jueves, 31 de octubre de 2024

F200 - Más allá de la realidad

 Lo prometido es deuda. A modo de recordatorio, pinchen aquí.

Permítanme, hoy, la osadía de burlar las reglas; consentir que Jorge Ariz salte al otro lado del muro, que escape de este rincón de palabras apretujadas al mundo ficticio; para convertirlo en personaje. Llámenlo, si gustan, pequeño homenaje para celebrar su batallita número doscientos.

Nada de lo relatado a continuación sucedió, todo es fruto de la imaginación de este humilde juntaletras. Como afirman los escritores a quienes tanto admiro, escritores pata negra: cualquier similitud con acontecimientos reales, cualquier parecido de los personajes con ciertas personas, sería producto de la casualidad, obra del azar, una carambola del caos. (Siempre soñé decir esto).

Mera coincidencia, como el hecho de ser, en unas horas, noche de Halloween… o quizás no.

Una última advertencia, tamaño XXL, así que relájense, conecten el modo pantalla grande (ordenador) y no se me duerman.

 

 

                               Frágil cual muñeca desnuda

 

Apenas llevaba tres meses en Edimburgo cuando la conocí.

Recuerdo entrar en aquel bar confuso, alicaído, al borde de la derrota. Necesitaba alcohol, mucho alcohol, alcohol en vena; yo que siempre fui abstemio. ¿En esto consistía mi sueño? ¿Así resultó la gran aventura que imaginé? Abandoné España porque deseaba emular a Edmundo Dantés, protagonizar andanzas novelescas, cruzarme con John Rebus en el Oxford Pub… yo quería ser Teresa Mendoza. ¿Y qué logré? ¿Limpiar retretes en una hamburguesería por cuatro míseras libras la hora? ¿Aguantar las chanzas de los compañeros? ¿Malvivir en un albergue apestoso, un cuarto repleto de literas, paredes desconchadas, olor a orines de gato, gemidos nocturnos y cucarachas con capacidad trepadora?

Al menos, quedan mis novelas. Intenté consolarme.

Acometí la tercera pinta de cerveza, ya a media asta; mi propia carga ladeada. Entonces la vi, una solitaria silueta, encorvada sobre la mesa alta del fondo, la observé durante un instante, de forma subrepticia, vistazos rápidos por encima del borde del vaso. Pelirroja, cabello largo, rostro blanquecino iluminado por su teléfono, vaqueros rotos, chupa de cuero. Delgada y de baja estatura, sus botas no alcanzaban el reposapiés del taburete. Parecía delicada como una caricia. No debía de rebasar los diecisiete años.

Entonces, sintiéndose observada alzó la vista, clavándola sobre mí. Noté la succión de todos mis pensamientos, no sólo del presente, sino todo lo experimentado durante mis treinta y un años de vida. La muchacha robó millones de diapositivas almacenadas en mi cerebro. Apoyé la bebida sobre la mesa, aguantando aquella mirada, a pesar de que una voz interior me susurraba que no lo hiciera, que saliese de allí a la carrera.

Después de una eternidad, que duró segundos, ella sonrió de modo extraño, más enigmático que atractivo. Una sonrisa de niña traviesa que hubiera hecho un pacto con el diablo, una vampira aficionada, una ociosa brujilla. Incapaz de bajar la vista, imantado por una fuerza alienígena, devolví el gesto, más ingenuo, mundano, una bandera blanca; sin embargo, una brizna de esperanza estalló en colorines y artificios: tal vez tenga veinticinco, y parezca más cría. Un guiño cruzó el espacio entre las mesas y burló mis defensas. El chiquillo era yo, ella la diosa.

Sin saber que aquella seña destrozaría mi vida.

Valentina, así resultó llamarse, se convirtió en mi sombra durante las siguientes semanas o, más bien, yo en la suya. Uruguaya, de Montevideo, según me contó. Valentina, enamorada hasta las amígdalas del profesor de filosofía, al cual escribía y escribía y escribía cartas que él nunca contestaba.

