Transcurría gélido el mes de diciembre, el viento omnipresente incrementaba la sensación de frío y una fina capa de nieve cubría las calles y los edificios grisáceos de Edimburgo. El castillo, siempre vigilante y protector, lucía hermoso, como de postal navideña. Me encontraba en mi refugio habitual, la cafetería Elephant House con sus grandes mesas de forma redondeada y uso comunitario, donde tantas horas pasé durante aquel periodo de mi vida. Aquella tarde intentaba entrar en calor con una gigantesca taza de café entre las manos y un grueso libro ─cuadernillo a su vera─ por toda compañía. En la atmósfera flotaba una mezcolanza de aromas ─ a café, pastas de jengibre y rollos de canela─ que avivaba el espíritu navideño. La típica decoración y la suave banda sonora de fondo ejercían de cómplices, duplicando el efecto.
─Gran escritora y excelente persona ─dijo la voz.
Levanté la vista del libro, el último título de la saga Harry
Potter. Ante mí, un tipo sonreía como si me conociera de toda la vida. De baja
estatura, enjuto, lucía barba poblada y encanecida, y cabello demasiado largo y
un tanto grasiento. Vestía una chaqueta de tweed y sujetaba una gorra a juego
con su mano izquierda, mientras la diestra sostenía un tazón humeante. Señaló
con ésta, ligeramente, aclarando que se refería a la autora que yo leía.
─¿Te importa si me siento aquí? ─dijo, de seguido, antes de que
yo abriera la boca.
─No, claro.
─Veo que eres lector, te he observado por aquí en más de
una ocasión, siempre con un libro dentro de esa mochilita que portas. Incluso
he advertido que escribes parrafadas en ese cuaderno ─dijo, señalando con el mentón─
¿Eres escritor? ¿Me permites que te narre un cuento navideño?
De nuevo, disparaba una frase tras otra en forma de monólogo,
mostrando una envidiable perfección del idioma de Shakespeare, adornado con un
deje escocés. Un acento educado, como de profesor, guía turístico o locutor de
la BBC Scotland.
Por toda respuesta, cerré el libro y asentí con la cabeza. Nunca
venía mal practicar un poco de listening, pronto me presentaría al
examen del First Certificate. Antes de que finalizara el gesto, aquel
tipo extraño comenzó su relato:
“Mr McRooge siempre tuvo mal humor. Era algo por todos
sabido, por sus vecinos, por las camareras del pub local, por sus compañeros de
subsidio y camaradas de barra. No se le conocía pareja, ni siquiera familia
cercana. Un solitario de los de toda la vida. Gruñón, a veces hablaba consigo
mismo, e incluso discutía con su yo interior ante la escasez de contrincantes. Siempre
vestía de tweed, tocado con una gorra del mismo tejido. Presumía de unos
zapatos deslumbrantes ─marrones con puntera blanca, como de
gánster hortera─ traídos de Alicante, donde veraneó de joven, mucho
mejores que los sobrevalorados italianos. Despreciaba a todos los que vestían a
la americana, como él decía: “Los vaqueros son una ordinariez”. Le gustaba
escribir, y algunos que tuvieron acceso a sus textos opinaban que no se le daba
mal del todo, pero carecía de la chispa mágica que prendiera un incendio
devastador, no fogatitas de callejón. Era un tanto arrogante, también presumido,
incluso juraba que conoció en persona ─de jóvenes─ a una escritora ─hoy
famosa─
que solía frecuentar la cafetería Elephant House, a la cual un día mostró un
modesto pero extenso relato en busca de opinión y consejo, así entre colegas.
La joven lo leyó del tirón, frente a él, y tras un par de tazas de té y tres
cigarrillos ─eran
otros tiempos─ le comentó que no estaba mal, pero que era un tanto
ingenuo, demasiado infantil, que quizás podría darle uso doméstico, de cuento
para dormir a los sobrinos, si es que los tenía. El manuscrito relataba las
andanzas de un joven mago, en un mundo imaginario, donde cabalgaban sobre escobas
voladoras y conjuraban sortilegios a golpe de varita mágica y sentencias en
latín. Sí, en efecto, aquella arpía de nombre J.K. Rowling le robó el germen de
Harry Potter. Ahora él sería multimillonario y residiría en una mansión del distrito
pijo de New Town, en lugar de habitar un antro de protección oficial en una de
las torres trillizas de Broomhouse; se exhibiría por George Street ─deteniéndose
un duradero instante frente a las majestuosas columnas del Dome─
al volante de un Aston Martin descapotable del 65 ─color rojo pasión─ y
posiblemente, una voluptuosa pelirroja oriunda de las Highlands, reclinada en
el asiento del copiloto.
