jueves, 2 de octubre de 2014

F76- Soneto de Madrugada (septiempre 2014)

A lo largo de todos estos años una pregunta abordó mi mente en más de una ocasión: ¿por qué salí tan raro? Por qué compliqué mi existencia con aviones y ciudades lejanas (recuerden que para mí Edimburgo sonaba tan lejano como Sidney). Hubiera sido mucho más sencillo permanecer en el pueblo, contraer matrimonio con la linda hija del panadero o con la sobrina rebelde de la carnicera. Encargar a la cigüeña un crío, dos, tres, o dos coma cuatro, o cualquiera que fuera la media oficial de vástagos por aquel entonces. Trabajar en la fábrica de electrodomésticos, metiendo horas extras para renovar la cocina un año de estos. Aprender a tocar el clarinete durante los fines de semana y unirme a la banda de música del pueblo, para así recorrer las callejuelas de la villa en las fiestas patronales amenizando al personal con alegres melodías, seguidos por toda la chavalería corriendo detrás, gritando, riéndo y tirando ensordecedores petardos, entonando las viejas consignas de la Peña local. Convertirme en miembro de una de las numerosas sociedades gastronómicas para así poder emparedar mis arterias, cada jueves, a base de chuletillas de cordero al sarmiento, choricillo y careta de cerdo, todo regado con los sabrosos caldos riojanos. Pero no, tuve que salir diferente, rarito, el perro verde del pueblo que soñaba con un país multicolor y abejitas sonrientes. Tuve que salir inconformista y lanzarme a ver que había más allá de la villa, más allá de la pequeña capital de provincia, más allá de la próxima región, o autonomía, o país, o república independiente de su casa, o como diantres se denominen ahora esos pedazos de terrenos sin fronteras ni barreras, a los cuales unos pocos quieren cercar con vallas y muros de espinoso alambre.

Me detengo a pensar, mirando atento el retrovisor de la vida. La carretera va desapareciendo, con una rapidez inesperada, las blancas rayas en el asfalto vuelan hacia atrás y se evaporan sin dejar rastro. Veo mi vida llena de mujeres alrededor, decenas de nombres brotan sin orden ni concierto, una vida plagada de nombres que ya no significan nada. Bellas Princesas que, una vez besadas, se conviertieron en pringosas ranas. Una vida llena de mujeres pero vacía de mujer. Noches cálidas, con los pies fríos.

De repente un día amanece como cualquier otro día. Te arrastras de la cama a la ducha, peleando con las legañas y esa mala uva matutina. Desayunas a toda prisa, fresas, cereales, café de kettle y galletas. Corres para no perder el autobús. Comienzas tu jornada laboral ya pensando en su final. Y ¡zas! te das cuenta de que todo ha cambiado, que nada es como ayer, e intuyes que jamás volverá a serlo. Descubres este hecho con sorpresa, los ojos muy abiertos, como quien conduciendo recibe un manzanazo en la luna delantera del coche, en mitad de una solitaria carretera en una noche sin estrellas.

Entonces sientes tu cuerpo temblar.

El sueño es secuestrado sin posibilidad de rescate. La sonrisa bobalicona no abandona tu rostro ni bajo amenazas. Visitas al señor Roca más de lo habitual, algo totalmente inaudito pues hace días que no comes, tan sólo empujas sólidos y líquidos a través de tu boca para mantener las mínimas condiciones de vida. No lees, no escribes, corres todavía menos de lo que corrías,  te olvidas de los pocos amigos que conservas. El trabajo es tan sólo un intervalo eterno de tiempo. Sus ojos, sus manos, sus labios, sin embargo, convierten los días en horas, las horas en segundos.

No tiemblas de miedo.

No sientes un temor al fracaso, ese viejo y perro conocido. Se trata de un vértigo hacia el éxito. ¿Y si, por una vez, me sale bien? Te asomas al precipicio del futuro y no te asusta la caída al vacío, con el posterior y consabido impacto contra el suelo, sino que te inunda un profundo pánico por el posible hecho de que en mitad de la caída libre, crezcan unas poderosas y bellas alas sobre tu espalda y aterrices planeando suavemente sobre la húmeda hierba.

Y de repente te descubres, entre sorprendido y divertido, insomne, con un lápiz en la mano, libreta de anillas sobre la colcha, componiendo sonetos de amor a las tres y media de la madrugada.

“Jorge, quizás el destino te retuvo todos estos años en la mágica Escocia, para que un día pudieses retornar a tu añorada tierra con esta bella persona”, fueron las palabras de un viejo conocido, medio golfo, medio brujo.