Un padre con mano exploradora, adepto a los juegos manuales, y labios pegajosos que desbordan deseo. Una madrastra con currículo de cuento. Aptitudes óptimas para el puesto. Nada veía, nada escuchaba, nada censuraba. Licenciada en licores y bebidas espiritosas, máster en Manipulación de Mentes Masculinas.

Huyó del país con apenas quince años, escondida en un carguero, el cual, tras larga travesía arribaría en el puerto de Glasgow. Descubierta por un vigilante del buque, a los dos días de viaje, sació el hambre sufrida, macarrones con tomate por kilos, bizcocho de zanahoria obsequio del pinche de cocina; colmó su sed a base de agua y zumo de piña; pero acabó entre las paredes de un centro de acogida, según amarró el barco.

En una semana se fugó.

−Prefiero morir asesinada en la calle a vivir enjaulada −dijo, en una de nuestras conversaciones, entre canuto y cerveza (con ella me gradué en ambos vicios). Yo reí, sin darle importancia, acostumbrado a sus frases lapidarias. El aroma dulzón anotó su puntito extra.

Un mal día, discutimos. Gritamos. Nos arrojamos calderos de resentimiento y frustraciones. La distancia mínima tornó en desierto. Las confidencias levantaron el campamento, arrojando agua sobre la fogata.  Mi remordimiento, un continuo y constante bombardeo. El trabajo pasó de asqueroso, con ensoñaciones platónicas y rostro bobalicón, a repulsivo a secas. El albergue fue mi búnker, refugio de zambombazos y recuerdos.

Recibí la llamada en plena madrugada.

Pasaban un par de minutos de las tres. Mi pequeño Nokia vibró bajo la almohada (guardado junto a la cartera, a salvo de manos inquietas. Las novelas que traje dormían en la taquilla abierta. Nadie roba libros). Observé la pantalla, sin llegar a verla y, aún somnoliento, presioné la tecla verde mientras bajaba aquella escalerilla infernal, tratando de no romperme la crisma. Nada, el aparato continuaba vibrando. ¡Maldito cacharro obsoleto! El suelo estaba helado, pero decidí no perder un segundo buscando las zapatillas. Aquello no era normal, alguna desgracia hubo de suceder, pensé, para que llamen a semejante hora. ¿Acaso a mi hermano? ¿Mi padre? ¿La nena? Me tranquilicé un poco al comprobar la ausencia del 0034, prefijo desde España. El número reflejado contenía el 0131 local. Volví a pulsar la consabida tecla verde, mientras abandonaba el dormitorio camino de los baños comunes.

−¡Jorge, ayúdame, por favor! ¡Me han encontrado! Ellos…

La comunicación se cortó. Me contemplé allí quieto −desde arriba, como si hubiera salido de mi cuerpo −sentado en aquella mugrienta taza de inodoro, en gayumbos, con el pelo largo y sucio, legañas de kilo y medio, semidormido, mirando la pantallita de aquel móvil barato, ya oscura como mi conciencia.

Las rodillas me temblaron.

Me disponía a pulsar la tecla de rellamada, cuando caí en la cuenta de que no procedía de su celular (como ella decía), el cual tenía fichado. Antes de marcar, una rara intuición congeló mi dedo en el aire. Podría ser peligroso para ella, advirtió aquel murmullo interior. Desistí.

−¿Y ahora, qué demonios hago? −dije a los azulejos con chorretones. Procuré no inspirar por la nariz. Apestaba a mierda, pis y algún otro fluido humano. Un hedor que se reía a mandíbula batiente de la lejía derramada.

Traté de calmarme, mientras me vestía, en silencio, a tientas. Uno de aquellos bultos, tosía bajo las mantas desde la cama inferior de una litera cercana, otro más allá, balbucía palabras ininteligibles, entre lamentos escapados de alguna pesadilla, mientras un tercero expulsaba una larga ventosidad a modo de protesta. Salí de la habitación, con sigilo, mi último deseo, despertar a alguno de aquellos seres del inframundo.

