidad de recordar a los pasajeros que no deben tirar el envoltorio de las galletas por la borda.

Son ocho, como indiqué.

Las reconté una tras otra, según se acomodaban, como solía hacer en tiempos escoceses metido en mi papel de cuidador de criaturas (‘Educador’ se me antoja grande, pretencioso, utópico). Counting heads, lo llamaban por aquellas tierras.

Una, dos, tres… ocho niñas mudando la piel a jovencitas. A continuación, cuento el número de aparatos diabólicos en sus regazos (apuesto a que ustedes ya adivinaron su naturaleza): uno, dos, tres… siete teléfonos móviles, siete pantallas que rompen la magia del momento con su brillo impertinente. Observo la postura grupal mayoritaria: manos sobre los muslos, dedos voladores, barbillas clavadas en el pecho. Las mochilas estudiantiles a sus pies (de llamativos colores: rosa, verde, amarillo, azul celeste, fucsia…; incluso una muestra a Hello Kitty). Tan sólo la última chica, la más distante, carece del artilugio, siendo ésta claramente la benjamina del grupo (rostro aniñado, camiseta infantil, pantalón largo) mientras que la primera, sentada cerca de mí, mantiene el aparato entre las manos, pero lo ignora, prefiere contemplar al resto de pasajeros, el barco, el mar. Tratando de absorberlo todo, de disfrutar el instante, el protagonismo que le concede este día: su cumpleaños.

No, no soy familiar de la bruja Lola, ni acostumbro a estudiar los posos del café, me limito a beberlo. La muchacha luce vestido verde, con ribetes blancos, de corte un tanto clásico, como si fuera una egebera perdida en el tiempo; un atuendo largo, discreto, recatado, diría que formal, de cuello recto (¿barco?), tal vez un tanto anacrónico, y una banda de un rojo festivo cruza su torso, anunciando a los cuatro vientos el grato acontecimiento.

Reparo en la presencia de al menos un adulto acompañante, se trata de una mujer de mediana edad, signifique esto lo que signifique hoy en día. Se limita a preguntar si todo va bien, prestando especial atención a la festejada, la cual, apostaría todos mis libros, es su hija. Ésta responde que sí, con una sonrisa un tanto dubitativa, quizás fruto del cansancio, de la presión que conlleva el protagonismo, de la proximidad materna. Al mismo tiempo, gira el móvil sobre su rodilla, ocultando la pantalla, tal vez en un acto reflejo (¿obedeciendo alguna clase de restricción parental?) o quizá, creo yo, motu proprio pues poco caso le hacía al cacharro.

Resulta curiosa la formación, parecida a la de un comando militar: en la parte central, las seis mocetas enganchadas a la pantallita —con aspecto más acorde a estos tiempos, para su edad: pantalones muy cortos, camisetas de tirantes, melenas larguísimas, pestañas imposibles (thank God naturales)— están acotadas por las dos que no utilizan el móvil. La más cría, a un extremo, y la cumpleañera en el otro. Como si de alguna forma las escoltaran, vigilaran alrededor, protectoras, mientras aquéllas se pierden dentro del ciberespacio.

Niñas que anhelan escapar de la niñez, cada una a su ritmo. Sufriendo, disfrutando esa edad previa a la metamorfosis hormonal, al boom de los caprichos, de la indiferencia, de los morritos, de los ‘¡nadie me comprende!’ y ‘¡mamá te odio!’

Crías que se zambullen en el interior de una pantalla que les promete felicidad instantánea, mientras son arrastradas, poco a poco, a la oscura profundidad, siendo alejadas de la brisa marina, de las risas, del olor a salitre, del graznido de las gaviotas que acompañan al barco.

Tentado me siento de levantarme y con gesto rápido en dos o tres (okey quizás cinco) zancadas y mediante seis rápidos manotazos arrebatarles los cacharritos infernales disfrazados de inocencia (fundas de vivos colores: rosa, verde, amarillo, azul celeste, fucsia…; incluso una exhibe a Hello Kitty) y tirar todos ellos por la borda al grito de “¡Basura al agua!”, a pesar del riesgo de ser detenido, juzgado y condenado por: hurto, contaminación medioambiental y acoso psicológico a menores.

