lunes, 22 de diciembre de 2025

F235 - Realidades paralelas (Bilbao) (y II)

La cafetería es enorme, a quién puede extrañar. Nos encontramos en Bilbao, donde ostentan el récord mundial a la mayor lata de sardinas expuesta en exteriores ─lo llaman museo de arte contemporáneo, para darse importancia─ escoltada por un gigantesco cachorrito vegetal que algún día cobrará vida ─por una lluvia radiactiva─ y sembrará el caos en la ciudad, a lo Godzilla, derribando edificios, pisoteando peatones y vehículos. ¡Todo a lo grande!, Bilbao Experience.

Centrémonos, que los nervios disparan el nivel de tontuna.

Observo más gentío de lo esperado, muchos más participantes. Decenas. Nos van a dar la una y las dos y las tres, como dice el bueno de Sabina. Ignoro si es debido al consabido: ‘por el norte no se liga nada’, o fruto de la mera casualidad. La gente se siente sola, hiperconectada con miles de amigos internáuticos pero sola, y hay una epidemia voraz de separaciones y divorcios, sobre todo en mi rango de edad. Qué divertido, todo.

Algo novedoso para mí: la diversidad de edades. Se han establecido varios grupos, por no mezclar jovencitos con no tan jóvenes. Pertenezco al grupo de veteranos de guerra, factor deprimente desde la casilla de salida. Sin embargo, no son demasiado estrictos y se cuelan personas de edad menor. Incluso algunos lucimos un aspecto más jovial que lo indicado por el maldito deneí. La sensación: un batiburrillo que se les ha ido un poco de la mano.

El amor no entiende de edades, es ciego, sordo y mudo, a veces incluso algo estúpido.

Reservado el espacio para el evento al fondo del bar, lejos de la barra, de la televisión y su Athletic Club, de la puerta que trae ruido y corrientes de frío a cada rato; lejos de los parroquianos que vociferan y engullen pintxos; lejos de los papás modernos y cuarentones con gorrita de beisbol, destornillador en una mano el combinado que no la herramienta y el hijo pequeño en la otra.

Se trata de mesas minúsculas, demasiado arrimadas; flota un continuo murmullo una vez comenzado el juego. Llegan a tus oídos los cuchicheos del binomio vecino. Difícil concentrarse en tu propia batalla amorosa. Parecemos colegiales haciendo algún trabajo por parejas, pero todos juntos, bajo la mirada vigilante del profe, reloj en mano. Hay risas, chascarrillos, nervios ante el cronómetro a cero. Sobre cada mesa una velita eléctrica romanticismo 2. 0, no juguemos con fuego que bastante caliente está la cosa, es el mensaje subliminal. Bueno, como dicen en mi pueblo: menos da una piedra, la intención es lo que cuenta.

El camarero realiza pasadas de reconocimiento para asegurarse de que Cupido no se queda sin munición alcohólica, mientras que las flechas pringadas de veneno amoroso corren por cuenta del querubín, son su responsabilidad.

Hay de todo, como en botica, de uno y otro bando. Parecemos soldados en primera fila de combate. Carne de cañón. Luchadores cuerpo a cuerpo, a distancia de sablazo o achuchón. De todo hay: altos, bajas, gordos, flacas, rubios (un decir, imperan la calvicie y el tono grisáceo), morenas, incluso diviso una pelirroja que me trae gratos recuerdos escoceses.

Duelos curiosos, siempre hay uno que habla más, incluso atropelladamente, queriendo vaciar sus cartuchos a quemarropa sobre el enemigo antes de que éste comience a disparar. Otros enfrentamientos resultan más equiparados, ambos contendientes intercambian halagos, frases y párrafos como quien intercambia puñaladas pasionales a distancia mortal. Se dan miradas y desvío de ellas. Hay atrevimiento, timidez, incluso alguno roza el éxtasis o el aburrimiento. Cupido, arco en ristre, revolotea ojo avizor, gotea el sudor sobre su frente porque el pobre no da abasto. Semejante multitud ansiosa de romance y yo con cuatro míseras flechas en la aljaba, piensa.

El camarero uniformado, profesional, sobrevuela entre las filas de mesas cual águila real sobre desfiladero, todavía sorprendido por la sed que produce la seducción.

¡Jefe, sirva una copita más, no me tenga que levantar! El calor del amor en un bar, y todo aquello que cantaba Gabinete Caligari.

