jueves, 19 de febrero de 2026

F241 - Veinte de febrero

Existen fechas que trascienden, quedan grabadas a cincel en las tablas de piedra de nuestra memoria. Hay fechas que logran pasar del número a la letra. Para mí ese día es el veinte de febrero.

Tres acontecimientos comparten tiempo, los tres importantes, los tres dignos de ser conmemorados, los tres requieren fiesta, brindis en alto, símbolo rojo en el calendario. Mas, como dije, ya no necesito señalarlos en la agenda. Dos cumpleaños y un personal aniversario.

Sobre todo, éste último, que me perdonen ambas cumpleañeras: mi amiga Lucía que tal día suma y sigue en el almanaque de la vida (suyo, el último abrazo recibido frente al Junco, antes de partir: “Si alguna noche lloras, no te preocupes”, dijo); y mi sobrina, que apenas levantaba dos palmos cuando mi marcha. Para mí, el veinte de febrero significa Escocia Edimburgo y lo que supuso durante trece años.

El veinte de febrero significa libertad, miedo, buscarse la vida; ensoñación, olor a levadura de cerveza, rellenar formularios laborales; incertidumbre, echarle huevos, fiestas en pisos; landlords, entrevistas, flatmates; magdalenas gigantescas de cima cubierta con chocolate blanco; estudio del idioma, amistades internacionales, vuelos, Spanglish; el primer cruce (al cual seguirían miles) a través de North Bridge ya de noche hacia la ciudad antigua; un castillo protector en eterna vigía… Significa el comienzo de otra existencia.

A veces pienso que fue otro quien experimentó aquello. Quizá por eso lo conmemoro cada año, nieve o llueva, truene o abrase, levantando la pinta de Guinness al cielo. Fui valiente, por una vez en la vida, y brindo por el recuerdo.

Pasaron diez, veinte, más años, y continúa simbolizando lo mismo.

Hace poco les planteé la alternativa: ¿y si hubiera contraído matrimonio con la hija del charcutero, o de la pescadera, o con la de los que llevan el casino del pueblo? No habría topado con todos ellos los que habitan mis recuerdos nada de aquello hubiera sucedido:

John, con su cara de pillastre, incansable, noble, divertido que me acogió bajo sus alas de hermano. Jennifer, a su vera, corazón enorme, siempre atenta y paciente conmigo. Disfruté de su compañía unos días meses atrás y siguen idénticos. Las almas buenas no caducan.

Penny, y nuestras charlas, su sonrisa con diente mellado, la tobillera en uno de sus pies desnudos; su complicidad y apoyo. Su juventud traviesa a la par que responsable. Aquella convivencia primeriza, con sus más y sus menos. Aquel: “Are you okey?” que un atardecer, en horas bajas, me acarició muy dentro.

Erika, y su sonrisa de dibujos animados, ojos vivaces de chiquilla, delicadas manos que cortan la fruta en pedacitos fresa, plátano, uva para rellenar el bol del desayuno, junto al muesli y la leche. Cuidadosa, sobre papel de cocina para facilitar la limpieza. Erika, en lágrimas, dejando escapar, con dulzura, despacio, la frase eterna, la que me ha perseguido toda la vida: “You mean the world to me… but…”; siempre hay un ‘pero’.

Veinte de febrero trae aroma de sábanas tendidas en el jardín trasero de Broomhouse, vestido con ropa de casa, peleando con el viento.

Marina, que saltó al césped en la prórroga la maleta de retorno abierta sobre mi cama y juntos logramos la Champions de la vida; su mera presencia hizo crecer un par de alas en mi espalda que evitaron el castañazo contra el fondo del precipicio. Marina, causa de sueños perdidos, desvelos febriles; destinataria de besos, poemas de madrugada y millones de emoticonos (fruto de mi bautizo en guasap).

