domingo, 20 de agosto de 2017

F91 - Una frase, un disparo (I) (noviembre 2004)


El tipo que maneja los hilos de todo este tinglado no tiene corazón. Le traen sin cuidado nuestros sentimientos, nuestra comodidad, nuestra felicidad. Él tan sólo se planteó, en su día, que no nos aburriésemos en este valle de lágrimas. Que nuestras vidas recorriesen las estrechas vías de una gigantesca e imposible montaña rusa. Ahora arriba acariciando las nubes, ahora abajo rozando el suelo. Ora a velocidad vertiginosa, otrora a ritmo de babosa embriagada. Supongo que todo depende de su estado de ánimo diario o semanal o trimestral, tal vez anual, vaya usted a saber. Así un día te da un suave empujoncito, amable, cariñoso, el cual te ayuda a avanzar por este valle de sonrisas, mientras que en otra ocasión te zancadillea guasón, divertido consigo mismo, o directamente te propina un empellón violento, cabreado con su propia creación, lanzándote colina abajo, rodando y golpeándote con las rocas, por este valle de alaridos. Todo depende del humor con el que despierte, el tipo que dirige este cotarro, cada día, mes a mes, año tras año, así hasta la eternidad, que se le debe de hacer larga, larguísima. Algo así como estar a dieta durante veintiocho días, sin ingesta de hidratos de carbono… o más.  No me extraña que el señor éste sí que se aburra. Las cosas como son.

Quién iba a decirme, que tras el terrible fiasco de Cardiff, a mi regreso me esperaría una llamada telefónica cordial, en la cual se me ofrecía un segundo trabajo, tan necesario para complementar el número de ceros en la nómina total en esta, mi querida, y a veces odiada, España, donde tanta gente firma contratos mensuales, semanales, incluso por unas pocas horas. Esta España donde te agarras a un contrato, sin importarte condiciones, horario ni duración. Un contrato donde contemplas la letra de tamaño normal de la misma manera que su infame letra pequeña. Ni la lees, tan sólo te limitas a estampar tu rúbrica. Una firma que te permite escapar, por una temporada, de los días interminables sin un empleo, de las largas colas del TIMEM, de los lunes al sol. La amable señorita al teléfono me ofrecía un puesto laboral que suponía un reto personal, que me permitiría mejorar el GPS interno tan defectuoso de fábrica, y al mismo tiempo demostrar mi valía y experiencia en las finas artes de la conducción deportiva. Es decir, repartidor de paquetes con una desvencijada furgoneta… quién iba a decirme a mí, que a pesar de afrontar con valentía y pundonor tal desafío, duraría menos tiempo todavía que en aquel lejano reto escocés a finales de 2004, entre mesas, comandas, platos y prisas.


Transcurría la velada del jueves, de mi tercera semana en The Temple, con más calma de la habitual. El escaso número de clientes, ya atendido y disfrutando de los sobrevalorados entrantes, nos permitía relajarnos un poco, charlar entre nosotros y compartir anécdotas y bromas que aceleraban el adormecido ritmo de las agujas del reloj. Todos en torno a Luna, alma, sonrisa y ojos de la fiesta, la cual contaba aventurillas con esa gracia sureña, usando la lengua de Shakespeare como propia, parrafada tras parrafada, sin importarle demasiado impregnarla con nuestro acento patrio, duro, con aristas. Al fin y al cabo la mayoría de nosotros proveníamos de otros países, salvo los supervisores. Camareros españoles, polacos y argentinos, cocineros franceses e italianos. De ahí que el uso rudimentario de la lengua inglesa no nos preocupara demasiado. Cada uno a su manera, imprimiendo el acento de su tierra, como si quisiéramos reivindicar nuestras raíces, nuestro origen, con orgullo, sin complejos ni maquillajes. Cómo si quisiéramos dar un puñetazo sobre la mesa, recordando a nuestros queridos anfitriones escoceses que la hostelería de este país funcionaba gracias a todos nosotros, con nuestros fuertes y bruscos acentos, pero con nuestra simpatía, buen hacer y trabajo duro. Dándoles ejemplo de una profesionalidad y diligencia que, en muchas ocasiones, brillaba por su ausencia entre los camareros y cocineros autóctonos.

La entrada de un nutrido grupo de personas puso fin a nuestro pequeño break. Luna y yo nos miramos, con complicidad, y nos dirigimos hacia los recién llegados para recibirlos con bonitas sonrisas, dándoles una cálida bienvenida –Luna− y recogiendo servilmente sus pesados abrigos –myself, en lengua cervantina: el menda−. Mas, en el último instante, Brian, el Hombre Tranquilo, se me acercó con sigilo de carterista veterano y con una sonrisa simplona en sus finos labios, la cual no alcanzaba a sus ojos de cervatillo acorralado, me susurró al oído, como si me estuviera chivando las respuestas de un examen final:

        Jorge, acompáñame a la oficina, por favor.

Tal frase sonó como un disparo en mi interior. Trayendo a mi memoria, de inmediato, el célebre comienzo de mi novela favorita, La Reina del Sur (Arturo Pérez-Reverte): “Sonó el teléfono y supo que la iban a matar”.

Y yo, como Teresa Mendoza, también lo supe.



(Continuará)

domingo, 11 de junio de 2017

F90 - ¿Cuánto dinero llevas encima? (X) (2-3 de junio 2017)


Carreras, gente llorando, móviles en mano. Se busca vuelo a alguna parte. Bristol, Cardiff, Londres, previo paso por Madrid, Barcelona, Santander. Pero nos hallamos todos todavía en Bilbao, en Loiu. Una auténtica locura, un despropósito. Busco un lugar más tranquilo, donde poder sentarme y pensar. La cabeza me da vueltas, el sudor comienza a empapar la segunda camiseta del día. El móvil resbala, en mis temblorosos dedos. Investigo, visito páginas de otras compañías aéreas. Los precios ocupan el lugar de nuestro desaparecido avión, allá por las nubes. Las combinaciones son quijotescas. A todo ello le sumo el pequeño detalle de la ausencia del mágico ticket en mi bolsillo, algo que parecía una gran desgracia va tornando en algo afortunado: ¿Cómo reclamas un dinero gastado en una entrada de fútbol, tal vez adquirida previamente en la reventa?

Razones climatológicas, dicen los encargados de darnos la patada en el aeropuerto. Son las amables azafatas que tratan, cada vez con mayor dificultad, de permanecer en estado de amabilidad. Algunos, a este lado del mostrador, no ayudan en tal empresa. Una excusa como otra cualquiera. Todos podemos contemplar el resto de aeronaves, en su constante trasiego por las mojadas pistas. Tal vez algo más lento, todo el proceso, pero no se aprecian grandes dificultades debido a la ligera lluvia y la poco espesa niebla. Y en Londres tampoco.

