¿Me acompañan ustedes en un peculiar viaje? Una expedición al pasado que nunca tuve, un salto en el tiempo que no requiere la ayuda del viejo DeLorean. Dejémosle reposar ─bajo la lona, en su placita de garaje─ que bastante tralla le di a lo largo de estos años de juntar letras.
Un periplo al ayer que podría haber vivido, o quizás no. Un
pretérito alternativo, de los muchos que pudieron acontecer. Dicen, los que
saben de cábalas y destinos y bolas de cristal, que todo sucede por algo. Me
hace gracia la frasecita. Todo, los errores, los aciertos, las victorias, las
derrotas, las risas, las lágrimas, los favores, las puñaladas. Los amoríos, la
ausencia de ellos. Todo sucede por algo. Me sobreviene la risa floja.
Me dispongo a vislumbrar una de las posibles vías que no
tomé, o que la vida ─el que dirige el cotarro y se carcajea con tus planes,
sueños y elecciones─ no puso ante mí.
Regreso al terruño, al pueblo que me vio crecer, vecino de
la pequeña capital riojana. Objetivo: experimentar, aunque sea de tapadillo, de
refilón ─como
estas batallitas, donde relato, pero no cuento─ la opción que no fue, adoptar
el papel que descarté o que alguien retiró de mi senda. Enfrentarme a la
elección que en su día asfixiaba, que sentí tan empinada como el condenado
Tourmalet. ¿Qué habría sucedido? ¿Qué, si hubiese permanecido quieto, si no
hubiera subido a aquel avión con destino a Escocia?, ¿Habría contraído
matrimonio con la hija del panadero, o de la pescatera, o con la de los que
regentan el casino del pueblo? ¿Acaso tendría ahora mi pisito adosado en la
urbanización con piscina comunitaria? ¿Quizás sería padre de uno coma
veintiséis hijos, igualando la media nacional por aquel entonces? ¿Cuidaría de un
jardincito con rosas, geranios y amapolas, bordeado por una valla de madera
pintada de blanco? ¿Pertenecería a una de las sociedades gastronómicas? ¿Cantaría
en el orfeón? ¿Jugaría al futbito partidos de solteros contra casados?
Tan sólo pretendo soñar por un día, jugar al Rol sin baraja,
reglas, dado poliédrico, ni Máster del universo; meterme en el pellejo de todos
ellos, de los que sí lo eligieron, de los que se quedaron, de los que juntaron
el valor necesario, se calzaron las zapatillas de tacos y pedalada tras
pedalada enfrentaron la subida más dura de la vida, despacio, dando tumbos, de
lado a lado, sobre la bicicleta –estilo Pirata Pantani─; aquellos que miraron a los
ojos al maldito Tourmalet y le enseñaron los dientes: “¡No vas a poder conmigo!”.
Elijo saltar a un pasado que nunca sucedió, retornar al
pueblo que grabó su nombre dentro del niño que fui, celebrar el cumpleaños de
la pequeñaja de la familia que ya no lo es tanto. Observar, charlar, hacer
familia (qué bonito suena, cuán difícil resulta), quedarse un poco fuera ─me
agrada permanecer en segundo plano, estando y al mismo tiempo no estando, como
si flotara sobre la escena─ estático en el rincón, cual juez de línea, vislumbrando
mi yo inexistente, con una linda mujer y un par de criaturas ─la
parejita─
extasiado a la par que divertido. Contemplar las caritas de los infantes, los
rostros curtidos de los adultos, escuchar los juegos de aquellos, las rutinas
de estos, sembradas de anécdotas, incluso de los pocos sueños que quizá sigan
teniendo. Progenitores con cara de cansancio, reflejo de la batalla rutinaria,
las pedaladas contra cada repecho, cada curva, llueva, nieve, caigan chuzos o
caliente el sol cual horno que derrite el asfalto; lucha sempiterna con los
deberes, el kárate, fútbol, natación, piano de cola… el universo, para mí
desconocido, de las actividades extraescolares, la logística doméstica, la vida
de pareja en permanente modo de espera. “Recógelos tú hoy, cariño, que tengo
reunión con la directiva”; “¿Llenaste el depósito de la SUV?”; “¿Podrían tus
padres echarnos un cable este finde?”; “Mivida, ¿te quedarás con ellos
el sábado?, tengo noche de chicas”.
Hoy toca vivir una de las muchas vidas alternativas. Una que
no lo fue, no pudo ser o no quise elegir.
Disfrutar la carrera sin riesgo a caer por uno de los
precipicios del Tourmalet.
¡Nos vamos de cumple!
Regalos a tutiplén envueltos en mil y un colores; piñata
civilizada ─tirón
de cordeles, sin garrotazos─; gritos de excitación; pelea feroz
por las chuches derramadas; risas; carreras alrededor de las mesas; el explotar
de globos ─para
sobresalto de los mayores─; dulce anarquía; tarta de colorines, princesas Disney xerografiadas;
hermanos canijos que contemplan todo con ojos grandes, y dedito que señala, intuyendo
que dentro de poco serán ellos los protagonistas. Mamás apañadas, ya no tan
jóvenes ─ninguno
lo somos─;
papás solícitos; juntos gozándolo, tal vez concediéndose una tregua en la
eterna disputa matrimonial. Abuelas, tíos, primas, amiguitas y compañeros.