Iraya, su amiga, que conquistó un pedacito de mi ser con otra de las frases que guardo entre algodones, imperecedera, una sentencia que vale una vida de favores, de amistad, de buenos deseos en la distancia: “Marina, me gusta este chico para ti”. Iraya, que nos prestó el nidito de amor unas frías navidades, donde Marina y yo pasamos horas bajo la manta del sofá, viendo, en un sobado portátil, Especiales de Año Nuevo ochenteros, presentados por el dúo Martes y Trece, abanderado de la nostalgia: “¿Encannaa?”; con ruidos nocturnos provenientes de la oscuridad del hall, tras la puerta del living-dormitorio: ¿vecinos? ¿intrusos? ¿fantasmas navideños? Con nuestras expediciones al Polo Norte, cada vez que necesitábamos visitar el lavabo. Un nido en Gilmerton Road, donde hubo frío, sustos, pasión, risas y calores. Iraya, que prolongaría la oferta de amistad, brazos abiertos, cuando todo acabó; su encantadora sonrisa, perenne acogida en las Islas Afortunadas. Dueña de un apego que traspasó años, océanos y fronteras, de una complicidad que sobrevivió al amor perdido. Una amistad, sin intención, hurtada.

Veinte de febrero se traduce en recuerdos apelotonados, llenos de misterio, que para ustedes no dicen casi nada y para mí lo significan todo. Algunos incompletos, apenas esbozados en el lienzo de la memoria, palabras que flotan entre la niebla, imágenes que lucen lo que dura un fósforo encendido en una cueva, otros acompañados de frases grabadas a fuego.

Koldo, con la obsesión por su pequeña patria. Pionero del reciclaje compulsivo. Koldo, que, a pesar de nuestras diferencias, ahí estuvo, porteador de mudanzas y favores, compartiendo secretos y planes perdidos, confiando en mí al igual que yo en él, más allá de siglas, nacionalidades y banderas. (No se dejen engañar por aquellos que se dan la vidorra al otro lado de las pantallas, a nuestra cuenta, del color que sean).

(Extremoduro todo lo cantó: Estoy cansado de romper televisores, Y vuelven a salir de dentro siempre los mismos señores).

Cristina, y nuestros pisos compartidos. Cristina y un sueño en forma de escalera, un escalón para arriba, y otro, y otro más. Su cabeza rebosante de números y fechas límite, deadlines. Mientras, yo la contemplaba con una mezcla de admiración, envidia y pereza. Una mujer con una misión. ¡Con un par!

Álvaro, con su forito Fiesta, tan lejos de tierras levantinas; nuestros almuerzos por la costa escocesa, las celebraciones escolares junto a la chinita, los italianos, las checas, los franceses y el resto de compatriotas. Cervezas en litrona, sándwiches de queso y cebolla, patatas fritas de bolsa, tumbados en la playa de Portobello, a tiro de piedra del Jewel Esk Valley College y las clases de la tarde.

Escribo ‘Portobello’ y salta un chivato rojo en el teclado: Louisa Waugh, con su casita en aquel distrito; cómo nos conocimos: ella, alumna de español; yo, su profesor, en la cafetería del cine Odeon de Lothian Road; la aprendiz que se convirtió en amiga, y que resultó ser escritora. Su valentía, coraje, ansia de vivir; las aventuras y libros escritos. Echen un vistazo, de veras merece la pena: “Bajo un cielo azul cobalto” (sus años en Mongolia); “Selling Olga” (su investigación novelada sobre trata de blancas y prostitución), y por supuesto saquen el pañuelo la maravillosa: “Meet me in Gaza” (el relato de su estancia en la franja, la historia de un pueblo generoso y acogedor y con un sentido del humor brutal y negro levantado entre bombas, llantos y escombros, un pueblo siempre atrapado entre dos muros de maldad: el Gobierno israelí y Hamas). Louisa, que me acompañó a Comisaría cuando desapareció una amiga; en su papel protector (siendo periodista de renombre, además de autora), y traductor (por si acaso); y a su vez, defendiendo mi rol de amigo preocupado, ante aquellos policías de cabello claro y mente oscura… otra historia que se ahogó en el tintero… o quizás no: muchos años más tarde fue inspiración del relato: “Frágil cual muñeca desnuda”.

Veinte de febrero.

Mi querida Marta (inseparable de Cristina, las Pin y Pon) que marchó pronto y de malas maneras, porque a veces la vida es muy perra, y enseña los dientes, acecha, muerde.

