domingo, 29 de junio de 2014

F73- A Big Red Bus (I), (marzo 2004)

En el Reino Unido, de todos es conocida la canción para niños “The Wheels On the Bus”, sin embargo existe otra melodía infantil menos popular cuya letra reza así:

                        A big red bus,
                        A big, red bus,
                        Mini, mini, mini and a big red bus
                        A big red bus,
                        A big red bus,
                        Mini, mini, mini and a big red bus
                        Ferrari! Ferrari!
                        Mini, mini, mini and a big red bus

Les juro a ustedes que he dedicado horas enteras a tratar de comprender su significado, si lo tiene, pero no he alcanzado tal meta. Lo del autobús grande y rojo, supongo hace referencia a los clásicos autocares londinenses de dos pisos. Hasta ahí todo bien. Ningún problema. No problemo, que diría Arnie. La parte de mini, mini, mini podría ser un pequeño homenaje al modelo de coche británico que se convirtió en todo un icono del país: el Mini. Yo lo visualizo de color rojo sangre y la capota decorada con la bandera de la Union Jack. Pero aquí viene el verso  que me tiene totalmente descolocado, causa de largas horas de meditación y noches desveladas: Ferrari! Ferrari! ¿ein? O como dirían ellos mismos: What? ¿A qué viene esa admiración a la marca automovilística del caballito rampante, número uno por excelencia, la cual es más italiana que la pizza cuatro estaciones? A no ser que sea simplemente otra referencia al colorado de su bandera, pues me cuesta mucho creer que estos locos británicos estén convirtiendo a sus pequeños retoños en seguidores acérrimos de nuestro querido piloto español, Fernando Alonso, más asturiano que los fayueles, actualmente de capa –roja, como la de Superman- caída. ¡Oh! ¡Quizás se trate de eso otra vez! Tan sólo una referencia más hacia la carrocería bermellón del dichoso autobús. ¿Tantas horas de desvelo para esto?

Disculpen este pequeño viaje a las nubes. Sólo deseaba introducir un título genérico, bajo el cual les relataré las diversas anécdotas vividas, a lo largo de estos años, en el interior de estos grandes vehículos, multicolores en el caso de Edimburgo, que recorren incansables las calles y carreteras de esta insomne ciudad.

Ahí va la primera.

Es la una y media de la madrugada, lo cual significa que en unas horas comenzará una nueva semana de trabajo. Llego al portal aterido de frío, mi estómago está todavía revuelto, el temblor de mi mano dificulta la sencilla tarea de abrir la puerta. Las llaves se me vuelven a caer. Al fin accedo al interior del edificio, subo el tramo de escaleras en la oscuridad, mi cabeza perdida en algún sitio olvida encender las luces. Tras entrar en  el piso, me dirijo directamente a la cocina, con sigilo, tratando de no despertar a Penny. Preparo una taza de té, no tengo el cuerpo para café, y me siento con el rostro mirando hacia la ventana.

̶  ¿Qué haces aquí tan tarde? ¿No trabajas mañana?

Penny está bajo el umbral de la puerta, con su pijama de franela, a cuadros rojos y azules, como una trasnochada hincha culé. No la he oído llegar.

̶  (…)

̶  ¿Estás bien? Estás pálido, parece que has visto un fantasma.

Entonces, haciendo acopio de fuerzas, le relato lo acontecido.

A lo justo alcancé al último autobús de las doce de la noche, tras una pequeña carrera desde los cines UGC, librándome así de tener que abonar la cantidad extra del primer nocturno.  Era un número 22, de un solo piso, que me llevaba directamente hasta Leith Walk, y de ahí caminaría cinco minutos hasta casa. Una noche de domingo más, pasada ligeramente por agua, gracias al característico drizzle escocés, que tanto me recuerda a nuestro sirimiri norteño.

