sábado, 27 de octubre de 2012

6- Fecha Capicúa, Fecha Mágica. (15 enero 2001)

Obviamente por aquel entonces, recordemos diciembre de 2001, ignoraba que aquella fuese a ser mi última Nochebuena en familia. A lo largo de estos casi 11 años, entre pitos y flautas, entre trabajo y aventura, entre poco dinero y falta de entusiasmo, pues dejé de acudir a aquella reunión tan especial para una familia española. Nochebuena. A alguna Nochevieja sí que me presenté, pero eso es parte de otra historia, de otra batallita, de otra fargadita. Llegó enero con un frío que invitaba a huir. Era un frío con sed de venganza, no satisfecho de la suavidad de la nieve caída en diciembre.

Seguí con mi rutina de trabajar en el taller (todavía no había finalizado el contrato temporal), acudir a la academia de inglés (cada vez más animado al tener ya la decisión tomada y dicha a los cuatro vientos), ver las noticias de emisoras de televisión norteamericanas en inglés a través del canal satélite (seguían reponiendo una y otra vez las tristes escenas del 11-S) – y que me venía de miedo para hacer oído –, preparar los exámenes de la U.N.E.D. para febrero, quedar con amigos para cafés y novedades (“estás loco tío”, “con dos cojones tío”, “¿en serio?”). Y finalmente comunicárselo a Ella. Su rostro compungido, sus ojos llorosos, “¿a Edimburgo?, ¿no has podido encontrar un sitio más lejano todavía?”. Mi sonrisa, mi mano sobre su brazo “Tranquila, no es por ti. Ya lo tenía pensado hace muchísimo tiempo”. “¿Jorge, me escribirás?”. “Claro tonta”. Mentiras piadosas, white lies, seguía repartiéndolas por todos lados, como si me sobrasen. Como si de repente me hubiera dado cuenta de lo sencillo que es utilizarlas. Ellos quedan tristes, pero contentos. La paradoja de las paradojas. O al menos relajados, serenos “no es por mí, yo no soy culpable”, piensan, y yo quedo satisfecho. Orgulloso de mi entereza, de cargar sobre mi toda la culpa. No merece la pena provocar más desconcierto a los demás por simple orgullo. No aporta nada, tan sólo te revuelve las tripas.

 Un día paseando por el parque de la pequeña ciudad recibí la llamada. Miré la pantallita del móvil prestado – uno de aquellos ladrillos de Motorola – era La Llamada. Esa llamada que hacía semanas que esperaba. La llamada de la Agencia de Viajes – situada justo en frente de la Academia de inglés −. Yo les había dejado claro que deseaba volar a Edimburgo lo antes posible, pero no antes de acabar los exámenes en la U.N.E.D.; el último examen lo tenía el viernes 15 de febrero (aunque hubiera sido lo mismo haberlo tenido el día 14… nada que celebrar… “Tranquila, no es por ti. Ya lo tenía pensado hace muchísimo tiempo”…).

Abrí la tapita del ladri-móvil y pulsé la tecla verde. “Tenemos un vuelo disponible para usted el día 20 de febrero. A Edimburgo. Directo. Sólo Ida. ¿Le sigue interesando?”. “¿Perdone, oiga, sigue usted ahí?, “Sí, sí, claro. Sigo interesado. Resérvemelo”. Quedé parado en mitad del parque, con la mirada fija en la pantallita, con el dedo pulgar sobre la tecla roja presionándola… hasta que reparé que la gente pasaba a mi alrededor y me miraba con recelo. Una madre agarró a su pequeño del brazo, mirándome con desconfianza…

“¡Eh, chaval! ¿estás bien majo?” La voz fuerte y ronca de aquel señor, que se detuvo a mi lado preocupado, me sobresaltó, sacándome de mi ensimismamiento. “Capicúa”, “¿cómo dices majo?”. Y sonreí a aquel encantador abuelo que me miraba asustado: “Capicúa, es una fecha capicúa”. Y me alejé corriendo y gritando de entusiasmo. En aquel instante supe que las estrellas de una lejana galaxia se habían alineado para mi buena fortuna. Volaría a Edimburgo el 20-02-2002. Fecha capicúa. Fecha mágica. ¡Todo saldría bien!

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