lunes, 22 de diciembre de 2025

F235 - Realidades paralelas (Bilbao) (y II)

La cafetería es enorme, a quién puede extrañar. Nos encontramos en Bilbao, donde ostentan el récord mundial a la mayor lata de sardinas expuesta en exteriores ─lo llaman museo de arte contemporáneo, para darse importancia─ escoltada por un gigantesco cachorrito vegetal que algún día cobrará vida ─por una lluvia radiactiva─ y sembrará el caos en la ciudad, a lo Godzilla, derribando edificios, pisoteando peatones y vehículos. ¡Todo a lo grande!, Bilbao Experience.

Centrémonos, que los nervios disparan el nivel de tontuna.

Observo más gentío de lo esperado, muchos más participantes. Decenas. Nos van a dar la una y las dos y las tres, como dice el bueno de Sabina. Ignoro si es debido al consabido: ‘por el norte no se liga nada’, o fruto de la mera casualidad. La gente se siente sola, hiperconectada con miles de amigos internáuticos pero sola, y hay una epidemia voraz de separaciones y divorcios, sobre todo en mi rango de edad. Qué divertido, todo.

Algo novedoso para mí: la diversidad de edades. Se han establecido varios grupos, por no mezclar jovencitos con no tan jóvenes. Pertenezco al grupo de veteranos de guerra, factor deprimente desde la casilla de salida. Sin embargo, no son demasiado estrictos y se cuelan personas de edad menor. Incluso algunos lucimos un aspecto más jovial que lo indicado por el maldito deneí. La sensación: un batiburrillo que se les ha ido un poco de la mano.

El amor no entiende de edades, es ciego, sordo y mudo, a veces incluso algo estúpido.

Reservado el espacio para el evento al fondo del bar, lejos de la barra, de la televisión y su Athletic Club, de la puerta que trae ruido y corrientes de frío a cada rato; lejos de los parroquianos que vociferan y engullen pintxos; lejos de los papás modernos y cuarentones con gorrita de beisbol, destornillador en una mano el combinado que no la herramienta y el hijo pequeño en la otra.

Se trata de mesas minúsculas, demasiado arrimadas; flota un continuo murmullo una vez comenzado el juego. Llegan a tus oídos los cuchicheos del binomio vecino. Difícil concentrarse en tu propia batalla amorosa. Parecemos colegiales haciendo algún trabajo por parejas, pero todos juntos, bajo la mirada vigilante del profe, reloj en mano. Hay risas, chascarrillos, nervios ante el cronómetro a cero. Sobre cada mesa una velita eléctrica romanticismo 2. 0, no juguemos con fuego que bastante caliente está la cosa, es el mensaje subliminal. Bueno, como dicen en mi pueblo: menos da una piedra, la intención es lo que cuenta.

El camarero realiza pasadas de reconocimiento para asegurarse de que Cupido no se queda sin munición alcohólica, mientras que las flechas pringadas de veneno amoroso corren por cuenta del querubín, son su responsabilidad.

Hay de todo, como en botica, de uno y otro bando. Parecemos soldados en primera fila de combate. Carne de cañón. Luchadores cuerpo a cuerpo, a distancia de sablazo o achuchón. De todo hay: altos, bajas, gordos, flacas, rubios (un decir, imperan la calvicie y el tono grisáceo), morenas, incluso diviso una pelirroja que me trae gratos recuerdos escoceses.

Duelos curiosos, siempre hay uno que habla más, incluso atropelladamente, queriendo vaciar sus cartuchos a quemarropa sobre el enemigo antes de que éste comience a disparar. Otros enfrentamientos resultan más equiparados, ambos contendientes intercambian halagos, frases y párrafos como quien intercambia puñaladas pasionales a distancia mortal. Se dan miradas y desvío de ellas. Hay atrevimiento, timidez, incluso alguno roza el éxtasis o el aburrimiento. Cupido, arco en ristre, revolotea ojo avizor, gotea el sudor sobre su frente porque el pobre no da abasto. Semejante multitud ansiosa de romance y yo con cuatro míseras flechas en la aljaba, piensa.

El camarero uniformado, profesional, sobrevuela entre las filas de mesas cual águila real sobre desfiladero, todavía sorprendido por la sed que produce la seducción.

¡Jefe, sirva una copita más, no me tenga que levantar! El calor del amor en un bar, y todo aquello que cantaba Gabinete Caligari.

Y el tipo sale raudo de la sala para rellenar la bandeja con jarritas de líquido ámbar cuya espuma posee una misteriosa sustancia que suelta lenguas, calma nervios y tira de las comisuras de los labios buscando la sonrisa del sediento ligón. Ríanse de la poción mágica que proporcionaba fuerza sobrehumana a los galos de Astérix. El druida Panoramix, un simple aficionado.

¿Qué hago aquí?, me digo al sentarme en la cuarta silla, contando mi vida por fascículos a desconocidas. Yo, durante toda la vida, sólo quise descubrir el secreto azul que ocultan los ojos de la dulce Sara; llevarme a la última rubia al asiento trasero del Cadillac; deseé que la noche se llevara los cuadros, la cordura y la fe; soñé con ser el duende cómplice del viento que se escapa de madrugada para colarse por tu ventana; anhelé desatar el nudo de tu garganta, atarte a la pata de la cama, enterrarme en el horno de tus mantas. Tan sólo quise vivir todas aquellas canciones, echar la llave de la habitación Azul Añil del hostal y aislarnos del mundo por mil y una noches.

Alcanzo la mesa número siete y un resplandor me ciega. La mujer allí parapetada ha de disponer al menos de cuatro o cinco velas sobre la mesa. Debe de gozar de un buen enchufe con Iberdrola malísimo el chiste incluso puede que ejerza de ejecutiva agresiva con despacho en el último piso de la torre de la luminosa empresa.

Pero no, tan sólo hay una velita, como en el resto. Sin embargo, el fogonazo me envuelve. ¿Qué será, será? Son sus ojos, que reciben la minúscula luz y la multiplican por cien mil. Pozos de líquido verde con puntitos amarillos que le confieren un aire de cuento de princesas. Labios pintados de rosa chicle, ligeramente gruesos y, descuidadamente, entreabiertos, mostrando los incisivos, con un huequecito entre ellos donde quisiera perderme y jamás ser hallado; ignoro si el grosor es debido al ADN o gracias a la química contemporánea. Cabello negro, recogido con esmero, pero un poco asilvestrado (mechones caen, descuidados, sobre sus pómulos). Viste un top leopardo de generoso escote. Me mira con fijeza al sentarme, las larguísimas pestañas made in Taiwan llaman mi atención, aletean como alitas de colibrí o de las cien golondrinas de Duncan Dhu que vaya usted a saber dónde irán, aletean dos, tres, cuatro veces y mis rodillas no pueden más. Agarro el borde de la mesa y tomo asiento cruzando los dedos para que la damisela no perciba el temblor. “Que no huela tu miedo, Jorge, por tu padre, que no lo huela”. Sujeto con firmeza la bebida no vaya a tropezar y tirársela encima. Ya está, me digo, no buscaré más, se terminaron las citas rápidas, las páginas de aparejamiento, las excursiones al Mercadona; acabo de hallar a la madre de mis futuros cuatro hijos (“A buenas horas, mangas verdes”, susurra la vocecita cojonera). Mi cerebro comienza a crear burbujitas llenas de imágenes, bocadillos de tebeo: me veo junto a ella, vestidos ella de blanco con un ligero abultamiento a la altura del vientre y yo de pingüino, frente al altar de la iglesia de mi pueblo, ante a aquel solemne y dorado retablo mayor de 1648, el orfeón con sus mejores galas cantando sus últimos éxitos después de escucharse la marcha nupcial de Mendelssohn; nos veo ante un sacerdote jovencito de origen nicaragüense, Sí quiero, Puede besar a la novia, y todo eso.

Es algo más joven, unos cuantos años, tal vez se haya equivocado de grupo, o ha querido participar en varias tandas. Pero a estas alturas no somos críos. Me mira curiosa, quizás tantea mi edad real, espero que no salga corriendo cual Novia a la Fuga al averiguar que la cifra no cuadra con mi aspecto.

Mil frases de comienzo pelean en mi mente, ‘Qué ojazos tienes, hija mía’, acude una y otra vez, desbancando a todas las demás. No puedes decir eso, Jorge, acabarás detenido por la Policía Autonómica por halagar a una dama sin haber rellenado la SCLPPD pertinente (Solicitud de Consentimiento para Lanzar Piropo a una Persona Desconocida). Aunque quizá sea excluyente, teniendo en cuenta la clara naturaleza cortejadora del acto, en lugar privado y bajo supervisión. Con los nervios no se me ocurren más que estupideces. Opto por la sencillez, a riesgo de perder para siempre a la mujer de mi vida.

Hola… Olatz, ¿qué tal? consigo decir tras leer la pegatina sobre su pecho. El paladar es una lija implantada. Realizo un esfuerzo infernal para no beber la mitad de la jarra. Todavía no, me digo, que no adivine tu azoramiento.

Ha dejado de parpadear, gracias a Dios por los pequeños favores. Entonces dispara a bocajarro, sin advertencia alguna, sin anestesia:

¿Qué música prefieres, Maluma o Bad Bunny?

De repente, todo se desvanece. Incluso baja la luminosidad. Las burbujitas mentales van estallando, una por una: el altar, plof; el vestidito abultado, plof; el orfeón del pueblo plof; el curilla hispano-americano, plof.