Me senté en la primera fila, a la izquierda, justo detrás de la zona reservada para las sillas de ruedas y los cochecitos de niño. Saqué el grueso libro de mi pequeña mochila negra, con la intención de olvidar el bodrio de película que había visto, enfrascándome en ese microcosmos  que Stephen King crea a la perfección, llevándote a vivir las experiencias de sus personajes como si estuvieras sentado junto a ellos, en un plano paralelo del universo.

Rodábamos por el final de Princes Street (docenas de trayectos similares me permitían orientarme, sin la necesidad de levantar los ojos del libro). De repente, el conductor clavó los frenos, que no llegaron a chirriar debido al húmedo asfalto. Haciéndome inclinar hacia delante, manos extendidas en un acto reflejo, a lo justo sujetando el enorme libro mientras alcanzaba la barra horizontal de apoyo.

¡Bum!

Hemos golpeado algo. Tal vez hayamos alcanzado al autobús de adelante (esa manía que tienen de circular tan pegados). Levanto la mirada, no hay nada en frente del autobús… pero una gruesa raja recorre diagonalmente la luna delantera.

̶  Oh no! Fuck! God! Fuck! God!, repite una y otra vez el chofer, es joven, delgado, su mano tiembla al coger el micrófono de la emisora de radio. Habla con la central, con voz trémula, parece al borde de las lágrimas. Repite un código, una y otra vez.

Me incorporo del asiento, curioso, confuso. Doy unos pasos para alcanzar a ver. El conductor, a mi derecha, ni siquiera repara en mi presencia, concentrado en la llamada de emergencia. Hay una figura tumbada en el asfalto.

Es un chico joven, viste un chándal gris, de esos con capucha. Boca abajo, con las piernas cruzadas en un ángulo extraño, no natural. Un pie descalzo deja ver un calcetín blanco. No consigo ver la zapatilla perdida.

El silencio general, salvo los exabruptos del conductor, se convierte en un creciente murmullo. Algún que otro pasajero se levanta para contemplar la tétrica escena. Apenas somos media docena, la mayoría extranjera como luego averiguaría con la llegada de la policía.

En seguida comienzan a acumularse curiosos alrededor, pocos debido a las horas. De forma increíble, una furgoneta de la televisión local ha llegado antes que los servicios de emergencia. Un tipo con una cámara al hombro filma el interior del autocar, la figura tendida, acompañado de una mujer con micrófono en mano. Es algo surrealista, como extraído de una mala película. “Voy a salir en la tele”, pienso de manera absurda. Pero el cuerpo es real, hay un chaval tendido en la carretera. Apenas tendrá dieciocho años. Ignoro si seguirá con vida.

Por fin llega la policía y una ambulancia. Parece ser que el chico sigue con vida, lo que genera un alivio palpable en el aire cerrado del autobús.

Un agente sube, habla con el conductor, mientras su compañera trata de encontrar algún posible testigo entre los pasajeros. Tarea difícil, varios no hablan inglés. Me ofrezco a dar mi testimonio, aunque en realidad no he visto nada. No íbamos demasiado rápido, una velocidad normal para esa vía y en esas condiciones de llovizna. El mocete ha salido de la nada, asegura el joven chofer, todavía nervioso.

La espera se alarga un poco. Los policías quieren completar bien todos los testimonios posibles. Nos comunican que enseguida nos permitirán abandonar el vehículo, su servicio ha sido cancelado de forma inmediata. Un hombre de mediana edad se levanta de su asiento, escocés por su acento, asegura no haber visto nada. Se queja una y otra vez por la tardanza. “¿Quién va a pagarme ahora la tarifa del nocturno?”, pregunta a uno de los agentes, que lo mira incrédulo, con rostro serio, respondiéndole éste con un tono algo más alto de lo normal, en el borde del decoro al que su uniforme le obliga: “Señor, haga el favor, un chaval acaba de ser atropellado”,  sin embargo sus ojos emiten otro mensaje: “Señor, haga el favor, ¡váyase usted a la mierda!”.



lunes, 9 de junio de 2014

F72- It´s party time! (III), 20 febrero 2004

Volvamos al pasado. Retornemos a cuando todo empezó. Embarquémonos, una noche más, en la nave del misssteriooo. Perdón, se me va la olla.