La noche era fría, la luna llena, cuyo cerco le otorgaba aspecto de huevo desparramado; la acera, húmeda por el relente, reflejaba la luz amarillenta de las farolas. Un taxi multicolor, naranja, azul, gris, y el logo de IRN-BRU impreso sobre la carrocería, pasó junto a mí, sus ruedas salpicaron agua de un charco.

−¡Que te jodan, cabrón!  −grité en inglés, imitando el acento escocés chungo que oía a diario entre mis entrañables compañeros de dormitorio.

Recordé, de pronto, las palabras de Valentina. Acudieron a mi mente desde un cajoncito olvidado, al fondo de la memoria. Las mencionó la noche en la que nos conocimos, las tomé a broma, una exageración para darse importancia. Una tontería de una cría que resultó alcanzar los dieciocho, recién cumplidos.

−Si algún día desaparezco, busca a Meghan. No la llames por teléfono. Ellos lo escuchan todo.

Meghan era una vieja amiga, dijo. Inglesa, pero afincada en Edimburgo media vida. Periodista, y escritora de novela erótica. La ayudó durante los primeros días (cama, comida, un poco de dinero, y algún que otro abrazo), recién fugada del Centro de Acogida. Sin embargo, también se zafó de su empatía, de su cariño desinteresado, regresó al frío de las calles, a vagar desangelada, a robar fruta, magdalenas de colores, y esquivar borrachos.

−Quiero buscarme la vida sola, odio vivir de prestado… aunque Ellos me localicen… como susurran las voces… y un día aparezca muerta en una cuneta −dijo, en otra ocasión. Yo callaba, no la cuestionaba, ni le pedía explicaciones acerca de esos misteriosos personajes, que parecían habitar sólo en su cabecita.

Ignoro cómo logró subsistir hasta ahora, evitando a los guardias, sin llegar a sucumbir ante los Servicios Sociales, cómo logró continuar con vida en aquella ciudad hostil, bajo el barniz que embriaga a los turistas, ella, frágil como una muñeca desnuda. Quizás justo hasta hoy. Quizá yazca en una zanja, apaleada, violentada, su cabello de fuego cubriendo el rostro pálido, carente de vida, moteado de sangre, como tantas veces ella misma describía, a modo de morbosa premonición de niña traviesa, adicta a las novelas de Stephen King y los cuentos de vieja.  Pensé, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, de norte a sur, pasando por el ecuador. El vello erguido; toque de guerra; corre o pelea.

−¡Jorge, déjate de boludeces, carajo! −me abronqué, rasgando el silencio de la noche. Sonreí ante la expresión utilizada. Tan uruguaya, tan propia de Valentina.

Alcancé el barrio de Leith sin caer víctima de ningún atraco. Todo un logro a aquellas horas intempestivas, atravesando los jardines de Links. Reí, imaginando el careto que pondría el yonqui de turno, al cachearme, navaja en ristre, y comprobar que su botín ascendía a cuatro libras, y cuarenta y ocho centavos. A lo justo  alcanzaría para la cucharita, el filtro de cigarrillo y un limón. De la dama blanca, olvídate.

El sonido del timbre alumbró aquella avenida repleta de casas adosadas. Giré la cabeza echando un vistazo atrás. No había un alma en la calle. Tampoco hubo respuesta. Insistí con un poco más de ahínco, convencido de que algún vecino llamaría a la policía, al ver a tal desarrapado incordiando en un vecindario pijo.

Justo me volvía, en retirada, cabizbajo, la puerta se abrió.

−¿Eres tú, Jorge?  −Valentina me la presentó en su día, cuando todavía vivía bajo el amparo de su cálida presencia  −¿Qué sucede? ¿Se trata de  Valentina? −lo preguntó a su manera, ojos muy abiertos, cejas alzadas, los labios torcidos. Meghan se volcaba con los demás, vivía miles de vidas.

Entonces, extasiado, no pude aguantar más, rompí a llorar.

Meghan me invitó a pasar. Tomamos un té con leche en la cocina. Ya sosegado, le relaté lo sucedido. Tras escucharme, sin interrumpir, sacó su móvil y marcó un par de números seguidos. El de su confidente, asesor, y me temo que amante, y el de la policía.