Mi mente novelesca, siempre conspirativa, me susurra otra verdad oculta: han cancelado varios vuelos a propósito. Algún tipo, con poder suficiente, ha pulsado el botón rojo de pánico. Cardiff está petao, como dicen ahora los chavales. No cabe ni un alma más. Ha sido invadida por hordas madridistas y juventinas. Muchísima gente se ha acercado a la aventura, sin entradas, sin alojamiento, al igual que yo mismo pretendía hacer. Alguien ha dicho basta. Esto se cierra o nos vamos a caer todos al mar. Estos locos italo-españoles van a arrasar nuestra pequeña ciudad. Dormirán en bancos, aceras y parques. Como filibusteros, apestando a vino y a ajo. Formarán marabuntas, imposibles de controlar. Y nosotros con un nivel 5 de alerta contra los malos. Nada, anulamos un vuelo por aquí, otro por allá, y así se descongestiona el asunto y ya afrontaremos devoluciones y compensaciones más adelante. Todo esto me dice mi cabeza calenturienta. Todo esto es fruto de una mala elección, por escoger, para un evento de tal magnitud, una Lego-ciudad, una ciudad de Monopoly, con cuatro hoteles, una pensión y medio bed-and-breakfast.

Al día siguiente, nos acostaríamos con las terribles noticias de Londres. Los malos se dedicaron, la noche del partido, a hacer sus cosas de malos. Acuchillando juventud, fiesta y esperanza.

El cansancio va conquistando mi cuerpo, parcela a parcela, brazos pesados, piernas adormecidas, cabeza embotada, ojos semi-cerrados. Poco a poco voy asumiendo que la aventura toca a su fin. No ha podido ser. La ilusión cayó derrotada ante el azar. Como dicen en mi pueblo, lo que no puede ser, no puede ser, y además, es imposible.

Tras una ducha templada, me tumbo boca arriba en la enorme cama del hotel, fría, vacía de alma. Una cama que me recuerda a otras, que fueron cálidas, amables, amigas. La habitación está en penumbra, y como si de una mala novela se tratara, la noche ha tornado acoplándose a mi estado de ánimo. La tormenta quiebra el cielo bilbaíno. El estruendo hace temblar la ventana, que da a la parte trasera, la cual ofrece una fea vista de otras fachadas y de oscuros y sucios patios interiores. Es un  bombardeo inofensivo, sin víctimas. Los relámpagos entran en el cuarto, sin invitación previa, iluminando por un breve instante los bordes de la cama, la mesa, la televisión, el armario empotrado, la puerta del baño. Un rápido fogonazo que despierta las sombras, creando figuras fantasmagóricas en la desangelada habitación. Regreso a la infancia, cuando corría asustado, tras una pesadilla, al confort del lecho de mi hermana mayor, a su protección que yo creía indestructible y eterna.

El choque futbolístico lo contemplé en el barrio, entre amigos, a través del milagroso plasma, al igual que a nuestro querido Presidente de eso que llaman Gobierno. Tras una breve incertidumbre, y dos nervios y medio, en la primera mitad, todo transcurrió con una facilidad asombrosa. El Madrid estaba crecido, desbordado como el río Nervión la noche anterior. Los italianos eran meros bolos, situados en el césped para ser esquivados en un entrenamiento. 1-4, otro resultado cruel, otro castigo excesivo, fruto de la sed de gloria de un equipo inmisericorde. Un equipo que no hace prisioneros.  Un equipo que, como alguien dijo, no juega finales, las gana. Un equipo que ha logrado doce copas de Europa, las seis primeras en el blanco y negro del Nodo, las seis posteriores en telefunken-pal-color.

Siento cierta lástima por la Juventus, una vecchia signora a la que le tiemblan las piernas en una gran final. Perdedora ya de unas cuantas, a lo largo de los últimos años. Como aquella de 1998, en el Amsterdam Arena, cuando Mijatovic nos devolvió la gloria con su golazo en el minuto 67, apoderándose de la séptima Orejona. Lástima por el bueno de Buffon. Un porterazo y un caballero, dentro y fuera del campo, que merecía ese trofeo. Que merecería incluso el Balón de Oro, por su impresionante carrera bloqueando balones entre los tres palos. Un Buffon amigo de nuestro gran Iker Casillas, éste maltratado y echado por la puerta de atrás en tiempos del infame portugués que secuestró a mi Madrid del alma.

Doce Copas de Europa, Doce.

¡Cómo no te voy a querer!
¡Cómo no te voy a querer!
¡Si ganaste la Copa de Europa,
 por duodécima vez!

Ya recogido en casa, tras la tranquila celebración, sentado en mi pequeña y cálida cama, rescato la vieja foto de mi bolsillo. Contemplo a aquel chaval, de rubio flequillo, que sonríe a la cámara, tras unas negras gafas de sol, con su bufanda madridista al cuello, sabedor de que va a presenciar la final en el estadio de Glasgow. Un chaval, cuya mirada ingenua le abriría muchas puertas, un chaval que ignora, todavía, que será feliz en esas mágicas tierras durante otros doce años de su vida. ¿Doce? ¿He escrito Doce?… debe de ser el subconsciente, que no deja que olvide tal cifra.

Los ídolos nacen y se consolidan en la infancia. Nunca mueren. Todos los que llegan detrás son burdas copias de aquellos que nos hicieron soñar cuando éramos críos, son meros usurpadores que tratan de ocupar el pedestal que llevamos en nuestros corazones, sin demasiado éxito.

Mi ídolo propio, antiguo y omnipresente, fue, y sigue siendo, Carlos Alonso González “Santillana”. El eterno nueve. El delantero centro de manual. Un tipo capaz de saltar, para rematar de cabeza, situando sus piernas a la altura del hombro del rival, sostenerse en el aire, pedir un café, tomárselo, y entonces girar su poderoso cuello, dando un testarazo al cuero e incrustarlo por la escuadra de la portería contraria, aterrizando a continuación suavemente sobre el césped, para correr al corner a celebrarlo junto a Juanito, Cunningham, Stilike y compañía. Un eterno nueve, de cuero negro, que mi madre, con la infinita paciencia que concede el cariño, cosió en mi recién estrenada camiseta blanca, de algodón y manga larga, al igual que aquel escudo, con su corona roja y dorada y su franja añil, en mi pequeño uniforme madridista. Uniforme que defendería con orgullo, honor y pasión, jugándome las espinillas y la cabeza, frente a los brutos de mis amigos, en la vieja explanada de tierra dura, junto a la cope, en mi viejo pueblo, en otro mundo, en otra vida.

No pudo ser. No pude alcanzar Cardiff, mi renovada Lisboa. Mas peor experiencia sufrió un aficionado de la Juve, que tomó un avión desde su bella Italia y se plantó en el estadio Ramón de Carranza −de segunda división y aforo para tan sólo 23.000 espectadores−, con la loable intención de ser testigo presencial del enfrentamiento entre su amada Juve y el temido coloso merengue. Al darse cuenta de su terrible error geográfico, dijo entre risas: “Me acordaré siempre: Cardiff no es Cádiz”. Dicho lo cual, se fue de parranda por Caíh.




lunes, 5 de junio de 2017

F89 - ¿Cuánto dinero llevas encima? (IX) (2 de junio 2017)

     Llegó el ansiado fin de semana, tras días eternos de fría espera. Trabajando duro a base de madrugones y músculos doloridos, pero con una sonrisa torcida en el rostro, fruto del emotivo aliciente: ¡Nos vamos a Cardiff! Es increíble el poder de la ilusión. Las cajas pesan menos, el jefe parece más simpático, incluso la borde de turno exhibe un aura luminosa cada madrugada, como si, de repente, hubiera hecho un pacto con su ángel bondadoso particular.