Febrero de 2004, día veinte. Cumplía mi segundo año en la Bonnie Scotland. Recordé las palabras de un viejo amigo: “Jorge, a partir del segundo año aquí, comienzas a perder un poquito la cabeza”. Sonrío al escribir estas líneas, súmenle diez a aquellos dos primerizos años y se harán una ligera idea de cómo se movieron los muebles en mi cabecita, cual víctimas de un terremoto con una intensidad 8,5 en la escala Richter.

La ocasión lo merecía y decidí celebrar una pequeña fiesta. Se lo comenté a Penny, la cual, para mi sorpresa, quedó encantada con la propuesta. Me animó a invitar a cuantos amigos quisiera, a usar el living room como centro de reunión, la cocina como centro de operaciones culinarias y lo que hiciera falta.

Nos reunimos una veintena de personas, que debido a las reducidas dimensiones del piso parecíamos cincuenta. Como es habitual traté de currarme el apartado tapas y refrigerios (utilicé de nuevo el truco aprendido de la bañera llena de hielos, donde latas y botellas de cerveza flotaban cual diminutos Titanics). Mas deseaba poner un toque especial a la celebración, algo diferente, así que decidí llevar a cabo una pequeña rifa. Algo simbólico. A medida que mis invitados llegaban, les entregaba un pequeño pos-it  ̶ rosa para ellas, amarillo para ellos ̶  con un número marcado con rotulador grueso. A mitad de la fiesta, alguna mano inocente extraería una pequeña bola, de papel arrugado, del interior de un bowl de cocina. El premio: una caja de bombones Celebrations.

Ignoro quién fue el más viejo de la reunión, pero recuerdo perfectamente a mi invitada más jovencita. ¡No, no piensen mal ustedes! Se trataba de una linda cosita de poco más de dos meses, fruto del amor surgido en la Patagonia, entre una argentina y un inglés, que me demostró una vez más que el amor puede más que cualquier estúpida guerra. Esta linda criatura, a la cual le regalé un pequeño elefante rosa, fue el alma del comienzo del festejo, hasta que rendida, tras dos cubatas, de un sospechoso color blanco, en biberón, y tras dos pedos y tres eructos se retiró a sus aposentos  ̶  mi cama, llena de cazadoras y abrigos ̶  a dormir la mona.

Acudieron Jenny y John, por supuesto, también Cristina y Marta (las Pin y Pon asturiana y gallega), acompañadas de mi amor imposible, la bella Clara; estuvo Azucena y un par de amigas suyas, el gudari navarro Koldo, una chica checa (no, no es un trabalenguas) antigua compañera del Jewel College; también nos dignaron con su presencia, Ester y James, comensales en aquella, ya lejana, primera navidad. También invité a una chinita (tuve una temporada con una obsesión patológica con las asiáticas), que realizaba labores administrativas en el hospital, paseando su larga melena, lisa y azabache, de aquí para allá, por los pasillos, estirada, taconeando con arrogancia, cual torera en tarde de toma de alternativa, hasta que un día, cansado ya de tanta mirada y medias sonrisas, le dije ojos negros tienes, morena. Se rió, comimos en la cantina y me rompió el corazón hablándome de su futuro esposo, escocés (y forrado, seguro, me decía el diablillo sobre mi hombro izquierdo). Pero nació una bonita amistad, de ahí su presencia en mi aniversario. Señores, menos da una piedra, que dicen en mi pueblo.

El ambiente fue relajado, amigable, con música tranquila de fondo. Conversaciones, guiños cómplices, arreglos para futuros encuentros, cimientos de nuevas amistades, fresca capa de pintura sobre las viejas.

