Todo llega, todo transcurre, todo pasa. Incluso viene un día que el deneí caduca y has de acercarte a Comisaría para renovarlo. Foto pequeña, tasa ─clinc, clinc suena la caja registradora, pues debemos levantar el país los de siempre─ cita previa, y todo eso.
Puntualidad británica, de paraguas y bombín. El lugar está abarrotao,
como la plaza de toros del dúo cómico de los ochenta. Qué malo era y cómo nos
reíamos. De jovenzuelo te descojonas de una mosca que revolotea sobre tu calimocho.
Doy gracias al cielo por la cita reservada, un gran invento. Un vistazo
alrededor y te preguntas qué vida llevará todo este gentío, con su aspecto
extranjero, sus peculiares idiomas (y todavía no había saltado la tómbola de
los famosos quinientos mil. ¡Vamos para bingo, damas y caballeros! ¡Hagan juego:
vaaamos para bingooo!).
Una mujer apurada. Aparenta ser joven, pero con tanto ropaje
no lo distingo. Vestido amplio ─hasta los zapatos─
de color verde manzana, pañuelo violeta que cubre el cabello, plumífero
amarillo pollito. Un carnaval de colores. Empuja un carro de bebé, sin criatura
alguna. Parece buscar algo: un policía, información, una funcionaria. En el
hall, ante ella tres o cuatro escalones altísimos comunican con las oficinas;
has de estar en forma para acudir a renovar el deneí, o la tarjeta de
residencia. Sin una rampa a la vista, aunque seguro que haberlas, haylas,
al igual que las brujas gallegas. Dudo hasta el último instante, hoy en día
nunca sabes cómo va a reaccionar la gente.
─¿Te ayudo? ─digo, tuteándola para facilitar el
diálogo. Me siento un poco extraño.
La joven (lo es) asiente, agradecida. Ojos negros, de forma
almendrada. Amago de sonrisa.
De cuclillas, agarro el eje frontal del cochecito, ella hace
lo propio con el capazo. Lo subimos cómodamente.
─Grasias, muchas grassias, señor ─dice,
algo azorada (rubor en las mejillas).
Me siento un poco mejor. Ya ven, qué tontería. Eso sí, lo de
‘señor’ ha sobrado, maja. Encima que te echo un cable con tu bebé invisible,
pienso medio en broma.
Todo está automatizado. Cita por internet. Recepción
robótica, metes tu código, te dan un numerito como en la charcutería, pero más
moderno. Se acerca mi turno, la curiosidad me puede y asomo el hocico, para ver
los extraños mundos allende la mampara.
Contemplo dos mesas amplias, con sus respectivos ordenadores
y otras maquinitas, y sendas sillas para el público. La de la izquierda ocupada
por una policía de una juventud insultante. Guapa por obligación, a esa edad.
Pelo azabache atado en cola de caballo que se pierde en las profundidades de la
espalda. Rostro, por tanto, despejado, y blanquecino. Orejas delicadas, sin
pendientes. Manos finas, como de anuncio de Nivea. Luce una pulserita
rojigualda en la muñeca izquierda. Dedos largos ─ausencia de anillos, uñas sin
esmalte─
que picotean las teclas como gorrioncillos migas de pan. Unos ojos grandes y
oscuros persiguen algo que corretea por la pantalla del ordenador. Ojos que
retan a mi vocecilla interior, la cual, guerrera, grita en un susurro:
“¡Arrésteme!”. Tras la mesa de la derecha, un policía varón, de gran tamaño.
Tal es el volumen que hace de la mesa un pupitre escolar. Impresiona.
¿Se podrá elegir?, me temo que no. Cruzo los dedos,
perdónenme ustedes, pero no hay color. Con la muchacha dan ganas de agarrar la
escopeta, dejarse patillas y tirarse al monte, a lo Curro Jiménez. Sólo para
que te busque.
Mi suerte, claro. La pantalla digital muestra mi número, y
el mostrador asignado.
El de la diestra, por supuesto.
Resignación.
Un mozo uniformado al que doblo en edad al igual que él a mí
en tamaño. Un gigante lampiño de brazos hipertrofiados y cubiertos con tinta,
cual futbolista de primera división. Podría sustituir a La Roca en las escenas
de riesgo. Sin embargo, luce un cabello rubio, con diminutos rizos,
incongruente, rayano lo obsceno. Un poli almodovariano. “¡Por el amor de Dios,
rápese el cráneo, acaso no vio usted ninguna película de polis duros!”, dan
ganas de gritar. Sin embargo, los ojos achinados y vivos que brillan en su cara
obran el milagro. Me cae bien el tipo, me siento identificado en esos ojos. Por
otro lado, los brazos…, unos tríceps que harían sonrojar al mismísimo Popeye; a
su vez, cada bíceps del grosor de uno de mis muslos. Sigue impresionando. No
puedo evitar colocarle un abrigo de lana negro ─como si fuera el Geyperman que
nunca tuve─
un gorro a juego, el pinganillo en la oreja y ponerle junto a la puerta de uno
de los pubs o clubs de Edimburgo. Sería el perfecto bouncer (‘portero’,
para los profanos en la lengua de Shakespeare). La misma sonrisa, profesional,
ni perezosa ni muy pronunciada. Competentes, duros a la par que educados. Los
vi pelear, sacar en volandas a más de uno (y de una, no mostraban distinción de
sexo), e imponía. Frente a ellos, como con el colesterol, poca broma.
