martes, 17 de diciembre de 2013

F60- Un mensaje secreto, (diciembre 2003).

Llegó de nuevo el momento de llenar las alforjas y buscar nuevos pastos. Confieso que a pesar de la comodidad que suponía la cercanía con el hospital, nunca me adapté bien al piso de Morningside. La convivencia con Juliette y Rolf era respetuosa y tranquila, pero no me llenaba. Tal vez fuera el hecho de que la zona y el tipo de vivienda me trajeran recuerdos de mi estancia con Rachel y Elie, allá por mis comienzos. Necesitaba encontrar algo diferente, sin moquetas acosadoras (incluso en el baño teníamos alfombra por todo el suelo), sin roedores visitantes, por muy formales que fueran, sin escaleras viejas llenas de polvo y con olor a lejía y orines de gato. Sin portales oscuros y desangelados. Necesitaba encontrar una morada digna, moderna, limpia y confortable.

Tocaba pues Operación Charity. Previo a cada mudanza trataba de reducir mis pertenencias al máximo. Sin darte cuenta vas acumulando ropas, libros, papeles y trastos. Cajas y cajas que me acompañan allá donde vaya. El secreto es mantener un número limitado de ellas. “Jorge, o eliminas cajas, o tendrás que dormir en el pasillo”, era mi constante pensamiento antes de una mudanza. Además en esta ocasión no logré encontrar a nadie que me echara un cable. Todo el mundo parecía estar terriblemente ocupado entre semana y el bueno de Koldo se encontraba desaparecido en combate.

La idea consistía en donar unos cuantos libros a la charity shop del barrio, junto con algo de ropa (pero la mayor parte de vestimenta que ya no usaba estaba demasiado estropeada para ello, e iría directamente a la basura). Me armé de paciencia y me rodeé de cajas de cartón vacías y un par de gigantescas bolsas negras de basura a estrenar para los trapos viejos.

De pronto descubrí una caja de zapatos llena de cartas y fotos. Me senté al borde de la cama y me zambullí en el mar del recuerdo. Leí viejas postales, sonreí ante olvidados retratos. Entre mis dedos una tarjeta llamó mi atención. Se trataba de una de esas postales de aspecto rústico, artesanal. El boceto enmarcado mostraba una niña vestida con un traje regional tradicional. Anchos faldones y pañuelo en la cabeza.  En su mano sujetaba un manojo de grandes globos, cada uno de ellos con una leyenda escrita a mano: ‘amor’, ‘felicidad’, ‘alegría’, ‘pasión’, ‘amistad’… El fondo era oscuro, sobre él como trazado con tiza, una sencilla palabra de felicitación en una lengua amiga: ‘Zorionak!’. Se trataba de una tarjeta enviada en mi último cumpleaños por David y Bea. Cuando éstos formaban un nombre compuesto y no dos separados.

Al abrirla releí lo allí escrito. Dos pequeños párrafos de distintas caligrafías. Deseos de felicidad, juerga y alegría. Bromas de geriátricos y bastones. Volví a sonreír. Sin embargo lo que había logrado captar mi interés era la portada. Aquel dibujo. Aquel marco artesanal. Esa pequeña holgura entre ambos.

Hurgo un poco con los dedos. La tarjeta se zarandea levemente. Con cuidado de no estropearla la separo de su pequeña orla. Vuelvo a contemplarla entre mis manos y por puro instinto le doy la vuelta. El reverso muestra un puñado de líneas escritas a mano. Es una caligrafía delicada y de trazo redondeado. Una caligrafía femenina, como de niña de colegio de monjas. Es la letra de Bea.

“Ignoro si algún día se te ocurrirá darle la vuelta a esta cartulina…”.

El tiempo, la distancia y la vida habían hecho mella en mi relación con Bea. Aquella amistad que antaño se nos antojaba firme y sólida se había resquebrajado, sin nosotros saber muy bien el porqué, ni el cómo. En el pequeño y furtivo mensaje, Bea se disculpaba, de manera torpe e innecesaria, recordándome lo mucho que me quería.

Cuando acabo la lectura de esas pocas líneas, las pestañas ya no pueden contener las lágrimas acumuladas, que se deslizan cálidas y tranquilas por mis mejillas. Paso el dorso de la mano por mi rostro, secando como puedo aquel bochornoso caudal: “¡Venga Jorge, no me seas mariconeti!”. Abro la tapa del móvil y pulso un par de teclas.

Hola precioso, ¿qué me cuentas?

En aquel instante, la dulzura de su voz y la sonrisa que se adivinaba tras ella borraron de un plumazo toda huella de cualquier pasado y estúpido desencanto.


6 comentarios:

  1. Esta aún me ha <3 más que la anterior.
    :´')

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  2. Buenas noches

    ¡¡Mira que eres sentimental de cojones!!. No dejas de ser un filón inagotable del cual sacar vivencias e historias, luego ya sólo tienen que viajar desde el desván de tu memoria al papel.

    El buen gusto a la hora de hacerlo ya sólo es cosa tuya.

    Santurtziarra

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    1. Pues sí, aunque a veces tenga que vestir la coraza de titanio.
      Gracias por estar siempre ahí, Santurtziarra, al pie del cañón.

      Un saludo desde la bella Edimburgo.

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