Elegimos a Azucena como mano inocente, para la extracción de la bolita ganadora, tal vez por sus ojazos de niña buena, quizás por su simpatía. Introdujo su linda mano, hubo redoble de tambores y… the Oscar goes to el número 21, el cual, como no podía ser de otra manera, resultó ser el papi inglés de la más jovencita de mis invitados.

Todo marchó de maravilla, hasta que apareció el irlandés errante, mi querido okupa de cuartos de baño, el Campofrío, con lata de Guinness en ristre, y sonrisa de superioridad en rostro. Se quedó bajo el marco de la puerta, junto a su novia, Penny, a la cual dijo algo que no logré escuchar. Los dos rieron al unísono, mirando en derredor. Junto a ellos, Marta y Cristina, hasta entonces sonrientes, mudan sus rostros, incómodas, una nube empaña sus miradas.

Al día siguiente, mis amigas me contarían que fue aquello que les provocó una pasajera incomodidad. El irlandés aberrante, con esa sonrisita de superioridad, comentó a su media naranja australiana: “¿Crees tú que alguien en esta habitación sabrá inglés?”

Qué estúpida y atrevida es la ignorancia. En aquella sala, todos hablábamos como mínimo dos idiomas: inglés y español, inglés y checo, inglés y mandarín (o cantonés), inglés y escocés, inglés y alemán, inglés y francés. Y varios, privilegiados, incluso hablaban una tercera lengua, la de su tierra, la lengua materna, la lengua de sus antepasados: gallego, bable,  euskera, catalán, valenciano.

En fin, qué se puede esperar de un arrogante imbécil, que ofrece un manojo de salchichas crudas en cada apretón de manos.


miércoles, 4 de junio de 2014

F71- ¿Cuánto dinero llevas encima? (VI), Lisboa 24 mayo 2014

Me despierta un débil pitido. Un biip biip monótono e insistente. Entreabro los ojos confuso, somnoliento, desorientado. Estoy en una habitación pequeña, la ventana está abierta y entra la brisa de la madrugada. Apago la alarma del reloj, que he dejado abrochado al barrote de la litera. Poco a poco mi cabeza despeja mi atolondramiento: Lisboa, fútbol, hostal. Bajo con sigilo la vertiginosamente vertical escalerilla, no quiero despertar a mis compañeros de habitación  ̶ tres muchachas holandesas y dos chavales de la República Checa ̶ , que duermen como benditos, tras una noche de parranda. Juventud, divino tesoro. Me concentro en poner un pie descalzo, tras otro, en los estrechos, fríos y duros peldaños de la litera. No quiero romperme los cuernos justo el día del partido.

Todo es silencio. Recorro el oscuro pasillo hacia el baño. La luz intensa de su interior, tras unos segundos de intermitencias fluorescentes, hace que entrecierre los ojos. La ducha es tan estrecha que a duras penas puedo girar el cuerpo, coger el gel  ̶ en bote diminuto, para pasarlo en el equipaje de mano en los vuelos ̶  mientras sujeto con la mano izquierda la cebolleta de la ducha, pues no hay enganche donde colocarla. Gracias a Dios el agua está caliente. Miro hacia abajo, el agua enjabonada cubre mis pies enchancletados (compré unas sandalias baratas para la ocasión, en Primark, rojas, de goma, de esas con tira entre dedos que siempre me hicieron daño). No puedo evitar sonreír, evocando aquel año cuando un día me vi tirado en una calle de Edimburgo, con mi vida y sueños en cajas de plástico transparente, por cosas de la vida, que a veces es muy perra, acabando en un hostel donde viví los siete meses más extraños de toda mi existencia. Pero esa es otra historia, que quizás algún día les cuente.

