Está viejecito, y todos sabemos que, a veces, los mayores se
comportan como niños chicos. Caprichosos, se enfurruñan por cualquier nadería y
te sueltan: “¡Ahora no juego!”. No, no me refiero a una persona, ni siquiera a
una mascota, aunque gatos y perros comparten dicha actitud. Me refiero a mi
coche. Acaba de cumplir veintidós años, que a ojo equivalen a setenta y pico en
edad humana. Un abuelito.
Les cuento.
Otra madrugada heladora ─intuyo acurrucado pues acaba
de saltar la calefacción─ lo correspondiente a esta hoja del calendario (por mucho
que nos quieran vender la moto de invierno calenturiento). El reloj digital
proyecta sus números rojos sobre el techo: 2:17. La hora bruja de los
mocetes de Weapons. Toca levantar el culo de la cama ─con lo calentito que se está
bajo el edredón, el aroma de radiador caliente: puro chute de infancia─;
hora de averiguar, tanteando el frío parqué con pies descalzos, dónde diablos
puse las pantuflas. Toca salir a la noche, para ganarse las alubias: “¡Tengan
cuidado ahí fuera!”, dice la vocecita, con recochineo, emulando el tono del
sargento de Canción Triste de Hill Street. ¡Pero si todavía no pusieron las
calles y los semáforos lucen un eterno ámbar intermitente!, protesto entre
dientes. Tan sólo espero no cruzarme con los críos hechizados de la dichosa
película, corriendo con los ojos en blanco, brazos extendidos hacia atrás, en
ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al torso, como si fueran malditos
F16 en busca de su objetivo. Pobrecillos, me digo, esta noche tendrían las alas
congeladas y requerirían una humillante y anaranjada ducha de agua y glicol
para deshacer el hielo. ¡Jolines, así no hay quien mate a nadie!, se dirían ─morritos
fruncidos─
por telepatía.
El día anterior aparqué algo lejos. A escasos quinientos
metros de la gasolinera. Lo hice en línea (para los no conductores: en paralelo
a la acera). Entre dos coches, muy ajustado, casi rozando los parachoques. Y es
que la cosa está muy malita ─el estacionamiento─ incluso
en los barrios periféricos. Mucho carril bici, mucha zona peatonal, mucha zona
azul, verde, arcoíris. Sin embargo, se siguen fabricando ─y
vendiendo─
miles de coches cada día. Va siendo hora de que algún genio invente el
aparcamiento vertical exterior; o un reductor de la materia en forma de pistola
futurista, apuntarías: ¡Biiing!, y el utilitario quedaría encogido a
tamaño llavero.
Hace mucho frío. Sigo el ritual como un autómata: abro la
puerta, manualmente, con la llave de contacto (el control remoto la espichó hace
siglos). Me acomodo tras el volante, con algo de esfuerzo (cada año que cumplo
está más bajo este coche… y yo no he crecido). La temperatura del asiento
grita: ¡Vuelve a la cama! Todavía no oso bajarme el cuello de la chamarra, ni
siquiera el del forro polar. Ambas prendas del uniforme de trabajo, tan
colorido que se ve a leguas de distancia. El vaho que expiro dibuja una sonrisa
en mi rostro, acude a mí la pregunta que me hicieron mil y una veces en la
lejana ─física
y temporalmente─ Edimburgo: “¿Español? ¿Por qué viniste a la fría Escocia
siendo de la sunny Spain? Pobres ingenuos, visualizan nuestro país como
una playa sin fin, sol omnipresente y ríos de sangría.
Introduzco la llave en el contacto. Cruzo los dedos, susurro
una pequeña oración a San Cristóbal, acaricio el volante (con los años ha
tornado mimoso, adora las carantoñas). Giro la llave. Ñiiiic. Suena.
No arranca.
No se lo tengo en cuenta. El pobre está congelado. Acabo de
sacarle del quinto sueño a la intemperie, lo supongo malhumorado. Pruebo a
virar dos o tres veces la llave sólo un puntito, para activar el calentador de
contacto, como debe hacerse en los motores diésel (un truco que me enseñó mi
hermano, que sabe un huevo de estas cosas). Pruebo. Nada. Comienzo a ponerme
nervioso. A hacer números en la cabeza. La empresa donde trabajo se encuentra
en un pueblo, a unos cuantos kilómetros. Un taxi, a las tres de la madrugada…
ruina total.
─Venga, bonito, no me falles tú también ─susurro
afectuoso, incluyendo en la frase, con absurdo rencor, a tooodos
aquellos que me fallaron alguna vez (cero de autocrítica, por supuesto).
Giro la llave, de nuevo.
Arranca, tras un ahogado petardazo, una tos, quizás un
bostezo.
─Yeaaaah! ─grito al vacío del habitáculo. Al modo
que hacen en las pelis yanquis, dentro de la sala abarrotada ─pantallas
gigantescas, ordenadores, tazas con divertidas leyendas y tipos de camisa
blanca, puños remangados y corbata suelta─ el escudo de la NASA sobre la
pared, cuando el Apolo XXXIII aterriza en un planeta desconocido, con toda la
tripulación a salvo ─cinco estadounidenses (tres hombres y dos mujeres) y
un chino─;
o los bravos astronautas, Born in USA, salvan la Tierra, por enésima vez,
de una invasión alienígena.
