domingo, 5 de abril de 2026

F248 - Como latas de cacahuetes (Ámsterdam) (IV)

Jamás la primera cerveza se hizo tanto de rogar. La primera birra de bienvenida, de ritual, de recompensa (por haber llegado de una pieza, por no haberme perdido demasiado, por haber localizado el hotel, e incluso en esta ocasión, por haber logrado escapar de él). La boca seca, las neuronas rebotando unas contra otras, o haciendo manitas en forma de sinapsis, tratando de localizar el bar adecuado. Mi reino por una maldita rubia espumosa.

Me encuentro en el centro, no lejos del hostal con ínfulas. Otra de mis ridículas manías, o hábitos, o como quieran llamarlo. La primera birra la suelo tomar en un terreno cercano, como si el miedo a extraviarme me devolviera a la más tierna infancia. Como si fuera un bebito, un barquito chiquitito que apenas echó a navegar en forma de pasitos cada vez más firmes un ‘toddler’ según los anglos que se aleja unos cuantos pasos, o metros de mami, pero lanza constantes vistazos atrás, buscando su sonrisa, su mirada de ánimo, buscando seguridad. Y a cada ratito, regresa a ella, roza su rodilla portuaria, se agarra a la pierna protectora y, tras comprobar que sigue ahí, se arma de valor para zarpar de nuevo, en busca de nuevas aventuras, aunque sólo sea a unos escasos metros de su mamá, de su puerto, de su seguridad. Eso me sucede a mí con los malditos hoteles en ciudades desconocidas. Voy alejándome de su solidez visual poco a poco, día a día, pero la primera cerveza siempre la tomo en su cercanía, casi sin perderlo de vista, a pesar de contar, actualmente, con la guía de mi amante, querida, caprichosa y cachonda (dícese, ‘muy graciosa’) e impersonal señorita del gúguelmaps.

Ojeo unos cuantos pubs, atestados de gente; es sábado, atardecer primaveral, y ello invita al regocijo, al relax, a la reunión con amigos bajo los efluvios del alcohol. Por fin, me decido, elijo uno que parece accesible (el camino hacia la barra). Llego y, justo antes de llamar la atención del camarero, veo la escena que me tira para atrás. Éste, entre risas, deslava un vaso usado en el fregadero de la barra, lleno de espuma y, ruego a Dios, agua semi hirviendo. Tras el chapuzón en jabón, hace una última ablución a modo de aclarado, y lo deja (brillante) boca abajo, junto a sus iguales, en la superficie bajo los grifos de caña, ahí dispuesto para un segundo asalto y tercero y cuarto. Para transmitir, quizás, algún bichito que haya sobrevivido al jakuzzi, y tal vez, conservar ese saborcillo a jabón camuflado con el de cebada fermentada.

Espero que mi cara de asco no haya sido advertida, doy media vuelta y salgo a la calle a respirar aire fresco. Nunca fui demasiado escrupuloso (si ustedes hubieran visto la primera ducha escocesa), pero… ¿acaso no conocen esa gran invención del hombre blanco llamada lavavajillas?

Voy a ahorrarles el Calvario (que bastantes procesiones hay alrededor estos días). La operación la repetí unas cuatro veces, con idéntico resultado. Me falta información, acabo de aterrizar casi literalmente, ignoro si este método lavatorio sólo sucede en los pubs del centro, en la zona de bienvenida a los guiris, o si se extiende por toda la ciudad, por todo el condado, por toda la maldita Holanda.

La sed, el ansia de ritual, de hacerme con la primera rubia me animan, me dan el empellón definitivo, de algo hay que morir ¿no? Además, hemos venido a jugar. Otra ráfaga de nostalgia me alcanza, al recordar las primeras veces que viví idéntica situación en Edimburgo, en los primeros pisos compartidos (Rachel y su lavado de platos en jabón, casi sin escurrir ni aclarar). Recuerdo usar mi propio plato, vaso y cubiertos, y siempre lavarlos yo mismo, a la española, con aclarado premium (porque está visto que el modo europeo es lo de sumergirlo en espuma, escurrirlo boca abajo, y sefiní).

Tomé la primera, sin acercarme demasiado a la pileta, pidiéndola desde una esquina del mostrador, sin siquiera observar la operación de tirada ni elección del vaso ni nada. Ojos que no ven y todo eso. Una vez servida, me persigné mentalmente (aquí son todos herejes del Orange aquel, y no deseo ser arrojado al canal), alcé la jarra, cual cáliz sagrado tras el altar y me encomendé a todos los Santos. Después di un largo trago que supo a gloria celestial.

No sabía nada a jabón, algo es algo, y espero que las posibles bacterias quedaran lo suficientemente embriagadas por la dosis alcohólica (pedí una fuertecilla) para que, aleladas, no pudieran contaminar mi cuerpo y se murieran de aburrimiento.

Nunca creí que Ámsterdam fuera una ciudad tan peligrosa. Y no me refiero a que algún acólito de Bob Marley, confundido entre humos inhalados, te exija dinero bajo amenaza de echarte el fétido aliento, o que un yonqui en estado de primate histérico te lo pida con la aguja sucia entre los dedos. Me refiero a serios riesgos para tu vida, a formas de palmarla, a mil maneras de morir como el título de aquella película. Éstas se van acumulando: caer rodando por las infames escaleras del hotel; acabar en un canal por despiste, embriaguez o cabezonería del gepese; sucumbir en el asfalto, atropellado y pisoteado por cientos de pares de ruedas de diverso grosor; una sobredosis de Fairy aroma tulipán blanco tras vaso y vaso de cerveza…

Lo dicho, hemos venido a jugar. Los virus no podrán conmigo, bajaré las escaleras con ambas manos en la barandilla, miraré trescientas cincuenta y dos veces a cada lado antes de osar echar un pie en la calzada.

Me doy cuenta de que también puedo morir de inanición antes de hallar un restaurante es un decir que me atraiga lo suficiente para sentarme a una de sus mesas. Pero esa es otra historia. Forma parte de otra de mis absurdas costumbres, sacio el hambre primera de cualquier forma porque no me atrevo a elegir un lugar de comida a la carta, menú o maldito QR, todavía no, como si mi nivel de inglés recién aterrizado o mi timidez aún me ataran a la maleta, al hotel, a la pierna de mamá.

En esas estoy, la cerveza agudizó el apetito. Los bares llenos de gente, los restaurantes poco atractivos (de momento), numerosos locales ofrecen comida rápida, al puro estilo take away tan propio de las zonas turísticas. Me decido por uno de los últimos, un sitio que llama mi atención, contemplo las fotografías expuestas de hamburguesas, patatas fritas y demás complementos. El colmillo me gotea. Atravieso el umbral en forma de cristalera abierta de forma permanente (tipo corredera), como si la hubieran bloqueado a propósito. Observo el mostrador, diminuto, tan sólo una mujer detrás. Qué extraño, con toda la gente que hay dentro. Tampoco aprecio fila alguna. Nada. Entonces me acerco al tumulto, me hago un hueco o más bien se va haciendo porque los que me preceden se dan la vuelta rápido, con su pedido entre las manos. Todo un misterio. La curiosidad no sólo mata al gato, sino que lo entierra, le coloca una corona de flores y le reza un responso. No puedo con la incertidumbre. Me aproximo más, y al contemplar aquella cosa (no se me ocurre pseudónimo alguno) la mandíbula inferior se me cae hasta rozar el pecho, como la del Coyote cuando descubre la trampa mortal que le espera, en forma de cartuchos de TNT, demasiado tarde para reaccionar.

Una máquina dispensadora de hamburguesas; decenas de ellas, de todo tipo, en su interior, recluidas en pequeñas celdas calientes, tras una ventanita de cristal o metacrilato transparente, a modo de mini escaparate, recién hechas y a pulsación de tecla.

Observo la clientela a mi alrededor, la cual elige, presiona un par de botones, pone la tarjeta de débito, o el móvil, junto a la pantallita, y el compartimento se abre, mostrando el pedido: burger humeante y olorosa, patatas fritas incluidas. Mi cara es un soneto de Quevedo. Me acerco al artilugio, despacito, con respeto; intento leer las instrucciones, pero están escritas en ese idioma que parece diseñado para gente con muy mal carácter, repleto de haches, ges, kas… Una sobredosis de consonantes recias. También reparo en que no existe ranura para introducir dinero en efectivo, ni siquiera para introducir la tarjeta de crédito (la mía, que es muy suya, no me permite utilizar la opción ‘sin contacto’).

A pesar de la dudosa calidad del producto, el hambre y la adrenalina me obligan a querer una de aquellas hamburguesas. Sí, dije adrenalina, qué pasa, unos se tiran de un puente sujetos a una estúpida goma y otros pedimos una hamburguesa de dudosa reputación encarcelada entre cristales.

De todas maneras, observo que el invento no es tan peligroso como parece. Detrás de las máquinas, fuera de la vista, a un extremo del mostrador, se esconde un espacio con planchas, freidoras y otros artilugios de cocina donde el personal prepara, in situ, las comandas. Después, supongo, algún compañero rellenará las máquinas expendedoras, como si metieran latitas de cacahuetes, olivas y almendras, pero en su lugar, calientes y humeantes porciones de carne entre trozos de pan.

La saliva llena mi boca. Parezco Carpanta frente a una pollería. Me acerco al mostrador. La mujer me sonríe con ojos de: a ver qué quiere el guiri este. Armo mis labios con la mejor de las sonrisas (sale de lujo porque no la utilizo con asiduidad). Desempolvo el manual de usuario de la lengua de Shakespeare y le cuento mi vida y milagros, y los problemillas logísticos debidos a la caprichosa tarjeta bancaria. Le pregunto si existe modo humano de encargar una hamburguesa sin pasar por el Vía crucis de las instrucciones en neerlandés, la maquinita de marras y el pago electrónico (que sólo falta el puto QR).

Si es una sencillita yo misma te la encargo dice, agrandando la sonrisa.

Ignoro si me está vacilando, o quiere ahorrarse trabajo. Me da lo mismo, ya tenía preparada la respuesta.

Muy simple: a cheese burger digo deprisa, y añado: and chips, please!

La mujer gira el cuello y lanza un par de voces en su idioma autóctono que parecen insultos, en dirección hacia la cocina. Vuelve a mirarme y con una amabilidad e inglés intachables dice cuánto le debo.

Mi estómago ruge impaciente a la par que agradecido, mientras extraigo el monedero.