Cada atardecer, Mr McRooge atravesaba el puente de North
Bridge, desde Prince Street, camino al Elephant House. Cada día un joven sin
techo le pedía dinero. Un desarrapado que sonreía y hacía sonar las cuatro
monedas que contenía su vasito de cartón con el logotipo de Starbacks. Pero él
sabía que detrás de la sonrisa escondía una dosis de odio, por su bonita
chaqueta, su estilo, sus zapatos lustrosos. Odio y envidia, un coctel
explosivo. Él lo miraba altivo, por encima del hombro, y continuaba caminando,
los zapatos impolutos taconeaban su desprecio sobre la acera, clac,
clac, clac.
─God bless you, sir! ─decía el muchacho, sin perder
la sonrisa, a pesar de la nula recaudación tanto económica como anímica. Pero
la mente de Mr McRooge captaba un tono burlón, que arrastraba mucho la ese de
la última palabra, como si deseara pronunciar ‘shite’ en su lugar, y
rectificara en el último instante.
Cada vez el mismo recorrido, Mr McRooge era un hombre de
hábitos: recorría el puente por la acera de la derecha. Luego atravesaba unos
andamios, pues la fachada del hotel se encontraba en plena restauración. Un
cartelito indicaba peligro y prohibía el paso, indicando mediante una flecha
negra el desvío que invadía la calzada hacia una senda protegida del tráfico
por bloques de plástico blanquirrojo. Pero Mr McRooge se declaraba en rebeldía
ante tanta imposición porque, según su criterio, levantaban obras por doquier
para fingir un progreso inexistente, decididos a fastidiar al ciudadano de
orden cavando zanjas y derribando muros a su capricho. ¡Ningún mamarracho empujapapeles
de despacho le obligaría a abandonar la acera, con tanto conductor borracho! ¿Qué
se creían estos abrazafarolas! Después giraba a la derecha y subía por
Royal Mile en dirección a George VI Bridge. Entraba en la biblioteca, a
disfrutar durante un rato del calorcillo gratuito, mientras rebuscaba entre las
estanterías, soñando con ver su libro publicado; aunque primero debería
concluir el maldito borrador. Una vez recogidas tres o cuatro novelas de
escritores reconocidos se dirigía al Elephant House.
Mr McRooge odiaba la Navidad, aborrecía al tripón vestido de
colorado, que se hacía llamar Santa Claus, “Un ingenio de la Coca-cola”, decía
malhumorado. Cada vez que se cruzaba con uno de los numerosos emuladores
exclamaba: “¡Puto gordo engatusa-niños!, sin importarle ser escuchado,
disfrutaba con la cara de sorpresa, rozando el miedo, que mostraba el lacayo de
turno; salvo en una ocasión, en la cual fue su rostro el que se contrajo debido
a algo parecido al pánico, cuando un tipo disfrazado del personaje le contestó:
“Back off, you f***ing little c**t!”, sin perder la cínica sonrisa ni la
mirada de loco. Incluso, por sentido de equilibrio, despreciaba a los Reyes
Magos, esos tres presuntos sabios que los continentales aseguraban vinieron de
Oriente. “¡Menudos cuentistas!”.
A Mr McRooge no se le conocía trabajo alguno, cobraba el
giro de ayuda social (como aquí lo denominan) cada semana; recogía el efectivo
en la oficina de correos a la vuelta de la manzana, y acto seguido pagaba la
visita de rigor al pub local y a la adyacente casa de apuestas (necesitaba
dinero para autopublicar, ya que las grandes editoriales no sabían un carajo
sobre calidad literaria, y para obtenerlo debía ganar alguna de aquellas
carreras de caballos). Al final, fundida casi toda la paga, subía al bus 25 y
se apeaba en el centro de la ciudad, en Prince Street, desde donde enfilaba la caminata
a North Bridge y el insolente vagamundo; al calorcillo de la biblioteca; a la
Elephant House y su taza de té (con precio de una libra esterlina, por aquel
entonces), que le duraría dos o tres horas (por relleno de agua caliente) mientras
hojeaba los libros escogidos y tomaba notas interminables, incluso copiaba
algún parrafillo o fusilaba un diálogo que advertía ingenioso cambiando nombres
y lugares (“Esto no es plagio, tan sólo un préstamo de ideas entre colegas
escribientes”, se decía convencido) para su eterno manuscrito.
Mr McRooge guardaba, de forma permanente, un billete
novísimo de veinte libras en su cartera-monedero, que parecía recién impreso.
