viernes, 30 de mayo de 2014

F68- ¿Cuánto dinero llevas encima? (III), Lisboa 24 mayo 2014

Permítanme que eche el freno de mano a la vieja y cansada máquina del tiempo por unos instantes, o al menos, que me disponga a cabalgar a saltos entre pasado y presente. ¿Acaso no lo hacemos todos los días? ¿No vivimos recordando, o tratando de olvidar, episodios que quedaron impresos en nuestra memoria, quién sabe por qué? Capítulos mundanos para cualquier observador, pero de un valor impagable para nosotros. Anécdotas que en su día nos parecieron triviales, mas el paso del tiempo las enmarcó con un aura dorada, reluciente, casi sagrada, en nuestro recuento del ayer.

Como aquella lejana noche navideña, cuando yo llevaba ya tres o cuatro años en Edimburgo, en la que nos reunimos una vez más John, Jenny y yo, esta vez en el Pub Haymarket (ahora absurdamente remodelado: aniquilaron su encanto, su sencillez, su calidez casi humana, su abierta hospitalidad; levantando un engendro tan selectivo y posh que la mismísima Victoria Beckham dejaría escapar un par de gotitas en su sedosa e íntima lencería). Tomamos unas pintas de cerveza, nos pusimos al día sobre nuestras idas y venidas, nos felicitamos entre besos y abrazos las recién estrenadas Navidades, y ellos me entregaron un regalo. Estaba en una bolsa de plástico, un paquete rectangular, casi plano, blando al tacto, envuelto en papel rojo brillante, salpicado con pequeños trineos tirados por renos. “Abre, abre”, me urgió John, tras esa sonrisa de pillastre (dientes frontales ligeramente separados) y ese acento de guiri de sangría y paela. Jenny sonreía también, tímida, algo colorada debido a los vapores de la cerveza. Mis dedos obedecieron, al principio lentos, torpes y trémulos, temerosos de romper el bello envoltorio, luego, vencidos por la impaciencia, ligeros, decididos y salvajes, rasgando aquel maldito papel que impedía ver el anhelado contenido.

Era la camiseta oficial del Real Madrid.

“Para ti, amigo. Recuerda: número dos del mundo, número uno, Seltic”. Contemplé aquella vestimenta adidas, blanca, impoluta, resplandeciente, con la leyenda publicitaria de aquella temporada: “SIEMENS mobile”  ̶ la eme en rojo ̶  acaricié ese escudo coronado, por el cual tantas patadas y zancadillas recibí de crío, vistiendo otro uniforme similar, manchado de barro, tratando de alcanzar, como buen número nueve  ̶ Santillana ̶  la portería contraria  ̶ cuyos postes eran dos grandes piedras y el larguero invisible, calculado a ojo de buen cubero por acuerdo común ̶  antes de que el más bruto del pueblo me rompiese la tibia, o algo peor. Acaricié una vez más ese escudo y mis ojos se llenaron de lágrimas (¡debido a la cerveza!) mientras me fundía en un abrazo con mis viejos amigos.

Hace unas semanas me paré a recordar todo aquello, y retrocedí más todavía, a aquella maravillosa aventura en Glasgow. No podía creer que hubieran pasado doce años. ¡Eso es una barbaridad de tiempo! Doce años en blanco, nunca mejor dicho. Doce años desde que conocí a mi reventas particular: aquel tipo de Newcastle, alto, cachas y tatuado, con un acento casi incomprensible para mí. Doce años desde la maravillosa volea de Zidane, de la lluvia que vino después, enviada por los dioses del fútbol, para aclarar las lágrimas de la derrota entre los alemanes, para disimular las lágrimas de victoria en los rostros de los madridistas. Una docena de años, los mismos que llevo en la vieja Escocia. Entonces una vocecilla comenzó a susurrar dentro de mi cabeza: “Joorgee, vee a Lisboaa”. Traté de ignorarla, es absurdo, sin entrada, sin vacaciones, olvídalo. Y la vocecita insistía, llegando a ponerse pesada: “Joorgee, has de ir a Lisboaaa. Tu Madrid te necesita. Sin tu presencia cercana no lograrán la victoria”.

Creo que nunca se lo conté a ustedes, pero estuve en París, en la final del año 2000, contra el Valencia. La precedente final española. El Real Madrid ganó la octava Copa de Europa. Como ya saben, acudí a Glasgow, en el 2002, los blancos se llevaron a casa la novena, y yo pude relatarlo. La décima estaba en juego. Jorge, la décima depende de ti.

Así que según llegar del trabajo, antes incluso de solicitar los días libres, abrí la tapa del portátil, tecleé easyjetpuntocom y adquirí los vuelos de ida a Lisboa y de retorno (tampoco era cuestión de quedarse allá a vivir, con copa o sin ella).

“A por la Décima, Jorge, a por la décima”, me animé mientras elaboraba mentalmente alguna excusa que ofrecer en el trabajo.


Continuará…

2 comentarios:

  1. Pues que continúe pronto!!! que me has dejado mordiéndome las uñas... ;)

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    Respuestas
    1. Jaja, bueno, el resultado ya lo sabes ;-)
      Por cierto, te esperaba por aquí para Marzo?? cambio de planes?
      xx

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