 

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

F247 - Perfectos desconocidos (Ámsterdam) (III)

Miles de pensamientos cruzan mi mente. Ninguno de ellos positivo. Releo, por enésima vez, el cartel de marras: “Vuelvo pronto”, seguido de un número de teléfono con toda la pinta de corresponder a una línea fija, materializada en un aparato estático, de tipo góndola con cable enrollado, un artilugio antediluviano al que pilló ya anciano la aparición del primer Motorola. ¿Habré sido timado? ¿Cuánto tiempo significa ‘pronto’? ¿Estará el buen hombre de excursión relax, tal vez despatarrado en un sofá bajo, en uno de los numerosos coffee shops, dando chupetadas a la cachimba?

Trato de calmarme. Piensa positivo, chaval. Siempre positivo, me digo. Miro la acera arriba y abajo, docenas de personas, pero claro, un pequeño detalle, no tengo ni idea del aspecto del recepcionista, si es que existe tal figura. Tampoco me dieron ningún código de acceso ni consta panel numerado alguno. Allí estoy, contemplando el dichoso cartelito pegado con celo en la puerta estrecha, de madera, de color verde. ¿Llamo o no llamo? ¿Me doy una vuelta y regreso al cabo de un rato? Qué rollo, con la maleta. Lo cierto es que estoy cansado del vuelo, del tren, de esa tensión que nunca logro sacudirme del todo cuando viajo, da igual que sea por vacaciones. Siempre ese puntito de estrés viaja gratis en la maleta, no se quiere extraviar, no me quiere perder. Y hasta que no dejo los bártulos en la habitación correspondiente, me cambio de ropa y salgo a la calle de la ciudad desconocida, ahí permanece agazapada, la tensión, entre camisetas, calcetines y calzoncillos. Necesito deshacerme del equipaje, asearme y volver a pisar la acera para poder gritar al cielo: ¡estoy de vacaciones en Ámsterdam!

Acerca de esto cavilaba cuando…

Excuse me.

Me giro, al tiempo que me disculpo, dejando pasar a la persona que habló a mis espaldas y a quien, distraído, bloqueaba el paso. Es un muchacho joven, bien vestido, de cabello rubio y peinado un tanto anacrónico, con el flequillo forzosamente apartado del rostro, por algún potingue pegajoso. Tiene pinta de estudiante de Oxford, por lo menos. Le cedo la posición y abre la puerta. Tras mis preguntas se limita a responder que él tan sólo es un inquilino, no tiene ni idea de cuando abren la recepción y desconoce a la persona que la atiende. Me invita a pasar, a no quedarme en la calle. Me parece una buena idea, aunque el día es claro y brillante.

Aquí tiene la recepción continúa en inglés. Lo dice ya de espaldas, empezando a subir las escaleras, con agilidad envidiable.

Ante mí: no hay siquiera espacio para permanecer tras la puerta, de inmediato la escalera, angosta entre pared y pared, claustrofóbica, más arriba intuyo otra más, en curva. Unos doscientas setenta y cinco peldaños, así a ojo, de profundidad para pie de niño en párvulos, cubiertos por una alfombra roja remachada por una barrita dorada entre cada uno de ellos, y con una inclinación rozando la verticalidad. No visualizo nada más. Comienzo el ascenso al Himalaya, lamentando no haber traído los crampones y el bastón de colorines, ese con punta asesina; la maleta sujetada a pulso delante del cuerpo, con la mano derecha me aferro a la línea de vida en forma de barandilla. En el repecho, en efecto, hay un hueco a la izquierda, una cristalera, una puerta cerrada; en el interior todo el cristal cubierto con una cortina gruesa, parda, viejuna y deshilachada. No se ve nada tras ella, sólo oscuridad.

Bienvenido al Palace dice la vocecita de mi interior, con algo parecido al recochineo.

El chaval ha desaparecido escaleras arriba, no sin antes girarse y desearme buena suerte. Leo todo tipo de mensajes, entre líneas, junto al buen deseo. Intento que mi lado positivo, enclenque de por sí, le de un buen empujón al negativo que, además de estar cachas de gimnasio, se está viniendo arriba.

Sobre la ventanilla otro cartelito. ¿Lo adivinan? Eso es, el número telefónico idéntico. Sigue aparentando corresponder a una línea fija. ¿Y ahora qué hago? Comienzo a ojear todo tipo de tarjetas y panfletos expuestos en un casillero en la pared opuesta sobre lo que puedes hacer legalmente en la capital holandesa. Cinco minutos, veinte minutos, treinta… crecen los minutos casi de forma exponencial. Conozco mentalmente todos y cada uno de los eventos, museos, basílicas y catedrales a visitar. Dejo la maleta en una esquina, casi inexistente. Es una estrechez disfrazada de corredor.

Calibro la situación en la que me encuentro. Río por no llorar. Estoy dentro de un hotel, por decir algo. Más bien un hostal con ínfulas de grandeza. Sin embargo, no tengo habitación asignada, ni llaves para salir y entrar a voluntad. Tampoco dispongo de un sitio dónde, o una persona responsable a quién confiar mi querida Gordita Azul. ¿Qué demonios hago ahora?

Cuarenta minutos.

Me hallo en tierra de nadie, sufriendo una espera sin fecha de caducidad, en un limbo materializado en rellano (entre escaleras que conducen verticalmente al cielo en forma de cama y aseo, y hacia abajo al infierno, por caída accidental). Llevo tanto tiempo aquí que si solicitara el empadronamiento me lo concederían.

Decido llamar. De perdidos al río. Intuyendo lo que va a suceder.

Marco con cuidado el número, colocadas las gafas (previa comprobación en la página de Reservas y Alojamientos.com si existe un número de móvil. No lo hay). Da el primer tono… y, tras un par de segundos, suena un teléfono tras la cristalera, como había intuido (no hace falta ser Rappel) dentro de la supuesta recepción (ausencia de cartel alguno que así lo corrobore). Segundo tono, de nuevo suena, tercero, lo mismo, cuarto… Bueno, Jorge, ha quedado claro. Cuelgo.

Y ahí continúo. Sopesando seriamente llamar al Ayuntamiento para comenzar el trámite de solicitud de padrón: Descansillo X, aledaño a la Escalera Y, dentro del Hotel Z, Ámsterdam, código postal 007, Países Bajos. Un rato más y solicito la nacionalidad.

En el transcurso de la espera cruzaron otros dos o tres inquilinos. Me dirigí a ellos en un inglés vallecano, como el de los viejos tiempos recién aterrizado en Edimburgo. Con la falta de uso (ya muchos años), el idioma de Shakespeare que conservo haría revolverse en la tumba al creador de Hamlet. Oxidado, acartonado, paupérrimo de léxico, parezco Cañita Brava en la peli de Torrente (“You owe me 6000 pesetas worth of whisky”). Todos, chavales, bien vestidos y repeinados, y extremadamente educados. Empiezo a acojonarme de verdad. ¿Y si pertenecen a una secta como las que aparecen en las pelis de los domingos a la tarde? ¿Tal vez la variante flamenca del Opus Tei o de los Testigos de Tejota? ¿O sean miembros de alguna secta realmente chunga con nombre: “Siervos de los Seres de Luz que Pronto Vendrán a Liberarnos”? que aguardan pacientes a que la modorra y el cansancio del viaje me venzan, caiga dormido, me metan en los servicios, la bañera llena de hielo… y me rajen de arriba abajo para vender mis veteranos, pero bien conservados, órganos en el mercado negro, junto al barrio rojo, en el distrito amarillo.

Jorge, te dije que no respiraras tan fuerte cruzando los doscientos veintitrés puentes en el trayecto, bajo ellos se acumula el humo viciado de todas las shops de la ciudad dice la vocecita, rozando la carcajada. La muy…

Se abre la puerta, allí abajo, lejísimos. Casi no puedo distinguir al hombre que entra. Va subiendo, me mira, le observo yo también: traje azulado, barato y sin corbata, cabello grisáceo y abundante, mostacho negro, comienza a hablar en inglés, con ese acento tan particular. Me recuerda al señor que regía una tiendecita de ultramarinos en la esquina de mi calle en Broomhouse. Paquistaní, quizás indio, pero no lo creo.

Se disculpa de una manera peculiar, echándome la bronca. Pero de buen rollo. Sonríe de manera seria. Intuyo que estoy frente a un sujeto que lograría vender arena en el desierto del Sáhara. Me cae bien, de inmediato, incluso tras haberme ciscado en la mitad de sus ancestros. ¿Por qué no le he llamado? Lo hice. No, no lo hizo. Diálogo de besugos a la brasa. Le digo que sonó la llamada tras la cristalera. Incluso le enseño la pantalla del móvil, el registro de llamadas. Aun observando el número, adjunto al nombre del hotel (lo fiché), no me cree. Dice que el número fijo está desviado a su móvil. Pero que le cuesta “un poco” conectar las llamadas. Equilicuá, me digo. Yo tampoco le creo. Somos dos incrédulos tratando de razonar entre sí.

Llama de nuevo dice, mientras relleno los papeles de registro (hoy en día te piden hasta el número que calzas, hay hoteles que solicitan saber el color de tus gayumbos).

Llamo por zanjar la discusión. El tipo pone su móvil sobre el mostrador, me sorprende la funda de color amarillo pollito, con orejitas, le da un toque surrealista a la escena (más si cabe). “Regalo de mi hijita pequeña”, aclara el recepcionista, con ojos derretidos (imposible caerme mal), leyendo mi pensamiento. Me pide que haga lo mismo, gestos con la mano acompañan sus palabras. Ambos móviles, juntitos, planos, negro y amarillo, como si estuvieran confiándose mensajes secretos. La situación roza la broma de cámara oculta. Parecemos dos de los comensales de la gran película (y genial obra de teatro): “Perfectos Desconocidos”: regla número uno, si un teléfono suena, respondes con el altavoz encendido. Esperamos, expectantes.

Primer tono, suena el ring del fijo, en otra mesa detrás de él. Su móvil calla como un canario deprimido. Segundo tono, segundo ring del fijo. El móvil del recepcionista chitón. Tercero. Cuarto…

Al quinto tono, el maldito móvil orejudo suena. Tócate los pies y di treinta y tres, pienso.

¿Ves, ves? en inglés intuyo que me tutea, aunque no hay manera de saberlo. Y añade, repetitivo, para que me quede claro─: Colgaste muy pronto, muy pronto colgaste.

Tengo mis llaves, tengo mi room. Todo me da igual. Dejo la maleta, me aseo, bajo los centenares de peldaños jugándome futuro y salud. Salto a la acera, los rayos del sol ciegan mis ojos. Pongo los dedos a modo de visera: peatones, jolgorio, bicicletas, pitidos, risas… libertad.

Estamos de vacaciones en Ámsterdam, relájate de una maldita vez digo a la puñetera vocecita que nunca calla.

