lunes, 20 de febrero de 2017

F84 - 20/02/17: Operación Nostalgia


                                                                      ¿Qué es nostalgia?
                                        ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!

 Recito ante el espejo, tratando de eliminar las legañas de mis ojos, con pequeños golpecitos de agua fría, como un gato perezoso y golfo, con resaca, tras toda una noche persiguiendo melosas y traviesas gatitas.

Es veinte de febrero, uno más. Un día del calendario que se ha convertido en un segundo cumpleaños para mí. Hace ya quince años de aquella mágica fecha capicúa que cambió mi vida. Que me mostró lo que existía más allá de mi pequeño pueblo vinícola, más allá de la acogedora capital norteña, más allá de los Pirineos, más allá de los Apeninos a los Andes, abuelito dime tú por qué yo soy tan feliz. Hoy desperté más nostálgico de lo habitual, como un monstruo de las galletas que, harto de tanta cookie, se hubiera lanzado a zamparse un videocasete VHS, con la grabación de la trigésimo séptima temporada de Cuéntame, en la creencia de que era un enorme emparedado de Pan-Bimbo, pringado con un dedo de Tulicrem.

Dicen que el hombre es un animal de costumbres. Conmigo dieron en el clavo, acorde con tal definición soy un Hombre, así con mayúscula –a pesar de los sudores fríos que recorren mi espalda con sólo recordar el duro trabajo que se realizaba en el Taller de Hombres-. Soy un tipo rutinario, con mis hábitos, mis cafeterías favoritas, mis libros, mis recuerdos, mis silencios. ¿Qué les voy a contar yo a ustedes, a estas alturas del largometraje? Como el bueno de Koldo me dijo en una ocasión: “Jorge, si algún día alguien quisiera seguir tus movimientos, le bastaría con contratar a un detective low cost”. El mundo ha perdido a un gran filósofo, con el gran Koldo, el rey vasco-navarro del reciclaje.

Hoy desperté más nostálgico de lo habitual, recordando esos fines de semana de los últimos años en la bella e hipnótica Edimburgo.

Me levanto tarde, ya cuando el dolor de espalda me arroja del calor del duvet a la rugosidad de la moqueta. Abro la ventana y contemplo el jardín trasero, ahí abajo, donde mi casera ha tendido la colada y el fresco aroma de sábanas limpias invade mi espacio. Me lavo la cara, en el lavabo de abajo, con esa agua tan fría que parece proceder directamente de un manantial allá arriba en las Pentlands.

Bajo la empinada cuesta, que comunica la parte alta de Broomhouse con la carretera que lleva al centro de la ciudad, disfrutando de la brisa que ayuda a despejarme, bajo un sol luminoso que apenas calienta. Subo al piso de arriba del veintidós, acomodándome en los primeros asientos. Me encanta la vista desde esa altura, la sensación de avanzar sin chofer, comiendo el asfalto, metro a metro, engullendo las blancas líneas bajo la enorme mole de la carrocería del autobús.

Me apeo en Princes Street, admirando una vez más la eterna majestuosidad del Castillo, sobre su atalaya de oscuras y verdosas rocas, siempre alerta, como si aún velase por todos nosotros, dispuesto a dar la voz de alarma ante la cercanía de un potencial enemigo invasor. Atravieso North Bridge, tratando de no establecer contacto visual con el habitual homeless tirado en la acera, que exige suplicante: “Spare some change, please!”, sin lograrlo, como siempre, sus ojos son imanes de fuego, y avergonzado me encojo de hombros y susurro un: “Sorry, pal!”, acelerando mi paso, impregnado con ese familiar sentimiento de culpa.

Entro en el pequeño Scotmid, ya en Nicholson Street, para comprar un paquete de gemelos e industriales scones – blandos y esponjosos, pura química, ideales para mojar en el posterior café- y de paso saludar a mi amiga Loli, la murcianita feliz. Siempre con una sonrisa en el rostro. Siempre optimista y parlanchina. Con ese desparpajo sureño, cálido y abierto. Tan optimista que incluso el propio Van Gahl cambiaría su discurso y exclamaría: “¡Tú siempre positifa, nunca negatifa!”. Tan simpática, que te cuenta sonriente, con idéntico énfasis, tanto su último sobresaliente logrado en la carrera que cursa a través de la Universidad a Distancia por internet, como el último incidente ocurrido la anterior noche en el mini-supermercado: cuando un par de neds provocaron un pequeño incendio, en la esquina de los cereales, como maniobra de distracción del segurata, para así su compañera de tropelías poder robar un par de botellas de whisky, en el pasillo de las bebidas, y salir los tres a la carrera, ocultos bajo sus capuchas de grises sudaderas. A continuación, Policía, bomberos, ambulancias, managers, y toda la parafernalia carnavalesca. Persiana abajo, y todos para casa. Tal felicidad expresiva me sube el ánimo en cada visita. Es como entrar a su local e introducir la clavija del cargador en el enchufe de la pared. Salgo con mi pantallita interna a rebosar de barritas de energía. Eso sí, a veces he de advertirle, con dulzura, para que ralentice su soliloquio, pues le emerge el murciano de las venas y más que de Lorca, parece que sea una escocesa de Fife, en estado de embriaguez. No le entiendo ni papa.

