Existen fechas que trascienden, quedan grabadas a cincel en las tablas de piedra de nuestra memoria. Hay fechas que logran pasar del número a la letra. Para mí ese día es el veinte de febrero.
Tres acontecimientos comparten tiempo, los tres importantes,
los tres dignos de ser conmemorados, los tres requieren fiesta, brindis en
alto, símbolo rojo en el calendario. Mas, como dije, ya no necesito señalarlos
en la agenda. Dos cumpleaños y un personal aniversario.
Sobre todo, éste último, que me perdonen ambas cumpleañeras:
mi amiga Lucía que tal día suma y sigue en el almanaque de la vida (suyo, el
último abrazo recibido frente al Junco, antes de partir: “Si alguna noche
lloras, no te preocupes”, dijo); y mi sobrina, que apenas levantaba dos palmos
cuando mi marcha. Para mí, el veinte de febrero significa Escocia ─Edimburgo─ y
lo que supuso durante trece años.
El veinte de febrero significa libertad, miedo, buscarse la
vida; ensoñación, olor a levadura de cerveza, rellenar formularios laborales; incertidumbre,
echarle huevos, fiestas en pisos; landlords, entrevistas, flatmates;
magdalenas gigantescas de cima cubierta con chocolate blanco; estudio del
idioma, amistades internacionales, vuelos, Spanglish; el primer cruce
(al cual seguirían miles) a través de North Bridge ya de noche hacia la ciudad
antigua; un castillo protector en eterna vigía… Significa el comienzo de otra
existencia.
A veces pienso que fue otro quien experimentó aquello. Quizá
por eso lo conmemoro cada año, nieve o llueva, truene o abrase, levantando la
pinta de Guinness al cielo. Fui valiente, por una vez en la vida, y brindo por
el recuerdo.
Pasaron diez, veinte, más años, y continúa simbolizando lo
mismo.
Hace poco les planteé la alternativa: ¿y si hubiera
contraído matrimonio con la hija del charcutero, o de la pescadera, o con la de
los que llevan el casino del pueblo? No habría topado con todos ellos ─los
que habitan mis recuerdos─ nada de aquello hubiera sucedido:
John, con su cara de pillastre, incansable, noble,
divertido que me acogió bajo sus alas de hermano. Jennifer, a su vera, corazón
enorme, siempre atenta y paciente conmigo. Disfruté de su compañía unos días ─meses
atrás─
y siguen idénticos. Las almas buenas no caducan.
Penny, y nuestras charlas, su sonrisa con diente mellado, la
tobillera en uno de sus pies desnudos; su complicidad y apoyo. Su juventud
traviesa a la par que responsable. Aquella convivencia primeriza, con sus más y
sus menos. Aquel: “Are you okey?” que un atardecer, en horas bajas, me
acarició muy dentro.
Erika, y su sonrisa de dibujos animados, ojos vivaces de
chiquilla, delicadas manos que cortan la fruta en pedacitos ─fresa,
plátano, uva─
para rellenar el bol del desayuno, junto al muesli y la leche. Cuidadosa, sobre
papel de cocina para facilitar la limpieza. Erika, en lágrimas, dejando
escapar, con dulzura, despacio, la frase eterna, la que me ha perseguido toda
la vida: “You mean the world to me… but…”; siempre hay un ‘pero’.
Veinte de febrero trae aroma de sábanas tendidas en el
jardín trasero de Broomhouse, vestido con ropa de casa, peleando con el viento.
Marina, que saltó al césped en la prórroga ─la
maleta de retorno abierta sobre mi cama─ y juntos logramos la Champions de la
vida; su mera presencia hizo crecer un par de alas en mi espalda que evitaron
el castañazo contra el fondo del precipicio. Marina, causa de sueños perdidos,
desvelos febriles; destinataria de besos, poemas de madrugada y millones de
emoticonos (fruto de mi bautizo en guasap).
Iraya, su amiga, que conquistó un pedacito de mi ser con
otra de las frases que guardo entre algodones, imperecedera, una sentencia que
vale una vida de favores, de amistad, de buenos deseos en la distancia:
“Marina, me gusta este chico para ti”. Iraya, que nos prestó el nidito de amor unas
frías navidades, donde Marina y yo pasamos horas bajo la manta del sofá, viendo,
en un sobado portátil, Especiales de Año Nuevo ochenteros, presentados por el
dúo Martes y Trece, abanderado de la nostalgia: “¿Encannaa?”; con ruidos
nocturnos provenientes de la oscuridad del hall, tras la puerta del
living-dormitorio: ¿vecinos? ¿intrusos? ¿fantasmas navideños? Con nuestras
expediciones al Polo Norte, cada vez que necesitábamos visitar el lavabo. Un
nido en Gilmerton Road, donde hubo frío, sustos, pasión, risas y calores. Iraya,
que prolongaría la oferta de amistad, brazos abiertos, cuando todo acabó; su
encantadora sonrisa, perenne acogida en las Islas Afortunadas. Dueña de un
apego que traspasó años, océanos y fronteras, de una complicidad que sobrevivió
al amor perdido. Una amistad, sin intención, hurtada.
