jueves, 30 de abril de 2015

F79- ¡Que no me llamo Juancar! (II) (marzo 2004)

¿Desea comprobar el número de amigos que atesora?: ponga una mudanza en su vida. Aquellos dos años que portaba en mi mochila escocesa, y otros muchos más que los seguirían, me lo han dejado claro: una mudanza es el verdadero identificador de la amistad. Con tristeza, miro hacia atrás y me veo solo, en más de una ocasión, arrastrando cajas, bolsas y maletones. Me contemplo en soledad, sobre una acera, guarecido de la fina lluvia bajo la marquesina del autobús, con numerosos bultos alrededor y ningún número amigable en la lista de mi teléfono móvil. No lo suficientemente amigable, al menos: “¡Uf Jorge, qué mal me pillas!”; “¿Eh tío, qué tal?, vaya ahora mismo no puedo”; “¡Colega, ando liado!”. ¿Amigos verdaderos? Llámelos para una mudanza y le hará un lifting gratuito a su agenda, que quedará la mar de mona. “Jorge, esto de la amistad has de hacértelo mirar”, me aconsejaba yo por aquel entonces. Debes ser menos radical, no todo es blanco-Nivea o negro-asfalto, existen infinidad de tonalidades grisáceas, muchísimas más de cincuenta sombras de gris.

Esto hace apreciar mucho más la oferta de ayuda. De ahí que mi cabeza retenga nombres que sí supieron estar ahí. Sonrío, al traer a primera línea de memoria a la buena de Azucena (siempre me vi demasiado viejo para llamarle Zuka), única alma caritativa que me ofreció sus manos y una sonrisa en aquella ocasión. Levantaba y acarreaba cajas, bolsas, libros y accesorios hogareños sonriendo, cual ingenua Caperucita Roja portando una cesta de cerezas a lo largo de una senda, entre la oscura arboleda, ignorando al lobo, pasando de su figura y su maldad como si tan sólo con su tierna mirada celeste pudiera fulminarlo al instante.

Había planeado el desalojo de mi habitación en el piso de Penny, como se planea un buen atraco a un banco. Cómplices (la fiel Azucena), horarios (cuando mi querida compañera de piso se encontrara trabajando), comidas (bocata de chorizo del Lidl), parte meteorológico (llovizna, sol, viento, nieve, llovizna, sol viento…, es decir típico día en Edimburgo), vehículo de  huida (me decidí por un black cab: seguro, puntual, amplio, eficaz, rápido y confidencial).

Pero algo falló.

Siempre puede fallar algo: uno de los clientes del banco resulta ser un picoleto fuera de servicio; el banco cierra con cinco minutos de antelación porque el señor director teme llegar tarde a su cita con el podólogo; el conductor de escapada se queda dormido;… Penny regresa media hora antes de su trabajo. Adrede. A mala leche. Tal vez temiendo que me llevara la escobilla del baño, o quizás el horrendo cuadro impresionista del pasillo.

Su mirada es la de un lobo feroz tras comerse cuatro pastillitas: una roja, una verde, una azul y una amarilla. Nos vigila desde la atalaya de la escalera, mientras mi compañera de fatigas y yo bajamos cajas, bolsas, libros y accesorios hogareños (shh, no me delaten, la escobilla del baño la llevo en la pernera del pantalón).

Mira, remira y requetemira.

Entonces abre su dulce boquita, y de ella comienza a salir un torbellino de dibujitos de calaveras, huesos, truenos, culebras, rayos y relámpagos. Grita algo sobre una lámpara. ¿Qué lámpara? Esta chica debe de haberse golpeado la cabecita: aquí uno volviéndose loco para tratar de reducir kilos y volúmenes, intentando eliminar bultos y cajas: tirando papeles, trastos y recuerdos. ¡Regalando libros, donando ropas usadas, triturando recipientes de plástico viejos! Y mi querida compañera de piso cree que robé una maldita y hortera lámpara de la mesilla.

Grita, regrita y requetegrita.

Azucena me mira, haciendo una mueca que tan sólo nosotros podemos descifrar (cejas alzadas, poniendo morritos, giro de ojos): “Esta chavala está para encerrar, ¿no?”.

Chilla algo sobre unas sospechosas gotas de agüita amarilla, cálida y tibia, en el suelo del baño: “¡Habrá sido tu novio!”, aúllo como respuesta (aún inseguro de no haber dejado semejante rastro gatuno ‘sin querer,  queriendo’).

Vocifera, revocifera y requetevocifera.

El taxista ha llegado. Espera paciente en el portal. Serio, confidencial, sin inmutarse ante tal surtido de calaveras, huesos, truenos, culebras, rayos y relámpagos. Todo un profesional. Ya no lo soporto más, miro hacia arriba por el hueco de la escalera. El inglés se me atraganta. Se reduce. Encoge. Es un inglés de niño tímido en pre-escolar. Mi lengua materna pide paso a empujones. La frase, mamada con la leche del pueblo, regurgita con ardiente urgencia, como el vómito de un volcán:

̶  ¡¡Mira bonita, me estás empezando a tocar los cojones!! ̶  grito a todo pulmón.

Mi amiga y el taxista intercambian una incómoda mirada.

̶  Fucking ‘Juancar’!  ̶   parece contestar ella, subrayándolo con un portazo.

¡Que no me llamo Juancar!, pienso divertido, reconociendo el manido insulto británico -'wankar'-. ¡Qué terrible fijación con el toque de zambomba tienen por estos lares! Nada sorprendente, teniendo en cuenta la obsesión, casi enfermiza, por los villancicos y  las blancas Navidades.


̶  Alguien no está muy contento hoy  ̶ apunta socarrón el taxista tras arrancar el coche, enfilando camino a mi nuevo destino.