Tras despedirme con dos sonoros besos y un “¡Hasta luego guapo, pásate a verme!”, ante la atónita mirada de una señora entrada en años, delgada como un pajarillo y con sombrero de Reina Madre, que nos observa como si hubiera sido testigo de un acto de endogamia, en vivo y en directo, enfilo la acera hacia el Beanscene. Pido un café americano, de tamaño “pequeño” (un pedazo de tazón de medio litro rebosante del hirviente líquido) con un poco de leche aparte. Tras el pequeño mostrador se encuentra una de mis camareras favoritas, eslovaca, morena, de ojos verdes clorofila, cuerpo de Afrodita-A y nombre impronunciable. Le entrego la pequeña tarjeta de fidelidad (donde te estampan un sellito por cada café consumido. Tras seis, el séptimo resulta gratuito), y me funde con sus inmensos ojos chispeantes, aplaudiendo y dando saltitos: “You´ve got a free one!”. Más emocionada, la pobre, que yo mismo. Le doy las gracias, sin demasiada efusividad, y a pesar de su insistencia opto por el tamaño pequeño. Es gratis, puedo servirte uno de tamaño extra-grande. No gracias, bonita. Al final, rindiéndose, se encoge de hombros y se lanza a la tarea con  parsimonia tinerfeña. Todavía recuerdo, al poco tiempo de aterrizar, el susto que me llevé cuando pedí un café americano de tamaño “normal”, y ante mí colocaron un caldero de cinco litros de un líquido procedente de cualquier sitio excepto de Colombia. “¿Me pones también una bolsa de magdalenas la Bella Easo, para mojar en este cubo, por favor?, le añadí a aquella primera hostelera, que me miró como las vacas al tren, supongo que por no saber qué carajo quería yo decir con eso de “Easo´s Beauty”.

Tras disfrutar de mi café, en compañía de John Rebus, Siobahn, y demás personajes de Rankin, cruzo la calle y entro en una charity shop para echar un vistazo a los libros de segunda y quinta mano y a los difidís expuestos. Tras lo cual, cruzo la puerta deslizante del Tesco, para realizar mi pequeña compra de fin de semana.

                                                           ¿Qué es nostalgia?
                                                  ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!

Cada veinte de febrero, desde hace quince años, llueva, truene o caigan chuzos del cielo, me asomo a algún pub, o garito similar, acompañado, solo o en multitud, pido una pinta de Guinness o de Best, o de IPA Deuchars (la preferida del inspector Rebus) y ofrezco un brindis al sol, o a la luna. Cierro los ojos, bebo a sorbos la cerveza, dejando que su sabor me lleve a aquellas tierras, una vez más. Tratando de imaginarme en el pub Oxford, en lugar de en la taberna irlandesa del barrio, donde me hayo, sobrecargada de adornos y demás parafernalia, pero carente de alma, con Arguiñano, en la muda tele, haciendo el payaso con una cigala sobre la cabeza, y la última ñoñería de Manuel Carrasco atronando por los altavoces, que chorrean almíbar, con alto riesgo de cortocircuito, o electrocución de algún incauto parroquiano.

Brindo en silencio, íntimamente, por todos ellos, por John, Jenny, Koldo, Tobby, Rachael, Erika, Loli, Azucena, Sally, Marina… y por tantos otros. Por todos ellos, que cambiaron mi vida para siempre. Que sembraron algo en mi mente, que germinó y se convirtió en nostalgia.

Veinte de febrero. El aniversario de mi segunda vida. Compartiendo espacio con otras dos importantes efemérides en mi agenda. ¡Feliz cumpleaños Lucía, guapa! Y el cumple de una personita, que con cara de susto llenó con besitos una bolsa de plástico de Alcampo, en mi ya lejana despedida, hace cinco lustros. Una renacuaja que aquel día cumplía cuatro añitos, inocente, desconociendo lo lejos que quedaba el país al que yo partía. Una persona, que hoy celebrará su día especial disfrutando de su propia aventura londinense. Ojalá que ella también, como a mí me ocurrió, se vea rodeada de buenos amigos que la agasajen con Colacao, cariño, bombones y sonrisas. Si algún día llegas a leer estas líneas: Happy birthday, darling!

                                                         ¿Qué es nostalgia?
                                            ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!



6 comentarios:

  1. yo que soy viajera y he vivido en diferentes países y ciudades, dejando un pedacito de mi en cada una de ellas, sintiéndome extraña en todas partes y totalmente identificada con "no soy de aquí, ni soy de allá", entiendo esa nostalgia que de repente nos ataca, como una fiera agazapada esperando que tengas un momento de debilidad para morderte donde más te duele.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Nanagut. Sí, ciertamente si alguien tiene voz para opinar de nostalgias viajeras esa eres tú. Espero que todo te esté yendo bien. Un saludo y gracias por comentar y seguirme.

      Eliminar
  2. Jorge, me alegra poder compartir este día contigo. Gracias por recordarme siempre!
    Besos, Lucía =)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siempre recordaré aquel último abrazo del día 19 y las Heineken en el Parlamento ;-)
      Gracias guapa.
      Besos

      Eliminar