domingo, 18 de agosto de 2013

F54- Taza de té y Peli-manta, (septiembre 2003).

La normalidad de la convivencia civilizada regresó a mi vida. Llevaba ya un par de meses en mi nueva residencia ubicada en una callejuela adyacente a Morningside Road. Era un pisito de los que yo califico como normales, ni cutre ni tampoco impresionante. Un piso del montón, como los hay a centenares en Edimburgo, con su moqueta dominando el terreno, sus habitaciones de tamaño mediano –no esos aposentos amplios  como mini-estadios de fútbol y con techos altísimos  que poseen las viviendas antiguas− su baño con ducha eléctrica, su jardín en zona común y su par de pequeños roedores que dan vidilla a la estancia.

Morningside es una zona acomodada de la ciudad. Casas señoriales, tiendas especializadas en productos orgánicos y finas delicatesen, pescaderías atrayentes (si ustedes conocen Edimburgo me entenderán), queserías, vinotecas, supermercados, heladerías italianas y cafeterías de estilo continental e incluso zonas verdes colindantes. Además el nuevo piso me pillaba a tiro de piedra del hospital donde trabajaba y a escasos metros de una apacible biblioteca. ¿Qué más se puede pedir! Obviamente es un área costosa, pero si quieres calidad debes pagar el precio.

Me recordaba mucho a mi nidito de Ashley Terrace. Fue como regresar a La Tierra tras haber estado explorando planetas extraños; volver a compartir techo con un número finito de personas –dos, esta vez− que llevan una existencia normal: desayunan, trabajan, limpian, conversan, cocinan, ven la tele y dicen ‘good night’ antes de irse a acostar a una hora decente. Atrás quedaron los punkies, las gabachas escotadas y provocadoras (mi mente calenturienta, no crean), los vampiros, los caseros adictos al olor del cash y alérgicos a los contratos, y los inquietantes dobermans. También quedaron atrás personajes entrañables –como Koldo− pero no se perdieron en la niebla del olvido, ni en la oscuridad de la indiferencia. Mantuvimos un contacto sano y civilizado, incluso él fue quien me echó un cable con la nueva mudanza (más tarde le devolvería el favor yo, guardándole numerosas cajas mientras él buscaba nuevo alojamiento). Confieso que eché en falta su vitalidad, su alegría por estar vivo, sus sueños, su positivismo. Tanto le añoré que un día llené una bolsa grande de basura con cascos de vidrio, de diversos colores, me la eché al hombro y recorrí millas y millas buscando un punto de reciclaje donde arrojar tanto cristal, a modo de pequeño homenaje al gudari navarro.

Y ella, tal vez por asociación, abrió el cajón del recuerdo de Rachel  en la cómoda de mi memoria. Ella era Juliette, mi nueva compañera de penas y alegrías domésticas. Una joven de origen sudafricano y alemán, que había pasado media vida en Reino Unido. Juliette era maja, como decimos en mi pueblo. Una chavala sencilla, humilde y trabajadora (de las que me recomendaba mi madre). Con ella recobré la sensación tan agradable de compartir cafés, confidencias, risas y sueños. Incluso alguna que otra peli-manta, como aquella tarde oscura y lluviosa en la que vimos por enésima vez Titánic, degustando una taza de té caliente con pastas de mantequilla, bajo el cálido edredón, mientras  el pobre Jack moría de frío, amor y estupidez.

La tercera persona en discordia era un chico algo más joven que yo. Afortunadamente no se asemejaba en nada a aquel innombrable que causó mi ruptura con la linda escocesa en Ashley Terrace. Rolf era un noruego de buena presencia y maneras intachables. Se mostraba recatado y limpio como una damisela de novela rosa. Dejaba la cocina y el baño como los chorros del oro cuando le tocaba su turno de limpieza. Padecía una intolerancia al gluten, lo que le impedía comer pan normal o de molde y otros alimentos como la pasta. Se hacía su propio pan, mezclando unos ingredientes especiales y horneándolo en un pequeño electrodoméstico de la cocina. Esta operación dejaba un olor desagradable por toda la estancia, al menos para mi refinada pituitaria. Sin embargo era un buen sistema de localización del individuo. Me explico, sabías si Rolph se encontraba en el piso según abrías la puerta: olorcillo extraño en el ambiente (in), ausencia de aroma enrarecido (out).

Pero era buen chaval, Rolf. Formal, comedido, educado. Lo contemplo ahora mismo, con los ojos de la memoria, ahí de pie junto a su hornillo, sacando el pan con delicadeza y maneras femeninas, partiéndolo con cuidado, depositando las rodajitas una a una en su pequeña cesta, deshaciéndose de las migajas adheridas a sus manos con un movimiento fino, de fricción de sus dedos hacia abajo, como hace el sacerdote tras partir el Pan sagrado, sacudiendo suavemente los últimos restos pegados a sus dedos, depositándolos sobre el vino dentro del Cáliz, para después beber la mezcla.

Ya ven ustedes, de convivir con busconas franchutes y criaturas de la noche pasé a vivir con una romántica incurable y un nórdico seminarista.