Mas a quién pretendo engañar si yo mismo, con tanta mili en las botas, no logro deshacerme del aparato maligno y sus tentaciones: guasap, caralibro, telegramo, amistades-desconocidas-punto-com… incluso este querido blog pertenece al vasto concepto: redes sociales. ¿A quién voy a engañar cuando acabo de enviar al éter virtual una imagen de las seis zamburiñas que me zampé a la hora del vermú? Lucían como seis soles —con sus conchitas y ese brillo pintado a brochazo de chef— y murmuraban: cómeme y exhíbeme, o viceversa. ¿Y a quién demonios le interesa lo que este pobre veraneante almuerce?... pues a todos los que acaban de contemplar la foto y pinchado un laik, un pulgar hacia arriba, un corazoncito, un par de manos aplaudiendo, una carita amarilla que babea… ¿A quién pretendemos engañar los adultos? ¿Qué mierda de ejemplo les estamos dando a los críos? No, la mayoría de nosotros (me incluyo) no posee la autoridad moral para censurar a la chavalería. Ésta hace lo que ve. Nos imitan desde canijos. Tal vez si nos observaran con un libro entre las manos…

No es una cuestión de edad sino de educación: control de horario, selección de contenido, oferta alternativa (libros, juegos de mesa, actividades en el exterior: más balón y bici, y menos teclas). Insisto, ¿a quién queremos engañar los adultos? Ayer mismo, noche cerrada, subo la pendiente que conduce al hostal caminando por la estrecha acera, deslumbrado por los faros de los coches de frente, rezando para que ninguno invada el pavimento; al otro lado de la carretera, a las puertas de otro albergue cinco jóvenes ya no tan jóvenes (todos hombres) separados entre sí varios metros —en soledad, pues—; cada uno de ellos ensimismado con su pantallita, hipnotizado bajo la luz azulada que rompe la penumbra; uno fuma mientras teclea, otro pasea monótono con el torso desnudo (claramente guiri, cinco pasitos a la derecha, cinco a la izquierda) mientras habla al aparato sostenido en horizontal junto a la boca cual tostada a punto de ser devorada. Más lejos otro, de cuclillas, absorto desliza una y otra vez el dedo índice hacia arriba, para que el contenido de la pantalla baje y baje y baje… hasta el infinito y más allá.

No tenemos remedio los adultos.

—Vero, dice tu madre que la llames.

La nombrada mira a la cumpleañera con desagrado, un ‘qué dices, qué rollo’ no pronunciado.

—Lo ha puesto en el grupo —dice aquélla encogiéndose de hombros.

Vero, con un par de tecleos a la velocidad de la luz, cambia de pantalla y se lleva el móvil al oído:

—¿Qué quieeeres, mamá?

Detrás de mí, una cuadrilla de pasajeras no quita ojo al grupo juvenil. Ropa de monte, bastones, mochilas. Son caminantes francesas, risueñas, jubiladas y guerreras.

—Felisidades, guappa —dice, sonriente, la de cabello níveo —¿cuál cumpleaños? —añade de manera un tanto descuadrada.

—Gracias. Trece —dice la niña sin reparar en acento ni formas gramaticales.

Nos disponemos a desembarcar, cedo el paso a las veteranas de guerra y al comando festivo. No puedo evitar felicitar a la muchacha que agradece el detalle con un ‘muchas gracias’ y tímida sonrisa. Quizá sintiéndose un poquito mayor, no tan niña, tal vez orgullosa, hace ya rato que guardó el teléfono dentro de la mochila verde… y cerró la cremallera.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

F260 - Me quedaría a vivir (mar Cantábrico) (I)

No puedo resistir la tentación. Ahí permanece, agazapada, retándome desde el día que crucé el umbral de la habitación del hostal costero. Susurra mi nombre cada noche, la puedo oír desde la cama. Es una mesa escritorio amplia, en frente una silla acolchada de alto respaldo, sorprendentemente cómoda. Un pupitre de madera en tono claro, sólido, estable (ni un poquito cojea). Vamos, que parece un cuarto diseñado para un opositor más que para un veraneante ocioso. Me tienta, no puedo perder la oportunidad, pienso, ¿habrá sido colocado a propósito para mí? Si a la mesa le añado uno de los flexos que hay situados sobre sendas mesillas y despejo todo lo que sobre ella descansa ordenadamente desorganizado: tiques de compra (que jamás revisaré), folletos turísticos (que sólo hojearé, sí con hache), novela, llaves, cartera, gafas, mapa, periódicos, botellines de agua, cargador, librillos de crucigramas y esas cositas, quedará un escritorio magnífico, un rinconcito de las letras ambulante. Para algo traje libreta, me digo, más bien cuaderno como los de antaño, con sus grapitas discretas, sin anillas enrolladas que tanto molestan a la hora de escribir.

Son las cinco de la madrugada, el insomnio llama a la puerta, los murmullos desde el rincón se hacen insoportables. Me rindo, saltó de la cama, el frescor del suelo alivia mis pies maltrechos. Con sigilo, despejo la mesa como ya hice mil veces mentalmente, sobre la superficie tan sólo quedan el cuadernito egebero, el flexo secuestrado y un bolígrafo Bic azul como el mar.