 

domingo, 29 de marzo de 2026

F246 - Cuando todo va sobre ruedas (Ámsterdam) (II)

Ahora comprendo todo. Lo escuchado, lo leído. Comprendo las retiradas de los chicos malos de Irvine Welsh ─Renton y compañía─ a su querido “the Dam”.

No resultó complicado alcanzar el centro, donde se encuentra el hotel. El tren, desde el aeropuerto de Schiphol, tardó poco más de un cuarto de hora en llegar a la Estación Central de Ámsterdam (majestuosa fachada). Y desde allí, un paseo arrastrando con una mano la Gordita Azul, mientras la otra sostiene el móvil (gúguelmaps echando un cable) y el sándwich que me dieron durante el vuelo. Bocadito, mirada, todo recto. Vamos bien. Día soleado e incluso caluroso, no puedo quejarme (todavía desconozco que el sol respetará toda mi estancia, incluso el día de mi cumpleaños, aunque por las mañanas y al atardecer la temperatura caería, acariciando mi rostro con un frescor característico que me hará revivir los días lejanos en Edimburgo: ‘chilly’, lo denominan allá).

Ahora comprendo todo. Apenas piso la primera calle del centro, una vaharada de hachís me envuelve. No es algo puntual, pronto comprobaré, lo hueles allá donde vayas por la zona céntrica si bien, no todo el rato─; te envuelve la peste del chocolate malo (Bruselas central olía al bueno) o de mariguana. Flota en el ambiente, los devotos de Bob Marley lo fuman por las aceras, dentro de los coches, sobre las bicis, y en los archifamosos cafés llamados coffeeshops, donde puedes contemplar a través de la puerta o el ventanal sujetos despatarrados, en la penumbra, sobre sofás bajos o cojines de colores, preparándose canutos e inhalando de las pipas que emiten un ruidito como de burbujeo. Sobra decir que no osé cruzar el umbral de ninguno. El olor me produce más rechazo que atracción, y para saciar la curiosidad existen los escaparates. Uno de mis miedos yo, ingenuo hasta el infinito y más allá antes de aterrizar en Ámsterdam, consistía en la posibilidad de acceder, por error o desconocimiento, a uno de estos antros o incluso pedir una porción de bizcocho (soy de espíritu dulzón) y que me dieran uno trufado con hachís o salteado de hierba sin yo haberlo solicitado, o por equivocación de un camarero fumado. Es algo imposible, como luego comprobé, los garitos se reconocen en seguida (penumbra, clientela digamos peculiar, humo y pestazo que escapan a través de la puerta o las rendijas de las ventanas); y las tienditas que venden productos con cannabis (galletitas, caramelos, bizcocho…) lo indican bien claro en el envoltorio, por escrito (en inglés y neerlandés) y con el conocido dibujo de la hoja verde.

Yo, que jamás probé droga alguna por elección propia, no mojigatería (salvo las solicitadas previo autógrafo médico y el agua de fuego, que decían los indios, en sus diversas variedades) . Nada fuera de la legalidad, vamos, y afortunadamente no existe la Ley Seca. ¿Por qué mi veneno es legal y lo otro no? Dejemos la ética para las clases de filosofía del Padre Marías (así se llamaba el profe que las impartía en COU) alias el Mafias. Sonrío al recordarlo, al escribirlo. El rictus serio que lucía y su voz grave, junto a la similitud de tal palabra con su nombre, en seguida le ganaron tal apodo (el alumnado no se volvía loco inventando los motes). Luego resultó ser un buenazo (nos permitía ver la serie “V” durante la Hora de Estudio, los sábados, con el volumen bajito y la puerta cerrada “para que nadie nos pillara”; cierro los ojos y lo vislumbro, vestido con su hábito marrón de monje capuchino, de pie bajo el vetusto televisor elevado y anclado en la esquina, las manos enlazadas a la espalda, el cuello erguido mirando la pantalla… y su expresión, mezcolanza de sorpresa, incredulidad y repugnancia al contemplar a la mala, malísima Diana mientras engullía una rata blanca sujeta por el rabo… nosotros, con dieciocho tacos, nos fijábamos en otros, así mismo sorprendentes, detalles de la anatomía extraterrestre).

Me disperso… ¿será por el humo?

Digo, yo que nunca di una calada a un cigarrillo de la risa tonta, voy a salir colocado de esta ciudad de bicis y canales; el fumar pasivo, lo llaman. Por fortuna, gracias a la brisita constante (muy de Edimburgo, también) el aroma, y espero que el efecto, se pierden en la atmósfera.

Cierto también, como dijo una amiga: “En Ámsterdam se respira Libertad”.

Bicicletas. ¡Madre del amor hermoso!, decían las abuelas. Yo creía que en la ciudad Blanca había muchas bicicletas, pero esto pertenece a otra galaxia. Les juro que desde el primer día traté de “memorizar”, o al menos retener un poco, todo lo que vi sobre ruedas. Fíjate bien, Jorge, me decía, para luego relatarlo con propiedad. Pero resulta imposible, ni siquiera tomando fotos (que no lo hice, salvo de monumentos, iglesias, canales y barquitos, y jarras de cerveza). Bicis de todo tipo, tamaño, color y forma. Eléctricas, mecánicas. Con carrito, en tándem, con cesta, con cajón de todos los tamaños (para niños, perros, mercancías). Viejas, nuevas, destartaladas. Silenciosas como Kit, ruidosas con su clanc, clanc, clanc constante. De ruedas finas, ruedas deshinchadas, ruedas gruesas como de motocicleta. Por no hablar de los usuarios. Los que dan pedales o presionan el mando eléctrico. Jóvenes, niños, maduros, abuelos; locales, forasteros, inmigrantes, turistas, alienígenas camuflados; obreros, ejecutivos, chatarreros, estudiantes, jubilados, delincuentes sin identificar, policías de paisano, tipos enmascarados; ciclistas con pinganillos, hablando por el móvil, mirando el navegador sujeto al manillar, fumando, hablando solos, cantando, gritando, escuchando música atronadora del equipo musical montado, propio de una discoteca móvil para fiestas patronales. Incluso vi a un tipo que iba liándose, con una mano, un cigarrillo (la bolsa de tabaco sujeta junto al manillar con la otra), sólo me faltó ver a un bebé, biberón en ristre, pedaleando sobre una bicicleta de carreras (de paquete y en los cajones vi infinidad de ellos. Las holandesas los encargan a pares, incluso a tríos). Y qué velocidades, te juegas el pellejo cada vez que echas el pie a la calzada. Yo, despistado por naturaleza, miraba doscientas veces a cada lado, antes de cruzar, y aun así algún susto me llevé. Los cruces, las rotondas, los semáforos, una locura. Decenas de ciclistas (además del tranvía, turismos, motocicletas y unos mini-coches eléctricos con forma de huevo kínder, como el de Steve Urkel) que se cruzan, ceden o toman el paso, sin apenas indicaciones, como guiados por un instinto que les late dentro, algún gen particular o quién sabe, a velocidad endiablada y con un profundo desprecio hacia las manetas de freno.

Recuerda a las imágenes asiáticas (Seul, Tokio, Hong Kong… con los pasos de cebra gigantescos y repletos de gente, y docenas de ciclomotores, bicis, triciclos y tuk tuks esquivándose unos a otros rozando el milagro). Ámsterdam exhibe una circulación caóticamente ordenada. Tan sólo presencié una caída, bastante aparatosa, a escaso metro y medio de mi rodilla derecha mientras caminaba por la acera. Sorprendido, me acerqué al bordillo: se trataba de una bicicleta de alquiler, con carenado naranja, y el correspondiente turista, con cara de iluminado, tras el manillar (ahora sobre el asfalto): “Are you okey?”, dije, pero el tipo se levantó como un resorte, sacudió con la mano la pernera del pantalón, se ajustó la gorra yanqui, montó de nuevo su cabalgadura metálica y salió a toda leche, Merche. “You´re welcome!”, dije a sus espaldas.

Pero, ¿saben algo? Ni una, repito, ni una bicicleta vi circulando por la acera. Por cierto, también llamó mi atención la ausencia de patinetes (eléctricos o de empuje) ni siquiera por la calzada los había: siendo éstos una auténtica plaga sobre las aceras (bicis también) en la ciudad del Silencio, donde ruedan más bicicletas y patines por el borde peatonal que por los caros, vacíos, largos y numerosos carriles bici: pague usted impuestos y sea atropellado, por el bordillo, con resignación y buen rollito. Una ciudad seria, educada, Ámsterdam, al menos en este aspecto. Una ciudad civilizada. Incluso los policías pasan inadvertidos (la sirena sobre el coche patrulla, apenas una barra semitransparente y apagada) y parece que estén para servir y proteger al ciudadano. ¡Impresionante! ‘POLITIE’, se lee sobre el capó de sus vehículos, y no puedo evitar asociar los vocablos: ‘Polite’ significa ‘educado’ en inglés.

Todo fluía perfecto, todo iba sobre ruedas…

Échate a temblar, pensé, cuando todo sale bien a la primera. No me perdí, más allá de lo razonable. Llegué puntual con el tren. El hotel (es un decir) se hallaba a tiro de honda (pedrada con la mano sería exagerado) o quizás a tiro de flecha. Un saludable paseo, vaya. Cielo azul, día soleado, el emparedado aeronáutico exquisito: el hambre acecha a estas horas y lo ataco sin remilgos. Desconocedor de lo que me esperaba.

Mi amada señorita de gúguel dirige el paso. Me lleva de la mano, como a un niño chico. Habla raro, la pobre, obligada a pronunciar aquellas calles de nombre impronunciable. Camino sin prisas, mirando aquí y allá, siempre atento al tráfico, a las señales, al móvil, a los inexistentes (esperemos) carteristas o descuideros, a las torres y a los monumentos andantes (no todo van a ser museos e iglesias, oigan; que uno no es de piedra). No indiqué una hora concreta, en la casilla correspondiente, para realizar el check in del hotel. Nunca lo hago. Qué presión, qué estrés, autoimpuestos. Llegaré cuando los astros así lo indiquen. Además, siempre ocurren incidencias, retrasos (tomamos tierra treinta y cinco minutos después de lo estimado), los problemillas de ubicación y mi consabida desorientación. ¿Hora de registro? Para misterios, llamen a J. J. Benítez.

Por fin, avisto el hotel (un decir, ya digo) en la distancia. Me relajo un poco, llevaré a cabo mi ritual: deshacer el equipaje, ducha rápida y localizar un bar donde catar la primera birra. El establecimiento se halla en la acera opuesta, cruzo con precaución por el paso de cebra, tirando de la maleta, ya acostumbrado al murmullo que emite a través de sus ruedas, como si la gordita deseara confiarme sus más íntimos secretos, variando el tono de voz, según pisemos cemento, losetas, gravilla o, como ahora mismo, adoquines y sus juntas: rooo cloc cloc, rooo cloc cloc, rooo cloc, dice, confidente; quizás, premonitoria, intenta advertirme de algo. 

