domingo, 1 de marzo de 2026

F242 - Flor de Escocia

Leo en internet, escucho por televisión que parece estar de moda viajar solo. A cualquier edad, desde jovenzuelos con hambre de aventura ─móvil a la cara, mochila al hombro─ hasta veteranos, incluso abuelitos. Algunos de mediana edad lo afrontan con énfasis juvenil. Ellos, tras el tercer divorcio acogen la crisis de la cincuentena de manera seria, casi profesional. El presupuesto no les alcanza para comprarse un Lamborghini (han de pasar la pensión a media docena de vástagos) así que se tiran a los vuelos low cost como si no hubiera un mañana: Turquía, Egipto, Eslovaquia, Hungría, Japón. No hacen ascos a nada. Ellas, con el sueño perenne de viajar solas, al fin pueden cumplirlo, sin el tipo aburrido a su vera (“Sí, churri, entra a ver el museo, yo te espero en el bar, luego me lo cuentas”). Crucerito por las Islas Griegas, excursión Descubra El Sahara en Camello, Safari vegetariano en Sudáfrica. Ni siquiera osemos posar el pie sobre las arenas movedizas del turismo sexual, tanto para éstas (Marruecos, Bahamas) como para aquéllos (la Cuba eterna).

Está de moda viajar solo. Fíjense, yo que siempre huí de las modas como de la peste porcina, jamás pedí a los Reyes Magos unas zapatillas Nike por lo absurdo de las marcas, no anhelé poseer unos Lewis Strauss etiqueta pijo-roja, siempre llevé el peinado, o despeinado, que se me antojó en cada etapa (incluso en tiempos de guerra pacífica, dígase Mili, lucía cabello bastante largo y lo peinaba pegado al cráneo, dando el pego bajo la gorra. Luego, de permiso, lucía una cresta pueblerina, izada a base de gomina barata, para escándalo de los veteranos que me cruzaba, dándolo todo en la pista de baile al ritmo de Nirvana a pesar de que Kurt Cobain me sonaba a pivote del CSKA Moscú en la discoteca Sarao. Qué tiempos aquellos de jugar a la guerra). Les decía, que rechacé todo lo que olía a moda, y resulta que llevo media vida estando a la última. Sin enterarme.

Flying solo’ es una expresión que utilizan los anglosajones. Sí, con nuestro vocablo ‘solo’ incluido (ellos también nos copian cosillas). E indica un concepto más allá del puramente literal (cuando un piloto aéreo, en prácticas, maneja el aparato sin ayuda del instructor o acompañante). Significa montártelo tú solo, sin asistencia ni compañía, en cualquier ámbito: negocios, viajes, relaciones (tan de moda ahora, vivir en la burbuja, que más de un friqui se casa consigo mismo), aficiones, deportes… la vida. Ir a tu bola, vamos. Yo podría pertenecer al Top Gun.

Y me digo, si tan cool pinta el rodar independiente (no confundir con indepe, por favor) ¿por qué no economizan un poco el tinglado? Habitaciones individuales grandes y baratas, cruceros single económicos, precio reducido en determinados productos de supermercado para una persona, ofertas de agencia de viajes que no muestren en letra minúscula la infame advertencia: Sólo válido para dos personas… Ganas le entran a uno de casarse con una muñeca de goma y sacarle el pasaporte. ¡No están ustedes a la moda, negociantes!

Esto elucubro, inocente, incluso cobarde, por no afrontar el posible motivo: lo hacen para fastidiar y, de paso, enriquecerse un poco más. El ser humano, siempre avaricioso, eterno depredador.

Todo es un invento, puro mercadeo.

Hablando de viajar solo. ¿Recuerdan cuando les contaba acerca de mis excursiones a la playa de Las Teresitas? ¿Los problemillas logísticos del solitario? ¿Escondo la cartera en la arena o porto sólo unas monedas en el bolsillo del bañador? ¿Nado con la llave del hostal atada al mismo? ¿De dónde diantres me viene tal paranoia? Y hoy, sí, justo hoy, mi cerebro (ayudado por el streaming) desveló el misterio. Resulta que viendo un episodio de Seinfeld por 257ª vez, caigo en la cuenta de que el humorista habla de eso, de esconder la cartera dentro de la zapatilla en la playa, de introducirla en la parte delantera (el malhechor de turno sólo comprobará el talón, apunta con ironía el cómico, para risotadas del público enlatado). Y entonces, el recuerdo.

Primera adolescencia, más niño que adolescente, inocente hasta la médula (esto lo traigo de fábrica), piscina municipal en el pueblo, inmensa zona con césped, toallas por doquier, chavalería, mamis y pequeñajos, veraneantes forasteros, algún padre despistado. Ingenuidad Gran Reserva les decía: escondo mi pequeño tesoro dentro de la deportiva, junto al libro que leo, y corro a zambullirme. Vuelvo al cabo de un rato, jadeante, goteando. Todo parece en orden. La toalla, el libro, las playeras. Tumbado boca abajo, me seco las manos y, antes de abrir el libro, introduzco la derecha en la zapatilla… palpando el vacío tras el calcetín. Un vacío triste. Pruebo dentro de la otra (sabiendo que no fue la escogida), un vacío gemelo que llama a la congoja, pero ya soy mayor. No puedo echarme a llorar. Los mayores no lloriquean. Miro alrededor, chavales, adultos; gritos, risas, chapoteo. Indiferencia. Soy invisible. Podría haber sido cualquiera. Tímido en exceso, ni siquiera poseo la rabia de ciscarme en los muertos más frescos del ladronzuelo (como haría en la actualidad, más revertiano que nunca). Mi joya: un reloj digital, con cadena metálica, regalo de mamá y papá (lo usual). ¿Y saben qué? Aquel modesto tesoro era especial para mí. Lo adoraba, con su pantallita acorde a mi muñeca de niño, su cierre metálico que hacía clic, el modo cronómetro con el que contaba las horas de estudio y lectura, pero, sobre todo, me encantaba por su alarma. No emitía ruiditos electrónicos, ni pitidos desagradables, ni siquiera piezas clásicas o cancioncillas modernas; lo utilizaba para despertar o para ser avisado del comienzo de mis programas favoritos: La vuelta al mundo en ochenta días; Dragones y Mazmorras; Fama: que se estrenó en España el veinte de febrero del ochenta y tres…: “Tenéis muchos sueños, buscáis la fama; pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor”. El reloj producía entonces un sonido musical que me subía el ánimo, una especie de himno para mí desconocido.

