Una vez más la memoria juega sus triquiñuelas conmigo.
Han transcurrido demasiados años, es mi única excusa. Ya les advertí en su día
que soy algo perezoso; la organización y el orden son virtudes que dejé
abandonadas en su día, en un bonito internado sumido en un verde valle rodeado
de bosques y vacas. Pero hoy consulté mis cajas desastre, donde guardo más de diez años de vida: libros, bolsas de besos, cuadernos,
sonrisas, agendas, fotos, sueños, poemas y lágrimas cristalizadas. He
confirmado lo que sospechaba desde el principio: dejé el piso-patera un día 30 de
junio de 2003, aunque la amistad con Koldo perduró, de ahí la aventura relatada
del día de San Fermín de dicho año.
Dos meses aguanté en el cutre-piso-segunda-parte.
Creo sinceramente que fue una de las viviendas más
extrañas que recuerdo en todo este tiempo en Edimburgo. Nunca llegué a saber a
ciencia cierta cuántos ni quién eran mis compañeros de piso. Algo cuanto menos
inquietante. Aquella última planta del edificio resultó un lugar lúgubre y
oscuro. En ocasiones regresaba a casa de noche y hallaba gente un tanto rara en
las escaleras, cuchicheando, tal vez trapicheando con sustancias blandas o
quizás urdiendo oscuros planes contra el mundo.
Dentro de casa todo era caos. La limpieza no constaba en
el orden de prioridades de aquellos seres. La rota para llevarla a cabo no se
respetaba, cada uno recogía y adecentaba las zonas comunes a su manera,
normalmente torpe, ineficaz e insuficiente. Cuando no era ignorada por completo.
Y aquí Jorgito no iba a ser la chacha de nadie.
Recuerdo una noche de sábado que no paraba de llover. Una
tormenta veraniega asolaba la ciudad sumiéndola en una húmeda oscuridad, tan
sólo iluminada por el azulado brillo de los relámpagos. La lluvia golpeaba con
furia la ventana de mi habitación, como una vampiresa impaciente exigiendo
permiso para entrar. Yo trataba de conciliar un sueño que se resistía, cómplice
de los truenos ensordecedores. El miedo irracional de la infancia regresó por
un instante, hasta que las adultas ganas de orinar lo vencieron por goleada.
Los dígitos rojos del reloj sobre la mesilla marcaban las
2.13 de la madrugada, como un funesto presagio.
Me incorporé de la cama, los pies descalzos deslizándose
por la moqueta, los brazos adelantados como un Frankenstein con insomnio,
tanteando objetos que pudieran hacer que tropezase. Iba en gayumbos, debido al
húmedo calor que la tormenta traía consigo. “Uf Jorge, imagínate que te cruzas
con la gabacha, ligera de ropa, en el
pasillo”, susurraba mi adormecida y calenturienta mente al girar el pomo de la
puerta.
El corredor estaba vacío. Ninguna lozana francesa
escotada sonriendo con lujuria. Sólo oscuridad, apenas quebrada por una débil
luz proveniente del fondo, de una lamparita sobre la mesa del hall-living room. Y silencio, a ratos
derrotado por un inconfundible sonido: ronquidos. De nuevo, alguien dormía en
el sofá de aquel recinto que parecía la sala de espera de un aeropuerto. El
cansancio y las ganas de cambiar de agua al canario vencieron mi curiosidad. Me
dirigí directamente al cuarto de baño, ignorando la presencia del nuevo y
desconocido inquilino.
Me encontraba tan cansado que oriné a la manera alemana,
sentado sobre la fría loza de la taza. Previamente la limpié con cuidado, con
papel higiénico, no era cuestión de pillar cualquier cosa, por la tontería.
En esas me hallaba, con los calzoncillos por los
tobillos, concentrado en el chorrillo de orina, mi vista clavada en una pequeña
araña que trataba de trepar por la puerta, resbalando una y otra vez. Pobre
tonta, tendré que aniquilarla después, pensé, insensible hacia el horripilante
insecto insomne. En esas me encontraba, digo, cuando escuché unos ruidos
extraños al otro lado de la puerta. Eran pequeños ecos camuflados por la
mullida moqueta del pasillo. Parecían pisadas de niño pequeño. De repente
escuché rasguños sobre la madera. La manilla de la puerta vibraba, sin llegar a
tornar. Tal vez la vampiresa de mi símil había decidido personificarse. Exclamé
en voz alta que estaba ocupado. Mas temía que la criatura infernal que arañaba
la puerta no tenía intención alguna de miccionar… sino de chuparme toda la
sangre del cuerpo, de convertirme en uno de los suyos, llevándome al lado
siniestro.
Traté de infundirme calma, valor y cordura a partes
iguales. “Jorge, deja de alucinar. Estás imaginando cosas”. Tantas lecturas de
Stephen King y su hijo Joe Hill me pasaban ahora la factura, con iva añadido.
Acabé de hacer mis cositas, me limpié, coloqué los gayumbos en su sitio y lavé
mis manos aguzando el oído.
El silencio había retornado.
Abrí con cautela la puerta. Miré a ambos lados como un
niño pequeño a punto de cruzar una carretera. Todo despejado, o eso creía yo.
Al dar el primer paso, el suelo de vieja madera bajo la moqueta crujió como un
chillido al amanecer. Me quedé quieto, no quería despertar a los demás, ni al
inquilino de una noche, ni a la criatura de minúsculos pasos y zarpas afiladas.
Entonces los ví.
Eran cuatro puntos luminosos, a algo más de un metro de
altura. Se acercaban brillantes y húmedos hacia mí. Cuando mis ojos se
acostumbraron a la penumbra, observé dos tremendos Dóberman que andaban con
sigilo, hocico levantado y orejas izadas. Negros y amenazantes como la noche.
Mi sangre bajó a temperatura de polo de fresa. Mi corazón comenzó a bombear a tres
mil revoluciones para tratar de caldearla y retornarla a la normalidad: pum, pum, pum. Me quedé petrificado a
medio camino de mi cuarto. Uno de los chuchos diabólicos junto a la puerta, el
otro se acercaba también. Me miraban curiosos más que fieros. Ladeaban la
cabeza, quizás pensando: “¿Y éste quién es? ¿Es un intruso?” olvidando en sus
pequeños cerebros que los forasteros eran ellos. Caminé con discreción, atento
a los movimientos perrunos, pero tratando de no cruzar la mirada con ninguno de
ellos (lo podrían interpretar como una provocación, una invitación a la pelea).
Pasé a medio metro de la trufa húmeda y negra de uno de ellos, que olfateaba
tratando de calibrar la situación, de decidir si yo era una amenaza o un
inofensivo trasnochador.
Cerré la puerta de mi room
a cal y canto, colocando una silla ajustada bajo la manilla (no vaya a ser que
los jodidos sepan cómo abrir una puerta, pensé ya bordando la locura). Antes de
acostarme fui a la mesa donde quedaban restos de mi cena (había sido un duro
día, lo pensaba recoger a la mañana). Y tomé en mi mano lo que necesitaba.
Aquella noche, antes de caer rendido por el sueño, dos
apuntes acudieron a mi cabeza: la idea para el pequeño relato de terror que
escribí en inglés y la certeza de saltar de casilla una vez más. De buscar otro
piso.
Y es que, esa fue la única noche en toda mi vida que he
dormido con un cuchillo debajo de la almohada.