Afirmaba, sin duda alguna, que el dinero llama al dinero, y aquel solitario
billete reclutaría a cientos de miles de colegas y un día saldría millonario de
la casa de apuestas. Estaba ya tardando ese día.
Era jueves por la tarde, noche cerrada, el puente apenas
iluminado por la luz amarillenta de los farolillos. El frío amenaza nieve, le
gritaban sus huesos. Mr McRooge odiaba la nieve. Ahí estaba el vago, con su
mantita, su cara estúpida y su vasito con logo verde. Pero el desharrapado no dijo
nada, al pasar junto a él, tal sólo le miró. Había algo inquietante en su
mirada, algo fuera de lugar. Quizás estaba drogado (ni se le pasaba por la
cabeza que quizás el muchacho estuviera más triste de lo habitual, en plena
víspera de Navidad). Aceleró el paso, atravesó los andamios, y apunto estaba de
salir de la zona en obras cuando oyó un ruido. Antes de que pudiera girarse sintió
el golpe. Un gran porrazo en la base del cráneo. Todo se fundió a negro, mas
tuvo un pensamiento en el último segundo de lucidez:
─Me cazó. El maldito drogadicto me ha matado.
Despertó en una habitación blanca y luminosa. Una joven
enfermera acariciaba su brazo, mientras le susurraba palabras de consuelo: “Ya
está, Mr McRooge, todo pasó”. No sentía nada, su mente flotada debido a los
restos de la anestesia. Miró el rostro de la chiquilla y creyó estar en el
Cielo, en el que no creía, a manos de un angelito cuya compañía sabía no
merecer.
El ángel continuó:
─Señor, está usted en el Hospital Western General. Sufrió
un accidente, un adoquín se desprendió de una fachada y le golpeó la cabeza. Le
produjo una severa contusión cerebral, con hemorragia externa y sufrió
hipotermia. Si no hubiera sido por el joven que lo encontró tendido en el suelo
y paró un taxi en busca de ayuda, tal vez no lo hubiera contado. El chaval ha
permanecido en el pasillo desde su ingreso. Quiere verle, dice que tiene algo
para usted.
Mr McRooge aceptó la visita, quería agradecer el gesto al
buen samaritano.
El chico entró, sonrisa tímida, ojos somnolientos. Se acercó
a la cama, y entonces Mr McRooge lo reconoció.
─¿Eres tú?
─Encontré esto junto a usted, en el suelo ─dijo,
entregándole la vieja cartera de cuero ─ cuando buscaba refugio de la nevada.
Suelo dormir sobre unos cartones, a cobijo del andamiaje. Vi que tenía sangre
seca en la cabeza y estaba usted muy frio. Me asusté y paré un black cab
─concluyó,
con marcado acento de Aberdeen.
Con manos temblorosas, Mr McRooge la abrió, unas pocas
monedas tintinearon dentro; en el pequeño compartimento estaba el billete
impecable de veinte libras. El comienzo de su futura fortuna.
─Toma, hijo, hoy soy un hombre rico. He vuelto a nacer,
gracias a ti─
le entregó el billete.
El chico quiso negarse, pero fue imposible ante la
insistencia del escritor frustrado.
─Que Dios le bendiga, señor─ dijo, y esta vez Mr McRooge
no vio burla alguna en su frase. Esta vez no fueron sus oídos los que captaron
el mensaje, sino su corazón.
En cuanto recibió el alta médica, Mr McRooge llevó a cabo
dos acciones: la primera, invitó al mendigo a cenar en su casa por Hogmanay, la
Nochevieja por estos lares; la segunda, se encerró en su cuarto el primer día
del año y se lanzó, pluma en mano, a finalizar el eterno borrador de su novela”.
Concluyó aquel tipo su relato, la mirada perdida como si
realmente hubiera regresado de otro lugar, de otro tiempo, quizás de otra vida.
Guardó silencio, sorbiendo el té ya frío, mientras me observaba por encima del
borde de la taza. Entonces, una de las camareras más jóvenes se acercó, llevaba
algo oculto a la espalda.
─Disculpe, ¿podría firmarme el libro?, por favor ─dijo
la muchacha con un atisbo de sonrojo en las mejillas. Acto seguido, puso un
tomo de considerable grosor en la mesa. La portada mostraba un castillo entre
la neblina. El título, en grandes letras rojas que aparentaban sangrar, rezaba:
Fantasmas navideños. Bajo éste, en sobria fuente negrita el
nombre del autor: Ian McRooge.
Leído esto, bajé la vista al suelo. Allí asomaban, bajo la
mesa, unos zapatos brillantes, de color marrón y blanco, como de gánster
hortera.

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