Tras unas pesquisas, y otro par de tés, recibimos la desoladora noticia.

Valentina se hallaba en la comisaría sita en la Plaza Gayfield, bajo custodia, más en calidad de protegida que de investigada. Estuvo ingresada, durante las previas cuarenta y ocho horas, en el Ala de Salud Mental del Royal Hospital, en Morningside, tras sufrir una crisis con visos de brote psicótico. La sorprendió un taxista camino de casa, tras el turno de noche. De pie, en mitad de la carretera, vestía una minifalda a cuadros escoceses, algo caída, sin medias, una blusa arrugada que en su día fue blanca, zapatillas viejas. Alrededor de su cuello colgaba un sostén negro, rasgado,  probablemente suyo. Y sujeto entre las manos un puñado de sobres, abiertos de forma tosca, arrugados, de aspecto ajado.

−Las 48 cartas que mi padre escondió, las 48 cartas que mi padre escondió… −balbucía; sus pupilas a miles de millas; una mezcolanza de lágrimas, sangre, mocos y saliva goteaba sobre el capó del taxi negro, enorme, de formas redondeadas y aspecto clásico.

−¿Cariño, estás bien?  −preguntó de forma estúpida, a la par que preocupada el taxista −¿Hablas inglés? −añadió el tipo, obeso, cráneo rasurado, brazos repletos de tatuajes azules, deslavados.

Entonces, ella encendió aquellos faros en plena noche de tormenta, que llenaban su rostro, chispeantes, ora malévolos, ora virginales, como la protagonista revoltosa de un manga nipón, los cuales atravesaron los ojos saltones del chofer, cuya papada compartía talla XXL con las ojeras.

 El conductor vio una muchacha indefensa, aterrada (la risita pícara escondida tras las cortinas), que dijo, en perfecto inglés:

−¡Ha sido Jorge!; ¡Jorge Ariz intentó matarme!

Fui localizado, detenido, y esposado por un par de policías descomunales, con cara de dieta vegetariana, uniforme oscuro y chaleco antipuñaladas; emplearon lenguaje educado y modales férreos: “desearíamos que nos aclarase un par de asuntos, Míster”· Me sentí manejado cual equipaje de clase turista, ninguneado, arrojado primero al interior de una furgoneta con rejas, después a un calabozo tétrico, de época victoriana, frente al cual mi añorado hostal se me antojó el Hilton.

El destino, burlón, me reveló el infierno: ¡bienvenido a tu Castillo de If, pringado!

 


sábado, 19 de octubre de 2024

F199 - Fundido a negro

 Estos días he recordado de nuevo al amigo Murphy. Aunque empiezo a tener dudas. Una cosa es que el maestro de las tostadas pasee por tu día y otra que seas gafe. En ciertas circunstancias brota la pregunta del millón de rupias: ¿estas cosillas sólo me suceden a mí?

Mejor les cuento, y ustedes deciden.

Con los años, como los coches, uno va necesitando revisiones y citas de mantenimiento. Y de vez en cuando, una ITV. Hoy tocaba comprobar el estado de los neumáticos y poner algún que otro parche: hoy tocaba pies. Visita al podólogo, como se autodenominan, los que adoran toquetear pies ajenos, para darse importancia.

Me  presento con antelación, los británicos me inculcaron aquello de la puntualidad, aunque aterricé con los deberes medio hechos; venir de fábrica sin gepese crea ciertos hábitos, acostumbras a ir sobrado de tiempo a cualquier evento o cita, por si te pierdes, por si no te ubicas, que dicen ahora los estiradillos de turno.

