miércoles, 11 de febrero de 2026

F240 - Robocop y el bandolero

Todo llega, todo transcurre, todo pasa. Incluso viene un día que el deneí caduca y has de acercarte a Comisaría para renovarlo. Foto pequeña, tasa ─clinc, clinc suena la caja registradora, pues debemos levantar el país los de siempre─ cita previa, y todo eso.

Puntualidad británica, de paraguas y bombín. El lugar está abarrotao, como la plaza de toros del dúo cómico de los ochenta. Qué malo era y cómo nos reíamos. De jovenzuelo te descojonas de una mosca que revolotea sobre tu calimocho. Doy gracias al cielo por la cita reservada, un gran invento. Un vistazo alrededor y te preguntas qué vida llevará todo este gentío, con su aspecto extranjero, sus peculiares idiomas (y todavía no había saltado la tómbola de los famosos quinientos mil. ¡Vamos para bingo, damas y caballeros! ¡Hagan juego: vaaamos para bingooo!).

Una mujer apurada. Aparenta ser joven, pero con tanto ropaje no lo distingo. Vestido amplio hasta los zapatos de color verde manzana, pañuelo violeta que cubre el cabello, plumífero amarillo pollito. Un carnaval de colores. Empuja un carro de bebé, sin criatura alguna. Parece buscar algo: un policía, información, una funcionaria. En el hall, ante ella tres o cuatro escalones altísimos comunican con las oficinas; has de estar en forma para acudir a renovar el deneí, o la tarjeta de residencia. Sin una rampa a la vista, aunque seguro que haberlas, haylas, al igual que las brujas gallegas. Dudo hasta el último instante, hoy en día nunca sabes cómo va a reaccionar la gente.

¿Te ayudo? digo, tuteándola para facilitar el diálogo. Me siento un poco extraño.

La joven (lo es) asiente, agradecida. Ojos negros, de forma almendrada. Amago de sonrisa.

De cuclillas, agarro el eje frontal del cochecito, ella hace lo propio con el capazo. Lo subimos cómodamente.

Grasias, muchas grassias, señor dice, algo azorada (rubor en las mejillas).

Me siento un poco mejor. Ya ven, qué tontería. Eso sí, lo de ‘señor’ ha sobrado, maja. Encima que te echo un cable con tu bebé invisible, pienso medio en broma.

Todo está automatizado. Cita por internet. Recepción robótica, metes tu código, te dan un numerito como en la charcutería, pero más moderno. Se acerca mi turno, la curiosidad me puede y asomo el hocico, para ver los extraños mundos allende la mampara.

Contemplo dos mesas amplias, con sus respectivos ordenadores y otras maquinitas, y sendas sillas para el público. La de la izquierda ocupada por una policía de una juventud insultante. Guapa por obligación, a esa edad. Pelo azabache atado en cola de caballo que se pierde en las profundidades de la espalda. Rostro, por tanto, despejado, y blanquecino. Orejas delicadas, sin pendientes. Manos finas, como de anuncio de Nivea. Luce una pulserita rojigualda en la muñeca izquierda. Dedos largos ausencia de anillos, uñas sin esmalte que picotean las teclas como gorrioncillos migas de pan. Unos ojos grandes y oscuros persiguen algo que corretea por la pantalla del ordenador. Ojos que retan a mi vocecilla interior, la cual, guerrera, grita en un susurro: “¡Arrésteme!”. Tras la mesa de la derecha, un policía varón, de gran tamaño. Tal es el volumen que hace de la mesa un pupitre escolar. Impresiona.

¿Se podrá elegir?, me temo que no. Cruzo los dedos, perdónenme ustedes, pero no hay color. Con la muchacha dan ganas de agarrar la escopeta, dejarse patillas y tirarse al monte, a lo Curro Jiménez. Sólo para que te busque.

Mi suerte, claro. La pantalla digital muestra mi número, y el mostrador asignado.

El de la diestra, por supuesto.

Resignación.

Un mozo uniformado al que doblo en edad al igual que él a mí en tamaño. Un gigante lampiño de brazos hipertrofiados y cubiertos con tinta, cual futbolista de primera división. Podría sustituir a La Roca en las escenas de riesgo. Sin embargo, luce un cabello rubio, con diminutos rizos, incongruente, rayano lo obsceno. Un poli almodovariano. “¡Por el amor de Dios, rápese el cráneo, acaso no vio usted ninguna película de polis duros!”, dan ganas de gritar. Sin embargo, los ojos achinados y vivos que brillan en su cara obran el milagro. Me cae bien el tipo, me siento identificado en esos ojos. Por otro lado, los brazos…, unos tríceps que harían sonrojar al mismísimo Popeye; a su vez, cada bíceps del grosor de uno de mis muslos. Sigue impresionando. No puedo evitar colocarle un abrigo de lana negro como si fuera el Geyperman que nunca tuve un gorro a juego, el pinganillo en la oreja y ponerle junto a la puerta de uno de los pubs o clubs de Edimburgo. Sería el perfecto bouncer (‘portero’, para los profanos en la lengua de Shakespeare). La misma sonrisa, profesional, ni perezosa ni muy pronunciada. Competentes, duros a la par que educados. Los vi pelear, sacar en volandas a más de uno (y de una, no mostraban distinción de sexo), e imponía. Frente a ellos, como con el colesterol, poca broma.

Not tonight, mate! diría ante un potencial cliente de pupilas dilatadas, calzado desastroso o conducta sospechosa: (‘mait’, sonaría, en caso de ser australiano o de abajo de los Borders).

Cuando habla por primera vez, el Poli de Guardería, me sorprende su tono de voz, neutro. Con su aspecto lo había imaginado grave, cavernario, incluso aflautado para redondear el personaje, cual broma del personal de casting.

Le muestro al mocetón mi DNI a punto de caducar, la fotografía, el dinero en metálico. El tipo comienza a realizar su tarea, relleno de documento en el ordenador, preparar la impresora, esas cosas. Coloca ante mí una cajita, de la que sale un cable. La superficie lisa de cristal. Es un lector de huellas dactilares, claro. Me indica que presione, y gire hacia los lados, el índice de cada mano. Comienzo con la derecha (la costumbre).

Nada. El cacharrito no lee mi huella.

Inténtelo otra vez, caballero.

Nada.

Okey, pruebe con el izquierdo.

Nothing de nothing.

