El autobús alcanza la salida del túnel que parece llevar al fin del mundo. La lluvia golpea el cristal de la ventanilla con furia, el gris del cielo se funde con el negro del asfalto. Fe ciega en el buen hacer del conductor, me pierdo entre las páginas de Objetos Perdidos, supurando envidia sana por Carlos Zanón, sus personajes palpables, su falta de corrección política y sus frases como disparos.
Diluvia en la ciudad exagerada. La ciudad del chucho arbusto
tamaño Godzilla. La ciudad de la estrafalaria y gigantesca lata de berberechos
llamada museo. Una lata que dinamitó el concepto de ciudad gris, obsoleta,
estancada y herida de muerte por un cuchillo en forma de ría pestilente.
Llueve sobre la ciudad futbolera, catedralicia, la única en
el mundo que se ofende cuando denominan a su equipo por el nombre de aquélla.
Algo incomprensible para un forastero como el que escribe.
Mas hoy no se trata de fútbol, para mí cesó éste, se acabó
mi querido Real Madrid, emulando al gran y extrañado Javier Marías, me quito,
me apeo, me declaro “pseudo madridista” hasta que desaparezca el triste e
infame mete-dedo-en-ojo Mourinho. Y de paso, le acompañe por la puerta de atrás
el deshonroso y ridículo Vinicius. Dos por uno, como en el Mercadona. Añoro al
Madrid de mi infancia y adolescencia, honor, principios, pundonor, respeto.
Hoy se trata de alguien especial.
Desayuno en la cantina de la estación de autobuses. Café y pulga
de jamón, censurándome el cruasán tentador. Contemplo a una pareja de guiris.
Ella, rubia, alta, ojos nórdicos. Un clásico. La muchacha pide en la barra
mientras el chico espera a la mesa, quizá vigilando sus enseres arremolinados
por el suelo. Ella ordena las bebidas en inglés, con ese desparpajo
característico, sabiendo que será atendida sin reparos. Lo sé, me repito:
conocedora de que nos comieron la tostada lingüística hace mucho tiempo.
Pongo oído. Para mi ingrata sorpresa no le entiendo. O,
mejor dicho, entiendo poco. Ha sido una frase corta, tres o cuatro palabras.
Tan sólo me quedo con dos: “two” y “please”. “Trece años y pico en Escocia,
Jorge, no fastidies”, me abronco. La camarera hispanoamericana tampoco la
entiende. Acude su compañero al rescate idiomático, también colombiano o de los
alrededores. La chica dice de nuevo la frase. Tan sólo alcanzo a entenderla
cuando es repetida, a su vez, por el barman: ‘Dos txakoli’. Por supuesto, la
pronunciación de la palabra autóctona por parte de la viajera es como aquella
advertencia previa en ciertas películas: cualquier parecido con la realidad es
fruto de la casualidad. Dos vinos vascos, en copita mona cortesía del camarero.
Sobra añadir que se los pimplan a pelo, sin nada sólido que haga un poco de
masa. Son las diez de la mañana, cafetería de la estación de autobuses. ¡Cuánto
daño han causado las guías turísticas y el tripadvaisor!
No para de llover sobre la ciudad multi-eventos. Las aceras,
un charco continuo que refleja las luces de semáforos y escaparates. Gente por
doquier, gente elegante con bolsas de tiendas caras, gente de fuera que mira
hacia arriba los edificios que bordean la Gran Vía, gente discreta que encara
una jornada más… un punky ochentero —chupa de cuero con clavos, correa de perro
al cuello, botas militares, cresta roja chafada por la lluvia— camina con brío
hacia el puente Arriaga, aportando su gota anacrónica, su granito de nostalgia.
Llevo los zapatos empapados, los calcetines, los pies fríos.
No, me digo, no puedo ir a verla, a Ella, con los pies encharcados. Me parece
una falta de respeto, una ordinariez rayana en vulgaridad… aunque ella no sepa
de mi presencia.