Sonrío, de pronto sosegado, como si me hubiera metido litro y medio de tila por vena.

Me temo que soy más de Extremoduro, maja. (Tecleo señalando al Cielo, Robe).

¿Extremoqué? dice la muchacha, que no es tan muchacha, alzando las cejas, mirándome como si hubiese pronunciado otra lengua. Y definitivamente así es, hablamos diferentes idiomas, habitamos mundos distintos, deambulamos en realidades paralelas como si fuéramos los protagonistas de Stranger Things.

Cinco minutos.

Grita la estridente alarma desde el móvil del organizador, quebrando la atmósfera; nos damos la mano, “Un placer”, me levanto y, cerveza y folio en mano, me aproximo a la mesa número ocho, a la nueve, la diez…

Grita la sirena y luce otro pedacito de esperanza, otra velita eléctrica.




 

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

F234 - Citas a la carrera (Edimburgo... Bilbao) (I)

 Una vez plegada la cortinilla del confesionario ─”Avemaríapurísima”─, sigamos con los pecadillos ─puño contra el pecho: “¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!”─ o su carencia: nunca tomé drogas (salvo las de garabato médico y cajita precintada). Ni siquiera robé una calada de aquellos canutillos de la risa que pululaban por todas partes durante la adolescencia. Nada. Cero. Nothing de nothing. Siempre me bastó con el exceso alcohólico, mucho más auténtico, castizo, más nuestro. Uno es prudente, pero no una ameba.

Así que calculen ustedes la cara que mostré tras leer aquel anuncio pegado sobre la pared en un pub de Edimburgo, hace un par de siglos: Saturday night: speed dating. Join us and enjoy!

A cuadros escoceses me quedé, imaginando una hilera de mesas, dispuestas con su tapete rojo, una bandejita plateada, tubitos metálicos y paralelas rayas del infame polvo de tonalidad blanquecina manchada: speed, la cocaína para pobres. Y es que el concepto de dicho dating era nuevo para mí.

Sencillo era el asunto, tanto que incluso parecía funcional. Quince mujeres, quince hombres, quince mesitas a la luz de las velas. Música romántica de fondo, muy suave, para no impedir las conversaciones. Las chicas sentadas, los chicos moviéndose de una mesa a otra. Dispones de cinco minutos para charlar con tu pareja. Cinco minutos para hallar el amor de tu vida. Cinco minutos para disparar la flecha, guiñar el ojo, contar un chiste, secar el sudor de tu mano nerviosa. Cinco minutos para decir: “Quédate conmigo”, sin llegar a decirlo.

Pegatina, en forma de corazón, donde escribes con rotulador grueso: tu nombre, alias, o mote de guerra. Los dígitos que confiesan la edad son opcionales, aunque sin duda serán buscados durante la breve charla. Adherida sobre el pecho, la frente o el bíceps. Depende de la personalidad y del humor que gastes. Un mazo de tarjetas de cartón ocupa el centro de cada mesa. Aquéllas, similares a los naipes, de tamaño algo superior a las de visita. Boca abajo, ocultando el misterioso texto, o quizás dibujo del anverso. A cada lado, frente a la silla correspondiente, un bolígrafo con publicidad cervecera: Tennents lager, Caledonian brew, acompañado de un folio en blanco, su finalidad nos explican: anotar datos sobre cada persona frente a ti; un retorno al instituto para desempolvar la técnica de tomar apuntes a toda leche, si así lo estimas conveniente. Información es poder, dicen los que saben de guerras. ¿Y acaso no es el Amor la más cruenta de ellas?

Elijo numerar mis objetivos, por orden de avistamiento próximo: el común encabezamiento ocupado por datos tan aburridos como necesarios porque a veces la vida no entiende de romanticismos: ¿nombre, edad, hijos, un Ex tronado?; añado pistas para disponer durante el repaso de selección: Ojos negros donde sumergirse; altísima, misteriosa; bajita, simpática; sosa y distante, le aburro; lista como ratón colorado, cabello pajizo a lo chico; de Glasgow y acento que lo corrobora, mirada atrayente a la par que peligrosa; de Edimburgo, residente en el barrio chungo junto a Leith; francesa que añora su hogar y los cruasanes; diosa pelirroja de las Highlands; millonaria con mucho tiempo libre; boxeadora con cara de pocos amigos…

Las tarjetitas colocadas boca abajo son parte del juego. En caso de quedarse en blanco por un exceso de timidez, fascinado por la belleza frente a ti u horrorizado por su loca mirada serán extraídas, una por una, por turno. El texto, acompañado a veces por una caricatura, contiene frases, preguntas, un tema para romper el hilo, para superar el miedo al vacío (el pánico a la página en blanco en otra de sus versiones). Cuestiones originales, manidas, curiosas, absurdas, divertidas, temerarias… ¿Qué tres objetos llevarías a una isla desierta? (“No digas un libro, no digas un libro, no digas un libro”); ¿Star wars o Star trek?; ¿En qué país vivirías?; ¿Pepsi o Coca cola?; ¿Qué superpoder escogerías?; ¿Qué harías conmigo, a solas, en un búnker durante un ataque preventivo de la URSS?...

Cinco minutos, bajo cronómetro, contemplando aquellos ojos nuevos, aquellos labios que susurran palabras en inglés con acento Scottish. Cinco minutos evitando decir: “Sorry?” en demasiadas ocasiones, tirando de contexto para vislumbrar las imágenes tras las palabras, pues resultaría poco romántico, e interruptor, un constante no entender. En ocasiones, la comunicación está sobrevalorada, en otras es esencial. Cinco minutos, trepando muros lingüísticos o dejándote llevar. Cinco minutos buscando una mirada que te desnude, que diga ‘cómeme’, una boca que murmure “sácame de aquí, perdámonos más allá de los siete mares…”. Entonces, no hay datos, medidas o logística que se interponga. Complicado, por supuesto, pero vinimos a jugar. ¿Quién dijo miedo?

Vencido el tiempo, un bocinazo a lo Harpo Marx, música a tope durante unos segundos, suena el himno oficioso escocés por excelencia: Five Hundred Miles. Los muchachos se levantan, nos levantamos, y brazos en alto o en jarras, bailoteamos hacia la siguiente mesa al son de la cantinela. Danzamos hacia la siguiente mini cita, hacia la siguiente dama, hacia la próxima batalla. Una ventaja, con tal artimaña, ellas nos reciben de buen grado, entre risas y silbidos. Alguna se anima, e incorporada baila para recibir a su caballero, brillo en los ojos, bolígrafo en mano y pegatina sobre un pecho.

La cerveza ejerce su oficio, eterna compañera, abriendo mentes, extrayendo palabras, calmando corazones desbocados. La cerveza se disfraza de pócima mágica, de líquido ámbar con poderes amorosos. También tiene cómplices, sobre todo entre ellas: botellitas de bebidas preparadas: el vodka con naranja prevalece, el G and T le pisa los talones.

Al final rellenas la ficha, cual funcionario aburrido a la vuelta del café. Puedes elegir hasta tres candidatas, como si ocuparan un pódium imaginario: primera, segunda, tercera. La cosa funciona, o al menos puede comenzar, si una de las escogidas también escribió tu nombre. Sin importar la posición, el color de la medalla. Entonces surge el famoso match, y los organizadores facilitan los datos de contacto a los afortunados, los de ella para él y viceversa: número de teléfono, dirección de correo electrónico (todavía no existía el Insta, imagínense. Imperaba correocaliente-punto-com. Más adecuado para estas lides, ¡no comparen!).

Así descubrí el mundillo de las citas rápidas, un mero juego, un entretenimiento, un modo como otro cualquiera de practicar idiomas… la oportunidad de encontrar el amor de tu vida. ¿O vas a seguir buscándolo en el Mercadona, con la piña, los cocos o la maldita acelga dentro del carro? Aparte de la escocesa, he participado en otras dos o tres ocasiones, que recuerde, ya en terreno patrio. En una de ellas, cuando alcancé la mesa número diez, me encontré con una muchacha con quien había compartido el relato de nuestra vida, obras y milagros, y alguna que otra copa, meses atrás (la Ciudad del Silencio es un pañuelo). Nos sonreímos cómplices, tomé asiento, cerveza y folio en mano: “¿Leire, hija, y qué te cuento yo ahora?”. Ella ensanchó la sonrisa, robó una tarjetita y me la ofreció. Hubo algún match, en diversos territorios, alguna segunda cita, incluso tercera, más la cosa no cuajó. Al menos hasta ahora. ¿Quién sabe si la próxima vez? Con la edad nos volvemos exigentes, caprichosos, maniáticos, creídos, estúpidos… cuando en realidad somos pobres almas solitarias en busca de un poco de calor, una peli compartida, una confidencia, un “Cariño, no vas a creer lo que me sucedió hoy en el trabajo”, un remedio para el SPF (Síndrome de los Pies Fríos) …

Y uno ya no es Brad Pitt… nunca lo fue.

Todo esto cavilaba, sin aparente motivo, hace un par de semanas, ocioso en el sofá, dedito sobre la pantalla infernal. Scroll down, lo llaman, explorando el caralibro, bajando y bajando y bajando hasta el infinito y más allá (el diseño carece de fin, para que asesines minutos y minutos, incluso horas), entre memes, vídeos de perritos entrañables, de gatos cabrones, de bebés que te comerías con patatas; de lerdos haciendo lerdeadas, de borrachos haciendo cosas de borrachos; vídeos musicales, chistes prohibidos y politiqueo que produce arcadas y tratas de pasar lo más rápido posible: abajo, abajo, abajo. ¡No pares, sigue, sigue, no pares! Sólo falta el puto Chimo Bayo, con sus lacasitos de colores, gritándote al oído: ujááá. Un enganche sin fin. La heroína del siglo XXI. Tiemblo al pensar, si este cacharro logra engañarme a mí, con los años de mili a la espalda, qué provocará en la mente de un preadolescente.