Y el tipo sale raudo de la sala para rellenar la bandeja con jarritas de líquido ámbar cuya espuma posee una misteriosa sustancia que suelta lenguas, calma nervios y tira de las comisuras de los labios buscando la sonrisa del sediento ligón. Ríanse de la poción mágica que proporcionaba fuerza sobrehumana a los galos de Astérix. El druida Panoramix, un simple aficionado.

¿Qué hago aquí?, me digo al sentarme en la cuarta silla, contando mi vida por fascículos a desconocidas. Yo, durante toda la vida, sólo quise descubrir el secreto azul que ocultan los ojos de la dulce Sara; llevarme a la última rubia al asiento trasero del Cadillac; deseé que la noche se llevara los cuadros, la cordura y la fe; soñé con ser el duende cómplice del viento que se escapa de madrugada para colarse por tu ventana; anhelé desatar el nudo de tu garganta, atarte a la pata de la cama, enterrarme en el horno de tus mantas. Tan sólo quise vivir todas aquellas canciones, echar la llave de la habitación Azul Añil del hostal y aislarnos del mundo por mil y una noches.

Alcanzo la mesa número siete y un resplandor me ciega. La mujer allí parapetada ha de disponer al menos de cuatro o cinco velas sobre la mesa. Debe de gozar de un buen enchufe con Iberdrola malísimo el chiste incluso puede que ejerza de ejecutiva agresiva con despacho en el último piso de la torre de la luminosa empresa.

Pero no, tan sólo hay una velita, como en el resto. Sin embargo, el fogonazo me envuelve. ¿Qué será, será? Son sus ojos, que reciben la minúscula luz y la multiplican por cien mil. Pozos de líquido verde con puntitos amarillos que le confieren un aire de cuento de princesas. Labios pintados de rosa chicle, ligeramente gruesos y, descuidadamente, entreabiertos, mostrando los incisivos, con un huequecito entre ellos donde quisiera perderme y jamás ser hallado; ignoro si el grosor es debido al ADN o gracias a la química contemporánea. Cabello negro, recogido con esmero, pero un poco asilvestrado (mechones caen, descuidados, sobre sus pómulos). Viste un top leopardo de generoso escote. Me mira con fijeza al sentarme, las larguísimas pestañas made in Taiwan llaman mi atención, aletean como alitas de colibrí o de las cien golondrinas de Duncan Dhu que vaya usted a saber dónde irán, aletean dos, tres, cuatro veces y mis rodillas no pueden más. Agarro el borde de la mesa y tomo asiento cruzando los dedos para que la damisela no perciba el temblor. “Que no huela tu miedo, Jorge, por tu padre, que no lo huela”. Sujeto con firmeza la bebida no vaya a tropezar y tirársela encima. Ya está, me digo, no buscaré más, se terminaron las citas rápidas, las páginas de aparejamiento, las excursiones al Mercadona; acabo de hallar a la madre de mis futuros cuatro hijos (“A buenas horas, mangas verdes”, susurra la vocecita cojonera). Mi cerebro comienza a crear burbujitas llenas de imágenes, bocadillos de tebeo: me veo junto a ella, vestidos ella de blanco con un ligero abultamiento a la altura del vientre y yo de pingüino, frente al altar de la iglesia de mi pueblo, ante a aquel solemne y dorado retablo mayor de 1648, el orfeón con sus mejores galas cantando sus últimos éxitos después de escucharse la marcha nupcial de Mendelssohn; nos veo ante un sacerdote jovencito de origen nicaragüense, Sí quiero, Puede besar a la novia, y todo eso.

Es algo más joven, unos cuantos años, tal vez se haya equivocado de grupo, o ha querido participar en varias tandas. Pero a estas alturas no somos críos. Me mira curiosa, quizás tantea mi edad real, espero que no salga corriendo cual Novia a la Fuga al averiguar que la cifra no cuadra con mi aspecto.

Mil frases de comienzo pelean en mi mente, ‘Qué ojazos tienes, hija mía’, acude una y otra vez, desbancando a todas las demás. No puedes decir eso, Jorge, acabarás detenido por la Policía Autonómica por halagar a una dama sin haber rellenado la SCLPPD pertinente (Solicitud de Consentimiento para Lanzar Piropo a una Persona Desconocida). Aunque quizá sea excluyente, teniendo en cuenta la clara naturaleza cortejadora del acto, en lugar privado y bajo supervisión. Con los nervios no se me ocurren más que estupideces. Opto por la sencillez, a riesgo de perder para siempre a la mujer de mi vida.