Número 57. Hotel Harleemkraaj, puerta verde. Aquí es.

Cartelito, manuscrito, pegado con celo, que reza:

“Back Soon: Phone: 0205…”

Hasta aquí llegó la buena suerte, compañera, le susurro a mi gordita azul cielo, arrimándola junto a mis piernas, protegiéndola de la marabunta que recorre la estrecha acera.

jueves, 26 de marzo de 2026

F245 - La niña y el veneno (Ámsterdam) (I)

Si no puedes derrotar al enemigo, alíate con él, dicen los que saben de guerras y banderas. Y como la vida misma es una batalla continua: si no logras vencer a la tecnología únete a ella. Esta vez lo hice bien, no iba a consentir que cualquier incidencia me pillara desprevenido. Así que descargué todas las aplicaciones posibles en el móvil: la de la compañía aérea, la de las millas de oro asociada, la de autobuses, la del alojamiento, la de trenes y carretas, la de países exóticos para recientes millonarios solterones (nunca sabe uno) …

En seguida comenzaron las dichosas notificaciones, claro, y con ellas el primer desasosiego: “Su vuelo se retrasa veinte minutos”, “Su vuelo se retrasa treinta minutos”. Malos recuerdos traen con ellas. A veces, envían este tipo de mensajes consecutivos ─y los muestran en las pantallas aeroportuarias─ previa cancelación del vuelo (como sucedió en el vuelo Bilbao – Cardiff). Hoy hubo suerte, no fue así.

Uno de los textos me comunica que he de facturar el equipaje de mano mi gordita azul celeste de forma gratuita, debido al exceso de pasaje. Aclaran que he de pasar por el mostrador para tal gestión. Qué sencillez, cordialidad y saber hacer: ¡Aprenda usted, señor irlandés arrogante!: esto es funcionalidad, eficiencia y servicio al cliente, que es quién, al fin y al cabo, paga sus malditas facturas, su yate y sus caprichos.

Queda tiempo de sobra cuando me acerco a la zona de mostradores. Aún cerrada, exhibe una treintena de pasajeros esperando. La mayoría formada por un grupo de adolescentes holandeses, con dos profesores adultos. Muchos de los chavales descansan tumbados por el suelo, entre el laberinto creado por la cinta que indica el camino para hacer fila. Ya saben, las eses creadas para meter el mayor número de viajeros en tan poco espacio. Por el aspecto, vestimenta y actitud, diría que son menores, o quizás rozan el larguero de los dieciocho, aunque no lo creo. Es difícil calcular estas cosas, y no me atrevo a preguntar por la fecha de nacimiento a la jovencita rubia que me precede (me llevarían engrilletado, con razón). Rubia, sí, y con ojos azules como el noventa y cinco por ciento de sus compañeras, y lucen peinados similares (impera la melena suelta, de diferente longitud). Todas (salvo dos de ellas, de tono castaño) muestran dichas pintas. Parecen creadas en una fábrica genética (al igual que en las novelas de Rosa Montero, con su Bruna Husky). Impresiona (y lo afirma uno que vivió en Escocia). Los mocetes, más diversos, pero con el mismo patrón (incluso aquí en España): gorrita de beisbol, flequillo suelto y rizado, sienes rapadas. Todo codos y piernas. El teléfono móvil, y auriculares, como una extensión de sus cuerpos. Pero algo falla, algo no me cuadra… no dan una pizca de guerra, no gritan, casi no carcajean, ríen con discreción, mientras los profes (ambos varones) conversan con unas y otros, y entre sí. Dialogan en neerlandés, idioma que ya escuché cuando viajé a Bruselas y que no lograría aprender ni bajo amenaza de trabajos forzados.

Nos llevan años luz en educación y maneras, los rubiales.

No hay nada como un avión lleno de juventud, aunque sea comedida. Es como si emanaran alguna sustancia (sus cuerpos, sus espíritus) a la cerrada atmósfera, sustancia que impregnara la piel, y por ósmosis rejuveneciera, sosegara, dibujara sonrisas alrededor. Observas sus rostros, las expresiones todavía llenas de ingenuidad, quizás pudor una de las muchachas se sonroja mucho cuando ha de pedir al chico que la acompaña si no le importaría cambiar asientos, y así su amiga quedase junto a ellacómo cuchichean, por no molestar al resto de nosotros, y ríen, por lo bajini, de esa manera tan propia de su edad, y cuyo verbo en nuestra lengua desconozco, si es que existe, en inglés: Giggling’. “Qué hermosa y dura vida os queda por delante, chavales”, piensas, mitad entusiasta por su fortuna, mitad envidioso (de forma sana, se sobreentiende). El ambiente es silencioso, como digo, salvo alguna risotada por encima de lo habitual. Desde mi punto de vista ibérico cinco jotas, más que grupo juvenil en viaje de estudios parece una excursión de Convivencias con las Hermanas Adoratrices. La tecnología peste del siglo XXI aporta su granito de arena, claro: móviles, tabletas, ordenadores portátiles, pinganillos… secuestran su atención. Pero también cuchichean, ríen, se lanzan miraditas, y eso es lo que da vida.

Los profesores me resultan peculiares. Parecen extraídos de una novela de Arturo Pérez-Reverte. El más joven, de complexión quijotesca bajo unos vaqueros y chupa de cuero que vivió tiempos mejores; con perilla y bigote estilo mosquetero, gafas redondeadas de montura metálica, el cabello, algo largo y alborotado, asoma rebelde bajo una gorra parecida a la de sus alumnos. El veterano, rostro lampiño, redondeado, de expresión bonachona, ojos pequeños de color gris acero, viste una camisa marrón abotonada, talla XL, que llena sin esfuerzo, tocado con un sombrero a lo Cocodrilo Dundee (soy consciente de haber usado esta comparación antes, si no mal recuerdo describiendo a un instructor de surf en una playa cántabra, pero en ambos casos la similitud al de la película me asombra, o así lo dicta mi memoria). Cocodrilo Dundee no deja de sonreír, charlar con las mocetas y lucir cara de buena persona. Parece un catequista, entrado en carnes y años, disfrazado de anacrónico boy scout.

Yo, entre vistazo y vistazo, envidia y envidia, sigo a lo mío: un rato de ojos cerrados, otro de ensoñación, otro de lectura (Lorenzo Silva y sus relatos; por cierto, me veo identificado una vez más, suele ocurrir cuando lees, que piensas, egocéntrico: “Este libro trata de mí” siento una especie de pertenencia al grupo que empeña su tiempo en tareas como las que dan título al libro: “Afanes sin provecho”, sobre todo cuando dice algo así: invertir horas y horas en una tarea, grata para ti mismo, a sabiendas que no te dará ningún beneficio material. Clavado, el tiempo que dedico a dar forma a las batallitas que intento relatarles).

Vuelo sin incidencias, salvo una racha de turbulencias los baches del cielo que no produjo ni un alzamiento de ceja entre los jovenzuelos. Acostumbrados, supongo, a viajar en avión desde que sorbían leche holandesa de la teta materna. Con orgullo lo digo, tampoco yo me inmuté.

Aterrizaje completado, el piloto enfrenta su espacio para aparcar. Una vez parado el aparato, unos cuantos nos ponemos de pie (me sale del alma el Paco Martínez Soria deseando salir del tubo metálico gigante). ¿Los jóvenes y sus profes?, lo adivinaron ustedes: permanecen sentados, tranquilos, al igual que si el avión continuara surcando los cielos, aunque más de uno se desabrochara el cinturón de seguridad.

Ahí estoy yo, todo agonías (mediodía en Ámsterdam) como si tuviera prisa alguna ─con unos cuantos vuelos en la mochila y no aprendo─: erguido en el pasillo, con el abrigo y la chaqueta y la bolsa en brazos, cambiando el pie de apoyo cada tanto, mientras la puerta aguarda, impaciente y coqueta, la aproximación de la escalerilla y que ésta le diga: “Hola guapa, ojos negros tienes” y se abra aquella para así nosotros poder bajar. Entonces, algo llama mi atención. “No, no puede ser. Por favor, dime que no”, pienso. A mi izquierda, dos chicas, de la expedición holandesa, todavía sentadas. La arrimada a la ventanilla, causa de mi sorpresa: de corta estatura y expresión aniñada quizá se trate de la menor del grupo, aunque éste pertenezca al mismo curso; rubia, ojos de un azul cielo hipnotizador, cara ovalada, cejas y pestañas delicadas, piel blanquecina cual frágil muñeca, aspecto angelical. Una criatura, vamos. Ésta, con gesto distraído, y subrepticio, abre la tapa de una latita dorada con dibujitos del tamaño de una caja de Juanolas coge algo y con sus dedos de niña lo desliza bajo el labio superior, junto a la encía. Advierto que es una minúscula bolsa de color blanco. Y me temo que sé de lo que se trata, porque leo novelas del noruego Jo Nesbo, y más de uno de sus personajes lo consumen (tengo entendido que la moda está llegando a España; toda la estupidez copiamos, de lo bueno, poco o nada): es nicotina pura. Un concentrado que no se aspira, no huele, ni echa humo desagradable. Sustancia que, a través de la mucosa, entra directamente a la sangre, y cuyo efecto por cada bolsita equivale a media docena de cigarrillos, fumados uno tras otro. Hagan ustedes el cálculo, una lata pequeña contiene unas quince unidades… más de cuatro paquetes de Ducados. Un poder brutal de adicción en manos de una cría. Veneno para niños legalmente envasado entre doradas caricaturas.  

─ ¡Hija mía, por tu santa madre, escupe esa porquería! casi digo en voz alta en español; casi lo suelto en inglés; en neerlandés, ni bajo amenaza de trabajos forzosos lo hubiera conseguido.

Me limité a decirlo en mi lengua preferida y más íntima. Para mí mismo.

 

 

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

F244 - Mi vida, un perpetuo listado

Me rindo. No soporto más la culpa. Lo confieso: en Edimburgo probé una droga, la peor de todas, de la cual quedé enganchado de por vida. Adquirí un vicio para el que no he hallado cura: no trabajar el día de mi cumpleaños, escapar de la ciudad, del país, de la rutina.

Les explico.

Tengo listas en la cabeza. Algunas de ellas las vuelco en papel. No me pregunten el porqué. Son cosillas que vienen de fábrica. Rarezas personales, aunque en algún sitio leí que existen más personas como yo, que todo lo apuntan y atesoran un baúl repleto de libretas, agendas, cuadernillosquienes tal vez, al igual que yo, cronometren sus tiempos de lectura, de estudio, de escritura, de jugar al billar (como el milloneti guaperas al que da vida Hugh Grant en “About a Boy”, pero sin los millones de libras en el banco). Incluso tiene un nombre, lo de los inventarios, esperen que lo busco por internet (como tantas cosas): glazomanía.