Decido desayunar en un bar diferente, situado en la misma calle donde está la pensión, justo en la esquina. Visto mi camiseta oficial del Real Madrid, regalo de mi viejo amigo escocés. Al cabo de unos minutos entra otro cliente. Lleva la misma indumentaria, pero actualizada en la publicidad. Nos saludamos con complicidad. Tras pedir educadamente mi permiso, compartimos mesa. Es de Madrid, treinta y tantos años, buenas maneras, peinado formal. Dice haber pagado setecientos euros por su entrada, en la reventa en Madrid. Me enseña su preciado tesoro. Por fin tengo en mis manos ese ansiado trozo de papel, pasaporte al Estadio de la Luz, al Estadio de los Sueños. Lástima que el tipo extiende su mano, palma hacia arriba, para que se la devuelva.

Todos estos años lejos de mi querido país (a veces odiado, por sus políticos, sus banqueros, sus envidias y sus puñaladas traperas) me han enseñado muchas cosas. Una de las más importantes: siempre hay que disponer de un plan B.

Así que dediqué parte del día a buscar una buena base donde instalarme, en caso  ̶ bastante probable ̶  de quedarme sin localidad para el partido. No resultó tarea sencilla, pues a pesar de existir infinidad de bares y cafeterías (pastelerías, las denominan), pocos de ellos disponen de unas condiciones apropiadas para mi objetivo (televisor de tamaño decente, espacio amplio para los clientes). La mayoría de los locales son pequeños, o muy vastos pero sin televisión. La opción de verlo en la calle la descarté, debido a noticias que corrían sobre la prohibición de retransmitir el encuentro en la vía pública, por temor a peleas y revueltas. Además ya no tengo el cuerpo para demasiadas jotas (¿noventa minutos, o más, de pie, entre chavales saltando, apretujones, olor a sudor y cerveza?, no gracias, mis tiempos de conciertos de Barricada ya quedaron atrás).

La solución me vino dada. Salir del centro. Reservé una mesa para cenar (dejé bien claro a la chica que debía ser junto a la pantalla grande) en un restaurante estadounidense, es decir, en una hamburguesería; ambientado en los años sesenta, con Elvis Presley como figura  principal: el Music Burguer.

La tarde la pasé en la Praça do Rossio, zona base de los aficionados madridistas. Hacía un día espléndido, de sol y calor. El ambiente era magnífico, cánticos, saltos, música y profesionales del micrófono amenizando el jolgorio. Cantantes sexys y famosas, enfundadas en la camiseta madridista, exhibiendo sus voces y encantos tras las gigantescas pantallas. Fue una tarde de locura: litros de cerveza recorrieron mis venas; bocatas de kebab ayudaron en el proceso; instantáneas posando con bellas Atléticas, dejaron una bobalicona sonrisa en mi rostro; fotos con unos calagurritanos, parapetados tras una bandera de La Rioja, pusieron la gota de nostalgia, devolviéndome por un instante a mis raíces; el encontronazo amigable con un chico logroñés con el que conviví, en otra vida, en la ya desaparecida residencia estudiantil de Santurce, puso el toque surrealista (Lisboa es un pañuelo, pensé). Por un momento la euforia me llevó a imaginar que me cruzaría de cara, otra vez, con mi hermano y sus amigos, entre toda esa marabunta merengue, a pesar de que sabía que en esta ocasión no acudirían.

El Estadio de la Luz se encuentra lejos del centro. Situado a las afueras, desangelado, sin bares ni restaurantes alrededor, salvo un centro comercial, anónimo, frío y artificial, donde tan sólo pude hallar una pequeña pastelería con una televisión y cuatro sillas. De ahí mi necesidad de un plan B. Si no encontraba entrada, debería darme un margen de tiempo (40-50 minutos) para regresar en metro (todo abarrotado, servicio más lento) a la zona del restaurante norteamericano y ver el pitido inicial.

Son las cinco y media de la tarde. El encuentro comienza a las siete cuarenta y cinco. Dispongo de una hora y treinta minutos para adquirir una localidad, a precio de reventa. A las siete en punto, mi carroza se convertirá en vulgar calabaza y deberé salir pitando hacia la boca de metro más cercana, entre cientos de personas alrededor.