Así durante un ratillo. Nervioso ya espero no pringar con sudor el aparato. Me veo con el dedo untado de tinta azul, a la vieja usanza. El policía paciente a no poder más. Me pide permiso para acompañar el gesto con su mano. Agarra mi dedo índice con una mano de albañil de pueblo (la mía, de secretario). Presiona y gira el dedo con decisión. Una sensación extraña me envuelve, un retorno a la infancia más tierna, cuando Sor Natividad me agarraba la manita ─lapicero entre mis dedos─ y con delicada firmeza guiaba el trazo de las primeras letras, las primeras frases: Mi mamá me mima, y todo aquello. ¡Pedazo de mano, el chavalote! ¡Ni el gran Titín III, oigan!

Tras unos segundos de comprobación en la pantalla, dice:

─Presenta usted huellas dactilares prácticamente inexistentes.

Y se queda tan pancho, el tipo.

A mí, que me traumatizo por cualquier bobería. Esto no se hace, hombre, que acabo de darle los dineros en efectivo. Vine aquí sin meterme con nadie. Ahora, pasaré tres noches y cuatro días pensando en la invisibilidad de mis huellas.

La vocecita tocapelotas me dice: “Dile, dile que eres El Hombre Enmascarado, de paisano, alias El Fantasma, como el prota de los comics que heredaste de papá, aquel que repartía puñetazos ─a los malhechores─ dejando una impronta en forma de calavera sobre sus rostros, obra del anillo que lucía. O que eres el hermano desconocido de Batman, algo así misterioso y siniestro”.

La ignoro, esta gente maneja pistolas de verdad, grilletes, porras e incluso tiene algún que otro calabozo.

─¿En serio? Tendré que ponerme a delinquir ─digo. Los nervios me pusieron la zancadilla. No me creo lo que acabo de soltar de viva voz en una Comisaría, a plena luz del día, ante el gemelo de Robocop.

El tipo sonríe, bonachón.

─Me temo que llega usted unos años tarde ─responde, dándome en el morro. Llamándome viejo con educación y elegancia ─además ─añade, misterioso─ hoy en día poseemos métodos mucho más eficaces que la detección de huellas dactilares. 

Se ha venido arriba, el poli.

“A mí me lo vas a contar, chaval; que me tragué todas las temporadas de CSI, en inglés, con la buena de Cristina a mi vera, en nuestro living room compartido del piso de Gorgie Road, escuchando al Horatio repetir aquello de: ‘Just keep me posted!’, mientras se colocaba ─con una mano y más chulería que Michel y su ocho a la espalda─ las gafas de espejo”.

Esta vez logro contenerme y la bravuconada no alcanza mis labios.

Al final, venció la tecnología y mis huellas, aun desgastadas, quedaron bajo registro.

─¡Que tenga un buen día! ─dice, como si durante toda la sesión me hubiera leído la mente, y emulara la omnipresente despedida hollywoodiense, para demostrar que alguna serie policiaca sí que vio: Have a nice day!


P.D.: Relacionada: F98 De sustos, tiramisú y confidencias

 

martes, 3 de febrero de 2026

F239 - Las vidas que no fueron

¿Me acompañan ustedes en un peculiar viaje? Una expedición al pasado que nunca tuve, un salto en el tiempo que no requiere la ayuda del viejo DeLorean. Dejémosle reposar ─bajo la lona, en su placita de garaje─ que bastante tralla le di a lo largo de estos años de juntar letras.

Un periplo al ayer que podría haber vivido, o quizás no. Un pretérito alternativo, de los muchos que pudieron acontecer. Dicen, los que saben de cábalas y destinos y bolas de cristal, que todo sucede por algo. Me hace gracia la frasecita. Todo, los errores, los aciertos, las victorias, las derrotas, las risas, las lágrimas, los favores, las puñaladas. Los amoríos, la ausencia de ellos. Todo sucede por algo. Me sobreviene la risa floja.

Me dispongo a vislumbrar una de las posibles vías que no tomé, o que la vida el que dirige el cotarro y se carcajea con tus planes, sueños y elecciones─ no puso ante mí.

Regreso al terruño, al pueblo que me vio crecer, vecino de la pequeña capital riojana. Objetivo: experimentar, aunque sea de tapadillo, de refilón como estas batallitas, donde relato, pero no cuento la opción que no fue, adoptar el papel que descarté o que alguien retiró de mi senda. Enfrentarme a la elección que en su día asfixiaba, que sentí tan empinada como el condenado Tourmalet. ¿Qué habría sucedido? ¿Qué, si hubiese permanecido quieto, si no hubiera subido a aquel avión con destino a Escocia?, ¿Habría contraído matrimonio con la hija del panadero, o de la pescatera, o con la de los que regentan el casino del pueblo? ¿Acaso tendría ahora mi pisito adosado en la urbanización con piscina comunitaria? ¿Quizás sería padre de uno coma veintiséis hijos, igualando la media nacional por aquel entonces? ¿Cuidaría de un jardincito con rosas, geranios y amapolas, bordeado por una valla de madera pintada de blanco? ¿Pertenecería a una de las sociedades gastronómicas? ¿Cantaría en el orfeón? ¿Jugaría al futbito partidos de solteros contra casados?

Tan sólo pretendo soñar por un día, jugar al Rol sin baraja, reglas, dado poliédrico, ni Máster del universo; meterme en el pellejo de todos ellos, de los que sí lo eligieron, de los que se quedaron, de los que juntaron el valor necesario, se calzaron las zapatillas de tacos y pedalada tras pedalada enfrentaron la subida más dura de la vida, despacio, dando tumbos, de lado a lado, sobre la bicicleta –estilo Pirata Pantani─; aquellos que miraron a los ojos al maldito Tourmalet y le enseñaron los dientes: “¡No vas a poder conmigo!”.

Elijo saltar a un pasado que nunca sucedió, retornar al pueblo que grabó su nombre dentro del niño que fui, celebrar el cumpleaños de la pequeñaja de la familia que ya no lo es tanto. Observar, charlar, hacer familia (qué bonito suena, cuán difícil resulta), quedarse un poco fuera me agrada permanecer en segundo plano, estando y al mismo tiempo no estando, como si flotara sobre la escena estático en el rincón, cual juez de línea, vislumbrando mi yo inexistente, con una linda mujer y un par de criaturas la parejita extasiado a la par que divertido. Contemplar las caritas de los infantes, los rostros curtidos de los adultos, escuchar los juegos de aquellos, las rutinas de estos, sembradas de anécdotas, incluso de los pocos sueños que quizá sigan teniendo. Progenitores con cara de cansancio, reflejo de la batalla rutinaria, las pedaladas contra cada repecho, cada curva, llueva, nieve, caigan chuzos o caliente el sol cual horno que derrite el asfalto; lucha sempiterna con los deberes, el kárate, fútbol, natación, piano de cola… el universo, para mí desconocido, de las actividades extraescolares, la logística doméstica, la vida de pareja en permanente modo de espera. “Recógelos tú hoy, cariño, que tengo reunión con la directiva”; “¿Llenaste el depósito de la SUV?”; “¿Podrían tus padres echarnos un cable este finde?”; “Mivida, ¿te quedarás con ellos el sábado?, tengo noche de chicas”.

