domingo, 13 de septiembre de 2026

F260 - Me quedaría a vivir (mar Cantábrico) (I)

No puedo resistir la tentación. Ahí permanece, agazapada, retándome desde el día que crucé el umbral de la habitación del hostal costero. Susurra mi nombre cada noche, la puedo oír desde la cama. Es una mesa escritorio amplia, en frente una silla acolchada de alto respaldo, sorprendentemente cómoda. Un pupitre de madera en tono claro, sólido, estable (ni un poquito cojea). Vamos, que parece un cuarto diseñado para un opositor más que para un veraneante ocioso. Me tienta, no puedo perder la oportunidad, pienso, ¿habrá sido colocado a propósito para mí? Si a la mesa le añado uno de los flexos que hay situados sobre sendas mesillas y despejo todo lo que sobre ella descansa ordenadamente desorganizado: tiques de compra (que jamás revisaré), folletos turísticos (que sólo hojearé, sí con hache), novela, llaves, cartera, gafas, mapa, periódicos, botellines de agua, cargador, librillos de crucigramas y esas cositas, quedará un escritorio magnífico, un rinconcito de las letras ambulante. Para algo traje libreta, me digo, más bien cuaderno como los de antaño, con sus grapitas discretas, sin anillas enrolladas que tanto molestan a la hora de escribir.

Son las cinco de la madrugada, el insomnio llama a la puerta, los murmullos desde el rincón se hacen insoportables. Me rindo, saltó de la cama, el frescor del suelo alivia mis pies maltrechos. Con sigilo, despejo la mesa como ya hice mil veces mentalmente, sobre la superficie tan sólo quedan el cuadernito egebero, el flexo secuestrado y un bolígrafo Bic azul como el mar.

La playa, digna de postal turística. La mañana brillaba como si fuera escena de una serie Netflix —pero sin filtros ni Photoshop ni demás trucos— de un cuento moderno. Sólo a falta de banda sonora. Guiris, locales, surferos por doquier, paseantes con vocación maratoniana o quizás caminantes de Santiago frustrados. Olas majestuosas que se construyen sin avisar a nadie del tamaño que alcanzarán, que rompen con estrépito, escandalosas, con una cadencia irregular sólo conocida por el relojero de la mar.  Sorpresa, sorpresa. Jamás des la espalda al mar, salvo si eres un surfista sobre la tabla a la espera del empujón que te hará feliz por unos instantes o que frustrará tu intento por enésima vez descabalgándote. Cielo o infierno en unos segundos. Pero el surfero nunca se rendirá, porque lleva sal en la sangre. No es mi caso, no se asusten.

Enamorados de una tabla como aquellos que se enamoran de una botella. Más saludable, eso sí. La mayoría: jovenzuelos, alumnos de las diferentes escuelas de surf que hay en el pequeño pueblo costero. Mas la edad no parece ser obstáculo, hay intrépidos aprendices de toda aquélla. Ataviados con sus trajes especiales cabalgan una y otra vez las tablas rebeldes. Se tumban sobre ellas, boca abajo, les susurran palabras secretas, puro camelo de enamorados. Reman con los brazos, furtivas miradas hacia atrás buscan los ojos de la próxima ola. Calculan tamaño, velocidad, ritmo, altura, distancia… la química entre dos amantes. Tan sencillo como sincronizarse con ella, tan complicado. A punto de alcanzar la cresta, los más habilidosos se levantan con un salto de rana, otros utilizan la técnica de dos tiempos, primero se acuclillan y después se incorporan. Todo ello tan rápido que escapa al ojo no entrenado. Por último, los aprendices y novatos toman la ola tumbados sobre la tabla, intentando cada vez la difícil tarea —para mí roza la imposibilidad— de ponerse en pie sobre ella para surcar la cima, en vano intento de domarla —a la tabla, imposible domar la ola— como si de una potra salvaje se tratara.

Paseo por la arena húmeda, observo, respiro, vivo.

Otra escena llama mi atención. Parece sacada de la serie televisiva Vigilantes de la Playa, pero actualizada. Cuatro voluntarios de la Cruz Roja, enfundados en sus bañadores rojos, jovencísimos todos ellos, en plena tarea de botar la enorme moto acuática de rescate —verde esmeralda, verde esperanza—. La portan en un remolque de voluminosas ruedas con tacos gruesos (parece un vehículo lunar o aquel famoso robot marciano que nos tuvo en vilo durante no sé cuántos telediarios). Faenan a mano, el pequeño jeep aparcado fuera de la vista. La cuadrilla lucha contra el oleaje, ardua tarea. Uno de los chavales, sentado a horcajadas sobre la moto, el compañero sujeta la camilla adherida a aquélla en posición vertical para facilitar la maniobra de arranque; ambas chicas, menudas, saltan una y otra vez, en la retaguardia, haciendo palanca, presionando fuerte con sus brazos, hacia abajo, el borde trasero del remolque para soltar la moto atascada (cuyo morro ya chapotea en el agua); una pequeña odisea, liberar la moto del abrazo del remolque con semejantes olas que parecen disfrutar saboteando los amagos socorristas.

Cruzo los dedos —la mirada escudriñando la lejanía— ruego que todo sea mera práctica, una rutina, un ensayo, que no se trate de una emergencia real.

