martes, 3 de febrero de 2026

F239 - Las vidas que no fueron

¿Me acompañan ustedes en un peculiar viaje? Una expedición al pasado que nunca tuve, un salto en el tiempo que no requiere la ayuda del viejo DeLorean. Dejémosle reposar ─bajo la lona, en su placita de garaje─ que bastante tralla le di a lo largo de estos años de juntar letras.

Un periplo al ayer que podría haber vivido, o quizás no. Un pretérito alternativo, de los muchos que pudieron acontecer. Dicen, los que saben de cábalas y destinos y bolas de cristal, que todo sucede por algo. Me hace gracia la frasecita. Todo, los errores, los aciertos, las victorias, las derrotas, las risas, las lágrimas, los favores, las puñaladas. Los amoríos, la ausencia de ellos. Todo sucede por algo. Me sobreviene la risa floja.

Me dispongo a vislumbrar una de las posibles vías que no tomé, o que la vida el que dirige el cotarro y se carcajea con tus planes, sueños y elecciones─ no puso ante mí.

Regreso al terruño, al pueblo que me vio crecer, vecino de la pequeña capital riojana. Objetivo: experimentar, aunque sea de tapadillo, de refilón como estas batallitas, donde relato, pero no cuento la opción que no fue, adoptar el papel que descarté o que alguien retiró de mi senda. Enfrentarme a la elección que en su día asfixiaba, que sentí tan empinada como el condenado Tourmalet. ¿Qué habría sucedido? ¿Qué, si hubiese permanecido quieto, si no hubiera subido a aquel avión con destino a Escocia?, ¿Habría contraído matrimonio con la hija del panadero, o de la pescatera, o con la de los que regentan el casino del pueblo? ¿Acaso tendría ahora mi pisito adosado en la urbanización con piscina comunitaria? ¿Quizás sería padre de uno coma veintiséis hijos, igualando la media nacional por aquel entonces? ¿Cuidaría de un jardincito con rosas, geranios y amapolas, bordeado por una valla de madera pintada de blanco? ¿Pertenecería a una de las sociedades gastronómicas? ¿Cantaría en el orfeón? ¿Jugaría al futbito partidos de solteros contra casados?

Tan sólo pretendo soñar por un día, jugar al Rol sin baraja, reglas, dado poliédrico, ni Máster del universo; meterme en el pellejo de todos ellos, de los que sí lo eligieron, de los que se quedaron, de los que juntaron el valor necesario, se calzaron las zapatillas de tacos y pedalada tras pedalada enfrentaron la subida más dura de la vida, despacio, dando tumbos, de lado a lado, sobre la bicicleta –estilo Pirata Pantani─; aquellos que miraron a los ojos al maldito Tourmalet y le enseñaron los dientes: “¡No vas a poder conmigo!”.

Elijo saltar a un pasado que nunca sucedió, retornar al pueblo que grabó su nombre dentro del niño que fui, celebrar el cumpleaños de la pequeñaja de la familia que ya no lo es tanto. Observar, charlar, hacer familia (qué bonito suena, cuán difícil resulta), quedarse un poco fuera me agrada permanecer en segundo plano, estando y al mismo tiempo no estando, como si flotara sobre la escena estático en el rincón, cual juez de línea, vislumbrando mi yo inexistente, con una linda mujer y un par de criaturas la parejita extasiado a la par que divertido. Contemplar las caritas de los infantes, los rostros curtidos de los adultos, escuchar los juegos de aquellos, las rutinas de estos, sembradas de anécdotas, incluso de los pocos sueños que quizá sigan teniendo. Progenitores con cara de cansancio, reflejo de la batalla rutinaria, las pedaladas contra cada repecho, cada curva, llueva, nieve, caigan chuzos o caliente el sol cual horno que derrite el asfalto; lucha sempiterna con los deberes, el kárate, fútbol, natación, piano de cola… el universo, para mí desconocido, de las actividades extraescolares, la logística doméstica, la vida de pareja en permanente modo de espera. “Recógelos tú hoy, cariño, que tengo reunión con la directiva”; “¿Llenaste el depósito de la SUV?”; “¿Podrían tus padres echarnos un cable este finde?”; “Mivida, ¿te quedarás con ellos el sábado?, tengo noche de chicas”.

Hoy toca vivir una de las muchas vidas alternativas. Una que no lo fue, no pudo ser o no quise elegir.

Disfrutar la carrera sin riesgo a caer por uno de los precipicios del Tourmalet.

¡Nos vamos de cumple!