Hoy toca vivir una de las muchas vidas alternativas. Una que no lo fue, no pudo ser o no quise elegir.

Disfrutar la carrera sin riesgo a caer por uno de los precipicios del Tourmalet.

¡Nos vamos de cumple!

Regalos a tutiplén envueltos en mil y un colores; piñata civilizada tirón de cordeles, sin garrotazos; gritos de excitación; pelea feroz por las chuches derramadas; risas; carreras alrededor de las mesas; el explotar de globos para sobresalto de los mayores─; dulce anarquía; tarta de colorines, princesas Disney xerografiadas; hermanos canijos que contemplan todo con ojos grandes, y dedito que señala, intuyendo que dentro de poco serán ellos los protagonistas. Mamás apañadas, ya no tan jóvenes ninguno lo somos; papás solícitos; juntos gozándolo, tal vez concediéndose una tregua en la eterna disputa matrimonial. Abuelas, tíos, primas, amiguitas y compañeros. Todos un poco más viejos, un año más exactamente, otro simulacro de lo que podía haber sido y nunca fue.

Soplido de velas, instante esperado, icónico, “¿Quién tiene mechero!”; momento de entusiasmo y concentración, sonrisa nerviosa de la homenajeada, la melodía del Cumpleaños Feliz de Parchís envuelve la atmósfera; olor a humo y azúcar glaseado, cañonazo de confeti: ¡plaf!, suena; más risotadas, caritas de entusiasmo, aplausos, manitas que se alzan en busca de una porción de tarta. ¿Cari, lo grabaste con el móvil? Instantáneas carne de Instagram. Imágenes digitales que pronto serán olvidadas, sepultadas bajo otro millar de primo-hermanas; fotos tan modernas cuan efímeras que desearán la suerte de sus antepasadas, aquellas en papel que dormían en cajas de zapatos y pasaban, de mano en mano, en las reuniones familiares y cenas de amigos, generación tras generación, hasta que sus esquinas quedaban dobladas y el color tornaba ambarino: “Antaño se vivía mejor”, murmurarán entre ellas, melancólicas, flotando en la nube virtual.

Madres y padres satisfechos, viendo a sus retoños jugar, correr, competir, tener sus primeras rencillas, incluso con derrame de lágrimas. Los niños son risa y llanto. Acciones que provocarán sonrisas en los adultos, el mejor maquillaje para disimular ojeras, cansancios y frustraciones. Pequeños premios, quizás compensación por sueños rotos que dejaron de perseguir. O tal vez, orgullo de lo conseguido. Quién sabe, para mí resulta cómodo juzgar la corrida tras el burladero.

Deseo abrazar, besar, achuchar, porque sé que quizá sea la última oportunidad, que dentro de un año ya serán mayores, con la mirada tornando seria, llena de sosiego, como si adivinaran de qué va todo esto a lo que llamamos vida, como si comenzaran a sopesar alternativas, cruces de caminos, vidas paralelas. Como si descifraran el más sagrado de los secretos, que Melchor, Gaspar y Baltasar siempre fueron unos entrañables impostores.

Hoy toca disfrutar, vivir el propio sueño perdido. Ser padre imaginario, tío visitador y crío camuflado, un galimatías de entusiasmo.

“Hay un niño que se esconde, siempre detrás de mí”. Fito posee la curiosa habilidad de cantar mi vida.

Pero… en toda buena historia siempre hay un ‘pero’.

La guinda del pastel sin guindas qué malas sabían. Otra broma del azar, que extiende sus alas tenebrosas; un guiño retorcido de quien mueve los hilos del tinglado, que continúa descojonándose a nuestra costa. Un recordatorio de que esto dura cuatro días y uno de ellos lo pasamos durmiendo. Un grito para que espabilemos: ¡Carpe diem! Aprovecha el momento y todo eso. ¿Acaso no vieron El Club de los Poetas Muertos? ¡Oh Capitán, mi Capitán!

La sala de eventos, vasta y diáfana, presenta largas mesas, con mantel desechable, repletas de comida cubitos de tortilla, encurtidos, jamón, emparedados troceados, queso, bocatitas, embutidos, croquetas… y botellas de vino y cerveza. Sillas plegables, de madera. Grandes ventanales que dan al patio lleno de árboles robustos, pelados en invierno. Una sala que fue una clase de colegio, allá por el pleistoceno. Un aula donde cursé quinto de EGB. Quedo absorto, mirando los árboles a través de las ventanas; aquellos mismos árboles que vi llenos de hojas verdes, o con sus ramas soportando el viento, incluso dobladas por el peso de la nieve. Todo ello desde una mirada infantil, que nunca hubiera imaginado el futuro que le esperaba. Aula donde se formaron preciosos recuerdos, sin embargo, cayeron derrotados por uno de los peores de mi infancia, cuando una tarde de jueves, la Señorita Milagros nos comunicó, con ojos anegados en lágrimas y voz temblorosa, que nuestro compañerito Abel no vendría al día siguiente, que no regresaría jamás, que había subido al Cielo porque su corazón era tan grande que no le cabía en el pecho.

Aún recuerdo aquella noche, alzando los ojos empañados al manto negro preñado de diminutas estrellas, escudriñando aquellas luces blancas en un vano intento de adivinar cuál de ellas Abel prendió.

Me sirvo un vino… y alzo el vaso de cartón en su memoria.


(Relacionada: F76 - Soneto de madrugada).




 

sábado, 24 de enero de 2026

F238 - Ya están aquííí...

Está viejecito, y todos sabemos que, a veces, los mayores se comportan como niños chicos. Caprichosos, se enfurruñan por cualquier nadería y te sueltan: “¡Ahora no juego!”. No, no me refiero a una persona, ni siquiera a una mascota, aunque gatos y perros comparten dicha actitud. Me refiero a mi coche. Acaba de cumplir veintidós años, que a ojo equivalen a setenta y pico en edad humana. Un abuelito.

Les cuento.