Primera tentativa (empujón), segunda (empujón), a la tercera va la vencida, dice el dicho, y así acontece. La moto queda liberada del abrazo maternal del remolque, siempre protector que, temeroso del mar, ansiaba tenerla a su vera para siempre. Las muchachas suspiran aliviadas mientras ven la moto alejarse, primero despacio, con cuidado de no embestir a algún bañista o colisionar con una tabla. El chico de la camilla, el ‘paquete’ dirían los moteros, extiende aquélla sobre el agua colocándose sobre ella en una posición extraña, entre arrodillado y tumbado, y agarra la sujeción como si le fuera la vida en ello. El piloto no se corta, poseído de repente por el espíritu de Marc Márquez, mete gas, encara cada ola de frente, quién dijo miedo, quién mencionó prudencia, sin importarle tamaño ni fiereza. La moto se encabrita, vertical, buscando el cielo azul con vocación de cohete, y cae sobre la panza salpicando litros de espuma. A cada ola, vuelvo a cruzar los dedos para que ésta no desmonte a los bravos moteros. La moto se aleja a toda velocidad, las rescatadoras sacan del agua el vehículo lunar, no miran como hago yo y decenas de bañistas —haciendo visera con la mano— tratando de localizar al nadador en apuros. Deseando verlo, rezando por no hacerlo. No lo hubo, gracias a Dios o a Neptuno o al mismísimo Ra. En lontananza la moto vira hacia la derecha y surca veloz el mar sin olas con trayectoria paralela a la playa. Tanto los curiosos como yo mismo perdemos interés: no hay urgencia, no veremos a ninguna Pamela Anderson, a ningún David Hasselhoff corriendo a grandes zancadas, con aquel absurdo flotador en la mano, al encuentro de la camilla flotante para salvar la enésima vida sin despeinarse, mirando de reojo a cámara.

Continúo el paseo, doy media vuelta, ahora contemplo el mar a la izquierda para así equilibrar una potencial tortícolis y la descuadrada cadera. Los pies doloridos agradecen la arena mojada y rozan el orgasmo podal con los besos de agua salada. ¿Y si me quedo a vivir…?

Sin embargo, no puedo evitar la nostalgia, el sueño incumplido; no logro llenar el vacío, no ceso de pensar cómo serían el paseo, las vistas, la brisa, las olas lujuriosas que lamen los pies… con los dedos de mi mano entrelazados a los de Ella.

El éxtasis erótico-festivo-romántico se evaporará poco después, entre juramentos en arameo: ascender el Tourmalet que lleva al hotel, en chanclas; el sol abrasando la nuca desnuda; la omnipresente y estúpida arena: entre los dedos de los pies, en el bañador, en la ducha, entre las sábanas (¿cómo es posible?). El Paraiso tiene una fecha de caducidad casi inmediata.

Sigo caminando, observando, viviendo.

Cruza delante de mí con paso decidido, parece no afectarle la inestabilidad del suelo húmedo, el empuje de las olas al morir. Sale del agua arrastrando bajo el brazo una tabla grande de un color naranja butano. Cabello negro —a juego con el traje surfero que la envuelve— y largo, cuyas puntas chorrean sobre su rostro. Sonrisa tímida que nace en los labios y alcanza sus iris marinos. Cuerpo atlético que dice adiós a la treintena.

—Bueno, bueno, te he visto muy bien ahí dentro —dice el instructor, veinteañero, fibroso, rostro con un aquél de actor secundario– de aquí ya a Nazaré —añade divertido, de buen rollo, con sonrisa de lobo viejo.

La mujer devuelve la sonrisa multiplicada por cien. Ignoro si debido al piropo hiperbólico o al parecido del tipo con el personaje moreno de ‘Le llaman Bodhi’.

Sus sonrisas contagian la mía.

Tres buques mercantes, tres, surcan el horizonte, su color —rojo, verde, negro— difuminado por la neblina de la distancia. Uno tras otro como si compartieran rumbo. Algo más cerca, un velero cuyas velas buscan el beso del mar, inclinadas en pronunciado ángulo. El faro vigila incansable, majestuoso en su islote. A lo lejos, la prisión de El Dueso nos ancla a la realidad, recordándonos la parte gris del cuento al que llamamos vida.

Cada día, después de un rato en el mar, el espejo del baño del hostal realiza su número de magia (desconozco la razón): los michelines que gobiernan mi cuerpo se retraen, se ocultan, los hombros se ensanchan; incluso me contemplo algo más guapo. “¡El agua salada es la hostia!”, le digo al sujeto detrás del cristal. Siempre lo tuve claro, si me hubiese criado en un pueblecito costero cántabro, habría practicado el noble arte del surf, y ahora luciría tipazo y una tableta de chocolate digna de Nestlé. Hubiera dejado crecer mi pelo y mostraría un parecido razonable con Patrick Swayze como Bodhi. Lástima que, tras el almuerzo, la cena, las raciones de catorce zamburiñas, doce croquetas, dieciséis sardinas, veintitrés navajas, una tarrina nocturna donde el peñón de helado alcanza tal altura que la cucharita clavada en la cima siente vértigo, y ni siquiera los monos osan treparlo… —“Estos cántabros no entienden el concepto de media ración”, me digo— todo vuelve a su lugar: las lorzas al otro lado del espejo y los sueños surferos al limbo de los sueños.

 

P. D.: Fargadita dedicada, con cariño, a Galaxy, ex forera Spaniards, super mami, y cántabra. ¡Aúpa el Racing!

 

2 comentarios:

  1. El mar... Cuando lo conoces ya no puedes vivir lejos.

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  2. Hola, Andrómeda, cuánto tiempo. Recuerdo cuando inaugurabas la (larga) lista de comentarios (muchos de ellos de foreros Spaniards) por tu horario kiwi.
    Así es, pero en mi no se cumplió. Aquí ando en el interior, en pleno corazón de la ciudad Blanca.
    Cuídate.
    Un abrazo.
    Estaría guay una quedada para Nochevieja allí por el Mediterráneo...

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