martes, 3 de junio de 2014

F70- ¿Cuánto dinero llevas encima? (V), Lisboa 24 mayo 2014

Se acercaba sigilosamente el día de mi marcha, y caí en la cuenta de que cada hora que transcurría, sucumbía un poquito más a los encantos de esa maravillosa ciudad. Me estaba enamorando de Lisboa. Así que decidí despedirme de ella, antes de sumergirme en la vorágine futbolera.  Rodeé la Praça do Comércio, totalmente invadida ya con pantallas, minicampos de fútbol, tiendas de mercadería oficiales, escenarios, gigantescos altavoces y demás parafernalia del circo de la Champions.

Encaré el gran portal al Tajo, testigo mudo de tanto ir y venir de barcos de recreo, pesqueros e inmensos cargueros. Recorrí por última vez su paseo marítimo, inspiré aquel aire puro, que traía el olor del Atlántico, y cuya brisa fresca humedecía mi rostro, despejándolo de las últimas legañas.

Al volver, maté el gusanillo que comenzaba a adherirse a mis tripas, a base de marisco fresco: percebes, mejillones y langostinos del Algarve, regado con una jarra de cerveza helada, sentado en la terraza de un restaurante, guarecida con una gran cristalera, pero abierta al mar.

A la tarde vendí mi alma al fútbol.

Recorro varias veces Praça do Rossio, que mañana acogerá a la afición merengue. Saludo, charlo e interrogo a cuanto madridista veo: objetivo, una entrada. La mayoría han venido sin ella, en coche desde España: “Nos dio un calentón y nos echamos a la carretera”, me dicen tres madridistas treintañeros. Compruebo que no soy el único loco que vino sin ticket. Los pocos que encuentro poseedores del pequeño tesoro de papel, me dicen que no la pueden enseñar. No la llevan encima. La guardaron en la caja fuerte del hotel, o bajo el colchón, o en el calcetín. Preciado tesoro. Su pérdida o robo en la víspera supondría un disgusto digno de terapia con psicólogo argentino y diván. Me enseñan fotos. Imágenes tomadas con sus teléfonos inteligentes, que muestran el preciado y divino tesoro. Ni anillo, ni leches, Frodo hoy buscaría una entrada para la gran final española. My precioussss.

Camino distraído. Luce un solazo de órdago. Gafas de sol negras, camiseta de manga corta, con la bandera británica y una leyenda de Sex Pistols, pantalones claros, de bucanero, con muchos bolsillos, y deportivas (la izquierda manchada de pintura amarilla, como si fuera uno de esos escritores de paredes, como Sniper). Un tipo se me acerca de cara. Moreno, pelo negro y abundante, de unos cuarenta años, demasiado abrigado para un día de calorina. Me ofrece hachís.  Nada nuevo bajo el sol. Si no fuera por el aviso en la guía de turista guiri que llevo encima, me hubiera sentido ofendido, pues en estos días me han ofrecido: hachís, mariguana, cocaína e incluso crack del Harlem. Niego con la cabeza. “¿Hierba?”, vuelvo a negar, esta vez en voz alta: “No, thanks”. Cuando ya he superado su altura, el hombre dice algo que hace que me detenga al instante. Menciona una palabra que congela mis piernas. Enlaza en alta voz siete letras que me paran el corazón:

“Tickets?”

Le pido por favor que lo repita. ¿En serio posee entradas? ¿O es alguna nueva droga con un nombre estúpido? Me responde que sí. Que tiene tres entradas. Continuamos hablando en castellano, pues me asegura que el inglés le cuesta horrores, que ha de pensar cada palabra diez veces antes de juntar una frase. Me dice que le siga, que las entradas las tiene un amigo. Le miro, observo alrededor: plena luz del día, la plaza abarrotada de gente, policías en cada esquina. De todas maneras me pongo alerta, cuelgo las gafas de sol en el cuello de mi camiseta. Le sigo. Atravesamos diagonalmente la plaza. Nos dirigimos a un portalón, grande, antiguo, abierto de par en par. En seguida, tras su seña, asoma otro tipo de dentro del portal. Sale de las sombras, como si apareciera de la nada. Es un señor entrado en carnes, con calva de fraile franciscano, mayor que mi acompañante y peor vestido todavía. Tiene cara de bandolero. Me doy cuenta que he topado con el Gitano y el Algarrobo, y me pregunto dónde diablos andará Curro, “No te emparanoyes, Jorge”, me recrimino. El primero me hace un gesto con el brazo, invitándome a entrar. Miro a uno, miro al otro, giro la cabeza hacia la plaza. Nadie mira, somos invisibles. Ni de coña voy a entrar ahí, eso lo tengo claro. Me quedo en el borde, bajo el arco del portal. Los dos parecen notar mi desconfianza. Sonríen. Tratan de que me tranquilice, pero la adrenalina va a reventar el corcho, como si de cava catalán se tratara. Ochocientos euros, dice el Gitano sin inmutarse. Eso es mucho dinero, le digo. Quiero verlas. Además no tengo dinero aquí. No llevo nada de dinero encima, les repito, palpándome la ropa para darle énfasis al farol lanzado (ahí caigo en la cuenta de la pinta de guiri extraviado que llevo, y de pronto la realidad me golpea como un balonazo en la cara: ¡no quieren atracarme, tan sólo pretenden timarme!).

El Algarrobo se acuclilla, o algo parecido, y saca un sobre largo, blanco de detrás del portalón abierto. Lo abre y extrae parte de su contenido. Mi acompañante primero espera a un par de metros de mí, dejándome espacio suficiente de huida. No quieren que me sienta acorralado, desean que esté relajado, para que muerda el anzuelo. El más grueso extiende su mano, grande, oscura, recia, y me muestra “la entrada”. Me la ofrece, con toda confianza, para que la coja, la analice, la estudie, lea su contenido en inglés: UEFA, Zone: A, Row: C, Sector: 122, Level: 1, Seat: 27. Contemplo aquel documento. Le doy la vuelta, lo palpo. Miro a aquellos tipos, les miro a los ojos. Repiten el precio, me ofrecen más entradas si quiero, dicen tener tres. Les respondo que mañana volveré, con dinero. No, no me he vuelto majareta, tan sólo trato de escapar de la encerrona en la que mi estupidez me ha metido. Mañana quizás sea demasiado tarde, me advierten. Me arriesgaré, concluyo. Y salgo de allí.

Mi inteligencia (la poca que montaba guardia en ese instante) me marcó la pauta a seguir. Pero dentro de mí, una rabia, cálida y antigua, había peleado hasta el último segundo por salir de mis entrañas, y así poder gritarles a pleno pulmón, en sus caras: “¡Id a engañar a vuestra abuela, capullos. Mi sobrina de cinco años es capaz de falsificar mejores entradas!”

Me alejé de allí, sonriendo, incrédulo todavía al recordar el boleto que había estado en mis manos: una pequeña cartulina azul oscuro, de un tamaño inferior a una tarjeta de visita, sin ningún tipo de sello de seguridad, ni nada que se le pareciese.

Un ticket para la final de la Champions… de Monopoly.


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