Me corto de aplaudir y abrazarme a mí mismo ─a
falta de colegas con camisa blanca y sonrisa profidén─.
─Jorge, relaja que no estás en Minnesota ─me
digo, un tanto avergonzado.
Sonrío, enciendo las luces, beso el volante. (Le he cogido
un cariño especial, a este bicho con ruedas. Me lo vendió un buen amigo).
Los veo a lo lejos, al fondo, en otra carretera
perpendicular a la mía.
Sé, al instante, que vendrán por mí.
Observo cómo dan un rodeo, dos o tres manzanas. Apagan las
luces identificadoras. Yo sigo con mi ritual. Acomodo todo. Pongo la
calefacción, orientada al parabrisas ─cubierto por una lámina de hielo─ al
número tres (la cuarta posición pereció). Enciendo la radio. Busco emisora
manualmente (nada de pantallitas ni bluetooth). Arresto al móvil en la guantera
(distracciones cero, dice la vocecita).
Vistazo al retrovisor derecho: humo espeso y blanquecino
emana del tubo de escape. Todavía está frío el motor. Aguardaré un poco más,
voy bien de tiempo. Me palpo los bolsillos, en busca de las tarjetas de
identificación del trabajo; presiono una vez la palanca del limpiaparabrisas; recojo
un par de bolsas de Cheetos de la alfombrilla del copiloto; ordeno mis
papeles, resuelvo un crucigrama… ahí, a lo Sabina.
─Ya están aquííí… ─me digo. (Léase con la
vocecita de Caroline ─en realidad, Carol Anne─ de Poltergeist).
Los veo aproximarse, por el retrovisor. Dos potentes faros
que podrían iluminar el Santiago Bernabeu en una noche nebulosa. Led o alguna
modernidad similar.
Se detienen a mi lado. El carril parece un quirófano,
sobredosis de luz. Podría distinguir una matrícula a doscientos cincuenta metros,
si la vista me lo permitiera.
Me hago el sueco, con semejante frío mi cerebro cree habitar
en Malmö.
Enredo con los botones del radiocasete. ¿Y si pongo el CD de
los Chunguitos a todo volumen?, bromeo.
Soy un perro callejerooo…
Miro al frente. Deben de pensar que estoy drogado, dormido
con los ojos abiertos, borracho o que mi vista periférica pasó a mejor vida.
Un fogonazo giratorio.
¡Foooom!
Rápido, insonoro, futurista.
El interior de mi coche viste un azul eléctrico por un
instante, como si fuera la casa de los Pitufos celebrando una noche ochentera;
o estuviera a punto de ser abducido por la nave nodriza. Impresiona.
¡Oh! Me sorprendo cual actor secundario en teatro de pueblo.
Giro el rostro a la izquierda.
El coche patrulla es voluminoso y alto. Parece una nave
espacial blanca, impoluta, y rotulada con escudo y denominación de la Policía
Autonómica. Tras el gesto del tipo bajo la ventanilla.
─¡Buenas noches! ─dice. Joven, pelo rapado, ojos
curiosos bajo frondosas cejas, arete negro en la oreja.
─Hola.
─¿Existe algún motivo por el cual se encuentra detenido con
el vehículo en marcha y las luces encendidas?
Todo eso dice el agente, del tirón. Como si lo hubiera
memorizado del libro de texto: “Policía. Capítulo 4: Identificación de
vehículo sospechoso en la nocturnidad”.
─Sí, que está viejito, el pobre ─respondo.
─¿Cómo?
─El coche tiene sus años y necesita unos minutos para
calentar el motor, las válvulas de tránsito y el circuito de combustión. ─digo
de seguido, inventándome la mitad, para mostrarle que yo también pudiera haber
empollado la sección del manual de usuario: “Vehículo con motor diésel,
arranque en condiciones meteorológicas adversas”.
─…
Me observa, atenta la mirada. Transcurren horas camufladas
en segundos. Duda si le estoy vacilando o simplemente aterido.
─Voy a trabajar ─añado, para templar el ambiente,
señalando el logo de mi uniforme ultra colorido y archiconocido en esta pequeña
ciudad.
─Okey, hemos parado por si necesitaba ayuda.
Les agradezco el detalle, sin detenerme a calcular el grado
de veracidad. Al menos no me soltaron aquello de: “Bájese del vehículo
despacio. Las manos donde pueda verlas. Abra el maletero…”; y ante aquellos
ojos expectantes mis enseres de trabajo: un Kalashnikov AK-47, dos Colt 45, tres
paquetes de polvo blanco, cuatro bolsas de billetes enrollados a lo Breaking
Bad…
Es de coña, querido lector literal.
Disculpen ustedes, me pillan devorando capítulo tras
capítulo la serie Fargo, de ahí la fantasía criminal. Así empezó todo, con mi
sencillo homenaje a la película homónima ─en un foro virtual, compuesto
por expatriados nostálgicos, de cuyo nombre no quiero acordarme─; así
nacieron las primeras Fargaditas.
This is a true story, reza el comienzo de
Fargo.
P. D.: ¡Va por ti, Jose!

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