martes, 16 de junio de 2026

F256 - Hay humor que mata

“Que no me vea, por favor, que no me vea. Que no pose sus ojos depredadores en mí”. Río con ganas, pero tratando de no caer en lo escandaloso (mi modo natural de carcajear). Siento goterones de sudor recorrer las axilas; menos mal que elegí la camisa roja, la cual me queda grande, lo suficiente para que los surcos de humor sobaquero no arruinen todo. “No hagas aspavientos”, sigo conversando conmigo mismo, que ya tengo experiencia. O con la vocecita, que a veces va por libre, siempre picajosa, siempre metiendo la puntilla, siempre reventando la escena: No gesticules, no muevas los brazos al reír. ¡Para ya de juguetear con el botellín de agua! Déjalo en el suelo, fuera de sus ojos cazadores. Que nada llame su atención. Fúndete con la butaca, camufla tu presencia con la columna gruesa que te toco de acompañante. A tu diestra. Que nada despierte su ojo vigilante. Que no pose la mirada en mí.

Aquí estoy solo, pegado al pilar protector en una diminuta sala de teatro, disfrutando a la par que sufriendo, como un novio indeciso, del espectáculo en forma de monólogo. Un monólogo por y para parejas, advierte el anuncio. Y yo solo, como vine al mundo. Solo que es mi forma de estar; la soledad, mi hábitat mundano. Lo extraño hubiera sido gozar de compañía, no digamos ya femenina. Eso habría supuesto la bola extra de la maldita lotería primitiva. Sí, ese boleto que cada jueves rasgas en cuatro pedazos, soñando, como un parvulito en víspera de Reyes, que la próxima semana será la tuya. Que darás el campanazo, que al fin podrás comprar ese piso soñado, en cuyo living instalarás una gigantesca librería, fea, funcional, con baldas de obra blancas, impolutas, que alcanzarán del suelo al techo, ocupando tres de las cuatro paredes (la cuarta reservada para el pecado en forma de televisión gigante, Netflix, ya saben) donde cabrán cientos de libros. Así, nunca jamás tendré que deshacerme de ellos—por falta de espacio—: regalarlos, donarlos a la biblioteca pública, abandonarlos a su suerte en charity shops escocesas en bolsas de plástico del Tesco, condenarlos al fondo del contenedor de tapa azul. ¡Maldigo todos los contenedores azules que engulleron, con voraz indiferencia, millones de palabras! La próxima semana, Jorge, será tu semana, tu boleto ganador, tus seis bolitas y complementario. Tu piso moderno, tu librería de solterón de película a lo Hugh Grant. Quién desea mujeres habiendo libros.

Pares versus Impares, reza el título del monólogo. El tipo exhibe cierta gracia, al menos la que lleva anclada en su adeéne. Es andaluz. Ponga un tópico en su vida porque suele funcionar. No me imagino a un bilbaíno con esa chispa, a pesar de que, de nuevo, me hallo en un local de la ciudad exagerada. De Almería, dice ser; recuerdo a una amiga de Mojácar, en mis tiempos escoceses, que cuando se excitaba su hablar ganaba velocidad y la jerga resultante se acercaba más al marciano que al castellano. ¿O quizás era de Murcia?

Luce look a lo Goyo Giménez, calvo rasurado, perilla; tal vez con la ingenua esperanza de que el aspecto le proporcionará el resto. No lo hace. Le quedan miles, millones de pasitos sobre las tablas para rozar el gracejo del loco admirador de los yanquis: “No os lo cuento, mejor lo muestro”.

Sin embargo, esa lejanía del crack le acerca al público, le permite bajar del escenario, tirando de un cable de micrófono larguísimo (¿acaso no existen los inalámbricos, o lo hace a posta para acojonar?). Le da por descender los escalones a cada rato, hacia las primeras filas, tantear, buscar, observar… preguntar. No le mires, Jorge, ni te muevas, deja ya de sobar la puta botella. Que no se aproxime, que no pregunte, que no haga de mí el monigote de la risa, el saco de carcajadas para toda la maldita sala. ¿Por qué carajo permitiste a la aplicación elegir tu sitio? Fila número dos. Butaca trece. Otra vez el trece, como en Madrid, no espabilas chaval. Di que en Madrid fui obsequiado con la contemplación de la Pareja Feliz. Mereció la pena. Fila dos, tiemblo sólo de pensarlo. Bendigo la columna, mi querido pilar, como si fuera un amante, mi compañía, algo entrada en carnes (más bien, piedra), que me da cobijo, cierto camuflaje. Mas, el rey de la chanza sureña ya ha paseado sus ojos por mi persona. Conoce mi existencia. Sabe que rezo para que no me tienda el micrófono. Debió de estudiar el curso de CCC: Telepatía y otros Usos Ocultos de la Mente Humana. Lo sabe con certeza, y eso es lo peor.

Interroga a las parejas de las primeras filas. Antonio, dice llamarse el marido: cabello blanco, escaso, buena planta, americana formal. Cuarenta y ocho tacos, dice tener (así lo dice, ‘tacos’). “Bien llevados”, dice el humorista. Nadie se ríe, todos parecen estar de acuerdo, yo creí que era un chiste improvisado, parte del repertorio, como el mago que extrae paloma o conejo de la chistera. Si me pregunta la edad el joven se desmaya. Le llevo unos cuantos años al amigo Tony, y parezco su primo menor.