     Mi estudiado plan es de una compleja sencillez. Nada puede fallar. Todo saldrá bien. Viernes noche, vuelo desde Bilbao a Londres Stansted, a las dos de la madrugada autobús a otro de los aeropuertos metropolitanos, Heathrow. Paso el resto de la noche entre sus gélidas paredes y subo al primer tren de la mañana del sábado, que en otras tres horas me dejará en Cardiff. La ciudad anhelada. Mi renovada Lisboa. El retorno dominical, tras el partido y la noche de cánticos o lloros,  de idéntica manera pero a la inversa. Es un plan perfecto. Salvo un pequeño detalle, o dos, sin importancia: no dispongo de entrada, ese escondido tesoro, ni de alojamiento. Pero, ¿quién dijo miedo?

     Una bolsa de fina lona a la espalda. Una muda, unos bocatas. El cargador del móvil con su adaptador británico. Un mínimo kit de supervivencia. Me aseguro de llevar mis amuletos madridistas, repartidos entre los numerosos bolsillos: la preciada entrada para la final de París 2000 (regalo de mi hermano); el casi desvaído llavero formado de un pequeño balón, una bota y el escudo, recuerdo de mi presencia en el Bernabéu cuando el bueno de Valdano, en 1995, devolvió al Real Madrid a “su lugar en la Historia”, endosando un 5-0 al Barcelona, la manita, con gol incluido de un tal Luis Enrique…; una pequeña fotografía de Glasgow 2002; y por supuesto, una pulserita añil adquirida en aquella ciudad melancólica y bulliciosa que robó mi corazón, Lisboa 2014. Nada podía fallar.

     Sin embargo, la realidad, el destino, la fortuna, los dioses, pongan ustedes el sujeto que gusten en la frase, tienen su propia manera de jugar las cartas. Aquel que maneja los hilos de todo este tinglado, mira hacia abajo, o hacia arriba (uno ya muestra serias dudas, con la que está cayendo), te observa, te estudia, se frota las manos y dice: “Mira ese pringao. Presumiendo. Ufano de sí mismo. Publicando fotografías. Escribiendo sus basuras. Colocándose tapones de corcho en los oídos, para que no se desborde su rebosante ego. Nos vemos en Cardiff. Nos vemos en Cardiff”. Da un puñetazo en la mesa terrenal, haciendo vibrar toda su superficie sólida y líquida. Provocando, incluso, un pequeño tsunami en Honolulú, sin graves consecuencias. Y todo tu estudiado plan se va al carajo.

     Todo comenzó torcido.

   Loiu, aeropuerto de Bilbao. Viernes, 19,45 horas. La tarde-noche se muestra desapacible, a cara de perro, una niebla ligera, acompañada del característico sirimiri, envuelve a los aviones que, incansables, despegan y aterrizan inmunes a la adversa climatología. Mi vuelo a la City parte a las diez de la noche. Tiempo para repartir y regalar. Me aproximo a una de las pequeñas pantallas, para cerciorarme de que todo va bien, guiado por un extraño presentimiento, que surge de mi interior y alcanza la superficie de toda mi piel, el cual trato de alejar de mi mente: “Jorge, no me seas agonías”.

               London Stansted: retrasado: tiempo estimado 20 minutos.

     Leo el mensaje y lo sé. El futuro más inmediato. De repente. Nítido y claro, en mi mente. Es como si alguien me lo estuviera susurrando al oído. Como si el tipo que mueve los hilos me tocara con los dedos en el hombro, y al volverme lo contemplara, con su otra poderosa mano sobre la boca, tratando de contener las carcajadas: ¿Adonde dices que vas a volar tú, monigote?

     Aprovecho el momento para cambiarme la camiseta, empapada de la primera ansiedad, asearme un poco, estirar las adormecidas piernas. Tratar de relajarme. Observo el ajetreo del lugar. Siempre me encantó pararme a contemplar la gente que trasiega por los aeropuertos. Tan diferentes, tan idénticos. Prisas, abrazos, sonrisas, libros, lágrimas, filas, maletas, lloros de bebés… vida. Me acerco de nuevo a la pantalla que decidirá mi destino, nunca mejor dicho. Elijo una diferente, más grande, más chula, más amable a mis supersticiosos ojos.

               London Stansted: retrasado: tiempo estimado 1 hora, 10 minutos.

     Un muro de malos recuerdos se derrumba ante mí. Aplastándome con sus zafios y burdos ladrillos. Asfixiándome. Otro vuelo. Otro año. La misma compañía. Quince pasajeros, obligados a abandonarlo. Sin razón aparente, sin razonable explicación. Truncando la primera Navidad que planeaba disfrutar con mis seres queridos, tras años de estancia en Edimburgo. “Jorge, no te emparanoies”, me digo, con la fe mostrando el piloto rojo de entrada en Reserva.

    Busco una mesa tranquila, previo paso por el mostrador de una de esas cafeterías extrañas. Cafeterías guiris, en suelo patrio (todavía), donde amables camareros preparan el oscuro y caliente brebaje, a nuestra manera. Olvidándose de reglas y maneras usadas en los países anfitriones de sus denominaciones. Apoyo la bandeja sobre la impoluta superficie. Café americano, con un poco de leche aparte, acompañado de una gigantesca muffin (la magdalena de toda la vida), mandando a paseo la estricta dieta que ha sido mi sombra durante semanas. Echando en falta, como un yonki en pleno mono, un libro, siempre mi fiel escudero. Dejado atrás, sobre la colcha de la cama, debido a mi obsesiva restricción de objetos en la minúscula mochila.

                                       London Stansted: CANCELADO.

     La odiosa palabra, en rojo, ríe en tres idiomas (español, inglés, euskera), con su odiosa intermitencia, eco de las odiosas carcajadas del tipo loco que mueve los hilos de todo este tinglado:

     CANCELADO PRINGADO CANCELADO PRINGADO CANCELADO...

    Sorpresa, presentimiento confirmado, incredulidad, frustración… cansancio repentino. Filas, más filas. Amables azafatas de tierra que tratan de seguir siéndolo. Preguntas lanzadas al aire, sin dirección, sin destino, sin respuesta. Nadie sabe nada. Todos desconocen todo. ¿Vuelo, qué vuelo? ¿De qué me habla usted? Pozo vacío, escabroso barranco, nubloso acantilado. Carretera desierta. Palabras etéreas. Sueños secuestrados. Celestiales y prometedoras Entradas, llenas de emborronados números y letras. Amargas lágrimas. Almas sin tierra. Almas sin cielo

     Tan lejos de ti, equipo de mi infancia, tan cerca. Revientas en mi interior, te alejas, te alejas…

    ¡Cómo no te voy a querer!
    ¡Cómo no te voy a querer!



Continuará…






sábado, 27 de mayo de 2017

F88 - Hechizo de Luna (octubre, 2004)



El constante murmullo alrededor llenaba mi tercera noche de trabajo. El Templo estaba a rebosar. Lo habitual, como pronto aprendería. Aquel incesante trasiego de camareros, maîtres, comensales y managers transformaba  aquel inmenso lugar en un hervidero de nervios, estrés y temores. Mi falta de experiencia me convertía en un barco chiquitito, perdido en alta mar, con oleaje traicionero, espesa niebla y rasgadas velas.

