Papeles, libros, ropas, obsequios, suvenires… en su día objetos con carga sentimental algunos de ellos fueron. Ahora condenados al oscuro interior de una caja a modo de prisión. Poco a poco, transformados de forma silenciosa en cachivaches, porsiacas, chismes, cosillas… llámenlos como prefieran.
¿Cuánto tiempo separa un tesoro de un trasto? ¿Cuánto tiempo
es necesario esperar para deshacernos de algo? ¿Cuántos inviernos debes guardar
un jersey que nunca vistes? ¿Cuándo se deslava el sentimiento y dejas de ver
aquellos dibujos infantiles — regalos de los peques que cuidaste— como algo que
provocó lágrima, para etiquetarlos “objetos de culposa indiferencia”? ¿Cinco,
diez veintipico años? Siempre lo afirmé, mi vida cabe en un puñado de cajas
—antaño de cartón, hoy de plástico duro con tapa, incluso alguna luce ruedas—
cajas que me acompañan de un sitio a otro, llenas de papeles, de libros, de
agasajos, de recuerdos… de trastos.
¿Cuánto tiempo debo esperar para deshacerme de ellas y
encarar el presente, el futuro, para enterrar el pasado? ¿Existe algún libro de
autoayuda que pueda guiarme?, tal vez un “Manual de Conversión al
Minimalismo”, un “¿Cómo convertirse en discípulo de Marie Kondo sin
perecer en el intento?”, un “Atención: primeras señales del Síndrome de
Diógenes” o quizás uno más radical cuyo título rece: “Diario de un
Espartano: yo, mi espada y mis alpargatas”. ¿Algo por el estilo, que arroje
un poco de luz sobre este pobre acumulador de trastos?
Tarjetas de cumpleaños, tarjetas navideñas, tarjetas de fue-un-placer-hasta-pronto-te-
echaré-de-menos ; teléfonos móviles obsoletos (o eso afirman, aguantando la
risa, los que nos controlan, siempre malditos sean); tacos de fotografías en
papel sujetas con goma elástica (las fotos de verdad, las que observas, tocas,
enseñas a tu nueva chica: “Mira qué guapo era de crío; observa qué bien lo pasé
el primer año en Edimburgo; contempla esta estampa grupal, qué belleza, qué
autenticidad, cuánta inocencia; Y aquí, con mis nenes, observa sus miradas, sus
caritas ingenuas, el futuro inmenso ante ellos.”); cargadores varios, cables de
función desconocida, cámaras fotográficas digitales del Pleistoceno, baterías,
tarjetitas de memoria pertenecientes a vaya usted a saber qué aparato,
disquetes de computadora inútiles, deuvedés con maravillosas películas que ya
ni siquiera en el ordenador puedes admirar, unidades de disco duro externas que
contienen miles de fotos olvidadas (nunca se miran las instantáneas incorpóreas,
sin embargo, continuamos acumulándolas como si su mera destrucción trajera mal
fario)…
Quizás todo se reduzca al tiempo restante para la próxima
mudanza. Ahí es donde comienzas a ver las orejas al lobo. O tal vez no la haya,
pero tu mente calcula, planifica por si acaso debes salir corriendo, una vez
más, y no vendría mal reducir el número de kilos que te acompañan, minimizar el
número de cachivaches, de recuerdos, de cajas.
Supongo que mi cerebro se ha hecho a ello, a estar preparado
para la próxima. Uno tiene su historial y, como el malhechor reincidente,
presume con orgullo de su lista de antecedentes. Calculo que realicé una
quincena de mudanzas en mis tiempos escoceses, quizá más, durante los casi
trece años y medio que permanecí en Edimburgo. Nunca residí en otra población.
En alguno de esos destinos estuve semanas, meses, en otros, años. El máximo, mi
última estancia, seis años con mis encantadores caseros (matrimonio arañando la
jubilación), en una típica casita británica (planta de abajo: hall, living,
cocina, baño; planta superior: toilet y tres dormitorios); jardín trasero de
hermoso tamaño, limitado por altos setos bien cuidados, donde tendía la ropa de
cama —el frescor de la brisa nórdica, el aroma, el aleteo y su flapflap— las
estivales mañanas sabáticas como si viviera dentro de una película de sobremesa
dominical; y otro pequeño jardín frontal, con su verjita. El que menos, un par
de noches y luego a la calle, cosas que pasan.
Recuerdo una en especial. Una mudanza imprevista a un hostal
o albergue para mochileros. Siete meses conviviendo con tres personas —dos
literas—en una habitación. Incluso tuve que alquilar un trastero (pura
necesidad logística), de esos por metro cúbico (el menor y más barato), similar
al utilizado por los protagonistas de Breaking Bad (salvo qué en lugar de un
colchón formado por millones de dólares en billetes, yo guardé mis libros,
papeles, recuerdos en un puñado de cajas de cartón grueso (otrora continentes
de bananas en el supermercado cuyo nombre imaginario fue Tesda).