La playa, digna de postal turística. La mañana brillaba como si fuera escena de una serie Netflix —pero sin filtros ni Photoshop ni demás trucos— de un cuento moderno. Sólo a falta de banda sonora. Guiris, locales, surferos por doquier, paseantes con vocación maratoniana o quizás caminantes de Santiago frustrados. Olas majestuosas que se construyen sin avisar a nadie del tamaño que alcanzarán, que rompen con estrépito, escandalosas, con una cadencia irregular sólo conocida por el relojero de la mar.  Sorpresa, sorpresa. Jamás des la espalda al mar, salvo si eres un surfista sobre la tabla a la espera del empujón que te hará feliz por unos instantes o que frustrará tu intento por enésima vez descabalgándote. Cielo o infierno en unos segundos. Pero el surfero nunca se rendirá, porque lleva sal en la sangre. No es mi caso, no se asusten.

Enamorados de una tabla como aquellos que se enamoran de una botella. Más saludable, eso sí. La mayoría: jovenzuelos, alumnos de las diferentes escuelas de surf que hay en el pequeño pueblo costero. Mas la edad no parece ser obstáculo, hay intrépidos aprendices de toda aquélla. Ataviados con sus trajes especiales cabalgan una y otra vez las tablas rebeldes. Se tumban sobre ellas, boca abajo, les susurran palabras secretas, puro camelo de enamorados. Reman con los brazos, furtivas miradas hacia atrás buscan los ojos de la próxima ola. Calculan tamaño, velocidad, ritmo, altura, distancia… la química entre dos amantes. Tan sencillo como sincronizarse con ella, tan complicado. A punto de alcanzar la cresta, los más habilidosos se levantan con un salto de rana, otros utilizan la técnica de dos tiempos, primero se acuclillan y después se incorporan. Todo ello tan rápido que escapa al ojo no entrenado. Por último, los aprendices y novatos toman la ola tumbados sobre la tabla, intentando cada vez la difícil tarea —para mí roza la imposibilidad— de ponerse en pie sobre ella para surcar la cima, en vano intento de domarla —a la tabla, imposible domar la ola— como si de una potra salvaje se tratara.

Paseo por la arena húmeda, observo, respiro, vivo.

Otra escena llama mi atención. Parece sacada de la serie televisiva Vigilantes de la Playa, pero actualizada. Cuatro voluntarios de la Cruz Roja, enfundados en sus bañadores rojos, jovencísimos todos ellos, en plena tarea de botar la enorme moto acuática de rescate —verde esmeralda, verde esperanza—. La portan en un remolque de voluminosas ruedas con tacos gruesos (parece un vehículo lunar o aquel famoso robot marciano que nos tuvo en vilo durante no sé cuántos telediarios). Faenan a mano, el pequeño jeep aparcado fuera de la vista. La cuadrilla lucha contra el oleaje, ardua tarea. Uno de los chavales, sentado a horcajadas sobre la moto, el compañero sujeta la camilla adherida a aquélla en posición vertical para facilitar la maniobra de arranque; ambas chicas, menudas, saltan una y otra vez, en la retaguardia, haciendo palanca, presionando fuerte con sus brazos, hacia abajo, el borde trasero del remolque para soltar la moto atascada (cuyo morro ya chapotea en el agua); una pequeña odisea, liberar la moto del abrazo del remolque con semejantes olas que parecen disfrutar saboteando los amagos socorristas.

Cruzo los dedos —la mirada escudriñando la lejanía— ruego que todo sea mera práctica, una rutina, un ensayo, que no se trate de una emergencia real.