Mis dedos, algo más calmados, realizaban pequeños trucos de magia, convirtiendo aquellas servilletas enormes, gruesas, color salmón, en apretados triángulos isósceles, que luego depositaría en una enorme bandeja de plata. Doblar, aquí, allá, vueltecita, y zas, a la bandeja. Doblar, aquí, allá, vueltecita, y a la bandeja. Mi mente ensimismada en tal aparatosa empresa, temerosa de hacer un giro erróneo, y que en lugar de una monada de triangulito, resultara un churro arrugado y deforme.

−Hola, guapo. Eso tiene un aspecto espectacular– dice Luna, devolviéndome al planeta Tierra, a Escocia, Edimburgo, aproximadamente las diez de la noche de un miércoles.
−Gracias, maja– respondo, levantando la cara, algo azorado, sin poder evitar la riojana expresión.

Se aleja, con paso decidido, luciendo como nadie aquel sencillo uniforme de camarera. Tras unos segundos de atolondramiento, contemplando el vaivén de su corta melena negra mientras atravesaba, por enésima vez, las puertas batientes de la cocina para recoger más pedidos, retorno a mi harta complicada tarea. Dobla que te dobla, servilleta tras servilleta.

Luna me tranquilizaba y al mismo tiempo hacía que mis rodillas temblaran.

−Excuse me– dice una grave voz, femenina, a mi espalda.

Me doy la vuelta, sonriente, esperando encontrar otra vez a Luna con renovadas ganas de bromear conmigo. Sin embargo, no es ella, sino una altiva señora, con un traje-chaqueta gris impecable, y una plaquita en la solapa con su nombre, que no llego a leer.

−Tú debes de ser George– afirma en inglés, sus labios finos tratando de esbozar una sonrisa, con poca ansia, sin mucho éxito.
−Jorge, mi nombre es Jorge– respondo, retador, aunque mi rostro refleja una simpatía extrema. Retador, pues comienzo a sentir un poco de hartazgo ante el forzado re-bautismo en cada nuevo puesto de trabajo. Esa absurda normalización del nombre que mis padres, con tanto amor, para mí eligieron. Incluso, por unas décimas de segundo, sopeso la idea de contestar al estilo 007, tan elegante, tan británico, tan borde sin aparentar serlo: Ariz, me llamo Jorge Ariz, para demostrar mi total integración en estas peculiares islas. Afortunadamente, mi sentido de supervivencia económica deshecha la estúpida ocurrencia.

La estirada señora me observa, ladea un poco su cabeza, el amago de sonrisa pasó a mejor vida:

− ¿Cuál es el vino blanco que ocupa el tercer lugar en la carta?– dispara a bocajarro.
−Ehh.
−Chop, chop!– exclama, usando la absurda y vulgar expresión inglesa, para meter prisa.
−Mmm– mi mente queda en blanco, como el vino cuyo nombre solicita la impaciente señora.¿Era el Chardonnay australiano o el Merlot chileno? Shite! (juro para mí en escocés).

Y para mi asombro, al cabo de dos segundos más, la dama de hierro gira sobre sus altos tacones y se aleja, erguida, ufana, melena al viento, porque yo lo valgo. Dejándome atrás, mudo, cariacontecido, con el regusto virtual del maldito vino de ultramar.

Al final de la noche, en un pequeño receso, Luna tuvo la amabilidad de resumirme las principales características y detalles, de la flora y fauna que componían nuestro escalafón de mando: Brian, El Hombre Tranquilo, afable, educado, tímido, encantador; Steven, El Mafias, serio, profesional, estricto pero justo y Hazel, La Thatcher, borde, exigente… y jefaza. “Veo que has conocido a La Tiesa”, fueron sus primeras palabras, mientras devoraba con feroz ternura su emparedado de pavo. “Tranquilo, a la tiesa, si le sigues el juego no muerde”, concluyó mientras regresábamos al bullicio del comedor, aunque yo albergaba serias dudas.

Luna eclipsaba a las estrellas.

Nieta de emigrantes, sangre gaditana galopa por sus venas. Su cuerpo de muñeca, ¡menudo cuerpo!, enloquecida coctelera, en la que se agitan desparpajo, picardía y ternura. Sus ojos gitanos te paralizan, cual potentes faros halógenos a un desvalido cervatillo que cruza asustado la oscura y desierta carretera. Su eterna sonrisa, ingenuamente traviesa, compensa la tensión, la plancha, los nervios, los estirados clientes, la arrogante jefa. Su aroma, ¡oh, su aroma!, dulzón, sensual, a crema corporal de leche condensada, te transporta a la íntima semi-penumbra de su pequeño cuarto de baño, a su desconchada bañera de latón, rodeada de velas, blancas, rojas, negras, donde la contemplas, desnuda, en ceremonioso trance, abridor de latas en mano, trac, trac, trac, trac, rajando las chapas de los botes de la dulce leche, cual moderna, y algo trasnochada, Cleopatra…

−¡Jorge!... ¡Jorge, guapo!, que vayas a tomar la comanda de la mesa número siete.
−¡Ah! sí, perdona Luna. Sí, claro, ya voy.

Me mira, sus ojos chispeantes, sabiendo, leyendo mi mente, cuatro pueblos y dos gasolineras por delante, como toda mujer,  ríe como una intrépida muchacha, y se gira, alejándose, dejándome flotando allí en la inmensidad, como un barquito chiquitito, un barquito chiquitito que no sabía, que no sabía navegar, desorientado y a la deriva en aquel mar de mesas, en la fría bruma de una noche de miércoles.




miércoles, 17 de mayo de 2017

F87 - ¿Cuánto dinero llevas encima? (VIII) (2 de junio 2017)


No deja de sorprenderme la prisa que tiene el tiempo. Corre, vuela, se tele-transporta. Intenta escapar de su propia existencia. El presente ya es pasado, en un rápido pestañeo. Cada año que cargo a mis espaldas resulta más veloz que el anterior en su andadura. Sin piedad, sin memoria, sin detenerse a pensar en que mi mente apenas tuvo posibilidad de adaptarse a sus días, semanas, meses. Deshoja, inmisericorde, las hojas del calendario que cuelga sobre la pared de mi humilde cuarto, paisajes de la bella Escocia que se precipitan, tristes y melancólicos, al oscuro fondo de mi papelera.

Ya está aquí de nuevo. Ya llegó el carnaval futbolístico. La guerra de colores. El circo del pueblo. El opio para olvidar, para soportar esta perra vida, tan llena de políticos embaucadores y gente sin escrúpulos. Esta vida, en la que ser honrado sale caro, mientras robar, engañar y abusar del prójimo acarrean un dorado bonus, un premio, un hotelito cinco estrellas en tu casilla de monopoli. El espectáculo del balompié, “una excusa para ser feliz”, dijo el bueno de Jorge Valdano. ¿Cómo definirlo mejor?