Decidido, entro en el Decathlon, me hago con un par de
calcetines y subo a la sección de montaña. Miro entre las baldas, en busca de
unas botas o zapatillas recias, atento al simbolito del paraguas. Logrado el
objetivo, arrojo los zapatos de suela agujereada y los apestosos calcetines a
una papelera, con el desprecio que otorga el olor a calzado nuevo. Así sí,
pienso. Seco, discreto y sosegado. Así puedo presentarme ante Ella.
Llego pronto. Falta una hora para la cita. (No puedo evitar
el construir paralelismos con la primera vez que conocí al maestro escocés,
pero eso es otra historia). Apenas cuatro o cinco personas delante de mí.
Paraguas, chubasqueros, gabardinas que gritan ya está aquí el otoño visite el
Corte Inglés.
Sin embargo, a pesar de los pies mullidos y calentitos, no
me siento cómodo. Sudo, la temperatura corporal sale por las orejas. “Te
pusiste demasiada ropa, Jorge, esto es Bilbao, la capital tropical del norte,
no la ciudad Blanca”.
Abandono el puesto. Mi cuerpo, con la garganta de portavoz,
odia la combinación sudor, brisa, lluvia como aquél que odia el gintonic.
Me adentro en la cercana Ledesma —zona pija por excelencia— entro en un bar,
refugio eterno. Un corto de cerveza, escoltado por el correspondiente pincho de
tortilla, que uno es ibérico y no pimpla a palo seco. No me atrevo a mirar el
recibo, ni las vueltas. Deposito aquél en un cubito de metal, con la
indiferencia de un rico sin dinero. Hago tiempo, me calmo. Me desnudo, sólo un
poquito.
Al cabo de dos zuritos y tres suspiros, regreso a la
posición. Ésta se ha retrasado, milagros a Lourdes, pero no en exceso. Una
veintena de personas me precede. Me coloco tras una pareja adolescente.
Moderna, enérgica, no temerosa al resfriado. Ella, vientre plano cual tabla de
surf, piercing en el ombligo —una bolita de plata con un colgante— que tapa de
vez en cuando con los bajos de la mini cazadora vaquera entreabierta, para
ocultarlo, para abrigarlo. Él, cara de buenazo, flequillo flotante, barbilla
estrecha, pómulos altos, lampiño. El futuro, me digo. Tras de mí, una señora
que podría ser de mi quinta, año abajo, año arriba. Me hace las preguntas de
rigor: ¿Eres el último? ¿a qué hora abren? ¿es necesario apuntarse online?
Respondo en modo autómata, tratando de forzar esa media sonrisa que tanto me
cuesta: “Sí”, “A las doce”, “No, aforo limitado, sin registro”.
Es curioso, el lenguaje corporal. Delata al mentiroso, al
aprovechado, al impostor, al jeta redomado. Reparo en él porque canta la
traviata —como diría el Reverte—: no es joven ni viejo, un sujeto anodino, chubasquero
fino y gris, sin paraguas, mocasines pasados de moda, cabello pobre y
desmadejado. No parece necesitado ni con algún tipo de dificultad mental. Se
coloca al lado del señor anterior a la parejita feliz, ésta anda entre
arrumacos y confidencias. Saca el móvil del bolsillo trasero, se pone las gafas
de viejo, con parsimonia, mientras charla con su nuevo compañero. El señor
invadido exhala sorpresa por cada poro de su tez, incluso alarma. No se palpa
los bolsillos, pero casi. El recién llegado habla y habla y habla, señalando,
de vez en cuando, la pantallita del teléfono. Preguntará por alguna dirección,
dice el niño que llevo dentro. Se habrá extraviado, el pobre.
Ahí sigue, durante un rato y un poquito más, y otro más. No
es originario de Suecia, pero lo pretende.