Listados de tareas que he de hacer y no finalizo casi nunca con el encabezamiento inglés: ‘To do’, para darme importancia; cronologías de libros leídos cada año; de pisos compartidos en tiempos escoceses (superior a la quincena), de trabajos en aquellas añoradas tierras (unos cuantos); de números telefónicos obsoletos (gente que salió del escenario); listados de chicas de las cuales me enamoré (y nunca conseguí); listas, vulgares y mundanas, de la compra en el Mercadona; también: ¿quién no cuenta con un puñado de nombres cuyos propietarios exterminaría, Kalashnikov al hombro? listado corto, mental y efímero, uno es imaginativo que no psicópata o, a falta de balas, llenarles el jersey de polvos picapica; grupito de enemigos al que dispararía pan de higo (como el bueno de Rosendo); enumeración de países que he visitado (la de no visitados es tan inmensa que roza la infinitud, no existe cuaderno que la contenga).

La de países visitados me causa especial ilusión. Pero más que visitados o explorados diría pisados. No puedo presumir conocimiento de un país por dormitar unas cuantas noches bajo su cielo, la mitad de días en los pubs, y algún día suelto que me dejé caer por un castillo, un monumento, un museo pequeñín, crucé un par de canales en barquito, me colé en un tour gratuito…

Recuento países pisados, no más, compadre (como dicen mis compañeros hispanoamericanos. Qué lindo vocablo éste último, y no esa aberración de ‘latino’. ¿Acaso hablan la lengua muerta?).

…En todo esto pensaba, mientras abro el portátil, conecto el navegador y cliqueo la casilla: ‘Destino’, les comentaba hace unos días. ¿Destino? ¿Dónde huir por mi cercano cumpleaños? ¿Qué capital visito? ¿Qué país piso? Mientras, de fondo, en mi cabeza suena la canción de Dani Martín:

                        Hoy es el último día de nuestras vidas

Vamos a dormir en París

                        Que saquen Dom Pérignon

                        Faire l’amour en Hotel Costes

                        Quiero recorrer Nueva York

                        Emborracharme en Berlín

                        Que no se acabe esta noche

Y me vengo arriba.

Alcanzo una de las numerosas libretas una personita dejó mi existencia repleta de cuadernos y bolígrafos─ añado uno de estos. Trazo, a mano alzada, una línea vertical que divide la página con una perfección de regla y cartabón, que ni el mismísimo Teo Aljarafe de La Reina del Sur (es de coña, la raya sale temblorosa como siempre).

Columna de la izquierda: ‘Países a visitar’. Escribo en mayúsculas. No contento, lo subrayo, dos veces, para darme un empujón anímico. A la derecha abro otra columna: ‘Países visitados’. Tres líneas de subrayado (para infundirme orgullo, ya que me temo es muy corta la numeración). Y comienzo a repasar la lista mental. Me concentro, trato de recordar. Son pocos, pero aún así. Empiezo por los colindantes: Portugal (Oh, Lisboa y la décima Copa de Europa), Francia (Toulouse, Carcasona; París de lejos, durante mi primera visita internacional, gracias a mi hermano mayor; recuerdo adivinar a lo lejos la Torre Eiffel… desde el estadio de Saint-Denis donde ganamos la octava Champions). Italia (ingrato recuerdo, unos días en Bolonia visitando a una pareja de foreros Spaniards, durante los cuales creí espicharla: fiebres nocturnas, dolor muscular, tiritonas. Roma, ni de lejos la vi). Mis adoradas Islas Canarias (incluidas en el listado por la distancia) tuve compañeros escoceses que juraban y perjuraban que aquello no era España─: una sonrisa de Iraya, la visita que debo a Sheila (¡Una sevillana en Lanzarote!). Por supuesto, aquellas otras islas donde viví tantos años. Permítanme que separe los países (lo de Reino Unido queda frío, soso, artificial). Mi querida Escocia, también Inglaterra (inmenso Londres, Manchester, Ipswich con su puertecito y grata compañía); la visita a Gales resultó frustrada, ¿recuerdan? (viaje a Cardiff que quedó en agua de borrajas, final de la duodécima Orejona vista en un bar de Bilbao. Vuelo cancelado. No pudieron copar con tanto madridista, con tanto avión). Seguimos con las islas. Irlanda del norte: Belfast, con la mejor compañía (aunque, tal vez, Ella mantenga diferente opinión). La isla de Aran (idem). Menudo lío geopolítico, el de los isleños anglosajones. En EGB te caía, en examen, distribuir los países y echabas a temblar, ni con chuleta, oigan. Les confieso que aún consulto sanguguel para diferenciar: Reino Unido, Gran Bretaña, Irlanda, la Commonwealth. ¿Y las banderas? Toda la infancia, adolescencia y parte de la juventud creyendo que la bandera inglesa era tal, y al final descubres que no, que esa es la “Union Jack”. Siglos transcurridos y todos ellos ofendidos entre sí, enemistades a tiro de piedra, odio enquistado. No soporto la gente con banderas (qué grande, Robe Iniesta). Perdón, que desvarío.

Países visitados, países visitados… mmm. República checa (Praga: Kafka y su obsesión; los puentes varios; aquel curioso reloj, el castillo, paseo cumpleañero a bordo de un barquito, yo extraviado fuera del mapa no existía guguelmaps la chica amable…); Bélgica, mil y un canales y cervezas (Bruselas, Gante, Brujas, ciudad de cuento de hadas, el puente del amor eterno).

Qué triste lista, la mía.

Regreso a la primera columna (blanca y vacía y misteriosa): Países por visitar. ¿Por cuál empiezo?: Alemania, Grecia, Austria, Holanda (eso de Países Bajos suena a insulto, pobres holandeses). Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia, Suiza, Islandia, Polonia…

Paro que me deprimo.

Sueño con países lejanos, pero no me atrevo: la Argentina familia, Nueva Zelanda Erika─, Estados Unidos (Nueva York: “Friends”, “Seinfeld” y tantas otras) ─actualmente deprimente─; Egipto ─qué calor─; la India ─esos puestos callejeros de comida, mmm, no gracias─; Jordania ─ahora de moda─; todos los que África contiene (de crío, con mis padres, crucé el Estrecho en Ferry, sólo me mareé un poquito. ¿Cuenta como visita al continente negro? ¿Osti, se puede decir todavía ‘Continente Negro’?).

Crece la depresión. Llego a conservar el Atlas egebero y lo quemo.

No me atrevo con los distantes. Ignoro la razón. Recuerden que Edimburgo, en su día, en mi mente aparecía tan lejano, desconocido y exótico cual Sidney. Como si mi valentía tuviera límite de kilometraje. El presupuesto de currito tampoco ayuda.

Me gusta escapar por mi cumple. En tiempos escoceses resultaba sencillo, solicitabas unos días off (libres) en el trabajo, reservabas vuelos baratos, y te descubrías celebrando el día especial en suelo extraño. Y si por lo que fuera no era posible la salida del país, uno subía a un tren (allí funcionan) y se plantaba en la otra costa: Glasgow, o al norte, Highlands, con la esperanza de ver a Nessie y tomar la fotografía que le saque de pobre. Aquí, en España, lo de pedir un par de días ─por la cara─ al jefe resulta delicadillo. Unas veces cuela, otras non, como los pimientos de Padrón.

Llega la fecha y quiero abandonar la ciudad, la provincia, el país.

No pertenezco al conjunto de tipos tristes, o demasiado serios, a quienes no gusta su cumpleaños. Al revés, me ilusiona haber cruzado la meta volante anual, en esta carrera de fondo a la que llamamos vida. Ignoro la raíz de esta obsesión por salir de mi entorno, quizás es un miedo infantil y absurdo, miedo a que mis allegados les de por montar una fiesta sorpresa en mi honor, me obliguen a soplar las velas de la tarta (números, claro), mientras ríen a carcajadas, tiran de mis orejas, echan fotos, me entierran con regalos de colores chillones, me ofrecen copas de vino gritando: “¿Y la novia pa cuándo, y la novia pa cuándo?”, mientras los altavoces atruenan el Cumpleaños Feliz de Parchís ─tan actual, incluso entre adultos─. ¡A mis años! Tiemblo sólo de pensarlo.

Tal vez por eso me alejo, o quizás tan sólo aprovecho la ocasión para tiquear la casilla de otra capital, para pisar el suelo de otro país (sin depositar el ósculo papal ─para los que no hagan crucigramas: beso del Papa─ que me resulta poco higiénico).

La idea primera fue Alemania, emborracharnos en Berlín, quizás Munich. Lo ideal hubiera sigo Colonia (por facilidad logística) pero no es fecha adecuada. Consulto precios, compañías aéreas. Ya no existen los chollos, o al menos no los encuentro. Querer una fecha específica, y pocos días, no facilita la gestión. La compañía germana no ofrece combinación para tan pocos días.

Entonces aterriza en mi mente.

Sempiterno deseo ─en tiempos escoceses─ de visitar Amsterdam. No por las drogas, ni siquiera por el barrio rojo, no sean malpensados. Sino por motivos literarios, podría clasificarse. Viajar a ‘the Dam’, tal como lo apodan los chicos malos de Irvine Welsh en Trainspotting, Skag Boys y Porno. Para ellos, algo similar a bajarse al moro que se decía en la España ochentera, pero a lo bestia y a la inversa. Lugar de escape (con el primer “vuelco” de droga). Su pequeño paraíso de trapicheo, consumo y adquisición de estupefacientes varios. También, sus cuarteles de invierno. Yo me limitaré a catar los distintos tipos de cerveza y soñar otras vidas.

Todo lector esconde un lado oscuro, el mío es Irvine Welsh: me horroriza… me fascina. A cada vuelta de página le escucho murmurar, riendo entre dientes: “Esto también es tu querida Edimburgo, capullo”.

Los Renton, “Sick Boy”, “Spud”, Begbie…, tipos malotes, yonquis, ladrones, abusadores, protagonistas de una saga ─violenta, soez, brutal, obscena─ no apta para ojos y espíritus delicados. Magistralmente narrada por Welsh, que utiliza un inglés fonéticamente escocés, el cual leído en voz alta traslada al lector a los barrios chungos de Edimburgo (aunque mi oído no logra distinguir cada uno de ellos): Leith, Sighthill, Wester Hails, Niddrie, Muirhouse… Lo mejorcito de la capital. Una saga divertida a la par que escandalosa, que por el mismo precio entretiene y otorga un Master in Scottish Slang (jerga callejera escocesa).

