jueves, 1 de enero de 2026

F236 - Fantasmas navideños

Transcurría gélido el mes de diciembre, el viento omnipresente incrementaba la sensación de frío y una fina capa de nieve cubría las calles y los edificios grisáceos de Edimburgo. El castillo, siempre vigilante y protector, lucía hermoso, como de postal navideña. Me encontraba en mi refugio habitual, la cafetería Elephant House con sus grandes mesas de forma redondeada y uso comunitario, donde tantas horas pasé durante aquel periodo de mi vida. Aquella tarde intentaba entrar en calor con una gigantesca taza de café entre las manos y un grueso libro ─cuadernillo a su vera─ por toda compañía. En la atmósfera flotaba una mezcolanza de aromas ─ a café, pastas de jengibre y rollos de canela─ que avivaba el espíritu navideño. La típica decoración y la suave banda sonora de fondo ejercían de cómplices, duplicando el efecto.

Gran escritora y excelente persona ─dijo la voz.

Levanté la vista del libro, el último título de la saga Harry Potter. Ante mí, un tipo sonreía como si me conociera de toda la vida. De baja estatura, enjuto, lucía barba poblada y encanecida, y cabello demasiado largo y un tanto grasiento. Vestía una chaqueta de tweed y sujetaba una gorra a juego con su mano izquierda, mientras la diestra sostenía un tazón humeante. Señaló con ésta, ligeramente, aclarando que se refería a la autora que yo leía.

¿Te importa si me siento aquí? dijo, de seguido, antes de que yo abriera la boca.

No, claro.

Veo que eres lector, te he observado por aquí en más de una ocasión, siempre con un libro dentro de esa mochilita que portas. Incluso he advertido que escribes parrafadas en ese cuaderno dijo, señalando con el mentón ¿Eres escritor? ¿Me permites que te narre un cuento navideño?

De nuevo, disparaba una frase tras otra en forma de monólogo, mostrando una envidiable perfección del idioma de Shakespeare, adornado con un deje escocés. Un acento educado, como de profesor, guía turístico o locutor de la BBC Scotland.

Por toda respuesta, cerré el libro y asentí con la cabeza. Nunca venía mal practicar un poco de listening, pronto me presentaría al examen del First Certificate. Antes de que finalizara el gesto, aquel tipo extraño comenzó su relato:

“Mr McRooge siempre tuvo mal humor. Era algo por todos sabido, por sus vecinos, por las camareras del pub local, por sus compañeros de subsidio y camaradas de barra. No se le conocía pareja, ni siquiera familia cercana. Un solitario de los de toda la vida. Gruñón, a veces hablaba consigo mismo, e incluso discutía con su yo interior ante la escasez de contrincantes. Siempre vestía de tweed, tocado con una gorra del mismo tejido. Presumía de unos zapatos deslumbrantes marrones con puntera blanca, como de gánster hortera traídos de Alicante, donde veraneó de joven, mucho mejores que los sobrevalorados italianos. Despreciaba a todos los que vestían a la americana, como él decía: “Los vaqueros son una ordinariez”. Le gustaba escribir, y algunos que tuvieron acceso a sus textos opinaban que no se le daba mal del todo, pero carecía de la chispa mágica que prendiera un incendio devastador, no fogatitas de callejón. Era un tanto arrogante, también presumido, incluso juraba que conoció en persona de jóvenes a una escritora hoy famosa que solía frecuentar la cafetería Elephant House, a la cual un día mostró un modesto pero extenso relato en busca de opinión y consejo, así entre colegas. La joven lo leyó del tirón, frente a él, y tras un par de tazas de té y tres cigarrillos eran otros tiempos le comentó que no estaba mal, pero que era un tanto ingenuo, demasiado infantil, que quizás podría darle uso doméstico, de cuento para dormir a los sobrinos, si es que los tenía. El manuscrito relataba las andanzas de un joven mago, en un mundo imaginario, donde cabalgaban sobre escobas voladoras y conjuraban sortilegios a golpe de varita mágica y sentencias en latín. Sí, en efecto, aquella arpía de nombre J.K. Rowling le robó el germen de Harry Potter. Ahora él sería multimillonario y residiría en una mansión del distrito pijo de New Town, en lugar de habitar un antro de protección oficial en una de las torres trillizas de Broomhouse; se exhibiría por George Street deteniéndose un duradero instante frente a las majestuosas columnas del Dome al volante de un Aston Martin descapotable del 65 color rojo pasión y posiblemente, una voluptuosa pelirroja oriunda de las Highlands, reclinada en el asiento del copiloto.

