sábado, 5 de enero de 2013

F33 - Coraza de titanio (15 enero 2003).


En ocasiones has de revestir tu alma con una coraza de titanio. En caso contrario podrías morir de pena.

Hacía frío aquella mañana de enero. Un frío meticuloso y eficaz. Un frío que encontraba los pequeños huecos entre tus ropas, para colarse y helarte los huesos. Acompañado de una lluvia ladeada, débil pero insistente y el sempiterno viento edimburgués – acosador insaciable de ingenuos turistas con paraguas de colores −.

Atravesaba North Bridge, camino de uno de mis cafés favoritos. Pasé a su lado y no pude evitar girarme y mirarle a los ojos. Su rostro inclinado hacia arriba, encontrando los míos. Tenía una mirada limpia, azul, y al mismo tiempo nublada. Una mirada de vieja. No tendría ni siquiera dieciocho años. Era una chica guapa, con la piel blanca, translúcida, que dejaba entrever sus delicadas venas azules. Tenía el cabello del color de la paja, sucio y algo enmarañado. Vestía un plumífero rojo y ajado, con un rasgón en la manga derecha.

“Spare some change, please! Have a nice day!”

Era su cantinela, repetida hasta la eternidad ante cada transeúnte que caminaba a su vera. Todos ellos con prisas, con ganas de llegar a sus trabajos o a sus hogares, sin tiempo ni deseo de detenerse. Sin tan siquiera mirar a ese bulto humano que murmuraba palabras que el viento secuestraba. Era uno más de los numerosos homeless que cubren las aceras. O una más. ¿Qué más daba si era chica o chico? ¿Qué importaba su edad? ¿A quién preocupaba si su teddy favorito quedó abandonado, sobre su cama, en un pueblecito perdido de las Highlands?

Me acuclillé y dejé unas monedas en su vaso de cartón – con el logotipo de Starbucks (qué paradojas tiene esta vida tan perra) −. Apenas sonrió, pero aprecié un brillo de agradecimiento en sus ojos.

“Thanks pal. God bless you”

¿Dios? ¿Qué Dios? Pensé mientras me alejaba tratando de sorber lágrimas de rabia. Mientras yo −también− le daba la espalda, en busca del calor de un café. A la búsqueda de cobijo contra la maldita lluvia, el odioso viento. Al amparo de sonrisas de bonitas y agradables camareras. A la seguridad de otros mundos, de otras vidas, que me proporcionaría el libro que llevaba en mi pequeña mochila. Yo también la ignoraba, por el precio de unas tristes monedas. Bastantes menos que las treinta que recibió Judas Iscariote. Sólo me faltó darle un tierno y traicionero beso.

Esa fue una de las poquísimas veces que he dado dinero a un homeless. Te llenas de excusas. De datos e información que lees o te cuentan: Tienen ayudas oficiales; les dan pisos gratuitos; se lo gastan todo en alcohol y drogas; son enfermos mentales y necesitan ayuda profesional; están ahí porque quieren; rechazan la ayuda del gobierno; hacen turno de “oficina” y luego regresan a su habitación pagada con nuestros impuestos. Etc. Etc.

Pero lo cierto es que no te paras porque no soportas su mirada. Esas miradas limpias y, al mismo tiempo, nubladas. Esas miradas que te echan en cara tu suerte. Esas miradas que agradecen el detalle con un fugaz brillo, pero te recuerdan la oscuridad del abismo. Esas miradas que no deseas contemplar. Las que prefieres olvidar. Lo que no ves, no existe.

Años más tarde volví a pararme con uno de ellos. Fue en el mismo sitio, en North Bridge (favorito puente para los que deciden rendirse, abandonar el maldito vaso de cartón, saltar a las vías del tren). Esta vez yo regresaba de mi pub preferido. Camino de casa. Con dos o tres pintas en la bodega. Comiendo la recién comprada pizza. Era una noche de verano. No hacía ni pizca de frío. Yo había perdido a una amiga. No es que se muriera, simplemente la había extraviado literalmente. Me sentía culpable y, en parte, responsable, pues era una chica muy vulnerable. Su cuerpo caminaba entre nosotros, pero su mente a veces volaba a otros mundos. A lugares donde ella se sentía segura. Pero esa es otra Fargadita lejana todavía en el tiempo. Aún por venir. Les pido paciencia.

Al principio pasé de largo. Ignoré su lastimera frase. Todos ellos la utilizan, como si apareciese en el manual del homeless: “Any spare change, please?” Sin embargo, me detuve a los pocos metros. Desanduve la distancia y le ofrecí lo que quedaba de la pizza (algo menos de la mitad). Tan sólo pensé que si yo ayudaba (un poco) a aquel pobre diablo, tal vez alguna buena persona ayudaría a mi extraviada amiga. Ese fue mi ingenuo y utópico razonamiento.

Seguí mi camino, hacia el autobús. Entonces escuché los primeros gritos. Iban dirigidos a mí. Eran improperios en un tono de enojo e indignación. Me giré y contemplé a un tipo de unos cuarenta años. Bien vestido. Algo bebido. “¿Que por qué le daba comida! ¿Que por qué le entregaba nada? Que eran unos vagos que no querían trabajar. Que él pagaba sus impuestos para ayudarles. Que no deberían estar ahí. Que tienen ayudas oficiales. Que tienen pisos gratuitos…

Le encaré en la distancia y con toda la mala leche que tenía acumulada le grité:

“ ¿Por qué?¡Porque me da la puta gana!” (en su idioma, evidentemente).

Y regresé al calor de mi hogar. Al armario de mi habitación. A volver a vestirme la coraza de titanio.