Entonces mi dedo se detiene. Los ojos se agrandan. No, no puede ser, ¿en serio? El invento maligno me leyó la mente. Leo un anuncio, la leyenda sobre fondo rojo.

Speed dating

Bilbao 2025

El Amor es una Lotería

¿Y si toca aquí?

¿Y si encuentras tu alma gemela?

¡Atrévete!

 

Y en letra minúscula: *tiques a la venta: 15€, dos consumiciones incluidas (Bizum).

Lo leo, releo y vuelvo a leer. La vocecita cojonera: ¿Estás vivo no? ¿Nacimos para jugar o qué? ¿¡Qué somos, leones o huevones!?

Muevo, con delicada firmeza, el dedo índice y cliqueo sobre el enlace: Apúntate.








 

lunes, 1 de diciembre de 2025

F233 - Sintiendo colores (Madrid) (y II)

Lo confieso, he pecado. Les mentí a todos ustedes. O más bien, no dije la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad (sí, crecí viendo pelis de juicios yanquis, y me enamoré de Ally McBeal). Lo que decía, no fui del todo sincero. Pero deben comprender que la primera línea escrita ─el primer párrafo─ es fundamental para captar la atención del lector. Para agarrarle de la pechera y decirle: “No te muevas, y sigue leyendo”.

Hubo otro motivo para mi escapada a los Madriles, un motivo más poderoso todavía si ello es posible que el modesto y personal homenaje a Reverte y su Capitán: un musical, El Rey León, en el teatro Lope de Vega.

Llevaba siglos escuchando: “¡Jorge, has de verlo, es impresionante!”, “A ti que te gustan los animales y los críos”. “Tú, que asistías a los estrenos de las películas de Disney, Pixar, Warner y demás: Aladdín, La Bella y la Bestia, Cenicienta, La Bella Durmiente, Tarzán y un largo etcétera”. “Tú, que lloraste en más de una, incluida la original de Toy Story”. “Jorge, debes ver El Rey León”.

Entre semejante presión entrañable y la sempiterna “amenaza” de su pronto retiro de la cartelera madrileña, no quise aplazarlo más. Siempre toda la vida aguardando la compañía perfecta para estos eventos, sí, hablo de “Ella”. Cómo no. Al final, uno ha de disfrutar consigo mismo, porque me ha dicho un gorrioncito que esto no para, que un día zas, te pican el billete. Agur, Ben-Hur, no más teatro, no más cine, no más libros.

Además, pensé. ¡Eureka!, eso es. Acudiré al gran musical, después me encerraré en el cuarto del hostal en su ansia hotelera pusieron escritorio, y, cuaderno y boli en mano, relataré lo allá acontecido, haré tal descripción del evento que producirá el éxtasis al más insensible de los lectores; expresaré sentimientos, transmitiré la magia que sube desde el escenario, tocaré los tam-tam, timbales, trompetas y demás instrumentos a través del teclado; llenaré la pantalla de colores, danzas, sonidos, y disfraces, y ustedes lo disfrutarán conmigo. Les hablaré de cada personaje, apuntaré sus nombres: Simba, Mufasa, Scar, Timón, Rafiki, Banzai, Pumbaa… y el resultado será tan brutal, de tal exactitud, que la mismísima Disney me amenazará con una denuncia millonaria (en dólares) por plagio e intento de explotación de idea artística.

Pero, a veces casi siempre el que dirige el cotarro guarda, bajo candado, en su cofre misterioso otros planes y, sonriendo, extrae la goma Milan 430 y hace un borrón con tu boceto mental.

Nada más posar la vista en ellos, supe que ella secuestraría la próxima Fargadita.

Llegué con suficiente antelación una vez agonías, siempre agonías esperé la extensa fila; por suerte, la cosa iba ligerita. La noche madrileña luce espectacular. Primeros adornos navideños, luces de colores, villancicos; gentío por todas partes, como si no tuviera casa. Risas, griterío, niños por las aceras. Libertad, que diría aquella. Chavalería de punta en blanco, buscando emociones, aventura, pedacitos de vida sin saber que ese instante será recordado para siempre. Y añorado tanto, tanto… que, dentro de veinte, treinta años les dolerá como un miembro amputado.

Anfiteatro. La butaca, afortunadamente, se halla cerca de la puerta de acceso. Me acomodo con el debido tiempo. Hago un par de fotos con el móvil, de postureo y pretendido recuerdo (que borraré en unos meses, cuando el cacharro empiece a dar la murga: memoria al 98 por ciento). Apago el invento del maligno, y aguardo a que den la consabida voz: ¡Todos a sus localidades que esto empieza!

Un trío peculiar enfila la hilera de adelante. Dos mujeres, veteranas, con el cabello corto y de diversa tonalidad blanquecina: uno alternado con vetas grises y el otro totalmente blanco. Ambas de baja estatura, la de cabello albino un poco más alta. Y el tercero en discordia: un gentleman. No se me ocurre mejor descripción, porque son británicos al cien por cien. Apostaría todos mis libros. Tipo alto, fino, cabello pajizo y escaso en la coronilla, de ojos claros y sonrisa complaciente; luce camisa sin corbata y chaqueta tweed de color beige. Entonces, recuerdo y añoro y lloro la ausencia del gran Javier Marías, quien lo habría descrito a la perfección. Toman asiento por orden de estatura, ¿adivinan ustedes quién lo hizo delante de mí? Exacto, el larguirucho y arrogante caballero. En fin, cosillas del directo. Habrá que menear la cabeza para esquivar el obstáculo. Ya sabía yo que pillar la butaca número trece (solitaria en la pantallita) no era una buena idea, y aún peor siendo martes. ¡Cachis la mar! La cabeza del británico me roba un pedacito de escenario. Espero que los saltimbanquis estos se muevan lo suficiente (los artistas, digo) y así no pierda mucho espectáculo.

En ese momento, entran ellos Ella por la misma puerta que yo utilicé.

Una chica y un chico. Les llamaré Lucía y Sebastián. Jóvenes, no creo que alcancen los treinta y cinco años. Bien vestidos. Una chaqueta oscura, él. Un plumífero largo, ella. El varón es más alto, delgado, pobre de cabello. Protector, lo intuyo desde el primer minuto. La acompaña con mimo. Ella, con linda melena castaña, se deja llevar, confiada, agarrando su codo. Camina despacio, con la mirada hacia adelante, no mira hacia el suelo, ni a la gente. Se deja hacer. Entonces, lo comprendo todo. Lucía es invidente, o padece muy reducida visión.

Localizan sus butacas, a mi izquierda, al otro lado del pasillo. Toman asiento. No puedo evitar seguirles con la vista. Lucía, junto al pasillo, a su izquierda Sebastián. Se quitan los abrigos.

Lucía parece tranquila, relajada, pero sus manos la delatan. Revolotean aquí y allá como golondrinas buscando hueco bajo el alero. Sin embargo, abre el bolso-mochila, extrae un termo de agua, esos modernos que mantienen la temperatura blanco, adornado con florecillas, lo desenrosca, bebe pequeños tragos, vuelve a poner el tapón, introduce la botella y cierra la cremallera; todo ello con unos movimientos tan precisos que recuerda a las muñecas hiperrealistas tan en auge en los videos propagandísticos de la Inteligencia Artificial. Ni un temblor, ni una duda, los ágiles dedos haciendo su labor con una seguridad aprendida, entrenada… necesitada. Quedo admirado, yo que a veces necesito tres intentos, o más, para poner el estúpido tapón a la botellita de plástico (y peor ahora, desde que algún bobochorra de traje, aipad y poltrona en Bruselas decidiera fijarlo a la botella, complicando la maniobra).

Continúo echando algún vistazo que otro a la joven.

A cada movimiento, una mano acompaña a la otra, como si la escoltara de alguna forma. Palpa el reloj modelo Smart lo acerca al rostro como si pudiera ver un poco, toca la pantalla y lo aproxima al oído. Tal vez para que el aparato le informe de la hora o transmitirle algún mensaje por audio. No parece nerviosa, pero se acaricia una mano con la otra. Concretamente el pulgar de una sobre la palma de la otra, dibujando pequeños círculos. Un gesto (compruebo sorprendido) que pertenece a otra persona que conocí hace unos años, en otra vida. Ésta lo utilizaba para serenarse, para dejar aparcada la ansiedad interna.

Se apagan las luces, tras el consabido aviso por megafonía (anuncio con el acento característico de una mujer con raíces africanas). Justo antes, un joven, de piel oscura y musculado paseó un cartel por los pasillos: “No está permitido tomar fotografías ni realizar ningún tipo de grabación”.

Comienza el espectáculo y el mundo se detiene.

La obra, sencillamente espectacular (a pesar de la riqueza de nuestro idioma, no hallo las palabras para describirla con justicia, mea culpa). Tanto colorido, danza, personaje y movimiento que hay veces que no sabes donde posar la vista. Todo envuelto por aquellas melodías que ejecuta la orquesta produciendo mil y un sentimientos. Incluso logra que me olvide un poco de la pareja. A mi pesar, lanzó algún que otro vistazo a la izquierda. Lucía dirige el rostro, ligeramente inclinado, hacia el escenario. Sus manos permanecen quietas, una sobre la otra, sujetando el bolso sobre su regazo. Sosegada, con su chico amado, sorbiendo vida, sintiendo colores.