Hola… Olatz, ¿qué tal? consigo decir tras leer la pegatina sobre su pecho. El paladar es una lija implantada. Realizo un esfuerzo infernal para no beber la mitad de la jarra. Todavía no, me digo, que no adivine tu azoramiento.

Ha dejado de parpadear, gracias a Dios por los pequeños favores. Entonces dispara a bocajarro, sin advertencia alguna, sin anestesia:

¿Qué música prefieres, Maluma o Bad Bunny?

De repente, todo se desvanece. Incluso baja la luminosidad. Las burbujitas mentales van estallando, una por una: el altar, plof; el vestidito abultado, plof; el orfeón del pueblo plof; el curilla hispano-americano, plof.

Sonrío, de pronto sosegado, como si me hubiera metido litro y medio de tila por vena.

Me temo que soy más de Extremoduro, maja. (Tecleo señalando al Cielo, Robe).

¿Extremoqué? dice la muchacha, que no es tan muchacha, alzando las cejas, mirándome como si hubiese pronunciado otra lengua. Y definitivamente así es, hablamos diferentes idiomas, habitamos mundos distintos, deambulamos en realidades paralelas como si fuéramos los protagonistas de Stranger Things.

Cinco minutos.

Grita la estridente alarma desde el móvil del organizador, quebrando la atmósfera; nos damos la mano, “Un placer”, me levanto y, cerveza y folio en mano, me aproximo a la mesa número ocho, a la nueve, la diez…

Grita la sirena y luce otro pedacito de esperanza, otra velita eléctrica.




 

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

F234 - Citas a la carrera (Edimburgo... Bilbao) (I)

 Una vez plegada la cortinilla del confesionario ─”Avemaríapurísima”─, sigamos con los pecadillos ─puño contra el pecho: “¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!”─ o su carencia: nunca tomé drogas (salvo las de garabato médico y cajita precintada). Ni siquiera robé una calada de aquellos canutillos de la risa que pululaban por todas partes durante la adolescencia. Nada. Cero. Nothing de nothing. Siempre me bastó con el exceso alcohólico, mucho más auténtico, castizo, más nuestro. Uno es prudente, pero no una ameba.

Así que calculen ustedes la cara que mostré tras leer aquel anuncio pegado sobre la pared en un pub de Edimburgo, hace un par de siglos: Saturday night: speed dating. Join us and enjoy!

A cuadros escoceses me quedé, imaginando una hilera de mesas, dispuestas con su tapete rojo, una bandejita plateada, tubitos metálicos y paralelas rayas del infame polvo de tonalidad blanquecina manchada: speed, la cocaína para pobres. Y es que el concepto de dicho dating era nuevo para mí.

Sencillo era el asunto, tanto que incluso parecía funcional. Quince mujeres, quince hombres, quince mesitas a la luz de las velas. Música romántica de fondo, muy suave, para no impedir las conversaciones. Las chicas sentadas, los chicos moviéndose de una mesa a otra. Dispones de cinco minutos para charlar con tu pareja. Cinco minutos para hallar el amor de tu vida. Cinco minutos para disparar la flecha, guiñar el ojo, contar un chiste, secar el sudor de tu mano nerviosa. Cinco minutos para decir: “Quédate conmigo”, sin llegar a decirlo.

Pegatina, en forma de corazón, donde escribes con rotulador grueso: tu nombre, alias, o mote de guerra. Los dígitos que confiesan la edad son opcionales, aunque sin duda serán buscados durante la breve charla. Adherida sobre el pecho, la frente o el bíceps. Depende de la personalidad y del humor que gastes. Un mazo de tarjetas de cartón ocupa el centro de cada mesa. Aquéllas, similares a los naipes, de tamaño algo superior a las de visita. Boca abajo, ocultando el misterioso texto, o quizás dibujo del anverso. A cada lado, frente a la silla correspondiente, un bolígrafo con publicidad cervecera: Tennents lager, Caledonian brew, acompañado de un folio en blanco, su finalidad nos explican: anotar datos sobre cada persona frente a ti; un retorno al instituto para desempolvar la técnica de tomar apuntes a toda leche, si así lo estimas conveniente. Información es poder, dicen los que saben de guerras. ¿Y acaso no es el Amor la más cruenta de ellas?