Veinte de febrero.

Bullicio en el patio, risas, el olor a pintura y pegamento, ojeras, el sonido de sus vocecitas ensayando villancicos; los banquetes matinales viernes en la sala de personal docente (té y café, tartas de mil sabores, tostadas con queso y nuez, scones con mantequilla y mermelada…); la magia que experimenté durante los últimos años en guarderías y escuelas. El compañerismo y amabilidad de los profesores para conmigo, el cariño de los peques, el halago de madres y padres; la calidez de mis lágrimas tras finalizar el periodo de prácticas con el grupo P3 de la Señorita Julie: “¿Ahora qué será de mí, sin mis nenes?”, dije a los adoquines húmedos que ascendían por la Royal Mile, con un puñado de acuarelas y dibujos bajo el brazo: corazones, retratos, Nessies, estrellas, unicornios, huellas de manitas multicolor, y algún que otro abstracto. Aunque años después lo confieso también hubo viernes que marcadas las 18:01 horas, deseé no ver una criatura ni por videoconferencia.

Por supuesto hay más: sucesos, protagonistas y secundarios, muchísimos más, incluso otros que nunca aparecieron en estas páginas. La ausencia no implica desprecio ni falta de relevancia. También constas tú, que lees a hurtadillas y conoces parte del relato; o tú, que te convertiste en mi presente.

Siempre existen distintas versiones, yo les narro la mía, no se fíen.

Y recuerden: las mejores historias son las no escritas.

Todo esto representa mi veinte de febrero.

Cheers! (salud).

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

F240 - Robocop y el bandolero

Todo llega, todo transcurre, todo pasa. Incluso viene un día que el deneí caduca y has de acercarte a Comisaría para renovarlo. Foto pequeña, tasa ─clinc, clinc suena la caja registradora, pues debemos levantar el país los de siempre─ cita previa, y todo eso.

Puntualidad británica, de paraguas y bombín. El lugar está abarrotao, como la plaza de toros del dúo cómico de los ochenta. Qué malo era y cómo nos reíamos. De jovenzuelo te descojonas de una mosca que revolotea sobre tu calimocho. Doy gracias al cielo por la cita reservada, un gran invento. Un vistazo alrededor y te preguntas qué vida llevará todo este gentío, con su aspecto extranjero, sus peculiares idiomas (y todavía no había saltado la tómbola de los famosos quinientos mil. ¡Vamos para bingo, damas y caballeros! ¡Hagan juego: vaaamos para bingooo!).

Una mujer apurada. Aparenta ser joven, pero con tanto ropaje no lo distingo. Vestido amplio hasta los zapatos de color verde manzana, pañuelo violeta que cubre el cabello, plumífero amarillo pollito. Un carnaval de colores. Empuja un carro de bebé, sin criatura alguna. Parece buscar algo: un policía, información, una funcionaria. En el hall, ante ella tres o cuatro escalones altísimos comunican con las oficinas; has de estar en forma para acudir a renovar el deneí, o la tarjeta de residencia. Sin una rampa a la vista, aunque seguro que haberlas, haylas, al igual que las brujas gallegas. Dudo hasta el último instante, hoy en día nunca sabes cómo va a reaccionar la gente.

¿Te ayudo? digo, tuteándola para facilitar el diálogo. Me siento un poco extraño.

La joven (lo es) asiente, agradecida. Ojos negros, de forma almendrada. Amago de sonrisa.

De cuclillas, agarro el eje frontal del cochecito, ella hace lo propio con el capazo. Lo subimos cómodamente.

Grasias, muchas grassias, señor dice, algo azorada (rubor en las mejillas).

Me siento un poco mejor. Ya ven, qué tontería. Eso sí, lo de ‘señor’ ha sobrado, maja. Encima que te echo un cable con tu bebé invisible, pienso medio en broma.

Todo está automatizado. Cita por internet. Recepción robótica, metes tu código, te dan un numerito como en la charcutería, pero más moderno. Se acerca mi turno, la curiosidad me puede y asomo el hocico, para ver los extraños mundos allende la mampara.