Vislumbro la escena. Abrirá mucho los ojos: “¿Cuántos años dices que tienes?”. Sana mata de pelo (toco madera) cuidadosamente despeinada, ni una sola cana (vida sin hipotecas), rostro lampiño, algo aniñado. Resultado de un pacto con el diablo según mi querida hermana (de los millones de euros prometidos se olvidó, el muy…). Vestimenta juvenil (no me puse una americana desde el día de la Primera Comunión). Entonces, ordenará que me levante, incluso que me acerque a él, que suba al escenario, me pasará el micrófono (tropezaré con el infame cable extenso), me solicitará el deneí, incrédulo, cual agente de la Benemérita en un control de alcoholemia: “Buenas noches, caballero, me permite su documentación”. Me temblarán los dedos bajo el foco abrasador, las gotas de sudor echarán carreras por las mejillas. ¿Y si voy preparando el documento: lo extraigo de la carterita? ¿Quizás colocarlo entre los dientes? No, no puedo hacerlo, mis movimientos me delatarán. El goyo murciano detectará el hedor a presa asustada. Y entonces, mostrará los colmillos, goteantes, posará sus ojos de lobo hambriento en mí, me apuntará con el micrófono: “Tú, el de rojo”, dirá (otra vez… luego les cuento). Me preguntará la fecha de nacimiento, rápido, tratando de sorprenderme, como un camarero ante la adolescente nerviosa que jura y perjura tener dieciocho años (okey, salvando las distancias). Su mente ágil, como la de todo artista sobre un escenario, realizará el cálculo matemático en un segundo. Y comenzará la vacilada.

Me exhibirá como si fuera un potro en venta. Me pedirá que muestre los dientes, que gire sobre mí mismo, como si de una muestra de ganado se tratara. Qué vergüenza anticipada. Qué bochorno prematuro. Más sudor. El cerco empieza a saltarse la distancia que le permitía la talla superior. Transpiro como lo hice en pleno examen de Selectividad hace más de treinta años (“Que no caiga Kant, por favor, que no caiga Kant”). Mierda. La cantinela también similar: que no me mire. Que no me señale. Que no me pregunte.

Río a carcajadas, conteniendo ese puntito extra de alborozo. Resulta gracioso con tan sólo contarlo como lo cuenta. Ventajas de la cuna meridional, supongo. Uno de Lequeitio no tiene ni puta gracia, aunque beba cuatro calimochos antes de subir al escenario. Es un disfrute extraño, río, tiemblo, sudo. De acuerdo, no tiemblo, pero no soporto la idea de ser la diana de sus chanzas. ¿Viniste solo a un monólogo para parejas?, dirá, alzando mucho las cejas, abriendo los ojos cual caricatura japonesa, disparando con bala mientras mira al público, gustándose, como el mismísimo Cristiano Ronaldo al marcar un libre directo: ¡Siiiuuuuu!

—No, vine con Pilar —diría yo, pasando el brazo alrededor de la columna a mi vera.

La gente romperá en carcajadas, y él, herido en el orgullo humorístico, me acosará a preguntas, lanzará todo su arsenal de chascarrillos, burlas y prejuicios.

—¿Solo?, a Su edad, solamente Le quedará el residuo para elegir, rebuscar en el cestón de todo a dos euros del Primark —dirá impertinente, marrullero, buscando sangre, adoptando el tratamiento de usted como puntilla—… o el contemplar obras: mire, justo aquí enfrente están colocando los cimientos de una torre.

Hace meses, en otra ciudad, otro monólogo. El cómico se fijó en mí, a pesar de hallarme en filas posteriores. Ahora caigo que vestía la misma camisa roja. Mierda. El sujeto bromeaba sobre gimnasios, runners, la moda enfermiza del pádel. Nada nuevo bajo el universo monologuista (Leo Harlem lo bordó, y jamás nadie le dio alcance).

—¿Alguien sabe qué es el crossfit? —lanzó al vuelo.

Silencio. Sonrisas incómodas. Miradas al techo, al suelo, al acompañante.

—Tú, el de rojo.

Mierda.

—Sí, tú. ¿Sabes qué es el crossfit? —repite el joven delgado, fibroso, atlético hasta la náusea.

Ya vengo sudado, desde hace rato. ¿Ansiedad? ¿Timidez? ¿Miedo al ridículo? Qué sé yo. Nunca me gustó el foco individual del espectáculo.

—Tengo una ligera idea —digo porque no sé qué decir.

—Una ligera idea. No me extraña, con ese cuerpo… —una forma sutil de llamarme ‘puto gordo’.

Risa generalizada. Ausencia de miradas hacia mí; audiencia temerosa; nadie anhela ser el próximo objetivo. Acompaño el vacile con risotada forzosa y, por lo bajini, me cisco en su par de muertos más fresco: quid pro quo, como decía el entrañable Hannibal Lecter: tú te burlas, yo te muerdo.