Elijo numerar mis objetivos, por orden de avistamiento próximo: el común encabezamiento ocupado por datos tan aburridos como necesarios porque a veces la vida no entiende de romanticismos: ¿nombre, edad, hijos, un Ex tronado?; añado pistas para disponer durante el repaso de selección: Ojos negros donde sumergirse; altísima, misteriosa; bajita, simpática; sosa y distante, le aburro; lista como ratón colorado, cabello pajizo a lo chico; de Glasgow y acento que lo corrobora, mirada atrayente a la par que peligrosa; de Edimburgo, residente en el barrio chungo junto a Leith; francesa que añora su hogar y los cruasanes; diosa pelirroja de las Highlands; millonaria con mucho tiempo libre; boxeadora con cara de pocos amigos…

Las tarjetitas colocadas boca abajo son parte del juego. En caso de quedarse en blanco por un exceso de timidez, fascinado por la belleza frente a ti u horrorizado por su loca mirada serán extraídas, una por una, por turno. El texto, acompañado a veces por una caricatura, contiene frases, preguntas, un tema para romper el hilo, para superar el miedo al vacío (el pánico a la página en blanco en otra de sus versiones). Cuestiones originales, manidas, curiosas, absurdas, divertidas, temerarias… ¿Qué tres objetos llevarías a una isla desierta? (“No digas un libro, no digas un libro, no digas un libro”); ¿Star wars o Star trek?; ¿En qué país vivirías?; ¿Pepsi o Coca cola?; ¿Qué superpoder escogerías?; ¿Qué harías conmigo, a solas, en un búnker durante un ataque preventivo de la URSS?...

Cinco minutos, bajo cronómetro, contemplando aquellos ojos nuevos, aquellos labios que susurran palabras en inglés con acento Scottish. Cinco minutos evitando decir: “Sorry?” en demasiadas ocasiones, tirando de contexto para vislumbrar las imágenes tras las palabras, pues resultaría poco romántico, e interruptor, un constante no entender. En ocasiones, la comunicación está sobrevalorada, en otras es esencial. Cinco minutos, trepando muros lingüísticos o dejándote llevar. Cinco minutos buscando una mirada que te desnude, que diga ‘cómeme’, una boca que murmure “sácame de aquí, perdámonos más allá de los siete mares…”. Entonces, no hay datos, medidas o logística que se interponga. Complicado, por supuesto, pero vinimos a jugar. ¿Quién dijo miedo?

Vencido el tiempo, un bocinazo a lo Harpo Marx, música a tope durante unos segundos, suena el himno oficioso escocés por excelencia: Five Hundred Miles. Los muchachos se levantan, nos levantamos, y brazos en alto o en jarras, bailoteamos hacia la siguiente mesa al son de la cantinela. Danzamos hacia la siguiente mini cita, hacia la siguiente dama, hacia la próxima batalla. Una ventaja, con tal artimaña, ellas nos reciben de buen grado, entre risas y silbidos. Alguna se anima, e incorporada baila para recibir a su caballero, brillo en los ojos, bolígrafo en mano y pegatina sobre un pecho.

La cerveza ejerce su oficio, eterna compañera, abriendo mentes, extrayendo palabras, calmando corazones desbocados. La cerveza se disfraza de pócima mágica, de líquido ámbar con poderes amorosos. También tiene cómplices, sobre todo entre ellas: botellitas de bebidas preparadas: el vodka con naranja prevalece, el G and T le pisa los talones.

Al final rellenas la ficha, cual funcionario aburrido a la vuelta del café. Puedes elegir hasta tres candidatas, como si ocuparan un pódium imaginario: primera, segunda, tercera. La cosa funciona, o al menos puede comenzar, si una de las escogidas también escribió tu nombre. Sin importar la posición, el color de la medalla. Entonces surge el famoso match, y los organizadores facilitan los datos de contacto a los afortunados, los de ella para él y viceversa: número de teléfono, dirección de correo electrónico (todavía no existía el Insta, imagínense. Imperaba correocaliente-punto-com. Más adecuado para estas lides, ¡no comparen!).