Veinte de febrero se traduce en recuerdos apelotonados,
llenos de misterio, que para ustedes no dicen casi nada y para mí lo significan
todo. Algunos incompletos, apenas esbozados en el lienzo de la memoria,
palabras que flotan entre la niebla, imágenes que lucen lo que dura un fósforo
encendido en una cueva, otros acompañados de frases grabadas a fuego.
Koldo, con la obsesión por su pequeña patria. Pionero del
reciclaje compulsivo. Koldo, que, a pesar de nuestras diferencias, ahí estuvo, porteador
de mudanzas y favores, compartiendo secretos y planes perdidos, confiando en mí
al igual que yo en él, más allá de siglas, nacionalidades y banderas. (No se
dejen engañar por aquellos que se dan la vidorra al otro lado de las
pantallas, a nuestra cuenta, del color que sean).
(Extremoduro todo lo cantó: Estoy cansado de romper
televisores, Y vuelven a salir de dentro siempre los mismos señores).
Cristina, y nuestros pisos compartidos. Cristina y un sueño
en forma de escalera, un escalón para arriba, y otro, y otro más. Su cabeza
rebosante de números y fechas límite, deadlines. Mientras, yo la
contemplaba con una mezcla de admiración, envidia y pereza. Una mujer con una
misión. ¡Con un par!
Álvaro, con su forito Fiesta, tan lejos de tierras levantinas;
nuestros almuerzos por la costa escocesa, las celebraciones escolares junto a
la chinita, los italianos, las checas, los franceses y el resto de
compatriotas. Cervezas en litrona, sándwiches de queso y cebolla, patatas
fritas de bolsa, tumbados en la playa de Portobello, a tiro de piedra del Jewel
Esk Valley College y las clases de la tarde.
Escribo ‘Portobello’ y salta un chivato rojo en el teclado: Louisa
Waugh, con su casita en aquel distrito; cómo nos conocimos: ella, alumna de
español; yo, su profesor, en la cafetería del cine Odeon de Lothian Road; la aprendiz
que se convirtió en amiga, y que resultó ser escritora. Su valentía, coraje,
ansia de vivir; las aventuras y libros escritos. Echen un vistazo, de veras merece
la pena: “Bajo un cielo azul cobalto” (sus años en Mongolia); “Selling
Olga” (su investigación novelada sobre trata de blancas y prostitución),
y por supuesto ─saquen el pañuelo─ la maravillosa: “Meet me in
Gaza” (el relato de su estancia en la franja, la historia de un pueblo
generoso y acogedor y con un sentido del humor brutal y negro ─levantado
entre bombas, llantos y escombros─, un pueblo siempre atrapado entre dos
muros de maldad: el Gobierno israelí y Hamas). Louisa, que me acompañó a Comisaría
cuando desapareció una amiga; en su papel protector (siendo periodista de
renombre, además de autora), y traductor (por si acaso); y a su vez, defendiendo
mi rol de amigo preocupado, ante aquellos policías de cabello claro y mente
oscura… otra historia que se ahogó en el tintero… o quizás no: muchos años más
tarde fue inspiración del relato: “Frágil cual muñeca desnuda”.
Veinte de febrero.
Mi querida Marta (inseparable de Cristina, las Pin y Pon)
que marchó pronto y de malas maneras, porque a veces la vida es muy perra, y
enseña los dientes, acecha, muerde.
Veinte de febrero.
Bullicio en el patio, risas, el olor a pintura y pegamento,
ojeras, el sonido de sus vocecitas ensayando villancicos; los banquetes
matinales ─viernes─
en la sala de personal docente (té y café, tartas de mil sabores, tostadas con
queso y nuez, scones con mantequilla y mermelada…); la magia que experimenté
durante los últimos años en guarderías y escuelas. El compañerismo y amabilidad
de los profesores para conmigo, el cariño de los peques, el halago de madres y
padres; la calidez de mis lágrimas tras finalizar el periodo de prácticas con
el grupo P3 de la Señorita Julie: “¿Ahora qué será de mí, sin mis nenes?”, dije
a los adoquines húmedos que ascendían por la Royal Mile, con un puñado de
acuarelas y dibujos bajo el brazo: corazones, retratos, Nessies, estrellas,
unicornios, huellas de manitas multicolor, y algún que otro abstracto. Aunque
años después ─lo confieso─ también hubo viernes que marcadas las
18:01 horas, deseé no ver una criatura ni por videoconferencia.
Por supuesto hay más: sucesos, protagonistas y secundarios,
muchísimos más, incluso otros que nunca aparecieron en estas páginas. La
ausencia no implica desprecio ni falta de relevancia. También constas tú, que
lees a hurtadillas y conoces parte del relato; o tú, que te convertiste en mi
presente.
Siempre existen distintas versiones, yo les narro la mía, no
se fíen.
Y recuerden: las mejores historias son las no escritas.
Todo esto representa mi veinte de febrero.
─Cheers! (salud).
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