Los chavales le miran, educados, en silencio (vienen
formales las nuevas generaciones). Mi quinta querida murmulla: “¿Y ese?”, “¿Y
la fila?”.
Jarrea —It´s raining cats and dogs, dicen en Escocia—,
los paraguas se multiplican como champiñones. Miro por encima del hombro de la
que susurra. La cadena humana alcanza la esquina del edificio, la dobla. Una
imagen de la infancia me aborda, entre la neblina del recuerdo, sin aviso, la
espada entre los dientes: estreno de La Guerra de las Galaxias, o quizá de
Supermán, cine logroñés Sahor, finales de los setenta, voy con mi padre, de su
mano, grande y áspera, alzo el rostro y contemplo el suyo, con esa mezcla de
admiración y orgullo que siente un hijo pequeño. Miro hacia atrás, decenas de
figuras altas y desconocidas y amenazantes en una cola que se pierde en la
distancia. Agarro con firmeza la mano fuerte, protectora.
Si al menos el tipo hubiera pedido permiso, o esgrimido
alguna excusa (salud, frío, soledad, desamparo), pero no, se tiró de cabeza,
sin importarle nuestra larga espera bajo la lluvia, como si por lacayos nos tratara.
A veces toca hacer de malo, pienso.
—Disculpe, me temo que existe un orden de entrada —digo,
señalando la hilera multicolor de paraguas. En estas ocasiones, el gesto serio
de fábrica ayuda.
El tipo me observa como un oso despistado a un ciclista de
montaña. Curioso, algo sorprendido.
—Estoy con él —dice, apuntando con el dedo pulgar al señor
intranquilo, sin ápice de vergüenza.
Ni siquiera hubiera sido necesaria la negativa del mentado.
No es cierto. Él lo sabe, el señor lo sabe, yo lo sé. El cuerpo habla por sí
solo: nos dio en todo momento la espalda, previo a mi intervención; la cabeza
inclinada, gesticula en exceso —sus manos revolotean cual golondrinas—; trata
de aproximarse al buen señor, de alcanzar la distancia de coleguitas. Aquél recula
ante cada uno de los avances.
Después de unos segundos de silencio, el señor que
retrocede, ya contra la pared, lo rompe con un valiente:
—No, no lo está.
Al fin, pillado por el carrito del helado tutifruti, el
fulano visitante guarda el móvil señuelo y camina hacia el final de la cola,
más allá de la esquina. Lo hace tieso, diríase que ofendido, como si hubieran
pisoteado sus derechos de rey sin corona.
De repente, la línea comienza a moverse. Avanzamos despacio.
Abrieron las puertas. Entramos en la sala. El ambiente es acogedor, las butacas
invitan a reposar el trasero. Me acomodo en una de ellas, bastante cercana al
escenario, los bártulos a mis pies. Silencio el maldito móvil, con la esperanza
de que enmudezca para siempre.
Sobre el tablado, un montaje de sala de té. Tres sillones,
una mesita, una lámpara de pie. Dos presentadoras, ya sentadas, con el
pinganillo al oído y el micrófono acoplado. Una de ellas sonríe, se gira hacia
el público:
—Os damos la bienvenida a todos y todas al Festival Ja!
Humor y Literatura. ¡Ante vosotros, la reina del mystic noir, Dolores
Redondo!
Y la sala estalla en aplausos.
Ella aparece, elegante a la par que discreta, por un extremo
del telón, saluda, se sienta y toma la palabra. Su voz cautivadora llena los
oídos. El silencio del público atruena. Entonces, mis ojos infantiles regresan
al Colegio de Lecároz, a las calles de Elizondo, al Valle del Baztán.
P.D.: el podcast grabado “¿Te quedas a leer?”, al mando:
Esti Gabilondo y Bárbara Goenaga, saldrá a la luz en las plataformas el día 9
de noviembre. Escuchen a esta mujer, es pura magia.
P.D. 2: relacionado: F-169 Susurros entre líneas.
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