Y yo preocupado por una ínfima parte del escenario oscurecida por una cabeza. A veces, la vida te da un bofetón con la mano abierta, mostrándote cómo otros pelean en condiciones bastante peores sin detenerse a lloriquear por sandeces.

Tras el intervalo ─aprovechado para estirar las piernas y pasear por el corredor; lo de acceder al servicio hubiera puesto en riesgo de suicidio al Santo Jobcontemplo, agradecido, que los súbditos de su Graciosa Majestad han tornado puestos; supongo que el gentleman no soportó el pitido de oídos causado por mis maldiciones mentales, y tomó asiento en el extremo. Durante el segundo acto, contemplo el escenario en su totalidad, a la perfección. Entonces, miro de soslayo a la joven, Lucía, sus manos permanecen quietas, una consuelo y escolta de la otra. Observo a Sebastián, quien constantemente se asegura de que ella esté bien, que inclina su cabeza para susurrarle algo, palabras de amor, descripciones del escenario y de los artistas, promesas de íntimos lances… O, al menos, así me gusta interpretarlo.

¿Aprendiste algo hoy? Me pregunto, colocándome la chaqueta al pisar la acera, aún con la emoción por la obra, por algo más impregnándome el pecho y aguando mis ojos. Lo mencionado, en ocasiones, la vida te suelta una colleja para que ceses de quejarte por ñoñerías, que si mis piernas, que si los pies, que si la espalda…








viernes, 21 de noviembre de 2025

F232 - La vida son canciones (Madrid) (I)

Cada cual es dueño de sus propias locuras. Unos se dejan la vida corriendo maratones, otros ven las ocho temporadas de Juego de Tronos en una sentada, incluso los hay que permanecen veinticuatro horas en la calle para entrar a un concierto de los Backstreet Boys. Yo planeo visitar la tierra del Capitán Alatriste para leer las últimas páginas de su postrera aventura: Misión en París.

Lo suyo sería hacerlo, al calor de un vino peleón, en la taberna del Turco, pero temo que el garito habrá cerrado sus puertas desde el siglo XVII. Optaré por explorar las callejuelas que Diego recorrió en numerosas ocasiones, pasear por el barrio de las letras donde Lope de Vega y Quevedo obtuvieron inspiración. Imaginando cómo se verían, durante aquel tiempo, los angostos callejones con adoquines relucientes de lluvia, en penumbra apenas quebrada por la luz amarillenta de una antorcha sobre la puerta de la cantina, deseando a la par que temiendo vislumbrar una figura embozada en la boca del callejón.

Así que, aprovechando que el Ebro pasa por Logroño y que dispongo de unos días de asueto: fruto de sudor entre cajas, sacos y paquetes lleno mis alforjas con ropajes y viandas, me acicalo y, a falta de buen caballo, monto en un tren Alvia destino Madrid, destino a la capital del imperio, sí aquél donde antaño no se ponía el sol.

Sé que obra de semejante título habría exigido viajar a la capital gabacha, disfrutar el final a orillas del Sena, hojearla contemplando las torres de Notre-Dame, incluso alojarse en la posada donde la bella y peligrosa Angélica de Alquézar recibió al joven Iñigo Balboa, o quizás acercarse a la Rochelle e imaginar las murallas, los diques, las tropas reales francesas cercándola… Sin embargo, el atolondrado capricho supera el presupuesto de un insomne currito; además, visitar París la capital del amor en solitario resultaría triste y patético, como si Íñigo fuera citado por Angélica para uno de sus tórridos encuentros y ésta le diera plantón. Menuda bajona, que dirían en Vallecas.

Al apearme del tren, no logro silenciar el estribillo, instalado cual okupa en mi cabeza desde que adquirí el tique de tren, fruto del vermú-noviembre-veraniego amenizado por un grupo flamenquito en la ciudad norteña:

Nos fuimos pa Madrid (y sin remordimiento) olé

Como un deseo infantil buscamos una pensión para comernos a besos

Sí, sí Madriiid, y sin remordimientooo

Como un deseo infantil buscamos una pensión

Para unir nuestros cuerpos

Con semejante banda sonora de El Barrio templando el alma, dejé mi gordita azul en el hostal de la calle Atocha la maleta, no una pitufina rellenita y me lancé a recorrer las callejas adyacentes, tal vez buscando la taberna del Turco, quizá cualquier taberna donde sofocar anhelos y memorias con cerveza.

Es curioso, a veces hallas lo que persigues en el lugar más inesperado. Entras en una tasca que anhela lucir moderna el eterno querer y no poder─: camareros jóvenes, tatuados y taladrados (uno de ellos guiri-vikingo para darle el toque chic ansiado), decoración vistosa, altavoces de última generación. Y allí, entre el olor a calamares y encurtidos de lata, pides una caña, distraído, y al tercer sorbo reparas en la canción que flota en el bar, casi vacío. Loquillo, confesándonos que siempre quiso huir a ele a, cruzar el charco, escapar de Barcelona, con su chica del brazo. A ver, solo el muchacho tampoco iba a fugarse, no fastidien.

El sabor de la cerveza se intensifica, por arte de magia, incluso el local huele mejor y los camareros empiezan a caerme simpáticos. Entonces, a falta del último sorbo, veinte de abril del noventa, hola chata, cómo estás. Acabáramos, “Eh majo, ponme otra caña, pero una de verdad, no la mariconada esta. Una como las del norte”. Y el mozo trae una doble acompañada de una minúscula cazuela de garbanzos con chorizo, y la cucharita correspondiente.

Si no existiera Madrí, habría que inventarlo.

Y siguieron: Rebeldes, Extremoduro; Sabina y su Madrid de ambulancias blancas y chavalas que ya no quieren ser princesas; la chiquillaaa de Seguridad Social; Fito y su soldadito marinero que también quiso jugar pero le pilló la guerra; y entonces: yo digo salta, salta conmigo, digo salta, salta conmigo, saltaaa de Tequila (les juro a ustedes, tuve que agarrarme al mostrador para no obedecer dando saltos, cañón en mano, como en los viejos tiempos de bares, luna y rocanrol), seguido de la cantinela de mi vida, esa canción “autobiográfica” que cada cual lleva prendida del alma:

Soy bastante deficiente

Me gustaría ser feliz

No tengo cuenta corriente

Dime, qué puedo hacer por tiii

Y ahora sí, vaso en ristre, con Leño surcando las venas, me bajo del taburete y a grito pelado canto penas, recuerdos y estrellas ante los sorprendidos camareros.

De ahí, charla de barra con el chaval el guiri inserta monosílabos y sonrisas mientras limpia copas nos contamos la vida, arreglamos el universo que está hecho unos zorros, nuestro país en particular y el panorama musical en general. Él, natural de León, casado con una madrileña, a la espera del primer cachorrillo. Un servidor, riojano de pura cepa, soltero y residente en la ciudad blanca del silencio.

¡Muerte al reguetóóón! ¡Aúpa Estopa! me vengo arriba.

¡Al infierno el autotúúún! ¡Larga vida a Café Quijano! se anima el camarero.

¿Para qué los psicólogos habiendo hosteleros?

Confieso que regresé al hostal con risas anegando ojos y lágrimas el alma, todo ello en modo piloto automático. Ni siquiera requerí asistencia de mi querida señorita del guguelmaps, las carcajadas que se hubiera echado, la muy.

Mediodía, y yo sin echar sólido al estómago, excepto un par de tapas, y con la carga ladeada que diría el Reverte. Por fortuna, la recepción consta de servicio veinticuatro horas (con alguna escaqueada comprensible). Pulso el timbre del portero automático porque las cifras del dichoso y omnipresente código panel con teclas junto a otros cuatro más bailan dentro de mi cerebro. Eso, o juguetean al pilla-pilla. Una de dos. Las memoricé utilizando una regla nemotécnica, ya me conocen, que si una cuenta en particular, una fecha memorable, etc. pero los numeritos no paran su danza. Alumbra la cámara insertada. Ñiiic, suena. Franqueada la entrada, opto por las escaleras porque no me fio del ascensor, una jaula de barrotes negros que se burlará de mí entre chirrido y chirrido: “Ja, ja, ja un perdedor a bordo”. Tan sólo dos pisos, sobreviviré. Pasillo largo como sábado con suegros: cuadros y lamparitas lo más cuqui, de hostal con ínfulas y precio de hotel; por fin, la esperada puerta 215. El dichoso código, de nuevo, esperaaa, un momenticooo; extraigo móvil y gafas de viejo, abro Notes: 95714, catorce de julio del noventa y cinco, a la inversa. El Pobre de mí del año más triste. ¡Eso era! ¡Cómo pude olvidarlo!

Mediante dos sacudidas arrojo las zapatillas al rincón y me tiro de cabeza sobre la piltra, blanca impoluta, con doscientos treinta cojines y almohadas que tiro, uno a uno, al suelo. Agotado de brazos por tal esfuerzo, cierro los ojos, ansiando cese el vaivén y lleguemos a puerto. “Me pusieron un colchón de agua ochentero”, pienso de manera absurda… Y entonces, reparo en algo:

¡Mierda, olvidé preguntar al camarero por la taberna del Turco!


        

                                   






 



sábado, 8 de noviembre de 2025

F231 - ¿Otra de miedo?