La singular pareja llega un poco después. Matrimonio japonés de mediana edad tirando a  prejubilación. Llama mi atención que él entre primero; ella, tras unos segundos eternos en posición de firmes, con cabeza gacha, cruza el umbral (a punto estuvo de cerrarse la puerta en su cara). Como si hubiera pedido permiso mentalmente. Ropa de excursión: él, pantalones de monte y cortavientos goretex de tonos apagados, y botas impregnadas de barro. Ella, más de lo mismo, pero sus botas apenas tienen lodo. Ambos portan gafas de montura metálica, un tanto pasadas de moda, o quizás vintage explorador. A pesar de la distancia física (sillas separadas) noto complicidad entre ellos, aquella que nace y crece durante toda una vida cercana. Gestos gemelos, conversación tranquila, idéntica postura al sentarse, la curiosidad compartida. Son viandantes del Camino de Santiago, no es necesario poseer una Licencia de Investigador Privado para percatarse. Dos caminantes, con barro en las botas, en la salita de espera del podólogo. Todo muy almodovariano, a pesar de los colores deslavados.

No puedo evitar observarles, a hurtadillas. Parapetado tras mi libro, lanzo ojeadas distraídas. Todo lo contemplan con curiosidad científica. Móviles en mano. Ella, dos terminales, que sujeta con una sola mano, emparejados, como si los aparatos estuvieran haciendo cositas amorosas. Él, alza el suyo, con desgana, trata de sonreír sin mucho éxito y dispara un par de selfis, con la pared −plagada de marcos: diplomas y fotos de pies retorcidos− de fondo. ¿Esto se considera kitsch? Ni idea.

Reparo en la mochila que acarrea la mujer. Apoyada sobre sus rodillas. Aspecto barato, de tienda de chinos. Tejido bicolor: azul y granate. Un escudo del F. C. Barcelona en la parte delantera. La lengüetilla que tira de la cremallera superior recubierta con una funda rojigualda. Cuántos sentimientos encontrados en tan poco espacio, pienso.

−Jorge, ya puedes pasar −dice la auxiliar, sonriendo tras la mascarilla.

Espero unos minutos, sentado en aquella butaca reclinable, descalzo, pies apoyados sobre un simpático papel decorado con dibujos de pinreles que se carcajean. Pura felicidad podal.

Música suave de fondo. Aire acondicionado que pelea contra este octubre tropical. Estoy cómodo, a pesar de que el desasosiego amenaza con tomar la plaza. No es fácil relajarse, observando objetos punzantes, utensilios que pueden rasgar la piel, herramientas que provocarían sangrado… instrumentos de potencial torturador sobre una servilleta de papel color verde urgencias, y botes con símbolos de contenido tóxico y radiactivo aquí y allá.

La podóloga comienza su labor, con aquellas grandes tijeras que parecen de podar cepas. Se muestra afable; conversamos sobre niños, trabajo, politicastros y vida.

De repente, la oscuridad.

Exagero, porque es mediodía y el ventanal de considerable tamaño. Mas el potente foco de trabajo se apaga, la música de fondo cesa, las luces del techo se unen a la sentada. El aparato de aire, tras un par de tosidas, cof, cof, enmudece. El piloto verde que indica actividad de la máquina con tornos, pulidores y otros instrumentos, parpadea comatoso y muere.

−¡Vaya por Dios! Disculpa, Jorge, voy a ver qué sucede −dice la doctora, y sale del cuarto.

Vi obras en la calle. Difícil no reparar en ellas cuando pulsas el portero automático. Polvo, ruido y olores diversos te dan la bienvenida. Dicen estar mejorando un paso de peatones. Aunque viendo el tamaño del socavón dudas si estarán horadando la entrada inaugural de metro en la pequeña ciudad norteña. Quizás un obrero se dejó llevar por el entusiasmo, radial en mano, y cortó el cable rojo…  y el verde, y el amarillo.

Si a ello añadimos que un vientecito con vocación de huracán y bautizado Kirk (suena a pistolero duro: Kirk Douglas) está haciendo de las suyas por todo el norte de España, lo del apagón empieza a tener más pretendientes que la hija de Amancio Ortega en sus años mozos.

Porque el apagón es general. El bar de abajo, el dentista del piso inferior, el bufete de abogados arriba. Todo el edificio fundido a negro, como en una película de misterio. Ruego que no desaparezcan clientes y pacientes, de uno en uno, cual víctimas en “Los diez negritos”, o “Los solitarios”.