Estadio Santiago Bernabéu. Día 2 de mayo. Minuto 86 de partido. Penalti, a favor del Real Madrid, el cual vuelve a enfrentarse a su rival y vecino, Atlético de Madrid. Partido de ida de la semifinal de la Champions, la Copa de Europa de toda la vida. Ese muchachote, alto, bronceado y musculoso, como recién tuneado, se dirige al punto fatídico con la confianza de los ganadores. La fé ciega de los iluminados, también. Sonríe, mirada risueña de niño grande estrenando su primer balón de reglamento. Chuta. Gol. Su tercera muesca en el revólver. 3 a 0. Un marcador cruel, que no entiende de sentimientos colchoneros. Que arroja cubos de agua fría sobre los credos y oraciones del brujo Simeone. Un marcador que, sin embargo, provoca dentro de mí ese cosquilleo agradable y, al mismo tiempo, un incómodo desasosiego.

París, Glasgow, Lisboa… Cardiff. Mi alma blanca, de nuevo, me susurra al oído sus cantos de sirena. El espíritu de Lisboa inunda mi corazón, trayéndome gratos recuerdos de aquella aventura. Retándome a repetir la locura, a lanzarme al vacío sin tan siquiera saber el resultado del partido de vuelta. Otra vez, sin entrada, sin plan, sin miedo.

¿Por qué no?

A menudo, dejamos de cometer esas pequeñas locuras por razones estúpidas. Por el qué dirán. Por miedo a lo desconocido. Por temor al fracaso. Por sensatez. Porque no es lo más inteligente. Por dinero. Por…

A menudo, posponemos las mejores opciones para mañana. Guardamos el mejor cava catalán, ahí en la alacena de la cocina, para cuando haya algo importante que celebrar; el mejor de nuestros atuendos, cuidadosamente enfundado, en el fondo del armario, para esa gran ocasión que algún día llegará; reservamos ese gran libro, pues deseamos leerlo tranquilos, cuando dispongamos de unos días de asueto; visitaremos Nueva York, viajaremos a Buenos Aires a ver a nuestros primos, contactaremos con aquella vieja amiga en Nueva Zelanda, conoceremos a esa mamá-bloguera de Leipzig, pronto, algún día, cuando dispongamos de vacaciones en condiciones, si nos toca la lotería, mañana, mañana, mañana… Planeamos y planeamos, soñamos con amores de película hollywoodiense, buscamos al Príncipe Azul Celeste, a la Bella y Cenicienta Durmiente, pensando que, tal vez, si acumulamos suficientes tapas de yogures, algún día seremos premiados. Malgastamos un tiempo hermoso, que no regresa, que no se detiene, como el agua de una cascada, planeando esa Casa Perfecta, Pareja Perfecta, Trabajo Perfecto, Vida Perfecta… sin darnos cuenta que esa vida, es el frío parqué que pisamos, descalzos y somnolientos, cada mañana.

¿Por qué no?

El avión puede caerse la próxima semana. Nuestro cansado reloj de cuco puede decir basta, arrojar la toalla y cesar de emitir su tic-tac, esta misma noche. Un borracho a lomos de su caballo de acero, puede borrar tu cansada y renqueante zancada, en ese matutino entrenamiento. Una radiografía puede escupirte a la cara, a la vuelta de la próxima curva.

¿Por qué no?

Tras el pitido final y los cánticos del Bernabéu, me dejo llevar por un arranque de entusiasmo. Me levanto de un salto, acercándome a la barra para pagar por mi cerveza, al grito de “¡muchas gracias!”, ante la sorprendida camarera, que juguetea con su móvil de última generación, moviendo los pulgares, de uñas decoradas, a una infernal velocidad,  y salgo a la carrera del bar. Una sonrisa pinta mi rostro, como un boceto infantil. La felicidad debe de parecerse un poquito al reflejo de la luna, sobre la acera mojada, camino de casa, dando gracias al equipo que me devuelve la infancia.  Pues, como bien afirma el maestro Manuel Alcántara – ese “discreto madridista”, salvo si juega contra su querido Málaga−: “Hay que ser agradecidos con la gente que nos divierte, aunque sea sólo porque nos hace olvidar a los que se esmeran por amargarnos la vida”.

Abro mi portátil, me conecto a la red y comienzo a buscar vuelos, trenes y autobuses. Destino, Cardiff, Gales.

Regreso al Reino Unido.

Los nervios exigieron su protagonismo en el partido de vuelta. Mis dedos no cesaban de rotar, una y otra vez, el botellín de cerveza. Aficiones enfrentadas. Colores de guerra. Vikingos con sus hachas, Indios con sus arcos y flechas. Pancartas ofensivas, contra insultos cantados. Pero sobre todo, ilusión, sentimiento, pundonor, fe y emoción.

Una parcelita de mi corazón quedó entristecida con el desenlace final. Nuevamente, los orgullosos atléticos dijeron adiós a su sueño europeo. Rabia y pundonor no fueron suficientes contra la fe merengue, contra la magia al borde de la línea de Benzema. Creer no basta, contra un niño grande, y orgulloso, que colecciona sombreros de ensueño, esos maravillosos hat-tricks.

Otro sombrero, imaginario, me despojo una vez más, ante la afición del Manzanares. Despidiendo a su eliminado equipo con aires de hazaña y cánticos de victoria. Nunca dejarán de creer. Nunca dejarán de querer. Casi puedo contemplar, con los ojos que mejor ven, los ojos de la imaginación, a las dos jóvenes e intrépidas guerreras, rostros luciendo sus colores de guerra, entre la multitud rojiblanca, alzando con orgullo y rabia sus caras al cielo madrileño, apretando sus mandíbulas y, con sus manos, haciendo girar, una y otra vez, de forma enloquecida, sus bufandas colchoneras, invocando a gritos, con sus cánticos de ánimo, a un Neptuno, quien, misericordioso y complacido, las corresponde con un último, y consolador, diluvio sobre el Vicente Calderón, que arrastrará sus lágrimas a las oscuras profundidades del océano.

¡Nos vemos en Cardiff!



sábado, 13 de mayo de 2017

F86 - El Templo de los no milagros (octubre 2004)



¿Cómo sabemos qué retos nos convienen y cuales debemos desechar? ¿Hacemos caso siempre a nuestro instinto, o lo cubrimos con una coraza de titanio, poniéndonos el uniforme de la valentía, pintándonos colores de guerra sobre el rostro, mientras nos gritamos al oído: ¡sí, yo puedo!?

Desde el primer paso que di en el hall de aquel majestuoso edificio, supe que sufriría.

La entrevista fue un mérito trámite. Un vistazo a mi maquillado curriculum por aquí, una pregunta por allá. Aquel tipo trajeado exhalaba tranquilidad. Su voz queda, dulce y monótona me envolvía cual celofán para regalo, con lacito incluido. No podía apartar la vista de sus manos, limpias como las de un cirujano, con uñas de manicura, sin apenas vello, que jugueteaban con una pluma estilográfica que parecía recién estrenada para la ocasión. Cuando me la prestó para garabatear mi rúbrica en el contrato, me sentí como un presidente de gobierno tomando posesión de su cargo, tras lograr la victoria con vacías promesas, discursos de ciencia ficción y alguna que otra foto con un bebé en brazos.