La vida es dinero, queridos amigos. Ni amor, ni salud, ni estudios, ni vocación, ni profesiones, ni leches en vinagre. La vida es dinero.

Los contornos del estadio se aprecian al fondo. Todo está vallado. No nos permiten acercarnos. La seguridad es impresionante. Hay policías por todos lados. Una imagen llama mi atención: casi una docena de personas, hombres, orinando contra un alto muro, mientras una pareja de policías camina al lado, haciendo la vista gorda; no logro imaginar tal escena en mi vieja Edimburgo. También hay reventas, por todas las esquinas. Son como un pequeño ejército, una banda. Los hay de todos los tipos: la chica joven y guapa, portuguesa, hablando en un español básico, rodeada de ansiosos madridistas en busca del tesoro perdido: una entrada, “Mi padre pagó 1.300 euros por ella, yo pido 800”, dice con cara de pena, como poniéndole letra a un fado. El boleto es oficial, su autenticidad parece incuestionable. Las parejas o tríos de ucranianos, o rusos, o qué sé yo. Los grupos de portugueses, aspecto duro, profesionales del asunto. En cierto momento ignoro si busco una entrada o me introduje, sin querer, en el foco de trapicheo de coca en Lisboa. “Jorge, eso te pasa por leer a Saviano, estás paranoico”, me reprendo.

La vida es dinero. Piden mucho dinero: 1.500 euros (dice el hombre que es una buena localidad, supongo que incluirá copa de champán francés con su Majestad el Rey, en el descanso), 1.200 euros, 1.000, 800 euros, 700 por dos boletos (deben ser vendidos a la vez, y ya hay varias parejas de acosadores en torno al reventa). Estoy dispuesto a pagar 300, 350, a lo sumo 400 euros. Una locura, para mi economía particular. Pero me quedo sin tiempo. A medida que transcurren los minutos hay menos gente alrededor, pues van entrando al campo, hay menos policías, igual número de reventas, por tanto la seguridad  ̶ mi seguridad ̶  disminuye. Llevo dinero encima, bastante, eso es obvio. Yo lo sé, ellos lo saben. El hecho de estar solo también complica el asunto, ya delicado de por sí. El re-ventas te solicita ir a un lugar semi-oculto, lejos de las miradas policiales (aunque éstos hacen claramente la vista gorda): tras unos contenedores, tras un árbol, junto al muro. Ahí se hace el intercambio, como vulgar trapicheo, tras comprobar que la entrada es auténtica (cosa que nunca sabrás al cien por cien hasta que pases el torno de seguridad). Si el tipo decide sacar un cuchillo, estás vendido. Por tanto yendo solo debo extremar todas las precauciones, elegir bien a la persona.  Añoré profundamente a mi particular re-ventas inglés: aquel sonriente calvo y cachas tatuado, con ese acento geordie, de Newcastle.

La vida es dinero, señores. Y esta vez no pudo ser. Me quedé sin tiempo, debía salir volando hacia el metro, antes de que mis zapatitos de cristal se convirtieran en unas desgastadas deportivas, la izquierda manchada de pintura amarilla, como si fuera uno de esos escritores de paredes, fieles seguidores de Sniper.

El resto ya lo conocen ustedes. El partido, el resultado, los nervios, la alegría, la decepción, el éxtasis, la frustración. Ahora cojan todos estos sentimientos y multiplíquenlos por cien mil. Así tendrán una ligera aproximación de lo que yo viví.