Doblé la esquina y confirmé mi error. El orgullo, junto a una dosis de somnolencia, ganó el pulso al instinto, a la cautela.

Mejor se lo cuento desde el principio.

Segunda madrugada laboral, martes (el día más estúpido de la semana). Todavía olía a verano, más bien al ozono previo a una tormenta veraniega, a pesar de que el otoño pedía ya paso. La víspera tuve que aparcar el viejo coche a un par de manzanas de distancia, más allá de la zona habitual.

Citar ‘madrugada’ no se debe a una mera expresión; cada cual se busca las habichuelas como puede ─o le permiten─ y a uno le cayó el premio gordo, ése que cobras a cuenta de ir a trabajar antes de que pongan las calles. Madrugada de libro de texto: para que se hagan ustedes una idea, el despertador comienza a dar la tabarra (modo vibrador del móvil, para no fastidiar a todo el bloque), cuando los niños de Weapons ─gran película─ se están poniendo los calcetines para salir corriendo como posesos. Menudo susto, me digo, salir del portal y ver a una panda de mocosos corriendo con los brazos hacia atrás, estilo avioneta, y los ojos en blanco, bajo la luz de la luna. ¡Demasiados videojuegos!

Pero aquella madrugada me aguardaba otro tipo de susto, más mundano, palpable; incluso aromático. Entonces reparas en algo que se te resiste cuando tienes pesadillas y sudas entre las sábanas: no debes temer a fantasmas, poseídos, zombis desharrapados, vampiros y demás calaña. Hay que tener miedo a las personas. Las mismas que visten pantalones y calzan sus pies, incluso se peinan. Los primeros no te causarán daño alguno.

Es un barrio joven, obrero; un barrio de padres modernos ─aros en ambos lóbulos, ellos; tatuajes varios, ellas─ y nenes de pelo revuelto tumbados en la acera (no dejes que la disciplina te estropee el titular de la tolerancia); un barrio donde la revolución se hace en forma de vermú dominical por la calle y alguna caminata popular con eslóganes manidos, pancartas agujereadas y mucha bandera; un barrio tranquilo; de acuerdo, hubo un tiroteo entre clanes (del extrarradio) hace unos meses, pero tan sólo para darle vidilla a la asfixiante monotonía que nos envuelve tan lejos del centro. Lo normal es que uno se levante a trabajar a cualquier hora de la madrugada y no le suceda nada digno de página de sucesos, nada más allá de pisar una cagarruta o esquivar algún borracho monologuista, con muchas pintas de cerveza encima, y sin pinta de gracia.

Madrugada encapotada, y oscura, esto sí, gracias a las políticas modernas y salvadoras del planeta (qué más da la seguridad del ciudadano), donde las farolas dan el mínimo de luz (amarillenta como en tiempos de Dickens) para justo merecer la denominación de farola. A esto le sumas la exhibición de jardines (cientos de ellos) cual set de película del Vietnam (acojonado voy entre las zonas verdes, siempre ojo avizor, no vaya a saltar un vietcong a tocar las narices, machete entre los dientes). Vamos, que la ciudad, este año entrante, busca la denominación más preciada, mucho más que la antaño conseguida, busca ser nombrada: Jungle Capital de Europa. Estamos a un par de árboles caídos de conseguirlo.

Camino algo empanado, es el único adjetivo que cuadra. No son horas, me digo. Ni un alma por las aceras, limitadas gracias al poderío vegetal que pretende invadirnos poco a poco, hoja a hoja. Visto uniforme de trabajo, vistoso a no poder más. Porto un paraguas plegable, y una bolsita con objetos de escaso valor, pero el omnipresente móvil es eso: omnipresente. Qué remedio, si nos están haciendo papilla la vida y nos la introducen a cucharadas a través de la pantallita. Prueben ustedes a realizar cualquier trámite sin el endiablado aparato. Además, en caso de incidente en trayecto, habría de pedir ayuda, contactar con el jefe, esas cosillas. Lo dicho, móvil, cuatro perras y documentación. Lo básico. Pero es lo Mío básico. Sin ello, te fastidian la vida por una temporadita. Lo sé por experiencia.

Me aproximo a la esquina y lo oigo.

Ruido, voces, alguna risotada. Oigo gente. Seres humanos (aún desconozco el grado de humanidad, y ahí está el intríngulis). El chivato salta, la alarma pita, el color rojo ─sangre, peligro, frenar─ ilumina el interior de mi cabeza. Son apenas unos segundos, pero yo lo sé. Y uno jamás podrá engañarse a sí mismo, por mucho empeño que ponga.

“No gires la esquina”. Asómate si lo deseas, echa un vistazo, si no lo ves claro, da la vuelta a la manzana, el coche está ya cerca. Vas sobrado de tiempo. Y todo eso… dice la vocecita.

Pero entonces, otra voz sale a escena, la voz cabrona, la que te halla la gloria o te busca la ruina: “Es MI barrio, no pienso esconderme en MI barrio, ya sean las tres, las cuatro o las seis de la mañana”. La prudencia siempre fue tildada de cobardía.

¿Qué puede ocurrir un martes?

Giro la esquina.

Vislumbro un grupo al fondo, pero ya es demasiado tarde para todo. Es más, si huelen tu miedo y advierten que varías la ruta… el desenlace podría empeorar.

Sigo caminando.

Queda mínimo espacio de tránsito, muro del edificio a un lado, selva negra al otro (sólo faltan los monos, saltando entre lianas, buscando a Tarzán).

El grupo de jóvenes ─edad confusa por la distancia─ se sitúa dentro del recoveco de una puerta trasera de garaje ─ peatonal, sucia, pintarrajeada─; guarida que suele ser utilizada por los amigos del humo y alcohol del bar próximo. Bar de horario especial, con máquinas de juego, camareras valientes y clientela de todo pelaje. Conozco a muchos de sus miembros, son vecinos; gente de barrio, inofensiva si no le das motivos para lo contrario.

“Serán estos”, pienso, visualizando rostros de la pandilla habitual, gente de cañas, porros y apuestas. Me saludarán, beodos, como en otras ocasiones, mostrando curiosidad, vacile, y un respeto que, a su pesar, no logran disimular: “¿Vas a currar ahora?”, “¿Eres bombero, o qué?”.

No son ellos.

Entonces lo veo. Más bien él me “ve” a mí. Mejor aún, me “siente”, me huele, puesto que muestra los cuartos traseros en mi dirección.

Es un perro bautizado como raza peligrosa. Me río yo de las denominaciones, se trata de un can que puede ser un peluche ─suelo acariciarlos por la calle─ o un auténtico hijo de perra (en sentido letal). Todo depende del sujeto al otro lado de la correa.

Pero no hay correa.

La bestia gira su poderosa cabeza. Me detengo por un segundo. Aquello no pinta nada bien. Agarro el paraguas con firmeza. Bien das al botoncito y te protege de las cuatro gotas que amenazan, o bien te sirve de porra improvisada. Rezo por lo primero.

Me hallo demasiado cerca para abortar cualquier opción que no sea continuar andando. Si doy media vuelta corro el riesgo de atraer al perro.

Son muchachos. Unos cinco o seis. Mi cerebro está ocupado en vigilar los movimientos del chucho (sin mirarle a los ojos, y sin dejar de mirarlo). La penumbra no ayuda. Cerebro demasiado liado para “contar cabezas” ─así decíamos en la guardería de Edimburgo, a la hora de chequear los peques dispersos (jugando unos, escondidos otros) por el patio: Counting Heads─. Sí, lo sé, un símil brutal, absurdo, pero al teclear resucito aquellos segundos de tensión, incluso transpiro. Chavales, decía, junto a la pared, no mal vestidos ─al otro lado, un patinete eléctrico tirado sobre la hierba─; el olor dulzón del hachís me alcanza antes que sus voces; parlotean en un idioma que a estas alturas no suena extraño. Aspecto magrebí, norteafricano, marroquí (quién sabe, podría ser argelino), elija el lector el término que menos castigue su conciencia, o ideología; o hagan como yo, escoja el indicado por el Diccionario de la lengua española de la RAE, moro: “Natural del África septentrional frontera a España”.

El bicho gruñe, se acerca. Protege SU territorio, instrucción grabada en los genes, en su memoria eterna. Para mi alivio observo que lleva colocado un bozal. Algo rudimentario, consiste en una cinta ancha y negra que rodea el hocico. No bajo la guardia; esa cinta ─me digo─ es de quita y pon. Cruzo todos los dedos de pies y manos porque nadie la retire.

¿Miedo? Lo cierto es que no lo tuve. Tratas de bloquear tal concepto, centrarte en salvar la situación, en alcanzar tu coche. Pero la adrenalina va por libre, a su bola.

─Oye, coge al perro, por favor ─digo, al más cercano, en tono tranquilo y amigable, con permiso de los nervios. Son cinco, o seis, y un perro chungo. Me repito, apretando el maldito paraguas. Y no tienes veinte años, ni treinta, ni siquiera cuarenta para correr o pelear, subrayo sin necesidad.

─¡Perdonna, amiggo, perdonna! ─dice, echando mano al collar del animal. Los demás se limitan a observar, pasándose el canuto.

No parecen canallas, peligrosos, delincuentes; de nuevo, elija usted lo que prefiera. Su origen no importa demasiado, lo que importa es el tipo que llevan dentro. Puede ser moro malo o moro bueno ─al igual que hay riojanos bondadosos y riojanos hijosdeputa─ incluso pudiera ser un moro bueno atravesando un mal día. Sencillo como la propia vida, ésa que gobernantes y políticos desaprensivos se empeñan en complicarnos.

