Tengo música en la cabeza. No consigo bloquearla.
Y el de en medio de los Chiiichooos
Me ha dicho que soy muu buenoo
Que tengo buen corazóóón
Y que nunca voy sereenooo.
Despertares. Vuelta a la realidad. Regreso al presente, más
bien a un cercano pasado. Siguen las Pascuas, cada vez más duraderas. Vuelta a
mi ritual solitario, ese que llevas a cabo con ausencia de pareja, el ver
películas y series navideñas, a golpe de polvorón, cava y turrón de yema. Por
enésima vez, Love Actually: uno la comienza con mil y una promesas de entereza,
de madurez, de hombría: “¡Qué somos leones o huevones?”; “No lloraré, no
lloraré, no lloraré”, y acaba, como cada año, manta hasta la barbilla y las
lágrimas calientes acumuladas tras una presa a punto de desbordar, durante las
escenas habituales. Escenas de ruptura, de engaño, de amor no correspondido, al
igual que aquellas de cariño, de enamoramiento con la persona idónea, del
primer amor en la infancia. Escenas donde chocan con su alma gemela en plena
calle, en el super, en un pueblo recóndito, en el colegio de sus niños, en un
aeropuerto. La ves de nuevo, dispuesto a no creerte nada, a hacerte el duro, es
sólo ficción, te dices, y acabas anhelando la vida de alguno de los personajes.
Yo ya no sé cómo olvidaaarte, eh, eh, eeh
Cómo arrancarte de mis adeeentro’
Desde que te marchaastee
Mi vida e’ un tormentooo
Despertares. Continúa la Navidad eterna. Nadie como los
británicos para reflejar ese espíritu navideño de cartón-piedra, de apariencia,
que terminas creyendo como en su día creíste en los Reyes Magos. A pesar de que
tras el Boxing day (26 diciembre) todo regresa a lo anterior. Ni
siquiera aguardan al siete de enero, los herejes estos. El abeto abandonado
junto al contenedor del Tesco, los adornos en el desván dentro de una caja de
cartón con una etiqueta que reza: ‘Christmas Decorations’.
Pienso todo ello frente a la televisión, la miniserie de Mr
Bean ─un
genio─
Man vs Baby, en la que se encuentra un bebé, junto a la puerta, y lo llama ‘Baby
Jesus’ (‘Beibi Chiisas’, pronuncian ellos para darse importancia). La
nieve en las Highlands escocesas, las llamadas familiares, la gran cena con sus
coles de Bruselas, pavo gigantesco, salsa gravy; junto a cada plato, los
artilugios denominados ‘crackers’, cilindros de cartón y papel de
colores: dorado, rojo, plateado; entre dos comensales, uno tira de cada extremo
y al abrirse suena plop, como un petardo, en su interior pequeños
obsequios, como esas coronas de papel tintado que cada uno pondrá en su cabeza,
un vano intento de regresar a la infancia, al menos durante el rato que dure la
comilona.
Nadie como los británicos para hacerte vislumbrar todo esto.
Deseas caer dentro de la película, sentarte a la mesa junto a ellos, extremo de
cracker en mano, al otro una linda escocesa, plop, entre risas
coronarnos mutuamente y servirle una loncha de pavo, coles de Bruselas, salsa, “Just
two spoonfuls, please darling”, y puré de patatas. Tal vez sólo sea
la nostalgia jugándome una mala pasada.
Fueeera de mííí
Ya no quieeero tu quereeer
De mi mente te he borradooo
Ya no quierooo besar tu’ labio’
Vuelta a la realidad presente. Tengo música en la cabeza. Me
acompaña allá donde vaya, sobre todo en el trabajo ─físico y monótono─
culpa del vermú dominical. Lo explico, día festivo, una amiga y yo nos
adentramos en el casco medieval, pasada la una del mediodía, en busca del
espíritu navideño y su correspondiente dosis alcohólica. Otra vez, nos
encontramos con ellos. Constituyen una modesta banda flamenca, tocan versiones
por la calle, al amparo de algún bar, para caldear el gélido diciembre. De ahí
las canciones, que lanzan el ancla en mi cerebro y no hay marea que las mueva.
Tú eres el vaquillaa, alegre bandolero
Porque lo que ganaaas repartes el dinero
Tú eres el vaquillaaa de buenos sentimientos
Si al final dependeees de un simple carcelero.
La ciudad se esfuerza en pintar una estampa navideña, un
amago ─loable─
de resucitar el espíritu, en coma inducido por estos lares. El trenecito rojo,
abarrotado de turistas y locales que saludan entre risas, junto a sus
pequeñuelos que miran todo con ojos grandes; al fondo, la noria altísima con su
diseño de ciencia ficción, el London Eye de la ciudad blanca, que trae
recuerdos de otra noria ─y una tal Azucena─ otra ciudad, otra vida… La banda oficial
ambulante interpreta canciones festivas, como si fueran las fiestas patronales,
y, de vez en cuando, inserta con cuña un villancico ─a petición pública, turistas
ya saben─
no somos británicos por aquí arriba. En la boca del callejón, una tierna
escena. La chiquilla de apenas tres años contempla embelesada a los músicos, suelta
la mano del abuelo y se acerca, permanece absorta frente al bombo que marca el
ritmo del villancico bom, bom bom, bom, suena. La mujer que lo maneja, rendida
ante la dulce mirada, le permite coger el mazo e imitarla ─durante
el descanso de cigarrillo y caldo─ para satisfacción de yayo y nieta, y
deleite generalizado.