Así descubrí el mundillo de las citas rápidas, un mero juego, un entretenimiento, un modo como otro cualquiera de practicar idiomas… la oportunidad de encontrar el amor de tu vida. ¿O vas a seguir buscándolo en el Mercadona, con la piña, los cocos o la maldita acelga dentro del carro? Aparte de la escocesa, he participado en otras dos o tres ocasiones, que recuerde, ya en terreno patrio. En una de ellas, cuando alcancé la mesa número diez, me encontré con una muchacha con quien había compartido el relato de nuestra vida, obras y milagros, y alguna que otra copa, meses atrás (la Ciudad del Silencio es un pañuelo). Nos sonreímos cómplices, tomé asiento, cerveza y folio en mano: “¿Leire, hija, y qué te cuento yo ahora?”. Ella ensanchó la sonrisa, robó una tarjetita y me la ofreció. Hubo algún match, en diversos territorios, alguna segunda cita, incluso tercera, más la cosa no cuajó. Al menos hasta ahora. ¿Quién sabe si la próxima vez? Con la edad nos volvemos exigentes, caprichosos, maniáticos, creídos, estúpidos… cuando en realidad somos pobres almas solitarias en busca de un poco de calor, una peli compartida, una confidencia, un “Cariño, no vas a creer lo que me sucedió hoy en el trabajo”, un remedio para el SPF (Síndrome de los Pies Fríos) …

Y uno ya no es Brad Pitt… nunca lo fue.

Todo esto cavilaba, sin aparente motivo, hace un par de semanas, ocioso en el sofá, dedito sobre la pantalla infernal. Scroll down, lo llaman, explorando el caralibro, bajando y bajando y bajando hasta el infinito y más allá (el diseño carece de fin, para que asesines minutos y minutos, incluso horas), entre memes, vídeos de perritos entrañables, de gatos cabrones, de bebés que te comerías con patatas; de lerdos haciendo lerdeadas, de borrachos haciendo cosas de borrachos; vídeos musicales, chistes prohibidos y politiqueo que produce arcadas y tratas de pasar lo más rápido posible: abajo, abajo, abajo. ¡No pares, sigue, sigue, no pares! Sólo falta el puto Chimo Bayo, con sus lacasitos de colores, gritándote al oído: ujááá. Un enganche sin fin. La heroína del siglo XXI. Tiemblo al pensar, si este cacharro logra engañarme a mí, con los años de mili a la espalda, qué provocará en la mente de un preadolescente.

Entonces mi dedo se detiene. Los ojos se agrandan. No, no puede ser, ¿en serio? El invento maligno me leyó la mente. Leo un anuncio, la leyenda sobre fondo rojo.

Speed dating

Bilbao 2025

El Amor es una Lotería

¿Y si toca aquí?

¿Y si encuentras tu alma gemela?

¡Atrévete!

 

Y en letra minúscula: *tiques a la venta: 15€, dos consumiciones incluidas (Bizum).

Lo leo, releo y vuelvo a leer. La vocecita cojonera: ¿Estás vivo no? ¿Nacimos para jugar o qué? ¿¡Qué somos, leones o huevones!?

Muevo, con delicada firmeza, el dedo índice y cliqueo sobre el enlace: Apúntate.








 

lunes, 1 de diciembre de 2025

F233 - Sintiendo colores (Madrid) (y II)

Lo confieso, he pecado. Les mentí a todos ustedes. O más bien, no dije la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad (sí, crecí viendo pelis de juicios yanquis, y me enamoré de Ally McBeal). Lo que decía, no fui del todo sincero. Pero deben comprender que la primera línea escrita ─el primer párrafo─ es fundamental para captar la atención del lector. Para agarrarle de la pechera y decirle: “No te muevas, y sigue leyendo”.

Hubo otro motivo para mi escapada a los Madriles, un motivo más poderoso todavía si ello es posible que el modesto y personal homenaje a Reverte y su Capitán: un musical, El Rey León, en el teatro Lope de Vega.

Llevaba siglos escuchando: “¡Jorge, has de verlo, es impresionante!”, “A ti que te gustan los animales y los críos”. “Tú, que asistías a los estrenos de las películas de Disney, Pixar, Warner y demás: Aladdín, La Bella y la Bestia, Cenicienta, La Bella Durmiente, Tarzán y un largo etcétera”. “Tú, que lloraste en más de una, incluida la original de Toy Story”. “Jorge, debes ver El Rey León”.