Cliqueo la ventana ‘Destino’, y comienzo a escribir: “Amst…”.

Sonrío, mientras tecleo, y la vocecita ronca susurra: “We´re tae go tae the Dam, pal”.


Historias relacionadas: F69 - Lisboa (2014)

F153 - Excursión kafkiana (Praga)

F184 - El puente del amor (Bruselas)

 

martes, 10 de marzo de 2026

F243 - Sobre libros, corcheas, eventos y cabrones

¿Saben cuál es el lado oscuro de reservar una habitación ahorrándote unos euros al tiquear la casilla: “No reembolsable”? Exacto, lo adivinaron, que si el evento al que planeabas asistir, en tal ciudad, es cancelado te quedan dos opciones: no viajar y perder todo el dinero, o comerte la room con patatas. Y sí, esto me sucedió. Les resumo: excursión a Bilbao, evento tal, sábado cual. El acto no se canceló, pero quedó aplazado. Por tanto, tomé la decisión de buscar un evento alternativo.

‘Evento’: una palabra que salió de la nada. Antaño nunca la utilizábamos. Ahora aparece hasta en la sopa. En mis tiempos, acudías a una fiesta, a un concierto, ibas al cine, a la ópera, participabas en un cinefórum, tenías una cena con los amigos, asistías a la charla: “Cómo hacerse millonario mediante estructura piramidal vendiendo botellas de humo a los allegados” (yo asistí a una similar en el Bilbao de los noventa, no me captaron en la secta, por ser demasiado pobre y calzar deportivas). Ahora dices ‘evento’, dejando un velo de misterio: ¿Dónde irá Jorge? ¿Será algo ilegal? ¿Tal vez una rave llena de ácido, sexo y mierda-música? ‘Evento’ suena a señor importante que tiene que decidir grande Leño, a agenda de trabajo con tapas de cuero, suena formal a la par que enigmático: “Lo siento, pero he de acudir a un evento”. Un secretismo que uno se encarga de torpedear durante y después─ a base de colgar trescientas cincuenta mil fotos distribuidas en el caralibro, el insta y guasap. A paletadas, las instantáneas. ¿Ah, se trataba de eso? ¡No era para tanto el misterio!, dirán los amigos.

Busco, vuelvo a buscar. Me decido por un evento cultural, para variar un poco. Cliqueo aquí y allá. Reservo. Bizum. Ya. La era moderna.

El ambiente en el autobús es de sosiego. El volumen de las charlas no es elevado. No se escuchan vídeos desde los móviles. Es como si realmente estuviera en modo cultural. La pareja que tengo detrás lo corrobora, para mi sorpresa. Deduzco, por el trato, que son padre e hija. Ésta en edad universitaria. Educados (léxico, voz queda, maneras). Hablan de ‘negras’, ‘corcheas’ y ‘blancas’. De auditorios, de instrumentos de cuerda. Mencionan aquella pieza que comenzaba en ‘do’, cómo fulano bordó aquel ‘re’ seguido de ‘fa’ (es un decir, claro). Hablan en chino mandarín. El padre menciona el alivio que sintió en un momento de silencio quizás por la poca maña del músico durante “redonda y media”. Eso dijo. ¿Cuánto diantres dura una “redonda y media”? La joven música (luego supe que lo era) menciona a Schumann, Bach, Wagner: los pronuncia en perfecto alemán. Al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.

Me trae recuerdos de las clases de Música, en el colegio, cuando el Padre Arrondo nos ponía piezas musicales (escucha ambiental, sin cascos) en el aula-auditorio y debíamos deducir quién era el compositor, título de la obra o qué estación de Vivaldi estaba siendo interpretada en ese preciso instante. Qué difícil era aquello. Aquellas clases, en general la clave de sol, el pentagrama con esas cagarrutas colgantes, el tono, el ritmo, los tiempos indicados por el metrónomo al menos para mí, que siempre estuve cojo de un oído al igual que Fito está sordo de un pie.

Hablan en japonés.

Siguen conversando sobre acordes, clutch, teclas, pedales, de eminencias de orquesta, de contrabajo y solo de violín; el padre anota: “… el director debería haber bajado los brazos”. Hablan un idioma cifrado, reconozco las palabras, pero ignoro la clave. Siento una admiración que escapa lo racional. Solfeo, ese enigma hecho de puntitos negros, rayitas y circulitos danzando (para mí sin ton ni son) a lo largo de cinco líneas horizontales y paralelas. Hablan en marciano.

Otro recuerdo: lecciones extraescolares de guitarra española dos o tres alumnos con el Padre Casajús. Mis dedos infantiles carecían de fuerza (triste meñique) y de maña para presionar aquellas malditas cuerdas, para formar acordes o como diablos se denominen. Ilusión pronto frustrada. No había nacido para emular al Tomatito. A lo justo conseguí recrear (en privado) el archifamoso riff de guitarra “Smoke on the water” de Deep Purple utilizando una sola cuerda: la gordota. Hasta ilusión me hizo, oigan. Devolví la guitarra dentro de su funda (de cuero marrón) y ésta a mi hermana mayor, ella sí lograba sacar magia de aquel cacharro de madera barnizada y cuerdas (canciones tristes contra la guerra, canciones de campamento y catequesis: “Creo en vos, arquitecto, ingeniero…” y todo aquello). No heredé el gen musical de mi madre. Quedé cojo de un oído, más bien zambo de los dos.

Bilbao es diferente, otra historia. Gente por doquier, músicos callejeros, los manteros decorando las aceras con colores balompédicos, incluso los perros tienen pedigrí todos atados, ninguno dentro de los bares tampoco abundan los niños en los bares de copas y los patinetes no te esquivan por las aceras a toda velocidad ¿Cómo lo harán estos bilbaínos? Risas, juventud, colorido, atardecer primaveral. Un par de chavales idéntico peinado rapado por las sienes y aspecto extranjero me adelanta a paso ligero. Visten todo de negro, incluso las playeras; bajo el top se escapa el faldón de una camiseta azulgrana. Sorteo como puedo la marabunta. Sirenas de policía. Algún grito aislado. Camino por la acera que conduce al centro, por Gran Vía López de Haro. Una treintañera, chaqueta con gorro de borreguillo color rosa, sale del Pull and Bear cabizbaja, encapuchada, escoltada por dos policías; los grilletes relucientes sujetan sus manos a la espalda. La mujer policía le conduce del brazo. Ignoro si la detuvieron por hurto o por chonismo.

El primer evento cancelado, les decía. Más bien aplazado y quizás algún día aterrice en estas páginas virtuales. Aplazado por coincidencia con un partido de fútbol. ¿En España, nooo?, pensarán ustedes. Pues sí. Se esperaba mucho jaleo en la zona donde se llevaría a cabo. Todo por dos equipuchos persiguiendo un balón durante noventa minutos (uno de ellos acostumbra a vestir franjas azules y granas, el otro tiene fama de gran felino, pero últimamente de peluche). No se me enojen los amigos aficionados de ambos clubs (que los tengo). ¡Si al menos hubiera venido el Real Madrid!

Me decidí por el teatro, como evento de sustitución. No voy a menudo (esos precios), pero el Teatro Arriaga es de quitar el hipo, al César lo que es del César. Decir debo que elijo la obra por la simple razón de ser la única en programa para dicho sábado. A modo de orientación, busco el título en la red. Basada en una novela, dice sanguguel. ¡Zas!, no lo puedo creer. Una novela que pertenece a Libros del Asteroide, editorial catalana de la cual leí hace poco dos libros que me robaron el aliento: “Hamnet” (magistral, sobre la infancia del mismísimo Shakespeare; deseas que nunca termine) y “El sueño del jaguar” (te transporta a un país exótico y salvaje del que no quieres ser evacuado, un país que ha sido secuestrado por Unos, y por los Otros, durante toda su existencia: Venezuela). La autora del libro que todavía no leí, para mí desconocida, la mexicana Mayte López.

Esto debe de ser una señal: evento cancelado por el fútbol, tal sábado, obra de teatro elegida a ciegas, basada en una tercera novela de Libros del Asteroide… Y ya saben ustedes lo que me gustan las señales.

Y allá me lancé al interior de aquel teatro de cuento de hadas: “Sensación térmica”, se titula.

La obra te agarra de las pelotas, nunca mejor dicho. Llama a la congoja, anticipa duelo. Alguna risa (por no llorar). El elenco formado por un trío femenino, no cabía otra, que lo borda. Tres jovencísimas actrices que se comen el tablado. Que con cuatro cachivaches sobre el escenario interpretan mil y una escenas y personajes. No sé de teatro, pero la obra me resulta moderna, ingeniosa, entretenida. Una obra rebelde, que grita, que casi golpea. Que lanza el eterno mensaje contra la violencia sexual (lo ‘de género’ es una mala traducción de la mojigata lengua inglesa y su ‘genre como diría “el Reverte” o mi añorado Javier Marías. En español las personas se distinguen por ‘sexo’, ‘género’ se utiliza para las cosas).

Entiendo y comparto la rabia, la eterna reivindicación, el deseo de contar una dura historia en particular que relata miles de otras. Sufro con el mensaje, con las sensaciones a flor de piel que esas jóvenes transmiten, como por arte de magia. Entiendo sus exabruptos, los insultos, sus lágrimas, la impotencia.

Sin embargo, echo en falta algo. Echo en falta un personaje, aunque sólo sea uno, que represente el rol masculino heterosexual POSITIVO. Frente al abuelo pervertido, al padre monstruoso, al novio pureta maltratador, a los ligues Tinder babosos (en inglés y español). Todo lo que sale de los hombres en torno a ellas son amenazas, gritos, vejaciones, palizas, humillaciones (que tratan de compensar con bailes, perdones, flores, llantos y bombones). Hombres violentos, egoístas, posesivos, caprichosos, infantiles. Echo en falta un amigo que la abrace o la escuche más allá del típico compañero gay un tío paterno que la proteja, un vecino amable y valiente que le pregunte por esos moratones, un compañero de la Uni que le diga en tono tranquilo, sin aspavientos: “Dime quién ha sido que lo reviento”, un exnovio que, de tapadillo, la siga queriendo… echo en falta un hombre bueno… al menos uno, en la vida de esas chicas protagonistas. Pues queda claro que “el amor no era eso”. Echo de menos un hombre que las ame.

Buscaré y leeré la novela, con la esperanza de encontrar entre sus ciento setenta y seis páginas a ese hombre bueno que, por la razón que sea, no aparece representado sobre las tablas del escenario, ni siquiera mencionado.