Liiibre soy contigo, liiibre sooy
Como el vieento libre, libre, liiibre soy
Sooy feliz contigo, soy feliiiz junto a tiii
Vuelta a la realidad. Regreso al desengaño. ¿Dónde está mi
Noche de Paz? ¿Dónde quedó la Noche de Amor? ¿Quién apagó mi Noche de Luz? Me
siento estafado, crédulo de cuentos chinos, o más bien de cuentos de magos
orientales. ¿Quién robó mi Nochebuena? ¿Quién, el día de Navidad? Fin de la
candidez que otorga la ficción, como cuando de críos te chiva el amargado
vecinito ─de
quien recuerdas nombre y apellidos─ que los Reyes Magos son los padres, y
ante tu interrogatorio posterior descubres en la mirada de estos una mezcla de
tristeza (mamá) y orgullo (papá), la primera por tu mal rato, el segundo porque
ya dejaste la inocencia… y te quieres morir.
¿Cómo recupero mi dinero? ¿A quién solicitar la hoja de
Reclamaciones? Las quejas al maestro armero, decía el sargento Peláez ─sonrisa
zorruna y arrogante─ durante los tiempos de Mili.
Échame una mano prima
Que viene mi novio a veermeee
Estoy tan nerviosa que
No sé qué vestío poneermeee
Regreso a la realidad, abandonamos la ficción (la cual
también permite construir toda una historia alrededor de un pobre hombre ─luciendo
tweed y zapatos viejos─ que en su día se limitó a tomar un café mientras leía un
grueso libro (título desconocido) en el Elephant House de la capital escocesa.
Porque tú te ves bonita
Tú teee pones orgullosa
Ni más ni menos, ni más ni menos
Más bonitas son las roosas
Vieneee el tiempo y las marchita.
El pequeño grupo ameniza el vermú, templa espíritus, promete
hechizos. El cantante, la corista, el guitarra, el del cajón. Gitanos todos ─y
ufanos por ello─ el vocalista, pelo largo, camisa negra abierta, de pelo
en pecho y enorme crucifijo; el tipo se come la calle con patatas, baila,
sonríe, vacila a unos y otras ─adora que lo filmen con móvil─;
puede que no sea un gran vocalista ─micrófono pegado a los labios, ritmo
acelerado─
pero lo compensa con su don. Un don que muchos grandes “cantantes” quisieran
para sí. El don de contagiar entusiasmo a su alrededor. Sangre gitana por las
venas. Desborda gracia, sonrisas y desparpajo, tan escasos por estas tierras.
Si se lo propusiera, con su labia ─en ausencia de flauta─
se llevaría a todos los niños de la ciudad hipnotizados, cual músico de Hamelín.
Canciones de amor, de fiesta, de camaradería y traición. Algún
villancico se cuela, a petición popular ─la Marimorena, cómo no─.
El tramo de calleja es suyo, territorio conquistado, lo tomaron sin disparar un
tiro, a golpe de guitarra y cajón, de sonrisas, voz ronca y coros rumberos. Melodías
que llaman a soñar, también recordar, melodías que traen sonrisas y alguna
lágrima que pelea por asomar. La gente salta, da palmas, baila, entona los
estribillos. El frío presente, cómplice de la banda, obliga a mover cuerpo y
alma. La cerveza y el vermú aportan su granito de arena. Locales, visitantes,
tipos futboleros con bufandas blanquiazules, del Real Oviedo. Uno de ellos, el
más cachondo de los guajes, exclama entre risotadas: “¿Estáis seguros de que no
jugamos contra el Málaga?”, sin acabar de creer que continúan en el norte, que
se hallan en la ciudad blanca, la ciudad del silencio. El gitano y sus
compadres lo han conseguido, transformaron la callejuela con su duende y empeño.
Quién te escribía a ti veersos
Dime mi niñaa quiéén era
Quién te mandaba flores
Por primaveeera
Y cada nueve de noviembre
Como siempre sin tarjeta sí
Te mandaba a ti un ramiito
De violetas sí.
Jamás una canción tan hermosa tuvo letra tan cruel.
Todo un popurrí entrañable, cantaron los flamenquitos: Tijeritas,
los Chichos, Navajita plateá, Niña Pastori, Manzanita, Ketama, Estopa… y ya
despidiéndose un cálido homenaje, Antonio Flores.
Prometo veeer la alegría
Escarmentar de la experienciaa
Pero nunca
Nunca más usar la violenciaaa
Para turu tu turuu
Para turu tu turuuu
El gentío rompe a saltar, botellas en alto, grita, baila,
corea el ‘para turu tu turuuuu…’.
Desterrar la violencia, la utopía eterna. El sueño de los
ingenuos. Puede ser adormecida, incluso sedada, pero siempre quedará una
semilla a la espera de gotitas de odio para germinar. Es algo intrínseco al ser
humano, lo lleva en la sangre y en el espíritu (nada navideño).
¿Dónde quedó mi Noche de Paz?
¿Quién carajo conoce al maestro armero!
Libre, Liiibre, quiero ser
Quiero ser, quiero ser Libreee.
Imposible bloquear… la música dentro de mi cabeza.
(Relacionado: F61- Rozando la Estrella de Navidad).

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