martes, 10 de diciembre de 2013

F59- Sweet Sally, (diciembre 2003).


Tantos relatos acerca del hospital y todavía no les hablé de Sally. Sally fue la causa de mi único arrepentimiento en aquellos comienzos. Arrepentimiento de no haberme lanzado a la aventura escocesa con anterioridad. De no haber solicitado ese trabajo en el Hospital Sin Sangre un año antes.

Sally era mi enfermera favorita. Sally, sweet Sally.

Pero mejor se lo cuento a ustedes desde el principio.

Dicen que para que exista el bien, es necesario el mal. Que para que podamos admirar lo bello, necesitamos conocer lo feo. Tal vez por ello coexistían bajo el mismo techo de aquel hospital dos mujeres que para mí eran como la noche y el día. Como el agua y el vino. Dos mujeres que daban sentido a la teoría del Yin-Yang. Dos enfermeras que se encargarían de mostrarme el Cielo y el Infierno en versión terrestre, sin necesidad de recoger número en el Purgatorio. 

Sweet Sally y Winnie The Witch.

Winnie era el trueno desagradable. Una cincuentona irlandesa, seria y antipática. Trataba a los asistentes domésticos como a chachas y se dirigía a ti mirándote por encima del hombro y con cara de haber desayunado cereales con ortigas. Sobre todo a los novatos extranjeros. Winnie era malévola pero no estúpida, si lo hubiera intentado con los escoceses más veteranos la hubieran mandado a buscar amapolas en aquella parte de su cuerpo donde nunca entraba la luz del sol. Son muy poéticos los escoceses para estas cosas. Winnie era la típica persona que te rehuía durante toda la jornada, y cuando faltaban cinco minutos para que ficharas te ordenaba limpiar detrás del frigorífico del cuartito de las enfermeras. Labor que sabía perfectamente te llevaría mucho más de cinco minutos. La bruja de ella.

Sally era el rayo de sol primerizo tras la tormenta. El anticipo del arcoíris. Sally iluminó con su sonrisa todas y cada una de las jornadas laborales que compartimos en ese hospital. Desde el día que entré en aquella habitación individual a pasar la aspiradora y la contemplé, por primera vez, cambiando las sábanas para un nuevo paciente. Al oírme entrar se giró, sonrió como ella sólo sabía hacer y me dijo con una voz de Blancanieves hablando a los pajarillos: “Two secs Darling”.

Sally era unos años más joven que yo, pero el amor no entiende de dígitos en el deneí. Era un encanto de escocesa, con ojos aniñados de un azul profundo como un océano. Rostro de facciones pequeñas. Con pequitas alrededor de una delicada nariz que le daban un aspecto de chiquilla traviesa. Con unas orejillas algo separadas que, junto a su cabello siempre recogido, concedían a su nuca un aire de lo más sexy. Daban ganas de acercarse por detrás y darle un bocado draculiano. Cuantas veces soñé que le quitaba aquellos palillos chinos que sujetaban su pelo en un moño desordenado, de puntas rebeldes que se negaban a colaborar; que lo desenredaba con dedos nerviosos mientras le susurraba cositas con mis labios rozando aquellos delicados pabellones auditivos y me dejaba ahogar en aquellos profundos mares del sur que me miraban de una manera que nunca me atreví a indagar.

Sally estaba recién casada.

Sally era dulce y delicada con los abuelitos, algo que aumentaba mi atracción hacia ella, si es que eso era posible. Los trataba con respeto y con un cariño de nieta visitadora, sin perder por ello ni un ápice de profesionalidad. Los hacía reír mediante chascarrillos que sonaban aún más graciosos con aquel acento de Glasgow que yo adoraba; o los regañaba, con fingida seriedad, cuando hacían alguna de sus chiquilladas.

Lo que yo creía que era algo privado, algo entre Sally y yo, una complicidad mutua y anónima construida a base de miradas, sonrisas y breves charlas, resultó que no lo era. Ignoro si ella me mencionaba en las conversaciones que mantenían las enfermeras en su cuartito, entre risas, tés y bombones. Yo por mi parte sí que le había comentado mis inquietudes a mi amigo inseparable, Tobbie, serio y discreto cuando las circunstancias así lo requerían. El caso es que más de una vez, otras enfermeras me hacían comentarios entre risitas y con mucho ritintín, como cuando aparecía por su mostrador para preguntar por cualquier cosa y me soltaban un “Are you looking for Sally?”, o como en otra ocasión que tras pararme un par de minutos a saludar a Sally en uno de los largos corredores, aspiradora en ristre, una de sus compañeras me susurró con sonrisa de pícara  ̶ al final del pasillo lejos ya de Sally ̶ : “She´s just married”, no sé si a modo de advertencia o de provocación.

Un día de aquel frío diciembre los enfermeros (también había algún que otro hombre) me invitaron a su fiesta de Navidad. Habían reservado una sala con bar, en un pequeño hotel en Minto Street. Me sentí especialmente halagado pues fui el único Asistente Doméstico convidado a tal evento. Cuando le comenté a John (seguía quedando con él de vez en cuando) que asistiría a tal festejo, me dijo riéndose “Ten cuidado que puedes acabar en un nurses-sandwich”, lo que le costó una mirada de Jennifer llena de reprocho y celos retrospectivos. Y es que John fue muy golfo en sus tiempos de soltería y sabía de qué pie cojeaban las enfermeras aparte de su amor por los bombones y las patatas fritas. En cambio yo recibí tal comentario con sonrisa bobalicona y mi imaginación calenturienta enviándome imágenes tórridas, de mi cuerpecillo entre dos muchachotas pelirrojas, con bustos merecedores del patrocinio de Central Lechera Asturiana.

Sally participó en la celebración, pero se retiró pronto a reunirse con su recién estrenado esposo. Yo por mi parte bailé, bebí y reí como hacía tiempo. Tan sólo una nube gris cruzó mi ánimo en toda la noche. Una nube que tapó la luna llena, provocándome un escalofrío y cierta zozobra. En el punto álgido de la noche, cuando el alcohol corría a raudales y las inhibiciones pasaban a mejor vida, una de las enfermeras se me acercó y me dijo entre risitas: “Someone´s got a crush on you”, que en castellano de mi pueblo significa: le haces tilín a alguien, o más bien tolón. Es decir, que a una persona le gustas mucho. Por desgracia, o quizás por suerte, entre cervezas, chupitos, bailoteos y risas nunca supe a quien se refería aquella misteriosa y ebria confidente.

Varios años más tarde, en otra fiesta, con otra gente, conocí a un chico maño que resultó que había trabajado de enfermero en mi querido Hospital Sin Sangre, en el mismo ala donde yo estuve, con los viejecitos. Entre picoteo de patatas fritas y tragos de cerveza me comentó que había coincidido con una enfermera muy maja que se llamaba Sally. Mi Sally, según la descripción que siguió. Y nuevamente, tras años de olvido, vi su sonrisa de colegiala y aquellos pozos azul cobalto fijos en mí. A continuación dijo algo que estuvo acosando mi alma durante algún tiempo. Me contó que Sally le había confesado que hace unos años había habido un chico español, trabajando en dicho hospital, que a punto estuvo de hacer tambalear su recién estrenado matrimonio.

Soñé que yo había sido ese chico. Rogué que no hubiera sido yo.