Otra madrugada heladora ─intuyo acurrucado pues acaba de saltar la calefacción─ lo correspondiente a esta hoja del calendario (por mucho que nos quieran vender la moto de invierno calenturiento). El reloj digital proyecta sus números rojos sobre el techo: 2:17. La hora bruja de los mocetes de Weapons. Toca levantar el culo de la cama ─con lo calentito que se está bajo el edredón, el aroma de radiador caliente: puro chute de infancia─; hora de averiguar, tanteando el frío parqué con pies descalzos, dónde diablos puse las pantuflas. Toca salir a la noche, para ganarse las alubias: “¡Tengan cuidado ahí fuera!”, dice la vocecita, con recochineo, emulando el tono del sargento de Canción Triste de Hill Street. ¡Pero si todavía no pusieron las calles y los semáforos lucen un eterno ámbar intermitente!, protesto entre dientes. Tan sólo espero no cruzarme con los críos hechizados de la dichosa película, corriendo con los ojos en blanco, brazos extendidos hacia atrás, en ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al torso, como si fueran malditos F16 en busca de su objetivo. Pobrecillos, me digo, esta noche tendrían las alas congeladas y requerirían una humillante y anaranjada ducha de agua y glicol para deshacer el hielo. ¡Jolines, así no hay quien mate a nadie!, se dirían ─morritos fruncidos─ por telepatía.

El día anterior aparqué algo lejos. A escasos quinientos metros de la gasolinera. Lo hice en línea (para los no conductores: en paralelo a la acera). Entre dos coches, muy ajustado, casi rozando los parachoques. Y es que la cosa está muy malita ─el estacionamiento─ incluso en los barrios periféricos. Mucho carril bici, mucha zona peatonal, mucha zona azul, verde, arcoíris. Sin embargo, se siguen fabricando ─y vendiendo─ miles de coches cada día. Va siendo hora de que algún genio invente el aparcamiento vertical exterior; o un reductor de la materia en forma de pistola futurista, apuntarías: ¡Biiing!, y el utilitario quedaría encogido a tamaño llavero.

Hace mucho frío. Sigo el ritual como un autómata: abro la puerta, manualmente, con la llave de contacto (el control remoto la espichó hace siglos). Me acomodo tras el volante, con algo de esfuerzo (cada año que cumplo está más bajo este coche… y yo no he crecido). La temperatura del asiento grita: ¡Vuelve a la cama! Todavía no oso bajarme el cuello de la chamarra, ni siquiera el del forro polar. Ambas prendas del uniforme de trabajo, tan colorido que se ve a leguas de distancia. El vaho que expiro dibuja una sonrisa en mi rostro, acude a mí la pregunta que me hicieron mil y una veces en la lejana ─física y temporalmente─ Edimburgo: “¿Español? ¿Por qué viniste a la fría Escocia siendo de la sunny Spain? Pobres ingenuos, visualizan nuestro país como una playa sin fin, sol omnipresente y ríos de sangría.

Introduzco la llave en el contacto. Cruzo los dedos, susurro una pequeña oración a San Cristóbal, acaricio el volante (con los años ha tornado mimoso, adora las carantoñas). Giro la llave. Ñiiiic. Suena.

No arranca.

No se lo tengo en cuenta. El pobre está congelado. Acabo de sacarle del quinto sueño a la intemperie, lo supongo malhumorado. Pruebo a virar dos o tres veces la llave sólo un puntito, para activar el calentador de contacto, como debe hacerse en los motores diésel (un truco que me enseñó mi hermano, que sabe un huevo de estas cosas). Pruebo. Nada. Comienzo a ponerme nervioso. A hacer números en la cabeza. La empresa donde trabajo se encuentra en un pueblo, a unos cuantos kilómetros. Un taxi, a las tres de la madrugada… ruina total.

─Venga, bonito, no me falles tú también ─susurro afectuoso, incluyendo en la frase, con absurdo rencor, a tooodos aquellos que me fallaron alguna vez (cero de autocrítica, por supuesto).

Giro la llave, de nuevo.

Arranca, tras un ahogado petardazo, una tos, quizás un bostezo.

Yeaaaah! ─grito al vacío del habitáculo. Al modo que hacen en las pelis yanquis, dentro de la sala abarrotada ─pantallas gigantescas, ordenadores, tazas con divertidas leyendas y tipos de camisa blanca, puños remangados y corbata suelta─ el escudo de la NASA sobre la pared, cuando el Apolo XXXIII aterriza en un planeta desconocido, con toda la tripulación a salvo ─cinco estadounidenses (tres hombres y dos mujeres) y un chino─; o los bravos astronautas, Born in USA, salvan la Tierra, por enésima vez, de una invasión alienígena.

Me corto de aplaudir y abrazarme a mí mismo ─a falta de colegas con camisa blanca y sonrisa profidén─.

─Jorge, relaja que no estás en Minnesota ─me digo, un tanto avergonzado.

Sonrío, enciendo las luces, beso el volante. (Le he cogido un cariño especial, a este bicho con ruedas. Me lo vendió un buen amigo).

Los veo a lo lejos, al fondo, en otra carretera perpendicular a la mía.

Sé, al instante, que vendrán por mí.

Observo cómo dan un rodeo, dos o tres manzanas. Apagan las luces identificadoras. Yo sigo con mi ritual. Acomodo todo. Pongo la calefacción, orientada al parabrisas ─cubierto por una lámina de hielo─ al número tres (la cuarta posición pereció). Enciendo la radio. Busco emisora manualmente (nada de pantallitas ni bluetooth). Arresto al móvil en la guantera (distracciones cero, dice la vocecita).

Vistazo al retrovisor derecho: humo espeso y blanquecino emana del tubo de escape. Todavía está frío el motor. Aguardaré un poco más, voy bien de tiempo. Me palpo los bolsillos, en busca de las tarjetas de identificación del trabajo; presiono una vez la palanca del limpiaparabrisas; recojo un par de bolsas de Cheetos de la alfombrilla del copiloto; ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama… ahí, a lo Sabina.

─Ya están aquííí… ─me digo. (Léase con la vocecita de Caroline ─en realidad, Carol Anne─ de Poltergeist).

Los veo aproximarse, por el retrovisor. Dos potentes faros que podrían iluminar el Santiago Bernabeu en una noche nebulosa. Led o alguna modernidad similar.

Se detienen a mi lado. El carril parece un quirófano, sobredosis de luz. Podría distinguir una matrícula a doscientos cincuenta metros, si la vista me lo permitiera.

Me hago el sueco, con semejante frío mi cerebro cree habitar en Malmö.

Enredo con los botones del radiocasete. ¿Y si pongo el CD de los Chunguitos a todo volumen?, bromeo.

Soy un perro callejerooo…

Miro al frente. Deben de pensar que estoy drogado, dormido con los ojos abiertos, borracho o que mi vista periférica pasó a mejor vida.