Porque los hay, creo yo. Al menos fuera de la novela. Y es justo así mentarlo. El hombre no es, no somos, el enemigo. El lobo feroz del cuento (sería estigmatizar al 50% de la población). El enemigo a combatir es la conducta abusiva contra el más débil (físicamente). El maltrato, el daño físico, emocional, psicológico a la indefensa, al apocado, a la diferente, al pacífico, a la ingenua todavía enamorada, al solitario, la violencia contra quien ha dejado de quererte. Un enemigo que hay que confrontar con fuerza sin complejos ni paños calientes: que una sentencia de treinta años de prisión signifique treinta años entre rejas.

Educación, sí. Mano dura, también.

De noche ya, tras la sobredosis cultural de la jornada busco un bar en la Plaza Nueva donde ver un rato el partido de fútbol (prrpopó, palmoteo la barra: “¡Caña aquí!”). Hay que embrutecerse un poco tras tanta ilustración. Observo la pantalla grande desde la calle, a través del mostrador exterior, cerveza en mano. Una pareja a mi vera, aspecto nórdico, conversan en perfecto alemán, al menos a oídos de alguien que desconoce la lengua germana.

Bilbao is different.

Después de la tercera caña, y el segundo pincho, me encamino hacia la pensión, esquivando chavalería de alcohol barato y hormonas encabritadas (atravesar Pozas un sábado noche es un bofetón de realidad: “Eres un carroza”, susurra la vocecita); continúo mi paseo hacia el cuarto solitario, hacia la cama blanca y fría, sabiendo que me costará conciliar el sueño.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

F242 - Flor de Escocia

Leo en internet, escucho por televisión que parece estar de moda viajar solo. A cualquier edad, desde jovenzuelos con hambre de aventura ─móvil a la cara, mochila al hombro─ hasta veteranos, incluso abuelitos. Algunos de mediana edad lo afrontan con énfasis juvenil. Ellos, tras el tercer divorcio acogen la crisis de la cincuentena de manera seria, casi profesional. El presupuesto no les alcanza para comprarse un Lamborghini (han de pasar la pensión a media docena de vástagos) así que se tiran a los vuelos low cost como si no hubiera un mañana: Turquía, Egipto, Eslovaquia, Hungría, Japón. No hacen ascos a nada. Ellas, con el sueño perenne de viajar solas, al fin pueden cumplirlo, sin el tipo aburrido a su vera (“Sí, churri, entra a ver el museo, yo te espero en el bar, luego me lo cuentas”). Crucerito por las Islas Griegas, excursión Descubra El Sahara en Camello, Safari vegetariano en Sudáfrica. Ni siquiera osemos posar el pie sobre las arenas movedizas del turismo sexual, tanto para éstas (Marruecos, Bahamas) como para aquéllos (la Cuba eterna).

Está de moda viajar solo. Fíjense, yo que siempre huí de las modas como de la peste porcina, jamás pedí a los Reyes Magos unas zapatillas Nike por lo absurdo de las marcas, no anhelé poseer unos Lewis Strauss etiqueta pijo-roja, siempre llevé el peinado, o despeinado, que se me antojó en cada etapa (incluso en tiempos de guerra pacífica, dígase Mili, lucía cabello bastante largo y lo peinaba pegado al cráneo, dando el pego bajo la gorra. Luego, de permiso, lucía una cresta pueblerina, izada a base de gomina barata, para escándalo de los veteranos que me cruzaba, dándolo todo en la pista de baile al ritmo de Nirvana a pesar de que Kurt Cobain me sonaba a pivote del CSKA Moscú en la discoteca Sarao. Qué tiempos aquellos de jugar a la guerra). Les decía, que rechacé todo lo que olía a moda, y resulta que llevo media vida estando a la última. Sin enterarme.

Flying solo’ es una expresión que utilizan los anglosajones. Sí, con nuestro vocablo ‘solo’ incluido (ellos también nos copian cosillas). E indica un concepto más allá del puramente literal (cuando un piloto aéreo, en prácticas, maneja el aparato sin ayuda del instructor o acompañante). Significa montártelo tú solo, sin asistencia ni compañía, en cualquier ámbito: negocios, viajes, relaciones (tan de moda ahora, vivir en la burbuja, que más de un friqui se casa consigo mismo), aficiones, deportes… la vida. Ir a tu bola, vamos. Yo podría pertenecer al Top Gun.

Y me digo, si tan cool pinta el rodar independiente (no confundir con indepe, por favor) ¿por qué no economizan un poco el tinglado? Habitaciones individuales grandes y baratas, cruceros single económicos, precio reducido en determinados productos de supermercado para una persona, ofertas de agencia de viajes que no muestren en letra minúscula la infame advertencia: Sólo válido para dos personas… Ganas le entran a uno de casarse con una muñeca de goma y sacarle el pasaporte. ¡No están ustedes a la moda, negociantes!

Esto elucubro, inocente, incluso cobarde, por no afrontar el posible motivo: lo hacen para fastidiar y, de paso, enriquecerse un poco más. El ser humano, siempre avaricioso, eterno depredador.

Todo es un invento, puro mercadeo.

Hablando de viajar solo. ¿Recuerdan cuando les contaba acerca de mis excursiones a la playa de Las Teresitas? ¿Los problemillas logísticos del solitario? ¿Escondo la cartera en la arena o porto sólo unas monedas en el bolsillo del bañador? ¿Nado con la llave del hostal atada al mismo? ¿De dónde diantres me viene tal paranoia? Y hoy, sí, justo hoy, mi cerebro (ayudado por el streaming) desveló el misterio. Resulta que viendo un episodio de Seinfeld por 257ª vez, caigo en la cuenta de que el humorista habla de eso, de esconder la cartera dentro de la zapatilla en la playa, de introducirla en la parte delantera (el malhechor de turno sólo comprobará el talón, apunta con ironía el cómico, para risotadas del público enlatado). Y entonces, el recuerdo.

Primera adolescencia, más niño que adolescente, inocente hasta la médula (esto lo traigo de fábrica), piscina municipal en el pueblo, inmensa zona con césped, toallas por doquier, chavalería, mamis y pequeñajos, veraneantes forasteros, algún padre despistado. Ingenuidad Gran Reserva les decía: escondo mi pequeño tesoro dentro de la deportiva, junto al libro que leo, y corro a zambullirme. Vuelvo al cabo de un rato, jadeante, goteando. Todo parece en orden. La toalla, el libro, las playeras. Tumbado boca abajo, me seco las manos y, antes de abrir el libro, introduzco la derecha en la zapatilla… palpando el vacío tras el calcetín. Un vacío triste. Pruebo dentro de la otra (sabiendo que no fue la escogida), un vacío gemelo que llama a la congoja, pero ya soy mayor. No puedo echarme a llorar. Los mayores no lloriquean. Miro alrededor, chavales, adultos; gritos, risas, chapoteo. Indiferencia. Soy invisible. Podría haber sido cualquiera. Tímido en exceso, ni siquiera poseo la rabia de ciscarme en los muertos más frescos del ladronzuelo (como haría en la actualidad, más revertiano que nunca). Mi joya: un reloj digital, con cadena metálica, regalo de mamá y papá (lo usual). ¿Y saben qué? Aquel modesto tesoro era especial para mí. Lo adoraba, con su pantallita acorde a mi muñeca de niño, su cierre metálico que hacía clic, el modo cronómetro con el que contaba las horas de estudio y lectura, pero, sobre todo, me encantaba por su alarma. No emitía ruiditos electrónicos, ni pitidos desagradables, ni siquiera piezas clásicas o cancioncillas modernas; lo utilizaba para despertar o para ser avisado del comienzo de mis programas favoritos: La vuelta al mundo en ochenta días; Dragones y Mazmorras; Fama: que se estrenó en España el veinte de febrero del ochenta y tres…: “Tenéis muchos sueños, buscáis la fama; pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor”. El reloj producía entonces un sonido musical que me subía el ánimo, una especie de himno para mí desconocido.

No pretendo imitar la historia de Butch (Bruce Willis) y su reloj en Pulp Fiction, la mía es menos escatológica, más mundana; sin embargo, aquel reloj había sobrevivido a mi primer atraco sufrido el verano anterior. Tendría unos doce o trece años (más niño que adolescente). Acudía con mi hermana mayor a clases de mecanografía. Academia en el centro de la capital riojana. Armatostes mecánicos de teclado “ciego”, sin letras, números o símbolos; ocho teclas rojas, para apoyar los dedos principales, el resto, de color crema. Pantalla blanca enfrente, sobre la pared, donde se mostraría el texto a seguir. Auriculares: la voz del formador: “cu, a, zeta, espás; uve doble, ese, equis, espás; e, de, ce, espás...”; el dedo meñique (débil) apenas marcará una sombra de sus letras correspondientes sobre el folio. Así lo recuerdo, ‘espás’ o algo parecido indicaba que debías deslizar la palanca del carro.

Escapa a mi recuerdo el motivo, pero aquella calurosa tarde acudí por mi cuenta (flying solo, ¿recuerdan?). Mi hermana se incorporaría más tarde.

Llego temprano, me entretengo mirando un escaparate junto al portal donde se encuentra la academia.

Portal fresco, en penumbra. El tipo me ha engatusado, para que entrara, con una artimaña de primero de EGB (acorde con mi inocencia). Da un portazo. Tan sólo una cuchillada de luz bajo la puerta. Tomo conciencia de que algo va mal. Intento no temblar. El chaval me saca tres años y dos cabezas. (Me engañó su adolescencia. Deseo rezo porpensar que si hubiera sido un adulto no hubiese accedido, habría salido corriendo). Me agarra del cuello de la camisa con una mano mientras cachea mis bolsillos con la otra. “Quieto”, dice. Los ojos verdes me escrutan, más curiosos que otra cosa. “No llevo dinero”, logro decir con la boca seca. Aun así, termina el registro, bolsillos traseros (la indefensión es bloqueadora a la par que humillante). Ve el reloj, agarra mi muñeca. “No, por favor, el reloj no”, digo sin llegar a decirlo. El sujeto deja caer mi mano, tal vez ante la inutilidad comercial de un reloj infantil o conmovido por mi cara. Quizás el muchacho tenía su corazoncito. Me empuja al ascensor (pionero en su modernidad); desde afuera presiona el botón del último piso (conocedor del terreno): “Cuando llegues arriba, espera cinco minutos”, dice, como si hubiera planeado el asalto viendo Sábado Cine. Las puertas se cierran de forma automática y un movimiento brusco me eleva hacia la salvación. Aquella tarde descubrí una palabra nueva en el diccionario de la vida: ‘miedo’. Pasé días viendo aquella mirada allí donde fuera, aquel rostro suavemente agitanado, los ojos atigrados, de un tono marrón verdoso, que lucían en la oscuridad, como los del mismísimo diablo.

