viernes, 21 de marzo de 2025

F209 - Rompehielos (Tenerife) (VIII)

 Me gusta el hielo de Tenerife. Sí, dije hielo, y no, no perdí la cabeza. Tampoco puse jamás un pie a tres kilómetros del Teide (nada extravié en la cima de un monte helado y las botas pesan un quintal, les digo a mis amigos vascos).  Me refiero al hielo que acompaña el café, cuando así lo demandas. En pleno noviembre, camiseta de manga corta, bermudas y chanclas; estas islas afortunadas no se tratan con el calendario. Le someten a bullying climatológico. Lo ignoran y hacen burla del nombre de sus meses: noviembre, diciembre, enero, febrero… Ja, ja, ja.

El hielo, decía. Te sirven un par de tochos, como si aquel estuviera exento del IVA, cilíndricos, incluso a veces adheridos por la espina dorsal cual siameses. Macizos como el iceberg que le susurró ¿A que no hay huevos? al piloto achispado del Titanic (su nacionalidad británica, mera casualidad). Son cubos mazados, como si hubieran montado un gimnasio en el congelador.

Ocurrió algo curioso, hoy. Tras un largo paseo (tocaba tiendas, sólo observar, nada de probarse o manosear, eso es una ordinariez: escaparates, souvenirs, perfumerías, curiosidades varias) levanté campamento en una terraza, bajo una gigantesca planta prima hermana de alguna palmera. Bolsa de tela sobre la segunda silla; libro, gafas de sol, teléfono móvil, lupas de señor mayor sobre la mesa. Sediento, pero aún temprano para degustar la cerveza local −uno vivió trece años, cinco meses y ocho días en Escocia, pero no me nacionalicé− pedí un café con hielo para engañar al momento siesta. Me sirvieron la droga legal de color nocturno, después de una larga espera. Larga pero agradable (las vistas, la sombra, brisilla, el Gómez-Jurado montando el lío al final de la saga). No existen las prisas en el planeta Holiday. Una espera dulce como la voz de la camarera, con ese deje isleño que produce relajación y excitación a partes iguales, acompañada de amable mirada, de esas que dicen: “Caballero, agradezco su paciencia, no se arrepentirá”, o algo así cuece mi cabeza soñadora. Una espera así, a la cual apoye una pizca el sabor del café posterior (muy malo tendría que saber para lo contrario) es merecedora de propina. Espero, sí, pero a gusto, recibiendo un trato exquisito… al que yo hubiera añadido un vasito de agua fría, de cortesía. Pero nadie es perfecto.

Acostumbrado como está uno al trato alternativo, más recio, más serio, allá por el norte peninsular, un pelín a cara de perro: “Qué quieres”; incluso un “¿Eh?” solitario cual Sheriff honrado en poblado de malhechores; o mi favorito: el típico gruñido, acompañado de ligera alzada de mentón, que traducido de la Lengua Moderna de Signos en Hostelería hace las veces de “Buenos días, caballero, ¿qué desea tomar?”. En alguna ocasión, ha sido tal el gesto del barman cuando indiqué un pedido, que tentado estuve de asomarme a la puerta, a comprobar si adherido al cristal se mostraba un cartel con el texto: “Se Busca por Moroso” junto a una fotografía en blanco y negro luciendo mi careto.

Imaginen la mirada.

El camarero, hoy en día, no está tras la barra para ofrecerte un servicio por el cual es remunerado, ahí se halla para pasar el rato, mandar wasaps a su pichurri, poner sus canciones preferidas como banda sonora del local −cuanto más volumen menos clientes de café cortado con pastas− y hacerte un tremendo FAVOR cuando solicitas la consumición. El vulgar acto de pagar 1,50 leuros por un café solo, tamaño escupitajo y mal hecho, es sólo anecdótico.