El Templo se situaba en la lujosa y moderna George Street. Unas amplias escaleras, entre inmensas columnas de piedra, guiaban hacia una puerta giratoria de noble madera y cristales decorados con el logotipo del restaurante: una T blanca, en tipografía medieval, cubriendo cuatro de sus representativas columnas. Todo su interior bajo una inmensa cúpula, la cual te hacía sentir que te hallabas en el interior de una catedral. El primer día, tras atravesar la anacrónica puerta giratoria, admiré aquel majestuoso techo y miré, inquieto, a derecha e izquierda buscando las pilas de agua bendita para persignarme.

Me dejaron claro, desde que senté mis posaderas sobre el sillón de cuero para entrevistarme con El Hombre Tranquilo, que mi aspecto debía permanecer de revista en todo momento. Camisola blanca, con grandes botones plateados, con un planchado de madre setentera con familia numerosa, pantalones negros con raya marcada con compás y tiralíneas y zapatos relucientes como gigantescos escarabajos en día lluvioso. Por supuesto, cabello corto y arreglado, afeitado cual anuncio de tenista, nada de pulseras ni collares, ni mariconadas (eso, por supuesto, no salió de la boca del buen señor) y “esa argolla que cuelga de tu oreja izquierda” que desaparezca, discretamente, como por accidente. Todo ello acompañado de una actitud, para con los clientes, educada, servicial −“Señor”, por aquí, “Señora”, por allá− y amable hasta la nausea. Acompañado de una postura corporal que indicara respeto en todo momento: brazo izquierdo hacia atrás, escondiendo la mano impura y pecadora tras la espalda, para servir el exquisito vino o recibir a los comensales. “Como regresar a la mili, Jorge”, pensé, evocando mi espigada figura en uniforme de camuflaje, gorra reposada en antebrazo izquierdo, golpeando con los nudillos de la mano diestra la puerta: “¿Da usted su permiso, mi Capitán?”. Lo que me faltaba, otra vez en la puta mili.

Sabía que sufriría. Desde el primer minuto.

Solía planchar a diario aquel uniforme de aprendiz de camarero. Maniobrando con la plancha de Cristina, entre aquellos grandes botones que relucían como espejos. Escuchaba de fondo el último disco de Bebe, tarareaba entre los cálidos vapores que desprendía la tela blanca, húmeda, agradable al tacto.

“Siete horas…
 siete horas…
 siete horas..
 corriendo por la ciudad,
 siete horas
 mis piernas no dan a más
 siete horas
 empiezo a estar del revés
 siete horas
 te voy a volver a ver”

Siempre aborrecí la hostelería. O tal vez sea más adecuado afirmar que siempre la temí. A pesar de que mi hermana, hostelera de toda la vida, me ofreció mil y una veces trabajar tras la barra de alguno de sus locales, nunca me vi con fuerzas para aceptar el reto. Por mucho que buscase bajo mi piel, nunca hallé el valor para enfrentarme a aquella horda vociferante y maleducada que pedían cañas, cafés y cubatas como si no hubiera un mañana. Ahora maldecía y lamentaba el no haber tomado aquellas clases particulares de esto de servir mesas cuando tuve la ocasión.

Es curioso, mi escasa experiencia en dicho mundillo se remontaba a cuando apenas era un crío. Supongo que la juventud no entiende de nervios ni remilgos. La curiosidad y las ganas de diversión bastan para lanzarte a la batalla, sin dar tiempo a pensamientos negativos y paralizantes. Pasas al otro lado de la barra, en fiestas de tu pueblo, para ayudar a una amiga, aprendiendo sobre el paso cuánta ginebra has de verter en el vaso de tubo o como tirar una caña. O te juntas con cuatro colegas y, con un par, solicitáis haceros cargo del bar del local de fiestas, nada menos que para atender en un concierto de los Rebeldes, cuando no los conocían ni en su barrio, sirviendo litros de whisky a una jauría de sedientos rockabillies, y agotadas las reservas de la preciada agua de fuego, sustituir, a escondidas, las marcas de renombre solicitadas por brebaje barato y anónimo del casino de los jubilados, con la complicidad del padre de otro amigo. La juventud es atrevida. No entiende de miedos ni remilgos.

Uno es patoso de por sí. Salido de tal manera de fábrica. No hay remedio, por mucho que lo intente, la coordinación de mis miembros se estancó en parvulitos, al tiempo que recitaba mi mamá me mima.

Trabajé duro, me esforcé como el que más. Memoricé las cartas de vinos, pues debías recitarlas de seguidillo, cual menú del día en chiringuito de playa. Solía dar ánimos a mi otro yo, que me miraba asustado desde el otro lado del espejo de los servicios del restaurante: “¡Tú puedes, Jorge, eres el puto amo del calabozo!, poniendo cara de bruto, puño en alto, grito de guerra de Rafa Nadal en boca: “¡¡Vamos!!”.

Mas en aquel templo no obraban milagros.

Llegué a interiorizar tanto el estrés y desasosiego que me producía aquel trabajo, que nunca más pude escuchar el disco de Bebe. Un día se lo regalé a una amiga. Mi relación con la plancha, ya de por sí frágil y fría, no soportó aquella crisis. Nos divorciamos, con cordialidad e indiferencia. Ella regresó al cuarto de Cristina, para nunca volver, y yo continué colgando camisas en perchas para su auto-planchado ecológico, y vistiendo pantalones vaqueros anárquicos a la tiranía del planchado.



domingo, 23 de abril de 2017

F85 - ¡Estás malgastando tu vida! (octubre 2004)


Lo he intentado. De veras que lo hice. Una y otra vez. Llevando conmigo una libreta grande, nuevecita, dentro de mi pequeña mochila, junto con un par de bolígrafos, por aquello de disponer de recambio en el caso de que el primero tenga el día tonto. Lo he intentado en la biblioteca vieja del barrio, donde todo es silencio y mesas y librerías enormes de madera noble, donde el olor a páginas antiguas te envuelve, haciéndote creer, erróneamente, que la sabiduría encerrada en ellas acudirá a tu mente por arte de magia. Lo he intentado en mi cafetería favorita, con el ruido de fondo del molinillo de café, la cháchara de las mamis con sus retoños a mi alrededor, los gritos de los de la mesa del fondo que cuentan a los cuatro vientos, sin atisbo de vergüenza, como se “cepillaron” a ésta o a aquella el pasado fin de semana. No funciona. Las palabras, que se supone arrastrarán a las ideas escondidas en mi memoria, se niegan a plasmarse en las finas líneas azuladas de mi estrenada libreta.

Necesito mi rincón habitual, la luz natural que entra por la ventana de mi pequeña habitación, un café cargado, recién hecho con la kettle, con tan sólo una gotita de leche, servido en mi mug preferida, regalo de alguien que un día me hizo soñar. Necesito toda esta logística y preparación, para tratar de emular el ambiente creado en mi room de Broomhouse, allá donde nacieron estos pequeños relatos o anécdotas o tonterías, llámenlos como deseen. Allá donde una madrugada salté de mi cama, abrí el portátil y comencé a gritar al vacío mis anhelos, mis miedos, mi rabia hasta entonces encerrada bajo siete llaves, mis sueños futuros y mis recuerdos perdidos.

