martes, 14 de abril de 2026

F250 - Licencia de mercadillo (Ámsterdam) (VI)

¿Añoran las adivinanzas infantiles? Hoy les traigo un acertijo. Tranquilos, es muy fácil. Yo les menciono un puñado de ciudades visitadas, pisadas (¿recuerdan?) y ustedes intentan averiguar qué guardan en común todas ellas. ¿Preparados? Ahí va: Edimburgo, Belfast, Ipswich, Londres, Praga, Bruselas, Gante, Brujas… Ámsterdam.

De acuerdo, les saco de dudas. El agua. Eso comparten. En forma de río, mar o canales, todas ellas gozan de su presencia, de la cercanía que asegura provisiones e incluso una posible vía de escape. Algo dentro de mí llama al agua, más bien a los barcos. No lo sé, quizás sea por mis orígenes a orillas del Ebro. Y estos provocaron sueños de vivir en un lugar pegado al mar, donde asomarme cada mañana al puerto, contemplar los barcos pesqueros de colores básicos: verde, blanco, colorado, negro. Aspirar esa peculiar mezcla de olores: salitre, pesca, gasoil, aventura… libertad.

A falta de mar, bien está un canal. Y parece que aterricé en la ciudad campeona del mundo mundial en número de canales. O al menos, la que yo haya conocido, más bien pisado (el fiel lector comprenderá la diferencia).

La segunda parte de la adivinanza, aunque no la planteé, carece de dificultad: ¿Plan para hoy?: ruta en barco. Constituiría un pecado venial, o grave, incluso mortal (poniéndonos melodramáticos) pasar unos días en la capital holandesa, cruzar sus cientos de puentecillos, observar los miles de barquitos y no subirse a uno. Pecado de arrodillarte ante el confesionario. Okey, tal vez exagere un poquitín.

La adivinanza resultó facilona, de primero de EGB; lo realmente jodido, en una ciudad como Ámsterdam, es elegir qué crucero. Los hay a miles. Imaginen la de compañías y planes en oferta para dicha actividad turística: Bote y Copas; Barco y Romance; Lancha y Queso; Barco y Misterio; Chalupa y Noche; Barcaza y Sexo… incontables.

Como todo en la vida, el factor suerte resulta fundamental. No me refiero al posible hundimiento de la nave (triple persignación) o colisión marítima (que la sufrimos, algo leve, no hicieron papeles ni nada, un par de voces por la radio que sonaron a insulto y qué no, en holandés culpa del otro, un impresentable sin carnet y con gorrita naranja, según nuestro patrón; ni siquiera nos pusimos el chaleco salvavidas), sino a qué tipo de barco te toca, y lo más importante, qué guía, qué acompañantes, a qué precio. Sobre lo último hay variedad como en botica. A pie de amarradero, los precios parecen altos tirando a atraco. Ignoro si es una trampa para guiris o realmente el crucero merece la pena. Pero, “Desde 50 euros”, vamos a ver, señores, ¿qué sucede en el interior de ese barco! O acaso salen al mar, atracan en otro país, te invitan a comer y regresan. ¿Estamos locos o qué?

Una de las opciones resalta como subrayada con rotulador fluorescente. Tres barcos fluviales preciosos y horteras a partes iguales. Largos, planos, cubiertos. Uno amarillo, otro naranja y un tercero color rosa. Todos con la palabra LOVE (en rojo pasión y tamaño XXXL) sobre la cubierta superior y el espejo de popa. El Crucero del Amor, lo bautizaron, no se volvieron locos pensando. Hubiera elegido el amarillo pollito, color de locos; el naranja queda para los herejes, nostálgicos de Gillermo Orange y el rosado se lo dejamos a otros, que en esta ciudad seguro lo petan. Pero, subir a bordo de un crucero del amor, por muy fluvial que sea, por muy miniatura, en solitario, sin tu chica cogiéndote de la mano y del corazón, es tomar un gintonic sin alcohol; al igual que visitar París con un libro por toda compañía. Jamás conoceré París en solitario. Me niego. Menuda aberración. Un atentado contra el romanticismo. Una estocada por la espalda a Cyrano de Bergerac. Una puñalada trapera a Don Gustavo Adolfo Bécker. Prefiero encerrarme en una buhardilla de Soria y escribir sonetos al no amor, entre lágrimas y golpes de pecho para Ella, para todas Ellas que abandonaron el barco con la botella de ginebra a mano.