Y es que uno está hecho a aquel trato, fríamente hogareño, donde una sonrisa es veta dorada, dentro de la negrura de la mina. Entonces aterrizas en el paraíso (afable camarera que te hace sentir cliente número uno) y deseas pedir empadronamiento, plan de jubilación local o, al menos, asilo político. Una anécdota despierta del larguísimo letargo: etapa prehistórica, en mi pequeño pueblo norteño, camarera jovencísima y heredera del negocio paterno, sentada en taburete tras la barra (móvil en mano), ante mi petición de sobremesa: “un café con leche, por favor”, al que precedió el habitual: “Buenos días, Rosa”, obtuve tal respuesta que −se lo juro por Snoopy (diría el Reverte)− todavía la recuerdo, y ha llovido mares desde entonces:

−Jopee, Joorge −morritos, ojos de cordero degollado, sin que ninguno de los pulgares detuviera el vuelo, a ciegas, sobre la pantallita del Motorola −¿No te apetece mejor una Coca-Cola?

Y con aquellos mimbres… ¿qué hosteleros surgieron?

El hielo, les comentaba. La simpatiquísima camarera trae el café. Sonrisas a tutiplén, ese acento, mil y una disculpas. El vaso a su vera contiene un solo cubito de hielo. Que no es cubito, sino un informe pedazo de agua congelada. Un iceberg. Un bendito glaciar que sobrevivió al deshielo. Vierto el líquido negro, cálido y humeante sobre la poderosa y eterna roca. Apenas queda holgura entre ésta y el borde del vaso. Realizo la vertiginosa operación (mano temblorosa, concentración de neurocirujano, los dedos de la otra mano, cruzados) intentando no derramar una sola gota del divino veneno. Mientras estoy en ello, la mente cae bajo el ataque de una serie de escenas, otra vez la fantasía obscena pinchando cuando nadie le llama, la puñetera: dentro de la cocina, ajetreo de final de comidas, gritos de comandas, exabruptos y juramentos en diversos idiomas −como el bueno de John, en la cocina del Gimnasio de Edimburgo, cuando hacían un pedido a ultimísima hora y habíamos comenzado a recoger y limpiar, gritaba, sin miedo a ser escuchado por el cliente: “Awrite, ya feckin bastart!!” (acento puro Glasgow, como si masticara cristales)− vislumbro cocineros flameando, pinches que emplatan, ultimando postres, y en una esquina, oscura, apartada, un gran refrigerador de color cinc, sobre la superficie descoloridas pegatinas del Naranjito, Mundial de fútbol 1982, y en su interior, con esa capacidad de ver a través del metal que poseo (cual Superman de capa caída), observo lo inimaginable: un chino de diminuta estatura, punzón en ristre, dando estocadas a diestro y siniestro a un enorme bloque de hielo, el cual sujeta entre las rodillas, chas, chas, chas, hace la herramienta al atravesar el hielo. Los ojos rasgados e idos, como si estuviera en trance, como si su cerebro esclavizado tratara de emular al gran Jack Nicholson en “El resplandor” cuando, hacha en mano, destroza la puerta tras la que se esconde Wendy, su aterrada esposa: “¡Aquí está Jooohnny!”. De acuerdo, vale, se lo concedo, también podría tratarse de un riojanico de pura y canija cepa, tijeras de podar en mano, a modo de puñal… sin embargo, en mi políticamente incorrecta mente, les juro, aparece un chino con cara de mala hostia que ni el mismísimo Fu Manchú:

Ice! Ice! Ice! −gritaba en inglés, mas el grosor de la nevera lo enmudecía.

 

Nota: ya saben que tiendo a generalizar y me refugio en el humor y la exageración, a veces rozando lo caricaturesco. Por supuesto, existen grandes profesionales detrás de una barra o sirviendo mesas, gente que rebosa calidez y buen hacer, en los cuatro puntos cardinales de España. Sin ir más lejos, Marga, a cargo del Bar Leuven (Logroño) que atiende con una sonrisa, y profesionalidad impecable. Anímense a probar las mejores cervezas, y menús caseros. El hecho de que se trate de mi querida hermana… es circunstancial.

 


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