Contemplo dos mesas amplias, con sus respectivos ordenadores y otras maquinitas, y sendas sillas para el público. La de la izquierda ocupada por una policía de una juventud insultante. Guapa por obligación, a esa edad. Pelo azabache atado en cola de caballo que se pierde en las profundidades de la espalda. Rostro, por tanto, despejado, y blanquecino. Orejas delicadas, sin pendientes. Manos finas, como de anuncio de Nivea. Luce una pulserita rojigualda en la muñeca izquierda. Dedos largos ausencia de anillos, uñas sin esmalte que picotean las teclas como gorrioncillos migas de pan. Unos ojos grandes y oscuros persiguen algo que corretea por la pantalla del ordenador. Ojos que retan a mi vocecilla interior, la cual, guerrera, grita en un susurro: “¡Arrésteme!”. Tras la mesa de la derecha, un policía varón, de gran tamaño. Tal es el volumen que hace de la mesa un pupitre escolar. Impresiona.

¿Se podrá elegir?, me temo que no. Cruzo los dedos, perdónenme ustedes, pero no hay color. Con la muchacha dan ganas de agarrar la escopeta, dejarse patillas y tirarse al monte, a lo Curro Jiménez. Sólo para que te busque.

Mi suerte, claro. La pantalla digital muestra mi número, y el mostrador asignado.

El de la diestra, por supuesto.

Resignación.

Un mozo uniformado al que doblo en edad al igual que él a mí en tamaño. Un gigante lampiño de brazos hipertrofiados y cubiertos con tinta, cual futbolista de primera división. Podría sustituir a La Roca en las escenas de riesgo. Sin embargo, luce un cabello rubio, con diminutos rizos, incongruente, rayano lo obsceno. Un poli almodovariano. “¡Por el amor de Dios, rápese el cráneo, acaso no vio usted ninguna película de polis duros!”, dan ganas de gritar. Sin embargo, los ojos achinados y vivos que brillan en su cara obran el milagro. Me cae bien el tipo, me siento identificado en esos ojos. Por otro lado, los brazos…, unos tríceps que harían sonrojar al mismísimo Popeye; a su vez, cada bíceps del grosor de uno de mis muslos. Sigue impresionando. No puedo evitar colocarle un abrigo de lana negro como si fuera el Geyperman que nunca tuve un gorro a juego, el pinganillo en la oreja y ponerle junto a la puerta de uno de los pubs o clubs de Edimburgo. Sería el perfecto bouncer (‘portero’, para los profanos en la lengua de Shakespeare). La misma sonrisa, profesional, ni perezosa ni muy pronunciada. Competentes, duros a la par que educados. Los vi pelear, sacar en volandas a más de uno (y de una, no mostraban distinción de sexo), e imponía. Frente a ellos, como con el colesterol, poca broma.

Not tonight, mate! diría ante un potencial cliente de pupilas dilatadas, calzado desastroso o conducta sospechosa: (‘mait’, sonaría, en caso de ser australiano o de abajo de los Borders).

Cuando habla por primera vez, el Poli de Guardería, me sorprende su tono de voz, neutro. Con su aspecto lo había imaginado grave, cavernario, incluso aflautado para redondear el personaje, cual broma del personal de casting.

Le muestro al mocetón mi DNI a punto de caducar, la fotografía, el dinero en metálico. El tipo comienza a realizar su tarea, relleno de documento en el ordenador, preparar la impresora, esas cosas. Coloca ante mí una cajita, de la que sale un cable. La superficie lisa de cristal. Es un lector de huellas dactilares, claro. Me indica que presione, y gire hacia los lados, el índice de cada mano. Comienzo con la derecha (la costumbre).

Nada. El cacharrito no lee mi huella.

Inténtelo otra vez, caballero.

Nada.

Okey, pruebe con el izquierdo.

Nothing de nothing.

