El curso avanzaba sin esperar a
nadie. Carecía de piedad o empatía. Si estabas agotado como resultado de una
larga semana entre platos sucios, cacerolas que frotar y cervezas trasnochadas,
el fin de semana tu homework te
miraba a la cara y se reía de tus lamentos.
El examen para el First se
acercaba. En unos pocos meses me enfrentaría a mi primera gran pregunta: ¿Realmente he mejorado mi inglés?
Aquel curso fuimos un grupo de
alumnos privilegiados. Contábamos con dos profesoras – Wendy (irlandesa) y
Alexandra (escocesa) − que se desvivían por nosotros. Su único objetivo en esta
vida parecía ser, que el mayor número posible de alumnos pasara las famosas
pruebas del First (Speaking, Listening, Writing, Reading y
Grammar).
Wendy era una persona
encantadora. De naturaleza simpática y abierta, pero una profesional como la
copa de un pino (que dicen en mi pueblo, y que nunca entendí semejante
comparativa). Era una profesora la cual notabas que se preparaba cada lección
como si en ello le fuera la vida. Tenía el necesario sentido común a la hora de
dividirnos en parejas o grupos, mezclando a los españoles – gran mayoría− con
estudiantes de otras nacionalidades. Además contaba con mano izquierda, para
saber encauzar una clase cuando se iba por otros derroteros (normalmente a
consecuencia de discusiones absurdas entre nosotros, los ibéricos, tanto en
inglés vallecano como directamente en español). Recuerdo una vez que nos
enzarzamos en una disputa dialéctica entre dos grupos, sobre algo tan banal que
ni lo registré en la memoria, y que yo mismo zanjé con un “C´mon man don´t sell me the motorbike!” que arrancó carcajadas
entre los spaniardos y bocas abiertas
entre chinos y polacos (que no entendían que tenía que ver la venta de una moto
en todo aquello).
Alexandra era una señora mayor,
de Glasgow. Gafas redondas y pelo gris larguísimo, en coleta hasta la cintura. Era
tan mayor que todos creíamos que le faltaban no días, sino minutos para
jubilarse. Hablaba con voz dulce y suave. Apenas un susurro. Necesitabas toda
tu concentración sólo para escucharle. Esto, junto a su acento cerrado de
Glasgow provocaba un silencio respetuoso y atenazado en la clase. Alexandra nos
preparaba para la prueba de hablar. El llamado speaking. Recuerdo todavía sus sabios consejos. Nos decía que
hablásemos continuamente en la prueba (un diálogo con tu establecido partner, comentando una foto, delante de
los examinadores). Si desconocíamos una palabra, debíamos dar un rodeo en nuestra
declamación, eligiendo otras palabras para expresar lo deseado. Que no nos
preocupásemos por los errores. Si bien, tratáramos de no dar graves patadas a
la gramática de su Graciosa Majestad. Mejor hablar que quedarse callados, era
su lema. “Keep talking, you just keep
talking” todavía la escucho en mi cabeza (tras tantos años), con su voz
dulce y su marcado acento de Glasgow: alargando las vocales en ambos verbos:
sonando algo así como: “kiiip toooking, iu iest kiiip toooking”. Y claro, yo seguí
su experto consejo. ¿Cómo no hacer caso de una profesora de por lo menos ciento
cuarenta y dos años?
Volvieron los cafés de máquina en
vasito de plástico, las charlas, las risas en la cantina. Nacieron nuevas
amistades que fueron cuajando a base de diálogos en inglés , en español y en spanglish.
Al igual que conocí a Bea y David, entre libros y diccionarios, también Marta y
Cristina entraron en mi vida. Ésta asturiana, aquella gallega. Eran como la
leche y el colacao. Tan diferentes que no podían estar separadas ni un
instante. Eran como Pin y Pon, imposible hablar de una de ellas sin mencionar a
la otra.
Marta y Cristina compartían un
pequeño piso en Dalry Road. En seguida nos aficionamos a las visitas de café de
kettle, cotilleo y galletas de
chocolate Mcvitie’s (cuyo ingrediente secreto impide que empieces un paquete y
no lo termines). Nos dedicábamos a despellejar a éste o aquella, planear
brillantes futuros o arreglar las injusticias que oprimían al mundo. Todo ello
con dosis de carcajadas que saciaban nuestra adicción para el resto de la
semana. Y es que, al principio, reir de manera incontrolada, entre amigos, es
una de las carencias que atacan tu alma emigrante. De ahí que cuando la
nostalgia muerde, tantos y tantos acaban por retornar a Iberolandia, donde nos reimos
hasta de un cuadro. Muchas veces reimos por no llorar.