Entre semejante presión entrañable y la sempiterna “amenaza” de su pronto retiro de la cartelera madrileña, no quise aplazarlo más. Siempre toda la vida aguardando la compañía perfecta para estos eventos, sí, hablo de “Ella”. Cómo no. Al final, uno ha de disfrutar consigo mismo, porque me ha dicho un gorrioncito que esto no para, que un día zas, te pican el billete. Agur, Ben-Hur, no más teatro, no más cine, no más libros.

Además, pensé. ¡Eureka!, eso es. Acudiré al gran musical, después me encerraré en el cuarto del hostal en su ansia hotelera pusieron escritorio, y, cuaderno y boli en mano, relataré lo allá acontecido, haré tal descripción del evento que producirá el éxtasis al más insensible de los lectores; expresaré sentimientos, transmitiré la magia que sube desde el escenario, tocaré los tam-tam, timbales, trompetas y demás instrumentos a través del teclado; llenaré la pantalla de colores, danzas, sonidos, y disfraces, y ustedes lo disfrutarán conmigo. Les hablaré de cada personaje, apuntaré sus nombres: Simba, Mufasa, Scar, Timón, Rafiki, Banzai, Pumbaa… y el resultado será tan brutal, de tal exactitud, que la mismísima Disney me amenazará con una denuncia millonaria (en dólares) por plagio e intento de explotación de idea artística.

Pero, a veces casi siempre el que dirige el cotarro guarda, bajo candado, en su cofre misterioso otros planes y, sonriendo, extrae la goma Milan 430 y hace un borrón con tu boceto mental.

Nada más posar la vista en ellos, supe que ella secuestraría la próxima Fargadita.

Llegué con suficiente antelación una vez agonías, siempre agonías esperé la extensa fila; por suerte, la cosa iba ligerita. La noche madrileña luce espectacular. Primeros adornos navideños, luces de colores, villancicos; gentío por todas partes, como si no tuviera casa. Risas, griterío, niños por las aceras. Libertad, que diría aquella. Chavalería de punta en blanco, buscando emociones, aventura, pedacitos de vida sin saber que ese instante será recordado para siempre. Y añorado tanto, tanto… que, dentro de veinte, treinta años les dolerá como un miembro amputado.

Anfiteatro. La butaca, afortunadamente, se halla cerca de la puerta de acceso. Me acomodo con el debido tiempo. Hago un par de fotos con el móvil, de postureo y pretendido recuerdo (que borraré en unos meses, cuando el cacharro empiece a dar la murga: memoria al 98 por ciento). Apago el invento del maligno, y aguardo a que den la consabida voz: ¡Todos a sus localidades que esto empieza!

Un trío peculiar enfila la hilera de adelante. Dos mujeres, veteranas, con el cabello corto y de diversa tonalidad blanquecina: uno alternado con vetas grises y el otro totalmente blanco. Ambas de baja estatura, la de cabello albino un poco más alta. Y el tercero en discordia: un gentleman. No se me ocurre mejor descripción, porque son británicos al cien por cien. Apostaría todos mis libros. Tipo alto, fino, cabello pajizo y escaso en la coronilla, de ojos claros y sonrisa complaciente; luce camisa sin corbata y chaqueta tweed de color beige. Entonces, recuerdo y añoro y lloro la ausencia del gran Javier Marías, quien lo habría descrito a la perfección. Toman asiento por orden de estatura, ¿adivinan ustedes quién lo hizo delante de mí? Exacto, el larguirucho y arrogante caballero. En fin, cosillas del directo. Habrá que menear la cabeza para esquivar el obstáculo. Ya sabía yo que pillar la butaca número trece (solitaria en la pantallita) no era una buena idea, y aún peor siendo martes. ¡Cachis la mar! La cabeza del británico me roba un pedacito de escenario. Espero que los saltimbanquis estos se muevan lo suficiente (los artistas, digo) y así no pierda mucho espectáculo.

En ese momento, entran ellos Ella por la misma puerta que yo utilicé.

Una chica y un chico. Les llamaré Lucía y Sebastián. Jóvenes, no creo que alcancen los treinta y cinco años. Bien vestidos. Una chaqueta oscura, él. Un plumífero largo, ella. El varón es más alto, delgado, pobre de cabello. Protector, lo intuyo desde el primer minuto. La acompaña con mimo. Ella, con linda melena castaña, se deja llevar, confiada, agarrando su codo. Camina despacio, con la mirada hacia adelante, no mira hacia el suelo, ni a la gente. Se deja hacer. Entonces, lo comprendo todo. Lucía es invidente, o padece muy reducida visión.