Me envían para casa.” Lo lamento mucho, Jorge, esto va para largo”, dice la buena mujer tras realizar un par de llamadas. Acordamos una siguiente cita; cruzo los dedos tras la espalda, como cuando éramos chiquillos. No acepta ni un céntimo, detalle que agradezco.

El hall está vacío, ni rastro de los japoneses. Quizás requerían algún tipo de cura urgente y quedaron servidos. Así lo espero, ¡Buen Camino!, les deseo en un susurro.

Apenas una semana después. En otra ciudad, otra vida.

Día gris y triste. La tormenta dando sus últimos coletazos. Decido ir al cine, antaño refugio habitual. Hoy, los precios, Netflix y las infames películas españolas de subvención asegurada, hacen de mis visitas a la pantalla grande algo esporádico.

“Soy Nevenka”, dice la cartelera. Icíar Bollaín, la directora. Sonrío, recordando aquella película que me hizo soñar mil años ha. Cuando el cine patrio todavía podía sorprenderte. Film, quizás, germen inconsciente de mi futura escapada escocesa, quién sabe. “Hola, ¿estás sola?” rezaba el título. Ignoro si mi nostalgia se debe al contenido de la cinta o a los veintipocos años que yo lucía.

Me vengo arriba, “para dos días al año que vienes”, trato de convencerme, de callar la vocecita que susurra palabras incómodas, dieta, calorías, sal, michelines. En el mostrador, palomitas, chocolatinas, botellín de agua. Un festín cinéfilo.

La fila es interminable. El local, en restauración. Golpes y taladros de fondo. Me persiguen las obras en este país del ruido. Espero que la sala esté bien aislada.

−Aquí tiene. Sala dos, fila tres, butaca trece −dice la adolescente, su gesto concentrado impide brotar la sonrisa.

Tras picar el tique, es un decir pues la señora de la puerta se limitó a echar una ojeada, tras unas gruesas lentes, me dirijo a la doble puerta. Sala dos, reza un cartel junto a un folio, con el título multicolor del largometraje, pegado con celo.

Es una sala diminuta, los multicines se cargaron el invento. La magia se desangró, apuñalada por la avaricia. Única meta, amortizar el metro cuadrado. Apenas media docena de filas. La tercera por la mitad. Me acerco, miro hacia un lado, hacia otro, la numeración cada vez más absurda en los cines modernos. No consigo encontrar el maldito trece, nunca mejor dicho. Salgo un tanto azorado. Bajo la luz amarillenta del pasillo, con dedos temblorosos, extraigo la funda y me coloco las gafas de viejo. Compruebo los numeritos hechos diminutos a propósito, para confundirnos. Sala dos, fila tres, butaca trece. What the fuck!, no puedo evitar el juramento en voz alta. Nadie parece escucharlo.

−Señorita, por favor −digo a la mujer que “picó” la entrada. Me mira como a un extraterrestre recién aterrizado. Lo de señorita ya no se lleva, Jorge, me abronco.

Le comento el problemilla. Mire usted, quizás estoy algo torpe, no logro hallar mi asiento. En su defensa, debo indicar que en ningún momento me miró mal, ni insinuó que en efecto era un tipo de lo más torpe. Algo sospechaba la señora.

Entra con rapidez a la sala de juguete. El Cinexin lucía más glamur. Sigo sus pasos cual fiel escudero. Índice alzado, señala.

−Mire, ahí mismo, en la fila tres, a la izquierda, junto a la pared está su asien…

Silencio.

Me mira, ojos muy abiertos.

La miro, más curioso que enojado.

Fundido a negro.

Sale a la carrera, despavorida, con mi entrada en la mano, murmurando palabras sin sentido, quizás en alguna lengua muerta, hace aspavientos en dirección Taquillas.

Al cabo de un rato, regresa. La espero junto a la doble puerta, el cartón de palomitas en una mano, el agua en la otra, las chocolatinas derritiéndose en el bolsillo trasero.

