Jamás la primera cerveza se hizo tanto de rogar. La primera birra de bienvenida, de ritual, de recompensa (por haber llegado de una pieza, por no haberme perdido demasiado, por haber localizado el hotel, e incluso en esta ocasión, por haber logrado escapar de él). La boca seca, las neuronas rebotando unas contra otras, o haciendo manitas en forma de sinapsis, tratando de localizar el bar adecuado. Mi reino por una maldita rubia espumosa.
Me encuentro en el centro, no lejos del hostal con ínfulas.
Otra de mis ridículas manías, o hábitos, o como quieran llamarlo. La primera
birra la suelo tomar en un terreno cercano, como si el miedo a extraviarme me
devolviera a la más tierna infancia. Como si fuera un bebito, un barquito
chiquitito que apenas echó a navegar en forma de pasitos cada vez más firmes ─un
‘toddler’ según los anglos─ que se aleja unos cuantos pasos, o
metros de mami, pero lanza constantes vistazos atrás, buscando su sonrisa, su
mirada de ánimo, buscando seguridad. Y a cada ratito, regresa a ella, roza su rodilla
portuaria, se agarra a la pierna protectora y, tras comprobar que sigue ahí, se
arma de valor para zarpar de nuevo, en busca de nuevas aventuras, aunque sólo
sea a unos escasos metros de su mamá, de su puerto, de su seguridad. Eso me
sucede a mí con los malditos hoteles en ciudades desconocidas. Voy alejándome
de su solidez visual poco a poco, día a día, pero la primera cerveza siempre la
tomo en su cercanía, casi sin perderlo de vista, a pesar de contar,
actualmente, con la guía de mi amante, querida, caprichosa y cachonda (dícese, ‘muy
graciosa’) e impersonal señorita del gúguelmaps.
Ojeo unos cuantos pubs, atestados de gente; es sábado,
atardecer primaveral, y ello invita al regocijo, al relax, a la reunión con amigos
bajo los efluvios del alcohol. Por fin, me decido, elijo uno que parece
accesible (el camino hacia la barra). Llego y, justo antes de llamar la
atención del camarero, veo la escena que me tira para atrás. Éste, entre risas,
deslava un vaso usado en el fregadero de la barra, lleno de espuma ─y,
ruego a Dios, agua semi hirviendo─. Tras el chapuzón en jabón, hace una
última ablución a modo de aclarado, y lo deja (brillante) boca abajo, junto a
sus iguales, en la superficie bajo los grifos de caña, ahí dispuesto para un
segundo asalto y tercero y cuarto. Para transmitir, quizás, algún bichito que
haya sobrevivido al jakuzzi, y tal vez, conservar ese saborcillo a jabón
camuflado con el de cebada fermentada.
Espero que mi cara de asco no haya sido advertida, doy media
vuelta y salgo a la calle a respirar aire fresco. Nunca fui demasiado
escrupuloso (si ustedes hubieran visto la primera ducha escocesa), pero… ¿acaso
no conocen esa gran invención del hombre blanco llamada lavavajillas?
Voy a ahorrarles el Calvario (que bastantes procesiones hay alrededor
estos días). La operación la repetí unas cuatro veces, con idéntico resultado.
Me falta información, acabo de aterrizar casi literalmente, ignoro si este
método lavatorio sólo sucede en los pubs del centro, en la zona de bienvenida a
los guiris, o si se extiende por toda la ciudad, por todo el condado, por toda
la maldita Holanda.
La sed, el ansia de ritual, de hacerme con la primera rubia
me animan, me dan el empellón definitivo, de algo hay que morir ¿no? Además,
hemos venido a jugar. Otra ráfaga de nostalgia me alcanza, al recordar las
primeras veces que viví idéntica situación en Edimburgo, en los primeros pisos
compartidos (Rachel y su lavado de platos en jabón, casi sin escurrir ni
aclarar). Recuerdo usar mi propio plato, vaso y cubiertos, y siempre lavarlos
yo mismo, a la española, con aclarado premium (porque está visto que el modo
europeo es lo de sumergirlo en espuma, escurrirlo boca abajo, y sefiní).
Tomé la primera, sin acercarme demasiado a la pileta, pidiéndola
desde una esquina del mostrador, sin siquiera observar la operación de tirada
ni elección del vaso ni nada. Ojos que no ven y todo eso. Una vez servida, me
persigné mentalmente (aquí son todos herejes del Orange aquel, y no deseo ser
arrojado al canal), alcé la jarra, cual cáliz sagrado tras el altar y me
encomendé a todos los Santos. Después di un largo trago que supo a gloria
celestial.
No sabía nada a jabón, algo es algo, y espero que las
posibles bacterias quedaran lo suficientemente embriagadas por la dosis
alcohólica (pedí una fuertecilla) para que, aleladas, no pudieran contaminar mi
cuerpo y se murieran de aburrimiento.
Nunca creí que Ámsterdam fuera una ciudad tan peligrosa. Y
no me refiero a que algún acólito de Bob Marley, confundido entre humos
inhalados, te exija dinero bajo amenaza de echarte el fétido aliento, o que un
yonqui en estado de primate histérico te lo pida con la aguja sucia entre los
dedos. Me refiero a serios riesgos para tu vida, a formas de palmarla, a mil
maneras de morir como el título de aquella película. Éstas se van
acumulando: caer rodando por las infames escaleras del hotel; acabar en un
canal por despiste, embriaguez o cabezonería del gepese; sucumbir en el
asfalto, atropellado y pisoteado por cientos de pares de ruedas de diverso
grosor; una sobredosis de Fairy aroma tulipán blanco tras vaso y vaso de
cerveza…
Lo dicho, hemos venido a jugar. Los virus no podrán conmigo,
bajaré las escaleras con ambas manos en la barandilla, miraré trescientas
cincuenta y dos veces a cada lado antes de osar echar un pie en la calzada.