Espacio angosto, entre el grupo con el perro y la selva de patín presente. Me arrimo a la vegetación asilvestrada ─es lo que tiene que un pitbull malcriado te enfile─ tratando de no perder la compostura. Sin humillar, ando erguido, miro al frente como un torero en pleno paseíllo. Uniforme cual traje de luces… o capote.

El perro se suelta, tal vez atraído por semejante colorido.

Salta hacia adelante, contra mis piernas. Tiene fuerza el jodido. Me empuja con patas y hocico, como si pretendiera derribarme. Así lo imagino, tirándome al suelo, después con una pata retira el bozal, sonríe, y clava su potente dentadura en mi cuello.

¿Miedo, yo?

─¡Agárralo, joder! ─no puedo evitar el vozarrón, marca de fábrica, junto a la cara de mala hostia.

Hay un momento de silencio que vale por tres. Incluso cesa el fumeteo.

Perdonna perdonna amiggo ─repite el tipo, de carrerilla y pobre de léxico, sujetándolo con firmeza.

Continúo caminando. Intento no mirar por el retrovisor virtual. Veo el coche, está ahí cerquita. A escasos cincuenta metros.

Treinta.

Quince.

Entro en el vehículo. Tentado de gritar: “¡Casa!”, al igual que hacíamos de críos, cuando tocabas el árbol designado y los malos ya no podían pillarte. En su lugar, hago algo que jamás antes había hecho, ni siquiera en los semáforos del Madrid nocturno, ni en los barrios chungos de Bilbao, tampoco en aquel viaje a tierras francesas para mí desconocidas: presiono el botón de cierre automático, en el salpicadero. Incluso antes de introducir la llave de contacto. Puertas bloqueadas. Arranco y comienzo la maniobra para salir del estacionamiento. Si bien antes, echo un último vistazo al Club de los Cinco ─o quizá seis─ y su adorable perrito.

¿Quién dijo miedo?




 

 

viernes, 31 de octubre de 2025

F230 - Marquitos y El Reto

Hoy es un día especial, no tecleo con la taza quijotesca a mi vera. Sustituí el café por un caldo que sorbo, a ratitos, de un bol amarillo. Sopa de calabaza. Un pequeño homenaje a Erika, que la adoraba: Edimburgo, anochece temprano, último día de octubre; luz mortecina entrando por el ventanal del living; chimenea eléctrica con sus falsos tronquitos incandescentes; aroma de calefacción, pan tostado y mantequilla. “Así huele la felicidad”, me decía yo, todo moñas (antes de que la realidad ─que negaba ver─ tirase a dar. Pero esa es otra historia, más triste que terrorífica).

Tal noche de Halloween, les decía, Erika narraba leyendas, en perfecto castellano, y luego nos acostábamos, abrazados bajo el duvet, muertos de miedo. Su amiga Kate, también neozelandesa con quien realizó un viaje por el norte de España una noche de estrellas, luna y hoguera le contó la historia de Marquitos, un niño riojano de un pueblecito en la sierra de Cameros. Y Erika la compartió conmigo:

El mes de octubre, del año mil novecientos ochenta y uno, llegaba a su fin comenzó, teatrera.

Ante mi risotada, su dulce voz tornó seria, profesional, tirando a siniestra:

“… Marquitos ya lo había decidido, quizá fuera la primera decisión seria que tomaba en su vida. La primera decisión de sus nueve años, casi diez. En realidad, eran dos decisiones, una consecuencia de la otra. La primera: iba a aceptar El Reto, harto ya de Manuel que no hacía sino burlarse de él y llamarle enano y cosas peores. Manuel le llevaba tan sólo un año, pues había repetido curso, pero era grande como un torreón, lucía pelusilla en el bigote y parecía mucho mayor. La segunda ocurriría la noche de su cumpleaños el treinta y uno de octubre tras todas las celebraciones, le diría a su madre que no le llamara Marquitos nunca más: ya era un hombre, un chico mayor de diez años; sería Marcos para todo el mundo. Lo recalcaría con el hecho de no darle, a partir de entonces, el beso de buenas noches. Esto, por dentro, le daba más miedo incluso que El Reto y, sobre todo, pena. Le hacía temblar un poquito, notaba mariposas en el estómago, porque, secretamente, le encantaba dar besitos a su madre y que ella le hiciera mimos. Pero debía ser fuerte, en unos días sería mayor. Diez años, dos cifras, nunca más dejaría que le llamaran con diminutivo.

¡Está decidido! dice, tratando de infundirse valor.

Lo que ignora Marquitos es que la noche elegida su madre derramaría lágrimas, también bajo secreto, después del no beso, y se aferraría a la almohada como nunca antes lo hizo. Y se acordaría de aquel feriante esmirriado que le robó el corazón durante las fiestas del pueblo hace diez años, dejándole un regalo que mantuvo envuelto en su interior durante nueve meses. Él nunca llegó a saberlo, se fue en busca de otros festejos, de otras muchachas. Para qué tratar de localizarlo. Ella sola podría con todo. Para más inri, el niño salió clavado al padre: flacucho, pelirrojo y con pecas alrededor de la nariz, incluso el remolino del flequillo era marca de la casa. Con dicho aspecto, podría haber nacido en Escocia, pero el padre era natural de Cádiz. Por el contrario, mostraban caracteres totalmente opuestos: el padre, dicharachero, valiente y fanfarrón, poseía aquella gracia innata que la conquistó. Su hijo, callado, temeroso y humilde y, temía ella, soso para las mocetas. Una broma del destino. En parte, sentía cierta carga de culpa, la ausencia de la figura paterna hizo que ella lo cubriera de besos, carantoñas y una coraza invisible. Y el pobre salió flojo, como decían en el pueblo.

Pero, sobre todo, a su mente acudía la figura del mejor amigo de Marquitos:

¡Maldito seas, Manuel Torrecilla! ¡Maldito seas! dijo entre dientes antes de dormirse.

Sabiendo que sólo él cabía ser el motivo de tal decisión. El muchacho artífice, entre otras hazañas, de contar a su chiquillo que los Reyes Magos en realidad eran los padres: “En tu caso, tu mami”, añadió el monstruito. Sin embargo, sabía que no era justa con el chaval, el mejor amigo de su hijo, leal como un perro, siempre protector, aunque con pocas luces.

Manuel había contado a su amigo un chisme jugoso, uno de tantos en un pueblo de escasos habitantes y largos inviernos. Decía que los mayores de octavo curso solían saltar el muro del cementerio la noche de Jálogüin (una fiesta de los americanos, decían, que aparecía en las películas y empezaba a tomar forma en España). En el interior, recorrían las tumbas, la mayoría de la vieja usanza, en la tierra negruzca y húmeda característica de la zona, aunque, según el alcalde, pronto añadirían nichos de cemento, “de los modernos”, fueron sus palabras, algo eufóricas, como si el sepelio fuera parte del programa de las fiestas patronales.

Entonces, continuó Manuel, gastaban bromas y se escondían, tratando de asustarse unos a otros, y al final, cansados de semejante conducta infantil, decían, fumaban unos pitillos y miraban fotos de revistas con tías en bolas. Manuel, con ojos brillantes, dijo que una de esas revistas permanecía escondida, tras una lápida resquebrajada, al fondo del recinto, cubierta por una piedra grande y plana, junto a un paquete de Ducados y un encendedor de plástico amarillo, “según mis fuentes ultra secretas”, añadía para darse importancia. Y él conocía el nombre y apellidos del difunto que yacía en aquella fosa.

El Reto consistía en saltar la tapia del cementerio durante la noche de Halloween, antes del toque de queda impuesto por sus madres a las diez de la noche por ser una “fiesta especial”, aunque a ellas no les hacía ni pizca de gracia la mamarrachada yanqui, lo veían como una ofensa contra la sagrada fecha próxima: Todos los Santos.

El Reto: superar la barrera de piedra, localizar la tumba, fumar un cigarrillo entre los dos (Manuel le decía que no tendría agallas a dar una mísera calada, que él ya sabía fumar, que le birlaba Güinstons a su tío Alfredo durante las comidas familiares). Y por supuesto, ver el contenido de aquella revista. Las rodillas de Marquitos temblaban sólo de imaginarlo, temeroso de acabar en el infierno y al mismo tiempo excitado: ¿qué contendrá? ¿habrá sólo tetas? ya ha visto alguna, siempre de soslayo, en el calendario del taller de Tino, que les permite inflar los neumáticos de las bicis ¿o mostrará ESO también… lo de abajo?

Aquella noche, la luna, perezosa, apenas iluminaba; los dos amigos portaban una pequeña linterna y sendos verdugos de color marrón oscuro no tenían negros que decidieron quitarse porque no hacía frío y parecían estúpidos. “Con jersey negro y pasamontañas, si nos preguntan, diremos que vamos disfrazados de atracadores de bancos. Aunque mi padre dice que los que producen terror son los banqueros”, fueron las palabras de Manuel. “De esta, terminamos en el cuartel”, respondió Marquitos.

Trepar la pared fue más sencillo de lo esperado, había una parte del muro algo dañada y utilizaron las hendiduras de apoyo: primero Marquitos, empujado por su amigo, después escaló Manuel sin ninguna dificultad, quizás metido en el papel de forajido.

Una vez sobre el muro era otro cantar. Ambos a horcajadas, Manuel le muestra cómo debe cruzar la pierna izquierda para quedar sentado de cara al cementerio, los pies colgando, las manos apoyadas en el borde. A Marquitos le pareció que aquello había crecido, imposible que la pared que escaló fuera tan alta. Además, no había agujeros al otro lado para ayudar en el descenso.