Cada atardecer, Mr McRooge atravesaba el puente de North Bridge, desde Prince Street, camino al Elephant House. Cada día un joven sin techo le pedía dinero. Un desarrapado que sonreía y hacía sonar las cuatro monedas que contenía su vasito de cartón con el logotipo de Starbacks. Pero él sabía que detrás de la sonrisa escondía una dosis de odio, por su bonita chaqueta, su estilo, sus zapatos lustrosos. Odio y envidia, un coctel explosivo. Él lo miraba altivo, por encima del hombro, y continuaba caminando, los zapatos impolutos taconeaban su desprecio sobre la acera, clac, clac, clac.

God bless you, sir! decía el muchacho, sin perder la sonrisa, a pesar de la nula recaudación tanto económica como anímica. Pero la mente de Mr McRooge captaba un tono burlón, que arrastraba mucho la ese de la última palabra, como si deseara pronunciar ‘shite’ en su lugar, y rectificara en el último instante.

Cada vez el mismo recorrido, Mr McRooge era un hombre de hábitos: recorría el puente por la acera de la derecha. Luego atravesaba unos andamios, pues la fachada del hotel se encontraba en plena restauración. Un cartelito indicaba peligro y prohibía el paso, indicando mediante una flecha negra el desvío que invadía la calzada hacia una senda protegida del tráfico por bloques de plástico blanquirrojo. Pero Mr McRooge se declaraba en rebeldía ante tanta imposición porque, según su criterio, levantaban obras por doquier para fingir un progreso inexistente, decididos a fastidiar al ciudadano de orden cavando zanjas y derribando muros a su capricho. ¡Ningún mamarracho empujapapeles de despacho le obligaría a abandonar la acera, con tanto conductor borracho! ¿Qué se creían estos abrazafarolas! Después giraba a la derecha y subía por Royal Mile en dirección a George VI Bridge. Entraba en la biblioteca, a disfrutar durante un rato del calorcillo gratuito, mientras rebuscaba entre las estanterías, soñando con ver su libro publicado; aunque primero debería concluir el maldito borrador. Una vez recogidas tres o cuatro novelas de escritores reconocidos se dirigía al Elephant House.

Mr McRooge odiaba la Navidad, aborrecía al tripón vestido de colorado, que se hacía llamar Santa Claus, “Un ingenio de la Coca-cola”, decía malhumorado. Cada vez que se cruzaba con uno de los numerosos emuladores exclamaba: “¡Puto gordo engatusa-niños!, sin importarle ser escuchado, disfrutaba con la cara de sorpresa, rozando el miedo, que mostraba el lacayo de turno; salvo en una ocasión, en la cual fue su rostro el que se contrajo debido a algo parecido al pánico, cuando un tipo disfrazado del personaje le contestó: “Back off, you f***ing little c**t!”, sin perder la cínica sonrisa ni la mirada de loco. Incluso, por sentido de equilibrio, despreciaba a los Reyes Magos, esos tres presuntos sabios que los continentales aseguraban vinieron de Oriente. “¡Menudos cuentistas!”.

A Mr McRooge no se le conocía trabajo alguno, cobraba el giro de ayuda social (como aquí lo denominan) cada semana; recogía el efectivo en la oficina de correos a la vuelta de la manzana, y acto seguido pagaba la visita de rigor al pub local y a la adyacente casa de apuestas (necesitaba dinero para autopublicar, ya que las grandes editoriales no sabían un carajo sobre calidad literaria, y para obtenerlo debía ganar alguna de aquellas carreras de caballos). Al final, fundida casi toda la paga, subía al bus 25 y se apeaba en el centro de la ciudad, en Prince Street, desde donde enfilaba la caminata a North Bridge y el insolente vagamundo; al calorcillo de la biblioteca; a la Elephant House y su taza de té (con precio de una libra esterlina, por aquel entonces), que le duraría dos o tres horas (por relleno de agua caliente) mientras hojeaba los libros escogidos y tomaba notas interminables, incluso copiaba algún parrafillo o fusilaba un diálogo que advertía ingenioso cambiando nombres y lugares (“Esto no es plagio, tan sólo un préstamo de ideas entre colegas escribientes”, se decía convencido) para su eterno manuscrito.