Localizan sus butacas, a mi izquierda, al otro lado del pasillo. Toman asiento. No puedo evitar seguirles con la vista. Lucía, junto al pasillo, a su izquierda Sebastián. Se quitan los abrigos.

Lucía parece tranquila, relajada, pero sus manos la delatan. Revolotean aquí y allá como golondrinas buscando hueco bajo el alero. Sin embargo, abre el bolso-mochila, extrae un termo de agua, esos modernos que mantienen la temperatura blanco, adornado con florecillas, lo desenrosca, bebe pequeños tragos, vuelve a poner el tapón, introduce la botella y cierra la cremallera; todo ello con unos movimientos tan precisos que recuerda a las muñecas hiperrealistas tan en auge en los videos propagandísticos de la Inteligencia Artificial. Ni un temblor, ni una duda, los ágiles dedos haciendo su labor con una seguridad aprendida, entrenada… necesitada. Quedo admirado, yo que a veces necesito tres intentos, o más, para poner el estúpido tapón a la botellita de plástico (y peor ahora, desde que algún bobochorra de traje, aipad y poltrona en Bruselas decidiera fijarlo a la botella, complicando la maniobra).

Continúo echando algún vistazo que otro a la joven.

A cada movimiento, una mano acompaña a la otra, como si la escoltara de alguna forma. Palpa el reloj modelo Smart lo acerca al rostro como si pudiera ver un poco, toca la pantalla y lo aproxima al oído. Tal vez para que el aparato le informe de la hora o transmitirle algún mensaje por audio. No parece nerviosa, pero se acaricia una mano con la otra. Concretamente el pulgar de una sobre la palma de la otra, dibujando pequeños círculos. Un gesto (compruebo sorprendido) que pertenece a otra persona que conocí hace unos años, en otra vida. Ésta lo utilizaba para serenarse, para dejar aparcada la ansiedad interna.

Se apagan las luces, tras el consabido aviso por megafonía (anuncio con el acento característico de una mujer con raíces africanas). Justo antes, un joven, de piel oscura y musculado paseó un cartel por los pasillos: “No está permitido tomar fotografías ni realizar ningún tipo de grabación”.

Comienza el espectáculo y el mundo se detiene.

La obra, sencillamente espectacular (a pesar de la riqueza de nuestro idioma, no hallo las palabras para describirla con justicia, mea culpa). Tanto colorido, danza, personaje y movimiento que hay veces que no sabes donde posar la vista. Todo envuelto por aquellas melodías que ejecuta la orquesta produciendo mil y un sentimientos. Incluso logra que me olvide un poco de la pareja. A mi pesar, lanzó algún que otro vistazo a la izquierda. Lucía dirige el rostro, ligeramente inclinado, hacia el escenario. Sus manos permanecen quietas, una sobre la otra, sujetando el bolso sobre su regazo. Sosegada, con su chico amado, sorbiendo vida, sintiendo colores.

Y yo preocupado por una ínfima parte del escenario oscurecida por una cabeza. A veces, la vida te da un bofetón con la mano abierta, mostrándote cómo otros pelean en condiciones bastante peores sin detenerse a lloriquear por sandeces.

Tras el intervalo ─aprovechado para estirar las piernas y pasear por el corredor; lo de acceder al servicio hubiera puesto en riesgo de suicidio al Santo Jobcontemplo, agradecido, que los súbditos de su Graciosa Majestad han tornado puestos; supongo que el gentleman no soportó el pitido de oídos causado por mis maldiciones mentales, y tomó asiento en el extremo. Durante el segundo acto, contemplo el escenario en su totalidad, a la perfección. Entonces, miro de soslayo a la joven, Lucía, sus manos permanecen quietas, una consuelo y escolta de la otra. Observo a Sebastián, quien constantemente se asegura de que ella esté bien, que inclina su cabeza para susurrarle algo, palabras de amor, descripciones del escenario y de los artistas, promesas de íntimos lances… O, al menos, así me gusta interpretarlo.

¿Aprendiste algo hoy? Me pregunto, colocándome la chaqueta al pisar la acera, aún con la emoción por la obra, por algo más impregnándome el pecho y aguando mis ojos. Lo mencionado, en ocasiones, la vida te suelta una colleja para que ceses de quejarte por ñoñerías, que si mis piernas, que si los pies, que si la espalda…