Me gusta el hielo de Tenerife. Sí, dije hielo, y no, no perdí la cabeza. Tampoco puse jamás un pie a tres kilómetros del Teide (nada extravié en la cima de un monte helado y las botas pesan un quintal, les digo a mis amigos vascos). Me refiero al hielo que acompaña el café, cuando así lo demandas. En pleno noviembre, camiseta de manga corta, bermudas y chanclas; estas islas afortunadas no se tratan con el calendario. Le someten a bullying climatológico. Lo ignoran y hacen burla del nombre de sus meses: noviembre, diciembre, enero, febrero… Ja, ja, ja.
El hielo, decía. Te sirven un par de tochos, como si aquel
estuviera exento del IVA, cilíndricos, incluso a veces adheridos por la espina
dorsal cual siameses. Macizos como el iceberg que le susurró ¿A que no hay
huevos? al piloto achispado del Titanic (su nacionalidad británica, mera
casualidad). Son cubos mazados, como si hubieran montado un gimnasio en el
congelador.
Ocurrió algo curioso, hoy. Tras un largo paseo (tocaba
tiendas, sólo observar, nada de probarse o manosear, eso es una ordinariez:
escaparates, souvenirs, perfumerías, curiosidades varias) levanté campamento en
una terraza, bajo una gigantesca planta prima hermana de alguna palmera. Bolsa
de tela sobre la segunda silla; libro, gafas de sol, teléfono móvil, lupas de
señor mayor sobre la mesa. Sediento, pero aún temprano para degustar la cerveza
local −uno vivió trece años, cinco meses y ocho días en Escocia, pero no me
nacionalicé− pedí un café con hielo para engañar al momento siesta. Me
sirvieron la droga legal de color nocturno, después de una larga espera. Larga
pero agradable (las vistas, la sombra, brisilla, el Gómez-Jurado montando el
lío al final de la saga). No existen las prisas en el planeta Holiday. Una
espera dulce como la voz de la camarera, con ese deje isleño que produce
relajación y excitación a partes iguales, acompañada de amable mirada, de esas
que dicen: “Caballero, agradezco su paciencia, no se arrepentirá”, o algo así
cuece mi cabeza soñadora. Una espera así, a la cual apoye una pizca el sabor
del café posterior (muy malo tendría que saber para lo contrario) es merecedora
de propina. Espero, sí, pero a gusto, recibiendo un trato exquisito… al que yo
hubiera añadido un vasito de agua fría, de cortesía. Pero nadie es perfecto.
Acostumbrado como está uno al trato alternativo, más recio,
más serio, allá por el norte peninsular, un pelín a cara de perro: “Qué
quieres”; incluso un “¿Eh?” solitario cual Sheriff honrado en poblado de
malhechores; o mi favorito: el típico gruñido, acompañado de ligera alzada de
mentón, que traducido de la Lengua Moderna de Signos en Hostelería
hace las veces de “Buenos días, caballero, ¿qué desea tomar?”. En alguna
ocasión, ha sido tal el gesto del barman cuando indiqué un pedido, que tentado
estuve de asomarme a la puerta, a comprobar si adherido al cristal se mostraba
un cartel con el texto: “Se Busca por Moroso” junto a una
fotografía en blanco y negro luciendo mi careto.
Imaginen la mirada.
El camarero, hoy en día, no está tras la barra para
ofrecerte un servicio por el cual es remunerado, ahí se halla para pasar el
rato, mandar wasaps a su pichurri, poner sus canciones preferidas
como banda sonora del local −cuanto más volumen menos clientes de café cortado
con pastas− y hacerte un tremendo FAVOR cuando solicitas la consumición. El
vulgar acto de pagar 1,50 leuros por un café solo, tamaño
escupitajo y mal hecho, es sólo anecdótico.
