lunes, 30 de diciembre de 2013

F62- Triple Nochevieja, (31 de diciembre de 2003).

No lo podía creer. El año había llegado a su fin y casi no me había enterado. Pronto cumpliría dos años en la bonnie Scotland, algo que ahora desde la distancia temporal cercana a la docena de primaveras se me antoja ridículo, pero que en su día me provocaba incluso vértigo pues nunca soñé con quedarme tanto tiempo.

No lo podía creer. El 2003 había volado, yo había logrado sobrevivir una temporada más, tenía un trabajo, acababa de estrenar un piso maravilloso, contaba con un número importante de amigos (más de los que nunca tuve, sobre todo del sexo masculino) y sin embargo, estábamos a día treinta ¡y yo sin un plan para la Hogmanay!

El día anterior resultó un completo fracaso. Nuevamente mi mente de españolito me jugó una mala pasada. Lo tenía todo planeado al dedillo y ¡zas, con la Gran Bretaña y sus estrictas normas topamos! Trabajaba de turno de mañana y se me ocurrió la brillante idea de meter en la mochila una bonita botella de cava, Freixenet Cordón Negro,  bien fría (¡qué ilusión sentí al verla allí solita en una de las baldas del Tesco!). Todavía recuerdo la cara de espanto que puso la jefa de enfermeras cuando, ingenuo de mí, le propuse echar un pequeño brindis con todos sus compañeros allí en el cuartito que compartían para sus ratos de sosiego, junto al control de enfermería. "¡Noo Jorge, please!". Sally me miraba por encima del hombro de su jefa, ojos chispeantes y sonrisa traviesa, diciéndome telepáticamente: “Ya me tomaría yo la botellita a medias contigo, guapetón”, (pero seguro que era fruto de mi calenturienta imaginación, otra vez). Así que la hermosa botella tuvo que ser devuelta a la mochila, muy a mi pesar. Nuevamente había olvidado en qué país vivía, sus normas, sus costumbres, su rigidez para ciertos asuntos. Había olvidado que sus gentes no saben abrir una botella de vino y dejarla sin acabar. Una vez que salta el corcho, parecen no conocer cómo detener la ingesta de alcohol. Para ellos el concepto de botella a medias carece de sentido. La botella está llena, y después vacía. Punto, sin medias tintas ni tonterías. De ahí la estricta prohibición del consumo de alcohol en el lugar de trabajo, bajo cualquier circunstancia o situación. Otra vez, muerto el perro se acabó la rabia. Una botella de champán entre más de doce personas, calculen ustedes el peligro. Años más tarde caería en la cuenta de hasta qué punto llegan a ser estrictos en este asunto, cuando trabajando de cajero en un supermercado me impidieron (mi supervisora) venderle una caja de bombones a una chica de diecisiete años… porque contenían licor.

¡No lo podía creer, Nochevieja y continuaba sin plan!

Afortunadamente un viejo conocido acudió a mi rescate. El bueno de John me llamó aquella misma tarde. Contemplé en la pantallita del móvil su nombre y una sonrisa iluminó mi abatido rostro. “¡Hola mi amigo!”, dijo con su español de guiri, “¡Maniana fiesta, Nuevo Anio Fespira!”, traduciendo literalmente la denominación utilizada en su idioma materno (New Year Eve), a golpe de diccionario, en tiempos todavía tempranos para San Guguel y los teléfonos inteligentes. “Se dice Nochevieja, John”, le contesté con recobrado entusiasmo.

Aquel último día del año nos juntamos en un piso de los amigos de unos amigos de John. Algo habitual en este tipo de reuniones. En ocasiones llegas a festejos en los cuales casi no conoces a nadie, algo que no supone ningún problema, cuando la bañera del cuarto de aseo está llena de cervezas incrustadas en cientos de cubitos de hielo.

La vivienda estaba en Marchmont, zona habitual de pisos de estudiantes universitarios. La ubicación era perfecta pues el enorme parque de los Meadows quedaba a tiro de piedra, lugar ideal para contemplar los fuegos artificiales que serían lanzados sobre el castillo pasadas las doce de la noche.

La velada comenzó a base de chupitos de licor y cervezas Brahma. Varios de los asistentes eran brasileños, así que decidimos celebrar la temprana entrada del 2004 en su lejano país a las diez de la noche, hora escocesa. A ritmo de samba, bailando con dos bellezas rubias, altísimas y de ojos azules que me juraban y perjuraban ser brasileñas. Del sur, decían proceder. Yo, que empezaba ya a escorar con tanta birra, caipirinha y agua de los floreros, pensé que me tomaban el pelo. Aquellas mozas debían de ser noruegas chapurreando portugués. Mas al ver cómo movían las caderas, sus vientres planos y adornados con brillantes, sus risas y los achuchones a que me sometían, concluí que sí que tenían que ser del Brasil. Viendo aquellos dos monumentos comencé a elaborar en mi mente la consabida lista de buenos propósitos para el nuevo año: perder algo de peso (decidido, tiraría la maldita báscula por la ventana), dejar de fumar (fácil, jamás me inicié) y apuntarme a una academia para aprender portugués, echarme la mochila al hombro y emigrar, de nuevo, a aquel paraíso terrenal donde habitaban angelitos sin alas como las que danzaban ante mí.

A las once llegó la Nochevieja española. A falta de uvas abrimos una gigantesca bolsa de pasas y fuimos repartiéndolas a montones de doce, trece o veintidós, entre los presentes. Escuchamos las campanadas por internet y entre carcajadas nos comimos las doce uvas viejas a puñados. La samba tornó en rumba flamenca, rock alternativo y música de Manu Chao. La cerveza brasileña dio paso a la San Miguel y las caipirinhas a los gintonic.

Casi a punto de dar las doce de la noche, bajamos a trompicones las escaleras de aquel piso. Anchas, de piedra desgastada, sucias, saltamos sus escalones de tres en tres dando horas extra de trabajo a nuestros ángeles de la guarda. Llegamos entre jadeos y tambaleando a los Meadows. Nos tumbamos en grandes mantas de cuadros escoceses (que alguna de las chicas, más sobria, había recordado llevar). Y allí tirados, con botellas de champán pasando de mano en mano, contemplamos el hipnotizante espectáculo de los fuegos de artificio, que enmarcaban el viejo y huraño castillo con luces de colores, invitando a soñar y a repartir piquitos entre las bellas escocesas, y entre las que no eran escocesas. Celebraba mi segunda Hogmanay en la mágica Edimburgo. Di un par de sorbos cuando me pasaron una de las botellas, brindando mentalmente por David (cuya compañía en la anterior New Year Eve vino a mi memoria), por Bea y por toda mi gente allá en mi querida y olvidada, añorada y odiada, España.


Desde mi pequeño rinconcito escocés, desearles a todos mis lectores una feliz salida y entrada de año (tal y como decíamos en mi pueblo).

¡Feliz Año 2014!