Con gesto contrariado, serio, extiende su mano. El gesto invita a la imitación, así que extiendo la mía, sujetando precariamente el botellín helado bajo la axila.

−Lo lamento muchísimo, la butaca trece no existe −dice, depositando en mi mano un puñado de monedas que amenaza caer.

Da media vuelta y desaparece tras una puertecita que juraría no estaba cuando llegué… un eco de risa brujeril alcanza mis oídos, o tal vez se trate del sonido de una broca de taladro al penetrar la pared, y mi mente haga el resto.

“Se acerca el puto Halloween”, me digo, mientras acerco el cubilete al rostro y ataco a bocados las palomitas.

 



martes, 8 de octubre de 2024

F198 - Terribles noticias

 Existen malas noticias y noticias nefastas. Un martes cualquiera te levantas de la cama, desperezas rozando descoyuntar, acompañas el gesto con un sonoro e interminable bostezo, seguido del rascar de la nalga izquierda. Arrastras las pantuflas camino de la cocina, y  con ojos entreabiertos dispones el desayuno −tu mug preferida, café instantáneo, una magdalena revenida que sobrevivió a la última purga de bollería viciosa− ignorando lo que te aguarda.

Crees, ingenuo de ti, que es un día más, otro día de cole. ¿Hay algo más anodino que un martes laborable? Pero no. Es un día fatídico, un día para olvidar, un día que hubieras preferido permanecer agazapado, en posición fetal, bajo el duvet (otra palabra que acude a mi mente, sin ser invocada, trayendo sabor escocés) soñando con Ella o con otra cualquiera. Es el mejor sueño, te dices, vívido cual viaje astral, de los que no te importaría nunca despertar. Una muerte dulce, como de envenenamiento por tufo bodeguero, morir tranquilo bajo el edredón, sintiendo la tibieza que desprende su espalda, rozando tus fríos pies con los suyos, suaves, pequeños, cálidos, sanadores.

Hojeas la revista, mera distracción mientras la magdalena se empapa de café. Y no lo puedes creer. Un clic dentro de tu cerebro. ¿Qué fue eso? Algo viste, de refilón, algo llamó tu atención. ¿Lo leí bien? Regresas a la portada. La noticia ni  siquiera aparece en grandes letras, sino camuflada en una de las esquinas inferiores (los que manejan el cotarro no desean que estalle el pánico total). Abres los ojos tanto que las legañas desaparecen. La magdalena, detenida en el aire, quiebra y un trozo de considerable tamaño cae, cual bomba Little Boy, sobre tu taza favorita, creando un pequeño tsunami que deja pringada la superficie de la mesa; bendito hule, te dices. Trapo húmedo y resuelto.

Lees el titular tres veces, luego una cuarta vez. No logras asimilarlo, no quieres asimilarlo; tu cerebro trata de consolarte: es una broma, seguro que se trata de un ejemplar viejo, con fecha cercana al Día de los Inocentes. Luego recuerdas que la entrañable fecha ya no existe, que fue devorada por la modernidad, por la globalización y por la estupidez que todo lo envuelve en este siglo XXI. Titulares a diario podrían ser inocentadas, incluso en pleno mayo. Mas no lo son. Titulares absurdos y obscenos surgen de periódicos y noticieros día tras día. La estupidez se extiende como una gota de tinta negra en un vaso de agua.

Sin embargo, las líneas ante mis ojos no son bobada diaria, el titular arrinconado reza la peor de las noticias. El preámbulo del Fin del Mundo. El primer sello quebrado del Apocalipsis.

“El cambio climático y la especulación

 amenazan dos placeres cotidianos:

llega el Fin del chocolate y la cerveza”

 

Abro la revista, buscando la página de la infamia, dedos temblorosos, la magdalena desmigada flota sobre el café templado cual restos de un glaciar. Ataco el primer párrafo, ruego al Cielo que sea un malentendido, el trabajo de un becario embriagado, la broma de un periodista aburrido jugando a crear titulares escandalosos, una inocentada desubicada, quizás el experimento de una IA-L (Inteligencia Artificial más bien Lerda).

No lo es.

