domingo, 3 de marzo de 2019

F106 - Cafés con Dominica (febrero 2005)


La llamaron Dominica.

Su nombre era Dominica y me miraba como nadie lo hizo nunca. Me miraba dulce, misteriosa, con velada admiración por alguna heroica hazaña que no me constaba haber consumado.

Pero comencemos por el principio. El polideportivo, que hacía las veces de gigantesca sala conferencias, estaba abarrotado. Alumnos de los diversos cursos esperábamos, pacientes y distraídos, nuestro turno para ser fotografiados, rellenar solicitudes varias y obtener las correspondientes acreditaciones. Una vez superado dicho protocolo, debíamos permanecer en el salón para escuchar el discurso de bienvenida, por parte de la directora del Instituto (College, lo denominan por estos lares).

Tras obtener mi tarjeta de identificación, pasada la prueba de fuego de ser retratado deprisa y corriendo, con incómodos testigos, y sin calentamiento previo, regresé a las hileras de sillas (colocadas a modo de anfiteatro, abajo el escenario donde estaban las mesas con el papeleo, los fotógrafos, tutores, etc.). Me mostraba apurado, aún carente del valor necesario para echar un vistazo a aquella horrible instantánea plastificada en mi carné, la cual años más tarde, y miles de kilómetros más lejos, provocaría en mí nostálgicas carcajadas.

Los asientos, de plástico blanco, sujetos al suelo, no estaban asignados, cada uno ocupaba el primero que encontrase libre en un ajetreado ir y venir, al plató, a los servicios, a la grada. Al alcanzar el que había sido mi sitio, antes de bajar a realizar el trámite de matriculación, lo encontré ocupado por una señora, de edad indefinida, concentrada tras sus gafas bifocales, leyendo uno de los folletos sobre los estudios a elegir en aquel colegio. Eso me encanta de este país, pensé, no reparan en edad ni condición a la hora de aceptar alumnos. Ni siquiera lo preguntan.

Alcé la vista, algo apurado, tratando de localizar algún hueco entre todo aquel vociferante gentío.

Entonces la vi.

Dos filas más arriba, una chica me observaba, divertida ante mi apuro. Me hizo una seña, indicando el asiento a su izquierda donde reposaba una pequeña mochila. “Está libre”, adiviné en sus labios.

Subí aquellos escasos cuatro peldaños sin apenas rozarlos. Aquellos ojos grandes, profundos, llenos de misterio, tiraban de mí con una mezcla de dulzura y firmeza imposibles de eludir. Me sentí polilla volando hacia una bombilla incandescente, volando hacia el paraíso, o hacia la muerte. Mi voluntad anulada, mis levitantes pasos programados por un ente desconocido, mi mente abducida por un ser superior.

Tras una rápida presentación, “Hola, me llamo Dominica, voy a estudiar Medios y Comunicación Audiovisual, y tú?”. Comenzamos a charlar como si nos reencontrásemos tras haber sido separados, tiempo atrás, por un maligno conjuro preparado por algún brujo vil, ruin y envidioso.

Su voz cálida, melosa, con un tono de gravedad que acrecentaba su sensualidad. Sus ojos oscuros, con ese brillo que refleja la ilusión tan sólo provocada por la juventud o por un sueño largamente perseguido. Su sonrisa, tímida y limpia, desperezaba pequeños hoyuelos en sus mejillas. Suaves hendiduras que aparecían y se ocultaban, cual meandros de un Guadiana que atravesara su hermoso rostro.

Sentado a su vera, mi corazón latía cual potro salvaje, gritándome que acariciara sus cercanos dedos, me hundiera en sus acuosos ojos color miel ecológica y susurrara a su oído: llévame contigo, adonde quieras. Ráptame y gastémonos el dinero del rescate en recorrer el mundo. 

No es de aquí. Deduje casi de inmediato. A pesar de su encantador acento escocés, esta chavala no es de aquí. Ese encanto, ese hablar sosegado, como perezoso. Esa naturalidad con un extraño, sin alcohol de por medio. Ese exótico nombre. Su piel morena, de guerrera Siux. Su cabellera negra, lisa, de interminable longitud. No, no es de aquí.

Nunca, en toda mi vida, he deseado con tanto ímpetu el poder borrar quince años de mi deneí. Aquella moceta tendría la edad de Kelly cuando me incorporé a mi primer trabajo, habiendo acumulado yo otros tres años en mi particular marcador.

De madre caribeña y padre irlandés, Dominica era la menor de siete hermanos, el resto varones. Acostumbrada a reír, jugar, pelear y subirse a los árboles con ellos. Me contó más adelante, cuando café tras café, la confianza creció entre nosotros. Sus carcajadas, sinceras, sin doblez, resonaban entre las paredes de aquella cantina colegial. Mi historia de huída y misterio, mi extraño acento y mi supuesta veteranía en este tinglado que llamamos vida, despertaban su curiosidad. Yo trataba de aderezar aquellos pequeños breaks, de café en vasito de plástico y confidencias, con tonterías y anécdotas, arrancando sus risotadas sin camuflaje, como las que soltó tras mi pregunta al escuchar su relato de familia numerosa: “¿Siete hermanos, tus padres no tenían televisión, o qué? Risas de muchacha traviesa, fingiendo sonrojo y escándalo. Risas de abismo y perdición.

Me explicó que eran creyentes. Que su familia pertenecía a una rama de los Testigos de Jehová, o los Hermanos de Javéh, o los Mormones del Señor, o algo parecido. Que Dios decidía sobre nuestros destinos, allanaba nuestros caminos y nos bendecía con hijos. Que no celebraban bautizos, ni bodas, ni cumpleaños. Festejar su nacimiento reflejaría una falta de modestia, supondría un pecado, una ofensa al Creador. Por toda respuesta, yo ofrecía una sonrisa respetuosa pero triste. Encogía los hombros, tratando de restar importancia a semejante declaración. En aquel instante, le hubiera regalado una veintena de globos enormes, rojos, amarillos, violetas, rosas,… cada uno con su número correspondiente, le hubiera comprado una enorme tarta de veinte pisos, llena de chocolate, nata y crema de yema, hubiera llenado su cuarto de flores, velas, bengalas, champán y fresas, tratando de arrojar un poco de luz, e ilusión,  sobre tantos aniversarios encerrados en las sombras de un armario, cuya llave custodiaba un dios lúgubre, aburrido, egoísta y arcaico.

Jamás disfruté tanto de aquel brebaje parduzco, de máquina expendedora en vasito de plástico, al que denominaban café en esa luminosa y escandalosa cantina de Instituto. De los intervalos entre clases, siempre tan breves, aderezados de confidencias, silencios y señales. Veladas tentaciones, más allá de las tartas de chocolate, bizcochos y pasteles de zanahoria, sugerentes y suculentos en el expositor cristalino sobre el mostrador.

Aquellos deliciosos cafés con Dominica.

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