Primera tentativa (empujón), segunda (empujón), a la tercera va la vencida, dice el dicho, y así acontece. La moto queda liberada del abrazo maternal del remolque, siempre protector que, temeroso del mar, ansiaba tenerla a su vera para siempre. Las muchachas suspiran aliviadas mientras ven la moto alejarse, primero despacio, con cuidado de no embestir a algún bañista o colisionar con una tabla. El chico de la camilla, el ‘paquete’ dirían los moteros, extiende aquélla sobre el agua colocándose sobre ella en una posición extraña, entre arrodillado y tumbado, y agarra la sujeción como si le fuera la vida en ello. El piloto no se corta, poseído de repente por el espíritu de Marc Márquez, mete gas, encara cada ola de frente, quién dijo miedo, quién mencionó prudencia, sin importarle tamaño ni fiereza. La moto se encabrita, vertical, buscando el cielo azul con vocación de cohete, y cae sobre la panza salpicando litros de espuma. A cada ola, vuelvo a cruzar los dedos para que ésta no desmonte a los bravos moteros. La moto se aleja a toda velocidad, las rescatadoras sacan del agua el vehículo lunar, no miran como hago yo y decenas de bañistas —haciendo visera con la mano— tratando de localizar al nadador en apuros. Deseando verlo, rezando por no hacerlo. No lo hubo, gracias a Dios o a Neptuno o al mismísimo Ra. En lontananza la moto vira hacia la derecha y surca veloz el mar sin olas con trayectoria paralela a la playa. Tanto los curiosos como yo mismo perdemos interés: no hay urgencia, no veremos a ninguna Pamela Anderson, a ningún David Hasselhoff corriendo a grandes zancadas, con aquel absurdo flotador en la mano, al encuentro de la camilla flotante para salvar la enésima vida sin despeinarse, mirando de reojo a cámara.

Continúo el paseo, doy media vuelta, ahora contemplo el mar a la izquierda para así equilibrar una potencial tortícolis y la descuadrada cadera. Los pies doloridos agradecen la arena mojada y rozan el orgasmo podal con los besos de agua salada. ¿Y si me quedo a vivir…?

Sin embargo, no puedo evitar la nostalgia, el sueño incumplido; no logro llenar el vacío, no ceso de pensar cómo serían el paseo, las vistas, la brisa, las olas lujuriosas que lamen los pies… con los dedos de mi mano entrelazados a los de Ella.

El éxtasis erótico-festivo-romántico se evaporará poco después, entre juramentos en arameo: ascender el Tourmalet que lleva al hotel, en chanclas; el sol abrasando la nuca desnuda; la omnipresente y estúpida arena: entre los dedos de los pies, en el bañador, en la ducha, entre las sábanas (¿cómo es posible?). El Paraiso tiene una fecha de caducidad casi inmediata.

Sigo caminando, observando, viviendo.

Cruza delante de mí con paso decidido, parece no afectarle la inestabilidad del suelo húmedo, el empuje de las olas al morir. Sale del agua arrastrando bajo el brazo una tabla grande de un color naranja butano. Cabello negro —a juego con el traje surfero que la envuelve— y largo, cuyas puntas chorrean sobre su rostro. Sonrisa tímida que nace en los labios y alcanza sus iris marinos. Cuerpo atlético que dice adiós a la treintena.

—Bueno, bueno, te he visto muy bien ahí dentro —dice el instructor, veinteañero, fibroso, rostro con un aquél de actor secundario– de aquí ya a Nazaré —añade divertido, de buen rollo, con sonrisa de lobo viejo.

La mujer devuelve la sonrisa multiplicada por cien. Ignoro si debido al piropo hiperbólico o al parecido del tipo con el personaje moreno de ‘Le llaman Bodhi’.

Sus sonrisas contagian la mía.

Tres buques mercantes, tres, surcan el horizonte, su color —rojo, verde, negro— difuminado por la neblina de la distancia. Uno tras otro como si compartieran rumbo. Algo más cerca, un velero cuyas velas buscan el beso del mar, inclinadas en pronunciado ángulo. El faro vigila incansable, majestuoso en su islote. A lo lejos, la prisión de El Dueso nos ancla a la realidad, recordándonos la parte gris del cuento al que llamamos vida.

Cada día, después de un rato en el mar, el espejo del baño del hostal realiza su número de magia (desconozco la razón): los michelines que gobiernan mi cuerpo se retraen, se ocultan, los hombros se ensanchan; incluso me contemplo algo más guapo. “¡El agua salada es la hostia!”, le digo al sujeto detrás del cristal. Siempre lo tuve claro, si me hubiese criado en un pueblecito costero cántabro, habría practicado el noble arte del surf, y ahora luciría tipazo y una tableta de chocolate digna de Nestlé. Hubiera dejado crecer mi pelo y mostraría un parecido razonable con Patrick Swayze como Bodhi. Lástima que, tras el almuerzo, la cena, las raciones de catorce zamburiñas, doce croquetas, dieciséis sardinas, veintitrés navajas, una tarrina nocturna donde el peñón de helado alcanza tal altura que la cucharita clavada en la cima siente vértigo, y ni siquiera los monos osan treparlo… —“Estos cántabros no entienden el concepto de media ración”, me digo— todo vuelve a su lugar: las lorzas al otro lado del espejo y los sueños surferos al limbo de los sueños.

 

P. D.: Fargadita dedicada, con cariño, a Galaxy, ex forera Spaniards, super mami, y cántabra. ¡Aúpa el Racing!