En mi regreso triunfante al hostal, a bordo del metro, había dos crías atléticas en medio de un mar  ̶ en calma y respetuoso ̶  madridista. No tendrían más de quince años, camisetas colchoneras, bufandas. Iban sentadas a mi lado, yo estaba de pie, sujeto a una de las barras de apoyo. Lloraban, una  ̶  con gruesas lentes ̶  hacia fuera, sin consuelo, su amiga por dentro, sin lágrimas visibles, tan sólo sus ojos empañados. Esa imagen me rompió un poquito por dentro, deslizó una pequeña cortina de tristeza frente a mi júbilo. “No te lleves mal rato, tan sólo es un partido de fútbol”, traté de ofrecerle consuelo. Sus ojos inundados, tras las gafas empañadas, me miraron. Continuó sollozando. Su amiga respondió por ella: “No, no es tan sólo un partido de fútbol”. Tras unos instantes de silencio, esta última me miró, alzó su pulgar derecho y leí en sus labios una palabra que su voz no pudo materializar: “Enhorabuena”. Asentí agradecido, con una pequeña sonrisa en mi rostro. En aquel mismo instante, comprendí por qué el Atlético de Madrid goza de una de las mejores aficiones del mundo.

martes, 3 de junio de 2014

F70- ¿Cuánto dinero llevas encima? (V), Lisboa 24 mayo 2014

Se acercaba sigilosamente el día de mi marcha, y caí en la cuenta de que cada hora que transcurría, sucumbía un poquito más a los encantos de esa maravillosa ciudad. Me estaba enamorando de Lisboa. Así que decidí despedirme de ella, antes de sumergirme en la vorágine futbolera.  Rodeé la Praça do Comércio, totalmente invadida ya con pantallas, minicampos de fútbol, tiendas de mercadería oficiales, escenarios, gigantescos altavoces y demás parafernalia del circo de la Champions.

Encaré el gran portal al Tajo, testigo mudo de tanto ir y venir de barcos de recreo, pesqueros e inmensos cargueros. Recorrí por última vez su paseo marítimo, inspiré aquel aire puro, que traía el olor del Atlántico, y cuya brisa fresca humedecía mi rostro, despejándolo de las últimas legañas.

Al volver, maté el gusanillo que comenzaba a adherirse a mis tripas, a base de marisco fresco: percebes, mejillones y langostinos del Algarve, regado con una jarra de cerveza helada, sentado en la terraza de un restaurante, guarecida con una gran cristalera, pero abierta al mar.

A la tarde vendí mi alma al fútbol.

Recorro varias veces Praça do Rossio, que mañana acogerá a la afición merengue. Saludo, charlo e interrogo a cuanto madridista veo: objetivo, una entrada. La mayoría han venido sin ella, en coche desde España: “Nos dio un calentón y nos echamos a la carretera”, me dicen tres madridistas treintañeros. Compruebo que no soy el único loco que vino sin ticket. Los pocos que encuentro poseedores del pequeño tesoro de papel, me dicen que no la pueden enseñar. No la llevan encima. La guardaron en la caja fuerte del hotel, o bajo el colchón, o en el calcetín. Preciado tesoro. Su pérdida o robo en la víspera supondría un disgusto digno de terapia con psicólogo argentino y diván. Me enseñan fotos. Imágenes tomadas con sus teléfonos inteligentes, que muestran el preciado y divino tesoro. Ni anillo, ni leches, Frodo hoy buscaría una entrada para la gran final española. My precioussss.

Camino distraído. Luce un solazo de órdago. Gafas de sol negras, camiseta de manga corta, con la bandera británica y una leyenda de Sex Pistols, pantalones claros, de bucanero, con muchos bolsillos, y deportivas (la izquierda manchada de pintura amarilla, como si fuera uno de esos escritores de paredes, como Sniper). Un tipo se me acerca de cara. Moreno, pelo negro y abundante, de unos cuarenta años, demasiado abrigado para un día de calorina. Me ofrece hachís.  Nada nuevo bajo el sol. Si no fuera por el aviso en la guía de turista guiri que llevo encima, me hubiera sentido ofendido, pues en estos días me han ofrecido: hachís, mariguana, cocaína e incluso crack del Harlem. Niego con la cabeza. “¿Hierba?”, vuelvo a negar, esta vez en voz alta: “No, thanks”. Cuando ya he superado su altura, el hombre dice algo que hace que me detenga al instante. Menciona una palabra que congela mis piernas. Enlaza en alta voz siete letras que me paran el corazón:

“Tickets?”