Hablando de gintonic, hay barcos de color naranja: la cubierta con decenas de botellas y copas que relucen bajo el sol, música y pasajeros animados y el patrón con su gorrita a juego con el casco: veinticinco euros, barra libre, según la publicidad… espero que nunca tropiecen con cuatro amigos de Glasgow. Bancarrota asegurada, my friends.

Solución, acorde con la época. Jugártela en internet. No soy muy dado a ello (ya saben, no aprovecho esos tours gratuitos que cada ciudad ofrece en diversos idiomas, a golpe de tecla o QR) pero esta vez me lanzo a ello. Contemplo un par de opciones y elijo la más asequible. Quince pavos, una hora. No está mal. Crucemos los dedos para que el bote no presente vías de agua y no vayamos al fondo del canal en búsqueda de las llaves perdidas matarile, rile, rile.

Les ahorraré el papeleo. Todo digital, pagado mediante Bizum. Ya saben, la tecnología moderna que acabará con el cash y con la Humanidad (temo no sobreviva ni Sarah Connor). Sólo indicar que lo organiza una empresa estadounidense y cuando te envían la información comienzas a pensar cosas raras: ¿de tan lejos? ¿cruceros fluviales en Europa? ¿Será un timo? Ya saben, un servidor en su pura esencia.

El punto de partida del crucero incrementa la duda, suena malamente, diría la Rosalía: Lookout. Mi lado oscuro apunta la similitud con Overlook (el hotel de El Resplandor…). Rezo para que no se aparezcan las niñas gemelas junto al banderín de popa. Decido no buscarlo en la Wikipedia, me la juego a bastos, hemos venido a jugar y todo eso. Saco el móvil y le dedico unos apasionados tecleos a mi amante bandida (la de gúguel maps, no se emocionen) y su voz sensual comienza a guiarme, por esa voz saltaría al canal con mochilita incluida, si ella me lo indicara.

Todo va bien hasta que llegamos al último tramo: sobre el mapa una sección de considerable tamaño y tonalidad azul clarito: agua, sí, agua. Un pedazo de canal gigantesco, no de los que cruzas a través de un puentecito. Y el famoso Overlook al otro extremo del golfo pérsico con nombre neerlandés. El mosqueo regresa. Ya está, me timaron los hijos de la gran yanquilandia. Eres un pueblerino, Jorge, te las das de moderno, de cosmopolita, de aventurero con tu mochilita de colegiala a la espalda, y claro, pasa lo que pasa. Quince leuros donados a la mafia de Nueva Jersey (más retorcida que la de Chicago de toda la vida); el líder de los Soprano se fumará un puro a tu salud. Paleto.

Alcanzo el punto final, el Finisterre de mi búsqueda. Llego al canal tamaño golfo de México. Ah, equilicuá, aquí está el truco del almendruco. La razón del bajo precio. “Compra barato y pagarás dos veces, cariño”, decía mi madre. He de coger un maldito ferry para cruzar el charco y llegar al punto donde subir al barquito. Y digo yo, ¿no sería más fácil para todos lo menciono desde mi ignorancia de secarral que el puto barquito se acercara a esta orilla y ya partiésemos desde acá? Aunque supongo que sus razones tendrán: tráfico fluvial y semáforos, sentidos de navegación, diversos canales, etc. y, por eso, el crucerito leré arranca desde donde Cristo perdió un par de espinas de la corona.

Me acerco al tipo que parece al mando del cotarro. Viste uniforme de la compañía naviera y se dirige a la marabunta que espera a que el barco acabe la maniobra de aproximación con la popa tocando el muelle. Es un tipo enorme, de raza negra, barba poblada, gorro de lana y cara de pocos amigos. Me armo de valor y abro la boca:

Disculpe, buen hombre me mira calibrando si le vacilo, nada más lejos de mi intención me podría decir dónde he de sacar el billete para el ferry ese tan guapo que tienen ustedes ahí reculando y echando humo.

El hombre me observa como las focas al rompehielos. Luego repara en la pregunta, sin apartar la vista, la indiferencia se torna curiosidad en sus ojos; y ésta en hartazgo. Responde a la cuestión que miles de españolitos, como yo, le hemos hecho a lo largo de la jornada.