Un fogonazo giratorio.

¡Foooom!

Rápido, insonoro, futurista.

El interior de mi coche viste un azul eléctrico por un instante, como si fuera la casa de los Pitufos celebrando una noche ochentera; o estuviera a punto de ser abducido por la nave nodriza. Impresiona.

¡Oh! Me sorprendo cual actor secundario en teatro de pueblo.

Giro el rostro a la izquierda.

El coche patrulla es voluminoso y alto. Parece una nave espacial blanca, impoluta, y rotulada con escudo y denominación de la Policía Autonómica. Tras el gesto del tipo bajo la ventanilla.

─¡Buenas noches! ─dice. Joven, pelo rapado, ojos curiosos bajo frondosas cejas, arete negro en la oreja.

─Hola.

─¿Existe algún motivo por el cual se encuentra detenido con el vehículo en marcha y las luces encendidas?

Todo eso dice el agente, del tirón. Como si lo hubiera memorizado del libro de texto: “Policía. Capítulo 4: Identificación de vehículo sospechoso en la nocturnidad”.

─Sí, que está viejito, el pobre ─respondo.

─¿Cómo?

─El coche tiene sus años y necesita unos minutos para calentar el motor, las válvulas de tránsito y el circuito de combustión. ─digo de seguido, inventándome la mitad, para mostrarle que yo también pudiera haber empollado la sección del manual de usuario: “Vehículo con motor diésel, arranque en condiciones meteorológicas adversas”.

─…

Me observa, atenta la mirada. Transcurren horas camufladas en segundos. Duda si le estoy vacilando o simplemente aterido.

─Voy a trabajar ─añado, para templar el ambiente, señalando el logo de mi uniforme ultra colorido y archiconocido en esta pequeña ciudad.

─Okey, hemos parado por si necesitaba ayuda.

Les agradezco el detalle, sin detenerme a calcular el grado de veracidad. Al menos no me soltaron aquello de: “Bájese del vehículo despacio. Las manos donde pueda verlas. Abra el maletero…”; y ante aquellos ojos expectantes mis enseres de trabajo: un Kalashnikov AK-47, dos Colt 45, tres paquetes de polvo blanco, cuatro bolsas de billetes enrollados a lo Breaking Bad…

Es de coña, querido lector literal.

Disculpen ustedes, me pillan devorando capítulo tras capítulo la serie Fargo, de ahí la fantasía criminal. Así empezó todo, con mi sencillo homenaje a la película homónima ─en un foro virtual, compuesto por expatriados nostálgicos, de cuyo nombre no quiero acordarme─; así nacieron las primeras Fargaditas.

This is a true story, reza el comienzo de Fargo.

 

P. D.: ¡Va por ti, Jose!




  

miércoles, 7 de enero de 2026

F237 - De norias, vermú y violetas

Tengo música en la cabeza. No consigo bloquearla.

Y el de en medio de los Chiiichooos

Me ha dicho que soy muu buenoo

Que tengo buen corazóóón

Y que nunca voy sereenooo.

Despertares. Vuelta a la realidad. Regreso al presente, más bien a un cercano pasado. Siguen las Pascuas, cada vez más duraderas. Vuelta a mi ritual solitario, ese que llevas a cabo con ausencia de pareja, el ver películas y series navideñas, a golpe de polvorón, cava y turrón de yema. Por enésima vez, Love Actually: uno la comienza con mil y una promesas de entereza, de madurez, de hombría: “¡Qué somos leones o huevones?”; “No lloraré, no lloraré, no lloraré”, y acaba, como cada año, manta hasta la barbilla y las lágrimas calientes acumuladas tras una presa a punto de desbordar, durante las escenas habituales. Escenas de ruptura, de engaño, de amor no correspondido, al igual que aquellas de cariño, de enamoramiento con la persona idónea, del primer amor en la infancia. Escenas donde chocan con su alma gemela en plena calle, en el super, en un pueblo recóndito, en el colegio de sus niños, en un aeropuerto. La ves de nuevo, dispuesto a no creerte nada, a hacerte el duro, es sólo ficción, te dices, y acabas anhelando la vida de alguno de los personajes.

Yo ya no sé cómo olvidaaarte, eh, eh, eeh

Cómo arrancarte de mis adeeentro’

Desde que te marchaastee

Mi vida e’ un tormentooo

Despertares. Continúa la Navidad eterna. Nadie como los británicos para reflejar ese espíritu navideño de cartón-piedra, de apariencia, que terminas creyendo como en su día creíste en los Reyes Magos. A pesar de que tras el Boxing day (26 diciembre) todo regresa a lo anterior. Ni siquiera aguardan al siete de enero, los herejes estos. El abeto abandonado junto al contenedor del Tesco, los adornos en el desván dentro de una caja de cartón con una etiqueta que reza: ‘Christmas Decorations’.

Pienso todo ello frente a la televisión, la miniserie de Mr Bean un genio Man vs Baby, en la que se encuentra un bebé, junto a la puerta, y lo llama ‘Baby Jesus’ (‘Beibi Chiisas’, pronuncian ellos para darse importancia). La nieve en las Highlands escocesas, las llamadas familiares, la gran cena con sus coles de Bruselas, pavo gigantesco, salsa gravy; junto a cada plato, los artilugios denominados ‘crackers’, cilindros de cartón y papel de colores: dorado, rojo, plateado; entre dos comensales, uno tira de cada extremo y al abrirse suena plop, como un petardo, en su interior pequeños obsequios, como esas coronas de papel tintado que cada uno pondrá en su cabeza, un vano intento de regresar a la infancia, al menos durante el rato que dure la comilona.

Nadie como los británicos para hacerte vislumbrar todo esto. Deseas caer dentro de la película, sentarte a la mesa junto a ellos, extremo de cracker en mano, al otro una linda escocesa, plop, entre risas coronarnos mutuamente y servirle una loncha de pavo, coles de Bruselas, salsa, “Just two spoonfuls, please darling, y puré de patatas. Tal vez sólo sea la nostalgia jugándome una mala pasada.

Fueeera de mííí

Ya no quieeero tu quereeer

De mi mente te he borradooo

Ya no quierooo besar tu’ labio’

Vuelta a la realidad presente. Tengo música en la cabeza. Me acompaña allá donde vaya, sobre todo en el trabajo físico y monótono culpa del vermú dominical. Lo explico, día festivo, una amiga y yo nos adentramos en el casco medieval, pasada la una del mediodía, en busca del espíritu navideño y su correspondiente dosis alcohólica. Otra vez, nos encontramos con ellos. Constituyen una modesta banda flamenca, tocan versiones por la calle, al amparo de algún bar, para caldear el gélido diciembre. De ahí las canciones, que lanzan el ancla en mi cerebro y no hay marea que las mueva.