¡Ahora, salta sin mirar! dijo Manuel y no olvides doblar las rodillas al aterrizar o te harás daño.

Ehh, está muy alto…

¡Vamos, no seas nenaza! ¡Acabas de cumplir diez años, macho!

Y ya no recuerda nada más, Marquitos. Algo muy extraño.

Ahora se halla en el aula, sus compañeros sentados, cabizbajos, dibujan en el bloc de tapa azul oscuro. Huele a mina de lápiz y a ceras. Le encanta ese bloc, y la textura recia de sus hojas grandes y blancas. Es raro, porque la clase de Dibujo siempre rezuma entusiasmo, a todos gusta, y la Seño da algo de manga ancha en cuanto al comportamiento (no pone Falta a no ser que la burrada cometida sea muy gorda) pues sabe que andan excitados. La señorita Magdalena está sentada a su mesa, sobre la tarima. En silencio, con la mirada perdida.

Marquitos recorre el pasillo entre los pupitres. Se nota extraño, camina ligero, como si lo hiciera sobre césped mullido (el césped del Bernabéu, piensa incongruente; siempre soñó visitarlo). ¿Y la cabeza? Siente cierto malestar, tal vez esté incubando algo, como suele decir mamá. A lo que añadiría: “Tienes unas décimas, cariño”, colocando la mano sobre su frente; un contacto cálido y suave que ahora se le antoja distante en el tiempo y cercano a la vez. Se sorprende añorándola, como si no la hubiera visto desde hace muchos días. Algo absurdo. Observa todo ligeramente difuso, como si fuera a sufrir un mareo de inmediato. Lleva consigo la bolsa de plástico transparente llena de dulces: botellitas de Coca cola, Sugus, ladrillos de regaliz rojo, nubes, palotes y algún chupachús… Rompió la hucha para comprarlos, y mamá, orgullosa por el gesto, le dio una buena paga de cumpleaños y ayudó en la preparación de la bolsa. Desea obsequiar a sus amiguitos por su décimo aniversario. Mamá estuvo radiante todo el día, pero él sabe que mañana sus ojos mudarán tristes, cuando ambos acudan al cementerio como cada primero de Noviembre a poner flores a los abuelos.

Resulta curioso, a su mente viene un recuerdo muy real, muy vívido diría la señorita Magdalena (apuntó la palabra en su libreta de Vocabulario): la abuela, sonriente, le espera con los brazos abiertos, y él corre hacia ella. Detrás, el abuelo parece algo triste. Cuesta distinguir todo esto porque tras ellos la luz es muy intensa.

Ve a su mejor amigo, Manuel. Ocupa el pupitre habitual situado en la última fila, como buen malote. Éste agarra el lapicero con todo el puño y dibuja sobre la hoja un círculo casi perfecto. Traza y traza una gruesa línea con ímpetu, como si pretendiera horadar el bloc y atravesar la superficie del escritorio; de hecho, está traspasando la página. Una película húmeda empaña sus ojos, enfocados en la tarea. Marquitos se acerca a él, posa los dedos en la parte posterior del cuello, con la intención de apaciguarlo, de sacarlo del extraño estado que los adultos llamarían ‘trance’ (no tiene ni idea por qué sabe esto). También desea transmitirle un mensaje, que tienen un asunto pendiente… Sin embargo, al rozar la piel de su amigo, siente una especie de calambre y rápidamente retira la mano. Permanece a su lado confuso, más todavía si ello fuera posible. Entonces, inclina su rostro, acerca los labios al oído de su amigo y le susurra lo que vino a recordarle.

Nadie ha levantado la cabeza. Todos ignoran la bolsa de chuches, algo insólito. Incluso el propio Marquitos, tal vez debido a la febrícula o seguramente por los nervios ─siempre le incomodó enfrentarse a toda la clase─ cuando bajó la vista, tampoco la vio. Tan sólo su mano, agarrando la nada, una mano traslúcida. No, definitivamente hoy no está muy católico. Otra de las frases de mamá.

Manuel sí que recuerda todo, en realidad no puede olvidar. A pesar del tiempo transcurrido no cesa de escuchar su propia voz, cada mañana, cada noche al acostarse, dentro de su cabeza:

¡Vamos, salta, no seas nenaza! dijo, al tiempo que le daba una palmada en la espalda.

“Fue un accidente, Manuel. no tuviste la culpa”, le repite la psicóloga en cada sesión, desde hace un año. Recalca su nombre, creyendo que así surtirá efecto sanador. Pero él no cesa de pensar que le dio demasiado fuerte en la espalda, con esa manaza que tiene de trabajar en el campo con su padre; y el pobre Marquitos, tan delgadito, tan poca cosa, con esos bracitos siempre portando un libro, su mejor amigo. Lo ve caer de cabeza, en la oscuridad, ni siquiera gritó, cayó como un gorrioncito desde una rama. Quiso demostrarle, hasta el final, que ya era mayor, que era valiente, piensa Manuel, mientras gira y gira y gira el maldito lapicero, cuya mina apenas sobresale la madera.

Entonces lo nota. Siente algo frío y húmedo sobre la nuca. Iza la vista del pozo negro en la hoja. Se estremece. No hay nadie junto a él. La Señorita continúa sentada, fija la mirada sobre un libro abierto, hace siglos que no ha pasado la página; tampoco se ha levantado para seguir la evolución de sus dibujos; ni siquiera los vigila porque los sabe a todos callados, difuminando lágrimas con el algodoncito sobre la hoja. Todos dando lo mejor en la tarea, una tarea especial: un dibujo dedicado a su compañero, Marquitos, que falleció justo hace un año tras un terrible accidente.

El escalofrío se convierte en terror, cuando escucha un susurro junto a él. Una voz aguda y familiar que sabe no salió de su mente:

El Retooo.

Se levanta y sale corriendo de la clase.

¡Manuel, adónde vas? ¡Manuel! levanta la cabeza la Señorita Magdalena.

Aquella noche, Manuel queda dormido con la luz de la mesilla encendida. Su madre no pregunta el porqué, se ha cansado de preguntar, de verle sufrir, todo un año ya. Apaga la lámpara porque es barata y se recalienta. Da un beso en la frente del mocetón en quien apenas reconoce a su pequeño. También se cansó de llorar por él. “¡Puta vida!”, dice por lo bajini y de inmediato se persigna, mero acto reflejo porque continúa enfadada con Dios y no pisa ya la iglesia.

Algo despierta a Manuel, la somnolencia le impide saber de qué se trata al principio. Se frota los ojos, el cuarto está oscuro, tan sólo algo de luz entra por los agujeros de la persiana debido a la farola de la calle. El reloj de muñeca que descansa sobre la mesilla (tiene lucecita verde porque es digital, moderno) marca las 2:17 de la madrugada. Entonces cae en la cuenta de qué le ha despertado. No fue simple ruido; es un sonido modulado que continúa envolviéndolo todo. Una melodía que procede del exterior. Se trata del Cumpleaños Feliz que proviene de los altavoces del patio de la escuela, a dos casas de distancia. Un escalofrío recorre todo su cuerpo. Nervioso, deja caer el reloj al suelo. Entonces repara en el olor. ¿A qué huele?, se pregunta frunciendo la nariz. Es un aroma conocido, húmedo, fuerte, oscuro. Le recuerda al rincón sombrío de la huerta, donde la hierba muere junto al muro. Huele a musgo y tierra. ¿Cómo es posible? La ventana está cerrada. La oscuridad comienza a ser asfixiante; siente algo más, como si fuera observado desde la penumbra. Una presencia. “¡Mamááá!”, grita, pero apenas emite un hilo de voz. Con mano temblorosa tantea la mesilla, ¿dónde está el maldito interruptor de la lámpara?, entonces, los dedos tropiezan con algo. Algo singular. Un objeto fuera de sitio. Un cilindro que no logra identificar. Pero hay algo más, nota las yemas de los dedos húmedas, impregnadas de una sustancia tan familiar, tan mundana y tan fuera de lugar que se niega a reconocer.

Por fin, de un manotazo enciende la luz.

Sobre la mesilla, junto al interruptor, hay un mechero de plástico amarillo… en posición vertical… sucio de la misma tierra húmeda y negra que pringa sus dedos.

Entonces escucha el lamento que nace de la profundidad del rincón:

El Retooo dice la voz ligera de su amigo.”

Erika queda en silencio… clava sus ojos verdes, muy abiertos, sobre los míos.

Rompemos a reír de puro terror, y tras abandonar los tazones con restos de crema de calabaza en el fregadero, nos sumergimos bajo el plumón, en la penumbra del dormitorio, sin atrevernos a sacar la cabeza.

 



 

martes, 21 de octubre de 2025

F229 - Carroza caprichosa

¿Qué tendrán los hospitales? Algo sucede cuando abandonas uno, ya sea después de visitar a un familiar, sufrir una operación o tras una simple revisión tipo ITV como la de los coches. Te dan el okey para otro año y te obsequian con una pegatina en forma de próximo volante (gracias a Dios no te lo pegan en la frente a modo de parabrisas). Y, siniestro, me pregunto: ¿quién quedará fuera de circulación primero: mi viejo y saludable utilitario o un servidor?