Es gratuito, limítese a subir a bordo.

Lo dice aburrido, harto de pueblerinos y turistas coreanos. Pero yo me quedo patidifuso. ¿Free? (Así dicen los anglos ‘gratis’ que tiene su puntito porque significa ‘libre’, y qué mayor libertad que subir, por la cara, a un barquito para cruzar el golfo holandés que se han montado aquí los amigos tulipanes).

Miro al tipo con admiración, con un respeto ganado. Mis ojos rozan las lágrimas. A punto estoy de soltar: “Gracias, muchas gracias, señor; traslade mi agradecimiento al Primer Ministro, o al Presidente, o a quién sea el líder supremo de esta nación amiga”.

Ya en serio, ¿imaginan un servicio gratuito (en nuestra querida España) donde miles de personas, miles, cruzarían a diario un canal grandote en un puñado de ferris? Caza la idea algún listo (teniendo en cuenta que ostentamos, con orgullo, el Récord Ginés al Mayor Número de Sinvergüenzas por Metro Cuadrado) y hace el negocio del milenio. ¡Pero si incluso en Portugalete pagas por cruzar en chalupa a la otra puta orilla de la ría, cada viaje: ida y vuelta!

En fin, Spain is different, y no quedaban más países en la rifa.

No me enrollaré más. El crucero fue agradable, el tipo que manejaba el timón entretenido, dicharachero, puesto en idiomas. El mínimo exigido en currículum, supongo. La novedad en forma de grumete. Adolescente, con ese peinado estilo brócoli en flequillo y rapadas las sienes. Pero profesional, el muchacho. Sirviendo refrescos al pasaje por un módico precio. El barquito, largo, plano y cubierto, bastante lleno. Lo peor, un grupo de chavalitas (¿coreanas?, con las orientales ya no me atrevo a suponerles nacionalidad, que luego se enfadan si me equivoco). Las mocetas, tuneadas a lo K-pop: tablero de ajedrez personificado: maquillaje, flequillito, blusas blancas, minifaldas negras, medias blancas, zapatazos negros. Parecían escapadas de un comic manga. Móviles, palos selfi y deditos en ‘V’ por doquier, sobra decir. No callaron en todo el trayecto, que ya es complicado prestar atención a las explicaciones del guía, en inglés, como para tener el continuo murmullo tras la oreja, en japonés, o quizás cantonés. Y pidiendo sus refrescos en latitas de colorines, para que queden chupi en la foto. Jamás vi tanta lata de diferentes colores como en Ámsterdam. La chavalería debe de flipar para elegir sabor. En mis tiempos había: Kas naranja (lata color naranja), Kas limón (lata color amarillo) y Coca cola (lata roja), punto. Recuerdo cuando apareció el Kas manzana (lata de color verde) y nos petó la cabeza. “¿Has probado el Kas manzana, tío? ¡Un puntazo!”. ‘¡Toma ya, Kas manzana!’, el eslogan. Imaginen qué subidón, como para marearse a bordo de un trasatlántico.

En un momento dado, tras el sofoco del pequeño accidente con el otro bote, nuestro patrón, con voz grave, como si estuviera dando una charla de seguridad fluvial en la Escuela Primaria de Ámsterdam, dijo:

A su derecha, junto a las casitas de colores, se celebra cada domingo el flea market ─el rastro de toda la vida─, si de regreso a su hogar les aguarda alguna amistad o familiar que les caiga realmente mal, ese es el sitio donde adquirir un horrendo suvenir de Ámsterdam ─y remató la faena añadiendo─: ahí mismo compró la Licencia de Navegación el niñato de la gorra naranja.


Enlace relacionado: F65 - De Chinas, Libros y Cervezas (Edimburgo)

 

1 comentario:

  1. ¿Barcaza y Sexo? Pero... ¿Tú que estabas mirando en ese catálogo? :-))

    Efectivamente, el ferry es gratuito (no arancelado, técnicamente): tranquilo que es de lo poquito que se escapa (sobre todo en Ámsterdam).

    Y me parece que sé porque te llevaron (estoy esperando como agua de Mayo que llegues a la Biblioteca Pública de Amsterdam: un lugar especial en mi vida, como pocos).

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