Suena un móvil entre el público y, de inmediato, veo cielo abierto. Salvado por la campana, por la característica melodía de Vodafone.

Mister Musculitos levanta el hocico cual hiena oliendo carroña. Ya lo advirtió antes del show: “Si un teléfono suena, YO responderé a la llamada, con altavoz para todos”. Muy en la línea del film “Perfectos Desconocidos” (que si mal no recuerdo ya recomendé).

Una mujer de mi edad, azorada, confiesa que es su móvil el causante del revuelo. Se lo ofrece a regañadientes: “Es mi hija”, dice: “Amagoia”.

—¿Eres Amagoia? —pregunta el cazador de almas.

—Sí… —oímos por el altavoz. Gran silencio, alguna risa suave incontenible.

—Ven a recoger a tu madre… que la está liando parda —dice el profesional del humor chabacano.

Tan sólo escuchamos (incluida Amagoia) la primera parte de la frase; de repente, se oye un gemido terrible qué, debido al ambiente festivo, y a las cañas consumidas, creemos una risa extraña, de esas escandalosas. No lo es, como supe luego (lo aclaró la madre en el piscolabis posterior).

Se trataba de un alarido penoso, un gemido de pánico, de ansiedad emitido por la hija al escuchar a un desconocido responder el teléfono de su madre y decir que viniera a buscarla. No se trataba de una cría, ni siquiera de una adolescente. Pero era su hija única, con la que convivía, que padece ansiedad. Sólo la dulce voz materna, protectora, consiguió apaciguarla después de unos minutos.

Todo eso lo aprendimos más tarde, claro. En el momento del acto, cuando más allá de la línea una persona sufría, a este lado todos nos partíamos de la risa.

Así que, un par de consejos, más bien tres, si acuden a un show de monólogos: silencien el móvil, huyan de las primeras filas… y no vistan de rojo.

¡Cuánto daño hizo el Club de la Comedia!


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6 comentarios:

  1. Hola, se nota que disfrutaste : )
    Y el humorista, te hizo reir? qie es el objetivo. Reir, pasar un buen rato, olvidarse de lo que pesa, desconectar .
    Yo recuerdo pasarlo fatal, primero en teatros, de los que hacían levantar a unos cuantos como inocentes borreguitos y les ponían a hacer el chorra. Más adelante en monólogos lo mismo, me hundía en la silla inmóvil, me faltaba taparme la cara con las manos a modo de "no estoy!".
    Imagino que hacen sondeo y llaman a los que quieren salir y lucirse (que los hay).
    Siempre que se haga todo con respeto, bien por ellos, yo me sigo quedando pegada a la silla mirando al suelo, por si acaso.
    Ves con Dios, digo, por la sombra!
    Orx.

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  4. Decía que sí me reí, claro. Suelen ser políticamente incorrectos y eso te choca. Pero a veces no van más allá del pedo, caca, culo, pis. De ahí lo barato, en bares o salitas de teatro. Todo mi respeto eh, yo encima del escenario temblaría desde las uñas de los pies hasta las pestañas.
    Pero lo de ellas de Venus, ellos de Marte está muy trillado. Igual que lo de la fiebre del padel, etc. Leo Harlem lo borda en uno de sus monólogos : " Mañaaaana salgo a correr".
    También los magos o los improvisadores son dados a elegir gente del público. A veces voluntarios, otros amañado, pero y si...
    Un secreto, ahora que no nos lee nadie: no iba de rojo, y menos con camisa. Llevaba una camiseta negra. Pero quedaba más "literario" lo otro jaja.
    Un saludo.

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  5. Nunca he entendido lo de hacer referencia al aspecto físico de la gente: me parece humor de parvulario.

    Me gusta que el cómico pueda jugar contigo desde otro nivel: si tiene que tirar de tu aspecto físico, mal vamos.

    Es algo que siempre he detestado, supongo que es porque en el fondo es lo que hacían los abusones en el colegio: jugar contigo por lo que dices, no por lo que pareces, es más complejo (Jimmy Carr en ese aspecto lo hace de fábula: el "crowd work" que hace con la gente en sus espectáculos es legendario).

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  6. Pues sí, es humor fácil. Pero ya advertí que no daba para más el show. Barato, eso sí. Aún así, yo los admiro, a todos ellos. Eso de subirse a un tablado y hacer un monólogo o cualquier tipo de espectáculo. Memorizar el guión, improvisar, gesticular. Todo ello ante decenas, centenares de personas. Me quito el sombrero. Siempre soñé con ser actor. Muchos de ellos dicen ser tímidos y yo me descojono vivo. Ser tímido es subir a un escenario y que te empiece a temblar todo, desde las rodillas hasta los labios. Eso es timidez, que no me cuenten películas. No, no valgo para actor. Salí de extra en una peli (Silencio de la Ciudad Blanca), lo pasé bien y regular. Depende del momento. Me hice fotos con actrices y actores. Me quité la espinita de "verme" dentro de una peli. Pero si antes los admiraba, tras la experiencia los veo como dioses. Tienen un par bien puesto, ellos y ellas.

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