Y es que uno está hecho a aquel trato, fríamente hogareño,
donde una sonrisa es veta dorada, dentro de la negrura de la mina. Entonces
aterrizas en el paraíso (afable camarera que te hace sentir cliente número uno)
y deseas pedir empadronamiento, plan de jubilación local o, al menos, asilo
político. Una anécdota despierta del larguísimo letargo: etapa prehistórica, en
mi pequeño pueblo norteño, camarera jovencísima y heredera del negocio paterno,
sentada en taburete tras la barra (móvil en mano), ante mi petición de
sobremesa: “un café con leche, por favor”, al que precedió el habitual: “Buenos
días, Rosa”, obtuve tal respuesta que −se lo juro por Snoopy (diría el
Reverte)− todavía la recuerdo, y ha llovido mares desde entonces:
−Jopee, Joorge −morritos, ojos de cordero degollado, sin que
ninguno de los pulgares detuviera el vuelo, a ciegas, sobre la pantallita del
Motorola −¿No te apetece mejor una Coca-Cola?
Y con aquellos mimbres… ¿qué hosteleros surgieron?
El hielo, les comentaba. La simpatiquísima camarera trae el
café. Sonrisas a tutiplén, ese acento, mil y una disculpas. El vaso a su vera
contiene un solo cubito de hielo. Que no es cubito, sino un informe pedazo de
agua congelada. Un iceberg. Un bendito glaciar que sobrevivió al deshielo.
Vierto el líquido negro, cálido y humeante sobre la poderosa y eterna roca.
Apenas queda holgura entre ésta y el borde del vaso. Realizo la vertiginosa
operación (mano temblorosa, concentración de neurocirujano, los dedos de la
otra mano, cruzados) intentando no derramar una sola gota del divino veneno.
Mientras estoy en ello, la mente cae bajo el ataque de una serie de escenas, otra
vez la fantasía obscena pinchando cuando nadie le llama, la puñetera: dentro de
la cocina, ajetreo de final de comidas, gritos de comandas, exabruptos y juramentos
en diversos idiomas −como el bueno de John, en la cocina del Gimnasio de
Edimburgo, cuando hacían un pedido a ultimísima hora y habíamos comenzado a
recoger y limpiar, gritaba, sin miedo a ser escuchado por el cliente: “Awrite,
ya feckin bastart!!” (acento puro Glasgow, como si masticara cristales)− vislumbro
cocineros flameando, pinches que emplatan, ultimando postres, y en una esquina,
oscura, apartada, un gran refrigerador de color cinc, sobre la superficie
descoloridas pegatinas del Naranjito, Mundial de fútbol 1982, y en su interior,
con esa capacidad de ver a través del metal que poseo (cual Superman de capa
caída), observo lo inimaginable: un chino de diminuta estatura, punzón en
ristre, dando estocadas a diestro y siniestro a un enorme bloque de hielo, el
cual sujeta entre las rodillas, chas, chas, chas, hace la herramienta al
atravesar el hielo. Los ojos rasgados e idos, como si estuviera en trance, como
si su cerebro esclavizado tratara de emular al gran Jack Nicholson en “El
resplandor” cuando, hacha en mano, destroza la puerta tras la que se esconde
Wendy, su aterrada esposa: “¡Aquí está Jooohnny!”. De acuerdo, vale, se lo
concedo, también podría tratarse de un riojanico de pura y canija cepa, tijeras
de podar en mano, a modo de puñal… sin embargo, en mi políticamente incorrecta
mente, les juro, aparece un chino con cara de mala hostia que ni el mismísimo
Fu Manchú:
−Ice! Ice! Ice! −gritaba en inglés, mas el grosor de
la nevera lo enmudecía.
Nota: ya saben que tiendo a generalizar y me refugio
en el humor y la exageración, a veces rozando lo caricaturesco. Por supuesto,
existen grandes profesionales detrás de una barra o sirviendo mesas, gente que
rebosa calidez y buen hacer, en los cuatro puntos cardinales de España. Sin ir
más lejos, Marga, a cargo del Bar Leuven (Logroño) que atiende con una sonrisa,
y profesionalidad impecable. Anímense a probar las mejores cervezas, y menús
caseros. El hecho de que se trate de mi querida hermana… es circunstancial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Su opinión me interesa