Tú eres el vaquillaa, alegre bandolero

Porque lo que ganaaas repartes el dinero

Tú eres el vaquillaaa de buenos sentimientos

Si al final dependeees de un simple carcelero.

La ciudad se esfuerza en pintar una estampa navideña, un amago loable de resucitar el espíritu, en coma inducido por estos lares. El trenecito rojo, abarrotado de turistas y locales que saludan entre risas, junto a sus pequeñuelos que miran todo con ojos grandes; al fondo, la noria altísima con su diseño de ciencia ficción, el London Eye de la ciudad blanca, que trae recuerdos de otra noria y una tal Azucena otra ciudad, otra vida… La banda oficial ambulante interpreta canciones festivas, como si fueran las fiestas patronales, y, de vez en cuando, inserta con cuña un villancico a petición pública, turistas ya saben no somos británicos por aquí arriba. En la boca del callejón, una tierna escena. La chiquilla de apenas tres años contempla embelesada a los músicos, suelta la mano del abuelo y se acerca, permanece absorta frente al bombo que marca el ritmo del villancico bom, bom bom, bom, suena. La mujer que lo maneja, rendida ante la dulce mirada, le permite coger el mazo e imitarla durante el descanso de cigarrillo y caldopara satisfacción de yayo y nieta, y deleite generalizado.

Liiibre soy contigo, liiibre sooy

Como el vieento libre, libre, liiibre soy

Sooy feliz contigo, soy feliiiz junto a tiii

Vuelta a la realidad. Regreso al desengaño. ¿Dónde está mi Noche de Paz? ¿Dónde quedó la Noche de Amor? ¿Quién apagó mi Noche de Luz? Me siento estafado, crédulo de cuentos chinos, o más bien de cuentos de magos orientales. ¿Quién robó mi Nochebuena? ¿Quién, el día de Navidad? Fin de la candidez que otorga la ficción, como cuando de críos te chiva el amargado vecinito de quien recuerdas nombre y apellidos que los Reyes Magos son los padres, y ante tu interrogatorio posterior descubres en la mirada de estos una mezcla de tristeza (mamá) y orgullo (papá), la primera por tu mal rato, el segundo porque ya dejaste la inocencia… y te quieres morir.

¿Cómo recupero mi dinero? ¿A quién solicitar la hoja de Reclamaciones? Las quejas al maestro armero, decía el sargento Peláez sonrisa zorruna y arrogante durante los tiempos de Mili.

Échame una mano prima

Que viene mi novio a veermeee

Estoy tan nerviosa que

No sé qué vestío poneermeee

Regreso a la realidad, abandonamos la ficción (la cual también permite construir toda una historia alrededor de un pobre hombre luciendo tweed y zapatos viejos que en su día se limitó a tomar un café mientras leía un grueso libro (título desconocido) en el Elephant House de la capital escocesa.

Porque tú te ves bonita

Tú teee pones orgullosa

Ni más ni menos, ni más ni menos

Más bonitas son las roosas

Vieneee el tiempo y las marchita.

El pequeño grupo ameniza el vermú, templa espíritus, promete hechizos. El cantante, la corista, el guitarra, el del cajón. Gitanos todos y ufanos por ello el vocalista, pelo largo, camisa negra abierta, de pelo en pecho y enorme crucifijo; el tipo se come la calle con patatas, baila, sonríe, vacila a unos y otras adora que lo filmen con móvil; puede que no sea un gran vocalista micrófono pegado a los labios, ritmo acelerado pero lo compensa con su don. Un don que muchos grandes “cantantes” quisieran para sí. El don de contagiar entusiasmo a su alrededor. Sangre gitana por las venas. Desborda gracia, sonrisas y desparpajo, tan escasos por estas tierras. Si se lo propusiera, con su labia en ausencia de flauta se llevaría a todos los niños de la ciudad hipnotizados, cual músico de Hamelín.

Canciones de amor, de fiesta, de camaradería y traición. Algún villancico se cuela, a petición popular la Marimorena, cómo no. El tramo de calleja es suyo, territorio conquistado, lo tomaron sin disparar un tiro, a golpe de guitarra y cajón, de sonrisas, voz ronca y coros rumberos. Melodías que llaman a soñar, también recordar, melodías que traen sonrisas y alguna lágrima que pelea por asomar. La gente salta, da palmas, baila, entona los estribillos. El frío presente, cómplice de la banda, obliga a mover cuerpo y alma. La cerveza y el vermú aportan su granito de arena. Locales, visitantes, tipos futboleros con bufandas blanquiazules, del Real Oviedo. Uno de ellos, el más cachondo de los guajes, exclama entre risotadas: “¿Estáis seguros de que no jugamos contra el Málaga?”, sin acabar de creer que continúan en el norte, que se hallan en la ciudad blanca, la ciudad del silencio. El gitano y sus compadres lo han conseguido, transformaron la callejuela con su duende y empeño.

Quién te escribía a ti veersos

Dime mi niñaa quiéén era

Quién te mandaba flores

Por primaveeera

Y cada nueve de noviembre

Como siempre sin tarjeta sí

Te mandaba a ti un ramiito

De violetas sí.

Jamás una canción tan hermosa tuvo letra tan cruel.

Todo un popurrí entrañable, cantaron los flamenquitos: Tijeritas, los Chichos, Navajita plateá, Niña Pastori, Manzanita, Ketama, Estopa… y ya despidiéndose un cálido homenaje, Antonio Flores.

Prometo veeer la alegría

Escarmentar de la experienciaa

Pero nunca

Nunca más usar la violenciaaa

Para turu tu turuu

Para turu tu turuuu

El gentío rompe a saltar, botellas en alto, grita, baila, corea el ‘para turu tu turuuuu…’.

Desterrar la violencia, la utopía eterna. El sueño de los ingenuos. Puede ser adormecida, incluso sedada, pero siempre quedará una semilla a la espera de gotitas de odio para germinar. Es algo intrínseco al ser humano, lo lleva en la sangre y en el espíritu (nada navideño).

¿Dónde quedó mi Noche de Paz?

¿Quién carajo conoce al maestro armero!

Libre, Liiibre, quiero ser

Quiero ser, quiero ser Libreee.

Imposible bloquear… la música dentro de mi cabeza.


(Relacionado: F61- Rozando la Estrella de Navidad).