Le pido por favor que lo repita. ¿En serio posee entradas? ¿O es alguna nueva droga con un nombre estúpido? Me responde que sí. Que tiene tres entradas. Continuamos hablando en castellano, pues me asegura que el inglés le cuesta horrores, que ha de pensar cada palabra diez veces antes de juntar una frase. Me dice que le siga, que las entradas las tiene un amigo. Le miro, observo alrededor: plena luz del día, la plaza abarrotada de gente, policías en cada esquina. De todas maneras me pongo alerta, cuelgo las gafas de sol en el cuello de mi camiseta. Le sigo. Atravesamos diagonalmente la plaza. Nos dirigimos a un portalón, grande, antiguo, abierto de par en par. En seguida, tras su seña, asoma otro tipo de dentro del portal. Sale de las sombras, como si apareciera de la nada. Es un señor entrado en carnes, con calva de fraile franciscano, mayor que mi acompañante y peor vestido todavía. Tiene cara de bandolero. Me doy cuenta que he topado con el Gitano y el Algarrobo, y me pregunto dónde diablos andará Curro, “No te emparanoyes, Jorge”, me recrimino. El primero me hace un gesto con el brazo, invitándome a entrar. Miro a uno, miro al otro, giro la cabeza hacia la plaza. Nadie mira, somos invisibles. Ni de coña voy a entrar ahí, eso lo tengo claro. Me quedo en el borde, bajo el arco del portal. Los dos parecen notar mi desconfianza. Sonríen. Tratan de que me tranquilice, pero la adrenalina va a reventar el corcho, como si de cava catalán se tratara. Ochocientos euros, dice el Gitano sin inmutarse. Eso es mucho dinero, le digo. Quiero verlas. Además no tengo dinero aquí. No llevo nada de dinero encima, les repito, palpándome la ropa para darle énfasis al farol lanzado (ahí caigo en la cuenta de la pinta de guiri extraviado que llevo, y de pronto la realidad me golpea como un balonazo en la cara: ¡no quieren atracarme, tan sólo pretenden timarme!).

El Algarrobo se acuclilla, o algo parecido, y saca un sobre largo, blanco de detrás del portalón abierto. Lo abre y extrae parte de su contenido. Mi acompañante primero espera a un par de metros de mí, dejándome espacio suficiente de huida. No quieren que me sienta acorralado, desean que esté relajado, para que muerda el anzuelo. El más grueso extiende su mano, grande, oscura, recia, y me muestra “la entrada”. Me la ofrece, con toda confianza, para que la coja, la analice, la estudie, lea su contenido en inglés: UEFA, Zone: A, Row: C, Sector: 122, Level: 1, Seat: 27. Contemplo aquel documento. Le doy la vuelta, lo palpo. Miro a aquellos tipos, les miro a los ojos. Repiten el precio, me ofrecen más entradas si quiero, dicen tener tres. Les respondo que mañana volveré, con dinero. No, no me he vuelto majareta, tan sólo trato de escapar de la encerrona en la que mi estupidez me ha metido. Mañana quizás sea demasiado tarde, me advierten. Me arriesgaré, concluyo. Y salgo de allí.

Mi inteligencia (la poca que montaba guardia en ese instante) me marcó la pauta a seguir. Pero dentro de mí, una rabia, cálida y antigua, había peleado hasta el último segundo por salir de mis entrañas, y así poder gritarles a pleno pulmón, en sus caras: “¡Id a engañar a vuestra abuela, capullos. Mi sobrina de cinco años es capaz de falsificar mejores entradas!”

Me alejé de allí, sonriendo, incrédulo todavía al recordar el boleto que había estado en mis manos: una pequeña cartulina azul oscuro, de un tamaño inferior a una tarjeta de visita, sin ningún tipo de sello de seguridad, ni nada que se le pareciese.

Un ticket para la final de la Champions… de Monopoly.