Así durante un ratillo. Nervioso ya espero no pringar con sudor el aparato. Me veo con el dedo untado de tinta azul, a la vieja usanza. El policía paciente a no poder más. Me pide permiso para acompañar el gesto con su mano. Agarra mi dedo índice con una mano de albañil de pueblo (la mía, de secretario). Presiona y gira el dedo con decisión. Una sensación extraña me envuelve, un retorno a la infancia más tierna, cuando Sor Natividad me agarraba la manita ─lapicero entre mis dedos─ y con delicada firmeza guiaba el trazo de las primeras letras, las primeras frases: Mi mamá me mima, y todo aquello. ¡Pedazo de mano, el chavalote! ¡Ni el gran Titín III, oigan!

Tras unos segundos de comprobación en la pantalla, dice:

─Presenta usted huellas dactilares prácticamente inexistentes.

Y se queda tan pancho, el tipo.

A mí, que me traumatizo por cualquier bobería. Esto no se hace, hombre, que acabo de darle los dineros en efectivo. Vine aquí sin meterme con nadie. Ahora, pasaré tres noches y cuatro días pensando en la invisibilidad de mis huellas.

La vocecita tocapelotas me dice: “Dile, dile que eres El Hombre Enmascarado, de paisano, alias El Fantasma, como el prota de los comics que heredaste de papá, aquel que repartía puñetazos ─a los malhechores─ dejando una impronta en forma de calavera sobre sus rostros, obra del anillo que lucía. O que eres el hermano desconocido de Batman, algo así misterioso y siniestro”.

La ignoro, esta gente maneja pistolas de verdad, grilletes, porras e incluso tiene algún que otro calabozo.

─¿En serio? Tendré que ponerme a delinquir ─digo. Los nervios me pusieron la zancadilla. No me creo lo que acabo de soltar de viva voz en una Comisaría, a plena luz del día, ante el gemelo de Robocop.

El tipo sonríe, bonachón.

─Me temo que llega usted unos años tarde ─responde, dándome en el morro. Llamándome viejo con educación y elegancia ─además ─añade, misterioso─ hoy en día poseemos métodos mucho más eficaces que la detección de huellas dactilares. 

Se ha venido arriba, el poli.

“A mí me lo vas a contar, chaval; que me tragué todas las temporadas de CSI, en inglés, con la buena de Cristina a mi vera, en nuestro living room compartido del piso de Gorgie Road, escuchando al Horatio repetir aquello de: ‘Just keep me posted!’, mientras se colocaba ─con una mano y más chulería que Michel y su ocho a la espalda─ las gafas de espejo”.

Esta vez logro contenerme y la bravuconada no alcanza mis labios.

Al final, venció la tecnología y mis huellas, aun desgastadas, quedaron bajo registro.

─¡Que tenga un buen día! ─dice, como si durante toda la sesión me hubiera leído la mente, y emulara la omnipresente despedida hollywoodiense, para demostrar que alguna serie policiaca sí que vio: Have a nice day!


P.D.: Relacionada: F98 De sustos, tiramisú y confidencias

 

martes, 3 de febrero de 2026

F239 - Las vidas que no fueron

¿Me acompañan ustedes en un peculiar viaje? Una expedición al pasado que nunca tuve, un salto en el tiempo que no requiere la ayuda del viejo DeLorean. Dejémosle reposar ─bajo la lona, en su placita de garaje─ que bastante tralla le di a lo largo de estos años de juntar letras.

Un periplo al ayer que podría haber vivido, o quizás no. Un pretérito alternativo, de los muchos que pudieron acontecer. Dicen, los que saben de cábalas y destinos y bolas de cristal, que todo sucede por algo. Me hace gracia la frasecita. Todo, los errores, los aciertos, las victorias, las derrotas, las risas, las lágrimas, los favores, las puñaladas. Los amoríos, la ausencia de ellos. Todo sucede por algo. Me sobreviene la risa floja.

Me dispongo a vislumbrar una de las posibles vías que no tomé, o que la vida el que dirige el cotarro y se carcajea con tus planes, sueños y elecciones─ no puso ante mí.