 

jueves, 1 de enero de 2026

F236 - Fantasmas navideños

Transcurría gélido el mes de diciembre, el viento omnipresente incrementaba la sensación de frío y una fina capa de nieve cubría las calles y los edificios grisáceos de Edimburgo. El castillo, siempre vigilante y protector, lucía hermoso, como de postal navideña. Me encontraba en mi refugio habitual, la cafetería Elephant House con sus grandes mesas de forma redondeada y uso comunitario, donde tantas horas pasé durante aquel periodo de mi vida. Aquella tarde intentaba entrar en calor con una gigantesca taza de café entre las manos y un grueso libro ─cuadernillo a su vera─ por toda compañía. En la atmósfera flotaba una mezcolanza de aromas ─ a café, pastas de jengibre y rollos de canela─ que avivaba el espíritu navideño. La típica decoración y la suave banda sonora de fondo ejercían de cómplices, duplicando el efecto.

Gran escritora y excelente persona ─dijo la voz.

Levanté la vista del libro, el último título de la saga Harry Potter. Ante mí, un tipo sonreía como si me conociera de toda la vida. De baja estatura, enjuto, lucía barba poblada y encanecida, y cabello demasiado largo y un tanto grasiento. Vestía una chaqueta de tweed y sujetaba una gorra a juego con su mano izquierda, mientras la diestra sostenía un tazón humeante. Señaló con ésta, ligeramente, aclarando que se refería a la autora que yo leía.

¿Te importa si me siento aquí? dijo, de seguido, antes de que yo abriera la boca.

No, claro.

Veo que eres lector, te he observado por aquí en más de una ocasión, siempre con un libro dentro de esa mochilita que portas. Incluso he advertido que escribes parrafadas en ese cuaderno dijo, señalando con el mentón ¿Eres escritor? ¿Me permites que te narre un cuento navideño?

De nuevo, disparaba una frase tras otra en forma de monólogo, mostrando una envidiable perfección del idioma de Shakespeare, adornado con un deje escocés. Un acento educado, como de profesor, guía turístico o locutor de la BBC Scotland.

Por toda respuesta, cerré el libro y asentí con la cabeza. Nunca venía mal practicar un poco de listening, pronto me presentaría al examen del First Certificate. Antes de que finalizara el gesto, aquel tipo extraño comenzó su relato:

“Mr McRooge siempre tuvo mal humor. Era algo por todos sabido, por sus vecinos, por las camareras del pub local, por sus compañeros de subsidio y camaradas de barra. No se le conocía pareja, ni siquiera familia cercana. Un solitario de los de toda la vida. Gruñón, a veces hablaba consigo mismo, e incluso discutía con su yo interior ante la escasez de contrincantes. Siempre vestía de tweed, tocado con una gorra del mismo tejido. Presumía de unos zapatos deslumbrantes marrones con puntera blanca, como de gánster hortera traídos de Alicante, donde veraneó de joven, mucho mejores que los sobrevalorados italianos. Despreciaba a todos los que vestían a la americana, como él decía: “Los vaqueros son una ordinariez”. Le gustaba escribir, y algunos que tuvieron acceso a sus textos opinaban que no se le daba mal del todo, pero carecía de la chispa mágica que prendiera un incendio devastador, no fogatitas de callejón. Era un tanto arrogante, también presumido, incluso juraba que conoció en persona de jóvenes a una escritora hoy famosa que solía frecuentar la cafetería Elephant House, a la cual un día mostró un modesto pero extenso relato en busca de opinión y consejo, así entre colegas. La joven lo leyó del tirón, frente a él, y tras un par de tazas de té y tres cigarrillos eran otros tiempos le comentó que no estaba mal, pero que era un tanto ingenuo, demasiado infantil, que quizás podría darle uso doméstico, de cuento para dormir a los sobrinos, si es que los tenía. El manuscrito relataba las andanzas de un joven mago, en un mundo imaginario, donde cabalgaban sobre escobas voladoras y conjuraban sortilegios a golpe de varita mágica y sentencias en latín. Sí, en efecto, aquella arpía de nombre J.K. Rowling le robó el germen de Harry Potter. Ahora él sería multimillonario y residiría en una mansión del distrito pijo de New Town, en lugar de habitar un antro de protección oficial en una de las torres trillizas de Broomhouse; se exhibiría por George Street deteniéndose un duradero instante frente a las majestuosas columnas del Dome al volante de un Aston Martin descapotable del 65 color rojo pasión y posiblemente, una voluptuosa pelirroja oriunda de las Highlands, reclinada en el asiento del copiloto.

Cada atardecer, Mr McRooge atravesaba el puente de North Bridge, desde Prince Street, camino al Elephant House. Cada día un joven sin techo le pedía dinero. Un desarrapado que sonreía y hacía sonar las cuatro monedas que contenía su vasito de cartón con el logotipo de Starbacks. Pero él sabía que detrás de la sonrisa escondía una dosis de odio, por su bonita chaqueta, su estilo, sus zapatos lustrosos. Odio y envidia, un coctel explosivo. Él lo miraba altivo, por encima del hombro, y continuaba caminando, los zapatos impolutos taconeaban su desprecio sobre la acera, clac, clac, clac.

God bless you, sir! decía el muchacho, sin perder la sonrisa, a pesar de la nula recaudación tanto económica como anímica. Pero la mente de Mr McRooge captaba un tono burlón, que arrastraba mucho la ese de la última palabra, como si deseara pronunciar ‘shite’ en su lugar, y rectificara en el último instante.

Cada vez el mismo recorrido, Mr McRooge era un hombre de hábitos: recorría el puente por la acera de la derecha. Luego atravesaba unos andamios, pues la fachada del hotel se encontraba en plena restauración. Un cartelito indicaba peligro y prohibía el paso, indicando mediante una flecha negra el desvío que invadía la calzada hacia una senda protegida del tráfico por bloques de plástico blanquirrojo. Pero Mr McRooge se declaraba en rebeldía ante tanta imposición porque, según su criterio, levantaban obras por doquier para fingir un progreso inexistente, decididos a fastidiar al ciudadano de orden cavando zanjas y derribando muros a su capricho. ¡Ningún mamarracho empujapapeles de despacho le obligaría a abandonar la acera, con tanto conductor borracho! ¿Qué se creían estos abrazafarolas! Después giraba a la derecha y subía por Royal Mile en dirección a George VI Bridge. Entraba en la biblioteca, a disfrutar durante un rato del calorcillo gratuito, mientras rebuscaba entre las estanterías, soñando con ver su libro publicado; aunque primero debería concluir el maldito borrador. Una vez recogidas tres o cuatro novelas de escritores reconocidos se dirigía al Elephant House.