Jorge, cariño, ¿qué ha pasado hoy? Has cometido muchas faltas en el texto dijo la profesora, delante de mi hermana. Entonces lo conté todo.

 Un día investigué, pregunté aquí y allá por la dichosa canción que me hacía feliz (no existían aplicaciones que buscaran melodías, ni siquiera los móviles ni internet), y averigüé que se trataba de Flor de Escocia, himno oficioso del país… como si de una premonición se tratara. ¿Quién me iba a decir, por aquel entonces, que siglos más tarde el himno robado regresaría a mí aquella vez primera, cuando quedé embelesado ante un gaitero boina con pompón, kilt, medias que, relajadamente marcial, tocaba aquel instrumento celta frente al paso de cebra que cruza Waverley Bridge, al borde de los jardines de Princes Street? Maravillado ante aquel sonido familiar, pensé: “he retornado a la infancia”.

Flying solo, en auge, reflejo de esta sociedad que desprende egoísmo, avaricia, envidia y estupidez.

En todo esto pienso mientras abro la tapa del portátil, entro en el navegador y tras teclear con rapidez (¡aquellas clases de mecanografía!), cliqueo la casilla ‘Destino’.

 

 

jueves, 19 de febrero de 2026

F241 - Veinte de febrero

Existen fechas que trascienden, quedan grabadas a cincel en las tablas de piedra de nuestra memoria. Hay fechas que logran pasar del número a la letra. Para mí ese día es el veinte de febrero.

Tres acontecimientos comparten tiempo, los tres importantes, los tres dignos de ser conmemorados, los tres requieren fiesta, brindis en alto, símbolo rojo en el calendario. Mas, como dije, ya no necesito señalarlos en la agenda. Dos cumpleaños y un personal aniversario.

Sobre todo, éste último, que me perdonen ambas cumpleañeras: mi amiga Lucía que tal día suma y sigue en el almanaque de la vida (suyo, el último abrazo recibido frente al Junco, antes de partir: “Si alguna noche lloras, no te preocupes”, dijo); y mi sobrina, que apenas levantaba dos palmos cuando mi marcha. Para mí, el veinte de febrero significa Escocia Edimburgo y lo que supuso durante trece años.

El veinte de febrero significa libertad, miedo, buscarse la vida; ensoñación, olor a levadura de cerveza, rellenar formularios laborales; incertidumbre, echarle huevos, fiestas en pisos; landlords, entrevistas, flatmates; magdalenas gigantescas de cima cubierta con chocolate blanco; estudio del idioma, amistades internacionales, vuelos, Spanglish; el primer cruce (al cual seguirían miles) a través de North Bridge ya de noche hacia la ciudad antigua; un castillo protector en eterna vigía… Significa el comienzo de otra existencia.

A veces pienso que fue otro quien experimentó aquello. Quizá por eso lo conmemoro cada año, nieve o llueva, truene o abrase, levantando la pinta de Guinness al cielo. Fui valiente, por una vez en la vida, y brindo por el recuerdo.

Pasaron diez, veinte, más años, y continúa simbolizando lo mismo.

Hace poco les planteé la alternativa: ¿y si hubiera contraído matrimonio con la hija del charcutero, o de la pescadera, o con la de los que llevan el casino del pueblo? No habría topado con todos ellos los que habitan mis recuerdos nada de aquello hubiera sucedido:

John, con su cara de pillastre, incansable, noble, divertido que me acogió bajo sus alas de hermano. Jennifer, a su vera, corazón enorme, siempre atenta y paciente conmigo. Disfruté de su compañía unos días meses atrás y siguen idénticos. Las almas buenas no caducan.

Penny, y nuestras charlas, su sonrisa con diente mellado, la tobillera en uno de sus pies desnudos; su complicidad y apoyo. Su juventud traviesa a la par que responsable. Aquella convivencia primeriza, con sus más y sus menos. Aquel: “Are you okey?” que un atardecer, en horas bajas, me acarició muy dentro.

Erika, y su sonrisa de dibujos animados, ojos vivaces de chiquilla, delicadas manos que cortan la fruta en pedacitos fresa, plátano, uva para rellenar el bol del desayuno, junto al muesli y la leche. Cuidadosa, sobre papel de cocina para facilitar la limpieza. Erika, en lágrimas, dejando escapar, con dulzura, despacio, la frase eterna, la que me ha perseguido toda la vida: “You mean the world to me… but…”; siempre hay un ‘pero’.

Veinte de febrero trae aroma de sábanas tendidas en el jardín trasero de Broomhouse, vestido con ropa de casa, peleando con el viento.

Marina, que saltó al césped en la prórroga la maleta de retorno abierta sobre mi cama y juntos logramos la Champions de la vida; su mera presencia hizo crecer un par de alas en mi espalda que evitaron el castañazo contra el fondo del precipicio. Marina, causa de sueños perdidos, desvelos febriles; destinataria de besos, poemas de madrugada y millones de emoticonos (fruto de mi bautizo en guasap).

Iraya, su amiga, que conquistó un pedacito de mi ser con otra de las frases que guardo entre algodones, imperecedera, una sentencia que vale una vida de favores, de amistad, de buenos deseos en la distancia: “Marina, me gusta este chico para ti”. Iraya, que nos prestó el nidito de amor unas frías navidades, donde Marina y yo pasamos horas bajo la manta del sofá, viendo, en un sobado portátil, Especiales de Año Nuevo ochenteros, presentados por el dúo Martes y Trece, abanderado de la nostalgia: “¿Encannaa?”; con ruidos nocturnos provenientes de la oscuridad del hall, tras la puerta del living-dormitorio: ¿vecinos? ¿intrusos? ¿fantasmas navideños? Con nuestras expediciones al Polo Norte, cada vez que necesitábamos visitar el lavabo. Un nido en Gilmerton Road, donde hubo frío, sustos, pasión, risas y calores. Iraya, que prolongaría la oferta de amistad, brazos abiertos, cuando todo acabó; su encantadora sonrisa, perenne acogida en las Islas Afortunadas. Dueña de un apego que traspasó años, océanos y fronteras, de una complicidad que sobrevivió al amor perdido. Una amistad, sin intención, hurtada.

Veinte de febrero se traduce en recuerdos apelotonados, llenos de misterio, que para ustedes no dicen casi nada y para mí lo significan todo. Algunos incompletos, apenas esbozados en el lienzo de la memoria, palabras que flotan entre la niebla, imágenes que lucen lo que dura un fósforo encendido en una cueva, otros acompañados de frases grabadas a fuego.

Koldo, con la obsesión por su pequeña patria. Pionero del reciclaje compulsivo. Koldo, que, a pesar de nuestras diferencias, ahí estuvo, porteador de mudanzas y favores, compartiendo secretos y planes perdidos, confiando en mí al igual que yo en él, más allá de siglas, nacionalidades y banderas. (No se dejen engañar por aquellos que se dan la vidorra al otro lado de las pantallas, a nuestra cuenta, del color que sean).

(Extremoduro todo lo cantó: Estoy cansado de romper televisores, Y vuelven a salir de dentro siempre los mismos señores).

Cristina, y nuestros pisos compartidos. Cristina y un sueño en forma de escalera, un escalón para arriba, y otro, y otro más. Su cabeza rebosante de números y fechas límite, deadlines. Mientras, yo la contemplaba con una mezcla de admiración, envidia y pereza. Una mujer con una misión. ¡Con un par!

Álvaro, con su forito Fiesta, tan lejos de tierras levantinas; nuestros almuerzos por la costa escocesa, las celebraciones escolares junto a la chinita, los italianos, las checas, los franceses y el resto de compatriotas. Cervezas en litrona, sándwiches de queso y cebolla, patatas fritas de bolsa, tumbados en la playa de Portobello, a tiro de piedra del Jewel Esk Valley College y las clases de la tarde.

Escribo ‘Portobello’ y salta un chivato rojo en el teclado: Louisa Waugh, con su casita en aquel distrito; cómo nos conocimos: ella, alumna de español; yo, su profesor, en la cafetería del cine Odeon de Lothian Road; la aprendiz que se convirtió en amiga, y que resultó ser escritora. Su valentía, coraje, ansia de vivir; las aventuras y libros escritos. Echen un vistazo, de veras merece la pena: “Bajo un cielo azul cobalto” (sus años en Mongolia); “Selling Olga” (su investigación novelada sobre trata de blancas y prostitución), y por supuesto saquen el pañuelo la maravillosa: “Meet me in Gaza” (el relato de su estancia en la franja, la historia de un pueblo generoso y acogedor y con un sentido del humor brutal y negro levantado entre bombas, llantos y escombros, un pueblo siempre atrapado entre dos muros de maldad: el Gobierno israelí y Hamas). Louisa, que me acompañó a Comisaría cuando desapareció una amiga; en su papel protector (siendo periodista de renombre, además de autora), y traductor (por si acaso); y a su vez, defendiendo mi rol de amigo preocupado, ante aquellos policías de cabello claro y mente oscura… otra historia que se ahogó en el tintero… o quizás no: muchos años más tarde fue inspiración del relato: “Frágil cual muñeca desnuda”.

Veinte de febrero.

Mi querida Marta (inseparable de Cristina, las Pin y Pon) que marchó pronto y de malas maneras, porque a veces la vida es muy perra, y enseña los dientes, acecha, muerde.

Veinte de febrero.

Bullicio en el patio, risas, el olor a pintura y pegamento, ojeras, el sonido de sus vocecitas ensayando villancicos; los banquetes matinales viernes en la sala de personal docente (té y café, tartas de mil sabores, tostadas con queso y nuez, scones con mantequilla y mermelada…); la magia que experimenté durante los últimos años en guarderías y escuelas. El compañerismo y amabilidad de los profesores para conmigo, el cariño de los peques, el halago de madres y padres; la calidez de mis lágrimas tras finalizar el periodo de prácticas con el grupo P3 de la Señorita Julie: “¿Ahora qué será de mí, sin mis nenes?”, dije a los adoquines húmedos que ascendían por la Royal Mile, con un puñado de acuarelas y dibujos bajo el brazo: corazones, retratos, Nessies, estrellas, unicornios, huellas de manitas multicolor, y algún que otro abstracto. Aunque años después lo confieso también hubo viernes que marcadas las 18:01 horas, deseé no ver una criatura ni por videoconferencia.

Por supuesto hay más: sucesos, protagonistas y secundarios, muchísimos más, incluso otros que nunca aparecieron en estas páginas. La ausencia no implica desprecio ni falta de relevancia. También constas tú, que lees a hurtadillas y conoces parte del relato; o tú, que te convertiste en mi presente.

Siempre existen distintas versiones, yo les narro la mía, no se fíen.

Y recuerden: las mejores historias son las no escritas.

Todo esto representa mi veinte de febrero.

Cheers! (salud).