─Not tonight, mate! ─diría ante un potencial cliente
de pupilas dilatadas, calzado desastroso o conducta sospechosa: (‘mait’,
sonaría, en caso de ser australiano o de abajo de los Borders).
Cuando habla por primera vez, el Poli de Guardería, me
sorprende su tono de voz, neutro. Con su aspecto lo había imaginado grave,
cavernario, incluso aflautado para redondear el personaje, cual broma del
personal de casting.
Le muestro al mocetón mi DNI a punto de caducar, la
fotografía, el dinero en metálico. El tipo comienza a realizar su tarea,
relleno de documento en el ordenador, preparar la impresora, esas cosas. Coloca
ante mí una cajita, de la que sale un cable. La superficie lisa de cristal. Es
un lector de huellas dactilares, claro. Me indica que presione, y gire hacia
los lados, el índice de cada mano. Comienzo con la derecha (la costumbre).
Nada. El cacharrito no lee mi huella.
─Inténtelo otra vez, caballero.
Nada.
─Okey, pruebe con el izquierdo.
Nothing de nothing.
Así durante un ratillo. Nervioso ya espero no pringar con sudor el
aparato. Me veo con el dedo untado de tinta azul, a la vieja usanza. El policía
paciente a no poder más. Me pide permiso para acompañar el gesto con su mano.
Agarra mi dedo índice con una mano de albañil de pueblo (la mía, de
secretario). Presiona y gira el dedo con decisión. Una sensación extraña me
envuelve, un retorno a la infancia más tierna, cuando Sor Natividad me agarraba
la manita ─lapicero entre mis dedos─ y con delicada firmeza guiaba el trazo de
las primeras letras, las primeras frases: Mi mamá me mima, y todo
aquello. ¡Pedazo de mano, el chavalote! ¡Ni el gran Titín III, oigan!
Tras unos segundos de comprobación en la pantalla, dice:
─Presenta usted huellas dactilares prácticamente inexistentes.
Y se queda tan pancho, el tipo.
A mí, que me traumatizo por cualquier bobería. Esto no se hace,
hombre, que acabo de darle los dineros en efectivo. Vine aquí sin meterme con
nadie. Ahora, pasaré tres noches y cuatro días pensando en la invisibilidad de
mis huellas.
La vocecita tocapelotas me dice: “Dile, dile que eres El Hombre
Enmascarado, de paisano, alias El Fantasma, como el prota de los comics que
heredaste de papá, aquel que repartía puñetazos ─a los malhechores─ dejando una
impronta en forma de calavera sobre sus rostros, obra del anillo que lucía. O
que eres el hermano desconocido de Batman, algo así misterioso y siniestro”.
La ignoro, esta gente maneja pistolas de verdad, grilletes, porras
e incluso tiene algún que otro calabozo.
─¿En serio? Tendré que ponerme a delinquir ─digo. Los nervios me
pusieron la zancadilla. No me creo lo que acabo de soltar de viva voz en una Comisaría,
a plena luz del día, ante el gemelo de Robocop.
El tipo sonríe, bonachón.
─Me temo que llega usted unos años tarde ─responde, dándome en el morro. Llamándome viejo con educación y elegancia ─además ─añade, misterioso─ hoy en día poseemos métodos mucho más eficaces que la detección de huellas dactilares.
Se ha venido arriba, el poli.
“A mí me lo vas a contar, chaval; que me tragué todas las
temporadas de CSI, en inglés, con la buena de Cristina a mi vera, en nuestro living
room compartido del piso de Gorgie Road, escuchando al Horatio repetir aquello
de: ‘Just keep me posted!’, mientras se colocaba ─con una mano y más
chulería que Michel y su ocho a la espalda─ las gafas de espejo”.
Esta vez logro contenerme y la bravuconada no alcanza mis labios.
Al final, venció la tecnología y mis huellas, aun desgastadas,
quedaron bajo registro.
─¡Que tenga un buen día! ─dice, como si durante toda la sesión me hubiera
leído la mente, y emulara la omnipresente despedida hollywoodiense, para
demostrar que alguna serie policiaca sí que vio: Have a nice day!
P.D.: Relacionada: F98 De sustos, tiramisú y confidencias
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