Me doy cuenta de que también puedo morir de inanición antes
de hallar un restaurante ─es un decir─ que me atraiga lo suficiente para sentarme
a una de sus mesas. Pero esa es otra historia. Forma parte de otra de mis
absurdas costumbres, sacio el hambre primera de cualquier forma porque no me
atrevo a elegir un lugar de comida a la carta, menú o maldito QR, todavía no, como
si mi nivel de inglés recién aterrizado o mi timidez aún me ataran a la maleta,
al hotel, a la pierna de mamá.
En esas estoy, la cerveza agudizó el apetito. Los bares
llenos de gente, los restaurantes poco atractivos (de momento), numerosos
locales ofrecen comida rápida, al puro estilo take away tan propio de
las zonas turísticas. Me decido por uno de los últimos, un sitio que llama mi
atención, contemplo las fotografías expuestas de hamburguesas, patatas fritas y
demás complementos. El colmillo me gotea. Atravieso el umbral en forma de
cristalera abierta de forma permanente (tipo corredera), como si la hubieran
bloqueado a propósito. Observo el mostrador, diminuto, tan sólo una mujer detrás.
Qué extraño, con toda la gente que hay dentro. Tampoco aprecio fila alguna. Nada.
Entonces me acerco al tumulto, me hago un hueco o más bien se va haciendo
porque los que me preceden se dan la vuelta rápido, con su pedido entre las
manos. Todo un misterio. La curiosidad no sólo mata al gato, sino que lo
entierra, le coloca una corona de flores y le reza un responso. No puedo con la
incertidumbre. Me aproximo más, y al contemplar aquella cosa (no
se me ocurre pseudónimo alguno) la mandíbula inferior se me cae hasta rozar el
pecho, como la del Coyote cuando descubre la trampa mortal que le espera, en
forma de cartuchos de TNT, demasiado tarde para reaccionar.
Una máquina dispensadora de hamburguesas; decenas de ellas,
de todo tipo, en su interior, recluidas en pequeñas celdas calientes, tras una
ventanita de cristal o metacrilato transparente, a modo de mini escaparate, recién
hechas y a pulsación de tecla.
Observo la clientela a mi alrededor, la cual elige, presiona
un par de botones, pone la tarjeta de débito, o el móvil, junto a la
pantallita, y el compartimento se abre, mostrando el pedido: burger
humeante y olorosa, patatas fritas incluidas. Mi cara es un soneto de Quevedo.
Me acerco al artilugio, despacito, con respeto; intento leer las instrucciones,
pero están escritas en ese idioma que parece diseñado para gente con muy mal
carácter, repleto de haches, ges, kas… Una sobredosis de consonantes recias.
También reparo en que no existe ranura para introducir dinero en efectivo, ni
siquiera para introducir la tarjeta de crédito (la mía, que es muy suya, no me
permite utilizar la opción ‘sin contacto’).
A pesar de la dudosa calidad del producto, el hambre y la
adrenalina me obligan a querer una de aquellas hamburguesas. Sí, dije
adrenalina, qué pasa, unos se tiran de un puente sujetos a una estúpida goma y
otros pedimos una hamburguesa de dudosa reputación encarcelada entre cristales.
De todas maneras, observo que el invento no es tan peligroso
como parece. Detrás de las máquinas, fuera de la vista, a un extremo del
mostrador, se esconde un espacio con planchas, freidoras y otros artilugios de
cocina donde el personal prepara, in situ, las comandas. Después,
supongo, algún compañero rellenará las máquinas expendedoras, como si metieran
latitas de cacahuetes, olivas y almendras, pero en su lugar, calientes y
humeantes porciones de carne entre trozos de pan.
La saliva llena mi boca. Parezco Carpanta frente a una pollería.
Me acerco al mostrador. La mujer me sonríe con ojos de: a ver qué quiere el
guiri este. Armo mis labios con la mejor de las sonrisas (sale de lujo porque
no la utilizo con asiduidad). Desempolvo el manual de usuario de la lengua de
Shakespeare y le cuento mi vida y milagros, y los problemillas logísticos
debidos a la caprichosa tarjeta bancaria. Le pregunto si existe modo humano de
encargar una hamburguesa sin pasar por el Vía crucis de las instrucciones en
neerlandés, la maquinita de marras y el pago electrónico (que sólo falta el
puto QR).
─Si es una sencillita yo misma te la encargo ─dice,
agrandando la sonrisa.
Ignoro si me está vacilando, o quiere ahorrarse trabajo. Me
da lo mismo, ya tenía preparada la respuesta.
─Muy simple: a cheese burger ─digo deprisa, y añado─: and
chips, please!
La mujer gira el cuello y lanza un par de voces ─en
su idioma autóctono─ que parecen insultos, en dirección hacia la cocina.
Vuelve a mirarme y con una amabilidad e inglés intachables dice cuánto le debo.
Mi estómago ruge impaciente a la par que agradecido,
mientras extraigo el monedero.