Mr McRooge odiaba la Navidad, aborrecía al tripón vestido de colorado, que se hacía llamar Santa Claus, “Un ingenio de la Coca-cola”, decía malhumorado. Cada vez que se cruzaba con uno de los numerosos emuladores exclamaba: “¡Puto gordo engatusa-niños!, sin importarle ser escuchado, disfrutaba con la cara de sorpresa, rozando el miedo, que mostraba el lacayo de turno; salvo en una ocasión, en la cual fue su rostro el que se contrajo debido a algo parecido al pánico, cuando un tipo disfrazado del personaje le contestó: “Back off, you f***ing little c**t!”, sin perder la cínica sonrisa ni la mirada de loco. Incluso, por sentido de equilibrio, despreciaba a los Reyes Magos, esos tres presuntos sabios que los continentales aseguraban vinieron de Oriente. “¡Menudos cuentistas!”.

A Mr McRooge no se le conocía trabajo alguno, cobraba el giro de ayuda social (como aquí lo denominan) cada semana; recogía el efectivo en la oficina de correos a la vuelta de la manzana, y acto seguido pagaba la visita de rigor al pub local y a la adyacente casa de apuestas (necesitaba dinero para autopublicar, ya que las grandes editoriales no sabían un carajo sobre calidad literaria, y para obtenerlo debía ganar alguna de aquellas carreras de caballos). Al final, fundida casi toda la paga, subía al bus 25 y se apeaba en el centro de la ciudad, en Prince Street, desde donde enfilaba la caminata a North Bridge y el insolente vagamundo; al calorcillo de la biblioteca; a la Elephant House y su taza de té (con precio de una libra esterlina, por aquel entonces), que le duraría dos o tres horas (por relleno de agua caliente) mientras hojeaba los libros escogidos y tomaba notas interminables, incluso copiaba algún parrafillo o fusilaba un diálogo que advertía ingenioso cambiando nombres y lugares (“Esto no es plagio, tan sólo un préstamo de ideas entre colegas escribientes”, se decía convencido) para su eterno manuscrito.

Mr McRooge guardaba, de forma permanente, un billete novísimo de veinte libras en su cartera-monedero, que parecía recién impreso. Afirmaba, sin duda alguna, que el dinero llama al dinero, y aquel solitario billete reclutaría a cientos de miles de colegas y un día saldría millonario de la casa de apuestas. Estaba ya tardando ese día.

Era jueves por la tarde, noche cerrada, el puente apenas iluminado por la luz amarillenta de los farolillos. El frío amenaza nieve, le gritaban sus huesos. Mr McRooge odiaba la nieve. Ahí estaba el vago, con su mantita, su cara estúpida y su vasito con logo verde. Pero el desharrapado no dijo nada, al pasar junto a él, tal sólo le miró. Había algo inquietante en su mirada, algo fuera de lugar. Quizás estaba drogado (ni se le pasaba por la cabeza que quizás el muchacho estuviera más triste de lo habitual, en plena víspera de Navidad). Aceleró el paso, atravesó los andamios, y apunto estaba de salir de la zona en obras cuando oyó un ruido. Antes de que pudiera girarse sintió el golpe. Un gran porrazo en la base del cráneo. Todo se fundió a negro, mas tuvo un pensamiento en el último segundo de lucidez:

Me cazó. El maldito drogadicto me ha matado.

Despertó en una habitación blanca y luminosa. Una joven enfermera acariciaba su brazo, mientras le susurraba palabras de consuelo: “Ya está, Mr McRooge, todo pasó”. No sentía nada, su mente flotada debido a los restos de la anestesia. Miró el rostro de la chiquilla y creyó estar en el Cielo, en el que no creía, a manos de un angelito cuya compañía sabía no merecer.

El ángel continuó:

Señor, está usted en el Hospital Western General. Sufrió un accidente, un adoquín se desprendió de una fachada y le golpeó la cabeza. Le produjo una severa contusión cerebral, con hemorragia externa y sufrió hipotermia. Si no hubiera sido por el joven que lo encontró tendido en el suelo y paró un taxi en busca de ayuda, tal vez no lo hubiera contado. El chaval ha permanecido en el pasillo desde su ingreso. Quiere verle, dice que tiene algo para usted.

Mr McRooge aceptó la visita, quería agradecer el gesto al buen samaritano.

El chico entró, sonrisa tímida, ojos somnolientos. Se acercó a la cama, y entonces Mr McRooge lo reconoció.

¿Eres tú?

Encontré esto junto a usted, en el suelo dijo, entregándole la vieja cartera de cuero cuando buscaba refugio de la nevada. Suelo dormir sobre unos cartones, a cobijo del andamiaje. Vi que tenía sangre seca en la cabeza y estaba usted muy frio. Me asusté y paré un black cab concluyó, con marcado acento de Aberdeen.

Con manos temblorosas, Mr McRooge la abrió, unas pocas monedas tintinearon dentro; en el pequeño compartimento estaba el billete impecable de veinte libras. El comienzo de su futura fortuna.

Toma, hijo, hoy soy un hombre rico. He vuelto a nacer, gracias a ti le entregó el billete.

El chico quiso negarse, pero fue imposible ante la insistencia del escritor frustrado.

Que Dios le bendiga, señor dijo, y esta vez Mr McRooge no vio burla alguna en su frase. Esta vez no fueron sus oídos los que captaron el mensaje, sino su corazón.

En cuanto recibió el alta médica, Mr McRooge llevó a cabo dos acciones: la primera, invitó al mendigo a cenar en su casa por Hogmanay, la Nochevieja por estos lares; la segunda, se encerró en su cuarto el primer día del año y se lanzó, pluma en mano, a finalizar el eterno borrador de su novela”.

Concluyó aquel tipo su relato, la mirada perdida como si realmente hubiera regresado de otro lugar, de otro tiempo, quizás de otra vida. Guardó silencio, sorbiendo el té ya frío, mientras me observaba por encima del borde de la taza. Entonces, una de las camareras más jóvenes se acercó, llevaba algo oculto a la espalda.

Disculpe, ¿podría firmarme el libro?, por favor dijo la muchacha con un atisbo de sonrojo en las mejillas. Acto seguido, puso un tomo de considerable grosor en la mesa. La portada mostraba un castillo entre la neblina. El título, en grandes letras rojas que aparentaban sangrar, rezaba: Fantasmas navideños. Bajo éste, en sobria fuente negrita el nombre del autor: Ian McRooge.

Leído esto, bajé la vista al suelo. Allí asomaban, bajo la mesa, unos zapatos brillantes, de color marrón y blanco, como de gánster hortera.