Nunca me había ocurrido, hasta que un día sucedió. Después
de varios años como residente en la capital escocesa, después de unas cuantas
mudanzas, uno cree que ya lo vivió todo, que es un experto en aquello de
cambiar de piso, de compañeros, de barrio. Uno se cree conocedor de todo el
género humano, un catedrático en Antropología por la Universidad de Oxford, nada
podrá sorprenderme, se dice, hasta que un día viene la sorpresa vestida de
largo y, fiestera, llama a la puerta: toc, toc, toc. Te ves en la calle, con un
montón de cajas y maletas y bultos y mochilas. ¿Y ahora qué?, te dices. ¿Qué
carajo hago? Salió mal la vieja estrategia, la mil y una veces recomendada
(para cualquier aspecto de la vida): “Tú, al igual que los monos, o el
mismísimo Tarzán en sus buenos tiempos: no sueltes una liana hasta tener bien agarrada
la otra” (se aplica en el cambio de casa, de coche, de trabajo, incluso los
desaprensivos, o les debería llamar los listos de la vida, lo aplican a la muda
de pareja). Pero, a veces la segunda liana se rompe chas, y te pegas una
costalada contra el suelo que roba el aliento. Y eso sucedió aquella vez, la
chica (australiana), que iba a concederme una de sus habitaciones, se echó para
atrás en el último instante: “So sorry”, dijo por el telefonillo. “Más
lo siento yo, bonita”, pensé sin llegar a decirlo.
El final del episodio tuvo forma de hostal, como he
indicado, un albergue para trotamundos situado en la principal zona de copas de
la ciudad antigua. Repleto de australianos (aussies) y neozelandeses (kiwis),
primo-hermanos, que visitaban descalzos los pubs de alrededor. Imaginen el
percal. En el cual permanecí siete meses (consagrado a unos cursos, y
trabajando, no disponía de tiempo sobrante para buscar piso). Larga estancia
que finalizó, de forma abrupta, una madrugada de viernes, siendo escoltado por
la Policía, pero eso pertenece a otra batallita. De vez en cuando, cogía el bus
34 y me acercaba a la nave de trasteros, en el extrarradio. Accedía con un
código secreto (incluso me hacía ilusión, como de señor importante). Y allí me
tiraba un rato, cerrada la puerta, entre mis tesoros, abriendo y cerrando cajas
de plátanos. Cogiendo novelas para releer, buscando fechas y anécdotas entre
mis diarios, mirando, acariciando con nostalgia las fotos tomadas en las viejas
noches de farra con John, con Jenny, con Kelly, Marcus, Michelle, Donna, Neil y
el resto de la gente del gimnasio (mi primer trabajo, en su cocina). Luego
cerraba, con mimo, todas las tapas de cartón, de plástico. Apagaba la luz,
bloqueaba el código y tomaba un autobús de regreso a la ciudad.
¿Pretérito, presente? qué importa. A cada año transcurrido
se complica el asunto, se acumulan los libros, los papeles, los dibujos
infantiles, las tarjetas, los obsequios, las cajas. Los útiles con vocación de
tesoros y destino como trastos. Apuntes, libros de texto, agendas, fotocopias
encuadernadas. Carezco de arrojo, o de indiferencia, para enterrar en las
profundidades azules del contenedor todo aquello que genera de la nada —cual
milagro— cada Curso estudiado, cada trabajo experimentado, cada periodo vivido.
¿Cómo hace el resto de la gente? ¿Dónde guarda tanta cosa?
¿En esto consiste la vida, en acumular, despreciar,
deshacerse de trastos hasta que llegue el día cuando el trasto sea uno mismo?
A veces, me sorprendo planeando, viniéndome arriba, una pura
fantasía: llegará un día en el que me arme de valor, o desesperanza, y queme
todo ello, cajas, maletas, libros, regalos, ropa, móviles, fotografías… todo. Levantaré
una gran pira (digna del Primer Premio de Marchos de Fuenmayor)
en el jardín trasero utópico, inexistente. Tan sólo salvaré una mochila pequeña,
en su interior: una muda, las gafas de viejo y un libro. El único que
sobrevivirá a la quema, cual ninot ganador. Éste último, de Arturo
Pérez-Reverte, siempre lo llevaré conmigo. Lo conservaré hasta que sus páginas
amarilleen, sus tapas se agrieten, el lomo se deshilache. Lo guardaré hasta que
mis dedos temblorosos no soporten su peso. Una novela siempre ligada a mi
escapada, a mi propia aventura. Más de una docena de veces releída desde aquel
mágico año 2002, cuando entre sus páginas —estrenadas (despacio, disfrutándolo)
tan sólo en mi día libre de cada semana— soñaba con ser valiente, duro y fiel
como Potemkin Gálvez, pícaro, astuto, divertido y canalla como el Güero Dávila,
previsor, listo y profesional, a la par que atractivo como el gallego Santiago
Fisterra y, por supuesto, frío, calculador, inteligente, simétrico… y guerrero
al igual que “La Reina del Sur” Teresa Mendoza, alias La Mejicana:
—Cierra la boca… o juro que te mueres.
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