A veces acudíamos los tres (Bea,
David y yo), en otras ocasiones sólo los chicos, e incluso yo continué la no
muy saludable tradición (por la ingesta de calorías, no por la compañía) cuando
ellos regresaron a España. Debo confesar que yo me solía dejar caer, de vez
en cuando, por si coincidía con una visita de Clara.
Clara era amiga de Pin y Pon. Una
de esas muchachas que tienen el don de la belleza natural. Esa rara condición que
viene de serie, o no viene. Poseía un tipo bien formado y de medidas
proporcionadas. Rostro simétrico, ovalado. Labios carnosos y dentadura perfecta
y blanquísima (tras vivir en Escocia por un tiempo comienzas a apreciar este
pequeño detalle). Pómulos indiscretos y ojos de escándalo. Unos ojos que
miraban y ataban. Esmeraldas imantadas. No dejaban escapar. Tú mente decía “corre por tu vida, chaval”, pero tus
piernas se volvían gelatina.
Clara además conocía los secretos
de cómo disfrazarse y pintarse de guerra, de modo discreto pero arrollador al
mismo tiempo. Sin llamar en exceso la atención, con clase pero con
personalidad. Con un toque dulce y al mismo tiempo sofisticado.
Clara me gustaba, un poquitín.
Pero. ¿Por qué siempre hay un “pero”? Pertenecíamos a mundos
diferentes. Ella de Saturno, yo de Neptuno. Nada que ver. Nada que hacer.
Incluso su manera de hablar −el tono, la dicción, el léxico (trufado de muchos o-sea, te-lo-juro
y me-muero-tía)− pertenecía a un
universo diferente al mío. A todo esto debería añadir que la chica no callaba
ni haciendo inmersión con oxígeno en el Mar Rojo. Era un constante flujo de
palabras, pegadas unas a otras sin apenas espacio. Una ametralladora
dialéctica. Ratatatata. Un ataque
devastador que te hacía plantearte dos opciones: o bien exhibir el consabido
trapo blanco, o bien meterle una galleta de chocolate en su preciosa boca. En
una ocasión, al salir de una de nuestras visitas cafeteras, David, el muy
golfo, me dijo “¡Uf pal, creía que no iba
a callar!” haciéndome reir hasta las lágrimas. ¡Qué cabrón!
A pesar de esos pequeños
defectillos, Clara me gustaba un poquitín.
Mas un día sucedió lo que tenía
que suceder. Ocurrió un hecho que zanjaba el asunto. No había nada que hacer.
Pasó algo que derrumbó las pocas posibilidades de éxito que el destino cruel
tenía para nosotros como potencial pareja. Allí estábamos todos, una tarde más,
con nuestro café de kettel, nuestras
Mcvitie's, nuestros chistes y cotilleos. Una tarde como tantas otras. Una tarde
disfrazada y embustera, que escondía un
hecho atroz a punto de suceder. Una tarde traidora y agorera. Clara mostró
aquella sonrisa imposible y angelical, alzó su voz a mitad de la conversación y
exclamó: “¡No os lo vais a creer chicos,
he visto un bolso en una tienda de George Street que era ideal de la muerte!” (Lo
dijo en serio, sin una pizca de ironía en su tono. Se lo juro a ustedes por Snoopy).
Aquella aciaga tarde comprendí
que Clara no era mujer para mí.
Jajaja mítica frase, la de Snoopy.
ResponderEliminarSí, la he plagiado, pero ni idea de quien la creó :-)
EliminarGracias por leerme Andrómeda (y por comentar).
Aquí me tienes, riendo a carcajada limpia. Y es que en nuestro grupo de amigas en Cork también hay una Clara. Siempre le digo de broma que yo me preguntaba quién compraría en Tomás Marrón hasta que la conocí a ella ;P El primer día que quedamos para tomarnos un café estuve media hora inventando excusas en mi cabeza para levantarme e irme. (Menos mal que no lo hice, porque como he dicho arriba, ahora es amiga)
ResponderEliminarxx
Que conste que Clara era buena chavala. Pero vivía en los mundos de Yupi, algo sencillo con la visa oro de tu papi para emergencias.
EliminarJajaj! Me encanta como proyectas tus vivencias. En muchas ocasiones me veo reflejado en ellas y es algo interesante. Yo de momento sigo en España, creo que no por mucho tiempo, y en tus historias aunque queda claro que hay momentos de currárselo y sufrir, no podría ser de otra manera, pero a mi me transmiten la sensación de estar vivo, muy vivo.