Regalos a tutiplén envueltos en mil y un colores; piñata civilizada tirón de cordeles, sin garrotazos; gritos de excitación; pelea feroz por las chuches derramadas; risas; carreras alrededor de las mesas; el explotar de globos para sobresalto de los mayores─; dulce anarquía; tarta de colorines, princesas Disney xerografiadas; hermanos canijos que contemplan todo con ojos grandes, y dedito que señala, intuyendo que dentro de poco serán ellos los protagonistas. Mamás apañadas, ya no tan jóvenes ninguno lo somos; papás solícitos; juntos gozándolo, tal vez concediéndose una tregua en la eterna disputa matrimonial. Abuelas, tíos, primas, amiguitas y compañeros. Todos un poco más viejos, un año más exactamente, otro simulacro de lo que podía haber sido y nunca fue.

Soplido de velas, instante esperado, icónico, “¿Quién tiene mechero!”; momento de entusiasmo y concentración, sonrisa nerviosa de la homenajeada, la melodía del Cumpleaños Feliz de Parchís envuelve la atmósfera; olor a humo y azúcar glaseado, cañonazo de confeti: ¡plaf!, suena; más risotadas, caritas de entusiasmo, aplausos, manitas que se alzan en busca de una porción de tarta. ¿Cari, lo grabaste con el móvil? Instantáneas carne de Instagram. Imágenes digitales que pronto serán olvidadas, sepultadas bajo otro millar de primo-hermanas; fotos tan modernas cuan efímeras que desearán la suerte de sus antepasadas, aquellas en papel que dormían en cajas de zapatos y pasaban, de mano en mano, en las reuniones familiares y cenas de amigos, generación tras generación, hasta que sus esquinas quedaban dobladas y el color tornaba ambarino: “Antaño se vivía mejor”, murmurarán entre ellas, melancólicas, flotando en la nube virtual.

Madres y padres satisfechos, viendo a sus retoños jugar, correr, competir, tener sus primeras rencillas, incluso con derrame de lágrimas. Los niños son risa y llanto. Acciones que provocarán sonrisas en los adultos, el mejor maquillaje para disimular ojeras, cansancios y frustraciones. Pequeños premios, quizás compensación por sueños rotos que dejaron de perseguir. O tal vez, orgullo de lo conseguido. Quién sabe, para mí resulta cómodo juzgar la corrida tras el burladero.

Deseo abrazar, besar, achuchar, porque sé que quizá sea la última oportunidad, que dentro de un año ya serán mayores, con la mirada tornando seria, llena de sosiego, como si adivinaran de qué va todo esto a lo que llamamos vida, como si comenzaran a sopesar alternativas, cruces de caminos, vidas paralelas. Como si descifraran el más sagrado de los secretos, que Melchor, Gaspar y Baltasar siempre fueron unos entrañables impostores.

Hoy toca disfrutar, vivir el propio sueño perdido. Ser padre imaginario, tío visitador y crío camuflado, un galimatías de entusiasmo.

“Hay un niño que se esconde, siempre detrás de mí”. Fito posee la curiosa habilidad de cantar mi vida.

Pero… en toda buena historia siempre hay un ‘pero’.

La guinda del pastel sin guindas qué malas sabían. Otra broma del azar, que extiende sus alas tenebrosas; un guiño retorcido de quien mueve los hilos del tinglado, que continúa descojonándose a nuestra costa. Un recordatorio de que esto dura cuatro días y uno de ellos lo pasamos durmiendo. Un grito para que espabilemos: ¡Carpe diem! Aprovecha el momento y todo eso. ¿Acaso no vieron El Club de los Poetas Muertos? ¡Oh Capitán, mi Capitán!

La sala de eventos, vasta y diáfana, presenta largas mesas, con mantel desechable, repletas de comida cubitos de tortilla, encurtidos, jamón, emparedados troceados, queso, bocatitas, embutidos, croquetas… y botellas de vino y cerveza. Sillas plegables, de madera. Grandes ventanales que dan al patio lleno de árboles robustos, pelados en invierno. Una sala que fue una clase de colegio, allá por el pleistoceno. Un aula donde cursé quinto de EGB. Quedo absorto, mirando los árboles a través de las ventanas; aquellos mismos árboles que vi llenos de hojas verdes, o con sus ramas soportando el viento, incluso dobladas por el peso de la nieve. Todo ello desde una mirada infantil, que nunca hubiera imaginado el futuro que le esperaba. Aula donde se formaron preciosos recuerdos, sin embargo, cayeron derrotados por uno de los peores de mi infancia, cuando una tarde de jueves, la Señorita Milagros nos comunicó, con ojos anegados en lágrimas y voz temblorosa, que nuestro compañerito Abel no vendría al día siguiente, que no regresaría jamás, que había subido al Cielo porque su corazón era tan grande que no le cabía en el pecho.

Aún recuerdo aquella noche, alzando los ojos empañados al manto negro preñado de diminutas estrellas, escudriñando aquellas luces blancas en un vano intento de adivinar cuál de ellas prendió Abel

Me sirvo un vino… y alzo el vaso de cartón en su memoria.


(Relacionada: F76 - Soneto de madrugada).




 

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