Algo sucede, como si ahí dentro recibieras un chute de sensibilidad. Sales atravesando la puerta giratoria con una carga emocional importante. El Sísifo con el pedrusco esférico, un mero aficionado, te dices. No es casualidad que afuera, frente a la puerta, te asalten por arma una sonrisa voluntarios, portafolios y bolígrafo en mano, requiriendo una firmita con su correspondiente cuota mensual para ayudar a víctimas de guerra, refugiados, hambrientos, los sin techo, y otros desgraciados del planeta. Me recuerda, con tristeza, a cuando estás batallando con los langostinos pela que te pela en Nochebuena y desde el televisor te miran niños con el vientre hinchado, un montón de moscas alrededor y un maldito número de teléfono con rojos dígitos, palpitantes, a punto de saltar de la pantalla y amerizar en el bol de mayonesa. Todo estudiado, calculado, medido con escuadra y cartabón para que te sientas culpable.

Sales del hospital y tu conciencia tira con bala. Soy afortunado, estoy sano, mi familiar saldrá de esta, me sellaron el volante para otro año… y hay niños bajo los escombros de sus casas destruidas por las bombas…

Y ante esto, dos opciones, incluso tres: A) firmas con una sonrisa (sin pensar en presupuestos, facturas, bajo salario, vivienda imposible y otras bobadas); B) pasas de largo mientras por lo bajini te cagas en todos los muertos de los responsables de tales tragedias y en los de aquellos Gobiernos y poderosos que se reúnen para “tratar el tema” en mesas de caoba, asientos de cuero, mientras degustan caviar y cava, soltando carcajadas entre eructo y eructo, poseedores de la capacidad para terminar con guerras, hambrunas y demás horrores, los hijosdelagranputa (disculpen mi francés); y C) firmas y, a continuación, te ciscas.

Hubo suerte, debían de estar en su break los chicos de las carpetas.

Aun así, el estado emocional sigue latente. Paseo tocado, pensando en todas estas cosas.

Camino para airear mente y conciencia. Recorro una de las aceras amplias de la gran avenida (cuatro carriles de circulación; railes de tranvía; bici-carril; senda para peatones; bicicletas y patinetes esquivando peatones por las aceras; corredores con prendas de color fosforito; paseadores de ancianos y canes… una locura).

Entre pensamiento y pensamiento, algo llama mi atención.

Hay un coche sobre la vía del tren.

Es un automóvil gris, de tamaño considerable, un modelo obsoleto, no menos de veinticinco sellos en su Permiso de Circulación. Parece atravesado fuera de la calzada, sobre la mediana, junto a una señal de tráfico. De hecho, juraría que toca el poste con la parte frontal. La escena transcurre al otro lado de la carretera, de los cuatro carriles, que tendría que atravesar (semáforo mediante) si decidiera echar un vistazo de cerca.

No puedo resistir, me acuerdo del gato, de la curiosidad y todo aquello, pero el interruptor sensiblero marca ON desde que salí del hospital.

La fortuna giña un ojo: brilla verde el muñeco del semáforo, invitándome a cruzar; sonrío ante la asociación que hace mi cerebro: Green man!, green man!, green man!, repetían mis pequeñuelos en Edimburgo, con voz de pajarito, cuando los sacábamos de excursión.

Cruzo.

En efecto, el parachoques delantero toca, con levedad, la base de la señal. No se aprecian daños. Se halla con el motor parado. ¿Estará abandonado? ¿Habrá sido robado por sus ocupantes para atracar un banco?... Jorge, ya basta, abronco a mi yo peliculero. Sin embargo, no está sobre la vía, el efecto óptico debido a la distancia me hizo la jugarreta. De todos modos, si viniera un tren golpearía parte del frontal que invade el espacio de la vía.

Hay alguien dentro, una silueta.

Miro alrededor. Nadie para. Nadie mira. Nadie investiga. A nadie le importa un carajo. Como si no existiera un coche enorme cruzado sobre el pavimento e invadiendo la vía del tren. Un coche gris en un día soleado.

Me siento como el Armstrong aquel pisando la Luna. Solo, perdido y curioso.

La ventanilla del piloto se baja al acercarme. No pude ver su interior porque los rayos del sol reflejaban sobre el cristal. “Ahora, ahora es cuando aparece el cañón de una pistola y me descerrajan tres tiros: por cotilla, por ingenuo y por gilipollas”. Me digo.

Nada de eso sucede, claro.

Tras el volante, una mujer de raza negra, de unos cuarenta años. Luce un peinado a base de trencitas de color amarillento y violeta, pegadas al cráneo, peinadas hacia atrás. Rostro ancho y redondeado, pómulos marcados. Frente con surcos de preocupación, nariz ancha y plana, salteada con pequeñas manchas solares; ojos grandes y oscuros que arrojan una mirada nerviosa, con un puntito de miedo. Goterones de sudor recorren la sien del perfil que contemplo. Sus manos tiemblan sujetas al volante.

Hola, ¿se encuentra bien? digo, sintiéndome un tanto ridículo. No, no se encuentra bien.

No responde, tal vez en estado de shock, mas no parece herida. Repito la pregunta, tuteándola y añado:

¿Necesitas ayuda?

Ignoro si chocó con la señal por despiste, sufrió un mareo, o decidió que era buena idea aparcar ahí mismo, harta de la ciudad anti coches.

Al fin, gira su rostro.

Se paró. No arranca. Es caprichosa… dice, con voz ronca, a modo de telegrama.

Tardo unos segundos en asociar el adjetivo femenino con el vehículo, ese ‘caprichosa’. No es un carro sino SU carroza. Esperemos que el conjuro de nuestro cuento no caduque a las doce del mediodía, en vez de la noche, y dicha carroza no se convierta en gigantesca calabaza de pre-Halloween. Más que nada porque son las 11:57, según el reloj de la cercana parada de bus.

La mujer explica que suele ocurrir, que la pobre está viejita y temperamental dice con cariño, que en seguida arrancará, cuando se le pase el disgusto. De acuerdo, tal vez esté poniendo palabras distintas en su boca. Pero de tal modo las interpreté.

¿Y la Policía?, pienso. Deben de estar haciendo el rodaje a los impecables coches patrulla de alta gama recién adquiridos. O tal vez anden persiguiendo a los chavales de coche tuneado, reguetón, trompos y litronas, allí por los polígonos industriales: donde se encuentra el meollo de la criminalidad, como todos ustedes saben.

Una mujer se acerca. Empuja una silla de ruedas con anciano incluido. Saluda, pregunta, ofrece su ayuda. Entre los dos, y la conductora al volante, empujón aquí, empujón allá, logramos sacar el coche de la zona de riesgo. El anciano espera paciente y observa la escena a modo de teatrillo callejero. Espero que la cuidadora haya puesto freno a la silla, no se nos acumulen los incidentes.

Por fin, el Séptimo de Caballería, me digo cuando veo llegar a los policías urbanos. Retazos de la infancia emergen del cajoncito mental que guarda lo imborrable: el viejo cine del pueblo, la chavalería en el gallinero, butacas y suelo de madera. Pateábamos éste con frenesí para enojo del revisor cuando en la peli “de indios y vaqueros” acudía al rescate el Séptimo de Caballería, al galope, toque de corneta que todavía resuena dentro de mí─, banderines al viento, capitán con espada en ristre… sin saber, inocentes, que jaleábamos a los malos.

La Caballería, nunca mejor dicho: dos agentes sobre sus cabalgaduras con ruedas.

El más adelantado frena la moto a nuestra altura. Ni siquiera se baja:

¿Qué pasa! gruñe serio, rozando el enfado, a modo de saludo. Demasiado gym y poco carbohidrato.

Moreno. Pelo demasiado largo que sobresale del casco. Barba a lo George Michael. Gafas de espejo (“Cuánto daño causó Thelma y Louise”, pienso), bíceps embrutecidos y pintados. La omnipresente banderita autonómica sobre la manga corta del uniforme.

Le miro a los ojos, que adivino tras las lentes. Se me ocurren mil posibles respuestas, y una reflexión: ¿El brazo fuerte de la Ley era esto? Callo, que dicen me favorece. Un “Buenos días, caballero” hubiera bastado, me digo. Por estos lares, uno se sorprende añorando a los motoristas de la Benemérita.

Continúa sin bajarse de la moto, pie bota negra sobre el asfalto.

Entonces, se obra el milagro. La caprichosa cede, superado el mal trago. El coche arranca. La carroza continuará su viaje sobre una senda luminosa en forma de asfalto. Alcanzará su destino antes de que el efecto del conjuro desvanezca.

Nada. Todo arreglado digo al tipo que cobra por Ayudar al ciudadano.

Al menos, entre Michael y su compañero, facilitan la maniobra de salida, regulando el tráfico.

¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Gracias! pierdo la cuenta del número de veces que la conductora nos agradece el granito de arena. La sonrisa, aún trabada, las arrugas de la frente tornando lisas, la mirada intensa y un tanto húmeda… y su voz. Esa voz que parecía surgir del interior de un volcán caribeño.

Todo ello templa mi tensión emocional. Deber cumplido, me digo, cual superhéroe sin capa ni máscara. Entonces, rememoro otros tiempos de infancia más inocencia, más ingenuidad cuando durante los cursillos de catequesis próxima nuestra Primera Comunión la formadora nos pedía, como deberes: “Este fin de semana tenéis que hacer una Bondadosa Obra al Prójimo”. Eso decía, la buena mujer. Adultos ya, la dificultad estriba en hallar quién lo merezca.

Algo sucede con los hospitales. Sales de ellos envuelto en un aura de bondad que la rutina, el mañana, la ciudad, y el pasado mañana se encargan de disipar.