Lo hice porque alguien me animó a ello. Una persona que se escondía bajo un pseudónimo artificial, algo habitual en este universo cibernético. “Jorge, puedes escribirlo de forma anónima, si así te sientes más cómodo”, me comentó aquel nick londinense, sin rostro.

Me dejé llevar por aquella voz lejana que llegaba, transformada en letras, a la luz de la pantalla. Seguí aquel consejo aun a sabiendas de que tal narración me traería de nuevo viejos temores que agitarían mi alma. Mas también resucitaría entrañables recuerdos y vivencias que transformaron mi pequeña existencia para siempre.

Sin embargo, comencé cuando estuve preparado. Me lancé al folio en blanco tras haberlo meditado, tras haberlo consultado miles de veces con esa vocecilla que guía mis pasos, día a día, año tras año. Me susurra lo que está bien y aquello que está mal. Agita mis sueños cuando trato de ignorarla. Me tararea dulces nanas, si atiendo a sus recomendaciones.

La vida, poco a poco, página a página, me va enseñando los entresijos de mi ser, los límites hasta los que puedo alcanzar, la ocasión que he de rechazar, el momento cuando debo actuar.

A mi alrededor, la gente podrá bombardearme con sus consejos. Fulanito afirmará con plena convicción: “¡Jorge, has de postular para ese trabajo!”, Menganita susurrará a mi oído: “Jorge, esa chica no te conviene”, Zutanito dejará caer, como quien no quiere la cosa, entre chascarrillo y chascarrillo: “Jorge, estás malgastando tu tiempo”…

Pero todos ellos, bienintencionados o con mala sombra, ignoran que tan sólo podré enfrentarme a una nueva realidad cuando mi particular vocecilla así lo indique. Aunque no siempre atendí a sus susurros, y luego pasó lo que pasó…


    —     ¡Jorge, tienes que dejar ese trabajo ya!, ¿Quieres pasarte la vida fregando suelos en un hospital de viejos? — me suelta mi compañera de piso por enésima vez, con su tono cantarín asturiano.

   —     Cristina, se trata de una residencia de ancianos. Y no sólo friego suelos, también preparo sus desayunos y almuerzos, charlo con ellos, trato de aportarles un granito de felicidad en su montaña de abandono y tristeza. — le contesto, tirándome al ruedo.

   —     ¡No me vengas con pamplinas! Estás malgastando tu vida. Yo lo tengo claro cristalino, cuatro añitos en el iukei, sacarme el azbans y regreso a España a conseguir un buen trabajo. Punto pelota. ¡Yo no me dejé las pestañas, estudiando una carrera, para acabar trabajando deloquesea en un país donde desayunan alubias dulces con morcilla rancia!

La contundencia del discurso de Cristina dejó un poso de incertidumbre dentro de mí. ¿Y si llevaba razón la astur? ¿Estaba malgastando mi vida? ¿Debería dejar la seguridad del hospital y lanzarme a la piscina semivacía de encontrar un mejor trabajo?

Aquella noche no pegué ojo. Vuelta tras vuelta, peleando con la almohada, pataleando el edredón nórdico, contando las musarañas. Mil excursiones al frío baño, los nervios transmutando en amarillento líquido. La vocecilla susurraba, gritaba, callaba. Decía todo y no aclaraba nada. Otra vuelta a la almohada, empapada de sudor. ¿Y si Cris llevara razón? ¿Y si estaba tirando mi vida por la alcantarilla? ¿Era un maldito cobarde? ¿Pasaría el resto de mi vida fregando suelos?

… fregando suelos, fregando suelos, fregando suelos…

Al final, rendido por el cansancio, caí sumido en un pesado sueño, tras haber mostrado la bandera blanca al enemigo. “Okei, me rindo, mañana mismo comienzo a buscar otro trabajo”.

Unos pocos días más tarde, tomando un café en la cantina del colegio, al que seguía atendiendo para mejorar mi conocimiento de la lengua de Shakespeare, tuve una charla con una compañera de clase, Luna, alicantina, que trabajaba en uno de los mejores restaurantes de Edimburgo, en la exclusiva y elegante George Street. Allí llevaba un par de años, disfrutaba enormemente con su trabajo, practicaba el inglés con clientes educados, jefes amables, el tiempo se le pasaba volando y las propinas eran de órdago a la mayor con tres reyes y un caballo.

   —     Jorge, pásame tu curriculum que yo tengo mano con el supervisor. Bebe los vientos y los huracanes por mí jaja — dijo Luna, mostrando su perfecta y blanquísima dentadura.

Ya estaba hecho. Salto triple mortal desde el trampolín más alto a la semivacía piscina. Con un par. Salí de la cafetería con la sonrisa que imprime el valor en el rostro del cobarde. Ignorando que había tomado una de las peores decisiones de mi vida.

lunes, 20 de febrero de 2017

F84 - 20/02/17: Operación Nostalgia


                                                                      ¿Qué es nostalgia?
                                        ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!

 Recito ante el espejo, tratando de eliminar las legañas de mis ojos, con pequeños golpecitos de agua fría, como un gato perezoso y golfo, con resaca, tras toda una noche persiguiendo melosas y traviesas gatitas.

Es veinte de febrero, uno más. Un día del calendario que se ha convertido en un segundo cumpleaños para mí. Hace ya quince años de aquella mágica fecha capicúa que cambió mi vida. Que me mostró lo que existía más allá de mi pequeño pueblo vinícola, más allá de la acogedora capital norteña, más allá de los Pirineos, más allá de los Apeninos a los Andes, abuelito dime tú por qué yo soy tan feliz. Hoy desperté más nostálgico de lo habitual, como un monstruo de las galletas que, harto de tanta cookie, se hubiera lanzado a zamparse un videocasete VHS, con la grabación de la trigésimo séptima temporada de Cuéntame, en la creencia de que era un enorme emparedado de Pan-Bimbo, pringado con un dedo de Tulicrem.

Dicen que el hombre es un animal de costumbres. Conmigo dieron en el clavo, acorde con tal definición soy un Hombre, así con mayúscula –a pesar de los sudores fríos que recorren mi espalda con sólo recordar el duro trabajo que se realizaba en el Taller de Hombres-. Soy un tipo rutinario, con mis hábitos, mis cafeterías favoritas, mis libros, mis recuerdos, mis silencios. ¿Qué les voy a contar yo a ustedes, a estas alturas del largometraje? Como el bueno de Koldo me dijo en una ocasión: “Jorge, si algún día alguien quisiera seguir tus movimientos, le bastaría con contratar a un detective low cost”. El mundo ha perdido a un gran filósofo, con el gran Koldo, el rey vasco-navarro del reciclaje.

Hoy desperté más nostálgico de lo habitual, recordando esos fines de semana de los últimos años en la bella e hipnótica Edimburgo.

Me levanto tarde, ya cuando el dolor de espalda me arroja del calor del duvet a la rugosidad de la moqueta. Abro la ventana y contemplo el jardín trasero, ahí abajo, donde mi casera ha tendido la colada y el fresco aroma de sábanas limpias invade mi espacio. Me lavo la cara, en el lavabo de abajo, con esa agua tan fría que parece proceder directamente de un manantial allá arriba en las Pentlands.