ResponderEliminarMi enhorabuena!
Gracias Javimad. Han pasado muchos años, muchas anécdotas que todavía tengo en la mochila (buenas, regulares y malas) pero NUNCA, ni por un minuto me arrepentí de aquella lejana decisión de venir a Escocia.
EliminarY sí, exacto. Esa era la sensación (sobre todo el primer año): "estar vivo, muy vivo".
Gracias por leerme ¡y por comentar!
¡¡Me encantan los comentarios!! (aviso a navegantes) :-)
Buenos días:
ResponderEliminarOtra fargadita mas, e igual que las precedentes, me encanta.
Claro que si, al principio todo es como un cuento de hadas, vives flotando en una nube, y no te digo nada si flotas al lado de una gata de ojos verde esmeralda que te tiene hechizado, entonces da por anulado todo intento de resistencia, y tu voluntad claudicada sin remisión. Pero el correr de las arenas del tiempo es implacable, mella hsta el mas fuerte de los aceros, hasta la torre mas altiva otrora fuerte acaba desmoronada, y no hay manera de sustraerse a ello. Poco a poco vas despertando de semejante encantamiento que sólo ellas son capaces de tejer a nuestro alrededor, que con su singular maestría hace que ni siquiera nos percatemos de ello al principio.
¿Después de tantos años sigues soltero?, pues no sabes lo tranquilo que vives, palabra de casado. Aprovecho este momento que mi MDD no está en casa para escribirte estas palabras.
¿Sabes que diferencia hay entre un hada y una bruja?
Diez años de matrimonio.
Santurtziarra
Jaja gracias Santurtzi! Gracias por comentar.
EliminarQue yo recuerde en ningún momento he mencionado mi actual estado civil.
Pero se agradece el resumen de un caso de matrimonio :-)
Un saludo
(El día que decidas escribir un blog, me lo apuntaré en favoritos, pues se te nota mucha calidad).
Buenos días
ResponderEliminarPor supupuesto hasta donde yo te he leído no has mencionado jamás tu estado civil en ningún mensaje que hayas publicado en el foro ni en el presente Blog, ni es algo en lo cual quiera inmiscuirme en absoluto, era simplemente un comentario sin malas intenciones por mi parte, un comentario medio en broma que también suelo hacer a personas conocidas que al borde del cuarentazo, siguen estando solteras.
Ya sabes que en el País Vasco, ligar no es pecado, es un milagro digno de ser agradecido con una peregrinación al monasterio de Aránzazu.
Un saludete
Santurtziarra
No te preocupes, no me ha molestado (fue sorpresa pues no suelo mencionarlo).
Eliminar:-)
Muy buena la entrada, gracias por alegrarme la mañana. Esa chica podría haber sido la mujer de tu vida y te la perdiste jeje, ya en serio, creo que a veces en el amor/sexo/amistad llamemoslo "X" hay que arriesgar un poco dejarse llevar por ese fluir de sentimientos encontrados y apartar el razocinio dandole una buena patada en el trasero. Me gustas pero me atormentas, dificil decisión, siempre es complicado lo sé.
ResponderEliminarUn saludo
Gracias por el comentario Piticli.
EliminarBueno, esta es mi versión. Sería interesante conocer la suya (que fijo ni se enteró de mi tormento) ;-)
Yo sé un dicho mejor: muchas veces una derrota es una victoria.
¿Y si era un louis vuitton? :ppp
ResponderEliminarEse corre este año en el mundial de F1?
EliminarCon una pija de tal calibre,solo podrias haber ligado llamandote Borja Mari.
ResponderEliminarO teniendo sus tarjetas oro ;-)
Eliminarjajajaja, me muero de risa, en serio!!
ResponderEliminarGenial, te acabas de cargar a un estereotipo universal en tres renglones XD
ResponderEliminarPD: Tu blog es estupendo, empecé a leerte porque pasé un verano en Edimburgo y me caló en el alma, pero al leer tus historias aún me sigue hechizando, desde la distancia esta vez, y estoy seguro de que también les ocurre a muchos de los que pasan por aquí. En fin, ánimo con ello y no dejes de escribir, sobre todo de la forma tan familiar en que lo haces.
Y de nuevo enhorabuena
Pues muchas gracias Green, estoy autocorrigiendo las primeras historias (agotador, muchos errores y patadas a la lengua de Cervantes) y tengo en mente autoeditar un librito electrónico con ellas. :-)
EliminarEdimburgo es una ciudad mágica... a mí no me deja escapar...