Todos un poco más viejos, un año más exactamente, otro simulacro de lo que
podía haber sido y nunca fue.
Soplido de velas, instante esperado, icónico, “¿Quién tiene
mechero!”; momento de entusiasmo y concentración, sonrisa nerviosa de la
homenajeada, la melodía del Cumpleaños Feliz de Parchís envuelve la atmósfera;
olor a humo y azúcar glaseado, cañonazo de confeti: ¡plaf!, suena; más
risotadas, caritas de entusiasmo, aplausos, manitas que se alzan en busca de
una porción de tarta. ¿Cari, lo grabaste con el móvil? Instantáneas carne de
Instagram. Imágenes digitales que pronto serán olvidadas, sepultadas bajo otro
millar de primo-hermanas; fotos tan modernas cuan efímeras que desearán la
suerte de sus antepasadas, aquellas en papel que dormían en cajas de zapatos y
pasaban, de mano en mano, en las reuniones familiares y cenas de amigos,
generación tras generación, hasta que sus esquinas quedaban dobladas y el color
tornaba ambarino: “Antaño se vivía mejor”, murmurarán entre ellas, melancólicas,
flotando en la nube virtual.
Madres y padres satisfechos, viendo a sus retoños jugar,
correr, competir, tener sus primeras rencillas, incluso con derrame de
lágrimas. Los niños son risa y llanto. Acciones que provocarán sonrisas en los
adultos, el mejor maquillaje para disimular ojeras, cansancios y frustraciones.
Pequeños premios, quizás compensación por sueños rotos que dejaron de
perseguir. O tal vez, orgullo de lo conseguido. Quién sabe, para mí resulta
cómodo juzgar la corrida tras el burladero.
Deseo abrazar, besar, achuchar, porque sé que quizá sea la
última oportunidad, que dentro de un año ya serán mayores, con la mirada
tornando seria, llena de sosiego, como si adivinaran de qué va todo esto a lo
que llamamos vida, como si comenzaran a sopesar alternativas, cruces de
caminos, vidas paralelas. Como si descifraran el más sagrado de los secretos,
que Melchor, Gaspar y Baltasar siempre fueron unos entrañables impostores.
Hoy toca disfrutar, vivir el propio sueño perdido. Ser padre
imaginario, tío visitador y crío camuflado, un galimatías de entusiasmo.
“Hay un niño que se esconde, siempre detrás de mí”. Fito
posee la curiosa habilidad de cantar mi vida.
Pero… en toda buena historia siempre hay un ‘pero’.
La guinda del pastel sin guindas ─qué malas sabían─.
Otra broma del azar, que extiende sus alas tenebrosas; un guiño retorcido de
quien mueve los hilos del tinglado, que continúa descojonándose a nuestra
costa. Un recordatorio de que esto dura cuatro días y uno de ellos lo pasamos
durmiendo. Un grito para que espabilemos: ¡Carpe diem! Aprovecha el momento y
todo eso. ¿Acaso no vieron El Club de los Poetas Muertos? ¡Oh Capitán, mi
Capitán!
La sala de eventos, vasta y diáfana, presenta largas mesas,
con mantel desechable, repletas de comida ─cubitos de tortilla,
encurtidos, jamón, emparedados troceados, queso, bocatitas, embutidos,
croquetas…─
y botellas de vino y cerveza. Sillas plegables, de madera. Grandes ventanales
que dan al patio lleno de árboles robustos, pelados en invierno. Una sala que
fue una clase de colegio, allá por el pleistoceno. Un aula donde cursé quinto
de EGB. Quedo absorto, mirando los árboles a través de las ventanas; aquellos
mismos árboles que vi llenos de hojas verdes, o con sus ramas soportando el
viento, incluso dobladas por el peso de la nieve. Todo ello desde una mirada
infantil, que nunca hubiera imaginado el futuro que le esperaba. Aula donde se
formaron preciosos recuerdos, sin embargo, cayeron derrotados por uno de los
peores de mi infancia, cuando una tarde de jueves, la Señorita Milagros nos
comunicó, con ojos anegados en lágrimas y voz temblorosa, que nuestro
compañerito Abel no vendría al día siguiente, que no regresaría jamás, que
había subido al Cielo porque su corazón era tan grande que no le cabía en el
pecho.
Aún recuerdo aquella noche, alzando los ojos empañados al
manto negro preñado de diminutas estrellas, escudriñando aquellas luces blancas
en un vano intento de adivinar cuál de ellas Abel prendió.
Me sirvo un vino… y alzo el vaso de cartón en su memoria.
(Relacionada: F76 - Soneto de madrugada).
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