Regreso al terruño, al pueblo que me vio crecer, vecino de la pequeña capital riojana. Objetivo: experimentar, aunque sea de tapadillo, de refilón como estas batallitas, donde relato, pero no cuento la opción que no fue, adoptar el papel que descarté o que alguien retiró de mi senda. Enfrentarme a la elección que en su día asfixiaba, que sentí tan empinada como el condenado Tourmalet. ¿Qué habría sucedido? ¿Qué, si hubiese permanecido quieto, si no hubiera subido a aquel avión con destino a Escocia?, ¿Habría contraído matrimonio con la hija del panadero, o de la pescatera, o con la de los que regentan el casino del pueblo? ¿Acaso tendría ahora mi pisito adosado en la urbanización con piscina comunitaria? ¿Quizás sería padre de uno coma veintiséis hijos, igualando la media nacional por aquel entonces? ¿Cuidaría de un jardincito con rosas, geranios y amapolas, bordeado por una valla de madera pintada de blanco? ¿Pertenecería a una de las sociedades gastronómicas? ¿Cantaría en el orfeón? ¿Jugaría al futbito partidos de solteros contra casados?

Tan sólo pretendo soñar por un día, jugar al Rol sin baraja, reglas, dado poliédrico, ni Máster del universo; meterme en el pellejo de todos ellos, de los que sí lo eligieron, de los que se quedaron, de los que juntaron el valor necesario, se calzaron las zapatillas de tacos y pedalada tras pedalada enfrentaron la subida más dura de la vida, despacio, dando tumbos, de lado a lado, sobre la bicicleta –estilo Pirata Pantani─; aquellos que miraron a los ojos al maldito Tourmalet y le enseñaron los dientes: “¡No vas a poder conmigo!”.

Elijo saltar a un pasado que nunca sucedió, retornar al pueblo que grabó su nombre dentro del niño que fui, celebrar el cumpleaños de la pequeñaja de la familia que ya no lo es tanto. Observar, charlar, hacer familia (qué bonito suena, cuán difícil resulta), quedarse un poco fuera me agrada permanecer en segundo plano, estando y al mismo tiempo no estando, como si flotara sobre la escena estático en el rincón, cual juez de línea, vislumbrando mi yo inexistente, con una linda mujer y un par de criaturas la parejita extasiado a la par que divertido. Contemplar las caritas de los infantes, los rostros curtidos de los adultos, escuchar los juegos de aquellos, las rutinas de estos, sembradas de anécdotas, incluso de los pocos sueños que quizá sigan teniendo. Progenitores con cara de cansancio, reflejo de la batalla rutinaria, las pedaladas contra cada repecho, cada curva, llueva, nieve, caigan chuzos o caliente el sol cual horno que derrite el asfalto; lucha sempiterna con los deberes, el kárate, fútbol, natación, piano de cola… el universo, para mí desconocido, de las actividades extraescolares, la logística doméstica, la vida de pareja en permanente modo de espera. “Recógelos tú hoy, cariño, que tengo reunión con la directiva”; “¿Llenaste el depósito de la SUV?”; “¿Podrían tus padres echarnos un cable este finde?”; “Mivida, ¿te quedarás con ellos el sábado?, tengo noche de chicas”.

Hoy toca vivir una de las muchas vidas alternativas. Una que no lo fue, no pudo ser o no quise elegir.

Disfrutar la carrera sin riesgo a caer por uno de los precipicios del Tourmalet.

¡Nos vamos de cumple!

Regalos a tutiplén envueltos en mil y un colores; piñata civilizada tirón de cordeles, sin garrotazos; gritos de excitación; pelea feroz por las chuches derramadas; risas; carreras alrededor de las mesas; el explotar de globos para sobresalto de los mayores─; dulce anarquía; tarta de colorines, princesas Disney xerografiadas; hermanos canijos que contemplan todo con ojos grandes, y dedito que señala, intuyendo que dentro de poco serán ellos los protagonistas. Mamás apañadas, ya no tan jóvenes ninguno lo somos; papás solícitos; juntos gozándolo, tal vez concediéndose una tregua en la eterna disputa matrimonial. Abuelas, tíos, primas, amiguitas y compañeros. Todos un poco más viejos, un año más exactamente, otro simulacro de lo que podía haber sido y nunca fue.