Bajo la empinada cuesta, que comunica la parte alta de Broomhouse con la carretera que lleva al centro de la ciudad, disfrutando de la brisa que ayuda a despejarme, bajo un sol luminoso que apenas calienta. Subo al piso de arriba del veintidós, acomodándome en los primeros asientos. Me encanta la vista desde esa altura, la sensación de avanzar sin chofer, comiendo el asfalto, metro a metro, engullendo las blancas líneas bajo la enorme mole de la carrocería del autobús.

Me apeo en Princes Street, admirando una vez más la eterna majestuosidad del Castillo, sobre su atalaya de oscuras y verdosas rocas, siempre alerta, como si aún velase por todos nosotros, dispuesto a dar la voz de alarma ante la cercanía de un potencial enemigo invasor. Atravieso North Bridge, tratando de no establecer contacto visual con el habitual homeless tirado en la acera, que exige suplicante: “Spare some change, please!”, sin lograrlo, como siempre, sus ojos son imanes de fuego, y avergonzado me encojo de hombros y susurro un: “Sorry, pal!”, acelerando mi paso, impregnado con ese familiar sentimiento de culpa.

Entro en el pequeño Scotmid, ya en Nicholson Street, para comprar un paquete de gemelos e industriales scones – blandos y esponjosos, pura química, ideales para mojar en el posterior café- y de paso saludar a mi amiga Loli, la murcianita feliz. Siempre con una sonrisa en el rostro. Siempre optimista y parlanchina. Con ese desparpajo sureño, cálido y abierto. Tan optimista que incluso el propio Van Gahl cambiaría su discurso y exclamaría: “¡Tú siempre positifa, nunca negatifa!”. Tan simpática, que te cuenta sonriente, con idéntico énfasis, tanto su último sobresaliente logrado en la carrera que cursa a través de la Universidad a Distancia por internet, como el último incidente ocurrido la anterior noche en el mini-supermercado: cuando un par de neds provocaron un pequeño incendio, en la esquina de los cereales, como maniobra de distracción del segurata, para así su compañera de tropelías poder robar un par de botellas de whisky, en el pasillo de las bebidas, y salir los tres a la carrera, ocultos bajo sus capuchas de grises sudaderas. A continuación, Policía, bomberos, ambulancias, managers, y toda la parafernalia carnavalesca. Persiana abajo, y todos para casa. Tal felicidad expresiva me sube el ánimo en cada visita. Es como entrar a su local e introducir la clavija del cargador en el enchufe de la pared. Salgo con mi pantallita interna a rebosar de barritas de energía. Eso sí, a veces he de advertirle, con dulzura, para que ralentice su soliloquio, pues le emerge el murciano de las venas y más que de Lorca, parece que sea una escocesa de Fife, en estado de embriaguez. No le entiendo ni papa.

Tras despedirme con dos sonoros besos y un “¡Hasta luego guapo, pásate a verme!”, ante la atónita mirada de una señora entrada en años, delgada como un pajarillo y con sombrero de Reina Madre, que nos observa como si hubiera sido testigo de un acto de endogamia, en vivo y en directo, enfilo la acera hacia el Beanscene. Pido un café americano, de tamaño “pequeño” (un pedazo de tazón de medio litro rebosante del hirviente líquido) con un poco de leche aparte. Tras el pequeño mostrador se encuentra una de mis camareras favoritas, eslovaca, morena, de ojos verdes clorofila, cuerpo de Afrodita-A y nombre impronunciable. Le entrego la pequeña tarjeta de fidelidad (donde te estampan un sellito por cada café consumido. Tras seis, el séptimo resulta gratuito), y me funde con sus inmensos ojos chispeantes, aplaudiendo y dando saltitos: “You´ve got a free one!”. Más emocionada, la pobre, que yo mismo. Le doy las gracias, sin demasiada efusividad, y a pesar de su insistencia opto por el tamaño pequeño. Es gratis, puedo servirte uno de tamaño extra-grande. No gracias, bonita. Al final, rindiéndose, se encoge de hombros y se lanza a la tarea con  parsimonia tinerfeña. Todavía recuerdo, al poco tiempo de aterrizar, el susto que me llevé cuando pedí un café americano de tamaño “normal”, y ante mí colocaron un caldero de cinco litros de un líquido procedente de cualquier sitio excepto de Colombia. “¿Me pones también una bolsa de magdalenas la Bella Easo, para mojar en este cubo, por favor?, le añadí a aquella primera hostelera, que me miró como las vacas al tren, supongo que por no saber qué carajo quería yo decir con eso de “Easo´s Beauty”.

Tras disfrutar de mi café, en compañía de John Rebus, Siobahn, y demás personajes de Rankin, cruzo la calle y entro en una charity shop para echar un vistazo a los libros de segunda y quinta mano y a los difidís expuestos. Tras lo cual, cruzo la puerta deslizante del Tesco, para realizar mi pequeña compra de fin de semana.

                                                           ¿Qué es nostalgia?
                                                  ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!

Cada veinte de febrero, desde hace quince años, llueva, truene o caigan chuzos del cielo, me asomo a algún pub, o garito similar, acompañado, solo o en multitud, pido una pinta de Guinness o de Best, o de IPA Deuchars (la preferida del inspector Rebus) y ofrezco un brindis al sol, o a la luna. Cierro los ojos, bebo a sorbos la cerveza, dejando que su sabor me lleve a aquellas tierras, una vez más. Tratando de imaginarme en el pub Oxford, en lugar de en la taberna irlandesa del barrio, donde me hayo, sobrecargada de adornos y demás parafernalia, pero carente de alma, con Arguiñano, en la muda tele, haciendo el payaso con una cigala sobre la cabeza, y la última ñoñería de Manuel Carrasco atronando por los altavoces, que chorrean almíbar, con alto riesgo de cortocircuito, o electrocución de algún incauto parroquiano.

Brindo en silencio, íntimamente, por todos ellos, por John, Jenny, Koldo, Tobby, Rachael, Erika, Loli, Azucena, Sally, Marina… y por tantos otros. Por todos ellos, que cambiaron mi vida para siempre. Que sembraron algo en mi mente, que germinó y se convirtió en nostalgia.

Veinte de febrero. El aniversario de mi segunda vida. Compartiendo espacio con otras dos importantes efemérides en mi agenda. ¡Feliz cumpleaños Lucía, guapa! Y el cumple de una personita, que con cara de susto llenó con besitos una bolsa de plástico de Alcampo, en mi ya lejana despedida, hace cinco lustros. Una renacuaja que aquel día cumplía cuatro añitos, inocente, desconociendo lo lejos que quedaba el país al que yo partía. Una persona, que hoy celebrará su día especial disfrutando de su propia aventura londinense. Ojalá que ella también, como a mí me ocurrió, se vea rodeada de buenos amigos que la agasajen con Colacao, cariño, bombones y sonrisas. Si algún día llegas a leer estas líneas: Happy birthday, darling!

                                                         ¿Qué es nostalgia?
                                            ¿Y tú me lo preguntas, Jorge? ¡Nostalgia… eres tú!