La noticia se muestra con argumento, coherencia, aporta detalles, números, porcentajes, estadísticas y gráficos, un croquis tenebroso. El maldito titular es verídico; encabezamiento a cara descubierta, sin máscara ni maquillaje alguno. No se trata de un clickbait, tan de moda como absurdo y frustrante (para quienes no hayan batallado con el idioma shakespeariano: una pequeña trampa, titular llamativo, polémico, a veces incluso ajeno a la verdad, en prensa digital; su único objetivo, que lo pinches y accedas a la noticia −plagada de publicidad− y, tras leerla, quedes igual porque no aporta nada. Lo dije, la estupidez se extiende, imparable.

Es el Fin del Mundo, pienso.

Nos engañaron con las películas “Mad Max”. Tras el Armagedón no habrá persecuciones con bugas molones y destartalados en busca de una garrafa de gasolina, habrá garrotazos por una onza de chocolate negro. Puñaladas por una lata de cerveza tibia.

Ahora comprendo la urgencia por el Brexit. Los hijos de la Gran Bretaña lo sabían. ¡Tanto MI1, MI5, MI6, MI33! Poseían información privilegiada. Los James Bond de turno hicieron los deberes como aplicadas colegialas. Conocían la cercana tragedia. Que la Humanidad perderá la chaveta, que nos mataremos por un chocolate a la taza. Les entró la prisa, debían cerrar fronteras y ponerse de inmediato a hacer acopio de barriles de cerveza y barritas Mars. En ello iba la vida de millones de británicos. Sin dichas viandas, la dieta isleña quedaría reducida a la ingesta de patatas fritas en bolsa o de chips grasientas envueltas en papel de periódico junto a una hedionda masa blanquecina  −rebozada con dos kilos de engrudo− a la cual denominan fish (pescado).

Es definitivo, nos vamos al carajo.

Muy de vez en cuando, veo el telediario. Guiado por la añoranza de tiempos pasados, cuando el noticiero era eso, un cúmulo de noticias, separadas en secciones, argumentadas. Ahora todo es un popurrí de imágenes horrendas. Un puré de tragedias con Bach de banda sonora, y algún silencio preñado de morbo.  No importa si se trata del estallido de un volcán, de un terremoto, una guerra o la madre de todos los atentados. Ellos crean su batido gráfico y sonoro para amedrentar. Jamás el miedo generó tanta riqueza.

Y lo consiguen.

Observo incrédulo el mundo, al otro lado de la pantalla, despatarrado en el sofá. Entonces sonrío de aquella manera que ustedes ya conocen. Una sonrisa ladeada, triste, a media asta. Una sonrisa de hasta luego Lucas. Sonrío porque sé que no me afectará la hambruna de chocolate ni la sed de birra. No me dará tiempo, no nos dará tiempo. Extiendes los dedos y puedes palpar el desastre total. El bueno de Ken Follet lo relata de maravilla en su novela: “Nunca”. Pura ficción, pura realidad.

Otras veces, me sorprendo deseando la alternativa, un meteorito grande, un cachas de gimnasio sideral, embrutecido a base de pesas y sustancias prohibidas (raya lo poético, un asteroide petado de esteroides); un meteorito con una fijación en su cerebro inexistente, un destino escrito con mayúsculas en su GPS, La Tierra.

Un pum gordísimo que nos ahorre sufrimiento, bochorno… todo lo demás.

Tan sólo espero que, como en la película “No mires arriba”, conozcamos la fecha de caducidad del yogur terrícola. Día, y hora aproximada, del impacto fatal, para así, emulando a los protagonistas, poder juntarnos cuatro amigos (siempre me sobraron dedos para contarlos) y disfrutar tranquilos del último atardecer: teléfonos móviles humeantes dentro de la chimenea, pantalla de televisor destrozada, el rúter ahorcado con su propia fibra óptica; y entonces sí… batallitas, música, risas, labios embadurnados en chocolate cual chiquillos, y la bañera repleta de latas de cerveza entre cubitos de hielo, como pequeños Titanic en busca de su destino, su iceberg.