Soplido de velas, instante esperado, icónico, “¿Quién tiene mechero!”; momento de entusiasmo y concentración, sonrisa nerviosa de la homenajeada, la melodía del Cumpleaños Feliz de Parchís envuelve la atmósfera; olor a humo y azúcar glaseado, cañonazo de confeti: ¡plaf!, suena; más risotadas, caritas de entusiasmo, aplausos, manitas que se alzan en busca de una porción de tarta. ¿Cari, lo grabaste con el móvil? Instantáneas carne de Instagram. Imágenes digitales que pronto serán olvidadas, sepultadas bajo otro millar de primo-hermanas; fotos tan modernas cuan efímeras que desearán la suerte de sus antepasadas, aquellas en papel que dormían en cajas de zapatos y pasaban, de mano en mano, en las reuniones familiares y cenas de amigos, generación tras generación, hasta que sus esquinas quedaban dobladas y el color tornaba ambarino: “Antaño se vivía mejor”, murmurarán entre ellas, melancólicas, flotando en la nube virtual.

Madres y padres satisfechos, viendo a sus retoños jugar, correr, competir, tener sus primeras rencillas, incluso con derrame de lágrimas. Los niños son risa y llanto. Acciones que provocarán sonrisas en los adultos, el mejor maquillaje para disimular ojeras, cansancios y frustraciones. Pequeños premios, quizás compensación por sueños rotos que dejaron de perseguir. O tal vez, orgullo de lo conseguido. Quién sabe, para mí resulta cómodo juzgar la corrida tras el burladero.

Deseo abrazar, besar, achuchar, porque sé que quizá sea la última oportunidad, que dentro de un año ya serán mayores, con la mirada tornando seria, llena de sosiego, como si adivinaran de qué va todo esto a lo que llamamos vida, como si comenzaran a sopesar alternativas, cruces de caminos, vidas paralelas. Como si descifraran el más sagrado de los secretos, que Melchor, Gaspar y Baltasar siempre fueron unos entrañables impostores.

Hoy toca disfrutar, vivir el propio sueño perdido. Ser padre imaginario, tío visitador y crío camuflado, un galimatías de entusiasmo.

“Hay un niño que se esconde, siempre detrás de mí”. Fito posee la curiosa habilidad de cantar mi vida.

Pero… en toda buena historia siempre hay un ‘pero’.

La guinda del pastel sin guindas qué malas sabían. Otra broma del azar, que extiende sus alas tenebrosas; un guiño retorcido de quien mueve los hilos del tinglado, que continúa descojonándose a nuestra costa. Un recordatorio de que esto dura cuatro días y uno de ellos lo pasamos durmiendo. Un grito para que espabilemos: ¡Carpe diem! Aprovecha el momento y todo eso. ¿Acaso no vieron El Club de los Poetas Muertos? ¡Oh Capitán, mi Capitán!

La sala de eventos, vasta y diáfana, presenta largas mesas, con mantel desechable, repletas de comida cubitos de tortilla, encurtidos, jamón, emparedados troceados, queso, bocatitas, embutidos, croquetas… y botellas de vino y cerveza. Sillas plegables, de madera. Grandes ventanales que dan al patio lleno de árboles robustos, pelados en invierno. Una sala que fue una clase de colegio, allá por el pleistoceno. Un aula donde cursé quinto de EGB. Quedo absorto, mirando los árboles a través de las ventanas; aquellos mismos árboles que vi llenos de hojas verdes, o con sus ramas soportando el viento, incluso dobladas por el peso de la nieve. Todo ello desde una mirada infantil, que nunca hubiera imaginado el futuro que le esperaba. Aula donde se formaron preciosos recuerdos, sin embargo, cayeron derrotados por uno de los peores de mi infancia, cuando una tarde de jueves, la Señorita Milagros nos comunicó, con ojos anegados en lágrimas y voz temblorosa, que nuestro compañerito Abel no vendría al día siguiente, que no regresaría jamás, que había subido al Cielo porque su corazón era tan grande que no le cabía en el pecho.

Aún recuerdo aquella noche, alzando los ojos empañados al manto negro preñado de diminutas estrellas, escudriñando aquellas luces blancas en un vano intento de adivinar cuál de ellas Abel prendió.

Me sirvo un vino… y alzo el vaso de cartón en su memoria.


(Relacionada: F76 - Soneto de madrugada).