No pretendo imitar la historia de Butch (Bruce Willis) y su reloj en Pulp Fiction, la mía es menos escatológica, más mundana; sin embargo, aquel reloj había sobrevivido a mi primer atraco sufrido el verano anterior. Tendría unos doce o trece años (más niño que adolescente). Acudía con mi hermana mayor a clases de mecanografía. Academia en el centro de la capital riojana. Armatostes mecánicos de teclado “ciego”, sin letras, números o símbolos; ocho teclas rojas, para apoyar los dedos principales, el resto, de color crema. Pantalla blanca enfrente, sobre la pared, donde se mostraría el texto a seguir. Auriculares: la voz del formador: “cu, a, zeta, espás; uve doble, ese, equis, espás; e, de, ce, espás...”; el dedo meñique (débil) apenas marcará una sombra de sus letras correspondientes sobre el folio. Así lo recuerdo, ‘espás’ o algo parecido indicaba que debías deslizar la palanca del carro.

Escapa a mi recuerdo el motivo, pero aquella calurosa tarde acudí por mi cuenta (flying solo, ¿recuerdan?). Mi hermana se incorporaría más tarde.

Llego temprano, me entretengo mirando un escaparate junto al portal donde se encuentra la academia.

Portal fresco, en penumbra. El tipo me ha engatusado, para que entrara, con una artimaña de primero de EGB (acorde con mi inocencia). Da un portazo. Tan sólo una cuchillada de luz bajo la puerta. Tomo conciencia de que algo va mal. Intento no temblar. El chaval me saca tres años y dos cabezas. (Me engañó su adolescencia. Deseo rezo porpensar que si hubiera sido un adulto no hubiese accedido, habría salido corriendo). Me agarra del cuello de la camisa con una mano mientras cachea mis bolsillos con la otra. “Quieto”, dice. Los ojos verdes me escrutan, más curiosos que otra cosa. “No llevo dinero”, logro decir con la boca seca. Aun así, termina el registro, bolsillos traseros (la indefensión es bloqueadora a la par que humillante). Ve el reloj, agarra mi muñeca. “No, por favor, el reloj no”, digo sin llegar a decirlo. El sujeto deja caer mi mano, tal vez ante la inutilidad comercial de un reloj infantil o conmovido por mi cara. Quizás el muchacho tenía su corazoncito. Me empuja al ascensor (pionero en su modernidad); desde afuera presiona el botón del último piso (conocedor del terreno): “Cuando llegues arriba, espera cinco minutos”, dice, como si hubiera planeado el asalto viendo Sábado Cine. Las puertas se cierran de forma automática y un movimiento brusco me eleva hacia la salvación. Aquella tarde descubrí una palabra nueva en el diccionario de la vida: ‘miedo’. Pasé días viendo aquella mirada allí donde fuera, aquel rostro suavemente agitanado, los ojos atigrados, de un tono marrón verdoso, que lucían en la oscuridad, como los del mismísimo diablo.

Jorge, cariño, ¿qué ha pasado hoy? Has cometido muchas faltas en el texto dijo la profesora, delante de mi hermana. Entonces lo conté todo.

 Un día investigué, pregunté aquí y allá por la dichosa canción que me hacía feliz (no existían aplicaciones que buscaran melodías, ni siquiera los móviles ni internet), y averigüé que se trataba de Flor de Escocia, himno oficioso del país… como si de una premonición se tratara. ¿Quién me iba a decir, por aquel entonces, que siglos más tarde el himno robado regresaría a mí aquella vez primera, cuando quedé embelesado ante un gaitero boina con pompón, kilt, medias que, relajadamente marcial, tocaba aquel instrumento celta frente al paso de cebra que cruza Waverley Bridge, al borde de los jardines de Princes Street? Maravillado ante aquel sonido familiar, pensé: “he retornado a la infancia”.

Flying solo, en auge, reflejo de esta sociedad que desprende egoísmo, avaricia, envidia y estupidez.

En todo esto pienso mientras abro la tapa del portátil, entro en el navegador y tras teclear con rapidez (¡aquellas clases de mecanografía!), cliqueo la casilla ‘Destino’.

 

 

2 comentarios:

  1. Grandes coincidencias de la humanidad: en nuestra generación, la mecanografía era algo (los padres que entendieron que tanto el inglés como teclear muy rápido serviría de algo en el futuro).

    Pienso en ti entrando en ese portal y siento el miedo: tremendo…

    Pues post: gracias por compartirlo.

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  2. Hola, Paquito. Yo hice el cupo completo (benditos mis padres): mecanografía, colonia inmersiva de inglés e informática básica (basic para principiantes). Lástima que después, por mi mala cabeza, no me haya servido mucho. Bueno, al menos puedo teclear mis batallitas sin dejarme la vida en ello.
    Sí, me cagué vivo. Las cosas como son.
    Un saludo.
    Pronto visitaré Holanda...si te hace un coffee/beer...
    Dime por privado:
    fargaditasenedimburgo@gmail.com

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