Mr McRooge guardaba, de forma permanente, un billete novísimo de veinte libras en su cartera-monedero, que parecía recién impreso. Afirmaba, sin duda alguna, que el dinero llama al dinero, y aquel solitario billete reclutaría a cientos de miles de colegas y un día saldría millonario de la casa de apuestas. Estaba ya tardando ese día.

Era jueves por la tarde, noche cerrada, el puente apenas iluminado por la luz amarillenta de los farolillos. El frío amenaza nieve, le gritaban sus huesos. Mr McRooge odiaba la nieve. Ahí estaba el vago, con su mantita, su cara estúpida y su vasito con logo verde. Pero el desharrapado no dijo nada, al pasar junto a él, tal sólo le miró. Había algo inquietante en su mirada, algo fuera de lugar. Quizás estaba drogado (ni se le pasaba por la cabeza que quizás el muchacho estuviera más triste de lo habitual, en plena víspera de Navidad). Aceleró el paso, atravesó los andamios, y apunto estaba de salir de la zona en obras cuando oyó un ruido. Antes de que pudiera girarse sintió el golpe. Un gran porrazo en la base del cráneo. Todo se fundió a negro, mas tuvo un pensamiento en el último segundo de lucidez:

Me cazó. El maldito drogadicto me ha matado.

Despertó en una habitación blanca y luminosa. Una joven enfermera acariciaba su brazo, mientras le susurraba palabras de consuelo: “Ya está, Mr McRooge, todo pasó”. No sentía nada, su mente flotada debido a los restos de la anestesia. Miró el rostro de la chiquilla y creyó estar en el Cielo, en el que no creía, a manos de un angelito cuya compañía sabía no merecer.

El ángel continuó:

Señor, está usted en el Hospital Western General. Sufrió un accidente, un adoquín se desprendió de una fachada y le golpeó la cabeza. Le produjo una severa contusión cerebral, con hemorragia externa y sufrió hipotermia. Si no hubiera sido por el joven que lo encontró tendido en el suelo y paró un taxi en busca de ayuda, tal vez no lo hubiera contado. El chaval ha permanecido en el pasillo desde su ingreso. Quiere verle, dice que tiene algo para usted.

Mr McRooge aceptó la visita, quería agradecer el gesto al buen samaritano.

El chico entró, sonrisa tímida, ojos somnolientos. Se acercó a la cama, y entonces Mr McRooge lo reconoció.

¿Eres tú?

Encontré esto junto a usted, en el suelo dijo, entregándole la vieja cartera de cuero cuando buscaba refugio de la nevada. Suelo dormir sobre unos cartones, a cobijo del andamiaje. Vi que tenía sangre seca en la cabeza y estaba usted muy frio. Me asusté y paré un black cab concluyó, con marcado acento de Aberdeen.

Con manos temblorosas, Mr McRooge la abrió, unas pocas monedas tintinearon dentro; en el pequeño compartimento estaba el billete impecable de veinte libras. El comienzo de su futura fortuna.

Toma, hijo, hoy soy un hombre rico. He vuelto a nacer, gracias a ti le entregó el billete.

El chico quiso negarse, pero fue imposible ante la insistencia del escritor frustrado.

Que Dios le bendiga, señor dijo, y esta vez Mr McRooge no vio burla alguna en su frase. Esta vez no fueron sus oídos los que captaron el mensaje, sino su corazón.

En cuanto recibió el alta médica, Mr McRooge llevó a cabo dos acciones: la primera, invitó al mendigo a cenar en su casa por Hogmanay, la Nochevieja por estos lares; la segunda, se encerró en su cuarto el primer día del año y se lanzó, pluma en mano, a finalizar el eterno borrador de su novela”.

Concluyó aquel tipo su relato, la mirada perdida como si realmente hubiera regresado de otro lugar, de otro tiempo, quizás de otra vida. Guardó silencio, sorbiendo el té ya frío, mientras me observaba por encima del borde de la taza. Entonces, una de las camareras más jóvenes se acercó, llevaba algo oculto a la espalda.

Disculpe, ¿podría firmarme el libro?, por favor dijo la muchacha con un atisbo de sonrojo en las mejillas. Acto seguido, puso un tomo de considerable grosor en la mesa. La portada mostraba un castillo entre la neblina. El título, en grandes letras rojas que aparentaban sangrar, rezaba: Fantasmas navideños. Bajo éste, en sobria fuente negrita el nombre del autor: Ian McRooge.

Leído esto, bajé la vista al suelo. Allí asomaban, bajo la mesa, unos zapatos brillantes, de color marrón y blanco, como de gánster hortera.




 

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